Mostrando entradas con la etiqueta Mis trabajos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mis trabajos. Mostrar todas las entradas

31 de diciembre de 2025

NOTAS DE UN FINAL Y UN COMIENZO

El salón de juegos del centro de mayores ya no se parece al que fue.

Antes, cada tarde, después de comer, iban llegando los jubilados y se repartían por las mesas en grupos de cuatro o cinco. Me pedían una baraja o una caja de dominó y se acomodaban para pasar la tarde con los compañeros, que en muchos casos eran amigos de toda la vida.

El ambiente olía al café recién sacado de la máquina y se oía el murmullo constante de las voces, el roce de las fichas deslizándose en la mesa y algún que otro exabrupto con mayor o menor malicia.

Algunas tardes el salón se llenaba tanto que los que no cabían en las mesas acercaban otras sillas para observar cómo jugaban los demás.

Pero entonces llegó la pandemia y todo se detuvo de golpe. El centro tuvo que cerrar.

Cuando reabrimos algunos meses después, las cosas eran muy distintas. Las mascarillas, la distancia y las normas estrictas impedían cualquier sensación de cercanía. Tras meses de rutina interrumpida y con muchas ausencias, el salón se quedó casi sin vida.

Poco a poco fue llegando la normalidad, pero no trajo consigo el ambiente de aquellos tiempos. Muchos no regresaron nunca: unos por precaución, otros porque ya no estaban, y los que se animaban a venir se encontraban con un lugar que ya no se parecía al que tanto habían echado de menos.

Durante un tiempo llegaban de forma muy dispersa. A veces entraba uno, se sentaba y aguardaba un buen rato, esperando que apareciera alguien. Al no ver movimiento, acababa marchándose. Unos minutos después llegaba otro y me preguntaba si había pasado alguien por allí.

Entonces le explicaba que sí, que fulano había estado un rato esperando, pero que al ver que no llegaba nadie había decidido irse.

Los animaba a ponerse de acuerdo entre ellos para fijar un día, pero todo quedaba en un “sí, eso haré”, que no parecía llevarse a cabo. Rara vez se juntaba una mesa en la que jugar y la actividad lúdica de las tardes en el CEAM terminó por desaparecer.

Mientras tanto el salón ha seguido utilizándose para otras actividades, como talleres de gimnasia de manos, de equilibrio o de memoria, pero la imagen de los usuarios jugando a las cartas ya pertenece al pasado.

Hoy solo una mesa es ocupada por media docena de mujeres, último reducto de las antiguas bingueras, que pase lo que pase —aunque llueva a mares— no faltan a su partida de bingo inventado, con varias barajas desplegadas sobre la mesa.

Hace un par de días se asomó uno de aquellos habituales de las tardes. Lo recordaba perfectamente porque tenía un problema en la garganta y a pesar de que lo habían operado le costaba mucho emitir sonidos.

Ahora ya no puede hablar en absoluto, así que sale a la calle con un bolígrafo y un fajo de papeles recortados para comunicarse cuando le es preciso.

Hacía mucho que no nos veíamos, así que lo saludé afectuosamente. Se acercó a mi mesa y, en un papel, me escribió con letras grandes:

TODAVÍA TENGO EL CARNÉ, QUÉ PUEDO HACER.

Le dije que podía apuntarse a pintura, o a taichí o a bailes… Él iba negando de forma casi imperceptible con la cabeza. La verdad es que no lo imaginaba en ninguna de esas actividades. Yo sabía perfectamente, porque siempre fue uno de los más habituales a las partidas de cartas, que lo que me estaba preguntando sin palabras era cómo volver a aquellas tardes de hace años.

Le dije que seguíamos guardando las barajas y los dominós y que, si encontraba a gente con la que reunirse, el salón estaba a su disposición.

Se limitó a encogerse de hombros.

ANDO MUY PERDIDO, escribió.

Su mensaje me produjo una mezcla de tristeza e impotencia. Quise responderle algo que le aliviara, pero no supe qué añadir. Vi que se disponía a seguir escribiendo y, como estaba de pie, le acerqué una silla para que se sentara a mi lado, en mi mesa.

TÚ ERES DE VILLENA?, escribió.

—No, de Yecla —le respondí.

En seguida se llevó una mano al pecho y sonrió mientras me miraba. Volvió a coger un papel y escribió:

MI MADRE ERA DE YECLA.

Después contempló el papel con una expresión cargada de nostalgia y lo besó suavemente. Me conmovió su gesto.

Desde las mesas del fondo llegaba el trajín de las mujeres jugando al bingo. Él volvió a escribir:

HAY ALGUNA MUJER VIUDA EN ESE GRUPO?

Me hizo gracia la pregunta.

—Pues sí —respondí bajando un poco la voz—. Creo que todas son viudas.

Me miró con una mezcla de sorpresa y esperanza, pero enseguida volvió a encogerse de hombros. Arrugó el papel anterior y tomó otro del fajo para escribir otro mensaje:

BUSCO UNA MUJER PARA VIVIR EN COMPAÑÍA, PERO… —y de nuevo se señaló la garganta.

Me dolió imaginarme en su lugar: se veía la buena voluntad e imaginé las ganas de rehacer su vida, y al mismo tiempo lo difícil que debía de resultarle cualquier acercamiento.

En un nuevo papel escribió:

ME SIENTO SOLO.

