En mitad de una calle normal y corriente, entre viviendas de mediana altura que en nada llamaban la atención, aquella construcción de tres plantas no tenía la más mínima apariencia de ser un colegio, salvo por la evidencia de que diariamente entraban y salían de aquel lugar cerca de 300 alumnos de edades comprendidas entre los seis y los catorce años.
Yo tenía 8 cuando entré por primera vez en aquel edificio. Subí unas escaleras muy estrechas y me sentaron al final de la clase, al lado de una chica tan alta y tan grande que parecía la madre de todos los allí presentes. Se llamaba Mavi; aún lo recuerdo, a pesar de que abandonó pronto el colegio.
Era la clase de 3º de E.G.B. y yo estaba asustado y desubicado porque el curso llevaba unos días empezado cuando mis padres dejaron Benidorm para venirnos a vivir a Petrel y nos inscribieron a mi hermano y a mí en el
Colegio Lloret de la vecina ciudad de Elda.
Se llamaba así porque el director era
Don Miguel Lloret y junto a él, un reducido grupo de profesores se las arreglaba para mantener a flote aquella empresa en la que cada uno se hacía cargo de unos cuarenta niños pero daba además todas las asignaturas que hiciera falta al resto de cursos.
Aquella maestra que conocí en mi primer día en el nuevo colegio era la
Señorita Lola.
En aquellos tiempos a la maestra la llamábamos “señorita” y a los maestros por su nombre, anteponiendo el Don. Por supuesto a todos se les trataba de usted.
La señorita Lola era una mujer de amplia sonrisa y aspecto campechano. Nacida en La Mancha y con auténtica devoción en todo lo que hacía, nos trataba con cariño pero con firmeza, dando suma importancia al orden y la limpieza y no permitiendo que hubiera manos sucias o uñas negras en su aula.
De ella recuerdo las muchas veces que me dijo "Juan, hijo, cierra la boca, no te vayan a entrar moscas" y no porque yo fuera un alumno hablador, todo lo contrario, sino porque me embelesaba tanto oyéndola explicar algunas lecciones, que se me iba abriendo la boca paulatinamente hasta quedar como un bobo hipnotizado.
Eran los tiempos en los que se obsequiaba a la profesora, y cada vez que llegaba su santo todos le hacíamos algún regalo que ella se encargaba de desenvolver uno a uno, exclamar lo mucho que le gustaba y pedir al alumno que se acercara para darle un beso, cosa que a mí me ponía colorado como un tomate.
Me ha quedado grabado en la memoria aquella primera vez en que esta maestra comenzó a hacer una lista en la pizarra. En la columna de la izquierda escribía unas palabras muy raras y a la derecha su significado.
boy = chico, muchacho
girl = chica, muchacha
man = hombre
woman = mujer
Era la primera clase de inglés de mi vida, que de alguna forma ella revistió de tanta magia que se convertiría en mi asignatura favorita a partir de entonces.
También recuerdo que cada vez que se acercaba el Día del Padre o el de la Madre, nos afanábamos en hacer un trabajo manual para nuestros progenitores. Un año el regalo consistía en un pequeño cuadrado de madera en el que sobresalía un gran clavo torcido que servía para pinchar notas en él. En el cuadrado se debía pintar una flor grande y debajo un rótulo en mayúsculas que dijera URGENTE. Pese a mi empeño en que me saliera bien, escribí
URENTE y lo barnicé con semejante errata. Ella se enfadó por mi despiste, pero cuando llegado el día, mi madre desenvolvió el regalo volvía a poner, para mi sorpresa, URGENTE. Sin duda la señorita Lola, a solas, había enmendado el error lijando la madera y volviendo a escribir la palabra para que la cosa quedara decente.
Aún conservo un libro con una dedicatoria suya, así como las libretas en las que nos hacía unos dictados que me fascinaban pues siempre eran extractos de libros en los que, al final, anotábamos el título y el autor.

El colegio Lloret disponía de un minúsculo patio interior, insuficiente para acoger a tantos niños, en el que había unos caños para beber agua sobre lo que parecía un abrevadero para ganado. Al fin y al cabo, muy apropiado.
En un extremo disponíamos de un aseo para chicos y otro para chicas algo destartalados y que no olían muy bien que digamos (me refiero más bien al de chicos, que al del otro sexo jamás me asomé) La gran suerte es que nuestro colegio estaba situado a escasos metros del parque más grande de Elda,
la Plaza Castelar, y hacia allá nos encaminaban los profesores, para que pudiéramos almorzar al aire libre y correr y desentumecer la mente.
