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23 de diciembre de 2020

UN TESORO BAJO LAS TEJAS

 Esta es la historia de una simple visión que pasó a ser leyenda para convertirse con el tiempo en una verdad indiscutible.


Pero me explicaré mejor, empezando desde el principio.


Era yo un adolescente cuando, viviendo en la casa de campo de Petrel, hubo que cambiar algunas tejas porque había goteras. 

Mi hermano y yo tuvimos que admitir que habíamos estado caminando sobre el tejado, y no sólo para coger el balón cada vez que se nos colaba, sino también por el simple placer de hacerlo y ver el campo desde las alturas. 


Era muy sencilla esa aventura  dado que al tejado se podía acceder desde la terraza sorteando un muro bajo y estrecho, pero no contábamos con que aquellas tejas planas y rectangulares eran ya muy viejas y muchas de ellas se quebraron con nuestro peso.


El caso es que el día en que llegó el encargado de cambiarlas yo estaba presente. Recuerdo que me fascinó ver aquellos huecos abiertos al cielo y desde la terraza curioseé el interior como buenamente pude, maravillado al comprobar el enorme vacío abuhardillado que había bajo el tejado y el magnífico escondite que aquello sería si fuera posible entrar.


Entonces vi algo blancuzco en aquella semioscuridad, como una sábana extendida sobre una mesa, o sobre algún mueble grande. No me dio tiempo a observar mejor qué era lo que estaba viendo porque no duró mucho el cambio de tejas, pero aquello se me quedó grabado.


En cuanto tuve ocasión se lo conté a mi madre.


—Te habrá parecido —me dijo.

—No, no, ¡que lo he visto!

—Sería otra cosa —insistía—. Ahí arriba no puede haber muebles. ¡Se hundiría el techo!


Pero yo no quería olvidar aquella visión, era un descubrimiento fabuloso que hacía disparar mi imaginación. ¿Y si los antiguos inquilinos escondieron algo allí? Seguro que había cosas de valor, de mucho valor.


El tiempo pasó y de vez en cuando, si venía al caso, volvía yo a repetir que sobre nuestras cabezas había un tesoro escondido. A mi hermano empezaba a darle muchos más detalles y ya no era solo una mesa cubierta lo que había visto, también “recordé” un cuadro de una mujer misteriosa vestida de blanco.


—¿En serio que lo viste? —me preguntaba Tomás.

—¡Claro que lo vi!

—¿Te imaginas poder entrar? —se atrevía a aventurar.

—¡Guau! ¡Encontraríamos cosas increíbles!


Y lo decía yo tan convencido que hasta mi padre parecía dudar cuando me escuchaba.


—Me pareció —dije un día—que sobre la mesa había algunos libros.

—¿Cómo que libros? —exclamó mi padre, intrigado, y a mí me divertía enormemente crear tanta expectación.

—¡Anda, anda! —salía al paso mi madre rompiendo la magia—, ¿pero no veis que se lo inventa todo? ¡Pues no le gusta  ponerle misterio a la cosa!


Cuando mis hermanos pequeños crecieron, la historia era ya colosal. Había un esqueleto, un globo terráqueo, algunos juguetes viejos…


—¿Y por qué no levantamos las tejas para ver todo eso? - me preguntaba el pequeño Fran.

—Yo también quiero verlo —decía Ana.

—No, es mejor dejarlo ahí escondido – les contestaba yo.


Han pasado muchos años desde que tuve oportunidad de asomarme por aquel agujero del tejado y ver lo que vi. Hoy los adolescentes son mis hijos y a ellos también les he dicho siempre que allí, bajo las tejas, hay un escondite lleno de   cosas extraordinarias. Nunca me han creído, entre otras cosas porque la abuela continúa diciéndoles que su padre tiene demasiada imaginación.


Pero yo les digo que los mejores y más grandes tesoros son los que no se han descubierto todavía, aquellos que sabes que están ahí y que te están esperando. Que el brillo y la magia de esos tesoros radica en creer en ellos.


—Hay algunas personas tan tristes —les digo— ¡que no creen ni en los Reyes Magos! Y entonces no queda más remedio que sean sus padres o sus parejas los que les compren alguna cosa. A mí me las regalan los Reyes. Y ahora que lo pienso… me parece que  guardan los regalos debajo del tejado del campo.