Me volvió a descolocar. Sentí una inmediata necesidad de serle útil de alguna manera, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Se estaba abriendo conmigo y me dio apuro no recordar su nombre.

—¿Cómo te llamabas?

PEDRO, escribió.

—Ah, es verdad —le dije—. Yo Juan.

Asintió varias veces. Él sí recordaba mi nombre.

Le pregunté si seguía teniendo contacto con alguno de los que venían antes a jugar. Me escribió que ahora algunos iban al centro de mayores de la Plaza del Rollo, pero que aquello no le gustaba.

Le expliqué que tengo entendido que algunos creen que aquí ya no se puede jugar, cuando no es cierto; que todo fue consecuencia de la pandemia, pero que la sala sigue abierta, y que, si se cruza con alguien de la zona, les diga que aquí pueden seguir viniendo con normalidad.

También lo animé a apuntarse a los bailes porque así podría conocer a más gente y moverse un poco, que siempre viene bien.

Hubo algún silencio breve. Parecía valorar lo que le decía sin terminar de decidirse. No daba la sensación de estar muy convencido, pero sí de estar escuchando.

Después escribió una nueva nota y me la pasó:

TE IBA A PREGUNTAR TANTAS COSAS QUE NO SÉ. QUE ME ALEGRO DE VERTE. TÚ SIEMPRE ME HAS CAÍDO BIEN.

Sentí un enorme afecto hacia él y se lo hice notar apretándole una mano. Nunca hubiera imaginado que aquel hombre que emitía un saludo ronco al entrar al CEAM se sentaría un día a mi lado y me contaría estas cosas mostrando tanta franqueza.

Antes de despedirnos le di un abrazo y le deseé una buena entrada en el año nuevo.

Cuando se marchó, me quedé mirando la mesa llena de papeles arrugados y me guardé el último que había escrito.

Me pregunto cuántas oportunidades tendrá este hombre de abrirse, de que alguien lo escuche de verdad.

 Al comenzar 2026, expresaré algunos deseos comiendo las uvas: que se cruce en el camino de Pedro alguien que alivie aunque sea un poco su soledad; y que, gradualmente, el CEAM recupere sus tardes: que las mesas vuelvan a llenarse, que se oiga de nuevo el murmullo de voces conocidas, que se retomen las partidas y continúen esas pequeñas rutinas que tanto bien hacen a los mayores.

                              

29 de marzo de 2019

ESA OSCURA Y DULCE AMIGA (Reedición)

(Esta entrada fue publicada el 13 de junio de 2013. Dado que ha muerto la gata que durante  doce años vivió en mi centro de trabajo, vuelvo a publicarla)

..........................

Tengo una compañera en el trabajo que se pasa las horas sin hacer nada. Y cuando digo nada, quiero decir ab-so-lu-ta-men-te nada. 

A menudo la veo  dormitando  al sol, dejándose llevar por una pereza desmesurada, y  tan ajena a todo lo que ocurre a su alrededor,  que no se molesta ni en alzar la cabeza para saber quién pasa por su lado. Ya no sé a cuántas personas habré oído murmurar: ¡Mira qué bien vive ésta!

Cuando se cansa de tanto descansar, veo a través del cristal cómo se despereza y busca entonces algún lugar a la sombra, resguardado de corrientes,  para seguir sacando partido de su desgana sin fin.

Sin embargo es muy ágil en movimientos si le conviene. Cuando me ve llegar, por ejemplo, se suele acercar a saludarme a buen ritmo, dando vueltas en torno a mí para llamar la atención. De sobra sabe que con sus zalamerías terminará relamiéndose.

 La he llamado compañera, pese a ser una gata, porque lleva aquí en el centro unos cuantos años y nos conoce bien a todos. 
Y es curioso que nadie le haya puesto un nombre todavía,  y hagamos referencia a ella como "la gata"  

Pero no es mal nombre al fin y al cabo: a La gata, o Lagata,  poco le falta para ser  "lagarta"  de verdad (y lo digo por su gran afición a empaparse de sol, sin más matices)

La primera particularidad de esta amiga es su brillante pelaje negro, que la hace resaltar
vivamente cuando pasa junto a los muros mostaza del edificio, y que es algo que me mueve a fotografiarla con frecuencia. No es mala modelo después de todo, y me deja retratarla bien; especialmente si la pillo vaga, que es la cosa más natural del mundo.

Su segunda peculiaridad es la gran facilidad que tiene para engañarnos a todos. No sé cómo lo hace para inflarse y desinflarse de esa manera. 

Cada año damos por hecho que se ha quedado preñada,  y que en los sucesivos días nos encontraremos con una camada de gatitos. Sin embargo de un día para otro reaparece sin barriga, con la esbelta figura de siempre, como si hubiera parido hace semanas o no lo hubiera hecho nunca. Pero lo curioso es que nunca se ven crías por ningún lado.

No sé bien a qué es debido esto, pero la veo muy capaz de fingir embarazos para que la mimemos todavía más. 
Eso o que se trate de una gata embrujada, (o una bruja engatusada), que también podría ser.

El caso es que en estos últimos meses se ha hecho muy amiga mía, y como en esta loca primavera hemos pasado más frío que Carracuca,  compartimos algunos ratos en el exterior, buscando las caricias del sol. 

Y allí le cuento cosas.

