29 de septiembre de 2026

ZALACAÍN EN AUSTRALIA: EL EXCEL DE MI BIBLIOTECA

Hace un par de semanas decidí, por fin, ponerme manos a la obra y crear un archivo Excel de mi biblioteca.

Llevaba años pensando en llevarlo a cabo algún día, pero el momento de empezar siempre me daba pereza. Aun así, sabía que tarde o temprano lo haría, porque al mismo tiempo me hacía ilusión.

Y así, un día metí los datos del primer libro, después el de otro, luego otro más… y tacita a tacita, añadiendo libro a libro, lo he terminado recientemente.

El resultado me ha dejado muy satisfecho y ya he podido jubilar a la vieja libreta donde llevaba anotados los registros.

Para tenerlo todo bien ordenado, diseñé una base de datos con las siguientes columnas:

TÍTULO, AUTOR, APELLIDOS DEL AUTOR, AÑO DE PUBLICACIÓN (me interesaba mucho más el año de la primera publicación de cada obra que el de la edición concreta de cada libro) GÉNERO, EDITORIAL, NÚMERO DE PÁGINAS, FECHA DE LECTURA Y UBICACIÓN.

Había calculado que el recuento final estaría entre los 350 y los 400 libros. ¡Qué corto me quedé! Han resultado ser 624. ¡Toma ya! Y de esa montaña, he leído 420. Es decir, que me sigue quedando una buena cantidad de libros que deben estar haciéndome ojitos, esperando su momento.

Con todos estos datos ordenados y a mano en la pantalla, he podido ver con mucha más claridad algunas características y curiosidades de mi biblioteca de las que hasta ahora ni siquiera me había parado a pensar. Por eso, se me ha ocurrido escribir esta entrada.

La idea es jugar un poco con mi propio catálogo y buscar algunos extremos que ahora resultan fáciles de localizar, además de otros datos curiosos.

Os invito a acompañarme en este viaje por las estanterías de mi biblioteca.

He aquí el primer libro que compré con mi propio dinero a los 14 años: Las ratas, de Miguel Delibes, junto al último que he adquirido: Reencuentro, de Fred Uhlman.

El debut fue en la Librería Martín Fierro, en Elda; el más reciente, en una enorme y caótica librería de viejo en Alicante llamada Dante.

Siempre agradeceré a Delibes el impacto que me produjeron El camino y Las ratas, pues, sin duda, aquellas primeras páginas ayudaron a que se fraguara mi amor por seguir descubriendo historias.


En el Excel no he incluido medidas de libros, pero me resulta llamativo el contraste entre el más grande y más pequeño que tengo.

Historias y relatos de mapas, cartas y planos, de Francisca Mattéoli mide 34 x 24,5 cm, y El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco tan solo 12 x 8,5.

Del ejemplar de la Editorial Aguilar necesitaríamos tres portadas de ancho y tres de alto para llegar al libraco de la Editorial Blume.

El más grueso de mi biblioteca es Obras inmortales, de Edgar Allan Poe, con 1643 páginas. El más fino es El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde, con tan solo 58. 
Vamos, que este segundo bien podría ser un espíritu flacucho que se ha escapado de la voluminosa colección de Poe.

Entro ahora en el factor tiempo. 

El patriarca cronológico de mi biblioteca es, sin duda, el Poema de mio Cid (o Cantar de mio Cid), que nos hace retroceder más de 800 años, hacia el 1200. En el extremo opuesto, oliendo aún a tinta fresca, se encuentra Reyes de Ítaca, de Jesús Castro Lago, publicada en 2025.

Da la curiosísima casualidad de que ambas hablan del regreso de un héroe a su hogar después de una larga ausencia, aunque desde perspectivas narrativas muy diferentes.

Los tres primeros títulos del Excel en orden alfabético son 1984, de George Orwell, ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy y A pleno sol, de Patricia Highsmith. 

Tiene gracia que este último se publicara en España con ese título antes de que naciera la famosa adaptación cinematográfica francesa, aunque ahora todo el mundo conozca la novela como El talento de Mr. Ripley, respetando el título original y la conocida versión norteamericana.

