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31 de diciembre de 2025

NOTAS DE UN FINAL Y UN COMIENZO

El salón de juegos del centro de mayores ya no se parece al que fue.

Antes, cada tarde, después de comer, iban llegando los jubilados y se repartían por las mesas en grupos de cuatro o cinco. Me pedían una baraja o una caja de dominó y se acomodaban para pasar la tarde con los compañeros, que en muchos casos eran amigos de toda la vida.

El ambiente olía al café recién sacado de la máquina y se oía el murmullo constante de las voces, el roce de las fichas deslizándose en la mesa y algún que otro exabrupto con mayor o menor malicia.

Algunas tardes el salón se llenaba tanto que los que no cabían en las mesas acercaban otras sillas para observar cómo jugaban los demás.

Pero entonces llegó la pandemia y todo se detuvo de golpe. El centro tuvo que cerrar.

Cuando reabrimos algunos meses después, las cosas eran muy distintas. Las mascarillas, la distancia y las normas estrictas impedían cualquier sensación de cercanía. Tras meses de rutina interrumpida y con muchas ausencias, el salón se quedó casi sin vida.

Poco a poco fue llegando la normalidad, pero no trajo consigo el ambiente de aquellos tiempos. Muchos no regresaron nunca: unos por precaución, otros porque ya no estaban, y los que se animaban a venir se encontraban con un lugar que ya no se parecía al que tanto habían echado de menos.

Durante un tiempo llegaban de forma muy dispersa. A veces entraba uno, se sentaba y aguardaba un buen rato, esperando que apareciera alguien. Al no ver movimiento, acababa marchándose. Unos minutos después llegaba otro y me preguntaba si había pasado alguien por allí.

Entonces le explicaba que sí, que fulano había estado un rato esperando, pero que al ver que no llegaba nadie había decidido irse.

Los animaba a ponerse de acuerdo entre ellos para fijar un día, pero todo quedaba en un “sí, eso haré”, que no parecía llevarse a cabo. Rara vez se juntaba una mesa en la que jugar y la actividad lúdica de las tardes en el CEAM terminó por desaparecer.

Mientras tanto el salón ha seguido utilizándose para otras actividades, como talleres de gimnasia de manos, de equilibrio o de memoria, pero la imagen de los usuarios jugando a las cartas ya pertenece al pasado.

Hoy solo una mesa es ocupada por media docena de mujeres, último reducto de las antiguas bingueras, que pase lo que pase —aunque llueva a mares— no faltan a su partida de bingo inventado, con varias barajas desplegadas sobre la mesa.

Hace un par de días se asomó uno de aquellos habituales de las tardes. Lo recordaba perfectamente porque tenía un problema en la garganta y a pesar de que lo habían operado le costaba mucho emitir sonidos.

Ahora ya no puede hablar en absoluto, así que sale a la calle con un bolígrafo y un fajo de papeles recortados para comunicarse cuando le es preciso.

Hacía mucho que no nos veíamos, así que lo saludé afectuosamente. Se acercó a mi mesa y, en un papel, me escribió con letras grandes:

TODAVÍA TENGO EL CARNÉ, QUÉ PUEDO HACER.

Le dije que podía apuntarse a pintura, o a taichí o a bailes… Él iba negando de forma casi imperceptible con la cabeza. La verdad es que no lo imaginaba en ninguna de esas actividades. Yo sabía perfectamente, porque siempre fue uno de los más habituales a las partidas de cartas, que lo que me estaba preguntando sin palabras era cómo volver a aquellas tardes de hace años.

Le dije que seguíamos guardando las barajas y los dominós y que, si encontraba a gente con la que reunirse, el salón estaba a su disposición.

Se limitó a encogerse de hombros.

ANDO MUY PERDIDO, escribió.

Su mensaje me produjo una mezcla de tristeza e impotencia. Quise responderle algo que le aliviara, pero no supe qué añadir. Vi que se disponía a seguir escribiendo y, como estaba de pie, le acerqué una silla para que se sentara a mi lado, en mi mesa.

TÚ ERES DE VILLENA?, escribió.

—No, de Yecla —le respondí.

En seguida se llevó una mano al pecho y sonrió mientras me miraba. Volvió a coger un papel y escribió:

MI MADRE ERA DE YECLA.

Después contempló el papel con una expresión cargada de nostalgia y lo besó suavemente. Me conmovió su gesto.

Desde las mesas del fondo llegaba el trajín de las mujeres jugando al bingo. Él volvió a escribir:

HAY ALGUNA MUJER VIUDA EN ESE GRUPO?

Me hizo gracia la pregunta.

—Pues sí —respondí bajando un poco la voz—. Creo que todas son viudas.

Me miró con una mezcla de sorpresa y esperanza, pero enseguida volvió a encogerse de hombros. Arrugó el papel anterior y tomó otro del fajo para escribir otro mensaje:

BUSCO UNA MUJER PARA VIVIR EN COMPAÑÍA, PERO… —y de nuevo se señaló la garganta.

