31 de mayo de 2024

PASANDO REVISTA AL PASADO


-Voy a intentar vender las revistas en Wallapop - me dijo mi amigo Juan Luís.

Y entonces supe que, antes de que desapareciera ese tesoro de Tutankamón que guarda en su casa, era absolutamente necesario ir a echarle un vistazo.
Era algo que tenía previsto hacer desde hace muchos años, pero el tiempo va pasando (hoy más que nunca lo vamos a comprobar con documentos gráficos) y no me había decidido a llevar a cabo lo que tanto me apetecía. 
Hasta que por fin lo hice.

La madre de Juan Luis fue durante años una gran lectora de la prensa del corazón, especialmente de la revista HOLA y él me había comentado muchas veces que tenía ejemplares dignos de ver. 
No sólo estaba yo seguro de eso, sino que pensé que sería interesante compartirlo algún día con los lectores del blog. 
Ese momento ha llegado.

Un domingo por la mañana salí de Yecla hacia El Campello. Llegué a su casa y él ya tenia preparados los archivadores sobre la mesa. La mitad de ellos eran de revistas en blanco y negro, algunas de los años 40 y 50 y una gran mayoría de los 60, con unas portada que parecían pintadas con un azulete desvaído y unas páginas grisáceas que más que de papel parecían estar hechas con el polvo de los tiempos, prensado con tinta de calamares prehistóricos. 

 La otra mitad era de revistas de los 60 con portadas en color, aunque en su interior eran más las páginas en blanco y negro que las de brillante colorido. Supongo que aquellos eran tiempos en los que había que abaratar costes.

La cosa fue divertida porque decidimos agruparlas por temas según las personalidades de sus portadas y yo iba fotografiando las que más me llamaban la atención.


Así que fuimos haciendo montones con actores, actrices, aristócratas, príncipes, reyes y hasta papas de Roma.

Sí hubiera que hacer un ranking de portadas más habituales, en los primeros puestos estaría sin duda  la familia Grimaldi.

Y es que eso de que una bella actriz de Hollywood terminara siendo princesa de Mónaco siempre fue una romántica historia que más parecía de cuento de hadas que de pura realidad.

También había muchas portadas dedicadas a Farah Diba, que sería reina consorte de Irán al casarse con el sah de Persia. Recuerdo que siendo niño me llamaba la atención esta mujer, especialmente porque su nombre se parecía al de mi admirada Farrah.
Naturalmente, muy a menudo, aparecían primeros planos de las bellezas del momento, como Claudia Cardinale, Brigitte Bardott, Catherine Deneuve o Sofía Loren.




Si hay algo que caracteriza a la revista HOLA es su interés en hacer reportajes sobre la vida de celebridades internacionales y miembros de la realeza. ¿Una boda de alto copete? Allí está HOLA. 
Y con los nacimientos y seguimiento de sus proles, idem de lo mismo.


Si tuviera que resaltar una portada por su peso histórico, enorme como de aquí a la luna, sería esta de julio de 1969.

Me fui de casa de mi amigo con la sensación de haber sido parte del pasado durante horas. Tantas fotografías de la gente y la vida de hace varias décadas, que en su gran mayoría han dejado de existir, me dejó una sensación extraña. Aquellos acontecimientos quedaron plasmados en las revistas, congelados en el tiempo.  Y allí seguían aquellas sonrisas cuando cayó el muro de Berlín, cuando se disolvió la URSS, cuando se inventó internet, cuando se desplomaron las Torres Gemelas, cuando nos encerramos en la pandemia...
Y allí continuarán sin llegar nunca a decir ADIÓS.



30 de abril de 2024

DOS MIL CASAS VACÍAS

El año que viene cumpliré 25 años como yeclano.

Ahora que lo veo escrito creo que he de repasar bien los calendarios, porque me cuesta creer que esté a punto de completar un cuarto de siglo viviendo aquí. (¿¿En serio?? ¡Cuenta bien, hombre, cuenta bien!)

A pesar de todo este tiempo, no me atrevo a decir que sea yo un yeclano de pura cepa, pero sí me considero un aspirante a puracepista y me declaro un completo enamorado de esta ciudad.