Doy un salto ahora hacia los extremos en distancia geográfica.

En mi biblioteca conviven autores repartidos por todo el mapamundi. El punto más remoto lo marca el escritor australiano C.J. Koch, autor de El año que vivimos peligrosamente.

En el polo opuesto (y nunca mejor dicho lo de "polo") se encuentra Pilar Polo Carreres, una entrañable escritora de mi propia tierra, de quien poseo Cuentos yeclanos.

Me encanta saber que puedo pasar de la agitación de la lejana Indonesia a historias con el aroma y el sonido de las calles por las que paseo.

Si me preguntaran cuál ha sido el libro que más me ha emocionado en mi vida, diría sin duda La vida sale al encuentro, de Martín Vigil, que cayó en mis manos de manera casual cuando tenía poco más de veinte años y que consiguió hacerme llorar a mares. 

En el lado opuesto estaría Cuentos sin pluma, de Woody Allen, con el que me he reído a carcajadas y que en ocasiones releo.

En esta foto he querido que se den la mano el realismo y la fantasía.

Por un lado, Embajador en el infierno, de Torcuato Luca de Tena, que narra las terribles vivencias reales del capitán Palacios en los campos de concentración soviéticos.

En el extremo opuesto, cruzando el espejo, se encuentra el maravilloso sinsentido de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.

Es la magia de poder elegir entre sobrevivir a las penurias de un gulag siberiano o tomar el té con un conejo blanco y un sombrerero loco.

Otra imagen para mostrar extremos.

El escritor del que lo he leído casi todo frente a aquel del que solo existe una única gran obra.

Del escritor canario Alberto Vázquez-Figueroa acumulo en mi biblioteca la friolera de 43 novelas, de las que solo me quedan tres pendientes de lectura. Es, con diferencia, el novelista que más he leído.

En el polo opuesto se sitúa La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Representa el ejemplo más radical de esos autores de los que solo poseo un título. Pero en este caso porque no habría podido elegir otro. Toole escribió esta obra maestra a principios de los sesenta, pero tras sufrir el rechazo continuo de las editoriales, se suicidó a los 32 años creyéndose un fracasado. Fue su madre quien, años después, logró que se publicara de forma póstuma en 1980. El libro acabó ganando el premio Pulitzer y convirtiéndose en un mito literario.

Los últimos títulos que aparecen en el Excel: Yo, Claudio, de Robert Graves; Yo, el Rey, de Juan Antonio Vallejo-Nájera y Zalacaín, el aventurero, de Pío Baroja.

Será mejor que vaya acabando, que cuando algo me entretiene me sale mecha para rato.

Cierro con el contraste entre el libro que devoro cada año y aquel que se me resiste por completo.

El volumen que más veces ha pasado por mis manos es Canción de Navidad, de Charles Dickens, una joya que me encanta repasar cuando se acercan estas fiestas y que siempre me hace sentir bien.

En el extremo opuesto se sitúa el Ulises, de James Joyce, una obra que no es que no haya leído nunca, sino que sé con total certeza que JAMÁS leeré.

La compré cuando supe que la habían elegido como la mejor novela escrita en inglés del siglo XX, y dado que de Joyce había leído Dublineses con mucho agrado, la adquirí con ilusión.

Pero pronto me di cuenta de que aquello no era para mí, que no lograba entender NADA. Me interesan las novelas que consigan contarme algo y hacerme entrar en ellas sin necesitar un manual de instrucciones.

Ay, señor Joyce, un poquito de compasión hacia los lectores, por favor, que los experimentos se hacen con gaseosa. Y al querido señor Borges, otro tanto de lo mismo. Cuéntenme la historia que quieran, ¡pero no con cábalas astronómicas de otros planetas!

Me despido con un dato curioso. El año en que más libros leí fue 1992, con un total de veinticinco volúmenes, mientras que  2009 quedó con un rotundo cero patatero. Pero, ¿¡qué me pasó aquel año!?

31 de agosto de 2026

CIENCIA FRICCIÓN

El anciano del sector 12 cumplía ciento cincuenta años al día siguiente.