Me dolió imaginarme en su lugar: se veía la buena voluntad e imaginé las ganas de rehacer su vida, y al mismo tiempo lo difícil que debía de resultarle cualquier acercamiento.

En un nuevo papel escribió:

ME SIENTO SOLO.

Me volvió a descolocar. Sentí una inmediata necesidad de serle útil de alguna manera, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Se estaba abriendo conmigo y me dio apuro no recordar su nombre.

—¿Cómo te llamabas?

PEDRO, escribió.

—Ah, es verdad —le dije—. Yo Juan.

Asintió varias veces. Él sí recordaba mi nombre.

Le pregunté si seguía teniendo contacto con alguno de los que venían antes a jugar. Me escribió que ahora algunos iban al centro de mayores de la Plaza del Rollo, pero que aquello no le gustaba.

Le expliqué que tengo entendido que algunos creen que aquí ya no se puede jugar, cuando no es cierto; que todo fue consecuencia de la pandemia, pero que la sala sigue abierta, y que, si se cruza con alguien de la zona, les diga que aquí pueden seguir viniendo con normalidad.

También lo animé a apuntarse a los bailes porque así podría conocer a más gente y moverse un poco, que siempre viene bien.

Hubo algún silencio breve. Parecía valorar lo que le decía sin terminar de decidirse. No daba la sensación de estar muy convencido, pero sí de estar escuchando.

Después escribió una nueva nota y me la pasó:

TE IBA A PREGUNTAR TANTAS COSAS QUE NO SÉ. QUE ME ALEGRO DE VERTE. TÚ SIEMPRE ME HAS CAÍDO BIEN.

Sentí un enorme afecto hacia él y se lo hice notar apretándole una mano. Nunca hubiera imaginado que aquel hombre que emitía un saludo ronco al entrar al CEAM se sentaría un día a mi lado y me contaría estas cosas mostrando tanta franqueza.

Antes de despedirnos le di un abrazo y le deseé una buena entrada en el año nuevo.

Cuando se marchó, me quedé mirando la mesa llena de papeles arrugados y me guardé el último que había escrito.

Me pregunto cuántas oportunidades tendrá este hombre de abrirse, de que alguien lo escuche de verdad.

 Al comenzar 2026, expresaré algunos deseos comiendo las uvas: que se cruce en el camino de Pedro alguien que alivie aunque sea un poco su soledad; y que, gradualmente, el CEAM recupere sus tardes: que las mesas vuelvan a llenarse, que se oiga de nuevo el murmullo de voces conocidas, que se retomen las partidas y continúen esas pequeñas rutinas que tanto bien hacen a los mayores.

                              

25 de mayo de 2016

EL TRAYECTO DE CADA DÍA

Trabajo de campo para un mes de mayo cualquiera.

Desde la puerta de mi casa hasta la misma entrada de mi trabajo hay exactamente 24,6 kms. Esto es lo que me indica el cuentakilómetros del coche tras un repentino ataque de curiosidad.

Con este dato en mi poder, era inevitable hacer una comprobación y me dispongo a realizar unos cálculos matemáticos. (Iba a escribir “me dispongo a coger la calculadora”, pero me daba menos caché)

Si yo fuera profesor en la materia expondría el problema tal que así:

¿Cuántos kilómetros realiza JuanRa al día? ¿Y a la semana? ¿Y al mes? ¿Y al año?
Pero como ni sois alumnos de matemáticas ni hay diablo tan despreciable como para obligaros a serlo, ahora mismo doy la solución.

Al día: 24,6 x 2 = 49,2 kms
A la semana: 49,2 x 5 = 246 kms
Al mes: 246 x 4 = 984 kms
Al año: 984 x 11 = 10.824 kms

Ahora viene la parte divertida, que es la de imaginar que yo hiciera esa burrada de kilómetros en linea recta.

Partiendo de Yecla y hacia el este, esos 10.824 kms me llevarían... ¡hasta Tokyo!
Ya me imagino a los japoneses aclamándome a la llegada:

“¡¡Bienvenido, JuanLa!! ¡Qué mélito el tuyo con tanto lecolido! Tu sabel que tu coche está echando humo, ¿no? Ahola tú venil a concesionalio Toyota”
(Nota: creo que me ha salido más bien el acento chino, pero este trabajo de campo no requiere rigor lingüistico)

Hacia el oeste ese recorrido no terminaría en bienvenida pues me quedaría a la deriva en algún punto del Océano Pacífico. Sí, porque hasta Los Ángeles, California, hay 9.675 kms, pero aún me queda saldo para más.
Así que como quiero pisar tierra firme al llegar, vamos a hacer que esa imaginaria linea recta se trace con rumbo suroeste.
Entonces sí, los 10.824 kms me llevan hasta Río Gallegos (Argentina)

“¿De dónde venís?”, me preguntaría alguien al verme.
“De España”
“Ah, ¿sos gallego vos?”
“Bueno, no exactamente. Pero aquí sí son gallegos, ¿no?”
“No, acá somos riogalleguenses”

Bueno, basta ya de hablar con gente imaginaria. ¡Ni que estuviera loco!