Siempre recibo con agrado cualquier testimonio que de su Historia me quieran contar, y me gusta presumir de Yecla cada vez que tengo ocasión.

Hace poco leí un artículo sobre todas las construcciones que se han ido deteriorando con el tiempo, y de aquellas que en sus reformas no han quedado muy bien paradas. De esto ya me había percatado yo, y siento siempre una mezcla de rabia y pena cuando observo que no se cuidan y hasta se dejan perder lugares emblemáticos de la ciudad que tienen tanta historia que merecerían un reconocimiento perpetuo.

Y saltando de más información por aquí y otros datos por allá, leí que Yecla tiene más de dos mil casas vacías. ¡Más de dos mil!

Y entonces, dado que desde siempre he sentido una irresistible atracción por las casas abandonadas, me fueron asaltando más de dos mil preguntas.

¿Estarán todas cerradas a cal y canto?

¿Dónde estarán ahora mismo las dos mil llaves que las abren?

¿Qué fue de sus dueños?

¿Cuál será la casa que más tiempo lleva sin ser visitada?

¿Cuál será la más misteriosa?

¿Cuántas tendrán todavía objetos de valor en su interior?

¿Habrá alguna con biblioteca petrificada?

Desde que conozco este dato voy observando con más atención las casas de las calles que transito y, verdaderamente, hay muchísimas que parecen decirme: “¿Y tú te sorprendes de ese cuarto de siglo en Yecla? Si supieras el tiempo que llevo yo aquí olvidada…”

Y sí, lo reconozco, daría lo que fuera por entrar a curiosear por todas y cada una de ellas. Y saludarlas, y admirarlas, e imaginar sus historias…

Casi escucho el crujir de las bisagras de sus entradas, tras empujar con fuerza esos portones que el flujo del tiempo se ha encargado de sellar como losas.

Veo el polvo, que se presenta tan inmaculado como en el Mar de la Tranquilidad. Está en las baldosas del zaguán, en las escaleras, en las superficies de todos los muebles…

Imagino tantas telarañas como para hilar el gran manto del tiempo que cubre los recuerdos.

Hay algo común en todas las casas abandonadas.  No importa si la vivienda está en el centro de la ciudad o apartada en el campo; si los techos son de escayola o dejan ver el cielo abierto; si está muy deteriorada o todavía conserva un aspecto decente. En todas se detiene el tiempo en el mismo instante en que te introduces en ellas. De hecho, deja de existir.

Y los sonidos se vuelven fugaces. Y llegan hasta ti con un eco especial. El de tus propios pasos, el ligero retemblar de las persianas que mueve el viento, los crujidos de maderas viejas, una gotera en algún lugar, el vuelo de un moscardón desorientado…

No, no hay emociones comparables a las de caminar por una casa abandonada. Ni mejor laxante.

Si yo pudiera entrar a las dos mil casas abandonadas…

Y si pudiera hacer un inventario tanto de objetos físicos como de sensaciones personales, con seguridad escribiría la más bella y sombría Enciclopedia del abandono.

Y expresaría mi absoluta fascinación ante libros y revistas que duermen en polvorosas estanterías.

Los cosquilleos de emoción ante cartas y fotografías olvidadas en algún cajón.

Esa melancólica nostalgia al descubrir juguetes antiguos.

La fascinación al observar la tenue luz que se filtra entre las viejas persianas, que descubre la sempiterna belleza de lo decadente.

Y un repelús no exento de macabra atracción al encontrar cucarachas disecadas o ratones momificados.

He fotografiado algunas puertas de casas de Yecla que llevan muchos años cerradas. Y os aseguro que les he susurrado que mantengan todas las maravillas que guarden en su interior para el día en que me permitan visitarlas. 

Les he dicho que, de momento, sólo puedo hacerlo con la imaginación.  









28 de marzo de 2024

PON UN ROBOT EN TU VIDA

 Sin duda el origen de la vida es uno de los grandes misterios de la misma que muchos científicos han estado tratando de comprender durante toda su ídem.

Sin embargo, el otro día yo mismo fui capaz de crear vida mientras ordenaba la caja de herramientas.