Como tampoco disponíamos de instalaciones deportivas, un autobús nos llevaba los viernes al campo de futbol del CD Eldense, y en sus pistas hacíamos deporte. De manera que, pese a ser un colegio muy modesto, en muchos aspectos éramos unos privilegiados y de algo podíamos presumir.
Además, no creo que hubiera otro cole en la ciudad en el que se practicara el rito de cantar suplicando un día libre de excursión al campo.
Cuando surgía alguna de esas mañanas o tardes de sol primaverales en las que nos invadía una tremenda pereza por entrar a clase, desde el patio donde nos encontrábamos hacinados como borregos, surgía una voz a dos tiempos que decía "
Caam-poo, caam-poo". A esa voz se unían otras voces y luego otras más hasta ser un potente coro que cantaba Campo-campo como una plegaria desesperada.
Los profesores miraban a Don Miguel que era, al fin y al cabo, el que debía decir la última palabra. Nosotros aguardábamos expectantes con los ojos apuntados al hueco en el que ellos se encontraban, como esperando ver asomar la cara del "Sumo Pontífice" que dijera "
Habemus campo".
Lo natural era que nos hicieran entrar a clase en silencio y se fuera al garete la ilusión invertida, pero también hubo muchos días en los que aparecía Don Miguel y exclamaba: "
A ver, en silencio y en fila de dos, vamos a ir saliendo a la calle y... ¡¡HE DICHO EN SILENCIO!!" porque la algarabía que se montaba era de escándalo.
Entonces nos dirigíamos a lo que se llamaba la
Erica de San Pedro, que ya no existe pues la ciudad siguió creciendo y terminó por devorar aquellos parajes en los que jugábamos a perseguirnos, a luchar con improvisadas espadas de madera o a cazar lagartijas. Por cierto, a mi hermano le picó allí una vez una viuda negra y la señorita Lola se lo tuvo que llevar al médico para que le pusieran una inyección. Luego, en casa, yo no salía de mi asombro:
- ¿Y dices que la señorita Lola te ha visto el culo?
- Pues claro, si me han puesto la inyección y ella estaba delante...
- ¡¡¡ Madre mía, qué vergüenza!!!
He perdido la pista a la mayoría de "lloretinos" de mi generación, si bien tengo un buen amigo con el que puedo rememorar constantemente aquellos tiempos pues estuvimos juntos desde 3º hasta 7º. Los dos coincidimos en qué cosas eran realmente buenas de nuestro colegio y qué cosas no tanto.
- La peor - dice Juan Luis - sólo comparable a lo que debe sentir un condenado a muerte cuando le llaman para dirigirlo al paredón, era cuando a mitad de una clase se abría la puerta y Don Miguel, con ese enorme bigote que tenía, asomaba la cabeza para dejar caer la palabra más paralizante del mundo: “CÁLCULO”.
Es cierto. Era terrorífico. Los alumnos que no andábamos muy bien en matemáticas teníamos que abandonar la clase y dirigirnos a su despacho en el que una pizarra con una gran suma en ella nos esperaba. Nos colocábamos alrededor de todo el pequeño habitáculo, mirando hacia el encerado de kilométrica operación y Don Miguel nos iba señalando con una vara.
- Cuatro y tres
- Siete
(Y apuntando al siguiente)
- ¿Y siete?
- Catorce
(Y pasaba al siguiente)
- ¿Y dos?
- Dieciséis
- ¿Y nueve?
No valían dudas, ni equivocaciones, pues se enfurecía pronto.
- ¿¿Y nueve??
Yo hablo por mí, pero estoy seguro que allí todos sufrían tanto como yo. El corazón se me aceleraba y un nudo me apretaba el estómago cada vez que se acercaba el momento de sumar, porque no podías utilizar los dedos y había que contestar con rapidez y seguridad.
No olvidaré aquel momento en el que una compañero le dijo a Don Miguel: "Cabrera está sumando con los dedos" , cosa que era verdad pues yo escondía disimuladamente una mano detrás de las piernas, pero fue un chivatazo ruin que me ocasionó un tortazo del director. No he olvidado el hecho pero, curiosamente, sí al autor del chivatazo.
La de bofetadas que hubo en aquel despacho… Algunas tan sonoras que hacían saltar las lágrimas tanto al que las recibía como al que las contemplaba.
Eran otros tiempos.