Solo me queda añadir que para cuando las futuras generaciones me pregunten qué es lo que vi aquel día, he compuesto una canción que dice:


¿QUÉ HAY EN EL TEJADO, DEBAJO DE LAS TEJAS?

UN MONTÓN DE MARAVILLAS DE LAS QUE NADIE SABE NADA

UN COFRE CON CIEN CARTAS, SEIS MUÑECAS VIEJAS,

UN SOLDADO  DE  MADERA CON SU CASACA  DORADA.


UN TARRO DE CRISTAL REPLETO DE CANICAS

EL DIBUJO DE UN LIRIO PINTADO CON SU SAVIA

UN GUANTE DE BOXEO QUE SIGUE OLIENDO  A  ARNICA

UN MAPA DE ITALIA Y  LA  ANTIGUA YUGOSLAVIA.


DISCOS DE EDITH PIAF,  DE BOLEROS Y DE  FADOS,

POSTALES DEL MUNDO, TEBEOS  DE  PESETA, 

LIBROS DE SALGARI Y UNO RARO TITULADO:

“LA CAZA DEL CIERVO SIN CEPO NI ESCOPETA”


FOTOS COLOR SEPIA, UNA RADIO DE BOTONES,

UN JUEGO DE MAGIA CON SU SOMBRERO DE COPA

UNA MANDOLINA, PARTITURAS Y CANCIONES,

UN ALBUM DE SELLOS CON LOS REYES DE EUROPA


ACUARELAS, PINCELES, UN AUTOBÚS DE HOJALATA,

GATOS Y  ELEFANTES DE ALABASTRO Y  DE MARFIL

Y BAJO UNA MESA, SORTEANDO SUS PATAS,

EL ZIG ZAG DE UNAS VÍAS CON SU  FERROCARRIL.




29 de enero de 2019

EL ZUMO DE LA VIDA

Últimamente, de alguno de los cajones dorados de la memoria, ha estado asomando un recuerdo de mi niñez.
Tiene que ver con mi padre y unas naranjas.

Podría situar aquella mañana con bastante exactitud en el tiempo.  Yo debía de tener unos 5 o 6 años y mi hermano dos menos, y dado que los naranjos estaban cargados de frutos, debió de ser en invierno, o tal vez a principios de primavera.
De lo que no me cabe la menor duda es de que fue un día soleado.

Tomás y yo jugábamos por los exteriores de la casa de campo.  Nuestro padre nos pidió que nos sentáramos en un pequeño ribazo que separaba el camino de entrada de un pequeño jardín.
Traía entre las manos una naranja cortada en dos mitades.

—A ver —dijo—, levantad la cara hacia mí y echad la cabeza hacia atrás. Vais a ver qué cosa más buena.

 Y primero a uno y después al otro, exprimió cada mitad sobre nuestras bocas abiertas, que recibían con gozo el dulce zumo de aquella naranja.

—¡Qué! ¿Os ha gustado?
Mi hermano y yo asentíamos, complacidos, enjugando con las mangas las gotas que habían salpicado  la cara.

Después partió otras naranjas y la operación se repitió varias veces más. Los chorros de zumo caían con precisión sobre la lengua, pero la cantidad era a veces mayor que nuestra capacidad para tragar, lo que nos obligaba a cerrar los ojos y retener el zumo y aguantar la risa.
—¡Quiero más!
—¡Y yo también!

Casi puedo ver la cara de satisfacción de nuestro padre exclamando "¡Esto es vitamina pura!"
Ni que decir tiene que  acabamos  con manchas de zumo por todas partes,  con las manos pegajosas y relamiéndonos como dos gatos.

Y aquel episodio con las naranjas  ha quedado como un recuerdo imborrable para los tres.

Otra imagen de mi padre que también viene a mí estos días es la de un momento a solas con él.
Me es más difícil determinar mi edad entonces. Calculo que entre los 15 y 17 años.
Acababa de llegar a casa y se sentó en la marquesina con aire abatido.  Yo había escrito un cuento corto. No recuerdo en absoluto de qué trataba, solo sé que me sentía satisfecho con el resultado y tenía ganas de compartirlo.

—¿Quieres que te lea algo que he escrito?
Asintió con una leve sonrisa y yo comencé a leer.

