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28 de abril de 2026

CANTANDO CON MI ABUELA

Durante muchos, muchísimos años, en la casa de campo de Petrel guardamos un magnetofón que no funcionaba.


Estaba en la caseta donde mi madre tiene la máquina de coser, olvidado en un armario abarrotado de carpetas y papeles de esos que se guardan “por si acaso”, y que terminan hundiéndose en la caducidad más profunda.

Cada vez que alguna búsqueda azarosa me llevaba a toparme con él, me quedaba un momento admirando aquella máquina antediluviana y preguntándome si habría algo grabado en su interior. Pero terminaba por cerrar el armario, y el aparato volvía a quedarse allí, sin ver la luz, como sarcófago de faraón.

Eso sí, fueron tantas las veces que comenté a mis padres que tenía mucha curiosidad por saber si en aquel magnetofón habría algo interesante, que el día en que se presentó la oportunidad de que alguien nos pasara la bobina a cinta de casete se lo entregaron sin dudar.

De aquel rescate se volvió a traer al presente una grabación familiar en casa de los abuelos de Elda, en su mayoría caótica y confusa, en la que se oía a mucha gente reír y cantar.

Hace tantos años que la escuché que ahora quiero repasarla de nuevo, porque apenas la recuerdo y porque es posible que Fran —que se acuerda hasta de cuando nací yo— me ayude a reconocer voces de nuestros abuelos y tíos.

Algún detalle escuchado me debió dar la pista del año, pues le puse el rótulo de ELDA. Navidades 1964.

En una de esas grabaciones se oye cantar a mi abuela Paquita, de la que tantas veces he hablado aquí en el blog, ¡y aparece incluso a su madre, mi bisabuela Concha!

Un día se me ocurrió hacer un montaje de audio e intercalar mi voz en esa canción.

El resultado se quedó ahí, para mí solo, pero ahora me apetece mucho compartirlo con vosotros y hacerla revivir una vez más.

Al escucharla resulta curioso pensar que ella grabase aquello dos años antes de nacer yo, y que yo decidiera acompañarla años después de morir ella.



Pero siempre que la escucho siento que se desvanecen las distancias del tiempo y se convierte en un dúo que cantamos muy juntos,  ella y yo, aquí y ahora.





30 de octubre de 2022

EL GUARDIÁN DE LAS PALOMAS


Estaba decreciendo la tarde y Fran y yo nos habíamos sentado a charlar a la sombra de una morera. Siempre es agradable sacar a colación algún recuerdo vivido en el lugar donde pasamos toda nuestra niñez y juventud. 

De los cuatro hermanos, Fran es sin duda el que más nos sorprende con su prodigiosa memoria, no sólo por la colección de historias propias que irá sacando en conversaciones como si las tuviera siempre a flor de piel, sino porque también es capaz de matizar y aumentar las nuestras hasta hacernos reír por la fascinación que eso nos produce. A veces pienso que todos nos dedicábamos a vivir sin más, pero él, además, iba haciendo  fotografías mentales y archivándolas para el futuro.

Esta vez me hizo pasear por un recuerdo de su niñez que le quedó grabado con fuerza y que yo desconocía totalmente.

Sucedió en un época familiar muy difícil: nuestro padre empezó a tener dolores en las piernas y se tuvo que someter a continuas pruebas médicas de todo tipo hasta dar con el diagnóstico: polioneuritis. Como la cosa era bastante seria (las células no se le regeneraban) fue trasladado al Hospital de la Paz de Madrid.

Antes de marcharse nos dio instrucciones a todos. A mí, por ser el hijo mayor, me pidió que ayudara siempre a mi madre y que cuidara de mis hermanos. 

A Fran, que tan sólo tenía 7 años, le dijo: "Como he visto que te gustan mucho las palomas, ocúpate de que no les falte nunca comida y agua".

Detrás de la casa tenemos un corral grande por el que pasaron multitud de animales diferentes pero en aquel momento sólo había palomas. Si yo tuviera que responder cuántas había hubiera dicho que no más de cuarenta, pero Fran me asegura que eran muchas más de cien. Y si Fran lo dice...

