30 de marzo de 2009

DE VUELTA A CASA (Continuación)




Como en los certeros versos de Machado, todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.
De igual forma todo llega un día y también pasa sin más. Y aquel viaje iniciático que, a quien más a quien menos, tanto nos marcó, también tuvo su final. (Cómo me cuesta aceptar que han transcurrido más años desde todo aquello que la edad que entonces yo tenía. Me resulta increíble)
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Sin duda habré olvidado muchas cosas pero no aquel último día en Madrid. El del final de la mili.
Se vivió con una extraña mezcla de alegría y tristeza. Alegría porque estábamos en el anhelado día de la definitiva vuelta a casa; tristeza porque dejábamos entrañables amigos con los que se había compartido millones de cosas y a los que, tras partir cada cual por tan distintos rumbos, no volveríamos a ver jamás.
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Compañeros de los que guardo imborrables recuerdos.
Como Alberto S. con quien solía cantar entre en serio y en broma todas las canciones de Sade que casualmente ambos nos sabíamos de memoria. O Luis M. que me hablaba con entusiasmo de los dos amores de su vida, su novia y su Granada natal, o Pepe G., el furriel, natural de Elda como yo, contándonos en la oficina las mil perrerías que nos hacía el Sargento Coronado, quien nos tenía cierta ojeriza a los dos (sobre todo a mí) o Guillén, el cabo canario de noble corazón “a formar, muyayo, a formar
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Recuerdos de José Enrique C. de Alcira, de Carlos N. de Las Palmas, de Rafa Q. de Fuengirola, de Pedro M. de Alcázar de San Juan...
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Este tal Pedro, a quien todos llamábamos X, guardaba en su taquilla un gato de peluche que nos presentó a todos. No es que fuera un chaval infantil o inmaduro, todo lo contrario, sencillamente quiso tener siempre a mano algo muy personal que le recordara a los suyos, a su hogar y no dudó en llevárselo para que le acompañara durante toda la mili.
Era un peluche blanco con una larga cola y un cascabel cosido al final. Y así, mientras la mayoría de los soldados guardaban fotos de sus novias en la taquilla, Pedro guardaba un peluche que se convirtió en mascota.
Yo no tenía novia pero me enorgullecía mostrar una foto que hice a mi hermana (12 años entonces) saludando con ropa militar y a la que siempre tuve bien visible en mi taquilla. A muchos compañeros tuve ocasión de hablarles de ella y de toda mi familia, sin duda lo más preciado que tenemos y a quienes tanto se echa de menos en tantas ocasiones en la vida.
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No mucho después de aquella despedida recibí una llamada de Pedro (el del peluche) diciéndome que acompañaba a un familiar en unas gestiones y que le podía dejar cerca de Petrel por lo que acordamos que pasara un fin de semana en mi casa. Fue una gran alegría volver a verle y recordar tantas cosas (desde la primera novatada a la última cogorza pasando por los arrestos, los permisos y lo joputas que eran algunos mandos) Para mi sorpresa traía un regalo para mi hermana Ana. ¿Adivináis cual? Pues sí, su peluche. Aquella curiosa mascota con cascabel de nuestra Academia fue a parar a manos de mi hermana. Nos pareció que no debía desprenderse de algo tan personal pero insistió en que quería que tuviéramos un recuerdo de él y se quedó en nuestra casa.

Los años pasaron.
Vi en algunas ocasiones a mi paisano Pepe el furriel así como a José Enrique que bajó desde Alcira para pasar un sábado en Elda. Nos presentamos a nuestras novias y las pobres debieron quedar hasta el gorro de tanta “batallita” entre cerveza y cerveza.
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No volví a ver a nadie más.
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Un año, en un arrebato de nostalgia escribí (por carta, nada de internet todavía) a varias direcciones que tenía guardadas. Sólo me contesto José Enrique, las demás cartas me fueron devueltas con un "DESCONOCIDO" garabateado en ellas.
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Otra buena remesa de años sobre mis espaldas. Esas hojas que se arrancan inexorablemente al calendario. Dorados veranos, largos inviernos tras otoños de hojarasca, primaveras de juventud, alegres fines de semana, un viaje a Yecla seguido de muchos muchos más, Mª Carmen, ocho años de noviazgo, nuestra boda, dos hijos y, entre tanto, varios trabajos. Tantas cosas vividas que he de resumir en breves líneas para llegar al momento actual, a mi trabajo de Villena del que ya os he hablado en alguna ocasión.

