14 de abril de 2021

BREVES LONGEVOS

(RELATOS INSPIRADOS EN HECHOS REALES)

-¡Señor Villaescusa!, ¿es usted?

El niño, que caminaba distraído por el parque dando puntapiés a una lata vacía, levantó la cabeza al oír que alguien lo nombraba.

-Pero, hombre, Villaescusa… ¿Cuánto hace que... ?

Por un instante  tuvo el impulso de echar a correr. No conocía de nada a aquel anciano y el desconcierto lo asustó, pero comprendió que resultaría descortés salir huyendo, así que se quedó muy quieto, observando cómo se levantaba  del banco y empezaba a caminar con la ayuda de un bastón.


Era muy alto, y llevaba puesto un oscuro abrigo de felpa que casi rozaba el suelo.

-Pero cuánto hace que…-decía mientras se acercaba - ¿Cuánto hace que no lo veía? ¿Sigue usted yendo a la escuela?

El niño asintió con la cabeza, mirando fijamente a aquella cara tan arrugada, esperando caer en la cuenta de quién era.  

-¿Ha estado enfermo o algo? Porque ahora que lo pienso... hace mucho que no me encontraba con usted.

-No, no he estado enfermo –respondió el niño, que no lograba encontrar alguna pista que diera luz a semejante misterio: el repentino saludo de un hombre al que no parecía haber visto jamás.

-¿Y sus padres?  ¿Están bien?

-Sí, bien

-Salúdelos de mi parte. También hace mucho tiempo que no los veo.

Y como al niño le resultó tan embarazoso preguntarle quién era, murmuró un inaudible “gracias” y comenzó a caminar alegando que tenía que volver a casa.

A punto de abandonar el parque se volvió para mirarlo una vez más y pudo ver cómo el anciano lo observaba desde la distancia y alzaba el bastón a modo de despedida. 

Esa noche, durante la cena, comentó lo ocurrido a sus padres.

-¡Me llamaba señor Villaescusa! ¡Y me hablaba de usted!

-¿Y qué aspecto tenía? -quiso saber su madre.

-Parecía un espantapájaros con abrigo. Tenía una cara como una patata vieja. Y  un bigote blanco muy finito, como el que se queda cuando te bebes un vaso de leche.

Su padre dejó de sorber la sopa para mirar al pequeño.

-¡Tú has visto a Don Alberto!

-¿Qué?  ¿Quién es ese?

-¡Madre mía! ¡Claro! ¡Tiene que ser él! Fue mi maestro muchos años en el colegio.  Muy alto y muy delgado, ¿verdad?

-¡Pero yo no lo conozco! -proclamó el niño

-¡Claro que no! -contestó su madre –Lo que ha pasado es que eres igualito a tu padre cuando tenía tu edad.

El niño se quedó callado un instante.

-Entonces ese hombre…  -exclamó asombrado- ¿se creía que yo era tú? 

Su padre no contestó, se había quedado mirando al vacío, en silencio, evocando recuerdos que llegaban y se iban como ecos de voces infantiles en un patio muy muy lejano.

“Don Alberto Conesa… -murmuró– Cómo le dolió jubilarse… Nunca me paré a pensar si aún viviría...”


 ***



Hubo un tiempo en que contaba aquel incidente con rabia. Al rememorarlo se alteraba y despotricaba contra la juventud, lamentaba la falta de educación y terminaba abatiéndose al imaginar un futuro en el que no quedaran valores.

Sin embargo el paso del tiempo suavizó su forma de ver las cosas y un buen día, sin saber bien a qué se debió el cambio, se sorprendió a sí mismo contándolo  de manera desenfadada.

Así es como yo lo escuché:

<<Una vez, estando en unos grandes almacenes, vi cómo un joven de unos 15 o 16 años cogía un frasco de perfume y se lo metía disimuladamente detrás del cinturón, tapándolo con la camiseta. 