Que a mi hermano le llamaban la atención aquellas palomas no cabe duda alguna. No sólo es que les puso nombres a todas, sino que también sabía cuáles eran pareja y  reconocía a sus crías. Además tenía un cuaderno en que las dibujaba con una perfección impropia de un niño de esa edad.

—¿En serio que les pusiste nombre a todas?

—Aún me acuerdo de algunas: Magaño, Peterina, Senderina, Blanquita...

La estancia de nuestro padre en Madrid se prolongó más de lo esperado y nuestra madre empezaba a pasar verdaderos apuros económicos. Ni mi hermano Tomás ni yo, en plena adolescencia, fuimos realmente conscientes de la seriedad del momento, pero Fran, tan observador e inteligente veía el apuro en la cara de nuestra madre, que todas las noches, una vez que todos nos acostábamos, se sentaba ante la máquina de coser y se quedaba allí hasta terminar la faena que iba recogiendo de algunas fábricas de zapatos.

—Como la máquina estaba en mi habitación- me contaba mi hermano- yo la veía cosiendo y me dormía con el runrun del motor.

Con aquella máquina nos llegó a hacer ropa para los cuatro e incluso, al no haber dinero para comprar carteras para el colegio, pudimos llevar los libros en unas bolsas de tela que nos confeccionó a modo de bandolera. En mi primer año de instituto iba yo, un poco avergonzado al principio, con una de color verde, pero nadie se metió conmigo y terminó pareciéndome la cartera más cómoda que jamás he llevado. 

—Yo era consciente —me contaba Fran— de que la mamá estaba agobiada intentando ahorrar al máximo, así que cuando empezó a acabarse el pienso para las palomas me daba apuro tener que pedirle que comprara más. A veces tardaba en hacerlo y yo no sabía si era porque se le olvidaba o porque era un sobreesfuerzo el tener que gastar en aquello. El caso es que cuando traía era muy poca cantidad y se acababa pronto, y yo, la verdad, lo pasaba mal con aquella situación.

Puedo imaginar a mi pequeño hermano sufriendo ante la impotencia de no alimentar lo suficiente a las palomas, tal y como mi padre le había pedido, y de no estar en su mano  el poder llevar a cabo la misión de la forma en que le hubiera gustado.

—¿Y qué hiciste entonces?

—Pues como hubo un tiempo en que el papá permitía que las palomas salieran del corral y volaran por el campo, yo había observado qué plantas les gustaba picotear así que cuando podía les metía en el corral aquellas hierbas y semillas. Y también, de vez en cuando, cogía de la despensa un puñado de arroz o de lentejas y se las llevaba. Pero, claro, aquello no era suficiente.

Sin embargo el mayor apuro vino por un suceso inesperado.


—Yo no tenía que ocuparme del agua en realidad. Las palomas tenían un bebedero grande que se mantenía a buen nivel a través de una manguera de jardín instalada para que en cuanto el nivel descendiera se volviera a llenar, así que agua no les faltaba nunca. 

>>Pero un día, al salir del colegio, fui a observarlas y una de ellas, un macho que tenía el plumaje negro y el buche azulado se acercó a donde yo estaba. Te aseguro que nunca había visto una paloma que me mirara directamente a los ojos. Y no solo eso, es que abría mucho el pico, como si me quisiera decir algo. Noté que esa paloma actuaba de una forma nada común, como si tuviera un problema y hubiera venido a mí sabiendo que yo era el único que podía ayudarla.

>>Entonces se me ocurrió mirar el bebedero... ¡y estaba seco! ¡No quedaba ni gota de agua! Parece ser que había estado por el campo el tío Pepe y seguramente cerró el grifo. 

(Nota: "el tío Pepe" era un hombre que venía a cavar la tierra y a regar de vez en cuando)

>>Fui corriendo a abrirlo y cuando les llegó el agua, las palomas se abalanzaron al bebedero con desesperación. Se pisaban unas a otras. No sé el tiempo que habían estado sin poder beber. Seguramente fue más de un día. Entonces entendí que la paloma tenía el pico abierto porque estaba muerta de sed y que no tuvo miedo alguno en acercarse a suplicarme: "Haz algo, que no podemos más".

—¿Te acuerdas del nombre de aquella paloma?

—No, pero recuerdo muy bien su aspecto.

—¿Y cómo terminó toda esta historia?

