23 de agosto de 2016

ON THE RADIOS


Ni tiempo para echarme algo al estómago esta vez.  
Me trago una pastilla de reishi y bajo a la calle.

El taxista me ha estado mirando por el retrovisor todo el tiempo.
Sé que terminará pidiéndome un autógrafo.
A través de la lluvia puedo ver  las dos torres de Notre Dame.
Parecen avanzar conmigo desde la distancia.
Suena el Formidable de Stromae
Pienso en lo formidable  que sería esconderme en sus campanarios.
Como Quasimodo.
Y que todo el mundo me buscara sin dar conmigo.

Llegamos al edificio de Rue Berger.
Pago al taxista.
No abre la boca.
¡Joder, cómo llueve!

Pensaba que en la emisora me ofrecerían un café.
Nada.
La locutora se llama Anne Claire.
Al verme me hace señas tras el cristal.
Que espere, claro.
Están terminando de entrevistar a un tal Jacques.
Debe de ser médico.
Dice médecine y organisme.
Despiden a Jacques y ponen publicidad.
Anne Claire me pregunta si quiero un café.
Un café au lait?,  pregunta.
Suena "café olé" (más español) 
Anne Claire me pide un autógrafo.
Se lo adorno con un par de cuernecillos en la O de diablo.
Doy un sorbo al café olé.
Sabe a rayos.
Nos sentamos,
En la mesa hay croissants, pero nadie me ofrece.
Acaba la publicidad.
"...la première céréale qui fait du bien au mâle"
Esto va a empezar.
video

Me llama mi representante.
"¡Ya eres número uno!" - me grita
Siento un nudo en el estómago.
La emisora de Roma tiene unas vistas privilegiadas.
El foro, el Coliseo, la Via del Corso... 

Daniella Ricco presenta el programa de las tardes:
"Qualcosa da dirti"
Mordisquea su bolígrafo mientras repasa unos papeles.
Estoy deseando que acabe la entrevista.
Y ni siquiera ha empezado.
Daniella susurra en el micro  "Andiamo a comandare"
Y empieza a sonar un tema 

En la calle me esperan un montón de fans.
Me tiemblan las manos.

Daniella se acerca y me saluda con una sonrisa enorme.
Me dice que no puede creer que yo esté allí.
Le digo que no es para tanto
Se me seca la boca.
Si pudiera salir corriendo...
Quel ch'é fatto, è fatto, me dice con mirada de diablesa.
Nos sentamos.
El tema rap acaba.

video

Me viene a buscar Carlitos Andrade.
Es el Presidente de mi club de fans: Amigos do diabo.
Tenemos la misma edad.
Me regala una camiseta negra con llamas rojas.
Mañana me entrevistará su madre: Cesaria dos Anjos.

Vemos el castillo de San Jorge y la Torre de Belem.
En el barrio de Alfama tomamos ginjinha y escuchamos fados.
Hablamos de la vida.
Me pongo nostálgico.
Y algo pedo.
Confieso a Carlitos que estoy cansado.
Que quiero volver a ser el que era.

Sube al estrado una chica.
Meu nome é Maria, dice
E eu quero cantar para você
Y descubre su alma

Cesaria me recibe con un abrazo.
Se parece a mi madre.
Me aguanto las ganas de llorar.
video

Vuelo de Lisboa a Amsterdam.
Después a Berlin.
En Londres paso un día entero en cama.
Cansancio. 
Algo de fiebre.
Me alimento de galletas y blues

¿Cómo se llamaba la locutora?
Qué más da...


video

Las entrevistas duraron hasta diciembre.
Volé a México, Ecuador, Argentina...
Todos los hoteles parecían el mismo.
A veces me despertaba  y no recordaba dónde estaba.
Estuve a punto de perderme en un laberinto oscuro para siempre.

Pero en Hanoi encontré mi salvación.
Después de visitar aquella emisora...
video

...Kim-Ly cambió mi vida.