Descubrirlo me dejó tan abochornado que en un principio no pensé decirle nada. Pero luego me volví a cruzar con él en un pasillo y no me pude contener.

“¿Sabes que me recuerdas a un nieto que tengo?”, le dije. “Y lo mismo que le diría a él te lo voy a decir a ti, porque podría ser yo tu abuelo, y los abuelos queremos lo mejor para nuestros nietos. Anda… deja en su sitio eso que has cogido antes. No merece la pena” 

“¡Pero qué está diciendo!”, me dijo poniéndose a la defensiva. 

“Mira, muchacho”, continué sin perder la calma, “puede que te vayas de aquí sin que pase nada, pero podría ser que eso aún fuera peor, porque volverías a hacerlo y al final te acostumbrarías. Piénsalo, ¿de verdad merece la pena?”

El chaval se alejó de mí, pero yo me fui tras él.

“¡Pase de mí, que no nos conocemos!”

Pero yo, que ya me había envalentonado, seguí dándole consejos, intentando hacerle ver la importancia de ser honrado, de seguir por el buen camino. 

Al final se detuvo y me dijo que no era para tanto, que lo había cogido para su novia.

“Pues si es para tu novia no debes de quererla  mucho si piensas regalarle algo robado. Seguro que eres capaz de ganar dinero por ti mismo, para comprarle todo lo que merezca”

Y entonces vi cómo miraba a derecha e izquierda , se levantaba la camiseta y me entregaba la caja con el perfume.

“Usted gana, abuelo. Ya se lo compraré cuando tenga dinero.”

Y se marchó.

Unos minutos después se me acercó por detrás y me dio un par de palmadas en el hombro. 

“¡Gracias por los consejos, abuelo!” , me dijo con una sonrisa.  

Y la verdad es que aquello me pilló tan de sorpresa que me quedé un buen rato sin reaccionar, emocionado por su actitud, pensando que había conseguido hacerle entrar en razón.

Cuando salí al aparcamiento vi que me había estado esperando y que se acercaba. ¡Tonto de mí, que me alegré al verle, porque quería premiar su gesto!

“¡Gracias por el regalo, abuelo!” 

“¿Qué regalo?”

“El que lleva en ese bolsillo del abrigo”

Resultó que me había metido el perfume en un bolsillo sin que me diera cuenta y cuando lo saqué me lo arrebató y se largó corriendo.

“¡Gracias de parte de mi novia! “, me gritó desde lejos.

¡Ay, cómo me indignó aquello! ¡De haber podido lo hubiera agarrado del cuello y… !

¿Y sabes lo más gracioso? Pues que cuando había ido a colocar el perfume en su estantería, vi que no era caro y decidí comprarlo. ¡Para él! ¡Para regalárselo si lo volvía a ver!  

¡Pero qué ignorante fui! Me sentí peor que si me hubiera robado todo lo que tenía.

Todavía me acuerdo algunas veces de él, y me pregunto qué tal le irá en la vida. Igual es una buena persona y le va bien. 

Es lo que quiero creer.

Espabilado era, desde luego.>>

 

***


Cuando Lita era niña tenía un millón de ilusiones revoloteando  en su interior y  soñaba a lo grande y reía y quería el mundo entero.

Ha cumplido 80 años recientemente y aún hoy suspira al recordar los teatrillos domésticos que hacía con sus muñecas, cuando se disfrazaba de cualquier personaje y ordenaba en su cabeza las historias que quería  representar. Aunque casi siempre lo hacía para ella misma, temblaba de gozo cuando su padre, que enviudó al nacer ella, se sentaba en su butaca para verla actuar.

“Mi padre era el hombre más bueno del mundo. Por entonces  yo creía que iba a dedicarme a ser actriz, y que él estaría siempre conmigo. Ya ves, ilusiones...”

Recién estrenada la adolescencia, Lita se zambulló de golpe en un mar de luto al fallecer su padre. Fue aquella época una nebulosa fría que la dejó perdida y sin rumbo, sin hallar estrella alguna que le sirviera de guía. 