Una de mis compañeras se llama Mar. (Mar, como sé que me lees aprovecho para decirte que eres una excelente persona y que estoy muy muy contento de haberte conocido.)
Mar lleva muchos años viviendo en Villena pero presume de su tierra natal: Alcázar de San Juan y de todo lo relacionado con La Mancha. (Un saludo afectuoso desde aquí para mis lectores manchegos Calata –recomiendo a todos su fotoblog - y Rasanliz)
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Las alusiones de Mar a su ciudad me recordaban siempre a aquel compañero de la mili y un día conté a mi amiga la historia de Pedro y de aquel peluche que con el transcurrir de los años terminó extraviándose.
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- ¿Y no has vuelto a saber de él? Pues yo tengo que localizarte a mi paisano, hombre. Déjame un tiempo, Juan, que haré averiguaciones.
Y dicho y hecho, un día Mar me entregó un papel con dos números de teléfono anotados.
- Yo creo que debe ser él – me dijo – No dejes de llamarle.
Esa misma tarde saqué el papel del bolsillo y me quedé mirándolo. Estaba seguro de que se trataría de él.
“Madre mía- pensé- han pasado más de veinte años. Tanto tiempo… ¿Se acordará de mí? “, y antes de que me diera tiempo a dudar marqué el número.
- ¿Dígame?
(Fue curioso pero sólo con esa palabra ya estaba seguro de que era él, pero dije:
- Quería hablar con Pedro M. J.
- Soy yo
- A ver si eres la persona que ando buscando… tú debes tener ahora 42 años...
- Sssí, por?
- Atención, pregunta… ¿Hiciste la mili en Carabanchel?
- ¿¿¿¿QUIEN ERES????
- ¡SOY JUAN! ¡ EL ARMERO!

Bueno, fue la bomba. Un torrente de emociones en el que nos atropellábamos a preguntas y más preguntas. En seguida supe que también se casó y que tiene tres hijos .
- Me ganas, yo sólo dos
- Joder Juan, qué bueno, si parece que te estoy viendo, te oigo y tienes la misma voz
- Pues han pasado 23 años…
Nos contamos la vida a grandes trazos, nuestros trabajos, nuestros hijos… pero por unos minutos nada había cambiado en realidad y volvíamos a ser aquellos jóvenes de entonces.
- ¿Te acuerdas de cuando estuve en tu casa?
- Cómo no, y del peluche, ¿te acuerdas del peluche?
- Siii, jajaja, que le regalé a tu hermana. Por cierto ¿cómo está tu hermana y tu familia?
- Bien, todos bien, gracias.

Quedamos profundamente emocionados con esa llamada. Intercambiamos direcciones y correos y ahora podremos comunicarnos más a menudo.
Al día siguiente se lo contaba todo a Mar con pelos y señales y se alegró enormemente.

En el pasado puente de San José, los cuatro hermanos nos reunimos en el campo de Petrel para pasar unos días juntos.
En un momento dado entré con mi hermana en el trastero. Buscábamos una vieja libreta extraviada llena de historias que escribí hace muchos años y que ambos estamos muy interesados en recuperar.
Entre otros muchos cachivaches, allí están amontonadas las cosas que tenía Ana en su habitación antes de marcharse a estudiar a Castellón. Cintas de los Hombres G, de Duncan Dhu, libros, cuadernos, cartas…
De repente descubrí algo que nunca hubiera pensado encontrar. En el fondo de una polvorienta bolsa agujereada apareció aquel peluche de Pedro, con su cascabel y todo. Tenía el lazo azul del cuello totalmente apolillado y le faltaba una ceja pero aún se conserva entero para la cantidad de años que han transcurrido.
Mi hermana lo daba por perdido y cuando le conté la llamada que tuve con Pedro me dijo que si algún día lo encontrara se lo enviaría en un paquete con una carta de agradecimiento dentro.

Ese momento ha llegado y también yo he añadido una carta para Pedro junto a su peluche y en cada línea escrita iba creciendo en mi interior la nostalgia por aquel pasado que no puedo dejar de añorar, por aquella convivencia, por aquellas amistades, por la juventud que un día tuve y que, aunque me pese, no ha de volver.

Pero este viejo peluche ya ha hecho suficiente mili. Es hora de que se licencie y lo enviemos a Alcázar de San Juan con la persona a la que perteneció. Pedro no imagina lo que en breve recibirá. Cuántos grandes e imperecederos recuerdos compartidos le envío en este paquete, de vuelta a casa.

(A todos aquellos compañeros de la mili.
Donde quiera que estéis)


27 de marzo de 2009

DE VUELTA A CASA






Entré con mi hermana en el trastero del Campo.


Buscábamos una vieja libreta extraviada llena de historias que escribí hace muchos años y que ambos estamos muy interesados en recuperar.
Apenas nos podíamos mover dada la cantidad de cachivaches que hay por allí, cubiertos de polvo y antiguas telarañas. Con cuidado y con el ojo avizor por si saltaba desde algún rincón alguno de los gatos que se suelen colar por allí adentro, comenzamos a buscar.
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De repente y sin esperarlo descubrí algo que supuso un emotivo reencuentro con el pasado. El hallazgo nos hizo pensar después en las vueltas que da la vida y en la infinidad de caminos que casualmente van entrecruzándose a nuestro paso a lo largo de ella.
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- ¡Ana! ¡Mira lo que acabo de encontrar!
Vi cómo se le abrían los ojos y exclamaba:
- Lo sabía, sabía que nunca me deshice de él.
- ¿Se lo enviamos?
- Sí, sí, claro que sí – me decía muy contenta.