—Pues un buen día llegó un furgón del que bajaron dos hombres con sacos grandes de rafia. Entraron al corral y empezaron a atrapar a las palomas y a meterlas en los sacos. La mamá me dijo que las había vendido, que lo había hablado con el papá y estaban de acuerdo. Yo estaba aturdido, no me esperaba ver cómo a toda prisa las hacían desaparecer en aquellas bolsas y cómo se las iban llevando hasta no dejar ni una. 

>>Durante mucho tiempo me dio una pena tremenda pasar por el corral y verlo vacío. Aún hoy me acuerdo de aquello y siento pesar.

Nuestro padre se recuperó por fin de aquella enfermedad y, para alegría de todos, volvió a casa.

Dos años después Fran pidió permiso para hacer algo en el corral. En su interior hay dos compartimentos cerrados en los que las palomas, a través de una pequeña abertura triangular, entraban para anidar. Limpió uno de ellos y allí dentro volvió a hacer una proeza impropia de un niño:  un templo egipcio fascinante, como ya conté en el blog.

—¿ Y le constaste al papá todo esto de las palomas cuando volvió?

—Imagino que sí, que en alguna ocasión se lo contaría.

De todas formas hoy quiero conservar aquí aquellos recuerdos y así poder dejar por escrito dos cosas importantes: 

A mi madre, que siempre has sido y serás nuestra heroína, la mujer más maravillosa del mundo.

Y a mi padre, el otro gran luchador de nuestra familia, que supiste elegir muy bien al más apropiado protector del corral, aquel niño obediente, inteligente y sensible que fue el mejor guardián de las palomas.




23 de diciembre de 2020

UN TESORO BAJO LAS TEJAS

 Esta es la historia de una simple visión que pasó a ser leyenda para convertirse con el tiempo en una verdad indiscutible.


Pero me explicaré mejor, empezando desde el principio.


Era yo un adolescente cuando, viviendo en la casa de campo de Petrel, hubo que cambiar algunas tejas porque había goteras. 

Mi hermano y yo tuvimos que admitir que habíamos estado caminando sobre el tejado, y no sólo para coger el balón cada vez que se nos colaba, sino también por el simple placer de hacerlo y ver el campo desde las alturas. 


Era muy sencilla esa aventura  dado que al tejado se podía acceder desde la terraza sorteando un muro bajo y estrecho, pero no contábamos con que aquellas tejas planas y rectangulares eran ya muy viejas y muchas de ellas se quebraron con nuestro peso.


El caso es que el día en que llegó el encargado de cambiarlas yo estaba presente. Recuerdo que me fascinó ver aquellos huecos abiertos al cielo y desde la terraza curioseé el interior como buenamente pude, maravillado al comprobar el enorme vacío abuhardillado que había bajo el tejado y el magnífico escondite que aquello sería si fuera posible entrar.


Entonces vi algo blancuzco en aquella semioscuridad, como una sábana extendida sobre una mesa, o sobre algún mueble grande. No me dio tiempo a observar mejor qué era lo que estaba viendo porque no duró mucho el cambio de tejas, pero aquello se me quedó grabado.


En cuanto tuve ocasión se lo conté a mi madre.


—Te habrá parecido —me dijo.

—No, no, ¡que lo he visto!

—Sería otra cosa —insistía—. Ahí arriba no puede haber muebles. ¡Se hundiría el techo!


Pero yo no quería olvidar aquella visión, era un descubrimiento fabuloso que hacía disparar mi imaginación. ¿Y si los antiguos inquilinos escondieron algo allí? Seguro que había cosas de valor, de mucho valor.


El tiempo pasó y de vez en cuando, si venía al caso, volvía yo a repetir que sobre nuestras cabezas había un tesoro escondido. A mi hermano empezaba a darle muchos más detalles y ya no era solo una mesa cubierta lo que había visto, también “recordé” un cuadro de una mujer misteriosa vestida de blanco.


—¿En serio que lo viste? —me preguntaba Tomás.

—¡Claro que lo vi!

—¿Te imaginas poder entrar? —se atrevía a aventurar.

—¡Guau! ¡Encontraríamos cosas increíbles!


Y lo decía yo tan convencido que hasta mi padre parecía dudar cuando me escuchaba.


