31 de agosto de 2026

CIENCIA FRICCIÓN

El anciano del sector 12 cumplía ciento cincuenta años al día siguiente.

Su nieto recibió el recordatorio en el retinal y aquella misma tarde fue a visitarlo.

Encontró a su abuelo jugando al ajedrez con un holograma, inclinado sobre el tablero, siguiendo con atención el movimiento de las piezas. La estancia era blanca y diáfana, con las paredes desnudas y semitransparentes y un par de humidificadores flotando en el aire.

Cuando advirtió la presencia de su visitante, levantó la cabeza y dejó que el holograma continuara pensando.

—Qué tal, abu. ¿Ilusionado por el aniversario de mañana?

—No creo que más que tú. En realidad… me da bastante igual.

—¡Venga! ¡Que no se cumplen ciento cincuenta años todos los días!

—Ni ciento cuarenta y nueve tampoco —replicó el anciano con desgana—. Es sólo uno más.

Su nieto sonrió y se sentó en un extremo de la mesa.

—Bueno, pues dime algo que te haga ilusión que te regale.

El viejo permaneció pensativo unos segundos. De repente se le iluminó la mirada.

—Mira. Sí hay algo en lo que llevo pensando desde hace mucho tiempo.

—¿Ah, sí?

—Se lo comenté a tu padre, pero no me hizo mucho caso.

—¿Y qué es?

—¿Me comprarías una lata de carne de mamut?

Su nieto tardó unos segundos en contestar.

—¿De mamut?

—De mamut.

—¿Todavía se vende?

—No. En comercios hace mucho que ya no. Pero me han dicho que aún se pueden encontrar algunas latas por ahí.

—¿Y para qué quieres una lata de mamut?

—Quiero tener una.

—¿Para comértela?

—No, hombre. Es solo… que quiero recordar.

Con un gesto, señaló la consola de consulta que había junto al tablero y se levantó para situarse a la espalda de su nieto.

El joven tecleó el producto en el catálogo general. No lo encontró entre los alimentos. Tuvo que acceder a catálogos más especializados.

Las conservas de mamut habían sido una moda durante los primeros años de la recuperación de la especie, cuando la humanidad todavía celebraba con entusiasmo haber conseguido devolver a la Tierra al último gran animal desaparecido miles de años atrás.

Pero los mamuts no sobrevivieron mucho tiempo a su resurrección. El hecho de que resultara difícil mantener poblaciones estables, unido a una serie de enfermedades que se extendieron entre los ejemplares, acabó provocando su segunda y definitiva extinción.

La carne de mamut había dejado de venderse hacía décadas, pero todavía quedaban algunas latas sin abrir.

El rastreador mostró tres resultados. El primero estaba agotado. El segundo procedía de una colección privada.

El tercero estaba disponible.

 

MAMMOTH — GAMMA  

CONSERVA TRADICIONAL

Pierna de mamut lanudo. 400 g.

Elaboración: 2193.

ÚLTIMAS UNIDADES.

 

Amplió la imagen.

—Aquí hay una.

—¿Pone la fecha?

—Elaboración: 2193.

—¡Esa!

—¿Cómo sabes que es esa?

El anciano sonrió con nostalgia y se incorporó.

 —¿Que cómo lo sé? —volvió cojeando a su silla ante el holograma, que ya había movido su pieza y aguardaba la respuesta— Pues porque yo estaba allí.

—¿Dónde?

—En Gamma.

—¿Trabajabas allí?

El anciano negó con la cabeza.

—Esperaba.

—¿Esperabas qué?

—Mi turno.

El nieto lo miró inquisitivo.

—Esa es una de las que confeccionaron con nosotros.

—¿«Nosotros»?

—Los mamuts.

Su descendiente permaneció inmóvil, mirándolo.

—Abuelo...

—No te preocupes. Ya no pueden hacerme nada.



3 de julio de 2026

MAYORIA DE EDAD CON 600

Me pregunto qué se os habrá pasado por la cabeza al leer el título.

¿Mayoría de edad con 600? ¿Qué significará eso?

Antes de seguir leyendo, deteneos un momento para pensar a qué me puedo referir.