Así de simple.

Dos arandelas estaban casualmente posadas sobre un conector de mangueras y vi claramente unos ojos que me decían: “Sé que me has visto como yo a ti. Anda, haz algo bonito conmigo y déjame que entre en tu vida”

Me enterneció esa mirada y un repentino interés me impulsó a terminar ese prototipo de androide que había estado durmiendo allí dentro sin yo saberlo.

Os presento a Punky 16.

Se llama Punky por su peinado, realizado con 6 tornillos. Y el 16 es el número de piezas con las que está hecho.

Me costó mucho que mantuviera el equilibrio (algo normal en todo neonato) hasta que pude solucionarlo poniéndole unos zapatos muy baratos: dos monedas de céntimo.

Estoy contento con el resultado; Punky 16 es un robotillo entrañable que luce contento allá donde lo coloque.

Me gusta imaginar que en un futuro más o menos próximo pueda añadirle un chip de inteligencia artificial para poder hablar con él.

Como si lo viera…

-Punky, dime la lista de los reyes godos.

-Claro, JuanRa, ahí va: Alarico, Ataúlfo, Sigérico, Walia, Teodorico…

 

No, no ¡un momento!, puestos a imaginar, el chip será de verdadera inteligencia.

-Punky, dime la lista de los reyes godos.

-Te permito la familiaridad de llamarme Punky, pero sabes que mi nombre es Punky 16.

-Por supuesto, por supuesto.

-¿Y te interesa de verdad que te diga la lista de los reyes godos o lo haces por comprobar que funciono bien? Porque demasiado aleatoria y caprichosa veo yo esa pregunta.

-Bueno, lo reconozco, me aburro y quiero preguntarte cosas.

-En ese caso, accedo: Alarico, Ataúlfo, Sigérico, Walia, Teodorico…

-Perfecto, Punky 16. Ahora me gustaría escuchar “In the army now

-¿La versión de Status Quo? ¿O prefieres que la interprete yo a mi estilo?

-¡Pero cómo! ¿Serías capaz de algo así?

-La duda ofende, JuanRa. Escucha…

 

Y Punky 16 resultará ser un músico excelente.

 

-Oye, Punky 16, ¿cómo se llamaba el libro que…

- El laberinto de las arandelas.

-¿¿Cómo has sabido lo que te iba a preguntar??

-Porque te conozco como si te hubiera parido.

 

Ahora que lo pienso, no sé si sería tan atractivo que fuera tan inteligente. A ver si al final le iba a coger miedo…

De momento me lo quedo así, callado y con esa carilla de saber más que los ratones coloraos.

O que los engranajes dentaos, que le va mejor.


 

29 de febrero de 2024

UN CUENTECILLO REPELENTE

 


-Papi, ¿por qué no me cuentas de nuevo el cuento con el que me sueles deleitar?

- ¿El del pequeño ánade antiestético?

 - No, el de la Cicadidae y la Formicidae.

-Ah, la insigne fábula. De acuerdo; procedo entonces. Era la estación estival, durante la cual las condiciones climáticas propiciaban la actividad intensiva de los artrópodos. Y en ese hábitat compartido, la Cigarra y la Hormiga se encontraban...

-Pero, papi, no las menciones como Cigarra y Hormiga. Yo prefiero la Cicadidae y la Formicidae.

-Mas de sobra sabes que también tienen sus nombres vulgares, ¿verdad?

-Afirmativo. Y sé que a las cigarras también se las conoce como chicharras, chiquilichis, cocoras, coyoyos, tococos, campaneros y totorrones.

-Me congratula saber que no lo has olvidado.

-Reanuda el relato.

-Prosigo, pues. La Cicadidae se dedicaba a la emisión de sonidos a través de su aparato estridulatorio, generando patrones acústicos que cumplían funciones comunicativas y reproductivas. Mientras tanto, la Formicidae, en este caso taxonómicamente asignada al género Camponotus, se entregaba diligente a la recolección y almacenamiento de recursos, desplegando comportamientos sociales altamente organizados.

-Cuán dispares sus actividades, ¿verdad, papi?