El contenido de este paquete que tengo aquí a mi lado me ha traído entrañables recuerdos que casi tenía olvidados y que me han impulsado a escribir esta historia de emocionante final que quiero compartir con vosotros.
Para hacerlo hemos de viajar por tres momentos distintos en el tiempo. Primero me remontaré al año 1986 en el que empecé a cumplir el servicio militar. Después a una llamada telefónica reciente y por último al momento actual.
Comienzo sin más preámbulos.
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AÑO 1986
Parece que fuera ayer cuando le decía yo a mi amigo Juan Luis que me había tocado hacer la mili en Plasencia.
- ¿Te vas a Plasencia? Eso está en Italia, ¿no? – me dijo el muy guasón
El viaje en aquel tren “borreguero” se me hizo interminable. Duró toda la tarde y noche y llegué al amanecer. Además de dormir fatal, estaba bastante angustiado, temeroso por ese inevitable enfrentamiento ante lo desconocido.
Pero los días pasaron rápidos.
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No olvidaré nunca aquel período de instrucción en pleno mes de julio en Extremadura, en grandes explanadas polvorientas bajo un sol de justicia. Y aquel inmenso comedor subterráneo masificado de uniformes verdes en el que uno echaba de menos los manjares de su casa.
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Las prisas, las formaciones, las equivocaciones, los arrestos…
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Pero he sido siempre una persona positiva y no guardo malos recuerdos de la mili. Todo lo contrario.
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Tras la jura de bandera pasé una semana de relax con mi familia en Benidorm para reincorporarme a continuación a mi nuevo destino: Madrid - Carabanchel. Diez meses en la Academia de Sanidad junto al Hospital Militar Gómez Ulla.
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Tuve la enorme suerte de que me nombraran armero, con lo que me limitaba a repartir el armamento a la tropa y altos mandos de mi compañía cada mañana. Eso me libró de hacer innumerables guardias en garitas y puestos de control y me ahorró de los soberanos aburrimientos y “comidas de bola” que sufrieron el resto de reclutas.
Por mi temperamento cordial hice buenas migas con casi todos los compañeros de reemplazo, a pesar de que razones tenían para tenerme tirria por la situación privilegiada que yo disfrutaba, pero como también me encomendaron el ser el único vendedor de tabaco de toda la academia, ello me sirvió para granjearme el afecto de los más hostiles pues les regalaba algún que otro pitillo o les fiaba cuando andaban escasos de dinero.
Y así, con el transcurso de los días en los que poco a poco nos fuimos conociendo e intimando, llegamos a ser como una gran familia en la que todos nos apoyábamos y nos divertíamos en largas charlas en los muchos ratos que teníamos libres.
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Cuántas veces me he acordado de aquellos tiempos. Yo, el más pacífico, entregando armas a diestro y siniestro y no habiendo fumado en mi vida vendía tabaco a todo el mundo.
Qué guasona es la vida a veces.
De lo único que me tenía que preocupar era de presentar bien las cuentas ante el Sargento S. y de que al General B. no le faltara nunca su paquete de Camel. Después, con las ganancias se compraban raquetas y pelotas para tenis de mesa, barajas, etc…
El tabaco me abrió más puertas de las que imaginaba porque descubrí lo adictivo que es ese vicio para los fumadores y me aproveché para hacer mis trapicheos con él y así, por unos cuantos cigarros de regalo, un ayudante de cocina me subía a la armería una jarra repleta de arroz con leche. “Te cambio vicio por vicio” Yo la escondía y cuando no había moros en la costa me encerraba con llave por dentro y me la embuchaba con deleite. (Con decir que llegué a Madrid pesando 60 kilos y volví a casa con 70, creo que lo digo todo.)
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Sólo una vez – por decisión propia y para solidarizarme con mis compañeros -hice un día completo de guardias en garitas. Me satisfizo comprobar lo que les alegró que pasara una jornada completa con ellos. “Venga, armero (así me llamaban) a chupar garita”
Y ahí pude comprobar cuánto tiempo perdido en algo tan inútil como meterse en un espacio cerrado de un escaso metro cuadrado con el CETME entre las manos donde no habiendo nada mejor que hacer uno dejaba volar la imaginación constantemente. Horas de guardia con calor, con frío, con lluvia, por el día o por la noche.
En una de aquellas garitas había un escrito en la pared que decía: “ACABAS DE ENTRAR A UN SITIO DE ACCIÓN. ¡BÚSCALA!” O aquel otro letrero en la que estaba próxima a la cuadra de los caballos: “GARITA MACABRA (No te asustes si oyes ruidos)” Y sobre todo corazones, muchos corazones dibujados o grabados en la pared con un nombre de mujer dentro.
Pero para algunos esa inactividad de las guardias era frustrante (cuánto bien hubieran hecho los móviles de haber existido entonces) y tanto tiempo para pensar hacía que magnificaran sus problemas de manera preocupante. Leí hace poco que el número de suicidios de jóvenes durante el servicio militar en la década de los 80 fue altísimo. No ocurrió algo así en mi academia en aquel reemplazo pero sí unos meses antes. Poco después sería testigo de una de las causas que directa o indirectamente hicieran probablemente desembocar a aquellos jóvenes a tan negras tragedias.
Fue una tarde-noche de sábado en la que salimos con el permiso en las manos un buen grupo de soldados a pasarlo bien por Madrid. Fuimos a lo que se llamaban “los bajos de Argüelles” (no sé si continúa existiendo) Era un pasadizo subterráneo con muchas tascas a uno y otro lado, de diferentes estilos y tipos de música. En el grupo había muchos andaluces de la camareta que llamábamos de “los malaguitas” pues la mayoría eran de Málaga. En un momento dado entré en los aseos y descubrí a dos de ellos inyectándose un pico. Quedé impresionado. Todavía me acuerdo de sus nombres y apellidos y aún, nítidamente, de la forma en que me sonrieron. Con aquellos ojos vidriosos con los que se quedaron mirándome entendí que me estaban diciendo “vaya, armero, esto no lo esperabas tú, ¿verdad? No te asustes, es la gloria”
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Al día siguiente les entregué el armamento, como al resto, y en sus caras había un velo de desilusión, de hastío.
Estoy seguro de que más de uno de aquellos compañeros con los que compartí meses tan intensos se quedaron en el camino.
(Continuará)