Me gustaría contaros la historia.
Pero tan acostumbrado quedé a ser entrevistado...
...que no hablo a no ser que me pregunten.

16 de agosto de 2016

BICHOS

La pasión puede nacer en cualquier lugar.
Y a veces llega con patas y antenas.

Me disponía a echarme en la tumbona con la novela que llevo en danza, cuando me percaté de que ya había un individuo en ella.
Era un saltamontes de un saludable color verde que parecía estar la mar de cómodo allí. 
Dado que hoy en día llevamos el móvil a todas partes, aproveché para sacarle este primer plano. 
Tan contento quedé por lo favorecido que había salido, que eché un vistazo a mi alrededor por si encontraba otro bicho que se prestara como modelo para mi cámara.

Y tuve suerte, porque allí mismo, en la piscina,  había alguna que otra avispa sedienta.
En el ranking de mis preferencias, la avispa se encuentra muy por debajo del saltamontes, pero no puedo negar que me gusta el estilismo de estos himenópteros. Y esa envidiable cintura...

Esta segunda foto despertó al fotógrafo que hay en mí, y como no podía haber dos sin tres, me dispuse a buscar más insectos.

Encontrar este chinche fue mi perdición, porque salió tan guapo (dentro de lo guapo que puede llegar a ser un chinche) que aparqué el libro y me dediqué de lleno a la nueva pasión para este verano: crear mi bichoteca fotográfica.

Movilicé a la familia para que me avisaran en cuanto apareciera un nuevo animalejo campestre.
 "¡A ver quién encuentra más!"

No tardaron en decirme que había una pequeña mariposa en uno de los cojines de la marquesina.


Me disgustó un poco el hecho de que no fuera tan policromática como sus primas, las mariposas diurnas. Esta parecía ir vestida de piedra, casi de fósil de la prehistoria. 
Después de la foto le di las gracias por el posado y le aseguré que ya la llamaríamos.

Entonces mi sobrino me llamó entusiasmado. "¡Una mantis religiosa!"


He aquí mi insecto favorito. Este ortóptero con look extraterrestre me resulta fascinante. Se le puede definir como el fatal bichicida que a su amante le quita la vida. 
No puede existir otro ser tan repulsivamente bello, tan zombi, tan devoto del hambre, tan sigiloso y perverso. De la Naturaleza... es un trágico verso.

Como resultó que mi pasión se tornó contagiosa, mis hijos y sobrino se mostraron entusiasmados ante la idea de  buscar más insectos  adentrándonos en el monte.

Y así fue como conocimos a este escarabajo


Por más que lo intenté, en ningún momento se prestó a que le fotografiara de frente. Debía de ser un gran celoso de su anonimato.
Si me especializara en fotografiar coleópteros tendría trabajo para toda la vida pues existen unas 375.000 especies distintas (!!!)
Al levantar una roca surgió este amigo. Yo siempre lo he llamado miriápodo, pero sé que tendrá un nombre más específico: milpiés, o ciempiés. Es totalmente inofensivo, no como su prima, la escolopendra, que tiene una picadura muy dolorosa.


Cuando se siente en peligro, este singular bicho se enrosca hasta formar una bola con su caparazón.  Leo en internet que vive en la Tierra desde hace millones de años, que los machos se pueden convertir en hembras, que bebe a través del ano y que cuando les falta comida se alimentan de sus propios excrementos. Ahora entiendo por qué se les llama cochinillas.

He dejado para el final las fotos más emocionantes de esta aventura fotográfica. 
Completó mi bichario personal una araña. 
Las pobres arañas se llevan la fama de malas. Son como las villanas de las películas.

Descubrimos primero su cueva, su casa trampa, un embudo hecho de tupida telaraña.
Pero no parecía tener intención de darnos el gusto de asomar. ¿Sería una telaraña abandonada?
Hasta que aprovechamos que una imprudente hormiga pasaba por allí para hacerla caer en la tela.
Y entonces apareció.