Pero ¿sabéis lo que más mola de haber llegado hasta Río Gallegos? ¡Pues que estoy muy cerca de la Tierra del Fuego!
Esto ya me parece más apropiado para mí. Imaginad a un diablo entrando en la Tierra del Fuego, también llamado “Fin del Mundo”. Es como jugar al Juicio Final por adelantado (muahahaha!!!)

Ahora bien, ¿quién es el cachondo mental que le puso el nombre de Tierra del Fuego a un lugar donde la temperatura media anual es de poco más de 5º? ¿Lo hizo para intentar entrar en calor?

Pero voy a despedir ya a este profesor de matemáticas que ha entrado en mí, porque se me estaba ocurriendo ahora coger la calcu hacer cálculos matemáticos con los kilómetros y el precio del combustible. Y no quiero acabar con mal cuerpo.

En cualquier caso, sin salirme de esos 24 kms iniciales, qué recorrido tan placentero el que hago cada día.
No es que divise desde el coche unos paisajes especialmente bonitos pero, a fuerza de observar el entorno y de concerlo tan bien, le he tomado cariño.

En este trayecto, al que desde hace muchos años puse un nombre a cada tramo, han nacido la gran mayoría de las entradas de este blog, pues he redactado mentalmente mis historias ficticias y recordado pasajes de mi vida dignos de contar.

He visto los mismos campos en condiciones muy distintas: en pleno verdor primaveral y entre millones de copos blancos, con lluvias torrenciales y asándome de calor. Y me he maravillado viendo iluminarse el cielo con impresionantes destellos eléctricos, con puestas de sol que parecían de otros mundos y hasta con pequeños tornados en días de viento extremo.

En este trayecto he visto gente recolectar la aceituna, tractores labrando bancales, pastores con sus grandes rebaños esparcidos... Y también un fatal accidente.

Durante mi recorrido diario he cantado a pleno pulmón, y me he emocionado con recuerdos de ayer. También me he reído solo y se me ha puesto mal cuerpo escuchando ciertas noticias.

Con el sosiego que me produce un recorrido tan conocido, he puesto en orden mis pensamientos y he sabido, muchas veces, relativizar las preocupaciones.

En ocasiones me he enamorado de algún paisaje por tener ese día una luz especial o un cielo muy llamativo, y a veces lo he fotografiado. Unas veces deteniendo el coche y otras de manera fugaz, asombrándome después de haberlo captado tan bien.

Hoy he buscado algunas de las fotos y videos de ese trayecto para presentarlas en un video. Todo son lugares que veo a diario a izquierda o derecha de la tranquila carretera, yendo a Villena o volviendo a Yecla.
Qué curioso que algunas veces, siendo los mismos lugares, me resultan completamente distintos.

Si os subís a mi coche os los enseño ahora mismo.

19 de noviembre de 2015

LOS NIÑOS GRANDES

Desde mi asiento veo cómo el joven se adelanta para abrirle la puerta a su abuelo, y una vez dentro le vuelve a coger del brazo con afecto. El chico me da las buenas tardes y el anciano, que camina arrastrando los pies, me saluda con un gesto de su cabeza.

—¿Dónde te sientas, abuelo?
—En aquella mesa.

Observo cómo le quita con cuidado el abrigo y el sombrero y los cuelga en la percha más próxima.

Una vez sentado le pregunta si está bien y el abuelo le dice que sí y hace un gesto con la mano a su nieto, apremiándole a marcharse.

—Dentro de hora y media vengo a por ti, ¿vale?
—No, no hace falta que vengas, ya me bajo yo andandico
—Ni pensarlo, luego vengo a recogerte.
—Pero...

Y sin darle opción a réplica se despide dándole un beso en la mejilla.

El hombre se queda en silencio, relajado en su silla, esperando a que lleguen sus compañeros de juego.

Quedo emocionado ante la forma de actuar de este muchacho.

Se va llenando el salón conforme pasan los minutos. La mayoría de los mayores llegan solos, con su propio pie, unos con paso más ágil que otros.

A Damián lo trae su hija en coche, y desde el coche hasta el salón de juegos se acerca él con su andador de aluminio. Ella no suele entrar, pero esta vez lo acompaña porque él le ha pedido que le saque un café de la máquina.

—¡Este hombre...! —entra ella refunfuñando — ¡Cuanta más prisa tiene una, más pide!
—La próxima vez que me pida el café a mí y yo se lo saco —le digo.
—¿Has oído? —dice alzando la voz para que la oiga su padre— Cuando quieras un café se lo pides al chico.
—Claro, a mi no me cuesta nada...
—Es que de verdad, últimamente está...   —me dice mientras espera a que el vaso se llene— Si no lo traigo no saldría de casa. ¡Que le daba miedo caerse! Y voy, le compro el andador y ni aún así. Y luego un móvil para que me llame cuando quiera que le recojamos. Si es que no le falta de nada. Y es que es lo que yo le digo, ¡sal de casa y distráete! No, es que si no se mueve se hace viejo en cuatro días, ¿sabes? Por eso lo obligo —saca el vaso del hueco de la máquina y se lo lleva a la mesa—. ¡Toma! ¡Tu café!