¿Lo habéis deducido ya?

Efectivamente, la explicación es sencilla: hoy este rincón de internet cumple dieciocho años. Y, además, esta es la entrada número seiscientos.

¡¡Toma ya!!

Lo curioso es que hacía ya muchos años que no me detenía a celebrar el aniversario del blog, pero, desde luego, dos cifras tan llamativas merecían un pequeño alto en el camino.

Hubo un tiempo en que esta fecha era ineludible y preparaba una entrada especial para ese buen puñado de lectores que siempre encontraban un rato para dejar un comentario y que me seguían el juego ante cualquier idea que les propusiera, por loca que fuera.

Eran los años en los que los blogs vivían su edad dorada.

Lo recuerdo con un cariño inmenso.

El tiempo, naturalmente, ha ido cambiando las cosas.

Las redes sociales fueron ocupando el espacio de aquellos blogs y, poco a poco, fueron cerrando sus puertas.

Este, aunque con un pulso mucho más tranquilo, ha seguido dando sus pasitos.

A la edad del diablo empezó a caminar sin que supiera yo muy bien qué pretendía hacer con él.

Con el tiempo se convirtió en ese rincón personal que fui llenando de recuerdos familiares, de samueladas y aitanerías, de anécdotas cotidianas, de fotografías, de dibujos, de pasatiempos y juegos de todo tipo.

De pequeñas historias, de ocurrencias absurdas...

De reflexiones sobre libros, cine...

De exposiciones de álbumes de cromos, de discos, de tebeos...

De mis viajes, de mis trabajos...

En fin, de cualquier tema que se me pasara por la cabeza y considerara digno de ser escrito.

Incluso he llegado a mantener conversaciones con el propio Diablo Jefe.

Y con un espíritu ruso, Madame Parrus, que, os aseguro, lleva años apoderándose de mí.

A la edad del diablo es un escaparate de todo aquello que me apasiona, me entretiene, me llama la atención o simplemente me apetece dejar por escrito para compartirlo.

Confieso que, de vez en cuando, me asalta una idea.

Pienso que quizá ha llegado el momento de ponerle un punto final.

Que ya no tiene demasiado sentido seguir escribiendo cuando apenas quedan lectores.

Que, al fin y al cabo, nada dura eternamente.

Pero siempre termino llegando a la misma conclusión.

Escribo porque me gusta escribir.

Lo he hecho desde mucho antes de abrir este blog y, probablemente, seguiré haciéndolo mientras conserve las ganas de contar cosas.

Los lectores siempre fueron un regalo, y los comentarios, una alegría inmensa, pero la razón de fondo nunca ha cambiado.

Disfruto dejando constancia de pequeños momentos, de recuerdos, de ocurrencias y de todo aquello que, por un motivo u otro, creo que merece la pena dejar aquí.

Y me gusta pensar que alguien lo terminará leyendo.

Tarde o temprano.

Dieciocho años...

Seiscientas entradas...

A todos los lectores, los de ayer, los de hoy, los de siempre y algún otro que casualmente pasará por aquí:

¡¡MILLONES DE GRACIAS!!




15 de junio de 2026

CÓCTEL DE ESTRELLAS CON RIMA, LIMA Y GROSELLAS

Supongamos que suponemos un suponer.

Retrocedamos a aquellos años en que Penélope Cruz y Tom Cruise fueron pareja.

¡Míralos ellos!

Luego se separaron, pero el suponiendo es que no, que hubieran seguido juntos y llegaran a tener un hijo.

¿Cómo lo habrían llamado?

Haciendo un pequeño esfuerzo de concentración puedo ver que su nombre sería… Chris.

Chris sería perfecto para estar presente cuando el profesor pasara lista en clase:

—Chris Cruise Cruz.

Sonoridad cristalina y crujiente. Aunque al principio toda la clase pensaría que el maestro se había atascado leyendo.

Y tiempo después, en algún domingo de elecciones, el presidente de la mesa electoral leería en el DNI:

—Cruise… Cruz… Chris.

Maravilloso. Es el sonido de un ratoncillo de cuento rosigando una galleta.

***

Otra supología, que tiene mucho de supografía, la veo claramente en una pareja muy cinéfila y muy culta que acaban de cenar.