El otro día le dije que tenía cara de lista y que solo le faltaba hablar, e inmediatamente emitió un extraño sonido que a mi me sonó claramente a “Ahí va”. 
Le dije muy seriamente que no volviera a hacer eso, que yo no estaba preparado para escuchar hablar a un gato, por muy amigo mío que fuera, y que en adelante hablaría solo yo, y que ella se limitara a escuchar.

—¿Te has dado cuenta — le advertí— de que en otros tiempos nuestra amistad habría estado
muy mal vista? Con mi fama de Diablo y que tú eres más negra que el callejón del pecao, seguro que acabábamos con nuestros huesos en la hoguera.

Y ella entornaba los ojos, como si se pudiera tener sueño después de mil horas durmiendo.

Otra cosa que le reprocho a veces es su manía de seguirme tan de cerca hasta casi hacerme tropezar, o que se quede esperando a la entrada de La Pajarera, cuando sabe que tengo que salir de nuevo, y me mire desde la puerta entreabierta, observando todos mis movimientos mientras me llama. 

—¡No tienes hambre! –le reprocho.
Ella responde con sus Miaus más afirmativos.
—¡No, ni hambre ni sueño, lo tuyo es ya puro vicio!

En cambio me resulta encantadora cuando en días de lluvia viene a refugiarse al portal de entrada. 
Se pone muy firme, como si fuera una estatua egipcia,  enrosca  con mucho estilo su cola al cuerpo y contempla serenamente cómo se moja todo menos ella.

Hace dos semanas, unas negras nubes oscurecieron el cielo a media tarde  y una tromba de agua descargó sobre Villena. 
La lluvia dio paso a una sonora y espectacular granizada,  tan abundante que cuando la tormenta pasó estaba todo blanco, igual que si hubiera nevado.  
Mi amiga tardó mucho en aparecer, y cuando lo hizo su figura resaltaba como nunca. Parecía que los colores habían huido de repente y solo quedaban el blanco y el negro en un paisaje inusual.

—¿Dónde te escondes cuando llueve tanto? —le dije.
No me respondió. Debe guardar secretos tan oscuros como su piel.

Ayer mismo la pillé en un momento tan cariñoso que le propuse hablar de ella en el blog,  pero cuando saqué el móvil para grabarla se volvió esquiva, como si temiera que la fama  pudiera privarla de sus largas horas de vagancia, y se resistió a ser buena actriz para mí.

 —¿No te parece –le comenté—  que es hora de ponerte un nombre?  Puede que ahora que te conoce más gente nos llegue alguno desde el otro lado. ¿A que te gusta eso de “el otro lado”? 

Por supuesto no se pronunció al respecto. 

Y la verdad es que  no sé si será porque le prohibí hablar, porque calla más de lo que sabe  o porque le encanta hacerse la misteriosa con sus silencios.


20 de febrero de 2018

UN TORRENTE DE AÑOS CADA DÍA

¿Me das esa baraja que llevamos a medias, Juan?

 Hoy sí que hace frío, ¿eh? Voy a sacarme un calentico. ¿Quieres uno?

 ¿No ha venido nadie aún? ¿Pues dónde se ha metido la parroquia?

 Hoy me voy más pronto, que tengo que ir a un entierro.

 Ay, aquí sí que se está bien, ¿eh? Parece que vendan ropa.

 Ayer hizo cinco años que murió mi mujer. ¡Cinco ya! Más solo que me dejó… Y aquí sigo.

 Mira a ver si le puedes sacar una poquica punta al lápiz, Juan, que no escribe muy allá.

 Y mis hijos que no me hablan... ¿Tú te crees que hay derecho? Pero allá ellos… Lo que sí me duele es que no me dejen ver a mis nietos. Eso sí es duro, Juan. Muy duro…

 Juanico, dile a la directora que nos invite a una chocolatada, o algo…

 ¿A que no sabes dónde estoy en esta foto? Soy este de aquí. Y ese mi hermano Miguel. Y aquí mi madre… Siempre llevo esta foto en la cartera.

 ¿Tienes periódicos viejos? Es que me vienen bien para limpiar la jaula del canario.

 Ay, nene, mírame el horario de cuándo tengo que venir a Memoria, que no me acuerdo.

 ¿No sabrás cómo quedó ayer el Valencia?

 Y de eso hará… más de 50 años. Ya ves… El tiempo y la marea ni se paran ni esperan.

 ¿El podólogo no viene hoy? Yo diría que me dijo que me atendía esta tarde… Ay, después de venir desde la Corredera andando, con este dolor de pies...

 Ayer no pude venir. Tuve a toda la tropa en casa. ¡Cinco nietos y dos bisnietos! ¿Qué te parece?

 A ver si entiendes tú esto… ¿Cómo hago para llamar al que me ha llamado ahora mismo?

 ¿Me puedo llevar el Marca, Juan? Total ya no lo va a mirar nadie…

 Decían que iba a llover hoy, pero si no sopla de Levante...

 Nene, baja un poco la calefacción que las de Baile nos asamos.

 Esta baraja me la guardas aparte, hazme el favor. Es que si me la cogen me la marranean.

 ¿Me puedes avisar a las seis menos cuarto para que me tome el Sintrom?

 ¿A que no me adivinas la edad? Di, di… ¡Voy para los 89!

