28 de mayo de 2026

NO PREPARADO

Pascual llevaba varias horas estudiando.

Sobre la mesa se amontonaban libros abiertos, apuntes garabateados, bolas de papel arrugado y tres tazas con posos de café, como rotondas en un perfecto caos arquitectónico.

Impulsó la silla hacia atrás con los pies, abrió el cajón y revolvió entre los folios, lápices y cajas de grapas en busca de un analgésico. Dio con una pastilla suelta al fondo, sin blíster ni nombre, y se la llevó a la boca sin pensar.

Durante los siguientes minutos sintió un calor creciente que le subía por la nuca.

Entonces la mesa se inclinó hacia un lado.

Ocurrió de repente, como si una pata se hubiera quebrado de golpe, y Pascual sujetó todos los libros con ambas manos para que no cayeran. De improviso, la mesa fue volviendo a su horizontalidad.

«Tengo que descansar un poco», pensó.

Se echó sobre la cama y se quedó mirando al techo.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que su habitación era triangular, no cuadrada como siempre había pensado. De hecho, podía ver claramente, casi al alcance de la mano, las longitudes de los tres lados, “a”, “b” y “c”.

Parpadeó varias veces, pero las anotaciones en rojo sobre el techo seguían allí.

«¿Cuándo escribí todo eso?»

Tuvo intención de levantarse para mirar más de cerca unas ecuaciones que parecían latir sobre la pared, pero no consiguió incorporarse. Sin embargo, las piernas empezaron a flotar y se abrieron como una L, convirtiéndose en catetos. Pascual se apresuró a mover un brazo para trazar la hipotenusa. Arañaba el aire, pero no conseguía dibujarla.

Se concentró entonces para darse un impulso y logró rodar sobre la cama hasta caer al suelo.

Se hundió en agua espesa.

Flotaba y se hundía al mismo tiempo, sin llegar a entender si él era el responsable de cada ascenso y descenso o dependía de otras fuerzas.

«Igual al peso del agua que desplazo», pensó mientras daba una brazada hacia la silla.

Pero al tocarla se hundió de inmediato y las ondas empujaron a Pascual, desplazándolo hacia las profundidades nunca exploradas que había bajo la mesa.

¿Era realmente una mesa? No quedaba rastro de madera, sino una extensión de roca húmeda.

Viajó a través de una cueva profunda con un techo tan alto que se perdía en la oscuridad.

Cuando por fin se detuvo apareció un fuego que proyectaba sombras en la pared. Todo lo que ocurría fuera de su campo de visión se filtraba como formas borrosas.

Miró y tocó las cadenas que le rodeaban los tobillos. Intentó moverse, pero no consiguió salir del alcance de la luz. Lo único que veía con claridad eran sombras que pasaban ante él.

«¿Qué habrá más allá del fuego? ¿Y si hay algo que no alcanzo a ver?».

El fuego se apagó en el instante en que amanecía.  

 

El agua de la ducha lo despejó por completo, pero notaba un regusto a medicamento en la boca.

Pascual salió a la calle con la desagradable sensación de que no iba preparado para los exámenes.

Aun así, todos —Matemáticas, Física y Filosofía— le salieron mejor de lo que pensaba.

  


Dedicado especialmente a mi amiga Ángeles, mi antítesis luminosa.

Tal vez este Pascual sea el Pascualito de tus cuentos, 

pero no me atrevo a asegurarlo.



28 de abril de 2026

CANTANDO CON MI ABUELA

Durante muchos, muchísimos años, en la casa de campo de Petrel guardamos un magnetofón que no funcionaba.


Estaba en la caseta donde mi madre tiene la máquina de coser, olvidado en un armario abarrotado de carpetas y papeles de esos que se guardan “por si acaso”, y que terminan hundiéndose en la caducidad más profunda.

Cada vez que alguna búsqueda azarosa me llevaba a toparme con él, me quedaba un momento admirando aquella máquina antediluviana y preguntándome si habría algo grabado en su interior. Pero terminaba por cerrar el armario, y el aparato volvía a quedarse allí, sin ver la luz, como sarcófago de faraón.

Eso sí, fueron tantas las veces que comenté a mis padres que tenía mucha curiosidad por saber si en aquel magnetofón habría algo interesante, que el día en que se presentó la oportunidad de que alguien nos pasara la bobina a cinta de casete se lo entregaron sin dudar.