Cuando concluí y levanté la cara del papel, descubrí que tenía los ojos cerrados y le caían lágrimas por las mejillas. Esto me dejó perplejo y como no supe reaccionar, me quedé en silencio.
Entonces, con la voz entrecortada por la congoja, dijo que había soñado siempre con grandes cosas para nosotros y que hubiera querido darnos todo lo que merecíamos. Dijo otras muchas cosas que hoy, por haber transcurrido tanto tiempo, no logro recordar, pero sé que tenían que ver  con un enorme deseo por su parte de que las cosas nos fueran bien en la vida.
Y aquella reacción suya, tan inesperada para mí,  me quedó siempre grabada.  

Y fue con el paso del tiempo, al tener hijos, cuando he logrado entender la emoción que le embargó aquel día. 
Probablemente estuviera preocupado por algún contratiempo, y al escucharme a mí, tan ajeno a los problemas que le agobiaban, tan entusiasmado con mi texto y mi ilusión por dárselo a conocer,  se conmovió, de la misma forma en que me conmueven a menudo muchos gestos de mis hijos, cuando en ocasiones han venido a mostrarme algo de lo que se sienten orgullosos. A veces me pillan abstraído en mis propios pensamientos, pero en seguida me percato de lo importante que es para ellos mi aprobación.

Y muchas veces, observando a mis hijos, especialmente cuando duermen, me emociona contemplar su inocencia, la tranquilidad con la que viven su niñez, y recuerdo entonces las ocasiones en que mi padre nos decía:  "Si yo pudiera, querría para mi todos los males que os pueda traer la vida"
También es hoy cuando entiendo aquello, pues igualmente desearía que no tuvieran que conocer jamás las desilusiones, el dolor, los desengaños, la tristeza...
Sin embargo es inevitable que en la vida haya contratiempos, y que lo importante es ayudarles a creer en sí mismos, y a que hay que levantarse después de cada caída.

También recuerdo que cuando llorábamos, mi padre solía decir "No llores por eso. No tiene importancia. Mejor guarda esas lágrimas para cuando yo me muera"
Y no hace mucho tiempo, consolando a mi hija, se me ocurrió repetir las mismas palabras.
Fue gracioso, porque  no le gustaron nada.

—Me las decía mi padre cuando yo lloraba —le expliqué.
—Pues a mí no me las digas nunca más,  que me pongo más triste.

Lo cierto es que tampoco a mí me gustó nunca eso de "cuando yo me muera", pero no se me ocurrió expresarlo tan abiertamente como ella.

En fin, cuento todo esto porque me gustan las historias familiares que se repiten en el tiempo, las que se transmiten de generación en generación casi sin darse uno cuenta, como un ciclo que se cierra y se vuelve a abrir, para renovarse cada vez.

Hace unos días, en el campo de Petrel,  senté a mis hijos en el mismo lugar en el que nos sentamos mi hermano y yo.

—Samuel, Aitana —les dije—,  echad la cabeza hacia atrás y abrid bien la boca.
Y apreté con mis manos  las naranjas que acababa de partir, para ver cómo el zumo caía en sus bocas.

Y entonces pude entender con plenitud la satisfacción que sintió mi padre aquel día.

El mismo ribazo, los mismos naranjos... Las mismas emociones.

Era otra mañana soleada. 
Tal vez un poco la misma.


11 de febrero de 2018

LA ANÉCDOTA DEL CARTERO Y LINA MORGAN


De vez en cuando llega un paquete postal al centro en el que trabajo y yo soy el encargado de recogerlo.  
Unas veces me entregan un albarán adjunto, sin más,  otras me piden que estampe un sello para que conste que ha sido entregado,  y otras, mis favoritas, he de  firmar sobre una pequeña  pantalla táctil. 
Digo que prefiero estas últimas porque suponen un reto de creatividad para mí,  sobre todo cuando no tienen ni utensilio para llevarlo a cabo.

—Da igual, con el dedo mismo.

¿Firmar con el dedo? ¿Puede haber un reto más divertido? Me parece tonto, pero se siente uno como un niño haciendo monigotes.

La primera vez solo fui capaz de dibujar un gusano electrificado, pero poco a poco he ido perfeccionando mi técnica, empleando más uña que carne, y últimamente consigo hacer un garabato más o menos legible. 

En realidad es una tontería esmerarse. Estoy seguro de que nadie pondría ninguna objeción si firmara  como Helena de Troya, o aunque escribiera “Aquí el diablo”.  
Pero aun así me afano por alcanzar el virtuosismo en el arte de firmar con el dedo.