Uno de ellos le muestra al otro dos carátulas de DVD con los títulos: La reina del espacio exterior, con Zsa Zsa Gabor y Sissí, la joven emperatriz, de Romy Schneider.

La pregunta es obvia:

—¿Qué ponemos esta noche, una de Zsa Zsa o una de Sissi? De Sissí, ¿no?

—No, no, de Sissí no, la de Zsa Zsa.

—¿La de Zsa Zsa?

—La de Zsa Zsa, sí.

—¿No te apetece la de Sissi? Esos palacios, esos carruajes, esos vestidos… ¡Que Sissi fue emperatriz de Austria! ¡Y reina de Hungría!

—Anda, majo, y la Zsa Zsa fue la mayor belleza de Miss Hungría en 1936 (este es un dato que he encontrado en Wikipedia que desconocía, pero ya he dicho que esta pareja sabía mucho de cine y de estrellas y de todo).

—¿Entonces la de Zsa Zsa?

—Bueno, si tanto te apetece la de Sissí…

—¡Sí, sí, la de Sissí!


Todas estas extraordinarias tonterías se me ocurrieron un día en que me entretuve buscando actores y actrices con la intención de construir un poema a base de rimas con sus nombres.

La idea inicial era emparejar hombres y mujeres y encontré algunas que encajaban perfectamente, como Michael Caine y Shirley MacLaine, o Sharon Stone y Sylvester Stallone.

Pero pronto descubrí que no era tan sencillo como parecía y que tendría que ser menos estricto y alternar parejas mixtas con parejas de hombres o de mujeres, porque lo verdaderamente importante era conservar la rima.

Así fueron apareciendo combinaciones tan dispares como Maureen O’Hara y Sofía Vergara, o James Dean y Charlie Sheen.

Como la lista final quedó bastante maja y no puedo parar quieto, se me ocurrió convertirla en canción. 

Le añadí una intro, le puse un par de puentes… y lo rematé todo con un video que queda pintiparado para la nueva entrada.

Os lo presento a continuación, esperando que os guste.


PD.- Si algún día hiciera otra canción, tengo claro que el estribillo diría algo como:

 Es Chris Cruise Cruz

Es Cruise Cruz, Chris

¿Zsa Zsa Gabor?

¡Mejor Sissí!

¿Mejor Sissí? No seas chota.

Sí, Cruise Cruz, Chris.

Perfecto ¡VOTA! 

28 de mayo de 2026

NO PREPARADO

Pascual llevaba varias horas estudiando.

Sobre la mesa se amontonaban libros abiertos, apuntes garabateados, bolas de papel arrugado y tres tazas con posos de café, como rotondas en un perfecto caos arquitectónico.

Impulsó la silla hacia atrás con los pies, abrió el cajón y revolvió entre los folios, lápices y cajas de grapas en busca de un analgésico. Dio con una pastilla suelta al fondo, sin blíster ni nombre, y se la llevó a la boca sin pensar.

Durante los siguientes minutos sintió un calor creciente que le subía por la nuca.

Entonces la mesa se inclinó hacia un lado.

Ocurrió de repente, como si una pata se hubiera quebrado de golpe, y Pascual sujetó todos los libros con ambas manos para que no cayeran. De improviso, la mesa fue volviendo a su horizontalidad.

«Tengo que descansar un poco», pensó.

Se echó sobre la cama y se quedó mirando al techo.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que su habitación era triangular, no cuadrada como siempre había pensado. De hecho, podía ver claramente, casi al alcance de la mano, las longitudes de los tres lados, “a”, “b” y “c”.

Parpadeó varias veces, pero las anotaciones en rojo sobre el techo seguían allí.

«¿Cuándo escribí todo eso?»

Tuvo intención de levantarse para mirar más de cerca unas ecuaciones que parecían latir sobre la pared, pero no consiguió incorporarse. Sin embargo, las piernas empezaron a flotar y se abrieron como una L, convirtiéndose en catetos. Pascual se apresuró a mover un brazo para trazar la hipotenusa. Arañaba el aire, pero no conseguía dibujarla.