De aquel rescate se volvió a traer al presente una grabación familiar en casa de los abuelos de Elda, en su mayoría caótica y confusa, en la que se oía a mucha gente reír y cantar.

Hace tantos años que la escuché que ahora quiero repasarla de nuevo, porque apenas la recuerdo y porque es posible que Fran —que se acuerda hasta de cuando nací yo— me ayude a reconocer voces de nuestros abuelos y tíos.

Algún detalle escuchado me debió dar la pista del año, pues le puse el rótulo de ELDA. Navidades 1964.

En una de esas grabaciones se oye cantar a mi abuela Paquita, de la que tantas veces he hablado aquí en el blog, ¡y aparece incluso a su madre, mi bisabuela Concha!

Un día se me ocurrió hacer un montaje de audio e intercalar mi voz en esa canción.

El resultado se quedó ahí, para mí solo, pero ahora me apetece mucho compartirlo con vosotros y hacerla revivir una vez más.

Al escucharla resulta curioso pensar que ella grabase aquello dos años antes de nacer yo, y que yo decidiera acompañarla años después de morir ella.



Pero siempre que la escucho siento que se desvanecen las distancias del tiempo y se convierte en un dúo que cantamos muy juntos,  ella y yo, aquí y ahora.





31 de marzo de 2026

EL BAZAR DE AMAL GAMADO

He perdido la cuenta de las veces que he entrado en este pasadizo mal iluminado que es el callejón de las ideas.

Aquí me suelo detener frente al escaparate del número 6, una tienda de curiosidades conocida como el Bazar de Amal Gamado.

Sé muy bien que ya has imaginado el lugar y lo ves como una pequeña tienda antigua, con luz pobre, de esas en las que suena una campanilla en cuanto abres la puerta.

No te equivocas.

Y ahora entra conmigo.

Durante un buen rato, el vendedor (y dueño de todo lo aquí presente) brillará por su ausencia. 

Cuando cesa el tintineo de la campanilla, el silencio se hace infinito. Hasta que aparece de repente, como una sombra deslizándose entre los objetos.

—Buenas tardes —dice con un tono de voz neutro—. Veo que observa con curiosidad a los Reyes de la Dulzura. Son un primor. Doce miniaturas que estuvieron escondidas en roscones de reyes y pertenecen a años distintos y correlativos, desde 2015 hasta el actual.

—Curioso —digo con fingida admiración.
—Y además ninguno se repite, ¿ve? Son dos Melchores, ocho Gaspares y dos Baltasares. Bonitos, ¿verdad?
—Vaya que sí.
—Pero permítame mostrarle algo distinto.

(¿Te das cuenta de cómo camina? Parece que flote sobre el suelo.)

Saca del bolsillo una llave maestra y abre una vitrina estrecha.

—Aquí guardo cuatro billetes y unas monedas muy valiosas. No valiosas por su valor en sí, sino por una particularidad. ¿La ve?

—¿Qué tengo que ver?
—La particularidad.

—Pues… no.
—¡Que proceden de los cinco continentes! Las monedas vienen de las islas Fiyi; son céntimos de dólar fiyiano. Y estos billetes son dos mil leus rumanos, dos mil pesos de Colombia, cinco libras egipcias y cien rieles de Camboya.
—Curioso conjunto —digo acercándome para ver mejor el de Egipto.

Me quedo callado. Él aprovecha ese silencio para colocar sobre el mostrador tres pequeñas figuras.

—Acérquese a ver estas tres calabazas. Ganchillo, goma eva y mazapán.
—¡Anda! Pero la de mazapán… ¿se come?
—Se podría comer. Pero debe de estar más dura que los pies de Cristo.
—Me gustan las calabazas —admito.

(No es cuestión de ponerme a explicarle ahora que soy amanecista, es decir, fan de la película Amanece que no es poco, en la que la calabaza es casi un personaje más.)

Entonces me coge del brazo y me conduce a un cartel apoyado contra una silla de respaldo alto.


—¡Maravilla con mayúsculas! —dice señalándolo— Semana Santa de Yecla, edición de este año. La Inmaculada con el diablo agazapado detrás.

Me acerco para examinar la composición.

—Tiene algo inquietante —digo—. Por ese contraste.
—Podría verse como una irreverencia, pero solo muestra una tradición. En Yecla, en el Domingo de Resurrección, siempre corre un diablo por las calles. Pero aun así, este cartel se convertirá con los años en una rareza muy valiosa.