Hablar hoy de esto me sirve simplemente de introducción para contar una anécdota que considero divertida. Me acordé de ella precisamente cuando el otro día llegó un paquete y el cartero (bueno, no era exactamente un cartero sino un mensajero) saludó con un sonoro “Buenos días”

Ocurrió hace años, cuando yo trabajaba  en el video club Brigadier, en Petrel (Alicante)
Guardo muy buenos recuerdos de aquel tiempo como dependiente, alquilando películas al público más variopinto, pero hoy sólo me detendré en contar lo que pasó con el cartero que casi todas las mañanas entraba al video club a dejar el correo.

No fue  un hombre con el que tratara más allá del habitual saludo o de cualquier tema relacionado con la entrega postal, pero siempre me llamó la atención su forma de saludar. Abría la puerta y alargaba sus “Buenos días” hasta llegar al mostrador.
“¡Buenos dííííaaas!”, decía, pletórico, y al entregarme las cartas en mano daba media vuelta y se marchaba con un cantarín “Adióóóós”, que también lo hacía durar lo suficiente hasta alcanzar la puerta.  

Dado que esto se repetía con asiduidad, el cartero pasó a ser uno de esos personajes que mi amigo Juan Luis y yo imitábamos para divertirnos. Sus “holas” y “adioses” eran una recurrente cantinela en nuestro habitual cachondeo. 

Y como Juan Luis pasaba a visitarme muchos días, no fueron pocas las mañanas  que fuimos espectadores de esos peculiares saludo + despedida del cartero. Cuando entraba permanecíamos en silencio, atentos a la consabida escena, que luego nosotros exagerábamos por nuestra cuenta hasta quedarnos sin respiración.

Había en un rincón del video club, frente al mostrador, un pequeño televisor sobre una plataforma en la pared, y en las mañanas tranquilas solía haber puesta una película. 
La mañana a la que me refiero,  el VHS estaba reproduciendo una película de Lina Morgan. Diría que era La tonta del bote, pero no me atrevo a asegurarlo. 

En cualquier caso, la miga del asunto está en que  la casualidad más grande del mundo quiso que la puerta se abriera y entrara el cartero para que EXACTAMENTE un segundo después de que concluyera  su aerodinámico “Buenos dííííaaaaaas”,  Lina Morgan exclamara:

“Hay asnos mucho más inteligentes que este cartero”

Imaginad nuestra cara de sorpresa (y la del cartero) al escuchar aquella frase inesperada. Eso y el ataque de risa que no dio a Juan Luis y a mí cuando se marchó. Nos estuvimos riendo  con ganas un buen rato.

Después, pensando en lo ocurrido,  se me quedó la preocupación de  que el cartero pudiera creer que lo habíamos hecho intencionadamente, que hubiéramos preparado la escena y tenerla en pausa para reproducirla en el momento en que él  entrara. 

No fue así en absoluto. 

Fue la más pura chiripa el que  Lina Morgan se burlara del cartero de la película cuando otro cartero entraba también en escena. 
No sé lo que pensaría el hombre, que se marchó sin decir nada, pero desde luego no merecía una chirigota así, siendo tan educado como era. 

Y bueno, esta es la anécdota que he querido contar hoy. 
Y me alegro de tener un blog donde poder compartirla porque el otro día leí que deberíamos guardar un minuto de silencio por todas aquellas anécdotas que no pudimos contar porque alguien nos interrumpió y después se cambió de tema. 

Creo sinceramente que no debe ser  bueno para la salud que una anécdota, por  tonta del bote que sea, se nos quede dentro, sin ver la luz jamás. 

Hale, adióóóóós.

13 de junio de 2017

LOS LUGARES DONDE HE VIVIDO

En la película Lion  se cuenta la historia real de un joven indio que se perdió siendo un niño y al que no le fue posible volver con su familia. Por avatares del destino terminó siendo adoptado por un matrimonio de Australia. 
Veinticinco años después, gracias a Google Earth y a su constancia en la búsqueda, consiguió localizar el pequeño poblado donde nació. 
Y pudo finalmente volver a él.

Imagino que todos habréis viajado a través de este programa informático que nos permite visualizar y recorrer cualquier lugar del mundo gracias a la fotografía satelital. 
Para mi resulta asombroso, a la par que divertido.

