
DEDICATORIA
A todas
mis compañeras de trabajo, especialmente a aquellas que fueron testigos oculares de la debacle e insistieron en que publicara esto.
Y muy particularmente a Lucía, que, como me pidió no aparecer ni por asomo en este blog, en adelante la llamaré L. para preservar su identidad.
INTRODUCCIÓN: Uno para todas y todas para uno.
De todos es sabido que la pasada semana fue el Día de la Mujer, día éste en el que todos, no solo ellas, debemos reivindicar la igualdad y los mismos derechos para ambos sexos.
Yo, si hace falta, me pongo en cabeza para exigirlos, aunque en el lugar en el que trabajo, me parece a mí, que no hace falta. Es más, soy yo el que está en tan profunda desventaja que me empiezo a replantear muchas cosas.

Porque, vamos a ver, pónganse a contar conmigo: además de la directora, en mi centro hay una trabajadora social, una doctora, una fisioterapeuta, una enfermera, una ordenanza, dos monitoras de gimnasia, varias monitoras de talleres, una podóloga, una vigilante, una peluquera, dos limpiadoras... y yo.
Todavía me pregunto si el día en que llegué a este centro el pensamiento general fue "¡Al fin un hombre!" o "¡Se nos fue el monopolio al carajo!"
Que nadie me interprete mal, éste es un lugar idóneo, sí, pero, digámoslo claro, aquí la famosa ley de paridad está hecha unos zorros y la balanza de la igualdad forma una vertical que asusta.
Yo, repito, estoy encantado, y de mi boca no surgirá una sola queja, pero sí recuerdo mi primera inquietud cuando se avecinaba la comida de Navidad.
Me parece estar leyendo ya la mente de algunos lectores "Ah, qué bien, qué suerte, rodeado de tantas mujeres, como el moro de un harén..."
A ver, un poco de realismo, por favor!! ¿Ha quedado clara la proporción de 20 a 1? Que no, que estaba acojonadito, que me veía como un ratón en una reunión de gatas, por más que las gatas fueran todas adorables y pacíficas.
Por suerte, Dios aprieta pero no ahoga y a aquella primera comida de Navidad se apuntó el conductor del autobús (al que veo un par de minutos a la semana) y el marido de la directora, que suele hacer su papelón como cocinero (no se quejarán). Y ya la cosa fue distinta. Ya éramos tres. Ya tenía el apoyo de mis congéneres ante un hipotético ataque de féminas desbocadas.
Pero eso fue al principio, con la falta de confianza. Ahora ya me llega la camisa al cuerpo y todo. Ya hemos charlado mucho, ya nos conocemos más, ya hemos vivido alguna que otra experiencia que quedará en el recuerdo.
Y otras que será mejor olvidar...
NUDO:
¡Fuego!... ¿fuego?

Es más que normal que en un centro público haya una alarma de incendios. Y que si detecta humo o excesivo calor avise con su sirena. Normal, todo normal.
Ya no sé si es tan normal que se dispare tras un simple apagón. Supongo que sí. Las deben fabricar lo bastante inteligentes como para que piensen: "¡Tate, ¿qué pasa que no me llega corriente eléctrica a las entrañas? ¿No será que han saltado los plomos por un voraz incendio? Uf, yo, por si las moscas, me disparo. Allá voy: TRRRRRROOOOOOO."
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Esto es lo que ocurrió el pasado lunes.
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Es una situación desagradable pero que sé controlar perfectamente. Tan sólo hay que pulsar la tecla que desactiva el zumbador, introducir un número clave y rearmar el conjunto. Y si acaso llaman los de la central de alarmas explicarles la razón por la que se ha disparado. Y chim-pún.
Pero hete aquí que este lunes nada funcionó bien.
No conseguí que cesara de sonar la alarma por más que repetía las instrucciones una y otra vez.
"Maldita sea, murmuraba yo, ¿tan desentrenado me pilla que no doy pie con bola?"
La directora bajó de su despacho con cara de preocupación y le comenté que no conseguía desactivar la alarma (necesito un esfuerzo personal por parte de usted, lector o lectora, para que ponga mentalmente durante todo este relato esa desesperante banda sonora de fondo, ese sonido de metralla metálico campanoide que te entra por el tímpano y te pone los puntas de nervio)
Por más que yo sabía que la alarma sonaba por culpa del apagón eléctrico, un buen profesional no debe dar nada por hecho y había que comprobar que realmente no había fuego.
Eso es lo que ordenó la directora: ir a buscar el origen.
Y a la expedición se apuntaron la doctora, la trabajadora social y la fisioterapeuta (alias L) que fueron saliendo de sus despachos ante