La acogieron unos tíos que habían prometido darle un porvenir, pero la entregaron pronto en casamiento.

Él era un hombre mucho mayor que ella, y de alguna forma Lita quiso ver en él al padre que faltó de su lado y al que tanto echaba de menos. Pronto descubrió, sin embargo, que su marido no era un hombre cariñoso, (“No es que fuera malo, simplemente no sabía querer”) y se fue acostumbrando a un vacío que, con el paso de los años, se iba agrandando en su interior.

“Mi marido murió hace casi 30 años. No tuvimos hijos. Al quedarme viuda… No sé qué hubiera sido de mi vida si no llego a conocer a Don Elías.”

A través de las primeras confesiones, aquel cura fue descubriendo el gran dolor que llevaba arrastrando Lita durante toda su vida, y la ayudó todo lo que pudo. 

“Me trató como a una hija, y como yo lo llamaba Padre, casi me sentía en familia con él. El día que se jubiló me lo pasé llorando”  

Lita vuelve a suspirar.

“No sé por qué, cuanto más mayor me hago, más me acuerdo de mi padre.”

Atesora preciosos diamantes de felicidad  cuando mentalmente vuelve a su lado. Entonces se pone aquel sombrero de lazos azules que le regaló, con el que tanto le gustaba actuar. Y se va a la playa, sobre sus hombros, y vuelve a correr por la orilla, riendo al evitar las olas que les hacían cosquillas en los pies… Y vuelve  a aquellas vacaciones de Pascua, cuando los dos subían al monte de Las Cruces y cogidos de la mano, agotados pero satisfechos, contemplaban la ciudad a sus pies y el inmenso valle que se perdía en el horizonte...

Son imágenes muy antiguas, ya desgastadas, pero que para ella siguen brillando como el oro.



9 de marzo de 2021

CALLE EUGENIO MONTES, 2 (CONTINUACIÓN)

 

Me parece escuchar todavía aquellos aldabonazos en la puerta, sustos de posterior emoción ante la llegada de tíos y primos. 

Y qué abultado número podíamos llegar a ser: los Guarinos Cabrera, los Cabrera Tomás, los Monzó Cabrera, y, en circunstancias especiales, desde Sevilla, los Olaya Cabrera.


Entonces todo eran besos y más besos entre la bulliciosa alegría del salón.


Y en situaciones así, el primo Paco, que siempre deseó ser cantante, se arrancaba con alguna canción de Elvis Presley, y el primo Juan lo acompañaba a la guitarra.


De aquel salón recuerdo especialmente el viejo tapiz de El cacharrero de Goya, tan descolorido como si fuera un regalo del mismo pintor, y la gran mesa camilla rodeada de sillas y de un único sillón con orejeras, el trono del rey, digo del abuelo Juan.


Hubo unos años, en la década de los ochenta, en que mis hermanos y yo merendábamos allí antes de salir hacia clases de música. Ninguno de los tres guardamos buenos recuerdos de aquel profesor que tenía un tonillo burlón hacia nosotros.


“ Cabrera mayor... Hay que estudiar más”


“¿Cabrera mediano? Su turno”


“ Cabrera pequeño... Empiece por el tercer pentagrama”


Nosotros queríamos saber tocar algún instrumento, pero las clases de solfeo no podían ser más tediosas, así que no duramos ni un curso.


Sin embargo nuestra hermana llegó a cursar varios años de piano y fue emocionante el día en que tocó la Canción del gondolero, de Mendelssohn, en el Teatro de Elda. Se llevó una ovación apoteósica.


Las clases de solfeo no, pero las meriendas que nos preparaba la abuela sí que eran música celestial. Llenaba la mesa con platos de picoteo de todo tipo y de refrescos que no acostumbrábamos a tomar en casa, mientras en la tele veíamos Barrio Sésamo o El bosque de Tallac, cuyas sintonías asociaré siempre a aquella época.