Su nieto recibió el recordatorio en el retinal y aquella misma tarde fue a visitarlo.

Encontró a su abuelo jugando al ajedrez con un holograma, inclinado sobre el tablero, siguiendo con atención el movimiento de las piezas. La estancia era blanca y diáfana, con las paredes desnudas y semitransparentes y un par de humidificadores flotando en el aire.

Cuando advirtió la presencia de su visitante, levantó la cabeza y dejó que el holograma continuara pensando.

—Qué tal, abu. ¿Ilusionado por el aniversario de mañana?

—No creo que más que tú. En realidad… me da bastante igual.

—¡Venga! ¡Que no se cumplen ciento cincuenta años todos los días!

—Ni ciento cuarenta y nueve tampoco —replicó el anciano con desgana—. Es sólo uno más.

Su nieto sonrió y se sentó en un extremo de la mesa.

—Bueno, pues dime algo que te haga ilusión que te regale.

El viejo permaneció pensativo unos segundos. De repente se le iluminó la mirada.

—Mira. Sí hay algo en lo que llevo pensando desde hace mucho tiempo.

—¿Ah, sí?

—Se lo comenté a tu padre, pero no me hizo mucho caso.

—¿Y qué es?

—¿Me comprarías una lata de carne de mamut?

Su nieto tardó unos segundos en contestar.

—¿De mamut?

—De mamut.

—¿Todavía se vende?

—No. En comercios hace mucho que ya no. Pero me han dicho que aún se pueden encontrar algunas latas por ahí.

—¿Y para qué quieres una lata de mamut?

—Quiero tener una.

—¿Para comértela?

—No, hombre. Es solo… que quiero recordar.

Con un gesto, señaló la consola de consulta que había junto al tablero y se levantó para situarse a la espalda de su nieto.

El joven tecleó el producto en el catálogo general. No lo encontró entre los alimentos. Tuvo que acceder a catálogos más especializados.

Las conservas de mamut habían sido una moda durante los primeros años de la recuperación de la especie, cuando la humanidad todavía celebraba con entusiasmo haber conseguido devolver a la Tierra al último gran animal desaparecido miles de años atrás.

Pero los mamuts no sobrevivieron mucho tiempo a su resurrección. El hecho de que resultara difícil mantener poblaciones estables, unido a una serie de enfermedades que se extendieron entre los ejemplares, acabó provocando su segunda y definitiva extinción.

La carne de mamut había dejado de venderse hacía décadas, pero todavía quedaban algunas latas sin abrir.

El rastreador mostró tres resultados. El primero estaba agotado. El segundo procedía de una colección privada.

El tercero estaba disponible.

 

MAMMOTH — GAMMA  

CONSERVA TRADICIONAL

Pierna de mamut lanudo. 400 g.

Elaboración: 2193.

ÚLTIMAS UNIDADES.

 

Amplió la imagen.

—Aquí hay una.

—¿Pone la fecha?

—Elaboración: 2193.

—¡Esa!

—¿Cómo sabes que es esa?

El anciano sonrió con nostalgia y se incorporó.

 —¿Que cómo lo sé? —volvió cojeando a su silla ante el holograma, que ya había movido su pieza y aguardaba la respuesta— Pues porque yo estaba allí.

—¿Dónde?

—En Gamma.

—¿Trabajabas allí?

El anciano negó con la cabeza.

—Esperaba.

—¿Esperabas qué?

—Mi turno.

El nieto lo miró inquisitivo.

—Esa es una de las que confeccionaron con nosotros.

—¿«Nosotros»?

—Los mamuts.

Su descendiente permaneció inmóvil, mirándolo.

—Abuelo...

—No te preocupes. Ya no pueden hacerme nada.



3 de julio de 2026

MAYORIA DE EDAD CON 600

Me pregunto qué se os habrá pasado por la cabeza al leer el título.

¿Mayoría de edad con 600? ¿Qué significará eso?

Antes de seguir leyendo, deteneos un momento para pensar a qué me puedo referir.

¿Lo habéis deducido ya?