22 de marzo de 2009

LA NIÑA DE MIS OJOS



Aitana es la primera en abrir los ojos. Es mi despertador diario. Llama suavemente desde su cama: “Papa, ven” y cuando me asomo a su habitación me sonríe y dice: “Ya he teminao de dormir”


Aitana es una glotona. “Me apetece… me apetece… papá, ¿qué me apetece? ¿Una galleta? Sí, vale” Ella misma se pregunta y se responde.


Aitana quiere que la mire cuando me habla. “Cúshame papá, cúshame” “Si te estoy escuchando...” Pero no queda satisfecha hasta que no la miro a los ojos.


Al toser suele exclamar: “Ay, qué tos tiene la nena, ¡por Dios!”


Nadie me parece tan sexy como Aitana cuando se quita el pelo de la cara con las dos manos, echando la cabeza hacia atrás.


Para Aitana todo momento de comida es “cenar”. “Papá, me apetece cenar” “Sí, ya te preparo el desayuno” ”No, quiero cenar”


A Aitana le encanta ver fotos suyas. “Mira papá, qué guapa está la nena de rosa” (lo pronuncia con erre suave: derosa)


Cuando la acostamos por la noche nos pide que su hermano se meta en la cama con ella: “Un ratito Samuel comigo, ¿vale?” Y él no cabe en sí de gozo.


Al volver del trabajo y abrir la puerta de casa la oigo exclamar “Ay, el papá” y aparece corriendo para darme un beso. Es el mejor momento del día.


Me alimento de sus sonrisas y a menudo me pierdo en el azul de su mirada.


Este próximo jueves es su cumpleaños. Dos años tiene ya la niña de mis ojos. Este video lleno de fotos es para ella.

Sé que le va a gustar.


video

16 de marzo de 2009

EL KARATECA QUE LLEVO DENTRO






DEDICATORIA

A todas
mis compañeras de trabajo, especialmente a aquellas que fueron testigos oculares de la debacle e insistieron en que publicara esto.

Y muy particularmente a Lucía, que, como me pidió no aparecer ni por asomo en este blog, en adelante la llamaré L. para preservar su identidad.

INTRODUCCIÓN: Uno para todas y todas para uno.

De todos es sabido que la pasada semana fue el Día de la Mujer, día éste en el que todos, no solo ellas, debemos reivindicar la igualdad y los mismos derechos para ambos sexos.
Yo, si hace falta, me pongo en cabeza para exigirlos, aunque en el lugar en el que trabajo, me parece a mí, que no hace falta. Es más, soy yo el que está en tan profunda desventaja que me empiezo a replantear muchas cosas.
Porque, vamos a ver, pónganse a contar conmigo: además de la directora, en mi centro hay una trabajadora social, una doctora, una fisioterapeuta, una enfermera, una ordenanza, dos monitoras de gimnasia, varias monitoras de talleres, una podóloga, una vigilante, una peluquera, dos limpiadoras ... y yo.
Todavía me pregunto si el día en que llegué a este centro el pensamiento general fue "¡Al fin un hombre!" o "¡Se nos fue el monopolio al carajo!"
Que nadie me interprete mal, éste es un lugar idóneo, sí, pero, digámoslo claro, aquí la famosa ley de paridad está hecha unos zorros y la balanza de la igualdad forma una vertical que asusta.

Yo, repito, estoy encantado, y de mi boca no surgirá una sola queja, pero sí recuerdo mi primera inquietud cuando se avecinaba la comida de Navidad. (Me parece estar leyendo ya la mente de algunos lectores "Ah, qué bien, qué suerte, rodeado de tantas mujeres, como el moro de un harén..." A ver, un poco de realismo, por favor!! ¿Ha quedado clara la proporción de 20 a 1? Que no, que estaba acojonadito, que me veía como un ratón en una reunión de gatas, por más que las gatas fueran todas adorables y pacíficas.
Por suerte, Dios aprieta pero no ahoga y a aquella primera comida de Navidad se apuntó el conductor del autobús (al que veo un par de minutos a la semana) y el marido de la directora, que suele hacer su papelón como cocinero (no se quejarán). Y ya la cosa fue distinta. Ya éramos tres. Ya tenía el apoyo de mis congéneres ante un hipotético ataque de féminas desbocadas.

Pero eso fue al principio, con la falta de confianza. Ahora ya me llega la camisa al cuerpo y todo. Ya hemos charlado mucho, ya nos conocemos más, ya hemos vivido alguna que otra experiencia que quedará en el recuerdo.
Y otras que será mejor olvidar...

NUDO: ¡Fuego!... ¿fuego?