semejante escándalo.
Los cinco escaleras arriba, los cinco escaleras abajo, los cinco afuera, los cinco adentro, siempre en busca del humo delator.
Menos mal que eran las dos de la tarde y sólo había dos o tres usuarios en el centro, uno de ellos tan sordo, por cierto, que no se enteró de nada. Tan sólo alzaba la vista del periódico cuando nos veía pasar.
"¿A dónde irán todos esos juntos y tan apresuraos?" debía pensar.
Se revisaron todos los despachos, los almacenes y hasta la pajarera en donde encontramos a Doña Josefina con las piernas al sol sin inmutarse los más mínimo.
"A mí si no me dicen que me marche no me pienso mover. Con lo a gusto que estoy", parecía pensar.
Solamente un lugar faltaba por comprobar: podología. La podóloga ya no estaba y había que abrir esa puerta. Pero, ¡oh maldición! la única llave que faltaba en el cuadro de llaves era precisamente esa. (A todo esto, recuerden la banda sonora, que ya se les había olvidado: TROOOOOOOO. Métanse un poquito en situación, que no cuesta tanto)
En ese mismo instante es cuando entró Doña Sugestión, la muy cochina, para meter cizaña, porque todas empezaron a ver fantasmas.
—Huele a plástico quemado, ¿no oléis? —dijo la doctora.
—Sí, sí —aseguró la directora— algo se quema.
—A ver si está ardiendo algún enchufe aquí adentro —exclamó la trabajadora social
—¿Y dónde está esa llave? ¡Juan, telefonea a la podóloga! —me pidió la directora
Y eso es lo que me apresuré a hacer, pero al no haber corriente eléctrica no funcionaba el teléfono por lo que tuve que echar mano de mi móvil.

—No, no, yo tengo la mía —me aseguraba la podóloga— No he tocado la copia del cuadro de llaves.
—Pues esa puerta hay que abrirla como sea —decía la directora muy preocupada—. Si hay que echarla abajo, se echa.
No sé quién mencionó lo de dar una patada a la puerta. No lo recuerdo. Pero la idea del sillón de podología en llamas cobraba fuerza y el TRRRRROOO (no lo olviden) debía hacer TRRROOOOO por algo y allí el único hombre a mano era yo para acabar de una vez con todo.
"Venga, pensé, que no se diga".
La trabajadora social, al ver lo que me disponía a hacer se tapó los ojos para no mirar. Yo incliné el cuerpo hacia atrás, levanté la pierna y...
DESENLACE: El honor perdido.
Nadie se quemó. Ni siquiera hubo intoxicación por humo. Tampoco hubo necesidad de evacuar. Sencillamente porque no había fuego en ningún lado.
La trabajadora social consiguió silenciar la jodida alarma introduciendo el código correcto. No sé por qué me empeñé tantas veces con el 23 cuando era el 27.( Tanto ordenar los cartones del bingo me debe estar trastornando).
Volvió la luz eléctrica y la paz al centro, y cuando los de la central de alarmas llamaron se les explicó que no ocurría nada. (Me hubiera gustado decirles: "...pero no veáis lo bien que lo hemos pasado, colegas", pero no es de profesionales hablar así.)
Pero nada de todo esto hubiera tenido trascendencia si no fuera porque, al rato, ya a toro pasado, a mi amiga L. se le empezó a dibujar una sonrisita en la cara.
Yo la miraba y ella no podía contenerse.
—Ay —decía, sofocando la risa—, es que ha sido tan cómica la situación.
Y ese apretar los labios para que no se notaran las ganas de reír.
—Es que cada vez que recuerdo a la trabajadora social tapándose la cara para no mirar—continuaba.
Y no pudiendo ya controlarse más empezó a reír y a reír y a reír.
—Es que la patada de Juan... —decía con lágrimas en los ojos— La patada de Juan...
Ah, claro. Es que no terminé de contarles. Hubiera estado muy bien que yo ahora relatara cómo sonó el trallazo que le endosé a la puerta con el pie.
En la primera embestida saltó el picaporte y tembló hasta la pared. En la segunda patada, al más puro estilo Van Damme, reventé la puerta que golpeó la pared interior haciéndole un desconchón considerable. Sí, me hice daño, pero la doctora me aplicó inmediatamente hielo en el tobillo y se me pasó pronto.
Digo que hubiera estado muy bien contarlo así, pero da la puñetera casualidad de que las implicadas conocen mi blog (y hasta lo leen) y seguro que contestarían: "MENTIRA, QUE NO FUE ASÍ!"
Así que no tengo más remedio que ponerme humilde y admitirlo: Sí, di una patada de chichinabo. Una patadita de risa fue lo que di.
Pero es que fue a modo de tanteo y con sólo eso me bastó para comprobar que en las películas son unos mentirosos, que una puerta no se abre con el pie a no ser que uno sea Hulk, pero incluso Hulk y sus megatones necesitaría más de una embestida, así que yo no me esforcé más. Además la llave de podología apareció ¡en el suelo! Se había caído la muy puñetera para que llegáramos a tal situación límite, y cuando por fin se abrió aquella puerta, allí no había ni la sombra del suspiro de la duda.
—Ah, pues parecía que olía a quemado... —dijeron mientras se relajaban
Ahora el mal ya está hecho y L. cada vez que me ve disimula la risa. La noticia se ha expandido y tengo que aguantar la chirigota de las despedidas cuando se marchan a casa:
"Hasta mañana, Bruce Lee"
"No rompas muchas puertas"
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Es por todo esto que voy a darles un par de consejos a mis amigos lectores:
1) No intenten jamás una bravuconada de las que se ven en las películas. Son inútiles, además de falsas.
2) Aún menos delante de un grupo de mujeres. Serán ellas las que te destrozarán después.
Ellas, que estarán satisfechas porque tienen su Día de la Mujer, ¿se han parado a pensar en qué situación quedo yo? ¿Para cuándo el Día del Karateca Frustrado?
De momento le he dicho a la directora que compre un hacha, que yo más patadas no doy.
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