Efectivamente, la explicación es sencilla: hoy este rincón de internet cumple dieciocho años. Y, además, esta es la entrada número seiscientos.

¡¡Toma ya!!

Lo curioso es que hacía ya muchos años que no me detenía a celebrar el aniversario del blog, pero, desde luego, dos cifras tan llamativas merecían un pequeño alto en el camino.

Hubo un tiempo en que esta fecha era ineludible y preparaba una entrada especial para ese buen puñado de lectores que siempre encontraban un rato para dejar un comentario y que me seguían el juego ante cualquier idea que les propusiera, por loca que fuera.

Eran los años en los que los blogs vivían su edad dorada.

Lo recuerdo con un cariño inmenso.

El tiempo, naturalmente, ha ido cambiando las cosas.

Las redes sociales fueron ocupando el espacio de aquellos blogs y, poco a poco, fueron cerrando sus puertas.

Este, aunque con un pulso mucho más tranquilo, ha seguido dando sus pasitos.

A la edad del diablo empezó a caminar sin que supiera yo muy bien qué pretendía hacer con él.

Con el tiempo se convirtió en ese rincón personal que fui llenando de recuerdos familiares, de samueladas y aitanerías, de anécdotas cotidianas, de fotografías, de dibujos, de pasatiempos y juegos de todo tipo.

De pequeñas historias, de ocurrencias absurdas...

De reflexiones sobre libros, cine...

De exposiciones de álbumes de cromos, de discos, de tebeos...

De mis viajes, de mis trabajos...

En fin, de cualquier tema que se me pasara por la cabeza y considerara digno de ser escrito.

Incluso he llegado a mantener conversaciones con el propio Diablo Jefe.

Y con un espíritu ruso, Madame Parrus, que, os aseguro, lleva años apoderándose de mí.

A la edad del diablo es un escaparate de todo aquello que me apasiona, me entretiene, me llama la atención o simplemente me apetece dejar por escrito para compartirlo.

Confieso que, de vez en cuando, me asalta una idea.

Pienso que quizá ha llegado el momento de ponerle un punto final.

Que ya no tiene demasiado sentido seguir escribiendo cuando apenas quedan lectores.

Que, al fin y al cabo, nada dura eternamente.

Pero siempre termino llegando a la misma conclusión.

Escribo porque me gusta escribir.

Lo he hecho desde mucho antes de abrir este blog y, probablemente, seguiré haciéndolo mientras conserve las ganas de contar cosas.

Los lectores siempre fueron un regalo, y los comentarios, una alegría inmensa, pero la razón de fondo nunca ha cambiado.

Disfruto dejando constancia de pequeños momentos, de recuerdos, de ocurrencias y de todo aquello que, por un motivo u otro, creo que merece la pena dejar aquí.

Y me gusta pensar que alguien lo terminará leyendo.

Tarde o temprano.

Dieciocho años...

Seiscientas entradas...

A todos los lectores, los de ayer, los de hoy, los de siempre y algún otro que casualmente pasará por aquí:

¡¡MILLONES DE GRACIAS!!




15 de junio de 2026

CÓCTEL DE ESTRELLAS CON RIMA, LIMA Y GROSELLAS

Supongamos que suponemos un suponer.

Retrocedamos a aquellos años en que Penélope Cruz y Tom Cruise fueron pareja.

¡Míralos ellos!

Luego se separaron, pero el suponiendo es que no, que hubieran seguido juntos y llegaran a tener un hijo.

¿Cómo lo habrían llamado?

Haciendo un pequeño esfuerzo de concentración puedo ver que su nombre sería… Chris.

Chris sería perfecto para estar presente cuando el profesor pasara lista en clase:

—Chris Cruise Cruz.

Sonoridad cristalina y crujiente. Aunque al principio toda la clase pensaría que el maestro se había atascado leyendo.

Y tiempo después, en algún domingo de elecciones, el presidente de la mesa electoral leería en el DNI:

—Cruise… Cruz… Chris.

Maravilloso. Es el sonido de un ratoncillo de cuento rosigando una galleta.