Es más que normal que en un centro público haya una alarma de incendios. Y que si detecta humo o excesivo calor avise con su sirena. Normal, todo normal.
Ya no sé si es tan normal que se dispare tras un simple apagón. Supongo que sí. Las deben fabricar lo bastante inteligentes como para que piensen: "¡Tate, ¿qué pasa que no me llega corriente eléctrica a las entrañas? ¿No será que han saltado los plomos por un voraz incendio? Uf, yo, por si las moscas, me disparo. Allá voy: TRRRRRROOOOOOO."
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Esto es lo que ocurrió el pasado lunes.
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Es una situación desagradable pero que sé controlar perfectamente. Tan sólo hay que pulsar la tecla que desactiva el zumbador, introducir un número clave y rearmar el conjunto. Y si acaso llaman los de la central de alarmas explicarles la razón por la que se ha disparado. Y chimpún.
Pero hete aquí que este lunes nada funcionó bien. No conseguí que cesara de sonar la alarma por más que repetía las instrucciones una y otra vez.
"Maldita sea - murmuraba yo - ¿tan desentrenado me pilla que no doy pie con bola?"
La directora bajó de su despacho con cara de preocupación y le comenté que no conseguía desactivar la alarma (necesito un esfuerzo personal por parte de usted, lector o lectora, para que ponga mentalmente durante todo este relato esa desesperante banda sonora de fondo, ese sonido de metralla metálico campanoide que te entra por el tímpano y te pone de punta los nervios)

Por más que yo sabía que la alarma sonaba por culpa del apagón eléctrico, un buen profesional no debe dar nada por hecho y había que comprobar que realmente no había fuego. Eso es lo que ordenó la directora: ir a buscar el origen. Y a la expedición se apuntaron la doctora, la trabajadora social y la fisioterapeuta (alias L) que fueron saliendo de sus despachos ante semajante escándalo.
Los cinco escaleras arriba, los cinco escaleras abajo, los cinco afuera, los cinco adentro, siempre en busca del humo delator. Menos mal que eran las dos de la tarde y sólo había dos o tres usuarios en el centro, uno de ellos tan sordo, por cierto, que no se enteró de nada. Tan sólo alzaba la vista del periódico cuando nos veía pasar "¿A dónde irán todos esos juntos y tan apresuraos?" debía pensar.
Se revisaron todos los despachos, los almacenes y hasta la pajarera en donde encontramos a Doña Josefina con las piernas al sol sin inmutarse los más mínimo. "A mí si no me dicen que me marche no me pienso mover. Con lo a gusto que estoy" - parecía pensar.
Sólamente un lugar faltaba por comprobar: podología. La podóloga ya no estaba y había que abrir esa puerta. Pero, ¡oh maldición! la única llave que faltaba en el cuadro de llaves era precisamente esa. (A todo esto, recuerden la banda sonora, que ya se les había olvidado: TROOOOOOOO. Métanse un poquito en situación, que no cuesta tanto)
En ese mismo instante es cuando entró Doña Sugestión, la muy cochina, para meter cizaña, porque todas empezaron a ver fantasmas.
- Huele a plástico quemado, ¿no oléis? - dijo la doctora
- Sí, sí - aseguró la directora - algo se quema
- A ver si está ardiendo algún enchufe aquí adentro - exclamó la trabajadora social
- ¿Y dónde está esa llave? ¡Juan, telefonea a la podóloga! - me pidió la directora
Y eso es lo que me apresuré a hacer, pero al no haber corriente eléctrica no funcionaba el teléfono por lo que tuve que echar mano de mi móvil.
- No, no, yo tengo la mía - me aseguraba la podóloga - No he tocado la copia del cuadro de llaves.
- Pues esa puerta hay que abrirla como sea - decía la directora muy preocupada - Si hay que echarla abajo, se echa.
No sé quién mencionó lo de dar una patada a la puerta. No lo recuerdo. Pero la idea del sillón de podología en llamas cobraba fuerza y el TRRRRROOO (no lo olviden) debía hacer TRRROOOOO por algo y allí el único hombre a mano era yo para acabar de una vez con todo.
"Venga - pensé - que no se diga".

La trabajadora social, al ver lo que me disponía a hacer se tapó los ojos para no mirar. Yo incliné el cuerpo hacia atrás, levanté la pierna y...

DESENLACE: El honor perdido.
Nadie se quemó. Ni siquiera hubo intoxicación por humo. Tampoco hubo necesidad de evacuar. Sencillamente porque no había fuego en ningún lado.
La trabajadora social consiguió silenciar la jodida alarma introduciendo el código correcto. No sé por qué me empeñé tantas veces con el 23 cuando era el 27.( Tanto ordenar los cartones del bingo me debe estar trastornando).
Volvió la luz eléctrica y la paz al centro, y cuando los de la central de alarmas llamaron se les explicó que no ocurría nada. (Me hubiera gustado decirles: "...pero no veáis lo bien que lo hemos pasado, colegas", pero no es de profesionales hablar así.)


Pero nada de todo esto hubiera tenido trascendencia si no fuera porque, al rato, ya a toro pasado, a mi amiga L. se le empezó a dibujar una sonrisita en la cara.
Yo la miraba y ella no podía contenerse.
- Ay - decía, sofocando la risa - es que ha sido tan cómica la situación.
Y ese apretar los labios para que no se notaran las ganas de reir.
- Es que cada vez que recuerdo a la trabajadora social tapándose la cara para no mirar - continuaba.
Y no pudiendo ya controlarse más empezó a reir y a reir y a reir.
- Es que la patada de Juan... decía con lágrimas en los ojos - la patada de Juan...