- Así es. La laboriosidad y disciplina de las Camponotus se manifestaba en la construcción y mantenimiento de complejas estructuras en el subsuelo, así como en la búsqueda eficiente de fuentes alimenticias.

En el transcurso de la estación cálida, la Cicadidae, seducida por la melodía de su propia creación y confiando en la abundancia estacional, optó por desatender la provisión de recursos para el futuro. Mientras tanto, la Formicidae, abocada a una planificación meticulosa y una gestión prudente de sus actividades, dedicó tiempo y energía al acopio de alimentos y la fortificación del nido. Ni que decir tiene que la Cicadidae, en su éxtasis musical, menospreciaba las labores cotidianas de su atareada compañera.

-Papi, ¿por qué te has referido con anterioridad a la Formicidae como Camponotus? Podría tratarse también de una Solenopsis. ¿O me engaño?

-No andas desencaminado, hijo mío, aunque las Solenopsis son las hormigas coloradas u hormigas de fuego, un género de hormigas picadoras, y en mi opinión tal condición no parece encajar en las bondades de un cuento para niños.

-Comprendo. Puedes proseguir.

-A medida que los días avanzaban y la estación estival llegaba a su fin, las circunstancias tomaron un giro inesperado. Las condiciones climáticas cambiaron, dando paso a una estación fría y desafiante. La Cicadidae, desprovista de reservas sustanciales, se encontró en una situación precaria, incapaz de obtener recursos para su subsistencia inmediata.

 En contraste, la Formicidae, previsora y metódica, contaba con reservas significativas que le permitieron afrontar sin contratiempos los desafíos impuestos por la temporada invernal. Su diligencia y planificación fueron la clave para superar las previstas adversidades.

-Ahora es cuando llega el dramático desenlace, ¿verdad, papi?

- Efectivamente. El insecto cantor había ignorado siempre las miradas juiciosas y los sabios consejos del social himenóptero y ahora desfallecía de hipotermia e inanición. 

“Camponotita de mi vida”, le decía suplicando cobijo y sustento, “¡Ayúdame a no sucumbir!” “Ah, insensata musiquera…

-Jajajaja ¡Musiquera! ¡Qué palabra tan vulgar!

-Ah, insensata musiquera -respondía la otra sin compasión desde su refugio subterráneo- Convencida estabas de que el ritmo estridente de tus cantos sería suficiente para sobrevivir. Ya ves que la planificación y el trabajo duro tienen una gratificante recompensa cuando el invierno nos sorprende.

- ¿Sabes, papi? Me ha entrado hambre.

-¿Vamos a la biblioteca entonces?

-¡Sí, con presteza!

-¿Qué cenaste anoche?

-Los primeros capítulos de un ensayo de semántica contrastada. Y de postre unos poemas de Garcilaso.

-¡Admirable elección!  Yo me quedé plenamente satisfecho con el Naturalis Historia.

-¡Léxicos, papi! ¡Qué apetito voraz me invade!

28 de enero de 2024

MICROLENTEJAS

Yo no soy.

Yo no existo.

Por eso no me aparezco.

Los demás fantasmas dicen que soy un inútil,

pero cada uno es como es.

O sea, como no es.


M*I*C*R*O*L*E*N*T*E*J*A*S


¿Qué te parece si yo salgo de mi casa y tú de la tuya y nos encontramos en el camino? ¡VENGA! ¡VENGA! ¿camino el en encontramos nos y tuya la de tú y casa mi de salgo yo si parece te Qué?


M*I*C*R*O*L*E*N*T*E*J*A*S


Las sirenas se presentaron al concurso de canto. 

En el jurado de la gran final estaba Ulises.

Ganó la afónica.


M*I*C*R*O*L*E*N*T*E*J*A*S


El pistolero desenfundó primero.

El astronauta salió disparado por el espacio.


M*I*C*R*O*L*E*N*T*E*J*A*S


Era un coto de caza libre de zarzas, con agua en los pozos.

Se dejaba volar a las garzas, se abatía con gozo a los corzos.


M*I*C*R*O*L*E*N*T*E*J*A*S

 

- Si supieras qué sueño tengo…

- ¿Qué sueño tienes?