***

Otra supología, que tiene mucho de supografía, la veo claramente en una pareja muy cinéfila y muy culta que acaban de cenar.

Uno de ellos le muestra al otro dos carátulas de DVD con los títulos: La reina del espacio exterior, con Zsa Zsa Gabor y Sissí, la joven emperatriz, de Romy Schneider.

La pregunta es obvia:

—¿Qué ponemos esta noche, una de Zsa Zsa o una de Sissi? De Sissí, ¿no?

—No, no, de Sissí no, la de Zsa Zsa.

—¿La de Zsa Zsa?

—La de Zsa Zsa, sí.

—¿No te apetece la de Sissi? Esos palacios, esos carruajes, esos vestidos… ¡Que Sissi fue emperatriz de Austria! ¡Y reina de Hungría!

—Anda, majo, y la Zsa Zsa fue la mayor belleza de Miss Hungría en 1936 (este es un dato que he encontrado en Wikipedia que desconocía, pero ya he dicho que esta pareja sabía mucho de cine y de estrellas y de todo).

—¿Entonces la de Zsa Zsa?

—Bueno, si tanto te apetece la de Sissí…

—¡Sí, sí, la de Sissí!


Todas estas extraordinarias tonterías se me ocurrieron un día en que me entretuve buscando actores y actrices con la intención de construir un poema a base de rimas con sus nombres.

La idea inicial era emparejar hombres y mujeres y encontré algunas que encajaban perfectamente, como Michael Caine y Shirley MacLaine, o Sharon Stone y Sylvester Stallone.

Pero pronto descubrí que no era tan sencillo como parecía y que tendría que ser menos estricto y alternar parejas mixtas con parejas de hombres o de mujeres, porque lo verdaderamente importante era conservar la rima.

Así fueron apareciendo combinaciones tan dispares como Maureen O’Hara y Sofía Vergara, o James Dean y Charlie Sheen.

Como la lista final quedó bastante maja y no puedo parar quieto, se me ocurrió convertirla en canción. 

Le añadí una intro, le puse un par de puentes… y lo rematé todo con un video que queda pintiparado para la nueva entrada.

Os lo presento a continuación, esperando que os guste.


PD.- Si algún día hiciera otra canción, tengo claro que el estribillo diría algo como:

 Es Chris Cruise Cruz

Es Cruise Cruz, Chris

¿Zsa Zsa Gabor?

¡Mejor Sissí!

¿Mejor Sissí? No seas chota.

Sí, Cruise Cruz, Chris.

Perfecto ¡VOTA! 

28 de mayo de 2026

NO PREPARADO

Pascual llevaba varias horas estudiando.

Sobre la mesa se amontonaban libros abiertos, apuntes garabateados, bolas de papel arrugado y tres tazas con posos de café, como rotondas en un perfecto caos arquitectónico.

Impulsó la silla hacia atrás con los pies, abrió el cajón y revolvió entre los folios, lápices y cajas de grapas en busca de un analgésico. Dio con una pastilla suelta al fondo, sin blíster ni nombre, y se la llevó a la boca sin pensar.

Durante los siguientes minutos sintió un calor creciente que le subía por la nuca.

Entonces la mesa se inclinó hacia un lado.

Ocurrió de repente, como si una pata se hubiera quebrado de golpe, y Pascual sujetó todos los libros con ambas manos para que no cayeran. De improviso, la mesa fue volviendo a su horizontalidad.

«Tengo que descansar un poco», pensó.

Se echó sobre la cama y se quedó mirando al techo.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que su habitación era triangular, no cuadrada como siempre había pensado. De hecho, podía ver claramente, casi al alcance de la mano, las longitudes de los tres lados, “a”, “b” y “c”.

Parpadeó varias veces, pero las anotaciones en rojo sobre el techo seguían allí.

«¿Cuándo escribí todo eso?»

Tuvo intención de levantarse para mirar más de cerca unas ecuaciones que parecían latir sobre la pared, pero no consiguió incorporarse. Sin embargo, las piernas empezaron a flotar y se abrieron como una L, convirtiéndose en catetos. Pascual se apresuró a mover un brazo para trazar la hipotenusa. Arañaba el aire, pero no conseguía dibujarla.