Más de una vez hemos oído, y hoy yo lo puedo asegurar convencido, que un anciano se parece más a un niño que a un adulto. Al anciano le gusta sentirse mimado, y los desaires y las ofensas los acusa profundamente. Con ternura y apoyo moral se les da más fuerza que con toda la ayuda material que muchas veces, por lástima o por propia comodidad, les prodigamos.
Para un joven es más o menos fácil recuperarse de las adversidades que puedan sucederle en el terreno afectivo, pero para un viejo es ya muy difícil.

He visto a tantos jóvenes mirar a los ancianos como bichos raros, sin respeto, como si fueran algo pasado que ya no cuenta ni merece la pena prestar atención...
Qué poco pensamos en que el paso del tiempo es rapidísimo y que todos llegaremos a esta situación en la que, después de una accidentada vida llena de luchas, de desengaños, de ingratitudes y de egoísmos, lo que más nos importará es que nos quede lo mejor que de ella hemos conocido: el afecto, el cariño, el amor.

Vuelve la hija a llevarse a su padre.

—Venga, aligera que he dejado el coche mal aparcado. No te habrás manchado otra vez de café, ¿no? Venga, veeenga, que tengo prisa.

Llega el nieto a recoger a su abuelo.
Le pone el abrigo y el sombrero. Cuando salen por la puerta oigo al joven preguntarle si ha ganado al dominó.

—Pues de cinco partidas que hemos echao, una vez solo
—¡Pero abuelo, así no vamos, ¿eh? Así no vamos! —y lo vuelve a tomar del brazo.

7 de mayo de 2015

ME DA IGUAL QUE NO ME QUIERAS

Ayer fui objeto de una declaración de desamor.

Suena raro, sí, pero ocurrió. 
Fue en La Pajarera, ese gran espacio rectangular del Centro de Mayores que se utiliza como doble sala de usos múltiples. 

Las más de cien sillas del lugar van desplazándose de un extremo a otro según necesidades. 
Cuando se convierte en zona de baile, fuera sillas. Cuando los pintores van a colorear sus lienzos, dentro sillas. Cuando toca hacer pilates, fuera sillas. Si vienen a ensayar teatro, depende, pero el caso es que siempre hay trasiego de asientos por el lugar.

En esos menesteres me encontraba yo en el momento de los hechos, despejando una de las salas. Había terminado el grupo de gimnasia especial (aquellos mayores que tienen dificultad a la hora de moverse y realizan sus ejercicios sentados en sillas) y cuando yo entré quedaban tres señoras esperando a que llegaran los voluntarios de Cruz Roja, que siempre acuden a  llevarlas con cuidado hasta el minibús que las transporta a sus casas.

Reproduzco a continuación lo que ocurrió cuando me vieron entrar.

Señora 1:  Ah, mira, ya viene este chico a por mí.
Señora 2: No, mujer, que este no viene a recogernos.
Señora 1: ¿No? —dirigiéndose a mí— ¿No vienes a por mí?
Yo: No, solo vengo a llevarme estas sillas.
Señora 1: Pues vaya, qué desilusión, ya pensaba yo que venías a por mí.
Yo:  No, pero no tardarán en venir a recogerlas.
Señora 3: ¿Nos tenemos que levantar?
Yo: No, no, quédense ahí.

Seguí amontonando sillas.

Señora 1: Bueno, pues si no me quieres... ¡peor para ti!
Señora 2: (con tono de reproche a su compañera) ¡Pero mira que te gusta poner en compromiso a la gente!
Señora 3: (apurada al ver que cada vez quedaban menos sillas) ¿Nos levantamos para que te lleves estas?
Yo: No, tranquilas, no se preocupen, que esas no me las llevo.
Señora 1: ¿Sabes lo que te digo? —otra vez mirándome— Que me da igual que no me quieras porque yo tampoco te quiero.
Señora 2: ¡Ay, la virgen!
Señora 1: Que no, ¡que no lo quiero!
Señora 2: Chico, no le hagas caso, que a ésta le gusta mucho decir tonterías.

Yo, sorprendido pero sonriente, seguí con lo mío.

Señora 1: De tonterías nada, que solo digo lo que pienso.
Señora 2: ¡Pues no hay que decir siempre todo lo que se piensa!
Señora 1: Yo sí. Por eso no me casé.
Señora 3: (con inquietud) Ay, el hombre se tiene que llevar nuestras sillas.
Señora 2: ¡Que no se las lleva!  ¡Ay, qué mujer esta! ¿Cómo nos va a dejar esperando de pie?
Yo: Claro, no se preocupen, ya me las llevaré después. No hay ninguna prisa.

Las tres señoras quedaron en silencio unos segundos.

Señora 1: Pues sí, a mi me decían a veces: “¿Y eso que no te casaste? ¿Nadie te quería?” Y yo siempre decía. “Pues no, nadie me quería, ¡pero es que  yo tampoco quería a nadie!”
Señora 2: Uy, menuda serías tú de moza...
Señora 1: Y es verdad que nunca he querido a nadie, ¿eh?