Se concentró entonces para darse un impulso y logró rodar sobre la cama hasta caer al suelo.

Se hundió en agua espesa.

Flotaba y se hundía al mismo tiempo, sin llegar a entender si él era el responsable de cada ascenso y descenso o dependía de otras fuerzas.

«Igual al peso del agua que desplazo», pensó mientras daba una brazada hacia la silla.

Pero al tocarla se hundió de inmediato y las ondas empujaron a Pascual, desplazándolo hacia las profundidades nunca exploradas que había bajo la mesa.

¿Era realmente una mesa? No quedaba rastro de madera, sino una extensión de roca húmeda.

Viajó a través de una cueva profunda con un techo tan alto que se perdía en la oscuridad.

Cuando por fin se detuvo apareció un fuego que proyectaba sombras en la pared. Todo lo que ocurría fuera de su campo de visión se filtraba como formas borrosas.

Miró y tocó las cadenas que le rodeaban los tobillos. Intentó moverse, pero no consiguió salir del alcance de la luz. Lo único que veía con claridad eran sombras que pasaban ante él.

«¿Qué habrá más allá del fuego? ¿Y si hay algo que no alcanzo a ver?».

El fuego se apagó en el instante en que amanecía.  

 

El agua de la ducha lo despejó por completo, pero notaba un regusto a medicamento en la boca.

Pascual salió a la calle con la desagradable sensación de que no iba preparado para los exámenes.

Aun así, todos —Matemáticas, Física y Filosofía— le salieron mejor de lo que pensaba.

  


Dedicado especialmente a mi amiga Ángeles, mi antítesis luminosa.

Tal vez este Pascual sea el Pascualito de tus cuentos, 

pero no me atrevo a asegurarlo.



28 de abril de 2026

CANTANDO CON MI ABUELA

Durante muchos, muchísimos años, en la casa de campo de Petrel guardamos un magnetofón que no funcionaba.


Estaba en la caseta donde mi madre tiene la máquina de coser, olvidado en un armario abarrotado de carpetas y papeles de esos que se guardan “por si acaso”, y que terminan hundiéndose en la caducidad más profunda.

Cada vez que alguna búsqueda azarosa me llevaba a toparme con él, me quedaba un momento admirando aquella máquina antediluviana y preguntándome si habría algo grabado en su interior. Pero terminaba por cerrar el armario, y el aparato volvía a quedarse allí, sin ver la luz, como sarcófago de faraón.

Eso sí, fueron tantas las veces que comenté a mis padres que tenía mucha curiosidad por saber si en aquel magnetofón habría algo interesante, que el día en que se presentó la oportunidad de que alguien nos pasara la bobina a cinta de casete se lo entregaron sin dudar.

De aquel rescate se volvió a traer al presente una grabación familiar en casa de los abuelos de Elda, en su mayoría caótica y confusa, en la que se oía a mucha gente reír y cantar.

Hace tantos años que la escuché que ahora quiero repasarla de nuevo, porque apenas la recuerdo y porque es posible que Fran —que se acuerda hasta de cuando nací yo— me ayude a reconocer voces de nuestros abuelos y tíos.

Algún detalle escuchado me debió dar la pista del año, pues le puse el rótulo de ELDA. Navidades 1964.

En una de esas grabaciones se oye cantar a mi abuela Paquita, de la que tantas veces he hablado aquí en el blog, ¡y aparece incluso a su madre, mi bisabuela Concha!

Un día se me ocurrió hacer un montaje de audio e intercalar mi voz en esa canción.

El resultado se quedó ahí, para mí solo, pero ahora me apetece mucho compartirlo con vosotros y hacerla revivir una vez más.

Al escucharla resulta curioso pensar que ella grabase aquello dos años antes de nacer yo, y que yo decidiera acompañarla años después de morir ella.



Pero siempre que la escucho siento que se desvanecen las distancias del tiempo y se convierte en un dúo que cantamos muy juntos,  ella y yo, aquí y ahora.





31 de marzo de 2026

EL BAZAR DE AMAL GAMADO

He perdido la cuenta de las veces que he entrado en este pasadizo mal iluminado que es el callejón de las ideas.