- …

(¿En serio se ha dormido?)


M*I*C*R*O*L*E*N*T*E*J*A*S


- ¡Qué vieja eres! – le dijo la mariposa a la tortuga.

-Eso no me lo dices dentro de unos días.

-¿Crees que no me atreveré?

-Ni siquiera serás capaz.


M*I*C*R*O*L*E*N*T*E*J*A*S


Todas las entradas se agotaron pronto.

Las salidas estaban más en forma.


M*I*C*R*O*L*E*N*T*E*J*A*S


SE VENDE CESTA DE LA COMPRA.


M*I*C*R*O*L*E*N*T*E*J*A*S


Fue un descuido muy breve en el que la gravedad quedó sin vigilancia.

Aquel fue el momento que esperaba la luna para escapar.


24 de diciembre de 2023

VOLVER A NACER

 


Cierro los ojos y pienso en la vida, ese crisol de luz y color, ese torrente de sensaciones en continuo fluir. 

Aspiro hondo y siento la vida, con sus amaneceres y puestas de sol y con todo lo que conlleva su día a día:  anhelos, gozos, temores, desalientos, lágrimas, risas… 

Vivir es algo que damos por sentado, tanto que ni siquiera nos paramos a meditar en lo que supone estar vivo. 

Pero esa vida preciada y preciosa podría desaparecer en un segundo. 

O cambiar nuestra existencia por completo y para siempre. 

El pasado 23 de febrero terminé mi jornada laboral sobre las ocho de la tarde. Como cada día.

Subí al coche y conduje en dirección a casa. 

Ya había anochecido. 

Iba escuchando un podcast sobre la Historia de España, algo a lo que me he aficionado últimamente. 

Había dejado atrás la ciudad de Villena y, después de sobrepasar el único tramo con curvas de la carretera, me fui aproximando a la última, la que da paso al largo y recto recorrido que lleva a Yecla. 

De esa curva surgieron dos luces que me enfocaron directamente. 

No hubo tiempo a reaccionar porque ni siquiera hubo tiempo a darme cuenta de que un vehículo había tomado mal esa curva y estaba invadiendo mi carril. 

Aquel lugar. Aquel segundo.

Fue una sacudida violenta, tan repentina que me costó procesar lo que estaba ocurriendo. La línea del horizonte se perdió ante mis ojos y acto seguido el sonido de otro fuerte impacto, el de mi coche al sobrevolar el guardarraíl y caer de costado fuera de la carretera a un nivel inferior.

Han pasado varios meses desde el accidente, pero tengo grabadas las imágenes y los sonidos de esos primeros instantes como si hubieran sucedido ayer mismo.

Recuerdo el creciente ahogo al no poder respirar. Sin ninguna duda el cinturón de seguridad me había salvado la vida, pero también me había sacudido el pecho de tal manera que no conseguía que el aire entrara en los pulmones.  Fueron unos segundos horribles. 

Mi primer impulso fue salir del coche y tanteé en la semioscuridad buscando la manivela para abrir la puerta, sobre la que mi cuerpo se apoyaba, pero estaba rota y los airbags desplegados lo cubrían todo. Unas gotas calientes me caían sobre las manos. La nariz me sangraba.

Vi el volante y en un acto reflejo empecé a tocar el claxon. Necesitaba que alguien supiera que yo estaba allí. 

Al cuarto o quinto pitido el sonido se desinfló, pues la batería también había dejado de funcionar, pero en algún lugar por encima de mí empecé a ver luces de coches que se detenían, y me llegaron sonidos de voces, algo que sin duda me tranquilizó.

Me sentía tremendamente incómodo e hice el intento de cambiar de postura, pero entonces me di cuenta de que no era capaz de mover las piernas y tuve unos instantes de pánico, aunque, por lo que alcanzaba a ver, no estaban aprisionadas.

Escuché el sonido de unos pasos que se acercaban y   enseguida la voz de una mujer con acento latinoamericano que me dijo que no me preocupara, que ya habían pedido ayuda. No voy a olvidar jamás la tranquilidad que logró transmitirme aquella mujer con sus palabras.  Le pedí que me diera la mano y lo hizo sin dejar de darme ánimos y de rezar.