En esos momentos entraron dos voluntarios que se llevaron a las señoras 2 y 3.

—¡Esta sí que es buena! ¡Otros que no me quieren! Me dejan la última, ¿has visto?

Me iba a marchar al terminar de despejar la sala, pero no quise dejar a aquella peculiar mujer a solas. Empezaba a caerme bien.

—Bueno,  ya he terminado  —le dije.
—¿Qué van a hacer aquí ahora?
—Viene el grupo de baile.
—Ah, ¿aquí vienen a bailar también?... A mi eso de bailar nunca me ha gustado. O bueno, no sé, porque  bailé poco. Y ahora aunque quisiera... Es que mi hermano no me dejaba bailar, ¿sabes? Cuando alguno me lo pedía decía él “Cuidao, que ese solo quiere contarte las costillas” … Eso me decía... Mi hermano, al morir mis padres, me protegía mucho...  Luego tuvimos que trabajar duro... Madre mía,  ¡lo que yo he trabajado!...  Así que  eso de bailar... no sé... si fuera joven otra vez... probaría a ver.

Volvió la mirada hacia el ventanal,  sumida por unos segundos en quién sabe qué pensamientos.

Lamenté que entraran de nuevo para recogerla, pues de repente me interesaba todo lo que me decía aquella señora. Me acordé de inmediato de mi querida Josefina, de las muchas historias que de su vida me contó y de aquella forma  tan burlona y divertida con la que me trató siempre. Cuánto me acuerdo de ella, sentada allí entre todas aquellas señoras armadas con bolso, formando la gran mafia binguera.

—Ah, ahora sí, ya me toca. Bueno, chico, como tú no me has querido... me voy con este otro que sí me quiere. ¡Hala, adiós!

Es curioso, solo esas pequeñas pinceladas  sobre su vida me bastaron para recordar a esta mujer toda la tarde.
Se me quedó grabado eso de “si fuera joven otra vez...” como si esa fuera una oportunidad que pudiera volver a surgir. Aunque quién no ha pensado alguna vez en algo parecido.  

Me acordaba del “Cuidao, que ese solo quiere contarte las costillas”. Nunca había oído un equivalente de “meter mano” que fuera más anatómico todavía.

“Nunca he querido a nadie”, dijo. ¿Es esto posible? Me cuesta creer que no se enamorara alguna vez, que no se dejara llevar por los agridulces suspiros del corazón ¿Ha conseguido alguien esquivar al amor?
¿Y con quién vivirá? ¿Se sentirá sola? ¿Se arrepentirá de algo?
Me pregunto  si en el balance de su larga existencia considerará haber sido suficientemente feliz.

Cuando salí de la Pajarera la vi en el elevador del minibús de la Cruz Roja. El voluntario y ella subían cara a cara, cogidos de los antebrazos.
Cuando la sentaron en su asiento correspondiente miró a sus compañeras y dijo:
"Bueno, ya he bailao bastante por hoy"

Me quedo con muchas preguntas, pero en cualquier caso admiro profundamente a  las personas que no pierden nunca el sentido del humor.

Tengo que preguntarle cómo se llama. 
Mira por donde, yo sí he empezado a quererla.

20 de noviembre de 2014

UN ACCIDENTE ANTE MIS OJOS

Ayer viví una situación sumamente desagradable, de esas por las que uno preferiría no tener que pasar jamás.

Eran las 12.30 y como cada día me dirigía a Villena al trabajo. 
Los 22 kilómetros desde Yecla se transitan por una carretera comarcal en buen estado, que en su mayor parte es una larga recta con buena visibilidad y poco tráfico, y aunque conducir no es algo que me relaje especialmente, este tramo que tan bien conozco, sí me agrada en su totalidad, y su recorrido me causa sosiego.


Poco después de rebasar el cartel que indica el paso a la Comunidad Valenciana, dejando a la espalda la Región de Murcia,  (lo que yo siempre he llamado “la frontera”), vi a lo lejos un Seat Marbella blanco que avanzaba en mi misma dirección.
Cuando estaba a unos 100 metros de él, me percaté de que se desplazaba ligeramente al centro de la carretera, pisando la línea discontinua e invadiendo incluso durante un par de segundos el otro carril.

“Pero qué le pasa a ese”, pensé, y al fijarme en el conductor más detenidamente,  observé que agachaba la cabeza, como si buscara algo que se le hubiera caído. Recuerdo que pensé en lo imprudente de su actuación y lo peligroso que podía resultar adelantarle y que se me echara encima.

Calculo ahora que lo que vi desde ese momento al de la colisión transcurrió en cinco o seis segundos, aunque el tiempo parece querer estirarse en mi memoria, en esta película mental que me ha quedado grabada y que se reproduce una y otra vez.