Después abre un antiguo cesto de mimbre y saca algo con aire reverencial.

—Mire qué prodigio —dice despacio, remarcando cada sílaba—. Esta piedra ha sido esculpida solo por la naturaleza, que siempre será la mano artista de Dios. ¡No me diga que no parece querer rendir homenaje al hombre elefante!

—Pues es verdad. Tiene forma de cráneo extraño.
—Pero ninguna mano humana la ha modelado. ¡Se formó tal cual!
—La verdad es que todo esto es... Tiene aquí colecciones muy singulares.

Amal Gamado empieza a mover los dedos, frotándolos y estirándolos. Se queda callado, mirándome.

—¿Ahora es cuando tengo que decirte que buscan dueño y lo de los precios especiales y tal?

Me quedo un instante mirándolo, sin saber si reírme o seguir en mi papel.

—No, no hace falta. Lo podemos dejar aquí.

Él hace un gesto teatral de alivio.

—Ah, ¿ya he terminado?
—Sí… y lo has hecho muy bien. Me has sacado de un apuro.
—¡Pues sí que haces tú paripé para presentar una entrada!
—Lo sé. Todo sea por el blog.


18 de febrero de 2026

SAMUELADAS Y AITANERÍAS 6

¿Os acordáis de cuando publicaba en el blog las Samueladas y Aitanerías
Era aquella recopilación de ocurrencias y disparates inesperados de mis hijos, que empecé a anotar en una libreta cuando Samuel tenía siete años y Aitana apenas dos. 
Me sirvieron para compartirlas por aquí entre 2009 y 2014, dejando momentos muy entrañables.

Hoy Samuel tiene 22 años y vive en Granada, y Aitana está a punto de cumplir 19 y estudia en Murcia, así que podría parecer que volver a aquellas "antigüedades"  estaría un poco fuera de lugar. 

Pero resulta que abrí de nuevo la libreta, empecé a leer...  y ahí seguían, intactas, igual de frescas y divertidas. Y hasta ellos mismos se ríen al recordarlas. 


2 agosto 2009

Samuel se está bañando en la piscina, y en una de las veces que salta al agua me salpica.

YO: Ten cuidado, que me has mojado.

SAMUEL: Ah, perdona.

AITANA: ¡Perdona, no, perdón! ¡No hables al revés, Samuel!


7 agosto 2009

Aitana con una cámara de fotos de juguete entre las manos.

—¡Sonrise, Samuel, sonrise!


11 agosto 2009

Samuel juega en el sofá y no deja que Aitana se suba. Ella empieza a llorar y él le explica las razones por las que no le permite subir. Finalmente ella lo interrumpe:

—¡Ay, déjame llorar tranquila!


26 agosto 2009

En un anuncio en la tele se oye "...huele a limpio".

SAMUEL: ¿Cuál es el olor a limpio?

APAMEN: Pues cuando se friegan los platos, por ejemplo, y usas detergente. O cuando se limpia con lejía...

SAMUEL: Eso es olor a detergente o lejía. Yo quiero saber cuál es el olor a limpio.


23 octubre 2009

Apamen se está escondiendo por la casa y Aitana la tiene que encontrar.

AITANA: ¿Mamáá? ¿Mamáá? ¡No te busco!

YO: Se dice "No te encuentro".

AITANA: ¡Mamá, no te encuentro! ¡Y no te busco tampoco! 


25 octubre 2009

Apamen está haciendo grandes pompas con un chicle,

SAMUEL: ¡Ay, eso lo sé hacer yo ...si supiera hacerlo!


El mismo día en el parque. Aitana se está tirando por un tobogán.

APAMEN: ¡Halaa, Aitana! ¡Yo no me tiraría por ahí ni loca!

AITANA: ¡Pues yo sí me tiro de loca!


20 noviembre 2009

De repente Aitana empieza a canturrear mientras juega y la oímos decir:

—¡Qué feliz estooy! ¡No me quiero casaar!

(Ni idea de dónde ha sacado esa canción con esa letra, pero qué gracia nos ha hecho)


24 noviembre 2009

Como Samuel está aprendiendo inglés y Aitana es una esponja, viene y me dice:

—Mira lo que digo, papá: Hello, bye bye, good morning... ¿A que lo sabo decir bien?


10 diciembre 2009

Samuel protesta porque su hermana está cogiendo sus colores.