Ah, claro. Es que no terminé de contarles. Hubiera estado muy bien que yo ahora relatara cómo sonó el trallazo que le endosé a la puerta con mi pié. En la primera embestida saltó el picaporte y tembló hasta la pared. En la segunda patada, al más puro estilo Van Damme, reventé la puerta que golpeó la pared interior haciéndole un desconchón considerable. Sí, me hice daño, pero la doctora me aplicó inmediatamente hielo en el tobillo y se me pasó pronto.
Digo que hubiera estado muy bien contarlo así, pero da la puñetera casualidad de que las implicadas conocen mi blog (y hasta lo leen) y seguro que contestarían: "MENTIRA, QUE NO FUE ASÍ!"
Así que no tengo más remedio que ponerme humilde y admitirlo: Sí, dí una patada de chichinabo. Una patadita de risa fue la que dí.

Pero es que fue a modo de tanteo y con sólo eso me bastó para comprobar que en las películas son unos mentirosos, que una puerta no se abre con el pie a no ser que uno sea Hulk, pero incluso Hulk y sus megatones necesitaría más de una embestida, así que yo no me esforcé más. Además la llave de podología apareció ¡en el suelo! Se había caído la muy puñetera para que llegáramos a tal situación límite, y cuando por fin se abrió aquella puerta, allí no había ni la sombra del suspiro de la duda.
- Ah, pues parecía que olía a quemado... - dijeron mientras se relajaban

Ahora el mal ya está hecho y L. cada vez que me ve disimula la risa. La noticia se ha expandido y tengo que aguantar la chirigota de las despedidas cuando se marchan a casa: "Hasta mañana, Bruce Lee", "No rompas muchas puertas"
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Es por todo esto que voy a darles un par de consejos a mis amigos lectores:
1) No intenten jamás una bravuconada de las que se ven en las películas. Son inútiles además de falsas.
2) Aún menos delante de un grupo de mujeres. Serán ellas las que te destrozarán después.

Ellas, que estarán satisfechas porque tienen su Día de la Mujer, ¿se han parado a pensar en qué situación quedo yo?, ¿para cuándo el Día del Karateca Frustrado?

De momento le he dicho a la directora que compre un hacha, que yo más patadas no doy.
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7 de marzo de 2009

YECLA EN MI HORIZONTE







Espero que sepáis apreciar este texto pues vale su peso en oro. No ya por el contenido en sí sino porque es la primera vez que he tenido que negociar muy duro para que una entrada viera la luz.

Así, como lo oís.

La culpa es mía por abrir la boca.

- Cariño, voy a hablar de tí en mi blog le dije a mi mujer
- ¿De mí? Anda ya! Quita, quita.
- Sí, lo venía pensando en el coche
- Con tantas cosas que tienes por contar, ¿para qué quieres hablar de mí?
- Pues porque me apetece escribir algo de Yecla y de cómo nos conocimos
- ¿De Yecla? No será para burlarte, ¿no?
- No, quiero contar por qué a Yecla la llaman “el extranjero”
- ¡Eso es burlarte!
- Pero que no, mujer, que es una cosa simpática, una seña de identidad que os ha hecho famosos.
- De mí no escribas, qué corte que me conozcan.
- Anda ya, como si fueran a venir a verte en persona para decirte “Ahh, con que tú eres la del blog de Juan…”
- Ay, que no, que no quiero, que seguro que Fran hace luego algún comentario riéndose de mi (
A mi hermano, que la quiere mucho, le encanta meterse con ella. Y ella se pica enseguida)
- Que no, ya verás cómo no.
Pero por más que intentaba convencerla, ella no accedía. Así que tuve que pasar al Plan B : Volver a decírselo cuando tuviera mucha prisa. Es algo que he probado otras veces y funciona.

Se apresuraba para salir de casa al trabajo.
- Entonces, ¿verdad que me vas a dejar que escriba sobre tí?
- Me voy a trabajar
- Voy a escribir sobre tí
- Ay – la oía quejarse mientras descendía en el ascensor – pues más te vale que sea todo bueno porque si no te haré comentarios criticándote!
- A ver si es verdad, que no me comentas nunca. ¡Adiós fea!
- Adiós tonto!

Le tomé por tanto la palabra y escribí lo que sigue a continuación.
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En 1991 pisé Yecla por primera vez.
Antes sólo me habían llegado vagas referencias de ser una ciudad famosa por sus muebles pero no sabía ni a cuántos kilómetros se encontraba de mi casa. Pero en el mes de febrero de aquel año, en aquellos tiempos en los que yo salía con un grupo de amigos de Elda, dos de ellos (Angel y Pele) cumplían años y a alguien se le ocurrió la feliz idea de ir a celebrarlo a una discoteca de Yecla: la Sapporo.


A mí no me entusiasmó la propuesta porque nunca me ha gustado conducir - y menos por la noche - por carreteras que no conozco. Pero como no todos disponían de coche y en el fondo sabía que lo pasaríamos bien, me apunté a la fiesta.
Varios minutos después de pasar Villena, que está justo a mitad de camino desde Elda, un poco harto ya de conducir, empecé a pensar que Yecla se encontraba en la-venta-la-puñeta y ¡cómo lo recuerdo! que no volvería a ir allí jamás.