El coche volvió a invadir el carril contrario, se salió de la calzada, y encajado en el desnivel del arcén, recorrió un largo tramo alzando una columna de polvo por ese terreno sin asfaltar, hasta que impactó con un pequeño muro de hormigón, los llamados salvacunetas, que se construyen para delimitar la entrada a un camino rural. El golpe con ese macizo sonó como un cañonazo. El pequeño coche saltó por los aires e hizo medio giro para volver a caer entre el arcén y el carril izquierdo, encarado en dirección contraria, con la puerta del conductor abierta y el frontal totalmente prensado.

Con el corazón encogido por el tremendo susto, disminuí la velocidad hasta detener el coche en un camino a mi derecha,  a la misma altura del accidentado. Busqué mi móvil y marqué rápidamente el 112.  Segundos después detuvo su coche un chico que también vio el impacto, él de frente, y tan asustado como yo o más, pues por escaso margen de tiempo no chocaron ambos vehículos. 
Mientras yo llamaba y daba datos del lugar, él se acercó a mirar dentro del coche siniestrado.

La mujer del servicio de emergencias me preguntaba si el accidentado estaba consciente, si podía moverse, pero yo era totalmente incapaz de acercarme a comprobarlo, así que pregunté con un gesto a ese chico, que también con un gesto vino a decirme que el hombre estaba muy mal.
Así que yo solo acertaba a decir que no, que vinieran cuanto antes, que parecía muy grave.

La policía llegó enseguida  y emprendieron ejercicios de reanimación dentro del coche.

Con ese joven  (me dijo su nombre pero lo he olvidado)  estuve intercambiando impresiones mientras llegaba la ambulancia.

“Me daba mucho miedo mirar, me decía él, por si había algún crío dentro”
“¿Qué edad puede tener?”
“Entre 40 y 50, calculo”
“¿Le has visto muy mal?”
“Sí, tenía las piernas... uff, yo creo que ha muerto en el acto”

Aunque el día era soleado hacía mucho frío, y el viento gélido me hacía tiritar; supongo que mi temblor también se debía a semejante sobresalto.

Llegaron los bomberos, la Guardia Civil y por último el SAMU. 
Pregunté si me podía marchar, pero al ser testigo del hecho me pidieron que me quedara a testificar. 

El trasiego alrededor del coche fue constante. Parece que siguieron el protocolo de prevención y, aunque no daba señales de vida, no sacaron el cuerpo por la puerta lateral sino que introdujeron una tabla por la puerta del maletero para extraerle en posición rígida. Como esta puerta estaba atrancada, tuvieron que forzarla con una palanca.

Me ha quedado grabada la imagen del cuerpo sobre el bancal, el fuerte contraste de la dorada tela que lo cubría brillando al sol sobre aquella tierra árida. Una de las ráfagas de viento levantaron esa tela y pude ver su cara un instante. Me pareció muy joven y sentí mucha pena por él, y por esa familia que aún no sabía lo que les venía encima.

Es curioso, pero en aquellos momentos, ante algo tan imprevisto y  por la celeridad de acontecimientos tan poco comunes, no sentía nada más que ese aturdimiento propio del impacto emocional. Me desahogué un poco contándolo a mis compañeras, y en el trabajo me distraje como pude, pero fue después, de vuelta a casa,  cuando me invadieron otros muchos sentimientos.

Esa noche,  la zozobra de mil pensamientos acabó despertándome  y estuve insomne un par de horas.
Pobre hombre, ¿qué le habría ocurrido? ¿Se despistó y perdió el control del vehículo? Eso es lo que me pareció en un primer instante y lo que declaré cuando me preguntaron, pero ahora pienso que recorrió un buen tramo sin frenar, por lo que cabe la posibilidad de que sufriera un desvanecimiento. Si así fuera, probablemente no se enterara de nada. Pensar en esto me tranquiliza.

Esta mañana he leído en el periódico que era de Yecla y que tenía 45 años. 
Aún no me han llegado más datos de quién podría ser, y casi prefiero no saberlo. Me angustia la idea de que tuviera mujer e hijos, y no he podido evitar pensar en los míos,  en cómo cambiarían sus vidas ante algo así.

Esto me ha servido para reflexionar. Estamos tan acostumbrados a conducir que terminamos perdiéndole el respeto a la carretera y a veces bajamos la guardia. Hay que extremar las precauciones al volante; un segundo de distracción, solo uno,  puede ser fatal.

Sé que tendrá que pasar un tiempo hasta que se vayan diluyendo esas imágenes nefastas, el desagradable sonido de aquel golpe y este nudo en el estómago. 
Sé que me quedan preguntas que jamás tendrán respuesta y descubro verdades incuestionables.

La certidumbre de que  la línea que separa la vida de la muerte es a veces extremadamente delgada.
Que es una bendición sentirse sano, sentirse vivo.
Y que debemos intentar sacar el máximo provecho a la vida.


Carpe diem.

27 de mayo de 2014

ÚLTIMA ESTACIÓN

Se han cumplido seis años trabajando en el Centro de Mayores de Villena.

http://instagram.com/villenacuentame#Por esas vueltas que da la vida, esta ciudad, que tan solo era un lugar de paso para mí,  se ha ido convirtiendo en algo muy mío también. 