—Me pareció —dije un día—que sobre la mesa había algunos libros.

—¿Cómo que libros? —exclamó mi padre, intrigado, y a mí me divertía enormemente crear tanta expectación.

—¡Anda, anda! —salía al paso mi madre rompiendo la magia—, ¿pero no veis que se lo inventa todo? ¡Pues no le gusta  ponerle misterio a la cosa!


Cuando mis hermanos pequeños crecieron, la historia era ya colosal. Había un esqueleto, un globo terráqueo, algunos juguetes viejos…


—¿Y por qué no levantamos las tejas para ver todo eso? - me preguntaba el pequeño Fran.

—Yo también quiero verlo —decía Ana.

—No, es mejor dejarlo ahí escondido – les contestaba yo.


Han pasado muchos años desde que tuve oportunidad de asomarme por aquel agujero del tejado y ver lo que vi. Hoy los adolescentes son mis hijos y a ellos también les he dicho siempre que allí, bajo las tejas, hay un escondite lleno de   cosas extraordinarias. Nunca me han creído, entre otras cosas porque la abuela continúa diciéndoles que su padre tiene demasiada imaginación.


Pero yo les digo que los mejores y más grandes tesoros son los que no se han descubierto todavía, aquellos que sabes que están ahí y que te están esperando. Que el brillo y la magia de esos tesoros radica en creer en ellos.


—Hay algunas personas tan tristes —les digo— ¡que no creen ni en los Reyes Magos! Y entonces no queda más remedio que sean sus padres o sus parejas los que les compren alguna cosa. A mí me las regalan los Reyes. Y ahora que lo pienso… me parece que  guardan los regalos debajo del tejado del campo.


Solo me queda añadir que para cuando las futuras generaciones me pregunten qué es lo que vi aquel día, he compuesto una canción que dice:


¿QUÉ HAY EN EL TEJADO, DEBAJO DE LAS TEJAS?

UN MONTÓN DE MARAVILLAS DE LAS QUE NADIE SABE NADA

UN COFRE CON CIEN CARTAS, SEIS MUÑECAS VIEJAS,

UN SOLDADO  DE  MADERA CON SU CASACA  DORADA.


UN TARRO DE CRISTAL REPLETO DE CANICAS

EL DIBUJO DE UN LIRIO PINTADO CON SU SAVIA

UN GUANTE DE BOXEO QUE SIGUE OLIENDO  A  ARNICA

UN MAPA DE ITALIA Y  LA  ANTIGUA YUGOSLAVIA.


DISCOS DE EDITH PIAF,  DE BOLEROS Y DE  FADOS,

POSTALES DEL MUNDO, TEBEOS  DE  PESETA, 

LIBROS DE SALGARI Y UNO RARO TITULADO:

“LA CAZA DEL CIERVO SIN CEPO NI ESCOPETA”


FOTOS COLOR SEPIA, UNA RADIO DE BOTONES,

UN JUEGO DE MAGIA CON SU SOMBRERO DE COPA

UNA MANDOLINA, PARTITURAS Y CANCIONES,

UN ALBUM DE SELLOS CON LOS REYES DE EUROPA


ACUARELAS, PINCELES, UN AUTOBÚS DE HOJALATA,

GATOS Y  ELEFANTES DE ALABASTRO Y  DE MARFIL

Y BAJO UNA MESA, SORTEANDO SUS PATAS,

EL ZIG ZAG DE UNAS VÍAS CON SU  FERROCARRIL.




14 de noviembre de 2017

UNO MÁS EN LA FAMILIA

Siempre me he sentido muy afortunado por haber tenido el privilegio de vivir en el campo. No sólo por la dicha de haber jugado con mis hermanos al aire libre, también porque nuestra niñez y juventud la viviéramos rodeados de tantos animales.

Fueron muchos años de inolvidables momentos corriendo junto a Velocín, nuestro primer perro, o disfrutando de la compañía de Canela y Linda, nuestros gatos. Maravillosos los muchos ratos que pasábamos achuchando a un cabritillo negro que nos seguía a todas partes. O la dicha de tener un burro al que pusimos por nombre Platero.