También imagino que todos habéis sentido la curiosidad de adentraros en vuestra localidad hasta dar con la calle y el lugar exacto en el que vivís. ¿No da mucha alegría ver fotografiados esos lugares que tan familiares resultan?

Hace un tiempo me apeteció localizar en Google Earth todos los lugares en los que tuve un hogar. Y se me ocurrió recopilarlos y guardarlos y, por qué no, exponerlos en esta entrada.

He aquí los lugares en los que he vivido a lo largo de mi vida. 

01. EN ELDA (Alicante) Años 1966-1967
 Cerca del Mercado Central, en la actual calle Petrel (me dice mi madre que entonces no se llamaba así y por eso voy a investigar su nombre anterior) Este fue el lugar donde viví en mi primer año de vida. Lógicamente no recuerdo de él lo más mínimo.

02. EN PETREL (Alicante) Año 1967
 En la calle Prim, en la casa en la que vivían mis abuelos maternos, que nos acogieron durante unos meses. Enfrente había un horno de pan que ya no existe.

03. EN MADRID Años 1967-1968


También junto a un mercado, el Mercado de Maravillas, en el barrio de Cuatro Caminos. 
Tengo un vago recuerdo de este lugar, en la calle Carnicer, de cuando las vecinas, a través del patio de luz, me pedían que cantara la canción que acababa de ganar el Festival de Eurovisión: "Juanito, ¡canta el Lalala!"

Yo solo tenía dos años, pero me cuentan que la cantaba a la perfección :D


 04. EN BENIDORM (Alicante) Años 1969-1974

A finales de 1968 regresamos a Petrel. Mi madre dio a luz a mi hermano Tomás, que, como yo, nació en el hospital de la vecina Elda.
Poco después nos trasladamos a Benidorm en donde vivimos varios años. Allí empezamos a ir al colegio y cuando llegaba el buen tiempo nuestra madre nos llevaba a la playa casi todas las tardes.
Vivíamos en uno de los áticos de los conocidos como Edificios Navasa, en la que se conocía como Carretera de Circunvalación y que hoy se llama Avenida del Rey Jaime I. 

  Al volver del cole esperábamos a nuestra madre sentados en estas escaleras:
Ella se asomaba a la terraza y nos hacia una señal con la mano, indicando que nos había visto y  bajaba a ayudarnos a cruzar la tan transitada carretera. De esto me acuerdo perfectamente. Y de la primera vez que fui al cine, con ella y mi hermano, a ver Bambi.

05. EN PETREL (Alicante) Años 1974-1994

 Viviendo en Benidorm, mis padres compraron una casa de campo en Petrel, a la que acudíamos muchos fines de semana. Una vez trasladados allí nos quedamos a vivir definitivamente. De esta época he escrito largo y tendido en el blog (ver etiqueta EL CAMPO)
 Época feliz de nuestra vida, gozando al aire libre, disfrutando de la compañía de multitud de animales que fueron parte de nuestra familia a través de los años: perros, gatos, gallinas, patos, pavos, un par de caballos, un burro... 
En esta  época nacieron mis hermanos pequeños, Fran y Ana, en el Hospital de Alicante. Terminé la EGB y también los años de Instituto.
En ella vivimos una trágica gota fría en el año 1982
La casa ha sido remodelada varias veces a través de los años.

06. EN PLASENCIA (Cáceres) Año 1986 

Si he de nombrar todos los lugares en los que viví, debo incluir mi año de servicio militar. Primero los tres meses de reclutamiento en en el CIR de Plasencia.
 Situado en la Avenida de La Salle, era un edificio enorme, como puede apreciarse en la foto. El 31 de diciembre de 1992 se produjo el cierre definitivo de este histórico cuartel y hoy es un Centro Universitario.
 07. EN MADRID  Años 1986-1987

 Después de mi estancia en Plasencia (en Italia, como dice mi amigo Juan Luis) me trasladaron a Madrid Carabanchel, al Cuartel que hay en la calle Camino de los Ingenieros.
Historias de la puta mili tengo para dar y vender, y alguna de ellas también apareció en el blog.
La flecha señala el lugar donde viví 9 meses como armero de mi compañía. Y recuerdo un día que pasé entero en la quinta planta del Hospital Gómez Ulla, haciendo guardia en la planta de los internados en el psiquiátrico. Observando a los que paseaban por aquellos largos pasillos me sentí como en la película Alguien voló sobre el nido del cuco.