Desde el salón se accedía a la cocina, bastante pequeña y alicatada en blanco, y en ella había una puerta que daba al fondo de la casa, una zona tan poco explorada que apenas recuerdo. Sólo sé que siendo yo muy pequeño, en una habitación de aquel extremo, murió mi bisabuela Concha, madre de mi abuela, y cada vez que yo me asomaba al oír llantos, algún adulto me alejaba de allí. Creo que desde aquel entonces no me atrajo adentrarme por aquellos lares.


Pregunto a mis hermanos si se acuerdan de aquella parte de la casa.


“Había otro baño, – me dice Tomás- un baño que no se utilizaba. Una vez entré y encontré en el lavabo un par de cangrejos enormes que la abuela tenía para la cena. Vi que uno se movía, y pensando que no tendría fuerza le puse el dedo meñique en la pinza. ¡Y me lo enganchó! Dejó el halo de vida que le quedaba en aquel apretón. Llegó a dejarme una marca en la uña”.


La memoria fotográfica de Fran es punto y aparte.


“Sí, claro – me cuenta – Como aquel baño no se utilizaba servía de trastero. Y por allí se iba a la que fue habitación de la bisabuela. Estaba a un nivel inferior, bajando un escalón. Tenía una única ventana alta que daba a un patio y una pequeña repisa con su zócalo de azulejos muy antiguos. En el extremo opuesto un armario empotrado de puertas correderas; al fondo, tras una puerta de madera color blanco hueso, se pasaba a un lavadero alargado y estrecho, con un olor muy fuerte a jabón, ¿no os acordáis?”


Siempre he dicho que, si se esforzara un poco, Fran se acordaría del día que nací yo. Fue siete años antes que él, pero la memoria de mi hermano da para eso y mucho más.


Una vez plasmado el recorrido por toda la casa, y habiéndola ambientado con recuerdos familiares, sólo me queda revivir alguna de las muchas visitas de las hermanas Llorens, dos amigas de mi abuela; una más alta que la otra, la otra más seria que la una.


No fueron pocas las veces en que les abrí yo la puerta. Recuerdo sus pulcros peinados de peluquería, sus brillantes bolsos agarrados a dos manos y aquel vaho de perfume que las rodeaba.


“¡Uy, lo que se parece este crío a su padre!”


“¡Pero qué dices! Si tiene toda la cara de su madre”


Y me llevaba el inevitable pellizco en la mejilla por parte de alguna de las dos, si no de ambas.


Pero lo del tufo aromático no era exclusivo de ellas porque nuestra abuela nos solía peinar echándonos medio frasco de agua de colonia sobre la cabeza. Y más si venía alguna visita. Nos tocaba pasar unos segundos de asfixia por efluvios de alcohol y lavanda.


Merceditas, Conchita y mi abuela Paquita (porque los diminutivos en los nombres son distintivos de la “alta sociedad”) se iban entonces al mirador del despacho a tomar café con leche y pastas y a comentar los ecos de la sociedad eldense.


Como si las viera…


Y dado que últimamente hemos hablado tanto del cuerpo y alma de aquella casa, llegamos a comentar (medio en serio, medio en broma) la posibilidad de volver allí los cuatro hermanos y pedir a sus nuevos habitantes que nos dejen verla de nuevo.


¿Sería una petición muy rara? ¿Accederían?


 Imagino que no estará ya la imagen de Santa Rita, ni habrá cortinas en la alcoba regia, ni existirán los tapices, y mucho menos el despacho, con aquella pulcra oficina.


¿Y seguirá tan inclinado el pasillo?


Una cosa sí tenemos clara: si vamos, llevaremos una canica en el bolsillo.






24 de febrero de 2021

CALLE EUGENIO MONTES, 2


Me cuesta admitir que hayan pasado más de 30 años sin volver a entrar en el que fuera el hogar de mis abuelos paternos. 

Aquel lugar sigue tan nítido en mi memoria como si lo hubiera visitado ayer mismo.