Recuerdo especialmente a Tranquilo, un perro tan noble e inteligente que recorría más de dos kilómetros para llegar al colegio de mis hermanos pequeños, justo en la hora en que ellos acababan las clases, y acompañarlos así a casa.
Cuánto quisimos a aquel perro.

Después apareció Finger, una perra blanca que tenía la misma mirada bondadosa que Tranquilo. Nunca supimos de dónde vino, pero una vez  en casa, decidió quedarse con nosotros hasta su último día.

Pero es que además teníamos un corral con gallinas a las que me encantaba echar chuscos de pan mojado. Se volvían locas devorándolo.
Aquel corral era como el arca de Noe y recuerdo muy bien el agradable alboroto que se producía al entrar allí.

Mi padre, -el mismísimo Noe, podríamos decir - llegó a comprar algunas gallinas de Guinea, tan distintas a las comunes, con aquel exótico plumaje negro moteado con lunares blancos.
También dos pavos reales, e incluso un pavo común, que caminaba ahuecando el plumaje, presumiendo incluso más que sus escandalosos primos.

Delante del corral había una balsa y a ella se lanzaban patos y ocas para nadar todos los días. Cómo disfrutábamos mi hermano y yo mojando a aquellos patos con la manguera cuando correteaban por el jardín, aunque al mismo tiempo nunca olvidaré cuánto lloramos cuando, incomprensiblemente, uno de ellos murió de repente delante de nosotros. Nuestro padre descubriría más tarde que se había asfixiado al tragarse un caracol tan gordo como una nuez.

En otra parte del corral había palomas y tórtolas, que volaban libres sobre el campo por el día y volvían a su refugio al caer la tarde.
Y peces y tortugas en un estanque…
Y durante un tiempo una yegua que parió un potro que se habría convertido en un hermoso caballo de no haber sido por un fatídico accidente que tampoco olvidaremos.

Podría pasarme horas contando anécdotas de nuestra vida con todos aquellos animales.

Viviendo hoy en día en un piso, la idea de tener algún animal de compañía era algo que no contemplábamos de entrada. Me parece incómodo tener ciertos animales en espacios reducidos, tanto para ellos como para los dueños.

Pero hubo un tiempo en que mi hijo quiso tener un perro y la oportunidad de complacerle se presentó cuando nos ofrecieron un cachorro.
En aquel tiempo Aitana tenia apenas dos años y no reaccionó ante aquel perrito como esperábamos. Le daba pánico. El simple hecho de que el animal se acercara a ella le daba tal pavor que se tenía que subir al sofá y gritaba angustiada que nos los lleváramos de allí.
Así que los abuelos se quedaron con el perro de forma momentánea, y cuando meses después Aitana se acostumbró a él, Jacky ya se había amoldado a su nuevo hogar y preferimos que se quedara allí.

Pero de nuevo ha surgido la ocasión de agrandar la familia y esta vez llega en forma de un lindo gatito que tan solo tiene un mes de vida.

Tiene un pelaje gris uniforme y unos ojos gris azulado. Le hemos llamado Grizzy.

Y he de reconocer que el gatito nos ha revolucionado a todos. 
Aitana desea con ganas volver del cole para darle su ración de leche y pienso. Samuel lo llama y se complace viendo cómo escala por la pernera del pantalón hasta sus manos. Y a todos nos encanta verle alborotado,  jugando hasta con su sombra, y observar lo meticuloso que es haciendo sus necesidades en el cajón de arena.

Ahora, mientras escribo todo esto, se ha dormido en mi regazo y escucho su ronroneo.
Y yo me retrotraigo a aquellos felices años en los que vivía entre todos aquellos animales en el campo de Petrel. 
Y contemplándolo sobre mí, tan pequeño, recuerdo muy bien lo que sentí hace más de treinta años cuando Linda tuvo una camada de gatitos, todos distintos. 
(Tomás y yo con los hijos de Linda. Fran se chupa el dedo a nuestro lado)

Pero ninguno era como este.

¿Cómo me iba a resistir que mis hijos supieran lo que es querer a los animales?

Mi hermano y yo con Velocín y el cabritillo negro (no recuerdo su nombre)
Si Heidi tuvo a Copito de nieve, nosotros tuvimos a su opuesto.
Con la gata Linda.
Fran bromeando con Tranquilo, el mejor perro de la Historia.
Finger  tenía un  "parche pirata"
Mi hermana Ana a lomos de Platero.
Pachuli, uno de los perros más cariñosos que tuvimos.
Saberón, hijo de Wiskoche
Aitana con Jacky. Los miedos se pasaron y ahora se quieren con locura.