¡JA! ¿Que no? Pardillo, ingenuo, tontorrón, que no tenía ni zorra idea de la cantidad de capítulos que estaban escritos en mi libro del destino con Yecla como telón de fondo.
La discoteca formaba parte de un gran restaurante y estaba en el sótano de éste. Hacía un frío tremendo en la calle pero adentro se estaba realmente bien, se veía muy buen ambiente, la música era buena y había mucha gente bailando.
Algunos de mis amigos tenían entonces mucho morro y se presentaban a todas las chicas que les interesaban. Yo no era así. Yo esperaba a verlos venir con sus nuevas amigas que a la vez siempre traían a muchas otras que entonces yo conocía de rebote. Cuando me presentaron a una tal Mari Carmen, es algo que recuerdo perfectamente (y mi mujer también), le dije “Tienes cara de picarica”. Y a ella le hizo gracia. (Más gracioso hubiera sido decirle “Oye, dentro de 9 años nos casaremos tú y yo, ¿qué te parece?”, pero claro, no se lo dije porque aún no lo sabíamos)

El cumpleaños acabó (más bien la discoteca cerró) y regresamos a casa. Pero al fin de semana siguiente mi amigo Juan Antonio, alias el Zorro, que se había quedado prendado de una tal María, vino a rogarme que volviéramos a ir a Yecla
- ¿Otra vez? ¡Ni de coña!
- Si, Juanillo, vámonos tú y yo solos, tranquilamente.
- Buf, que no, ni loco, que está muy lejos.
- Pero tío, que está ahí al lao, que son sólo 44 kms.
Podéis reíros si queréis pero por aquel entonces desplazarme a Yecla suponía toda una odisea para mí; esos 44 kms los veía como 444 y por eso me negaba. Por eso y porque – y no sé por qué lo tengo que contar todo – tanto el Zorro como yo salíamos con dos chicas de Elda. Volver a Yecla suponía buscar una excusa para dejarlas y largarnos para ver a las yeclanas. Me negué en redondo.
Esa misma noche volvíamos a estar en la Sapporo con María y Mari Carmen. Y el sábado siguiente también. Y el otro.

Llegó un momento en que nuestras yeclanas nos esperaban con tanta ilusión como la nuestra por ir a verlas. Nos fueron enseñando su ciudad, primero los lugares de ocio, claro, pero con el tiempo también los mejores lugares de la misma. Y ya siempre, antes de volvernos a Elda las llevábamos en coche hasta un punto muy cercano a sus casas en donde nos despedíamos. Eran unas despedidas larguísimas y sin palabras. Sólo con besos.

Fue por entonces cuando me enteré de que hace la traca de años, en los tiempos en los que mucha gente marchaba a Francia para trabajar durante la vendimia, sucedió que un gran número de españoles estaban en una estación francesa esperando al tren que les devolviera a casa. Llego tal tren y una voz anunció
Españoles al tren. Vayan subiendo todos los españoles ” y viendo que había un grupo que no se movió de su sitio alguien les preguntó
”¿Y ustedes? ¿No son de España?
A lo que respondieron “No, nosotros somos de Yecla”.
Aquello trascendió y hoy por hoy, no sólo todas las comarcas que la rodean sino también buena parte de España saben que Yecla es “el extranjero”.


El tiempo pasó y el Zorro no quiso dejar a su novia de Elda por lo que terminó su relación con María. A mí me ocurrió lo contrario, dejé a la chica “nacional” para, sin que nadie me acompañara ya, ir a ver a “la extranjera”. Y así fue como por mi determinación empezaron a llamarme Juan el yeclano. Todavía conservo en la cartera un pasaporte que confeccioné a mano en el que iba cuñando las entradas a Yecla. Cuando lo mostraba a mis amigos diciéndoles que me lo exigían en la frontera se partían de risa.
La única traba que encontraba yo a esa relación en la que tan a gusto me sentía es que me suponía un incordio volverme a casa los sábados para volver a regresar al día siguiente. Tanta rabia me daba que en más de una ocasión, ni corto ni perezoso, me quedaba a dormir en el coche. Pasaba unas noches criminales, incómodo y con frío pero luego la mirada dulce de mi picarica transformaba todo lo malo en maravilloso.
Como Mari Carmen tenía unas amigas muy simpáticas, había ocasiones en las que algún amigo quiso acompañarme a Yecla, lo cual me parecía bien siempre y cuando accediera a pasar la noche en el coche. Veo muy poco a aquellos amigos de Elda pero cuando he coincidido con Jose o con Pedro nos reímos mucho recordando aquellas lejanas madrugadas de cristales empañados tapados como podíamos con nuestros abrigos y deseando que saliera pronto el sol para desentumecernos. Todavía me cuesta entender cómo podía ser tan pavo para preferir pasar una noche tan incómoda a hacer unos cuantos kilómetros. Pero hoy es un bonito recuerdo.
Y lo gracioso es que cuando la madre de mi novia supo de esas ocurrencias mías le preguntó a su hija que porqué no se lo había dicho, que había una habitación para mí. Pero es que a mi novia, pobrecica mía, le daba corte decirle que ya tenía novio.
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Nunca había escrito sobre estos recuerdos y me apetecía que quedaran guardados en el blog.
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Me casé en Yecla con mi extranjera del alma y el convite se celebró en el restaurante Mediterráneo en cuyo sótano estaba la discoteca donde nos conocimos.
A tan sólo 44 pasos del lugar donde nos despedíamos con tantos besos construyeron un edificio y en él vivimos ahora.
Mi mujer está durmiendo en estos momentos, así como nuestros pequeños Samuel y Aitana, los dos extranjericos de mi corazón.
Y espero que estén escritos largos y felices capítulos en el libro del destino para vivir los cuatro juntos en esta bendita ciudad de la que, un día pensé, no volvería a pisar jamás.
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3 de marzo de 2009