SAMUEL: ¡Ehh, esos colores son míos!

AITANA: Ya... Pero da igual. Yo te los dejo.


12 diciembre 2009

Aitana pronuncia la z como f. Dice aful, fapato...

Para corregirla le digo:

—Saca la lengua entre los dientes y di zzzzzapato.

Tras varios intentos lo consigue.

—Zzzzapato, zzapato, zapato.

—Muy bien, Aitana, ya lo sabes decir.

Satisfecha, se va a decírselo a su madre.

—Mira, mamá, cómo ya lo digo bien: zzapato, zzapato

—¡Muy bien!

—Sí, lo digo bien porque saco la luenga.


27 febrero 2010

Estoy jugando con Samuel a hacerle preguntas que debe contestar.

YO: ¿Qué grupo cantaba las canciones de la película Mamma Mía?

SAMUEL: Eee... mmm... eee... ¡ABBA!

YO: ¡Correcto!

SAMUEL: Ay, no me acordaba. Estaba pensando en BBVA.


4 abril 2010

YO: ¿Queréis que comamos en el Burger King?

SAMUEL: ¡¡Sí, sí, en el Burger King!!

AITANA: ¡Sííí, en el Burriquín!

***

Sí, han crecido y ya no son aquellos renacuajos parlanchines, pero las Samueladas y Aitanerías siguen conservando su encanto. Son pequeñas joyas de su infancia, llenas de chispa y ternura, que aún hoy tienen la capacidad de arrancarme una sonrisa como entonces.

14 de enero de 2026

ARCHIVO CORRUP%TO

<reject> running this file may damage the device3005J.por lo que te decía, que me gusta hacer un poco el pavo durante las campanadas de Nochevieja. nadas de Nochevieja.

Poco antes de que empiecen, todos nos asignamos un número para decir en voz alta cuando suenan.

 “¡UNO!” y nos comemos la primera uva. “¡DOS!”... y así.

Este año, tras el UNO, yo exclamé ¡ACEITUNO!, y ya noté en las caras que se preparaban para alguna de mis PARidas.

—¡DOS!

—¡VAYA POR DIOS! —aquí ya empezó alguna risa.

—¡TRES!

—¿NO HAY ENTREMÉS?

—CUATRO.

—¡MENUDO TEATRO!

Y fue cuando llegamos al “¡NUEVE!” y grité “¡ME SE MUEVE!” que ni yo mismo pude continuar de la risa que nos entró.

Yo no sé si hago bien, por aquello de la suerte de comerse todas las uvas para empezar bien al año, pero empezarlo con risas tampoco está nada mal. <delete>

—¡SEIS!

—¡NO ME MIRÉIS!

C de CEMENTERI DE COTXES. Als afores de la ciutat, ia certa distància, vaig veure un desballestament que m'encaixava perfectament per a la tercera lletra. (vemos)

Este es un AUDIO de HERMANO FRAN:

«Me acaba de decir la mamá: Fran, ¿cómo se llama la actriz que hizo la de VICKY WALKMAN?  Y digo ¿¡Cómo!? Y ella: Sí, esa… VICKY WALKMAN… y yo me he muerto de risa cuando he sabido que quería decir PRETTY WOMAN».

I'm Carrie not-the-kind-of-girl-you'd-marry... That's me

María Sarmiento, la que se fue a ca… Error403

 ¡Ah, os cuento lo del perro!

Mis vecinos del tercero tienen un Rottweiler.  Siempre lo llevan atado y controlándolo porque es muy agresivo

C de CEMITÉRIO DE CARROS. Nos arredores da cidade, e à distância, vi um ferro-velho que se encaixava perfeitamente na terceira letra. 

El otro día bajaba yo en el ascensor con mi gorro de lana y cuando se abrió la puerta estaba la vecina con el perro.

Ella estaba tan tranquila sin imaginar que había alguien dentro del ascensor. El perro al verme, lo noté, se pegó un buen susto, y su reacción inmediata fue echárseme encima.

Me mordió en la muñeca y no se soltaba.

Por suerte llevaba yo un abrigo gordo que amortiguó algo. que amortiguó algo <reject>

Fueron segundos de mucho agobio porque el perro no se soltaba y la dueña se interpuso entre los dos intentando calmarlo.

 Cuando por fin se soltó exclamé ¡¡Joder, qué susto!!

Y me fui a la calle. Del susto no noté nada. Pero al rato empezó a dolerme.

Y cuando miré tenía un punto rojo que sangraba.

Así que fui a Urgencias. gencias. encias. cias.

Me la desinfectaron y pusieron una pomada antibacteriana.

No hizo falta vacuna del tétano porque ya me la pusieron en su día.

No quiero ni imaginar lo que debe ser que te ataque un perro así sin que lo detengan.

¡O que coja a un niño!

Imagino que la vecina se quedaría acojonada por si denuncio.

No lo voy a hacer porque no tengo ganas de malos rollos.

Pero odio a esos perracos locos  y que haya gente a la que le gusta tenerlos.  device3005J

 «No se puede completar la acción porque el archivo está corrupto.» llegó cuando Willem Einthoven, que trabajaba en Leiden (Países Bajos), descubrió el galvanómetro de cuerda, mucho más exacto que el galvanómetro capilar que usaba Waller.[4]​

«El infierno son los otros.» — Jean-Paul Sartre. Abrimos los sábados.

La instalación ha sido bloqueada por motivos de seguridad. dadiruges ed sovitom rop adaeuqolb odis ah nóicalatsni aL

¡ME SE MUEVE!

31 de diciembre de 2025

NOTAS DE UN FINAL Y UN COMIENZO

El salón de juegos del centro de mayores ya no se parece al que fue.

Antes, cada tarde, después de comer, iban llegando los jubilados y se repartían por las mesas en grupos de cuatro o cinco. Me pedían una baraja o una caja de dominó y se acomodaban para pasar la tarde con los compañeros, que en muchos casos eran amigos de toda la vida.

El ambiente olía al café recién sacado de la máquina y se oía el murmullo constante de las voces, el roce de las fichas deslizándose en la mesa y algún que otro exabrupto con mayor o menor malicia.

Algunas tardes el salón se llenaba tanto que los que no cabían en las mesas acercaban otras sillas para observar cómo jugaban los demás.

Pero entonces llegó la pandemia y todo se detuvo de golpe. El centro tuvo que cerrar.

Cuando reabrimos algunos meses después, las cosas eran muy distintas. Las mascarillas, la distancia y las normas estrictas impedían cualquier sensación de cercanía. Tras meses de rutina interrumpida y con muchas ausencias, el salón se quedó casi sin vida.

Poco a poco fue llegando la normalidad, pero no trajo consigo el ambiente de aquellos tiempos. Muchos no regresaron nunca: unos por precaución, otros porque ya no estaban, y los que se animaban a venir se encontraban con un lugar que ya no se parecía al que tanto habían echado de menos.

Durante un tiempo llegaban de forma muy dispersa. A veces entraba uno, se sentaba y aguardaba un buen rato, esperando que apareciera alguien. Al no ver movimiento, acababa marchándose. Unos minutos después llegaba otro y me preguntaba si había pasado alguien por allí.

Entonces le explicaba que sí, que fulano había estado un rato esperando, pero que al ver que no llegaba nadie había decidido irse.

Los animaba a ponerse de acuerdo entre ellos para fijar un día, pero todo quedaba en un “sí, eso haré”, que no parecía llevarse a cabo. Rara vez se juntaba una mesa en la que jugar y la actividad lúdica de las tardes en el CEAM terminó por desaparecer.

Mientras tanto el salón ha seguido utilizándose para otras actividades, como talleres de gimnasia de manos, de equilibrio o de memoria, pero la imagen de los usuarios jugando a las cartas ya pertenece al pasado.

Hoy solo una mesa es ocupada por media docena de mujeres, último reducto de las antiguas bingueras, que pase lo que pase —aunque llueva a mares— no faltan a su partida de bingo inventado, con varias barajas desplegadas sobre la mesa.

Hace un par de días se asomó uno de aquellos habituales de las tardes. Lo recordaba perfectamente porque tenía un problema en la garganta y a pesar de que lo habían operado le costaba mucho emitir sonidos.

Ahora ya no puede hablar en absoluto, así que sale a la calle con un bolígrafo y un fajo de papeles recortados para comunicarse cuando le es preciso.

Hacía mucho que no nos veíamos, así que lo saludé afectuosamente. Se acercó a mi mesa y, en un papel, me escribió con letras grandes:

TODAVÍA TENGO EL CARNÉ, QUÉ PUEDO HACER.

Le dije que podía apuntarse a pintura, o a taichí o a bailes… Él iba negando de forma casi imperceptible con la cabeza. La verdad es que no lo imaginaba en ninguna de esas actividades. Yo sabía perfectamente, porque siempre fue uno de los más habituales a las partidas de cartas, que lo que me estaba preguntando sin palabras era cómo volver a aquellas tardes de hace años.

Le dije que seguíamos guardando las barajas y los dominós y que, si encontraba a gente con la que reunirse, el salón estaba a su disposición.

Se limitó a encogerse de hombros.

ANDO MUY PERDIDO, escribió.

Su mensaje me produjo una mezcla de tristeza e impotencia. Quise responderle algo que le aliviara, pero no supe qué añadir. Vi que se disponía a seguir escribiendo y, como estaba de pie, le acerqué una silla para que se sentara a mi lado, en mi mesa.

TÚ ERES DE VILLENA?, escribió.

—No, de Yecla —le respondí.

En seguida se llevó una mano al pecho y sonrió mientras me miraba. Volvió a coger un papel y escribió:

MI MADRE ERA DE YECLA.

Después contempló el papel con una expresión cargada de nostalgia y lo besó suavemente. Me conmovió su gesto.

Desde las mesas del fondo llegaba el trajín de las mujeres jugando al bingo. Él volvió a escribir:

HAY ALGUNA MUJER VIUDA EN ESE GRUPO?

Me hizo gracia la pregunta.

—Pues sí —respondí bajando un poco la voz—. Creo que todas son viudas.

Me miró con una mezcla de sorpresa y esperanza, pero enseguida volvió a encogerse de hombros. Arrugó el papel anterior y tomó otro del fajo para escribir otro mensaje:

BUSCO UNA MUJER PARA VIVIR EN COMPAÑÍA, PERO… —y de nuevo se señaló la garganta.

Me dolió imaginarme en su lugar: se veía la buena voluntad e imaginé las ganas de rehacer su vida, y al mismo tiempo lo difícil que debía de resultarle cualquier acercamiento.

En un nuevo papel escribió:

ME SIENTO SOLO.

Me volvió a descolocar. Sentí una inmediata necesidad de serle útil de alguna manera, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Se estaba abriendo conmigo y me dio apuro no recordar su nombre.

—¿Cómo te llamabas?

PEDRO, escribió.

—Ah, es verdad —le dije—. Yo Juan.

Asintió varias veces. Él sí recordaba mi nombre.

Le pregunté si seguía teniendo contacto con alguno de los que venían antes a jugar. Me escribió que ahora algunos iban al centro de mayores de la Plaza del Rollo, pero que aquello no le gustaba.

Le expliqué que tengo entendido que algunos creen que aquí ya no se puede jugar, cuando no es cierto; que todo fue consecuencia de la pandemia, pero que la sala sigue abierta, y que, si se cruza con alguien de la zona, les diga que aquí pueden seguir viniendo con normalidad.

También lo animé a apuntarse a los bailes porque así podría conocer a más gente y moverse un poco, que siempre viene bien.

Hubo algún silencio breve. Parecía valorar lo que le decía sin terminar de decidirse. No daba la sensación de estar muy convencido, pero sí de estar escuchando.

Después escribió una nueva nota y me la pasó:

TE IBA A PREGUNTAR TANTAS COSAS QUE NO SÉ. QUE ME ALEGRO DE VERTE. TÚ SIEMPRE ME HAS CAÍDO BIEN.

Sentí un enorme afecto hacia él y se lo hice notar apretándole una mano. Nunca hubiera imaginado que aquel hombre que emitía un saludo ronco al entrar al CEAM se sentaría un día a mi lado y me contaría estas cosas mostrando tanta franqueza.

Antes de despedirnos le di un abrazo y le deseé una buena entrada en el año nuevo.

Cuando se marchó, me quedé mirando la mesa llena de papeles arrugados y me guardé el último que había escrito.

Me pregunto cuántas oportunidades tendrá este hombre de abrirse, de que alguien lo escuche de verdad.

 Al comenzar 2026, expresaré algunos deseos comiendo las uvas: que se cruce en el camino de Pedro alguien que alivie aunque sea un poco su soledad; y que, gradualmente, el CEAM recupere sus tardes: que las mesas vuelvan a llenarse, que se oiga de nuevo el murmullo de voces conocidas, que se retomen las partidas y continúen esas pequeñas rutinas que tanto bien hacen a los mayores.