13 de junio de 2017

LOS LUGARES DONDE HE VIVIDO

En la película Lion  se cuenta la historia real de un joven indio que se perdió siendo un niño y al que no le fue posible volver con su familia. Por avatares del destino terminó siendo adoptado por un matrimonio de Australia. 
Veinticinco años después, gracias a Google Earth y a su constancia en la búsqueda, consiguió localizar el pequeño poblado donde nació. 
Y pudo finalmente volver a él.

Imagino que todos habréis viajado a través de este programa informático que nos permite visualizar y recorrer cualquier lugar del mundo gracias a la fotografía satelital. 
Para mi resulta asombroso, a la par que divertido.

También imagino que todos habéis sentido la curiosidad de adentraros en vuestra localidad hasta dar con la calle y el lugar exacto en el que vivís. ¿No da mucha alegría ver fotografiados esos lugares que tan familiares resultan?

Hace un tiempo me apeteció localizar en Google Earth todos los lugares en los que tuve un hogar. Y se me ocurrió recopilarlos y guardarlos y, por qué no, exponerlos en esta entrada.

He aquí los lugares en los que he vivido a lo largo de mi vida. 

01. EN ELDA (Alicante) Años 1966-1967
 Cerca del Mercado Central, en la actual calle Petrel (me dice mi madre que entonces no se llamaba así y por eso voy a investigar su nombre anterior) Este fue el lugar donde viví en mi primer año de vida. Lógicamente no recuerdo de él lo más mínimo.

02. EN PETREL (Alicante) Año 1967
 En la calle Prim, en la casa en la que vivían mis abuelos maternos, que nos acogieron durante unos meses. Enfrente había un horno de pan que ya no existe.

03. EN MADRID Años 1967-1968


También junto a un mercado, el Mercado de Maravillas, en el barrio de Cuatro Caminos. 
Tengo un vago recuerdo de este lugar, en la calle Carnicer, de cuando las vecinas, a través del patio de luz, me pedían que cantara la canción que acababa de ganar el Festival de Eurovisión: "Juanito, ¡canta el Lalala!"

Yo solo tenía dos años, pero me cuentan que la cantaba a la perfección :D


 04. EN BENIDORM (Alicante) Años 1969-1974

A finales de 1968 regresamos a Petrel. Mi madre dio a luz a mi hermano Tomás, que, como yo, nació en el hospital de la vecina Elda.
Poco después nos trasladamos a Benidorm en donde vivimos varios años. Allí empezamos a ir al colegio y cuando llegaba el buen tiempo nuestra madre nos llevaba a la playa casi todas las tardes.
Vivíamos en uno de los áticos de los conocidos como Edificios Navasa, en la que se conocía como Carretera de Circunvalación y que hoy se llama Avenida del Rey Jaime I. 

  Al volver del cole esperábamos a nuestra madre sentados en estas escaleras:
Ella se asomaba a la terraza y nos hacia una señal con la mano, indicando que nos había visto y  bajaba a ayudarnos a cruzar la tan transitada carretera. De esto me acuerdo perfectamente. Y de la primera vez que fui al cine, con ella y mi hermano, a ver Bambi.

05. EN PETREL (Alicante) Años 1974-1994

 Viviendo en Benidorm, mis padres compraron una casa de campo en Petrel, a la que acudíamos muchos fines de semana. Una vez trasladados allí nos quedamos a vivir definitivamente. De esta época he escrito largo y tendido en el blog (ver etiqueta EL CAMPO)
 Época feliz de nuestra vida, gozando al aire libre, disfrutando de la compañía de multitud de animales que fueron parte de nuestra familia a través de los años: perros, gatos, gallinas, patos, pavos, un par de caballos, un burro... 
En esta  época nacieron mis hermanos pequeños, Fran y Ana, en el Hospital de Alicante. Terminé la EGB y también los años de Instituto.
En ella vivimos una trágica gota fría en el año 1982
La casa ha sido remodelada varias veces a través de los años.