Sí, me faltó poco para soltar la cámara y salir corriendo.

Y aún encontramos más, pero como presiento que a más de uno le está picando todo el cuerpo, saco el cartel que conviene mostrar.

THE END

Nota: Ningún insecto fue dañado en la realización de este reportaje. Ni siquiera la hormiga que "accidentalmente" cayó en los dominios de la araña. 

Fue lista y supo escapar a tiempo.



8 de agosto de 2016

MAZINGER Z Y LA FIEBRE POR LOS ROBOTS

¡Hola, gente!

¿Cómo llevan ustedes el verano? Bien, ¿no? 

Yo he pasado unos días en Petrel, en el Hotel Cabrerator. He disfrutado del cariño y las buenas artes culinarias de Mamá Diablo, que es algo que siempre viene muy bien.

Además recibí una visita muy especial. 

Después de aquel primer encuentro blogger hace cinco años en Valencia, mi querido amigo Peibol vino a pasar un par de días al Hotel y conoció a parte de mi familia.

Entre otras muchas actividades pudo contemplar el famoso templo egipcio de Fran

También estuvimos en Marruecos sin llegar a salir de España, pero esto es algo que contaré en otra ocasión.

Una de las grandes cosas de volver al lugar en el que tantos años viví, es que siempre encuentro ocasión para rebuscar entre el montón de recuerdos de infancia que hay por allí guardados. 
Esos mágicos viajes  en el tiempo...

Hoy os voy a presentar una colección de robots. No son robots de metal, claro, sino de papel, unos "brutos y monstruos mecánicos" que Tomás y yo, siendo niños, nos afanábamos en crear.

Los dibujos los hacíamos en la parte en blanco de un rollo de empapelar paredes que nuestra madre nos permitió utilizar. Después los coloreábamos, los recortábamos con cuidado y el último paso era pegarlos en la pared de nuestra habitación.

El hobby nos resultaba tremendamente divertido, y tan productivo que una de las paredes se cubrió por completo, de un lado al otro y desde el suelo hasta el techo. Era impactante entrar y ver semejante ejército multicolor, y aún recuerdo la satisfacción que nos producía, todo lo contrario que a nuestra abuela, que aquello le parecía un horror.

Aún hoy, cualquier mención a Mazinger Z nos retrotrae a aquellos sábados por la tarde en que, fascinados, nos sentábamos a ver aquellos dibujos animados japoneses. Inmediatamente después colocábamos en la puerta de nuestro cuarto un cartel de "NO MOLESTAR" y dábamos rienda suelta a nuestra imaginación para seguir "fabricando" robots.

27 de julio de 2016

TOÑY

¿Sabes, Toñy? A pesar de los muchos años que han pasado sin verte, aún recuerdo muy bien tu voz. 
Me basta con cerrar los ojos para oirte hablar y aún consigo ver tu limpia mirada y esa sonrisa entre tímida y divertida que iluminaba tu cara.

Cómo me acuerdo de aquellas visitas en verano, de aquellos trayectos con tantas curvas que la impaciencia por llegar nos hacía larguísimos. Del momento en el que el autobús entraba por fin al pueblo y paraba justo delante de tu casa, e inmediatamente mirábamos a tu balcón esperando verte asomar. Y el corazón nos latía deprisa, por la emoción y la alegría de volver a ver a nuestras amigas.

Como si de ayer mismo se tratara, veo cómo nos hacíamos fotos en las fuentes de La Toba, o tomábamos una Coca Cola en el Avenida , o dábamos paseos sin rumbo por el pueblo... ¿Recuerdas aquella vez que entramos en tu casa y pusiste el tocadiscos? Me acuerdo que sonó el Words, de F.R David y Souvenir, de OMD, que siempre fueron los temas que identificaron a nuestra pandilla.
La nostalgia me inunda cada vez que escucho esas canciones de nuevo.