 08. EN ELCHE (Alicante) Años 1994 - 2000

Fueron los 6 años más felices de mi vida laboral, como conserje en el Instituto de Secundaria Cayetano Sempere (el número 6 de esta ciudad, como no podía ser de otra modo) Se me asignó la casa que tenía el centro, en la calle L'Avet y en ella tuve que aprender a cocinar cosas de fundamento. Aún recuerdo con emoción el imponente aspecto que tenían los exteriores del instituto con las farolas encendidas durante las noches.

 09. Y EN YECLA (Murcia) 2000 - actualidad

En Yecla me casé y allí  vivo desde hace 17 años, en la Avenida de la Libertad. Allí han nacido mis hijos a los que muchas veces he contado los recuerdos que tengo de los lugares en los que he vivido. Mis años de cole, los juegos con mis hermanos en la casa de campo...

  
Y es por esto que siempre he dicho que me siento medio murciano, medio alicantino, y que les tengo un enorme cariño a todas las ciudades que aparecen en este álbum. 

PD. Por cierto, cómo me recuerda el logo de Google Earth a la cúpula de la Purísima de Yecla, símbolo de la ciudad.
 
 

2 de marzo de 2017

PRÁXEDES

Mirad por un momento a las tres niñas de la imagen.


La más alta es mi abuela Anita, que imagino se sentiría toda una mujer con ese abanico en la mano. Junto a ella están sus hermanas Práxedes y Concha.

Anita nació en 1902, y en esa foto tendría unos 14 años, por lo que Práxedes, que vino al mundo el 24 de marzo de 1907, tendría 9, y 5 la pequeña, a la que pusieron por nombre Concepción Raquel Genoveva en el año 1911.

Soy capaz de dar estos datos porque, además de esta fotografía, conservo un pequeño diario del padre de ellas, - mi bisabuelo Francisco – y, gracias a las breves anotaciones que escribió en sus páginas, he calculado las edades que tenían sus hijas cuando posaron para la foto (tan serias las tres, por cierto)

De mi abuela Anita he hablado mucho en el blog, pero nunca he llegado a contar nada de sus hermanas, y aunque sólo conocí a la menor, la tía Concha, es de Práxedes sobre quien versará la entrada de hoy.

Recuerdo que, siendo yo un niño, había en casa de mi abuela un gran retrato enmarcado en una de las paredes del salón. Lo recuerdo muy bien porque fueron muchas las veces que lo observé con detenimiento.
Era una niña de piel oscura, de cabello y ojos muy negros y una mirada seria, dura incluso, con el cejo levemente fruncido, como si estuviera escudriñando el horizonte. Tenía una belleza especial, con un aire exótico que siempre asocié a los rasgos indios.

Cuando pregunté por esa niña, mi abuela me dijo que era su hermana Práxedes y con el tiempo me fue contando muchas anécdotas de su vida, algunas tan insólitas que en mi familia siempre hemos dado por hecho que Práxedes fue una niña muy peculiar que nació con un don especial.

Cuentan que aquel 24 de marzo, cuando su madre acababa de dar a luz en su casa, vieron una serpiente en la ventana. Fueron varios los testigos que observaron cómo se agitaba sobre el cristal, alzándose y resbalando por la superficie, como deseosa de entrar en la habitación. Finalmente la serpiente pareció cansarse y se marchó.
La explicación que dieron a aquello fue la atracción de las serpientes por determinados olores, como el de la leche.

Pocos años después, Práxedes volvía con su madre hacia el pueblo después de una jornada de trabajo en el campo. En un determinado punto del sendero, la niña se paró en seco y se negó a seguir caminando.
—¿Qué te pasa? —le preguntó su madre.
—No quiero pasar por ahí.
—Venga, que es tarde, vamos.
—No, por ahí no —gimoteaba.
—Pero ¿por qué? ¡Si no hay nada!
—¡Me da miedo! —decía Práxedes mirando al suelo, angustiada.

Esa noche mi bisabuela contó el suceso a su marido.

—Y le he tenido que dar un azote porque decía que no y que no, y no había manera de que se moviera.
—¿Y dónde dices que ha sido?
—Saliendo del Esquinal, junto a la higuera del tío Manuel.

Mi bisabuelo se quedó pensativo unos segundos.

—¡Esta chiquilla tenía miedo del agua! ¡Justo por ahí pasa la canal!