06. EN PLASENCIA (Cáceres) Año 1986 

Si he de nombrar todos los lugares en los que viví, debo incluir mi año de servicio militar. Primero los tres meses de reclutamiento en en el CIR de Plasencia.
 Situado en la Avenida de La Salle, era un edificio enorme, como puede apreciarse en la foto. El 31 de diciembre de 1992 se produjo el cierre definitivo de este histórico cuartel y hoy es un Centro Universitario.
 07. EN MADRID  Años 1986-1987

 Después de mi estancia en Plasencia (en Italia, como dice mi amigo Juan Luis) me trasladaron a Madrid Carabanchel, al Cuartel que hay en la calle Camino de los Ingenieros.
Historias de la puta mili tengo para dar y vender, y alguna de ellas también apareció en el blog.
La flecha señala el lugar donde viví 9 meses como armero de mi compañía. Y recuerdo un día que pasé entero en la quinta planta del Hospital Gómez Ulla, haciendo guardia en la planta de los internados en el psiquiátrico. Observando a los que paseaban por aquellos largos pasillos me sentí como en la película Alguien voló sobre el nido del cuco.

 08. EN ELCHE (Alicante) Años 1994 - 2000

Fueron los 6 años más felices de mi vida laboral, como conserje en el Instituto de Secundaria Cayetano Sempere (el número 6 de esta ciudad, como no podía ser de otra modo) Se me asignó la casa que tenía el centro, en la calle L'Avet y en ella tuve que aprender a cocinar cosas de fundamento. Aún recuerdo con emoción el imponente aspecto que tenían los exteriores del instituto con las farolas encendidas durante las noches.

 09. Y EN YECLA (Murcia) 2000 - actualidad

En Yecla me casé y allí  vivo desde hace 17 años, en la Avenida de la Libertad. Allí han nacido mis hijos a los que muchas veces he contado los recuerdos que tengo de los lugares en los que he vivido. Mis años de cole, los juegos con mis hermanos en la casa de campo...

  
Y es por esto que siempre he dicho que me siento medio murciano, medio alicantino, y que les tengo un enorme cariño a todas las ciudades que aparecen en este álbum. 

PD. Por cierto, cómo me recuerda el logo de Google Earth a la cúpula de la Purísima de Yecla, símbolo de la ciudad.
 
 

4 de octubre de 2016

EL CAMPO: LOS INDIOS


Si hay un recuerdo de mi niñez y la de mi hermano Tomás que permanezca indeleble a pesar de  los años transcurridos, es el de nuestra afición a  jugar con nuestros indios de plástico.

Empezamos la colección con dos: uno de color rojo y otro exactamente igual pero en  amarillo. A ambos los bautizó  nuestro padre.

"Este se puede llamar... -  nos dijo mientras lo observaba detenidamente - Saberón. Tiene cara de inteligente. Este otro que parece que está haciendo gestos con las manos... sí, este es El Mudo"

De Saberón y El Mudo pasamos a tener decenas y decenas de ellos, de todas las formas y colores. Pedestres, ecuestres, jefes, guerreros... Y  a todos, absolutamente a todos les pusimos nombre.
En un extremo del campo, justo donde hoy se coloca la leña, nuestro padre nos vendió un pequeño terreno. Nos cobró por él 1000 pesetas (que tuvimos que pedirle a nuestra madre) y eso nos convirtió en los felices propietarios de un par de metros cuadrados (con olivo incluido) que era el lugar perfecto para que nuestros indios de la Tribu Mandán tuvieran su poblado.

 Para nosotros, que tanto nos gustaban los indios, era una satisfacción disponer de aquel lugar. Además no necesitábamos agacharnos demasiado pues ese terreno estaba en un nivel superior, delimitado por una acequia en un lateral y un bajo muro delante desde el que se veía excelentemente la perspectiva del poblado.
Tenía tanta vida y color... Si hasta encendíamos un pequeño fuego delimitado por un círculo de piedras para que desde lejos se viera salir humo...

El indio que se ocupaba de encender el fuego y mantenerlo era "el de la hoguera".  Recuerdo que al principio era blanco pero con el tiempo ya estaba tan chamuscado, con tantos restos de ceniza pegados a su cuerpo, que se volvió más bien gris. El hacha de su mano se convirtió en  un muñón derretido, pero ese defecto lo hacía mucho más valioso. Para nosotros era un indio perfecto.