De hecho, si cierro los ojos, puedo verme en la calle Eugenio Montes de Elda, ante aquel portón oscuro que se atascaba en el suelo y que tenía una aldabón de hierro con forma de mano sujetando una bola.

Aquella entrada daba paso a un rellano minúsculo con una escalera muy estrecha que subía a dos pisos. En el primero vivían mis abuelos.

Tampoco había timbre arriba, por lo que en la puerta, de un marrón casi negro, encontrabas otro llamador dorado sobre un letrero en el que se leía : 

JUAN JOSÉ CABRERA PARTAL

GESTOR 

Y una mirilla tan grande que, a través de la espiral que se formaba al abrirla, asomaba sin discreción alguna el ojo que te observaba. 

Lo primero que se veía al entrar en la casa era una imagen de Santa Rita, en una peana en la pared. Llevaba un hábito negro que brillaba bajo la luz de un farolillo que siempre vi encendido, (hasta que un buen día descubrí que tenía un interruptor para apagarlo a  la hora de irse a la cama)

Siempre me pareció aquella casa un lugar muy especial, sin duda por estar ligada a tantos recuerdos de niñez junto a mis primos, y al recordarla hoy diría que tenía un aire regio, señorial, y  a la vez decadente, como el de la vivienda de una familia aristocrática venida a menos que se resistiera a modernizarse.

La habitación donde dormían mis abuelos, por ejemplo, estaba precedida por  altos y recios cortinones con estampados de cachemir, como si ocultaran la alcoba de algún monarca. En  ocasiones husmeaba a solas por allí y era tal la solemnidad que  desprendía todo en su interior que no tardaba mucho en sentirme incómodo y salir corriendo.

Pero para demostrar que recuerdo toda la casa con detalle volveré a la entrada. 

La dirección habitual en una visita dominical era hacia la izquierda, donde se encontraban salón y cocina, pero yo empezaré por la derecha, donde había un escalón - rematado con un desgastado listón de madera - para subir a un distribuidor de cierta elegancia, presidido por un gran tapiz de tonos ocre, con motivos orientales: palmeras, camellos, árabes con turbantes…

Bajo ese tapiz, un antiguo tresillo de terciopelo oscuro. Sentado en el sofá, se podían ver en la pared derecha  cuatro fotografías enmarcadas de los hombres de la familia: mi bisabuelo Guillermo, mi abuelo Juan, mi tío Guillermo y mi padre, y en la de la izquierda un cuadro a carboncillo de Laocoonte y sus hijos luchando con la serpiente. Enfrente la ya citada habitación de “los monarcas”.

Este distribuidor servía como antedespacho o sala de espera al lugar de trabajo de mi abuelo: una  gestoría  montada en la sala más luminosa de la casa.

No había lugar tan pulcro y ordenado como aquel. Muebles de oficina cromados en color azul claro, alguno gris. Sobres y papeles bien apilados, máquinas de escribir, lapiceros perfectamente afilados  y aquel teléfono blanco que tanto me llamaba la atención.

Recuerdo que al terminar la jornada, mi abuelo solía dejar colocados todos los utensilios de forma simétrica, de manera que podía saber si alguien le había tocado algo con solo echar un vistazo.

Del despacho de mi abuelo recuerdo especialmente la emoción que me produjo descubrir que existían gomas de borrar tinta y unos papeles azules que permitían calcar lo que uno escribiera sobre ellos. Cuando nos dejaba utilizar alguno pasábamos una tarde artística a lo grande.

El mayor encanto de  aquella sala era un mirador rectangular con cuatro ventanas sobresaliendo a la calle.  En ese mirador había una mesa camilla con calentador eléctrico, y allí pasaba mi abuela muchas tardes leyendo revistas del corazón, (en los tiempos en que la prensa rosa aún mostraba las vidas de  famosos con un curriculum meritorio) o sencillamente se entretenía viendo a la gente pasar por la calle, por delante del Cine Ideal y del Bar Ideal, que ya no existen.