 Yo vivía a las faldas del castillo, en una de las casas cueva que hay allí. Hasta que un día nos echaron a la calle. Era yo muy pequeño pero me acuerdo como si fuera ayer.

 Claro que hace tiempo que no me veías… Como que fui al médico a hacerme unas pruebas y me ingresaron. Me han puesto un marcapasos.

 Venga, papa, date prisa, que tengo a las nenas esperando en el coche.

 Hoy sí que llevo un caramelo de regaliz, Juanico. Anda, toma, que es de los buenos.

 Mira a ver, Juan, que se me ha volcao el café sin querer,

 ¿¡Pues no me dejaba el paraguas!? Me ha tocao volverme desde allá abajo. Si es que... el que no tiene cabeza tiene que tener pies.

 Bueno, pues ya hemos echao la tarde, ¿verdad?

 Hasta el lunes, Juan... Bueno… si Dios quiere, porque a esta edad….




Y así pasan las tardes, tranquilas. Como una rueda que gira lenta hacia adelante pero que mantiene un eje anclado en el pasado, trayéndolo al presente una y otra vez.
 
Y el ayer se diluye irremediablemente en cada nuevo día. 

Y cada cual tiene una historia que guarda dentro de sí.

Y algunos se acercan a compartir retazos de tantos recuerdos imperecederos que conforman sus vidas.

11 de febrero de 2018

LA ANÉCDOTA DEL CARTERO Y LINA MORGAN


De vez en cuando llega un paquete postal al centro en el que trabajo y yo soy el encargado de recogerlo.  
Unas veces me entregan un albarán adjunto, sin más,  otras me piden que estampe un sello para que conste que ha sido entregado,  y otras, mis favoritas, he de  firmar sobre una pequeña  pantalla táctil. 
Digo que prefiero estas últimas porque suponen un reto de creatividad para mí,  sobre todo cuando no tienen ni utensilio para llevarlo a cabo.

—Da igual, con el dedo mismo.

¿Firmar con el dedo? ¿Puede haber un reto más divertido? Me parece tonto, pero se siente uno como un niño haciendo monigotes.

La primera vez solo fui capaz de dibujar un gusano electrificado, pero poco a poco he ido perfeccionando mi técnica, empleando más uña que carne, y últimamente consigo hacer un garabato más o menos legible. 

En realidad es una tontería esmerarse. Estoy seguro de que nadie pondría ninguna objeción si firmara  como Helena de Troya, o aunque escribiera “Aquí el diablo”.  
Pero aun así me afano por alcanzar el virtuosismo en el arte de firmar con el dedo.

Hablar hoy de esto me sirve simplemente de introducción para contar una anécdota que considero divertida. Me acordé de ella precisamente cuando el otro día llegó un paquete y el cartero (bueno, no era exactamente un cartero sino un mensajero) saludó con un sonoro “Buenos días”

Ocurrió hace años, cuando yo trabajaba  en el video club Brigadier, en Petrel (Alicante)
Guardo muy buenos recuerdos de aquel tiempo como dependiente, alquilando películas al público más variopinto, pero hoy sólo me detendré en contar lo que pasó con el cartero que casi todas las mañanas entraba al video club a dejar el correo.

No fue  un hombre con el que tratara más allá del habitual saludo o de cualquier tema relacionado con la entrega postal, pero siempre me llamó la atención su forma de saludar. Abría la puerta y alargaba sus “Buenos días” hasta llegar al mostrador.
“¡Buenos dííííaaas!”, decía, pletórico, y al entregarme las cartas en mano daba media vuelta y se marchaba con un cantarín “Adióóóós”, que también lo hacía durar lo suficiente hasta alcanzar la puerta.  

Dado que esto se repetía con asiduidad, el cartero pasó a ser uno de esos personajes que mi amigo Juan Luis y yo imitábamos para divertirnos. Sus “holas” y “adioses” eran una recurrente cantinela en nuestro habitual cachondeo. 

Y como Juan Luis pasaba a visitarme muchos días, no fueron pocas las mañanas  que fuimos espectadores de esos peculiares saludo + despedida del cartero. Cuando entraba permanecíamos en silencio, atentos a la consabida escena, que luego nosotros exagerábamos por nuestra cuenta hasta quedarnos sin respiración.

Había en un rincón del video club, frente al mostrador, un pequeño televisor sobre una plataforma en la pared, y en las mañanas tranquilas solía haber puesta una película. 
La mañana a la que me refiero,  el VHS estaba reproduciendo una película de Lina Morgan. Diría que era La tonta del bote, pero no me atrevo a asegurarlo. 

En cualquier caso, la miga del asunto está en que  la casualidad más grande del mundo quiso que la puerta se abriera y entrara el cartero para que EXACTAMENTE un segundo después de que concluyera  su aerodinámico “Buenos dííííaaaaaas”,  Lina Morgan exclamara:

“Hay asnos mucho más inteligentes que este cartero”

Imaginad nuestra cara de sorpresa (y la del cartero) al escuchar aquella frase inesperada. Eso y el ataque de risa que no dio a Juan Luis y a mí cuando se marchó. Nos estuvimos riendo  con ganas un buen rato.

Después, pensando en lo ocurrido,  se me quedó la preocupación de  que el cartero pudiera creer que lo habíamos hecho intencionadamente, que hubiéramos preparado la escena y tenerla en pausa para reproducirla en el momento en que él  entrara. 