Enamorado sigo de su castillo, y del casco antiguo de callejuelas estrechas y laberínticas que nacen a sus pies. Y en las primaveras, el mercado medieval que montan en el barrio de El Rabal  es algo tan espectacular  que merecería la pena presentároslo algún día en un reportaje.

Me he acostumbrado perfectamente al latido pausado del Centro, al trasiego de gente mayor que se reúne por las tardes para jugar a las cartas o al dominó.
Me gusta el denso aroma a café que flota en el ambiente cuando los jubilados llegan de casa recién comidos y van sacando de la máquina un café tras otro. "El calentico", que dicen ellos.

Me divierte observar a esas señoras que van a la peluquería y sienten mucho apuro al tener que cruzar un salón abarrotado de hombres, o escuchar a la pareja que diariamente informa de quiénes son los difuntos del día, dando tantos datos y detalles de sus vidas que casi podrían escribir sus biografías.
Apenas hay voces altisonantes, salvo los de algún cascarrabias que no sabe perder en el juego, o las protestas puntuales cuando la calefacción es floja en días de frío o se avería el aire acondicionado en verano.

Es curioso que  los dos usuarios del centro a los que más afecto tengo  reciban numerosas críticas por parte del personal y se les tache de  antipáticos. Yo no les veo así en absoluto, aunque quizás ocurra que solamente yo he conocido su lado amable y su verdadero corazón risueño.

Una es mi querida Josefina, la capo Corleone, la reina del bingo. 

Un peinado impecable sobre un porte firme de miradas severas le confieren aire de señora seria. Pero aquella mordacidad de sus protestas  y las sarcásticas advertencias que me lanzaba en mis primeros días, iban acompañadas siempre de un agudo sentido del humor, así que, lejos de amilanarme, me la hicieron más interesante  cada día y, no sé cómo, pero nos fuimos ganando el uno al otro hasta profesarnos un sincero afecto.

Josefina me contó su niñez en Petrel, sus años mozos, su matrimonio "con el hombre más bueno del mundo", los años difíciles de la posguerra..., y, por supuesto,  su sueño de que los Reyes Magos le traigan  algún día a Bertín Osborne.  "¡Pero que sea antes de que me haga más vieja y ya no me quiera!"

El otro gruñón incorregible es José, uno de aquellos Billy y Garret que tanto se odiaban.  

Nunca quise decantarme por ninguno de los dos enemigos, pero en mi fuero interno siempre me simpatizó más Garret, es decir, José, al que todos llaman Cabila.

Hubo un antes y un después en nuestro trato, que nunca dejó de ser amable, y fue el día en que me lo encontré por la calle.
Hacía calor y Cabila estaba sacando una silla a la puerta de su casa para tomar el fresco. Se alegró mucho al  verme y me rogó que esperara un momento, pues quería presentarme a su mujer.

—Así que tú eres Juan —dijo ella al verme—. Mi marido me ha hablado mucho de ti.
—Y a mí  de usted; ya me dijo que es yeclana.
—Juanico, ya sabes dónde vivo —decía él—. Cualquier cosa que necesites, no dudes en venir a pedírmela. ¡Pero de verdad!, ¿eh?

Y desde aquella vez, Cabila acentuó su sonrisa al llegar. Tomaba el Marca y  la caja de dominó marcada con una cruz roja y hablaba un rato conmigo antes de dirigirse a su mesa. Un viaje reciente con su mujer, un consejo, alguna broma, un comentario futbolero... Así, día tras día.

A finales del pasado verano, me vine con Samuel al Centro para que pasara una tarde conmigo y viera cómo es todo aquello. Cuando Cabila llegó y vio a ese hombrecito a mi lado, se quedó unos instantes muy quieto por la sorpresa. Sin pronunciar palabra me miró con ojos interrogantes y me lo señaló con un rápido movimiento de cabeza.

—Sí, es mi hijo —le dije—.  Mira, Samuel, este es José.

Se dieron la mano y noté que a Cabila le brillaban los ojos. Me percaté de que quería decirle algo pero la emoción se lo impedía.
Fue a la hora de marcharse cuando le salieron las palabras.

—Así que has venido al trabajo de tu padre, ¿eh?
—Sí
—¿Te gusta el futbol?
—Sí, mucho
—¿De qué equipo eres?
—Del Real Madrid
—¡Sí, señor, como yo! —y volvía a darle la mano, riendo con satisfacción.

Al día siguiente, lo primero que hizo Cabila fue preguntarme por Samuel. Le traía unos cuentos que tenía por su casa. Le agradecí mucho el detalle y le dije que se los daría de su parte.

—Ay, Juanico, ayer al ver a tu hijo... me recordó al mío... Yo es que perdí un hijo, ¿sabes?  Se me murió muy jovencico.
—Vaya, cuánto lo siento —le dije apretándole un brazo.
—También le gustaba mucho  el futbol —dijo con una sonrisa emocionada—. Todos los días me acuerdo de él.