Hubo un tiempo en el que el recorrido de los desfiles de las fiestas de Moros y Cristianos pasaba ante aquel mirador, por lo que era un lujo para toda la familia el poder verlo desde tan privilegiado lugar.

Salgamos ahora de ese despacho (en el que recuerdo hubo una jaula con canario cantor) y volvamos al escalón para bajar a la otra mitad de la casa.

Si hay una particularidad que recordamos todos los hermanos es que el suelo tenia una evidente inclinación. Ignoro si se construyó mal desde un principio o que con los años se asentaron los cimientos de media vivienda , pero lo cierto es que si dejábamos una canica en el suelo del antedespacho terminaba por bajar el escalón, recorrer el pasillo y chocar con la puerta que daba a la terraza.

Este hecho hacia las delicias de los nietos que jugábamos a derribar soldados, calculando el recorrido de la canica. Había que tener en cuenta la irregularidad de algunas baldosas, todas con cromados antiguos, porque muchas veces la hacían botar y frustrar o beneficiar muchas estrategias.

Hagamos  pues el mismo recorrido que una de aquellas canicas para pasar junto a un espejo redondo a la izquierda y otra habitación de puertas muy altas a la derecha. Aquel era un dormitorio que yo evitaba a la hora de jugar al escondite, pues el hecho de que durante largas temporadas un cirio encendido hiciera titilar luces rojas en su interior, me resultaba inquietante.

La canica chocaba, al final del pasillo, con la puerta que daba acceso a una terraza semicircular con macetas. Justo antes había dos estancias: a la izquierda, un cuarto de baño con varias losetas quebradas y bailonas y una bañera con manchas de óxido que semejaban caras de brujas,  y a la derecha el salón comedor, el verdadero corazón de la casa, el lugar de las reuniones familiares, de tantos cumpleaños, de varios encuentros navideños, y de muchas tardes de merienda cargadas de cariño, tardes previas a las clases de música o de inglés en aquellos años de pruebas a estudios más o menos fallidos.

(CONTINUARÁ)




12 de febrero de 2021

DIABLOBADAS

Me parece de lo más lógico que Pizarro fuera anotando sus descubrimientos con tiza.

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Es curioso que "pasado mañana" sea  tiempo futuro llevando un pasado a cuestas.

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Las medusas deberían llamarse "miedusas" por ese repelús que nos dan.

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Qué bonito sería soñar con frecuencia con el río Orinoco. Y poder escribir un libro titulado: "Estudio onírico del Orinoco" (O "Estudio orínico", para abreviar)

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Hablando de ríos... Que un río de escaso caudal tenga de repente mucha corriente... es poco corriente.

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Se podría mejorar la palabra "colofón" llamándola "colofín". 

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Cuando Colón echaba broncas a su tripulación era un Colón irritable.

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Piénsenlo bien. Si uno recibió un presente en el pasado... ¿hubo algún viaje en el tiempo o cómo está la cosa?

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Escribir "rrata" es una errata muy grande. Escribir "raton" es una errata más pequeña.

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Cuando Tarzán se iba de parranda... ¿lo hacía a la Chita callando?

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Vale, ya me callo.

Colofín, colofado.



27 de enero de 2021

DE YECLA A YECLA A VELOCIDAD SUPERSÓNICA


Se me ocurrió trazar una línea recta sobre un mapamundi, una línea que lo atravesara horizontalmente de un extremo al otro, pasando exactamente por la ciudad de Yecla. De ese modo podría estudiar qué lugares de la Tierra se hallan en el mismo paralelo. 
Interesante, ¿verdad?

Les invito a hacer un viaje alrededor del mundo partiendo desde mi hogar  y volando hacia el este para volver al mismo punto por el oeste. ¿Se apuntan?
Para ello es necesario un vuelo supersónico que aconsejo hacer con capa roja, al estilo supermanesco, para que sea más eficaz.

Ya no me entretengo más, sígame todo el que quiera.