Qué sencilla era la vida entonces...

A veces me parece mentira que el tiempo no haya diluído nuestra amistad. Sin duda, aquellos años de adolescencia calaron muy hondo en todos nosotros y los recuerdos que tenemos siguen siendo tan dulces y tan de verdad como era todo entonces.
Había tanta alegría al vernos... Y también algunas lágrimas al despedirnos...

La adolescencia quedó atrás y cada cual siguió su vida. Los años han ido pasando muy deprisa, tan deprisa que hoy nos parece mentira que hayan sido tantos. Pero ¿no sientes que jamás dejamos de ser amigos, que aquellos jóvenes de entonces se hicieron adultos pero no del todo y que el cariño nunca menguó?

Tres décadas después, pensé que teníamos que volver a reurnirnos y se me ocurrió crear un grupo de whatsapp en el que estuviéramos todos. Gloria y Adela me dieron los teléfonos que yo no tenía, y de nuevo, como por arte de magia, estábamos comunicados en “AYNA: EL REENCUENTRO”.

Me alegró muchísimo saludarte otra vez, y me dijiste que tenías una hija de tres años. 
“Es mi mayor tesoro”, escribías.
Qué buena idea has tenido – me decías – Esto del reencuentro me parece muy bonito, pero creo que de momento no me siento preparada”

Ahora comprendo por qué lo decías.

Hace poco más de un mes, hojeando un libro, encontré una pegatina que hiciste para mí. Decía JUAN con colores muy vivos. La fotografié y te la mostré. Poco después me enviabas tú la foto de un naipe repleto de frases mias. Me hizo mucha gracia que los dos
conserváramos aquellos detalles tan sencillos pero tan llenos de valor para nosotros.

"Aún guardo todas tus cartas", te dije.
"¡Y yo las tuyas! Las tengo en el pueblo. Cuando vaya las revisaré"

Lo que no te dije es que las tengo ordenadas por fechas y encuadernadas.
Y hoy las veo y no soy capaz de releerlas porque me cuesta mucho aceptar que ya no estés con nosotros.

Yo no sabía que estabas enferma. Ninguno lo sabíamos porque a nadie se lo dijiste. Imagino que no querías que ningún amigo sufriera por ti, y eso dice mucho de la persona prudente, sencilla y discreta que siempre has sido.

Hoy estoy muy triste, Toñy, pero te prometo que no durará mucho. Ya sabes que soy una persona positiva y voy a transformar mi dolor en un cariño imperecedero. Además, estoy convencido de que tú vas a conseguir que aquella pandilla de entonces vuelva a reunirse de nuevo, que conmemoremos y consolidemos nuestra amistad treinta años después. Porque la vida ha pasado, pero con nosotros permanecen los dulces recuerdos de aquellos tiempos de inocencia y felicidad.

Seguramente dabas por hecho que tú no te reunirías con nosotros, pero te equivocabas, Toñy, porque sí que vas a estar. Vas a estar presente y más viva que nunca. Entre todos, junto a todos. 

Y si antes amaba Ayna, a partir de ahora la amaré mucho más, porque vas a estar en ella para siempre.

Y quiero que sepas que tarde o temprano conoceré a tu hija, y sé que al mirarla veré en ella tu mirada y tu sonrisa y podré darte entonces el beso de despedida que no me ha dado tiempo a darte.

Hasta siempre, querida Toñy.
Hasta siempre, amiga mía.


13 de julio de 2016

RECUERDOS DE AYNA (2)

La segunda vez que visitamos Ayna fue en 1981.

Mi hermana tenía entonces casi 7 años y con esa edad ya no hubo trabas para que pudiéramos disfrutar de unos días de vacaciones. De hecho fue capaz de algo que me parece de muchísmo mérito para tan corta edad. Luego os lo cuento.