No fue así en absoluto. 

Fue la más pura chiripa el que  Lina Morgan se burlara del cartero de la película cuando otro cartero entraba también en escena. 
No sé lo que pensaría el hombre, que se marchó sin decir nada, pero desde luego no merecía una chirigota así, siendo tan educado como era. 

Y bueno, esta es la anécdota que he querido contar hoy. 
Y me alegro de tener un blog donde poder compartirla porque el otro día leí que deberíamos guardar un minuto de silencio por todas aquellas anécdotas que no pudimos contar porque alguien nos interrumpió y después se cambió de tema. 

Creo sinceramente que no debe ser  bueno para la salud que una anécdota, por  tonta del bote que sea, se nos quede dentro, sin ver la luz jamás. 

Hale, adióóóóós.

12 de octubre de 2016

LA COLEGIALA COQUETA

Me llamó la atención desde el primer día en que la vi, cuando entró con esa larga bufanda de colores chillones que le tapaba la boca.

—Ay, nene —me dijo—, déjame que me quede esperando aquí, que en la calle hace mucho frío.

Se puso a caminar por el salón de juegos y en una de las mesas dejó caer su bolso, que sonó como si hubiera soltado un ladrillo.
Observé cómo rebuscaba por él hasta dar con una cajita. La abrió y se aplicó protector labial. Me sorprendió ver sus uñas, largas y de un potente color carmín.

—Es que llevo un rato esperando a las compañeras —siguió diciendo mientras guardaba la cajita—. Y me estaba quedando más tiesa que la mojama.

Volvió a acercarse a la puerta y se quedó mirando su reflejo en el cristal, momento que aprovechó para ahuecarse el pelo mientras canturreaba. Lo hacía con la mano abierta, levantándolo por detrás y apretándolo con estudiado cuidado por delante.

Desde aquella primera muestra de coquetería no ha habido día en que no me haya sorprendido por una razón u otra.

A veces viene con una chaqueta vaquera, el pelo cardado y grandes coloretes rojos que le dan aspecto de haber corrido una maratón.
Otras veces llega con camisas muy alegres y una gran flor enganchada en lo alto de la cabeza que termina perdiendo al bailar o queda colgando por detrás como si la hubiera volcado un vendaval.
Casi no lo podía creer cuando un día la vi entrar con una minifalda de cuero y unas medias azules que hacían juego con el azul de sus párpados.

No hay quien le gane a moderna, no hay otra, ni de lejos, que se atreva a combinar la ropa y los colores como lo hace ella. Y además es evidente que no se siente en absoluto incómoda rompiendo los moldes de esa manera.

Al lado de sus compañeras es como el día y la noche, como una amapola entre rocas grises, como si en un convento se hubiera colado una niña traviesa.

El colmo de esas muestras de rabiosa juventud ocurrió el otro día, cuando entré en el salón de baile. Estaba ella sola  y la pillé fumando. Al verme se apresuró a tirar el cigarrillo a sus espaldas y disimuló tan mal que casi se me escapa la risa.

Le encanta bailar, disfruta contando chistes y es muy habitual verla mascando chicle.

No voy a decir su nombre pero en mi lista de favoritos  es “la colegiala coqueta”

Acaba de cumplir ochenta años.

19 de noviembre de 2015

LOS NIÑOS GRANDES

Desde mi asiento veo cómo el joven se adelanta para abrirle la puerta a su abuelo, y una vez dentro le vuelve a coger del brazo con afecto. El chico me da las buenas tardes y el anciano, que camina arrastrando los pies, me saluda con un gesto de su cabeza.

—¿Dónde te sientas, abuelo?
—En aquella mesa.

Observo cómo le quita con cuidado el abrigo y el sombrero y los cuelga en la percha más próxima.

Una vez sentado le pregunta si está bien y el abuelo le dice que sí y hace un gesto con la mano a su nieto, apremiándole a marcharse.

—Dentro de hora y media vengo a por ti, ¿vale?
—No, no hace falta que vengas, ya me bajo yo andandico
—Ni pensarlo, luego vengo a recogerte.
—Pero...

Y sin darle opción a réplica se despide dándole un beso en la mejilla.

El hombre se queda en silencio, relajado en su silla, esperando a que lleguen sus compañeros de juego.

Quedo emocionado ante la forma de actuar de este muchacho.

Se va llenando el salón conforme pasan los minutos. La mayoría de los mayores llegan solos, con su propio pie, unos con paso más ágil que otros.

A Damián lo trae su hija en coche, y desde el coche hasta el salón de juegos se acerca él con su andador de aluminio. Ella no suele entrar, pero esta vez lo acompaña porque él le ha pedido que le saque un café de la máquina.

—¡Este hombre...! —entra ella refunfuñando — ¡Cuanta más prisa tiene una, más pide!
—La próxima vez que me pida el café a mí y yo se lo saco —le digo.
—¿Has oído? —dice alzando la voz para que la oiga su padre— Cuando quieras un café se lo pides al chico.
—Claro, a mi no me cuesta nada...
—Es que de verdad, últimamente está...   —me dice mientras espera a que el vaso se llene— Si no lo traigo no saldría de casa. ¡Que le daba miedo caerse! Y voy, le compro el andador y ni aún así. Y luego un móvil para que me llame cuando quiera que le recojamos. Si es que no le falta de nada. Y es que es lo que yo le digo, ¡sal de casa y distráete! No, es que si no se mueve se hace viejo en cuatro días, ¿sabes? Por eso lo obligo —saca el vaso del hueco de la máquina y se lo lleva a la mesa—. ¡Toma! ¡Tu café!