Cuando alcanzo una altura aproximada de 7.000 metros aprieto los puños y salgo disparado hacia oriente para sobrevolar el Alto Vinalopó, donde distingo Villena. Sin apenas darme cuenta ya estoy saliendo al mar Mediterráneo, porque qué le voy a hacer si yo.... 
Creo que he pasado exactamente entre Altea y Benidorm
Inmensidad inabarcable a la vista,  con destellos azules y verde esmeralda. Y pensar que por estas aguas navegaron egipcios, fenicios, griegos, romanos…

Cerdeña ante mis ojos, planeo sobre su zona sur y de inmediato atravieso Calabria, la punta del zapato de ITALIA. Una franja de mar muy azul, el Adriático, me da paso al Peloponeso, provincia de GRECIA. Si me desviara un poco al sur sobrevolaría el Partenón.

Ya estoy viendo el mar Egeo, salpicado de centenares de islas, las Cícladas.
He llegado a ver despegar un minúsculo avión desde la isla de Mykonos. Yo vuelo mucho más alto.

Se acaba el mar y me adentro en la vasta TURQUÍA. Durante este recorrido longitudinal puedo ver multitud de ciudades: Denizli, Burdur, Isparta, Konya...  y una gran cantidad de lagos por todas partes. 
En estos momentos estoy pasando sobre Batman, y no me refiero al superhéroe sino a una ciudad turca.
 
El brillo del lago Urmia es la señal de que ya estoy sobre IRÁN.  Poco más allá está Rasht, ciudad al borde del Mar Caspio, que no es un mar en realidad, sino el lago más grande del mundo.

Irán se queda pronto atrás para dar paso a TURKMENISTÁN, UZBEKISTÁN y TAYIKISTÁN,  esos países tan, tan, tan… ex soviéticos.

Y de repente… ¡Zas! ¡CHINA! La mítica China que recorrió  Marco Polo. Ahora sí empiezo a sentirme en la verdadera Asia. 
Habremos de apretar bien los puños (levantar el izquierdo es opcional) para aumentar la velocidad y atravesar el país más poblado de nuestro planeta. Pasaremos sobre Xingyang, Nei Mongol y el mismo Pekín, la enorme ciudad milenaria. Qué maravilla de valles y de montañas, la mayoría nevadas.

Me encuentro de golpe con un nuevo mar, el Amarillo (que es tan azul como los demás)  para casi acto seguido pasar entre las dos COREAS, la del Norte y la del Sur. Curioso que estas dos naciones, pese a ser hermanas siamesas, no se parezcan en nada en absoluto. ¡Si ni siquiera se hablan!

¡Oh, visión fascinante! Allá abajo está JAPÓN, rodeado del mar que lleva su nombre. Y qué pronto lo he dejado atrás tras pasar Niigata, en la costa oeste y Fukushima, de aciago recuerdo, en el este. Por un momento me he sentido como un piloto de la Segunda Guerra Mundial.

No más tierra a la vista. Empieza un viaje de más de 8.000 kilómetros sobre el Océano Pacífico. Creo que podría emborracharme de la belleza de esta inmensidad azul. 
Atravieso simultaneas bolsas de aire frío y caliente y en la distancia, entre amenazantes  cúmulos negros como rabiosos gigantes que surgieran del mar, veo un espectacular juego de luces blancas. 

Siento una gran alegría al ver surgir América ante mí. Puedo imaginar mejor que nunca lo que vivieron Colón y toda la tripulación de las carabelas.
Hago una entrada triunfal sobre las tierras de California, justamente sobre la ciudad de San Francisco.
Es el momento de atravesar todo ESTADOS UNIDOS en el orden inverso al que hicieron los colonos del siglo XIX, soñando con la conquista del Oeste. 