Recuerdo que esa vez nos alojamos en casa de una señora que se llamaba Maruja, que alquilaba habitaciones. Entonces en Ayna no había tanto turismo y no existía el hotel que tiene hoy, ni los hostales ni casas rurales que ahora pueden encontrarse.

Una vez instalados salimos a dar una vuelta.
Las impresiones que siempre me ha despertado este pueblo al recorrerlo se me hacen difíciles de describir, tal es la cantidad de plácidas sensaciones que me embargan.

Me basta con cerrar los ojos...
...y levanto de nuevo la cabeza para descubrir un cielo luminoso entre la penumbra de sus callejuelas, con los aleros de antiguas tejas recortados en el intenso azul.
Un pueblo sumamente tranquilo rodeado de montañas pobladas de frondosos pinos, destacando la mole que surge desde el valle: los Picarzos.

Los Picarzos es una obra de arte de la Naturaleza. Sus acantilados y picos parecen estar allí para extasiar a todo el que los contemple, pues varían tanto conforme la luz del sol los sobrepasa que parecen un macizo distinto cada vez, como un guardían de piedra que se transformara con el paso de las horas.
Su cumbre está rematada por escarpadas rocas que forman pequeños y grandes torreones. A mí siempre me han recordado a las filigranas que de niños construimos en la playa, cuando dejamos escurrir del puño el agua y la arena sobre nuestros castillos..

Y a los mismos pies de esa mole pasa sereno el río Mundo, entre altas cañas y extensas raíces. Es un gozo contemplar sus recodos de agua cristalina y escuchar su discurrir sonoro sobre cantos rodados, esa sinfonía que se vuelve más alegre en los saltos o al atravesar los ojos de los puentes de piedra.

Entre el pueblo en lo alto y el río en lo hondo, el extenso huerto en escalones a la sombra de higueras y nogales. Se puede recorrer por caminos empedrados en los que abundan las chumberas, y huele a humedad y abunda el verdor. Y cuando el sol aprieta, la tierra desprende densos aromas de fertilidad.

Es en este “Mundo de agua” donde empieza la aventura que voy a contar y que sigue siendo hoy uno de los mejores recuerdos de mi juventud y la de mis hermanos.

Hacía mucho calor y bajamos a refrescarnos al río. Buscando el mejor lugar donde poder bañarnos empezamos a caminar desde dentro. El agua estaba fría como el hielo pero uno terminaba acostumbrándose después de un buen rato en remojo.
Como avanzar entre tantas piedras era complicado y hacia daño en la planta de los pies, mi madre nos permitió que nos pusiéramos las sandalias, que no eran en absoluto apropiadas para la ocasión, pero, una vez más, ella prefirió ser práctica y que disfrutáramos.

Entonces mi padre, aventurero por excelencia, propuso que siguiéramos adelante. Y así fue como una pareja con cuatro hijos comenzaron a adentrarse en el río Mundo.

En muchos de los tramos el agua llegaba por las rodillas, pero había ciertas zonas en las que la profundidad era mayor y se podía nadar, y también aparecía alguna poza en la que era posible bucear incluso.
Recuerdo que mi hermano Tomás y yo ahuyentábamos primero a todos aquellos grupos de chinches que flotaban en las aguas más tranquilas y que al acercarnos eran capaces de saltar sobre la superficie sin hundirse.
Los paisajes iban cambiando conforme avanzábamos, haciendo de aquella excursión una aventura asombrosa.

Alguna rama enorme caída sobre el río que había que sortear, túneles de vegetación en los que apenas entraba el sol, grandes mantos de ova verde meciéndose en la corriente que hacian cosquillas al pasar, una roca lisa que parecia el caparazón de una tortuga gigante, selvas de cañizo de las que surgían alborotados ruidos que siempre nos sobrecogían y disparaban nuestra imaginación...
Y ese encantador rumor del agua acompañando siempre.

