22 de julio de 2021

DOS PRIMAS EN LA EDAD DEL PAVO

En verano,  antes de que la canícula empiece a ponerse farruca, nos vamos todos al Puerto. 

Llamamos así a esta casa de campo por estar a los pies de una montaña conocida como Morrón del Puerto, a 8 kilómetros de la ciudad. Allí se puede respirar y dormir bien por las noches (salvo que no quieras dormir, claro)


Hubo un tiempo en que había overbooking de primos en el Puerto y ya bien entrada la noche, el abuelo Juan (el Tato) tenía que pegar un grito desde su cama para que se restableciera el silencio. 

Inolvidable aquella vez en que se oyó:

-Carlota, ¡¡a dormir!!

-¡SI ESTOY DURMIENDO! - protestó furiosa al ver que la culpaban a ella.

Carlota es un torbellino de vida. Despierta, inteligente, observadora y con una imaginación de las que a mí me gustan: en constante ebullición. 

Cuando se junta con Aitana se convierten en un par de ángeles… endemoniados.

-¿Qué hacéis tanto tiempo en el aseo? - preguntó un día la abuela Fina desde el otro lado de la puerta.

-¡Nada!- exclamaron a la par.

-¿Nada? ¡Algo estaréis haciendo!

-Nos estamos poniendo una mascarilla de limpieza.


Un  par de días después, sentados todos a la cena, la abuela Fina comentó:

-Pues hoy he encontrado la papelera del aseo hasta los topes de toallitas. No sé quién habrá gastado tantas.

Aitana y Carlota se hicieron las suecas.

-¡Y un pintalabios roto! – añadió la abuela, esta vez con los ojos puestos en una y  otra. 

Ambas cruzaron una fugaz mirada en la que se podía leer “¡Nos han pillado!” y bebieron agua para disimular todo lo que pudieron. 

Pero no se libraron de la bronca, claro.


En otra ocasión les dio por jugar a dependientas de una boutique de ropa. Pusieron música en su habitación y colocando en perchas sus camisetas, pantalones y pijamas , fueron colgándolas por todas partes. En el colmo de la originalidad, y para darle un aire de tienda moderna,  pegaron con cinta adhesiva sus bikinis por las paredes. 

Después nos invitaron a los mayores a pasar y comprar cualquier prenda. 

Había que ver la amabilidad con la que nos trataban y cómo nos señalaban dónde estaba el probador. Todo cuidado al detalle. Si hasta tenían walkie-talkies para decirse cosas como “Sandra, tráeme cambio cuando puedas, que me he quedado sin monedas.”

Ocurrió que se entregaron tanto en montarlo tan a lo grande que de repente les dio una pereza enorme recogerlo todo.

-Imagino que ahora guardaréis todo esto-les dijo la abuela.

-Ay, sí... Ahora después.

Pero las horas pasaban y la habitación seguía igual.

 Cuando por fin se decidieron a desmontar la boutique, la cinta adhesiva de uno de los bikinis se trajo consigo un buen trozo de pintura de la pared, dejando un llamativo desconchón.

-¡La Fina nos mata!- exclamó Carlota.

-¡Ay! ¿Qué hacemos ahora?

-Ahí afuera hay un bote de pintura blanca. Hay que pintar esto antes de que lo vea.

-¿Y si nos pilla? - quiso saber Aitana.

-Entretenla mientras voy a por el bote.

Y así fue que Aitana fue a la cocina para procurar que la abuela Fina no saliera de allí, mientras Carlota se afanaba por coger el bote y el pincel y dar dos brochazos al pelado de la pared. La abuela Fina no se enteró, pero sí el Tato, que la pilló con el bote de pintura en la mano, pero al parecer no quiso que empezara otra guerra y las protegió con un silencio de complicidad.


-Fina, – decía hace poco Aitana- queremos decorar nuestra habitación. Y nos sobran cosas.

-¡Miedo me dais!

-Esa lámpara hay que quitarla- añadía Carlota señalando el techo.

-¡Esa lámpara no se quita!

-¡Pero si es feísima! - protestaba Aitana- ¡Y encima no funciona!

-Es de casa de abuela rancia!- apuntó Carlota – Y esos cuadros también fuera.

-¿Quitar esos cuadros?- se alarmó la abuela – ¡Ni hablar! ¡Que son de la Virgen Niña!

-¿Y para qué queremos a la Virgen Niña en nuestra habitación? - argumentaba Carlota – Anda déjanos decorarla a nuestro gusto y verás cómo te gusta.

La abuela huyó de la habitación renegando y las dos primas continuaron imaginando cómo la mejorarían. 

Y en esas estaban cuando Aitana salió al salón para traer un pequeño portamacetas y comprobar cómo quedaba en una de las paredes. Pero lo inclinó tanto que una maceta con cactus incluido cayó sobre la cama, dio un bote y fue a para al suelo, dejando tierra y pinchos por todas partes.

Otra vez las dos dando vueltas por la habitación como dos dibujos animados desesperados.

-¡Aitana! ¡Las Fina nos mata!

-¡Rápido, trae la escoba!

-¡No puedo, está en la cocina!

-Pues trae una bolsa y lo recogemos con las manos.

-¿Y si me pregunta?

-¡Que no te vea cogerla!

Pero estas dos diablillas no terminan nunca de salir indemnes. Estaban ya acostadas cuando oyeron a la abuela murmurar.

-¿Y esta tierra que estoy pisando?… ¿¿Y la maceta que me falta aquí?? … Ay, estas crías… ¡Ya verán mañana!

Y ellas, susurrando desde las literas:

-Carlota.

-Qué.

-¿Tú crees que mañana nos mata la Fina?

-¿Matarnos sólo? Nos va a cortar a taquitos y nos va a echar a los perros.


Pero qué tendrá el paso del tiempo que al rememorar todas estas trifulcas y sus consiguientes enfados lo convierte todo en algo tan divertido.


Este verano el Tato ya no está entre nosotros y se le está echando mucho de menos.  Pero estamos seguros de que se ha venido al Puerto y sigue siendo testigo feliz  de todas las vivencias familiares. 

Y, cómo no, de los clásicos rifirrafes entre abuela y nietas.


-A vosotras lo que os pasa - les dice la abuela Fina- es que estáis en la edad del pavo.

-¿Del pavo?- responde Aitana - ¡Y del tucán también!

Y se ríen las tres.


30 de junio de 2021

MIS OTRAS VIDAS SOLITARIAS




EN OTRA VIDA FUI UN NÁUFRAGO…

...en una remota isla del Pacífico, un punto verde en mitad del océano que nunca nadie dibujó en los mapas.

Me sigo viendo entre la blanca playa y el muro de vegetación, atrapando cangrejos, almacenando agua y refugiándome en un cobertizo de palmeras volcadas por algún temporal, entrelazadas de tal suerte que no necesité mucho tiempo para convertirlo en mi hogar.

Inmensa soledad durante las largas horas del día y más soledad en las noches, escuchando el fragor del mar contra los acantilados.

Me acordaba constantemente de mi padre, hasta el punto de sentir su compañía. Pensaba como él pensaría, actuaba como él lo haría, le escuchaba en los silencios... Creo que de alguna forma llegó a estar conmigo. 

Mis únicas posesiones materiales eran dos cuchillos que fabriqué con conchas afiladas, el caparazón de una tortuga, un coral azul con forma de mano y un libro de poemas en francés al que le faltaban las tapas y que leí muchas veces sin llegar a entender. Incluso algunas noches, para hacerme compañía a mí mismo, recitaba en voz alta, cuando la luz de la luna era tan brillante que parecía un faro iluminando aquel lugar perdido en mitad de la nada.

Y así pasé incontables años.

No recuerdo cómo llegué allí, ni si finalmente fui rescatado, pero he soñado muchas veces con un velero desde el que veo alejarse mi cobertizo, mi playa, mi isla... Y mi padre lo contempla conmigo.


EN OTRA VIDA FUI UN ARISTÓCRATA...

… cuyo único aliciente era agotar los días con el mayor lujo y despilfarro, y que terminó siendo un eremita que curó su alma.

Mi juventud fue como una embriagadora fiesta sin fin. Alternaba los mejores yates, casinos y hoteles de la Costa Azul, rodeado siempre  de gente que me alababa y que reía todas mis gracias.

Pero algo ocurrió de repente que hizo caer ante mis ojos un telón negro, tan negro y pesado que apagó el tintineo de las copas y silenció el color de todos los manjares.

Fue una drástica transición que me cambió por completo. Ya no podía estar entre la gente, no sé bien si la odiaba o la temía, pero tuve que huir de cualquier contacto personal y me aparté por completo de familia y amigos a los que en realidad nunca importé.

Me retiré a vivir en plena Naturaleza. Encadené los días caminando por las cumbres de los Apuseni, a cuyos pies había una abadía abandonada a la que descendía al atardecer.

En mitad del claustro, semiderruido por la carcoma del tiempo, había una frondosa higuera bajo la que me gustaba meditar.

Nunca tuve miedo, ni durante las más violentas tormentas, cuando en el cielo aparecían amenazantes telarañas eléctricas y los truenos rivalizaban por derribar  los muros que me rodeaban. Pero qué importaba aquello cuando finalmente las nubes se alejaban y todos los colores de la montaña regresaban a su ser.

En aquel lugar me encontré a mí mismo y aprendí a no necesitar más que lo justo para vivir.

Algunos años después, siendo alguien enteramente distinto, empecé a añorar la civilización y regresé.

Pero esa parte de mi vida ya no merece ser recordada.


EN OTRA VIDA FUI UN BUFÓN…

… que tuvo la suerte y la desgracia de vivir en la corte y de despertar la compasión de la reina consorte, que durante un tiempo fue mi salvadora.

Se llamaba Beatriz y era una joven y dulce criatura de salud delicada. Callada y observadora, pronto advirtió que yo no había nacido para bailar y hacer las acrobacias con las que los otros enanos divertían al rey, por lo que solicitó a éste que yo fuera su bufón personal, el que le  cantara y contara historias.

Y así fue como descubrió que las que más le gustaba escuchar eran las de mi propia vida, más azarosa y dramática quizás que la de cualquier ficción.

Por la confianza que me otorgaban sus ojos me atreví a contarle todo mi pasado: la muerte de mi madre, el abandono de mi padre y el dolor de ser separado de un hermano gemelo, que tuvo menos suerte que yo y que fue vendido a un circo.

No estaba previsto que traspasáramos la línea que separaba nuestras posiciones sociales, pero lo cierto es que nos acostumbramos tanto a conversar a diario que terminamos por ser buenos amigos. Fui cómplice de sus alegrías, conocí sus anhelos y pude ver que, como yo, estaba falta del amor que realmente merecía. El día que yo conseguía hacerla reír era un día que había merecido la pena.

Pero aquella vida de mutuo afecto, aquel apoyo y consuelo compartido no duró todo lo que hubiera deseado. Tras una repentina enfermedad, Beatriz murió, justo cuando en los jardines el otoño mostraba los colores que a ella más le gustaban.

Aquella tragedia no llegó sola. El rey se desprendió de todos sus bufones y me obligó a marcharme con ellos.

No me aceptaron a su lado y tuve que seguir distinto camino. Pasé frio y hambre, pero la dulce y buena Beatriz estuvo conmigo en los momentos más difíciles y siempre me ayudó a sobrellevarlos.

Dediqué el resto de mi vida a buscar a mi hermano, pero jamás di con él.



19 de mayo de 2021

CASUS BELLI


Aquella mañana dos pelotones habían sido escogidos para llevar a cabo un par de misiones muy importantes. Formados de manera compacta, en silencio, aguardaban el momento de desplegarse para actuar.

No había mando alguno al frente de aquellos combatientes, pues cada uno de ellos había sido preparado a conciencia para desarrollar su trabajo sin necesitar directrices. 

Sabían lo que  debían hacer y lo harían sin dudar.

Sólo esperaban el momento preciso.

El tiempo se volvió húmedo de repente y las primeras líneas del primer pelotón comenzaron a moverse.

Todo fue muy rápido. Los guerreros se disgregaron y descendieron por una rápida pendiente. La humedad era más intensa ahora y empezaba a hacer calor. Avanzando por espesas marismas, sin desfallecer, aguardaron hasta encontrar las corrientes precisas que les ayudarían a alcanzar su destino. Los compañeros se habían separado por completo pero tarde o temprano todos se reencontrarían en el campo de batalla.