UN POCO LOCO, SÍ.

Siempre me han hecho mucha gracia este tipo de expresiones:



"A ese le falta un verano""Parece que le falte un fin de semana""Yo creo que le falta un hervor".



Aunque no tengo muy claro ante qué situaciones concretas se pueden emplear. ¿Se refieren a personas poco cuerdas? ¿ a las tontas? ¿a las excéntricas? ¿a las locas de atar?
Porque me parece a mí que casi todos podríamos ser susceptibles de recibir piropos de ese tipo si observaran nuestras manías de forma aislada o las sacaran de contexto y sirvieran para tener una imagen errónea o incompleta de nosotros.
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Quien más o quien menos todos tenemos nuestras rarezas. Menos común es que vayamos haciendo alarde de ellas si somos conscientes de que el hacerlas públicas nos expondría a que nos tacharan de bichos raros.


.Saco todo esto a colación tras leer la última entrada del blog de mi amigo Peibol, en la que enumera algunas de sus Rarezas y reta a sus lectores a que hablemos de las nuestras. Y como este es un blog personal en el que, lógicamente, hablo de cosas personales, el tema me parece divertido y soy el primero en admitir que algo de bicho raro tengo, le recojo el testigo sin complejos y paso a hablar de MIS RAREZAS.


Ya me suben a la cabeza unas cuantas:

1) Me gustan los libros usados. Si me dan a elegir entre un libro completamente nuevo y otro que haya pertenecido a alguien, me quedo con éste último, pues le encuentro mucha más vida. Sobre todo si está subrayado y con anotaciones. Entonces es perfecto.
Me gusta oler las páginas de los libros (nuevos y viejos) y antes de empezar una novela mantengo el ritual (durante años ya) de leer la última palabra antes del FIN. Sólo la última.

2) No me interesan nada - pero nada de nada- los coches. Se me ha dado el caso de pasar junto a cochazos impresionantes (léase Porsches y otros de esos “de alta alcurnia”) y mientras mis amigos flipaban y se acercaban a admirarlos, yo ni tan siquiera me había percatado. Para mí son chasis con cuatro ruedas que te llevan a los sitios. Punto. (Sobre mi indiferencia hacia el mundo automovilístico ya escribí algo, por si os apetece leer más)

3) Me atraen los lugares abandonados. Entrar a una casa vacía, de techos semihundidos, con enseres olvidados cubiertos de polvo, en donde el tiempo parece haberse detenido para siempre. Ese silencio que te envuelve y te da pellizcos en las tripas. Y cuanto más me desasosiega más me gusta. (Por eso es un placer husmear por el blog Ultima visita, de mi amigo Umpi.)

4) Me como los bocadillos por sus laterales. En vez de principio a fin ( de punta a punta) como tocando una flauta, lo hago de lado y de un extremo al otro como si de una armónica se tratara. No me doy ni cuenta hasta que me lo dicen.

5) El alcohol me sube a la cabeza al minuto de beber un simple trago de cerveza. Os podrá parecer mentira, pero de verdad que hasta noto el poquísimo alcohol que tiene una cerveza SIN. Con bien poco ya me empieza la risa floja. Cuando me tomo unos vinos o algo por el estilo suelo reír, cantar en voz alta o hacer el cherokee sin avergonzarme.

6) Me fascina que me chafen las piernas, que me las aprieten con fuerza. Me gusta que me masajeen todo el cuerpo en general, pero no me gustan los masajes suaves sino los que llegan hasta el hueso. Babeo de placer cuando pillo a mis hermanos con ganas de una sesión de esas en las que me dan una buena paliza. Sobre todo pido que me taladren con los dedos los gemelos de las piernas y me machaquen esos músculos. No es que sea un masoca, es que es un doloroso placer cuando mi cuerpo está en tensión, que es casi siempre.

7) No entiendo nada de nada el lenguaje bancario. Para mí es lo mismo una factura que una letra que un recibo que un pagaré. Igual de abstracto. Y ha habido almas caritativas que con toda la paciencia del mundo han intentado explicarme historias de esas sobre depósitos, intereses, rentas, fondos garantizados, préstamos de interés variable... pero se me queda tal cara de memo que han desistido y tirado la toalla. Lo siento, me aburre tannnnnto.

Vale, creo que con 7 ya está bien. Me vienen a la cabeza algunas más pero no es cuestión de que todos empecéis a pensar que me falta un fin de semana.


Tanto no.


Si acaso un hervor.