No sabría calcular el tiempo que pasó hasta que me sacaron de allí, pero las ambulancias no tardaron mucho en llegar.  Recuerdo que supe mantener la calma a pesar de que la postura del cuerpo echado sobre la puerta me resultaba cada vez más incómoda y dolorosa. Todavía no sabía que me había roto una costilla. 

“¿Puede usted respirar bien?” fue lo primero que me dijo un bombero al aproximarse al coche, y al responderle que sí, me explicó que iban a dar prioridad a la mujer que había chocado conmigo. Poco después me llegaban desde la distancia sus gritos de dolor.   

No puedo más que maravillarme ante la profesionalidad mostrada por toda aquella gente al sacarme del coche llegado el momento. Cortaron con toda celeridad la puerta y me pasaron con sumo cuidado a una camilla, para trasladarme inmediatamente a la ambulancia. Durante el trayecto no dejaban de hacerme preguntas y de tranquilizarme.  Empecé a sentir frío, pero me sentía reconfortado al saber que estaba a salvo con todas aquellas personas atendiéndome. 

Había una luz muy blanca en aquel vehículo. Un médico empezó a cortarme los pantalones con unas tijeras y oí como decía “fractura exterior.” No quise mirar, pero tuve claro que me había roto algún hueso. Cuando iban a retirar mi pantalón recordé que llevaba el móvil en un bolsillo y pedí que me lo dieran para llamar a mi mujer. Se ofrecieron a llamarla ellos, pero preferí que oyera mi voz. El susto iba a ser grande igualmente, pero mucho más llevadero si me escuchaba decirle que estaba bien.

Antes de llevarme al hospital me inyectaron morfina y con el previo aviso de “esto le va doler un poco” procedieron a recolocar el hueso roto. Efectivamente fue como una descarga eléctrica que me hizo sudar frío, pero en esos kilómetros hasta Yecla, me fue invadiendo una paz absoluta en la que todavía era incapaz de asimilar todo lo que había ocurrido.  


Hoy, diez meses después de aquel día, echo la vista atrás y me sigue pareciendo algo irreal, algo que sé que de verdad ocurrió, pero de lo que no termino de ser realmente consciente. Y sin embargo ahí ha estado la travesía por la que he pasado con una enorme paciencia: dos operaciones, algunos días ingresado en Murcia, mucha medicación y una larga rehabilitación. 

Ahora puedo sonreír al recordar los peores momentos: aquella inmovilidad absoluta en la que no era capaz de valerme por mí mismo y la ansiedad que me producía tal impotencia. O el dolor de la costilla rota, mucho peor que los de la tibia, el peroné y el tobillo.

Recuerdo la inmensa alegría cuando empecé a caminar con un andador, después con dos muletas, luego prescindiendo de una y por fin los pequeños pasos sin ninguna ayuda.  

Y hay cosas que van a quedar grabadas en mi alma para siempre:

La dedicada entrega de mi mujer todos y cada uno de los días y el apoyo emocional en los momentos más duros. Las lágrimas de mi hija cuando me vio llegar a casa en ambulancia, con esa mirada de amor infinito. Los ratos en los que mi hijo se acostaba a mi lado sin olvidarse nunca de darme un beso al marcharse, el abrazo emocionado de mi madre…

Y las constantes manifestaciones de apoyo y cariño por parte de mi familia, amigos y compañeros de trabajo, que sin duda han sido un bálsamo de felicidad y un recordatorio de las cosas que más valen en este mundo. 

Hoy me produce un inmenso gozo caminar y al hacerlo me digo: ¿Te das cuenta de que estás andando? ¿Eres consciente de que estás vivo, de que podrías no estarlo? 

Y no quiero olvidar nunca que la vida es un auténtico regalo, y que, si el hilo de plata no quiso romperse aquella noche, no voy a desaprovechar esta segunda oportunidad. No quiero preocuparme por las cosas que no tienen importancia. 

Vivir, vivir es lo que de verdad vale.


Cierro los ojos y pienso en la vida, ese crisol de luz y color, ese torrente de sensaciones en continuo fluir…