Y llegó el momento de la verdad. Era evidente dónde se hallaba  el frente enemigo por las ráfagas luminosas y los destellos eléctricos que hacían temblar todo alrededor. Los habitantes de aquel lugar  se encontraban muy débiles por haber intentado defenderse inutilmente.

La victoria no se hizo esperar, bastaron poco más de veinte minutos para que el pelotón sometiera al adversario con las únicas armas que eran capaces de doblegarlos y hacerlos desaparecer.

****************

El segundo pelotón estuvo esperando pacientemente durante más tiempo y cuando la humedad les sobrevino supieron que había llegado la hora de movilizarse. Lo que había sido una piña de soldados perfectamente concentrados  se dispersó de golpe para dar comienzo a su estudiada misión. 

Les sorprendió un calor repentino, un calor más penetrante de lo habitual, y además no encontraron el terraplén por el que descender, ni hubo manera de llegar a los manglares de algas. El avance se hizo imposible y parecía que no hacían otra cosa que dar vueltas y más vueltas para volver al mismo punto una y otra vez.

Nadaron en aguas espumosas y sofocantes buscando el río que les llevara al lugar de la contienda pero acabaron exhaustos y rendidos a un destino fatal que ninguno esperaba.

¿Qué había salido mal?, se preguntaron antes de desaparecer.

****************

-¿Se te ha pasado el dolor de cabeza, cariño?

- Sí, me he tomado el analgésico y ya se me ha ido.

-Y la pastilla para el colesterol, ¿te has acordado?

- Ah, no, ahora me la tomo. Por cierto, la tengo en el bolsillo de la camisa.

-¿En tu camisa? Anda, pues la he metido en la lavadora hace un rato.

4 de mayo de 2021

GEOGRAFÍA DE LA IMAGINACIÓN

 Con qué claridad vemos siempre una bota cada vez que miramos el mapa de Italia, ¿verdad?  

No puede estar mejor definida, con su puntera cuadrada y ese tacón tan estiloso. ¡Hasta la cremallera sobresale por la parte posterior!

Además es una bota que parece estar a punto de soltar un buen puntapié a esa roca silícea que es Sicilia. Para ello, el mapa de Europa, tan aglutinado en general, parece haberse retraído con tal de dejarle espacio para ese chute, y hasta Grecia ha barrido todas sus islas hacia oriente, para que no estorben.

Diría que la idea es hacer una parábola sobre rcega y Cerdeña y que Sicilia encaje en el Golfo de León.

Si esto ocurriera, todo el mundo gritaría “GOL”, especialmente Angola y Mongolia, que son más futboleras de lo que parece.

Yo me he puesto a observar el mapamundi más detenidamente y he descubierto que además de esa bota hay también en Europa dos zapatos; uno  en Luxemburgo y otro en Serbia.


No sabría decir si son zapatos o zuecos o mocasines, lo que sí tengo claro es que están bastante maltrechos, como si los hubiese mordisqueado algún perro.

Y la verdad es que me entretuve en buscar a ese can, pero no he conseguido dar con él, aunque sospecho que Canadá y la Ciudad del Vaticano podrían saber algo al respecto.

Lo que sí tengo claro es que el dueño de ese perro tan juguetón es un golfillo con gorra de ferroviario que vive en Alemania y se llama Germán.


Puede que Germán no tenga perro, pero es evidente que tiene una gallina, esa gallina tan andariega y tan emplumada que hay en Eslovenia y que es conocida como la gallina Liubliana.
Ya conocerán ustedes aquella canción que dice:

Pobre gallina Liubliana,

en un corral tan ameno

y no hay un gallo esloveno

que la despierte mañana.

No sé si esta gallina es consciente de que hay un par de depredadores por el mundo que podrían darle caza para un festín.

Porque yo veo un majestuoso león en Montenegro.



El viento de los Balcanes le ha peinado su melena hacia el cogote, y él posa con su perfil derecho, porque sabe que le favorece.

Algo más lejos del corral, nada menos que en Bolivia, hay un águila que la observa desde allende los mares.