En casa no se nos ocurría decir que nos habían castigado o que el profesor nos había pegado porque entonces los padres se solían poner de parte del docente sin dudarlo.
Ahora es distinto: ahora el padre se enfrenta con éste y le amenaza: “Vale, mi hijo será un maleducado, pero es mi maleducado y a usted ni se le ocurra tocarlo o se le va a caer el pelo”
En fin, por la cuenta que nos traía, aprendimos a sumar todos sin excepción.
Conforme pasaban los años íbamos subiendo escaleras.
Sexto y séptimo se daban en el piso superior para volver a la planta baja a dar el último curso con
Don Antonio, singular y querido docente de quien ya escribí en
“¿Eres feliz?” El 6º curso de E.G.B. lo impartía
Don Paco, un profesor muy liberal y de aspecto hippy: el pelo largo y una barba y bigote tan oscuros como sus gafas. A mí siempre me pareció la viva imagen de un corsario, por eso no me sorprendió nada verle desfilar en las Fiestas de Moros y

Cristianos de Elda en la comparsa de los Piratas. Es que lo debía llevar en la sangre.
Don Paco no nos pegó nunca, muy al contrario, siempre pasaba un poco de todo y de todos, si bien el respeto al profesor en aquella época nos impedía desmadrarnos lo más mínimo. Me gustaba especialmente cuando le escuchaba dar las clases de Historia.
De él recuerdo el día en que nos pidió que hiciéramos un dibujo libre. Yo dibujé un niño tirando una piedra a un manzano. Lo coloreé y se lo llevé a su mesa. No parecía tener ganas de nada, le encontré muy pensativo; yo diría que le dolía mucho la cabeza. Le entregué el dibujo para que le echara un vistazo. Lo miró un instante, estampó un enorme 10 a un lado del papel y me lo devolvió. Regresé orgulloso a mi asiento y algunos compañeros me felicitaron, pero estoy seguro de que no he olvidado el episodio porque no me quedó claro si de verdad le gustó o simplemente estaba pensando en otras cosas.
Don Paco murió de cáncer hace muchos años. Fumaba muchísimo.
Don Tomás era el tutor de 7º. Debía ser muy joven pero parecía mayor porque le fue creciendo mucho la calva en todos aquellos años. Ahora que lo pienso ese debió ser el castigo divino por todos aquellos cabellos que nos arrancó él a nosotros.

A Don Tomás le recordamos por su pausada forma de hablar entornando los ojos y por aquellos movimientos tranquilos. Nunca parecía alterarse por nada pero pobre de ti si osabas distraerte en clase o hacías que se distrajera él mientras explicaba una lección. No dejaba de hablar, pero entonces se levantaba de su asiento. Pausadamente.
“
…y los fenicios se establecieron en la costa de Siria.”Se acercaba, como paseando, hacia el pupitre del infractor, sin alterarse.
“
La región que ocuparon se llamó luego Fenicia...”
Llegaba a su altura y tranquilamente le agarraba del pelo,
“ ...
que era una costa abierta que les permitió la navegación”
Y comenzaba a darle vueltas a la cabeza sin soltar el mechón cogido.
“
Gracias a estas condiciones, los fenicios se convirtieron en uno de los primeros navegantes de la historia...”
El infractor no se podía zafar de sus garras y debía seguir los movimientos con la cabeza si no quería perder ese pelo.
“...
y así dieron origen a una de las primeras civilizaciones marítimas”.
Don Tomás continuaba haciendo el molinete con esa cabeza hasta que se le pasara esa furia interior que nunca dejaba traslucir.
Recuerdo que en una ocasión no sólo aferró con fuerza del pelo a un compañero sino que lo sacó de su pupitre. Como la silla se le quedó enredada entre los pies arrastró al chaval con la silla detrás hasta el otro extremo del aula sin soltarle del pelo. Toda la clase, callada como una tumba, le escuchábamos llorar en silencio con la mano en la cabeza mientras Don Tomás continuaba con la lección como si nada hubiera ocurrido.

Eran otros tiempos. Yo también sufrí alguna vez sus tirones y no puedo decir que recuerde aquello como algo agradable, pero cuando me llegan noticias de que hoy abundan los alumnos que tutean a los profesores, que no les tienen ningún respeto y hasta les amenazan, cuando soy consciente de que hemos llegado a un punto en que los profesores ya no tienen autoridad y crece el número de los desmotivados y deprimidos ante tanto descontrol, no puedo por menos que pensar:
“¡ Ay, mi Lloret, benditos sopapos aquellos !