Más de una vez hemos oído, y hoy yo lo puedo asegurar convencido, que un anciano se parece más a un niño que a un adulto. Al anciano le gusta sentirse mimado, y los desaires y las ofensas los acusa profundamente. Con ternura y apoyo moral se les da más fuerza que con toda la ayuda material que muchas veces, por lástima o por propia comodidad, les prodigamos.
Para un joven es más o menos fácil recuperarse de las adversidades que puedan sucederle en el terreno afectivo, pero para un viejo es ya muy difícil.

He visto a tantos jóvenes mirar a los ancianos como bichos raros, sin respeto, como si fueran algo pasado que ya no cuenta ni merece la pena prestar atención...
Qué poco pensamos en que el paso del tiempo es rapidísimo y que todos llegaremos a esta situación en la que, después de una accidentada vida llena de luchas, de desengaños, de ingratitudes y de egoísmos, lo que más nos importará es que nos quede lo mejor que de ella hemos conocido: el afecto, el cariño, el amor.

Vuelve la hija a llevarse a su padre.

—Venga, aligera que he dejado el coche mal aparcado. No te habrás manchado otra vez de café, ¿no? Venga, veeenga, que tengo prisa.

Llega el nieto a recoger a su abuelo.
Le pone el abrigo y el sombrero. Cuando salen por la puerta oigo al joven preguntarle si ha ganado al dominó.

—Pues de cinco partidas que hemos echao, una vez solo
—¡Pero abuelo, así no vamos, ¿eh? Así no vamos! —y lo vuelve a tomar del brazo.

7 de mayo de 2015

ME DA IGUAL QUE NO ME QUIERAS

Ayer fui objeto de una declaración de desamor.

Suena raro, sí, pero ocurrió. 
Fue en La Pajarera, ese gran espacio rectangular del Centro de Mayores que se utiliza como doble sala de usos múltiples. 

Las más de cien sillas del lugar van desplazándose de un extremo a otro según necesidades. 
Cuando se convierte en zona de baile, fuera sillas. Cuando los pintores van a colorear sus lienzos, dentro sillas. Cuando toca hacer pilates, fuera sillas. Si vienen a ensayar teatro, depende, pero el caso es que siempre hay trasiego de asientos por el lugar.

En esos menesteres me encontraba yo en el momento de los hechos, despejando una de las salas. Había terminado el grupo de gimnasia especial (aquellos mayores que tienen dificultad a la hora de moverse y realizan sus ejercicios sentados en sillas) y cuando yo entré quedaban tres señoras esperando a que llegaran los voluntarios de Cruz Roja, que siempre acuden a  llevarlas con cuidado hasta el minibús que las transporta a sus casas.

Reproduzco a continuación lo que ocurrió cuando me vieron entrar.

Señora 1:  Ah, mira, ya viene este chico a por mí.
Señora 2: No, mujer, que este no viene a recogernos.
Señora 1: ¿No? —dirigiéndose a mí— ¿No vienes a por mí?
Yo: No, solo vengo a llevarme estas sillas.
Señora 1: Pues vaya, qué desilusión, ya pensaba yo que venías a por mí.
Yo:  No, pero no tardarán en venir a recogerlas.
Señora 3: ¿Nos tenemos que levantar?
Yo: No, no, quédense ahí.

Seguí amontonando sillas.

Señora 1: Bueno, pues si no me quieres... ¡peor para ti!
Señora 2: (con tono de reproche a su compañera) ¡Pero mira que te gusta poner en compromiso a la gente!
Señora 3: (apurada al ver que cada vez quedaban menos sillas) ¿Nos levantamos para que te lleves estas?
Yo: No, tranquilas, no se preocupen, que esas no me las llevo.
Señora 1: ¿Sabes lo que te digo? —otra vez mirándome— Que me da igual que no me quieras porque yo tampoco te quiero.
Señora 2: ¡Ay, la virgen!
Señora 1: Que no, ¡que no lo quiero!
Señora 2: Chico, no le hagas caso, que a ésta le gusta mucho decir tonterías.

Yo, sorprendido pero sonriente, seguí con lo mío.

Señora 1: De tonterías nada, que solo digo lo que pienso.
Señora 2: ¡Pues no hay que decir siempre todo lo que se piensa!
Señora 1: Yo sí. Por eso no me casé.
Señora 3: (con inquietud) Ay, el hombre se tiene que llevar nuestras sillas.
Señora 2: ¡Que no se las lleva!  ¡Ay, qué mujer esta! ¿Cómo nos va a dejar esperando de pie?
Yo: Claro, no se preocupen, ya me las llevaré después. No hay ninguna prisa.

Las tres señoras quedaron en silencio unos segundos.

Señora 1: Pues sí, a mi me decían a veces: “¿Y eso que no te casaste? ¿Nadie te quería?” Y yo siempre decía. “Pues no, nadie me quería, ¡pero es que  yo tampoco quería a nadie!”
Señora 2: Uy, menuda serías tú de moza...
Señora 1: Y es verdad que nunca he querido a nadie, ¿eh?