Vimos multitud de peces, algunos muy grandes. Ranas y sapos que desde algún saliente saltaban a esconderse en el fondo cuando nos oían llegar. Multitud de libélulas de vivos colores que besaban la superficie del agua y se perdían entre la fronda. Incluso una culebra de agua que a todos nos dio repelús.

Después de mucho caminar, nos adentramos en un tramo umbrío flanqueado por altas choperas. De repente apareció un grupo de casas muy viejas próximas a la orilla.
Un hombre joven que estaba trabajando en la huerta se quedó asombrado al ver llegar por el río a una “familia acuática”

- Buenos días – saludó mi padre
- Buenos días – le respondió - ¿de dónde vienen ustedes?
- De Ayna
- ¿Por el río?
- Así es.
- Pues llevarán más de una hora andando, ¿no?
- Seguramente, aunque no sé ni la hora que es.

Su mujer escuchó voces y salió a saludarnos.

Si para nosotros llegar hasta allí había sido una gran aventura, lo que nos contó aquella pareja era otra aún mayor.

Eran de Madrid y tan quemados estaban de su trabajo como profesores y de su estrés de vida en la ciudad que habían querido dar un cambio radical a su existencia. Decidieron abandonarlo todo para marcharse con su pequeño hijo a vivir un lugar perdido.
Y lo encontraron.

Aquella aldea se llamaba (y se llama) Alcadima y en aquel entonces ya llevaba algunos años abandonada. Ocuparon una de sus casas, cultivaron una huerta, compraron gallo y gallinas y ahora vivían en total armonía con la Naturaleza.
Nos contaron que su idea era instruir a su hijo ellos mismos conforme creciera.

El hombre nos enseñó su querido pueblo.
Nos divirtió comprobar que se había dedicado a nombrar cada casa escribiendo en una tabla el servicio que desempeñaba. Había así un “JUZGADO”, un “COLEGIO”, una “FARMACIA”... Y la tabla que había colocado en el corral decía “AYUNTAMIENTO”.

- Sí, - nos explicaba divertido – ahí está el señor alcalde (el gallo) y los concejales (las gallinas)

Después de la visita a aquel reino de solo tres súbditos, volvimos a Ayna, piernas en remojo de nuevo, remontando otra vez lo andado.
Y todo esto con Fran y Ana, siete y ocho años respectivamente, que aguantaron como jabatos.

Imaginad cómo se nos despertó el apetito aquel día. Y lo bien que comimos en Casa Segunda, en aquella redonda terraza que asoma a la huerta, al río y a los Picarzos que todo lo vigilan.
Con aquellas ensaladas de pepino, tomate y cebolla de un sabor inigualable, y su cordero a la brasa, y sus patatas al montón y sus huevos fritos...

Para comer y cenar íbamos siempre allí. Tengo grabados en la memoria el aroma a macetas regadas al atardecer y el majestuoso aspecto de las montañas cuando se escondía el sol.
Segunda cocinaba y su hija Adelita, un bombón de chiquilla de 12 años, ayudaba a servir las mesas.

Entonces mi hermano Tomás y yo no imaginábamos lo muy amigos que nos haríamos de Adelita y, poco después, de todas sus amigas. 
Ni lo mucho que duraría esa amistad.

(CONTINUARÁ)



Nota 1: No recuerdo los nombres de aquella pareja de Alcadima, aunque hoy sé que ya no viven allí, por lo que es un lugar completamente abandonado.
Para saber más de Alcadima: AQUÍ

Nota 2: Lo que son las cosas, volví a saber de aquella mujer algunos años después, pues tendría un corto papel en una película. Pero de eso ya hablaré en su momento. 

30 de junio de 2016

RECUERDOS DE AYNA


Era el año 1977 cuando mi padre nos trajo a este pueblo de la provincia de Albacete. 
Aquel fue un descubrimiento familiar inolvidable que nos marcaría para siempre.