Cuando la oye cacarear, el águila Olivia de Bolivia levanta la cresta en un ramillete de plumas de guerra.

¿Y nadie se ha percatado de que hay un buitre manso y pacífico a orillas del Mar Báltico? 



No se le ven muchas ganas de atacar, pero sin duda espera a dar buen uso de ese pico carroñero.

Que Germán es un poco desastre con sus juguetes lo demuestra el hecho de ver flotando en el Mar Caribe su bate de beisbol y su pelota. ¡Dichoso crío que no guarda nada!



Me resulta curioso que el país de San Cristobal y Nieves tenga como capital a Baseterre, siendo el beisbol un deporte en el que es fundamental alcanzar cada base de tierra. ¿Nos están dando señales y no queremos verlo?

Por cierto, cómo suspira Italia por una isla como Nieves, tan redondita ella, en vez del mazacote triangular que le tocó en suerte.

Todavía he encontrado otros países que juegan a disfrazarse, (porque no hay nación sin imaginación) pero prefiero no arriesgarme a que alguno de ustedes empiece a cuestionar  mi salud mental.

Me quedo aquí, pues, a esperar esa inminente patada de la bota de Italia.

Parece que tarda.

¿Alguien me prepara unas palomitas?


14 de abril de 2021

BREVES LONGEVOS

(RELATOS INSPIRADOS EN HECHOS REALES)

-¡Señor Villaescusa!, ¿es usted?

El niño, que caminaba distraído por el parque dando puntapiés a una lata vacía, levantó la cabeza al oír que alguien lo nombraba.

-Pero, hombre, Villaescusa… ¿Cuánto hace que... ?

Por un instante  tuvo el impulso de echar a correr. No conocía de nada a aquel anciano y el desconcierto lo asustó, pero comprendió que resultaría descortés salir huyendo, así que se quedó muy quieto, observando cómo se levantaba  del banco y empezaba a caminar con la ayuda de un bastón.


Era muy alto, y llevaba puesto un oscuro abrigo de felpa que casi rozaba el suelo.

-Pero cuánto hace que…-decía mientras se acercaba - ¿Cuánto hace que no lo veía? ¿Sigue usted yendo a la escuela?

El niño asintió con la cabeza, mirando fijamente a aquella cara tan arrugada, esperando caer en la cuenta de quién era.  

-¿Ha estado enfermo o algo? Porque ahora que lo pienso... hace mucho que no me encontraba con usted.

-No, no he estado enfermo –respondió el niño, que no lograba encontrar alguna pista que diera luz a semejante misterio: el repentino saludo de un hombre al que no parecía haber visto jamás.

-¿Y sus padres?  ¿Están bien?

-Sí, bien

-Salúdelos de mi parte. También hace mucho tiempo que no los veo.

Y como al niño le resultó tan embarazoso preguntarle quién era, murmuró un inaudible “gracias” y comenzó a caminar alegando que tenía que volver a casa.

A punto de abandonar el parque se volvió para mirarlo una vez más y pudo ver cómo el anciano lo observaba desde la distancia y alzaba el bastón a modo de despedida. 

Esa noche, durante la cena, comentó lo ocurrido a sus padres.

-¡Me llamaba señor Villaescusa! ¡Y me hablaba de usted!

-¿Y qué aspecto tenía? -quiso saber su madre.

-Parecía un espantapájaros con abrigo. Tenía una cara como una patata vieja. Y  un bigote blanco muy finito, como el que se queda cuando te bebes un vaso de leche.

Su padre dejó de sorber la sopa para mirar al pequeño.

-¡Tú has visto a Don Alberto!

-¿Qué?  ¿Quién es ese?

-¡Madre mía! ¡Claro! ¡Tiene que ser él! Fue mi maestro muchos años en el colegio.  Muy alto y muy delgado, ¿verdad?

-¡Pero yo no lo conozco! -proclamó el niño

-¡Claro que no! -contestó su madre –Lo que ha pasado es que eres igualito a tu padre cuando tenía tu edad.

El niño se quedó callado un instante.

-Entonces ese hombre…  -exclamó asombrado- ¿se creía que yo era tú? 

Su padre no contestó, se había quedado mirando al vacío, en silencio, evocando recuerdos que llegaban y se iban como ecos de voces infantiles en un patio muy muy lejano.

“Don Alberto Conesa… -murmuró– Cómo le dolió jubilarse… Nunca me paré a pensar si aún viviría...”


 ***



Hubo un tiempo en que contaba aquel incidente con rabia. Al rememorarlo se alteraba y despotricaba contra la juventud, lamentaba la falta de educación y terminaba abatiéndose al imaginar un futuro en el que no quedaran valores.

Sin embargo el paso del tiempo suavizó su forma de ver las cosas y un buen día, sin saber bien a qué se debió el cambio, se sorprendió a sí mismo contándolo  de manera desenfadada.

Así es como yo lo escuché:

<<Una vez, estando en unos grandes almacenes, vi cómo un joven de unos 15 o 16 años cogía un frasco de perfume y se lo metía disimuladamente detrás del cinturón, tapándolo con la camiseta. 

Descubrirlo me dejó tan abochornado que en un principio no pensé decirle nada. Pero luego me volví a cruzar con él en un pasillo y no me pude contener.

“¿Sabes que me recuerdas a un nieto que tengo?”, le dije. “Y lo mismo que le diría a él te lo voy a decir a ti, porque podría ser yo tu abuelo, y los abuelos queremos lo mejor para nuestros nietos. Anda… deja en su sitio eso que has cogido antes. No merece la pena” 

“¡Pero qué está diciendo!”, me dijo poniéndose a la defensiva. 

“Mira, muchacho”, continué sin perder la calma, “puede que te vayas de aquí sin que pase nada, pero podría ser que eso aún fuera peor, porque volverías a hacerlo y al final te acostumbrarías. Piénsalo, ¿de verdad merece la pena?”

El chaval se alejó de mí, pero yo me fui tras él.

“¡Pase de mí, que no nos conocemos!”

Pero yo, que ya me había envalentonado, seguí dándole consejos, intentando hacerle ver la importancia de ser honrado, de seguir por el buen camino. 

Al final se detuvo y me dijo que no era para tanto, que lo había cogido para su novia.

“Pues si es para tu novia no debes de quererla  mucho si piensas regalarle algo robado. Seguro que eres capaz de ganar dinero por ti mismo, para comprarle todo lo que merezca”

Y entonces vi cómo miraba a derecha e izquierda , se levantaba la camiseta y me entregaba la caja con el perfume.

“Usted gana, abuelo. Ya se lo compraré cuando tenga dinero.”

Y se marchó.

Unos minutos después se me acercó por detrás y me dio un par de palmadas en el hombro. 

“¡Gracias por los consejos, abuelo!” , me dijo con una sonrisa.  

Y la verdad es que aquello me pilló tan de sorpresa que me quedé un buen rato sin reaccionar, emocionado por su actitud, pensando que había conseguido hacerle entrar en razón.

Cuando salí al aparcamiento vi que me había estado esperando y que se acercaba. ¡Tonto de mí, que me alegré al verle, porque quería premiar su gesto!

“¡Gracias por el regalo, abuelo!” 

“¿Qué regalo?”

“El que lleva en ese bolsillo del abrigo”

Resultó que me había metido el perfume en un bolsillo sin que me diera cuenta y cuando lo saqué me lo arrebató y se largó corriendo.

“¡Gracias de parte de mi novia! “, me gritó desde lejos.

¡Ay, cómo me indignó aquello! ¡De haber podido lo hubiera agarrado del cuello y… !

¿Y sabes lo más gracioso? Pues que cuando había ido a colocar el perfume en su estantería, vi que no era caro y decidí comprarlo. ¡Para él! ¡Para regalárselo si lo volvía a ver!  

¡Pero qué ignorante fui! Me sentí peor que si me hubiera robado todo lo que tenía.

Todavía me acuerdo algunas veces de él, y me pregunto qué tal le irá en la vida. Igual es una buena persona y le va bien. 

Es lo que quiero creer.

Espabilado era, desde luego.>>

 

***


Cuando Lita era niña tenía un millón de ilusiones revoloteando  en su interior y  soñaba a lo grande y reía y quería el mundo entero.

Ha cumplido 80 años recientemente y aún hoy suspira al recordar los teatrillos domésticos que hacía con sus muñecas, cuando se disfrazaba de cualquier personaje y ordenaba en su cabeza las historias que quería  representar. Aunque casi siempre lo hacía para ella misma, temblaba de gozo cuando su padre, que enviudó al nacer ella, se sentaba en su butaca para verla actuar.

“Mi padre era el hombre más bueno del mundo. Por entonces  yo creía que iba a dedicarme a ser actriz, y que él estaría siempre conmigo. Ya ves, ilusiones...”

Recién estrenada la adolescencia, Lita se zambulló de golpe en un mar de luto al fallecer su padre. Fue aquella época una nebulosa fría que la dejó perdida y sin rumbo, sin hallar estrella alguna que le sirviera de guía. 

La acogieron unos tíos que habían prometido darle un porvenir, pero la entregaron pronto en casamiento.

Él era un hombre mucho mayor que ella, y de alguna forma Lita quiso ver en él al padre que faltó de su lado y al que tanto echaba de menos. Pronto descubrió, sin embargo, que su marido no era un hombre cariñoso, (“No es que fuera malo, simplemente no sabía querer”) y se fue acostumbrando a un vacío que, con el paso de los años, se iba agrandando en su interior.

“Mi marido murió hace casi 30 años. No tuvimos hijos. Al quedarme viuda… No sé qué hubiera sido de mi vida si no llego a conocer a Don Elías.”

A través de las primeras confesiones, aquel cura fue descubriendo el gran dolor que llevaba arrastrando Lita durante toda su vida, y la ayudó todo lo que pudo. 

“Me trató como a una hija, y como yo lo llamaba Padre, casi me sentía en familia con él. El día que se jubiló me lo pasé llorando”  

Lita vuelve a suspirar.

“No sé por qué, cuanto más mayor me hago, más me acuerdo de mi padre.”

Atesora preciosos diamantes de felicidad  cuando mentalmente vuelve a su lado. Entonces se pone aquel sombrero de lazos azules que le regaló, con el que tanto le gustaba actuar. Y se va a la playa, sobre sus hombros, y vuelve a correr por la orilla, riendo al evitar las olas que les hacían cosquillas en los pies… Y vuelve  a aquellas vacaciones de Pascua, cuando los dos subían al monte de Las Cruces y cogidos de la mano, agotados pero satisfechos, contemplaban la ciudad a sus pies y el inmenso valle que se perdía en el horizonte...

Son imágenes muy antiguas, ya desgastadas, pero que para ella siguen brillando como el oro.



9 de marzo de 2021

CALLE EUGENIO MONTES, 2 (CONTINUACIÓN)

 

Me parece escuchar todavía aquellos aldabonazos en la puerta, sustos de posterior emoción ante la llegada de tíos y primos. 

Y qué abultado número podíamos llegar a ser: los Guarinos Cabrera, los Cabrera Tomás, los Monzó Cabrera, y, en circunstancias especiales, desde Sevilla, los Olaya Cabrera.


Entonces todo eran besos y más besos entre la bulliciosa alegría del salón.


Y en situaciones así, el primo Paco, que siempre deseó ser cantante, se arrancaba con alguna canción de Elvis Presley, y el primo Juan lo acompañaba a la guitarra.


De aquel salón recuerdo especialmente el viejo tapiz de El cacharrero de Goya, tan descolorido como si fuera un regalo del mismo pintor, y la gran mesa camilla rodeada de sillas y de un único sillón con orejeras, el trono del rey, digo del abuelo Juan.


Hubo unos años, en la década de los ochenta, en que mis hermanos y yo merendábamos allí antes de salir hacia clases de música. Ninguno de los tres guardamos buenos recuerdos de aquel profesor que tenía un tonillo burlón hacia nosotros.


“ Cabrera mayor... Hay que estudiar más”


“¿Cabrera mediano? Su turno”


“ Cabrera pequeño... Empiece por el tercer pentagrama”


Nosotros queríamos saber tocar algún instrumento, pero las clases de solfeo no podían ser más tediosas, así que no duramos ni un curso.


Sin embargo nuestra hermana llegó a cursar varios años de piano y fue emocionante el día en que tocó la Canción del gondolero, de Mendelssohn, en el Teatro de Elda. Se llevó una ovación apoteósica.


Las clases de solfeo no, pero las meriendas que nos preparaba la abuela sí que eran música celestial. Llenaba la mesa con platos de picoteo de todo tipo y de refrescos que no acostumbrábamos a tomar en casa, mientras en la tele veíamos Barrio Sésamo o El bosque de Tallac, cuyas sintonías asociaré siempre a aquella época.


Desde el salón se accedía a la cocina, bastante pequeña y alicatada en blanco, y en ella había una puerta que daba al fondo de la casa, una zona tan poco explorada que apenas recuerdo. Sólo sé que siendo yo muy pequeño, en una habitación de aquel extremo, murió mi bisabuela Concha, madre de mi abuela, y cada vez que yo me asomaba al oír llantos, algún adulto me alejaba de allí. Creo que desde aquel entonces no me atrajo adentrarme por aquellos lares.


Pregunto a mis hermanos si se acuerdan de aquella parte de la casa.


“Había otro baño, – me dice Tomás- un baño que no se utilizaba. Una vez entré y encontré en el lavabo un par de cangrejos enormes que la abuela tenía para la cena. Vi que uno se movía, y pensando que no tendría fuerza le puse el dedo meñique en la pinza. ¡Y me lo enganchó! Dejó el halo de vida que le quedaba en aquel apretón. Llegó a dejarme una marca en la uña”.


La memoria fotográfica de Fran es punto y aparte.


“Sí, claro – me cuenta – Como aquel baño no se utilizaba servía de trastero. Y por allí se iba a la que fue habitación de la bisabuela. Estaba a un nivel inferior, bajando un escalón. Tenía una única ventana alta que daba a un patio y una pequeña repisa con su zócalo de azulejos muy antiguos. En el extremo opuesto un armario empotrado de puertas correderas; al fondo, tras una puerta de madera color blanco hueso, se pasaba a un lavadero alargado y estrecho, con un olor muy fuerte a jabón, ¿no os acordáis?”


Siempre he dicho que, si se esforzara un poco, Fran se acordaría del día que nací yo. Fue siete años antes que él, pero la memoria de mi hermano da para eso y mucho más.


Una vez plasmado el recorrido por toda la casa, y habiéndola ambientado con recuerdos familiares, sólo me queda revivir alguna de las muchas visitas de las hermanas Llorens, dos amigas de mi abuela; una más alta que la otra, la otra más seria que la una.


No fueron pocas las veces en que les abrí yo la puerta. Recuerdo sus pulcros peinados de peluquería, sus brillantes bolsos agarrados a dos manos y aquel vaho de perfume que las rodeaba.


“¡Uy, lo que se parece este crío a su padre!”


“¡Pero qué dices! Si tiene toda la cara de su madre”


Y me llevaba el inevitable pellizco en la mejilla por parte de alguna de las dos, si no de ambas.


Pero lo del tufo aromático no era exclusivo de ellas porque nuestra abuela nos solía peinar echándonos medio frasco de agua de colonia sobre la cabeza. Y más si venía alguna visita. Nos tocaba pasar unos segundos de asfixia por efluvios de alcohol y lavanda.


Merceditas, Conchita y mi abuela Paquita (porque los diminutivos en los nombres son distintivos de la “alta sociedad”) se iban entonces al mirador del despacho a tomar café con leche y pastas y a comentar los ecos de la sociedad eldense.


Como si las viera…


Y dado que últimamente hemos hablado tanto del cuerpo y alma de aquella casa, llegamos a comentar (medio en serio, medio en broma) la posibilidad de volver allí los cuatro hermanos y pedir a sus nuevos habitantes que nos dejen verla de nuevo.


¿Sería una petición muy rara? ¿Accederían?


 Imagino que no estará ya la imagen de Santa Rita, ni habrá cortinas en la alcoba regia, ni existirán los tapices, y mucho menos el despacho, con aquella pulcra oficina.


¿Y seguirá tan inclinado el pasillo?


Una cosa sí tenemos clara: si vamos, llevaremos una canica en el bolsillo.