En esos momentos entraron dos voluntarios que se llevaron a las señoras 2 y 3.

—¡Esta sí que es buena! ¡Otros que no me quieren! Me dejan la última, ¿has visto?

Me iba a marchar al terminar de despejar la sala, pero no quise dejar a aquella peculiar mujer a solas. Empezaba a caerme bien.

—Bueno,  ya he terminado  —le dije.
—¿Qué van a hacer aquí ahora?
—Viene el grupo de baile.
—Ah, ¿aquí vienen a bailar también?... A mi eso de bailar nunca me ha gustado. O bueno, no sé, porque  bailé poco. Y ahora aunque quisiera... Es que mi hermano no me dejaba bailar, ¿sabes? Cuando alguno me lo pedía decía él “Cuidao, que ese solo quiere contarte las costillas” … Eso me decía... Mi hermano, al morir mis padres, me protegía mucho...  Luego tuvimos que trabajar duro... Madre mía,  ¡lo que yo he trabajado!...  Así que  eso de bailar... no sé... si fuera joven otra vez... probaría a ver.

Volvió la mirada hacia el ventanal,  sumida por unos segundos en quién sabe qué pensamientos.

Lamenté que entraran de nuevo para recogerla, pues de repente me interesaba todo lo que me decía aquella señora. Me acordé de inmediato de mi querida Josefina, de las muchas historias que de su vida me contó y de aquella forma  tan burlona y divertida con la que me trató siempre. Cuánto me acuerdo de ella, sentada allí entre todas aquellas señoras armadas con bolso, formando la gran mafia binguera.

—Ah, ahora sí, ya me toca. Bueno, chico, como tú no me has querido... me voy con este otro que sí me quiere. ¡Hala, adiós!

Es curioso, solo esas pequeñas pinceladas  sobre su vida me bastaron para recordar a esta mujer toda la tarde.
Se me quedó grabado eso de “si fuera joven otra vez...” como si esa fuera una oportunidad que pudiera volver a surgir. Aunque quién no ha pensado alguna vez en algo parecido.  

Me acordaba del “Cuidao, que ese solo quiere contarte las costillas”. Nunca había oído un equivalente de “meter mano” que fuera más anatómico todavía.

“Nunca he querido a nadie”, dijo. ¿Es esto posible? Me cuesta creer que no se enamorara alguna vez, que no se dejara llevar por los agridulces suspiros del corazón ¿Ha conseguido alguien esquivar al amor?
¿Y con quién vivirá? ¿Se sentirá sola? ¿Se arrepentirá de algo?
Me pregunto  si en el balance de su larga existencia considerará haber sido suficientemente feliz.

Cuando salí de la Pajarera la vi en el elevador del minibús de la Cruz Roja. El voluntario y ella subían cara a cara, cogidos de los antebrazos.
Cuando la sentaron en su asiento correspondiente miró a sus compañeras y dijo:
"Bueno, ya he bailao bastante por hoy"

Me quedo con muchas preguntas, pero en cualquier caso admiro profundamente a  las personas que no pierden nunca el sentido del humor.

Tengo que preguntarle cómo se llama. 
Mira por donde, yo sí he empezado a quererla.

17 de febrero de 2015

LA BALLENA DE MIERDA

**Advierto de antemano que el texto que pretendo escribir resultará bastante escatológico y podría ser desagradable a los estómagos más sensibles, pero no puedo enmascararlo si pretendo contar las cosas tal cual fueron. En contraposición, creo que la historia es divertida y que valdrá la pena pasar de puntillas entre tanta marranada**

Ocurrió en los felices tiempos en que yo trabajaba en Elche como conserje en un instituto de secundaria: el Cayetano Sempere. 

Era aquel un instituto recién construido, amplio, moderno y al que no le faltaba detalle. 
Con muchísimas aulas para estudiantes de la ESO, otras tantas para Bachillerato y un módulo profesional, era tal el volumen de fotocopias que se necesitaba, sobre todo en tiempos de exámenes, que me pasaba gran parte de la mañana pegado a las fotocopiadoras y la multicopista. 

Esto me tenía algo preocupado, porque en algún lugar había leído que una exposición prolongada ante aquel tipo de aparatos podía dejarlo a uno estéril, y yo, que aún no tenía hijos, miraba con recelo aquellos fogonazos blancos que escapaban por las rendijas.
 Por suerte, con los años seríamos hasta tres conserjes y el trabajo se distribuyó de forma más llevadera.

La segunda conserje en llegar fue Conchi, que ya era madre de dos hijos preadolescentes. La primera impresión que me causó fue la de ser una mujer muy seria, pero bastarían unos días trabajando codo con codo e ir conociéndonos  para comprobar que tan solo lo parecía. No solo es que en aquellos años nos reiríamos mucho juntos, es que llegamos a ser uña y carne.

Tantas fueron las anécdotas de todo tipo que vivimos en el instituto, que un día nos decidimos a escribirlas en una de aquellas agendas escolares que llegaron a objetos perdidos y que nunca se reclamó. Y la completamos, por supuesto.

Una de ellas, de las más inolvidables sin duda,  es la que me dispongo a contar.

Fue en la hora del recreo, con los alumnos deambulando por todas partes con el bocadillo en la mano, cuando bajó un chaval a conserjería con la cara congestionada por un disgusto.