Recuerdo también el nombre de muchos jefes:  el Jefe de la Pradera (de color verde), el Jefe de la Guerra (gris), el Jefe de la Célula Pituitaria (muy alto y de color rojo y con un nombre que sin duda nos aportó nuestro padre), el Jefe del Manantial, el Jefe Supremo… Todos se caracterizaban por tener un gran penacho de plumas en la cabeza.

Algo que Tomás no recuerda (pero yo sí) es que los indios tenían una especie de mausoleo para enterrar a sus muertos. Lo habíamos hecho con piezas del Exin Castillos, y de lejos parecía de mármol. Era una pequeña construcción rectangular con un ventanuco frontal y la custodiaban dos indios gemelos con sendas lanzas rematadas con un cráneo. Ese mausoleo no era en absoluto apropiado para una tribu india, pero a ver quién le pone veto a la imaginación de unos niños...
También existía un corral en el que se agrupaban todos los caballos. Un indio con rifle  vigilaba ese corral.

Me produce una ternura inmensa recordar a mi madre trayéndonos un par de indios de vez en cuando, pues había en el mercadillo, al que ella acudía semanalmente, un puesto en el que se mostraban  en montones. Me imagino que cada vez que pasaba y los veía se acordaba de nosotros y se ponía a buscar alguno nuevo.
Como cada vez era más difícil encontrar indios distintos, era normal que comprara  alguno repetido.  Pero no siempre coincidían en el color y con sólo ese cambio nos parecían diferentes.

Dado que no se vendían indias, nos terminamos agenciando dos miniaturas de muñecas de plástico que le quitamos a nuestra hermana. Una era morena y la otra rubia, muy cabezonas las dos.  Decidimos que fueran las mujeres de Saberón y de El Mudo.   
Nuestra madre, siempre entregada a la causa de hacernos felices,  les había confecciona do unos rústicos trajes de india, con plumas y todo.

De vez en cuando llevábamos a todos aquellos indios  “a la guerra”.  Eran tremendos aquellos enfrentamientos  contra los vaqueros (los yanquis) a los que detestábamos.
Nos llevaba su tiempo colocarlos todos en un bancal (no todos, las dos indias se quedaban en el poblado, así como el de la hoguera o el vigilante que estaba en las ramas del olivo)

Entonces Tomás y yo nos colocábamos cada uno en un bando y por turnos lanzábamos terrones de barro seco. Aquello más que ataques con rifles, flechas y lanzas parecía una Guerra Mundial con bombas de la aviación.
Las muertes eran masivas, claro, pero como no éramos imparciales en absoluto, cuando el último vaquero caía aplastado por un pedrusco, el Dios de los indios, Manitú, hacía resucitar a todos los suyos, que regresaban victoriosos a su poblado. (Sí, los milagros se incluían en nuestros juegos, ¡faltaría más!)

Como con el transcurrir del tiempo la colección iba creciendo, Tomás y yo hicimos una pequeña trampa. El final del poblado estaba delimitado por tres  montones de tierra a modo de montañas, así que corrimos hacia atrás aquellas montañas para tener más espacio.
Como no podía ser de otra forma, nuestro progenitor  se dio cuenta y nos pidió 100 pesetas por ese espacio ganado (¡él siempre haciendo negocios!). Se las volvimos a pedir a nuestra madre y las pagamos gustosos.

Una vez, hace muchos años, buscando algo en el trastero del campo,  me topé con una maceta de plástico y casualmente descubrí muchos de aquellos indios dentro. Fue como encontrar un hermoso tesoro que me trajo  un montón de recuerdos de niñez.

Quiero creer que todos aquellos indios siguen todavía por algún lugar del trastero, porque me  gustaría mucho hacer un reportaje fotográfico con aquellos pequeños muñecos de plástico que tantos momentos de dicha nos proporcionaron a mi hermano y a mí.

De todas formas, aunque no los llegara a ver más, me basta con cerrar los ojos para volver a acercarme allí de nuevo, a aquel acogedor  poblado indio que descansaba a la sombra de un olivo y del que emergía una plácida columna de humo blanco.