Recuerdo que fue toda una aventura llegar hasta allí sin mapa, que el viaje se nos hizo muy largo y que para distraernos, y dado que durante muchos kilómetros no nos cruzamos con ningún coche, nuestro padre nos decía que estábamos en otro planeta y que prestáramos atención por si veíamos a otros terrícolas.
Y así, después de curvas y más curvas,  aparecía finalmente algún vehículo.
- ¡Un terrícola! gritábamos contentos.

En aquel entonces mi padre trabajaba en la compraventa de automóviles. Cada cierto tiempo llegaba a casa con un coche distinto. A mi hermano Tomás y a mi aquello nos parecía algo fascinante y  siempre  exclamábamos "¡¡Guaaa, qué chulada!!",  cuando le veíamos llegar con otro, fuera el coche que fuera.

El verano del 77 llegamos a Ayna en un coche americano, un Chrysler rojo enorme, y cuando digo enorme quiero decir que parecía de la familia de las limusinas, largo como un día sin pan.

Tan poco discreto era aquel coche que, desde la entrada del pueblo hasta la plaza del Ayuntamiento donde paramos, toda la chiquillería de Ayna nos siguió corriendo, gritando, tocando la carrocería, admirando el tamaño de aquel cohete con ruedas.

Aquella entrada triunfal que permenece en mi memoria, sin duda  por lo importante que me hizo sentir, aún iba a rematarse con otro toque de exotismo. 

Teníamos entonces en el campo una pequeña urraca que también nos llevamos de viaje en aquella ocasión. Era el ave más lista que he visto en mi vida. Cuando intuía que alguien le tenía miedo (niños generalmente) revoloteaba y graznaba ruidosamente. Si el niño gritaba, se divertía martirizándole, posándose en su cabeza  y tirándole de los pelos. Sí, era un pajarraco bastante sinvergüenza.

Aquella urraca (supongo que le pusimos nombre pero lo he olvidado) pasó gran parte del viaje picoteando el sombrero de palma de nuestro padre.
- Te lo está rompiendo, papá - le decíamos.
- ¡Qué le vamos a hacer!
Al rato, el ave empezó a toser ruidosamente hasta que vomitó todo el sombrero que se había comido.
- ¡Lo tienes bien empleado! - le dijo mi padre - ¡Calamidad! ¡Que eres una calamidad!

Así que al llegar a Ayna, descendió del coche con aquella urraca en el hombro, y el ave, después de tanto tiempo encerrada, salió volando, dio un par de vueltas por la plaza y volvió a posarse sobre él. 
Aquellos niños se quedaron con la boca abierta.
Imagino que se preguntaban de qué planeta sería aquella gente que llegaba de repente con aquel cochazo y aquel pájaro amaestrado.

Algo que no olvidaré jamás de nuestras primeras incursiones por el pueblo fue el sonido del agua. 
Había muchas fuentes por sus calles, fuentes de agua fresca manando de sus caños sin descanso. Eso y el aroma a esparto, a huerta, a pan recién hecho...
Pero sobre todo el gozo que nos daba cuando, acalorados después de una caminata, mi padre se acercaba a alguna de aquellas fuentes y nos decía

- ¡Acercaos aquí! - Y nos empapaba la cabeza en aquellos chorros de agua tan fresca, y nos hacía mojarnos la cara y los brazos y beber hasta quedar satisfechos.

No recuerdo mucho más de aquel primer viaje, salvo que la intención de mis padres era pasar todo un fin de semana, pero nos marchamos al día siguiente. 
Mi hermana Ana, que entonces tenía solo tres años, estaba muy acostumbrada a su cuna y sobre todo a su almohada, de la que no se separaba nunca. ¡Y se nos olvidó cogerla!
Y en aquella pensión de la plaza,  ni durmió ella ni dejó dormir a mis padres.

Pero el encanto del pueblo y de su gente nos había calado tan hondo que no tardamos en volver.

(CONTINUARÁ)