—¡Me voy a cagar en la puta madre de alguien! —gritó, dejando sobre el mostrador un estuche de lona azul. Cuando me percaté de que resoplaba furioso y que parecía querer desahogarse, le pregunté qué le pasaba.

—¿Que qué me pasa? ¡Que un hijo de puta que yo me sé me ha hecho esto!

Y abriendo la cremallera superior de ese tipo de estuches en los que se amontonan bolígrafos y rotuladores, nos mostró el interior  para que Conchi y yo descubriéramos... una mierda. 

Sí, un zurullo compacto bien acomodado en el fondo del envase, que venía además con un lapicero atravesado, como la  torcida vela de un pastel.
Mi compañera dio un paso atrás, poniéndose la mano en la cara.

—¡¡Ay, qué guarrada!!  ¡¡Qué asco!! ¡¡Llévate eso de aquí!!

En esos momentos salía de secretaría Mari Ángeles, compañera administrativa a la que, he de reconocer,  me gustaba martirizar un poco desde que supe lo aprensiva que era. Cada vez que encontraba una cucaracha muerta casi moría de la impresión, así que cuando yo utilizaba el recogedor para llevarme el cadáver con patas, se me solía caer “accidentalmente” cerca de ella y el chillido era tan hermoso que se me quedaba en los oídos toda la mañana.

Aproveché aquella ocasión tan especial para decirle 

—¡Mira, Mari Ángeles, qué rotuladores más molones tiene este chaval!

Y ella se acercó toda curiosa y acercó la cara para verlos. 
Me llamó “Cerdo” veinte veces o más,  me pegó con la carpeta que llevaba y se quedó allí petrificada esperando una explicación a aquel espectáculo tan inusual.

—Pero esto ¿quién te lo ha hecho? —le pregunté al alumno, que ya estaba más calmado.
—Pues seguro que ha sido Fulano, porque se cabreó conmigo cuando le dije que había escupido dentro de su bocadillo”.
—¡¡Aaggg!!  —gritaron Conchi y Mari Ángeles a la vez.
—A ver, a ver —quise saber—, ¿le dijiste que habías escupido en su bocadillo? Pero no sería verdad, claro.
—Sí, sí que lo hice, y solo se lo dije cuando ya se lo había comido.

Mari Ángeles volvió corriendo a Secretaría, huyendo de tanta asquerosidad, mientras gritaba “¡¡¡CERDOS, CERDOS TODOS!!” y Conchi miraba al dueño del estuche como si estuviera viendo a un extraterrestre pariendo.

—¿Sabes lo que te digo? —le dije al alumno— Que eres un guarro y que tienes merecido lo que te ha pasado.

Protestó diciendo que lo había hecho porque el otro le había dicho nosequé y antes le había hecho nosecuántos, pero ya no quise saber nada más  y le ordené que se llevara aquel estuche.

—¡Pero no lo tires en ninguna papelera, tíralo al contenedor de allá afuera!

La jornada transcurrió sin que Conchi y yo pudiéramos olvidar el incidente. Aquel impacto visual siguió siendo nuestro tema de conversación.

—Ay, Juan, es que cada vez que me acuerdo... cuando ha abierto la cremallera y he visto “eso” ahí...
—Es que era lo último que imaginábamos, ¿eh? Un rotulador marrón tan grueso.
—Ayy, calla, calla, no me lo recuerdes... Y encima ese lápiz ahí clavado... ¿Cómo tienen encima el valor de pincharla con un lápiz? ¡¡Qué asco!!
—Mujer, de alguna forma tenía que cazarla.
—¿Cómo?
—Claro, tú imagina cómo ha debido ser. El tío habrá ido al váter a soltar el regalo, y después... pues eso, que tenía que pescar la ballena y lo ha hecho con arpón.

Conchi rompió a reír, y cuanto más reía ella más me esmeraba yo en escenificar lo que debió ocurrir, y cogiendo un lápiz sacaba yo la punta de la lengua y hacía como que me disponía a  pescar la ballena, bien concentrado.
Las risas de Conchi iban en aumento, hasta el punto de que  terminó contagiándome a mí también.

—Pues... sabes lo que te digo... —logró decir entre  carcajadas—  Que esa ballena... ya la pescaría muerta... ¡porque olía muy mal!

Bajó en aquellos momentos César,  profesor de tecnología, a pedir fotocopias y encontró a Conchi sentada en una silla, con las manos en el estómago  y dando golpes con un pie en el suelo, reventando de risa, y a mí en el otro extremo, apoyado en la pared, con las lágrimas corriendo por las mejillas, a carcajada limpia.

Se quedó mirando a uno, después al otro, y exclamó:

—De aquí no me voy yo sin que me contéis el chiste, ¡porque debe ser buenísimo!

Aquello, lejos de calmarnos, empeoró la cosa. Yo señalaba a Conchi e intentaba decir que sí, que el chiste de la ballena era buenísimo, que lo contara ella, y Conchi negaba con la cabeza y solo acertaba a señalarme a mí, como diciendo, “Cuéntaselo tú, cuéntaselo tú”

César  vio que no teníamos el cuerpo para fotocopias y se las hizo él mismo y aún escuchamos como decía “El chiste de la ballena... pues no, creo que no lo he oído nunca”

En fin, que me atrevería a asegurar que fue uno de los días que más me he reído en mi vida.

Seguro que  Conchi diría lo mismo.