Se concentró entonces para darse un impulso y logró rodar sobre la cama hasta caer al suelo.

Se hundió en agua espesa.

Flotaba y se hundía al mismo tiempo, sin llegar a entender si él era el responsable de cada ascenso y descenso o dependía de otras fuerzas.

«Igual al peso del agua que desplazo», pensó mientras daba una brazada hacia la silla.

Pero al tocarla se hundió de inmediato y las ondas empujaron a Pascual, desplazándolo hacia las profundidades nunca exploradas que había bajo la mesa.

¿Era realmente una mesa? No quedaba rastro de madera, sino una extensión de roca húmeda.

Viajó a través de una cueva profunda con un techo tan alto que se perdía en la oscuridad.

Cuando por fin se detuvo apareció un fuego que proyectaba sombras en la pared. Todo lo que ocurría fuera de su campo de visión se filtraba como formas borrosas.

Miró y tocó las cadenas que le rodeaban los tobillos. Intentó moverse, pero no consiguió salir del alcance de la luz. Lo único que veía con claridad eran sombras que pasaban ante él.

«¿Qué habrá más allá del fuego? ¿Y si hay algo que no alcanzo a ver?».

El fuego se apagó en el instante en que amanecía.  

 

El agua de la ducha lo despejó por completo, pero notaba un regusto a medicamento en la boca.

Pascual salió a la calle con la desagradable sensación de que no iba preparado para los exámenes.

Aun así, todos —Matemáticas, Física y Filosofía— le salieron mejor de lo que pensaba.

  


Dedicado especialmente a mi amiga Ángeles, mi antítesis luminosa.

Tal vez este Pascual sea el Pascualito de tus cuentos, 

pero no me atrevo a asegurarlo.



28 de abril de 2026

CANTANDO CON MI ABUELA

Durante muchos, muchísimos años, en la casa de campo de Petrel guardamos un magnetofón que no funcionaba.


Estaba en la caseta donde mi madre tiene la máquina de coser, olvidado en un armario abarrotado de carpetas y papeles de esos que se guardan “por si acaso”, y que terminan hundiéndose en la caducidad más profunda.

Cada vez que alguna búsqueda azarosa me llevaba a toparme con él, me quedaba un momento admirando aquella máquina antediluviana y preguntándome si habría algo grabado en su interior. Pero terminaba por cerrar el armario, y el aparato volvía a quedarse allí, sin ver la luz, como sarcófago de faraón.

Eso sí, fueron tantas las veces que comenté a mis padres que tenía mucha curiosidad por saber si en aquel magnetofón habría algo interesante, que el día en que se presentó la oportunidad de que alguien nos pasara la bobina a cinta de casete se lo entregaron sin dudar.

De aquel rescate se volvió a traer al presente una grabación familiar en casa de los abuelos de Elda, en su mayoría caótica y confusa, en la que se oía a mucha gente reír y cantar.

Hace tantos años que la escuché que ahora quiero repasarla de nuevo, porque apenas la recuerdo y porque es posible que Fran —que se acuerda hasta de cuando nací yo— me ayude a reconocer voces de nuestros abuelos y tíos.

Algún detalle escuchado me debió dar la pista del año, pues le puse el rótulo de ELDA. Navidades 1964.

En una de esas grabaciones se oye cantar a mi abuela Paquita, de la que tantas veces he hablado aquí en el blog, ¡y aparece incluso a su madre, mi bisabuela Concha!

Un día se me ocurrió hacer un montaje de audio e intercalar mi voz en esa canción.

El resultado se quedó ahí, para mí solo, pero ahora me apetece mucho compartirlo con vosotros y hacerla revivir una vez más.

Al escucharla resulta curioso pensar que ella grabase aquello dos años antes de nacer yo, y que yo decidiera acompañarla años después de morir ella.



Pero siempre que la escucho siento que se desvanecen las distancias del tiempo y se convierte en un dúo que cantamos muy juntos,  ella y yo, aquí y ahora.