Aquí me suelo detener frente al escaparate del número 6, una tienda de curiosidades conocida como el Bazar de Amal Gamado.

Sé muy bien que ya has imaginado el lugar y lo ves como una pequeña tienda antigua, con luz pobre, de esas en las que suena una campanilla en cuanto abres la puerta.

No te equivocas.

Y ahora entra conmigo.

Durante un buen rato, el vendedor (y dueño de todo lo aquí presente) brillará por su ausencia. 

Cuando cesa el tintineo de la campanilla, el silencio se hace infinito. Hasta que aparece de repente, como una sombra deslizándose entre los objetos.

—Buenas tardes —dice con un tono de voz neutro—. Veo que observa con curiosidad a los Reyes de la Dulzura. Son un primor. Doce miniaturas que estuvieron escondidas en roscones de reyes y pertenecen a años distintos y correlativos, desde 2015 hasta el actual.

—Curioso —digo con fingida admiración.
—Y además ninguno se repite, ¿ve? Son dos Melchores, ocho Gaspares y dos Baltasares. Bonitos, ¿verdad?
—Vaya que sí.
—Pero permítame mostrarle algo distinto.

(¿Te das cuenta de cómo camina? Parece que flote sobre el suelo.)

Saca del bolsillo una llave maestra y abre una vitrina estrecha.

—Aquí guardo cuatro billetes y unas monedas muy valiosas. No valiosas por su valor en sí, sino por una particularidad. ¿La ve?

—¿Qué tengo que ver?
—La particularidad.

—Pues… no.
—¡Que proceden de los cinco continentes! Las monedas vienen de las islas Fiyi; son céntimos de dólar fiyiano. Y estos billetes son dos mil leus rumanos, dos mil pesos de Colombia, cinco libras egipcias y cien rieles de Camboya.
—Curioso conjunto —digo acercándome para ver mejor el de Egipto.

Me quedo callado. Él aprovecha ese silencio para colocar sobre el mostrador tres pequeñas figuras.

—Acérquese a ver estas tres calabazas. Ganchillo, goma eva y mazapán.
—¡Anda! Pero la de mazapán… ¿se come?
—Se podría comer. Pero debe de estar más dura que los pies de Cristo.
—Me gustan las calabazas —admito.

(No es cuestión de ponerme a explicarle ahora que soy amanecista, es decir, fan de la película Amanece que no es poco, en la que la calabaza es casi un personaje más.)

Entonces me coge del brazo y me conduce a un cartel apoyado contra una silla de respaldo alto.


—¡Maravilla con mayúsculas! —dice señalándolo— Semana Santa de Yecla, edición de este año. La Inmaculada con el diablo agazapado detrás.

Me acerco para examinar la composición.

—Tiene algo inquietante —digo—. Por ese contraste.
—Podría verse como una irreverencia, pero solo muestra una tradición. En Yecla, en el Domingo de Resurrección, siempre corre un diablo por las calles. Pero aun así, este cartel se convertirá con los años en una rareza muy valiosa.

Después abre un antiguo cesto de mimbre y saca algo con aire reverencial.

—Mire qué prodigio —dice despacio, remarcando cada sílaba—. Esta piedra ha sido esculpida solo por la naturaleza, que siempre será la mano artista de Dios. ¡No me diga que no parece querer rendir homenaje al hombre elefante!

—Pues es verdad. Tiene forma de cráneo extraño.
—Pero ninguna mano humana la ha modelado. ¡Se formó tal cual!
—La verdad es que todo esto es... Tiene aquí colecciones muy singulares.

Amal Gamado empieza a mover los dedos, frotándolos y estirándolos. Se queda callado, mirándome.

—¿Ahora es cuando tengo que decirte que buscan dueño y lo de los precios especiales y tal?

Me quedo un instante mirándolo, sin saber si reírme o seguir en mi papel.

—No, no hace falta. Lo podemos dejar aquí.

Él hace un gesto teatral de alivio.

—Ah, ¿ya he terminado?
—Sí… y lo has hecho muy bien. Me has sacado de un apuro.
—¡Pues sí que haces tú paripé para presentar una entrada!
—Lo sé. Todo sea por el blog.