Al parecer, un sexto sentido, como el de algunos animales, hizo intuir a la pequeña Práxedes que había un peligro que ella no era capaz de determinar. Había en aquel lugar una corriente subterránea que ella logró percibir.

Algunos años después hubo otro episodio con serpiente.

Mis bisabuelos estaban escardando un bancal de cebada, quitando las malas hierbas con una azada. Como no tenían con quién dejar a sus hijas, se las llevaron con ellos.

—Yo me entretenía haciendo cestas con espigas —contaba mi abuela— y Concha jugaba con una muñeca. Entonces miré a Práxedes y vi que estaba sentada con una serpiente sobre sus piernas.
Según me contaba mi abuela, la serpiente estaba muy quieta y Práxedes la acariciaba.
—Entonces llegó mi madre, la vio y gritó “¡Pero Práxedes! ¿Qué haces?” Mi hermana levantó la cabeza y la serpiente se escurrió y desapareció de allí.

Todavía hoy me parecen asombrosas aquellas historias, pero imaginad lo fascinantes que me resultaban siendo niño.

—También me acuerdo —continuaba contándome mi abuela— que una vez mi padre me propuso ir al teatro. La función era un sábado por la noche en Sax, así que, cuando llegara el día, teníamos que salir los dos en carro por la tarde. Práxedes era demasiado pequeña para venirse con nosotros, pero como mi padre no quería que se enfadara por no contar con ella, me pidió que fuera un secreto entre los dos.
Y llegó el día y nadie, ni mis padres ni yo habíamos hablado ni una palabra del tema. Pero cuando mi padre salió a por el carro y yo le seguí, Práxedes se asomó por la ventana de su habitación y nos dijo: “Eh, ¿qué os pensáis? ¿Que no sé que os vais los dos solos al teatro?”
Nunca supimos cómo logró averiguarlo.

Y parece ser que aquella no fue la única vez en que Práxedes se mostró tan enigmática. Hubo otros episodios similares en los que demostró tener cualidades adivinatorias que dejaban sorprendidos a los que la rodeaban.

El curandero del pueblo le dijo una vez a mi bisabuela:
—No sé lo que tiene tu hija que cada vez que la miro me entran escalofríos. Noto mucha fuerza en ella. Tal vez tenga mucha más luz que yo.

Una de las historias que más trascendió, y que corrobora las palabras del curandero, es la de un vecino del pueblo que empezó a sentirse mal. Se quejaba del estómago, tenía angustia, vomitaba y cada día que pasaba se sentía peor. Práxedes escuchó lo que de él contaban y dijo que lo que tenía que hacer era romper el botijo.

—¿Que rompa el botijo? —le preguntaron los que la escucharon.
—Sí, si se quiere curar, que rompa el botijo.

Y eso es lo que comunicaron al hombre, probablemente sin mucha convicción.
Pero como el enfermo deseaba sanar y no tenía nada que perder, obedeció.
Al estrellar contra el suelo el botijo del que habitualmente bebía apareció una rana.

Mi abuela no recordaba si estaba viva o muerta ni supo explicar cómo llegó hasta allí. Probablemente el botijo se llenara del agua de alguna alberca en la que hubiera un pequeño renacuajo que se desarrolló dentro del recipiente.
El caso es que la baba que desprendía la piel de la rana hizo enfermar al hombre, que terminó recuperándose una vez dejó de beber de aquel botijo.

¿Cómo podía Práxedes saber esto? ¿No os parece apasionante?

¿Y quién sabe si habría desarrollado esos poderes y llegado a ser tan eficiente y práctica en el futuro?
Pero en el año 1917 Práxedes cayó enferma. Cuenta mi abuela que miraba a todos los miembros de su familia con una serenidad especial como si supiera cosas que nadie más que ella sabía.
- ¿Por qué habéis encendido esas velas sobre la mesa? - le preguntó a su madre señalando los pies de la cama.
Pero no había velas en aquella habitación. Quizás fueran alucinaciones provocadas por la fiebre o la premonición de lo que no tardaría en ocurrir.

“Que Dios la tenga en su Gloria” , escribió su padre el 6 de septiembre de 1917.

Tenía sólo 10 años. 
Han pasado 100 desde aquel día.
Su hermana Concha tuvo dos hijas. 

A la primera le puso por nombre Práxedes.


(Nota: el diario de mi bisabuelo se puede ver AQUÍ.)