Prepárense para ver Nevada, Utah, Colorado, (dejando más al sur su capital, Denver) Nebraska, Iowa… Grandes praderas, desiertos, ciudades más o menos populosas y ríos que parecen no querer acabar nunca, especialmente el Mississippi. 
Sobrevuelo la ciudad de Chicago, en el estado de Illinois, al borde del lago Míchigan y paso por la frontera de otros tres estados: Míchigan al norte e Indiana y Ohio al sur. 
Ya en plena costa este me encuentro con Pensilvania y vuelve a aparecer el mar. Casi en la orilla, Trenton, capital de Nueva Jersey. Si me hubiera desviado unos 100 kms al norte habría sobrevolado la ciudad de los rascacielos.

El Océano Atlántico me da la bienvenida. Al otro lado me está esperando Europa, pero quedan todavía 3.416 km. hasta volver a ver tierra.
Por algún lugar bajo esta descomunal masa de agua está hundido el mítico Titanic desde 1912.

Descendamos a sobrevolar su superficie a toda velocidad, sintiendo el vapor de agua en el rostro y el gusto salado que deja en las fosas nasales . 
Eh, ¿¿qué ha sido eso?? ¡Me ha parecido ver una botella de cristal! ¿Llevaría algún mensaje dentro? Al menos era de cristal. No quiero ver plásticos. ¡Ni uno!

¡Ah, miren, aquellas islas de allá son las Azores! Voy a colocarme bien para entrar justo por la nariz de PORTUGAL, más o menos a la altura de la bella Lisboa.

Ya estoy de nuevo en ESPAÑA, en la provincia de Badajoz. Atravieso Ciudad Real, pasando por Puertollano (me acuerdo de Don Quijote y de Sancho) y sobrevuelo la Sierra del Segura para entrar nuevamente en el norte de la provincia de Murcia y llegar a Yecla.
¡Hogar, dulce hogar!

Toda una experiencia, ¿verdad? 
Señoras, señores,  espero que hayan disfrutado de esta vuelta al mundo en 8 minutos.
Con su permiso voy a meter los puños en agua caliente porque no puedo abrir las manos.



5 de enero de 2021

EL ALEGRE NAVIDEÑO DEL AÑO (Audiocuento grabado en familia)

 En una reunión familiar en la primavera de hace 5 años se nos ocurrió grabar el cuento de La bella durmiente. La idea era que grandes y pequeños  participáramos poniendo voces a los personajes y que quedara así un bonito recuerdo.

Tras más preparativos de los que a priori se esperaban, se llevó a cabo finalmente, y la experiencia fue tan divertida que un par de años después volvimos a  colocarnos ante el micrófono con otro cuento. 

Esta vez fue en navidades, lo había escrito yo, y otra vez nos divertimos enormemente. No sólo por ser un cuento lleno de situaciones absurdas, (tres niños que viajan a Oriente a llevar regalos  a los reyes, que se han puesto malos y están en cama) también porque el caos ante los preparativos, los nervios por no equivocarse, o el tener que leer el guion sin reír y sin que la lengua se trastabillara, nos hizo pasar momentos inolvidables.

Y fue en enero de este fatídico año que acaba de concluir, cuando nadie podía intuir que llegaría la pandemia que tantas cosas ha cambiado, que grabamos un tercer cuento. 

Aunque todas las voces quedaron registradas, la grabación ha estado aparcada durante todo el año, a falta de música y efectos sonoros. Creo que no había demasiados ánimos para concluirlo.

Y en estas navidades en las que por primera vez en nuestras vidas no hemos podido reunirnos, mi familia me pidió que lo terminara y pudiéramos escucharlo como si todos estuviéramos juntos. 

Por eso me hace especial ilusión presentar hoy en el blog este tercer cuento, para mi familia y para mis queridos lectores.

Se titula El alegre navideño del año. Advierto que es de un surrealismo feroz, de esos que casi muerden, pero espero que os resulte ameno de escuchar. 



Aprovecho para desear a todos un muy feliz año nuevo en el que no falte salud, trabajo y, muy importante, mucha ilusión.

PD. Los otros audiocuentos: