10 de septiembre de 2009

EL DIABLO EN BARRANQUILLA (III)


En la costa norte de Colombia, a una hora y media de vuelo desde la capital, encontramos la ciudad de Barranquilla, la cuarta más poblada del país tras Bogotá, Medellín y Cali, con casi 1.200.000 personas.

Teniendo en cuenta que la mayor parte de la ciudad la constituyen viviendas de una sola planta, imaginad qué inmensidad de urbe para albergar a tanta gente.
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Esa es la primera impresión que tuve de Barranquilla, que era un inmenso laberinto lleno de vida en el que no había lugar, por recóndito que fuera, en el que no encontraras movimiento de tráfico y transeúntes.
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La segunda gran impresión nos la produjo el Río Magdalena, oscuro e inmenso. El principal río de Colombia bordea la ciudad antes de, como diría un poeta, dejarse morir en el mar.

En la foto desde satélite que adjunto se puede apreciar la gran cantidad de lodo y sedimentos que el río introduce en el mar y que oscurece sus aguas durante varias millas mar adentro. Este hecho da lugar a que las arenas de las playas tengan un particular color ceniciento (no en vano, el lugar donde desemboca el río se denomina Bocas de Ceniza)

En nuestro primer día de excursiones nos dirigimos a un pintoresco barrio llamado Las Flores que se encuentra junto al puerto. El lugar tiene un encanto particular pues en él existe un largo y estrecho camino de tierra que separa el río del mar.

Durante varios kilómetros el jeep de mi padre pisaba a intervalos los raíles de un antiguo tranvía que debió circular por la zona y nos permitía disfrutar de un indómito paisaje con la impresionante vista del ancho río, en un entorno selvático, a nuestra derecha y el grisáceo mar rompiendo en olas a nuestra izquierda.
El lugar en el que ambos entornos se encuentran (Bocas de Ceniza) crea una superficie parecida a la del agua en ebullición pues la corriente de agua dulce choca con la marea del mar y se abrazan para bailar vallenato.
Nuestro destino final era el estadero La Favorita donde comeríamos. En Colombia se llama estadero (no se puede ser más explícito: lugar donde estar) a lo que nosotros llamamos bar. (Por cierto, allí se conoce por "bar" una casa de putas. Las confusiones pueden ser de aúpa, me parece)

Mi padre y Fran entre río y mar. Un aseo sobre las rocas con vistas a los expectantes cangrejos.Fran con un hermoso ejemplar listo para ser devorado. (Pezqueñines No, gracias)Aquí, el Diablo en La Favorita
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En el estadero, construido con madera en su totalidad, y con la vivificante brisa del mar en las caras, comimos corvina asada, patacones (rodajas de banana frita) y crujientes huevas de pescado . Todo directamente del mar a la sartén y, por supuesto, delicioso. 
Y el entorno era muy agradable salvo por un detalle que he de nombrar para ser totalmente sincero: el volumen de la música.
Yo, como Diablo, me he marchado de Barranquilla contento de comprobar que dejo allí dos dignas sucursales de mi infierno: la música y el tráfico.
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No es habitual en mí escuchar cumbias y vallenatos porque no son propias de estas latitudes, pero, aunque no son santo de mi devoción, las toleraría siempre y cuando sonaran a los oportunos decibelios. 
No sé si en toda Colombia, pero desde luego sí en Barranquilla, la música latía con fuerza en estaderos, restaurantes y casas particulares como si el botón del volumen se hubiera roto y no hubiera forma humana de bajarlo.
Atronador.
Hasta el punto que, yendo en coche, tras dejar atrás los altavoces de un estadero, la música te acompañaba durante muchos metros. Y cuando el sonido empezaba a descender porque la distancia ya era considerable, otro estadero te recibía con nuevas sacudidas a los tímpanos.
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Es impresionante cómo se vive allá la música y el baile. Creo que la gente ya nace con ritmo y lo llevan en las venas durante toda su vida. Suena un vallenato o un reguetón y automáticamente todas las caderas en ese entorno se empiezan a menear con alegría. También es cierto que cuando uno no sabe bailar, como es mi caso, el problema es mayor. Por muchas novelas que regales a un analfabeto no lo vas a alegrar nada.
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El otro infierno es, como decía, el tráfico.

En Barranquilla hay una flota de 13.000 taxis y otras tantas miles de moto-taxis, además de cientos de autobuses. Dado que es bajo el porcentaje de habitantes con vehículo propio, el taxi se convierte en el principal medio de transporte. El hecho de que la tarifa no dependa del tiempo empleado sino del servicio concluido, hace que todos se muevan con prisa, para aprovechar el tiempo con todos los viajes posibles. No os será difícil imaginar mi cara cada vez que subía a uno de ellos con lo mucho que me gusta a mí la velocidad.

Sin cinturones de seguridad, sin apenas semáforos, sustituyendo los intermitentes por los bocinazos, con adelantamientos sorpresa, con invasiones de carril imprevistas, con acelerones de infarto... Cada vez que bajaba de un taxi, no os miento, me entraban ganas de besar el suelo y creo que no lloraba por vergüenza, que si no...

Mi hermano Fran se burlaba de mí. Como él ha visto más mundo me decía que eso no era nada comparado con el tráfico de La India o de El Cairo. ¡Vaya un consuelo! Porque aquello sea el Apocalipsis esto no dejaba de ser un infierno.

Mi padre nos aseguraba que le costó muchísimo acostumbrarse a esa forma de conducir en la que no sólo has de estar muy pendiente de todo sino además intuir lo que los demás puedan hacer. Eso y la práctica diaria consiguen el milagro de no ver accidentes a todas horas.
Vivir para ver.

En la foto: la noche en la que llegamos, enseñando a nuestro padre cartas y fotos de sus nietos .

En el ángulo inferior derecho se puede apreciar el pan casero que llegó desde Almansa.

El queso, el jamón y los embutidos ¡¡también llegaron sanos y salvos.!!

A estas alturas seguro que ya no queda nada.

7 de septiembre de 2009

EL DIABLO EN BARRANQUILLA (II)


Situémonos en el escenario de los hechos.

Aeropuerto de Bogotá, ciudad en la que se vive una eterna primavera, con suaves temperaturas todo el año.
Largas colas van avanzando lentamente hacia las ventanillas en las que habíamos de presentar pasaportes, pero nos sentimos felices de haber descendido por fin del avión.

Comienzan una serie de preguntas que se repetirán una y otra vez por distintos lugares de acceso.
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¿A qué ha venido a Colombia? ¿A qué ciudad se dirige? ¿Cuánto tiempo tiene pensado quedarse? ¿Dónde se va a alojar?, ¿Su padre es colombiano? ¿Y su madre? … (¿De verdad hace falta tanto? Casi nos sentimos en la necesidad de confesar cualquier crimen…)
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Nos entregan un cuestionario en el que una de las preguntas dice:
¿Es portador de algún alimento de origen animal?
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Fran no se lo piensa dos veces y marca una X en la casilla que dice NO.
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Mentira cochina. Tenemos una maleta cuyo interior guarda un enorme queso manchego, una pieza de jamón serrano y mucho embutido envasado al vacío, además de un pan casero redondo conseguido en Almansa (Albacete) casi tan ancho como la maleta. Son cosas que nuestro padre había manifestado echar de menos porque, o no se encuentran en este país o resulta carísimo adquirirlas. Sólo descartamos la posibilidad de meter aceite de oliva y un buen vino tinto por aquello de evitar líquidos sospechosos.
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Todos estamos pendientes de esa maleta en cuestión, que viene embalada en plástico desde Valencia, pues deseamos que llegue sana y salva a su destino: el estómago de nuestro padre. 
Declarar que llevamos tantas viandas en ella podría echar por tierra ese loable propósito y decidimos correr el riesgo.
Es entonces cuando aparece el primer contratiempo. Las maletas iban pasando por la cinta transportadora. Tomás reconoce la del cargamento comestible, la coge y, asustado, la suelta de inmediato.
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—¿Qué pasa? —le preguntamos
—¡La maleta está vibrando!
—¿Vibrando? ¿Cómo que vibrando?
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Pronto cae en la cuenta de lo que ha sucedido. Acostumbra a raparse la cabeza a menudo y para ello se ha traído la máquina de cortar el pelo y ésta se ha puesto en funcionamiento dentro de la maleta.
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—¡Pero, tío —protestamos—, ¿cómo se te ocurre meter la máquina en esa maleta?
—¡Joder, si la he metido en un bolsillo aparte y la he traído con las pilas agotadas!
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Llegamos a la conclusión de que las bajas temperaturas que se deben alcanzar en la bodega del avión le han recargado las pilas. Eso o que al llegar a Colombia la maquineja se ha sentido con ganas de bailar reguetón y vallenato.
El caso es que es exagerado el movimiento que tiene la maleta y que, aunque le propinamos algunos puñetazos furtivos, no conseguimos apagarla. Para ello tendríamos que desembalarla allí mismo, delante de todo el mundo y la haríamos más vulnerable de ser investigada. De nuevo tenemos que correr el riesgo y seguir adelante.
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Y así, en la zona en la que todo ha de pasar por el escáner casi no respirábamos. Imaginábamos que el hombre que mira la pantalla exclamaría: ¿Pero qué diablos es esto que se ve aquí? ¿Una bomba?
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Sin embargo, milagrosamente, nada nos dijo. ¿Cómo era posible? ¿Nadie se dio cuenta ni del queso ni del jamón ni del “abejorro” vivo del interior?
Apretamos el paso para escapar de allí, mirándonos de reojo, aliviados por la suerte que habíamos tenido.
Pero como si se tratara de un videojuego, aún quedaba el último nivel. Un mozo se ocupaba de pesar las maletas antes de embarcarlas en el avión y al coger la del baile de San Vito hizo un gesto de sorpresa y nos preguntó:

—¿Qué hay aquí dentro? ¡Algo se mueve!

Tomás tuvo que mentir como un bellaco.

—¿Eh? Ah, sí, en el escáner ya han visto que es una máquina de cortar el pelo. Con los golpes se debe haber puesto en marcha.
—Bueno, pero tienen que apagarla.
—Es que como va tan bien embalada…
—¡Apáguenla! —exigió mientras entregaba a Tomás un fleje para que cortara todo el embalaje y la abriera.
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La gente que nos rodeaba se nos quedó mirando. Nadie se libra de ser sospechoso de algo si lo obligan a abrir una maleta en un aeropuerto, así que nos colocamos lo más retirado posible, intentando pasar desapercibidos.
No conozco todas las Leyes de Murphy, pero estoy seguro de que habrá una que diga que siempre que busques algo en una maleta desesperadamente, no lo encontrarás jamás a menos que la abras bien y lo saques TODO.
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Tomás iba metiendo la mano por todas partes, abriendo una cremallera, luego otra, después otra y la máquina parecía burlarse de él con su “Trrrrrrrrrrrrrrrrrr ¿A que no me encuentras? Trrrrrrrrrrrrrr” Indignado, dio la vuelta a la maleta para buscar por otro lado y ¡PLOM!, el queso manchego se salió para rodar feliz por el suelo. A mí empezó a entrarme la risa y más cuando vi cómo lo atrapaba y lo volvía a meter en su guarida en décimas de segundo mientras murmuraba furioso “mecaguenlaputamáquinadeloshuevos”.

Los tres hermanos lo rodeábamos intentando tapar con los cuerpos las miradas de los curiosos, casi convencidos ya de que algún policía se acercaría y nos desmantelaría todo el alijo.
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Por fin encontró la máquina y la apagó furioso para meterla a continuación en su bolsa de mano.
Devolvió el fleje al empleado así como la maleta para que la pesara por fin. Después de hacerlo, la vimos desaparecer por una cinta transportadora. La pobre se marchaba con la sombra de la sospecha a cuestas. En nuestra imaginación podíamos ver a algún empleado del aeropuerto en una última inspección relamiéndose de gusto.
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Una hora y media después recogeríamos de nuevo la maleta ya en el aeropuerto de Barranquilla en donde nos esperaba nuestro padre.

Me reservo para otro día el desenlace de la historia. ¿Llegarían a buen puerto los manjares ocultos?
Prometo también hablar de una vez de la ciudad de Barranquilla y de sus gentes y mostrar algunas fotos. No es que me esté haciendo de rogar, es que cada cosa necesita su tiempo.
No se me impacienten.
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Y ahora, como diría Valery: ¡¡Ciaooooooo !!

1 de septiembre de 2009

EL DIABLO EN BARRANQUILLA


Jamás hubiera imaginado que viajaría a Colombia.
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Si me hubieran dicho que lo haría junto a mis hermanos me habría parecido una divertida invención. Pero si además me hubieran manifestado hace unos años que pasaríamos una semana en Barranquilla, en la casa de nuestro padre ¡me habría echado a reír ante una idea tan surrealista!

Sin embargo todo ha sucedido realmente, con lo que parece que uno no puede asegurar nada de lo que está por ocurrir y por muy rutinaria que pudiera resultar la vida, todo es impredecible, como si el destino se escribiera con una tinta caprichosa que diera giros inesperados en las historias de cada cual.

Por esas cosas que tiene la vida, mis padres se divorciaron hace unos años. Fue un cambio tan inesperado en el guion de nuestra existencia que todavía hay momentos en los que me parece parte de un sueño antiguo.

Tras mucho meditarlo, mi padre decidió empezar una nueva vida en un lugar en el que su pensión le permitiera vivir con cierto desahogo y partió hacia Sudamérica.
Primero vivió en Venezuela y poco después se trasladó a Colombia, concretamente a Barranquilla, lugar en donde reside desde hace cuatro años.
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Gracias a este fantástico invento que es internet, fuimos contactando e intercambiando información, y dado que siempre le ha gustado escribir, (algo que sin duda he heredado de él) nos fue enviando lo que él llamaba ANÉCDOTAS AMERICANAS, unas interesantísimas historias por entregas de todo lo que por aquellos mundos le acontecía.

Yo tenía muy vagas nociones de Colombia. 
Desde bien pequeño sabía que su capital es Bogotá porque siempre me gustó aprender las capitales de los países. Poco más. Un enorme territorio al norte de Sudamérica, el país del mejor café del mundo, la tierra de Gabriel García Márquez… pero también el país de la coca y de los guerrilleros de las FARC y de los secuestros…

En uno de aquellos relatos verídicos que mi padre nos escribía, contaba:

"Aquí (refiriéndose a Barranquilla) aparecen diariamente en los periódicos no menos de tres asesinatos, en la mayoría por robo. Un simple móvil, un anillo o cadena de oro pueden provocar una muerte. A veces el asaltado se defiende y mata también a algunos de los asaltantes, ya que es raro que actúen en solitario".

Y no olvidaré nunca el impacto que me produjo una vez en la que estábamos chateando cuando de repente escribía: "Hijo, en estos momentos están matando a un hombre enfrente de mi casa"

No podía salir de mi asombro y él me explicaba que en esa ciudad hay frecuentes muertes por ajustes de cuentas entre bandas rivales, que no es conveniente hacer ostentación de nada que pueda llamar la atención a los asaltantes, que es preferible no resistirse…

Con estos datos, me costaba creer que estuviera acostumbrado a vivir allí. Yo le deseaba lo mejor, pero tenía claro que no haría un viaje a aquellas tierras ¡Ni por todo el oro del mundo!

Sin embargo, la tinta caprichosa de la que antes hablaba debió emborronar mi convicción. 
Y fue por un correo de Milena, la mujer con la que nuestro padre comparte hoy su vida, que supimos que éste se encontraba en el hospital por una insuficiencia cardiaca. Afortunadamente, y a pesar del triple baipás que ya llevaba implantado, se recuperó. Pero a los hijos se nos quedó mucha intranquilidad. Si él no daba visos de querer volver a España y nosotros no nos planteábamos semejante viaje, ¿ya nunca más nos veríamos?

Comenzamos a replanteárnoslo y cuando nuestro padre supo de esa posibilidad de encuentro quiso eliminar cualquier impedimento con la gran generosidad que le ha caracterizado siempre:

—Yo os pago el viaje. No sólo a vosotros, a todo aquel que quiera venir a verme.

Con meses de antelación conseguimos los billetes de vuelo para la tercera semana de agosto, una fecha que nos venía bien a los cuatro hermanos.

Juan, Fran, Tomás y Ana

Y llegó el domingo 16 de agosto.

Excepto Tomás, que trabaja minuciosamente para mantener intacta su soltería, Fran, Ana y yo nos despedimos de nuestras familias —diez días sin pareja ni hijos—. Aunque pueda sonar mal decirlo, eso tenía un puntito placentero. ¿Un puntito? ¡Un puntazo! ¡¡Diez días sin preocupaciones de ningún tipo!!

Primero volamos de Valencia a Madrid. Una bicoca si no fuera por el hecho de que para un tipo como yo, al que le incomoda bastante la velocidad, y que conduciendo no pasa de 100 si no es estrictamente necesario, la carrerilla supersónica que tiene que tomar un avión para despegar no me hace feliz en absoluto. Y desde que supe que el momento crítico en un vuelo está en su despegue, siempre los paso aferrando las manos a los brazos del asiento, con la cabeza pegada al respaldo, los ojos cerrados y rogando al que esté en la ventanilla que me diga si realmente estamos subiendo o no, porque mi impresión es que, a pesar de sentir que mis tripas quedan envasadas al vacío, el avión no consigue levantar el vuelo y va a caer estrepitosamente despachurrándonos a todos. (Imagino que más de uno se pueda estar pitorreando, pero que a nadie le extrañe tanto que el diablo, que siempre ha sido muy de subsuelo, odie estar sobre las nubes).

Para colmo de males, alguien tuvo la feliz idea de colocar cámaras en las colas de los aviones de Iberia para que podamos ver en directo los despegues y aterrizajes por las pantallas de los televisores. ¡¡Cómo se puede ser tan cafre!! ¿Es que quieren que veamos in situ, cómo empieza a salir humo por la cabina de mando, o cómo se desprende de repente un ala o cómo se acerca una inoportuna bandada de grullas y se meten de golpe en uno de los motores? Yo no quiero tener tanta información. Prefiero no saber. ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Que oigamos por los altavoces los latidos del corazón del comandante de vuelo? 

Estuve a punto de pedir el libro de reclamaciones y escribir:

"Hagan el favor: lo último que quiero saber es cómo van las cosas allá afuera, distráiganme con películas de Los Hermanos Marx. ¡¡Hasta un concierto en vivo de los AC/DC antes que esto!!"

Pero como dice el dicho, "¿No quieres caldo? ¡Toma! ¡Tres tazas!". Tres despegues a la ida y tres despegues a la vuelta. Y no hay manera, ¡no me inmunizo!

El salto de Madrid a Bogotá duró más de diez horas pero con las emociones y el hecho de que íbamos en busca del sol y no se hizo nunca de noche, no dormimos nada. Bueno, los culos sí que se durmieron.

En el aeropuerto de Bogotá tuvimos que pasar tantos controles y tantas preguntas como para descomponer al más pintado. Todas más o menos las mismas pero con alguna sorpresa, aunque la primera anécdota importante la protagonizó Tomás y su maleta, porque ¿dónde se ha visto que una maleta pueda dar un calambrazo al cogerla?

Pero para no desesperar a mis sufridos lectores, todo esto ya lo cuento en la próxima entrega.
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9 de agosto de 2009

EL AVERNO ESTÁ EN VERANO

Es casi como un chiste: ¡el diablo veranea!
Y en el colmo del despiste sale huyendo del calor.
Abandona sus placeres y el estrés hoy le cabrea
porque tiene mil quehaceres al otro lado del blog.

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Prepara su maleta de pecados predilectos,
su lápiz, su libreta, por si surge la ocasión
de un dibujo, una vivencia o ese momento perfecto
que suponga una experiencia digna de redacción.

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En tres semanas de ausencia os echará de menos.
Notaréis que su presencia se reduce un 100%
y el vacío que se sufre sin la sombra de sus cuernos
llenará con mucho azufre, para que no lo olvidéis.
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Deja un cesto de manzanas por si algún Adán o Eva
aún se asoma a la ventana que abre su colección.
Se le resiste Melilla, y con razón se subleva
pues Satán allí no pilla ni al más triste pecador.
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Promete volver muy borde, afilado su tridente,
para ser un tipo acorde con su imagen de maldad.
Algún juego sobre cine parece tener en mente
Y un viaje de alucine: ¡a Colombia volará!
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En esta importante hazaña hacia el Nuevo Continente
sus hermanos le acompañan, (son Ana, Tomás y Fran)
Los espera allí su padre, soñador terrateniente,
residiendo tan campante donde se va el caimán.
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Basta ya de dar paliza; a la vuelta, más lecturas.
Evitaré longanizas ( ya sabéis de lo que hablo)
Y perdón por estos ripios, no son más que calenturas
que le salen a este tipo
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............................................Siempre vuestro

..............................................JuanRa Diablo








3 de agosto de 2009

YO PHOTOSHOPEO

Para mí Photoshop ha sido el gran descubrimiento.

Me parece un programa útil, interesante y divertido. 
Todavía no sé utilizar muchas de sus herramientas e ignoro para qué sirven otras, pero en todos estos años de práctica he conseguido algunos efectos que a mí me satisfacen.

Os voy a mostrar algunos ejemplos, a ver qué os parecen.
1. ANTIQUE.


Utilizando como fondo la imagen de un libro abierto encontrada en internet, superpuse fotos de mi hija Aitana a las que añadí un marco apropiado y les di un aspecto de antigüedad.

Las hojas secas y el botón con sus respectivas sombras dan un toque especial al conjunto.

2. BESO ANGELICAL.


Me lo pasé bomba poniendo nuevas caras a esta famosa escena. De perfil, mi hijo Samuel; la cara de satisfecha es la de su hermana cuando tenía dos o tres meses.

3. CALEIDO ESCOPIO.
Simplemente copiando y rotando fotos se crean efectos tan interesantes como éste.

4. DOS ANGELES.
De nuevo protagonistas mis hijos (quiénes si no) en un montaje que me gustaría repetir con la actual cara de Aitana que aquí era un bebé rechoncho.

5. ENTRE AGUAS.
 Me gusta mucho este efecto. Tenía una foto del agua de un estanque y la superpuse sobre otra de Samuel, quitándole opacidad para que ambas se pudieran apreciar.

6. FUERA DE LÍMITES.

Este curioso efecto en el que uno diría que los personajes de las fotos se van a salir de ellas, es bastante sencillo de conseguir siguiendo los pasos que muestra este vídeo tutorial.

7. LA NIÑA AZUL.
Tan fácil como recortar y pegar sobre fondos apropiados y crear algunas transparencias.

8. MAMÁ DE CINE.
Me empeñé en conseguir cambiarle la cara a la imagen de la Columbia Pictures por la de mi madre. No coinciden las texturas pero resulta gracioso, ¿no?

9. ¡QUÉ HAMBRE!
Una foto de mi hija con la cara llena de papilla y muchas ganas de guasa. (Con mordiscos tan desesperados no habrá príncipe que la despierte)

10. RÁPIDOS.
De una foto real de mi hijo y sobrino Cristian metidos en una bañera encontrada en una rambla seca, a utilizar una foto de un rio en internet y darle un uso útil a esa bañera.

11. SAM ARQUITECTO.
Creo recordar que éste es el primer montaje que hice con Photoshop (no muy bien recortado, la verdad) en el que quería dar ese efecto de niño gigante. Samuel parece estar montando la Basílica de la Purísima de Yecla.

12. TRES SON TRES
Con la herramienta Tampón de clonar se pueden transportar objetos y personas de varias fotos a una sola. Eso es exactamente que hice aquí.

13. SAMUEL KONG
Lo mismo en este último ejemplo. Duplico edificios sobre una imagen de Samuel para que parezca que sobresale de entre ellos.
 

¿Y vosotros? ¿Hacéis uso de Photoshop? ¿Habéis conseguido resultados interesantes? 
Ya me contaréis.