Desde entonces, Cabila me fue preguntando por mi hijo prácticamente a diario, "Me acuerdo mucho de tu chiquillo, ¿cómo está?" y al despedirse, su consejo: "¡Disfruta de tus hijos, disfrútalos ahora que puedes!"

Hace tan solo un mes, Cabila se acercó a mí antes de marcharse a casa.

—Juanico, vamos a estar unos cuantos días sin vernos.
— ¿Y eso?
—Me van a operar. Los médicos han visto unas manchicas por aquí... -se señalaba un lado del cuerpo - Una cosa un poco fea.

Viendo que yo me iba poniendo serio,  volvió  a ensanchar su  sonrisa.

—No, pero no tengo miedo, de verdad que no. Luego tardaré en venir porque me pondrán quimio y no estaré para muchos meneos, pero yo ahora estoy tranquilo.
—Va a ir todo muy bien — le dije—, ¡seguro que sí!
—Mi mujer... claro, está más asustada, pero es que... la verdad, como a mi no me da miedo morirme...
—Cuídese mucho, que quiero verle pronto por aquí otra vez.

Nos cogimos de las manos y nos sonreímos los dos.

—No se lo he dicho a nadie de aquí, solo a ti, porque te considero un amigo. Si preguntan por mi... tú diles que me he ido de viaje.
—De viaje a Benidorm, ¿verdad?
—Sí, a Benidorm

Y antes de marcharse se giró para decirme, una vez más, que se acordaba de "mi chiquillo", que le diera muchos recuerdos de su parte.

Escuché su nombre la semana pasada y tuve que salir al exterior por la impresión que me produjo. Volví a entrar deseando haberlo oído mal, pero me lo confirmaron.

—Sí, Cabila, ese que te pedía el Marca, ¿sabes quién te digo?,  se murió ayer.

Ese tarde quedó el periódico deportivo sobre mi mesa. Nadie me lo pidió. También la caja de dominó era un objeto  solitario frente a mí, y la cruz roja que él dibujó parecía querer llamar mi atención.
Fue una tarde larga y triste en la que no tuve ganas de hablar con nadie.

Aún me duele ver su silla vacía.

Quiero pensar que eres infinitamente feliz ahora. Hoy soy yo quien se acuerda mucho de ti y el que te dice:
"Disfruta de tu hijo, amigo Cabila, disfruta de él ahora que puedes"

13 de junio de 2013

ESA OSCURA Y DULCE AMIGA

Tengo una compañera en el trabajo que se pasa las horas sin hacer nada. Y cuando digo nada, quiero decir ab-so-lu-ta-men-te nada. 

A menudo la veo  dormitando  al sol, dejándose llevar por una pereza desmesurada, y  tan ajena a todo lo que ocurre a su alrededor,  que no se molesta ni en alzar la cabeza para saber quién pasa por su lado. Ya no sé a cuántas personas habré oído murmurar: ¡Mira qué bien vive ésta!

Cuando se cansa de tanto descansar, veo a través del cristal cómo se despereza y busca entonces algún lugar a la sombra, resguardado de corrientes,  para seguir sacando partido de su desgana sin fin.

Sin embargo es muy ágil en movimientos si le conviene. 
Cuando me ve llegar, por ejemplo, se suele acercar a saludarme a buen ritmo, dando vueltas en torno a mí para llamar la atención. De sobra sabe que con sus zalamerías terminará relamiéndose.

 La he llamado compañera, pese a ser una gata, porque lleva aquí en el centro unos cuantos años y ya nos conoce bien a todos. 
Y es curioso que nadie le haya puesto un nombre todavía,  y hagamos referencia a ella como "la gata"  

Pero no es mal nombre al fin y al cabo: a La gata, o Lagata,  poco le falta para ser  "lagarta"  de verdad (y lo digo por su gran afición a empaparse de sol, sin más matices)

La primera particularidad de esta amiga es su brillante pelaje negro, que la hace resaltar vivamente cuando pasa junto a los muros mostaza del edificio, y que es algo que me mueve a fotografiarla con frecuencia. No es mala modelo después de todo, y me deja retratarla bien; especialmente si la pillo vaga, que es la cosa más natural del mundo.

Su segunda peculiaridad es la gran facilidad que tiene para engañarnos a todos. No sé cómo lo hace para inflarse y desinflarse de esa manera. 

Cada año damos por hecho que se ha quedado preñada,  y que en los sucesivos días nos encontraremos con una camada de gatitos. 
Sin embargo de un día para otro reaparece sin barriga, con la esbelta figura de siempre, como si hubiera parido hace semanas o no lo hubiera hecho nunca. Pero lo curioso es que nunca se ven crías por ningún lado.

No sé bien a qué es debido esto, pero la veo muy capaz de fingir embarazos para que la mimemos todavía más. 
Eso o que se trate de una gata embrujada, (o una bruja engatusada), que también podría ser.

El caso es que en estos últimos meses se ha hecho muy amiga mía, y como en esta loca primavera hemos pasado más frío que Carracuca, compartimos algunos ratos en el exterior, buscando las caricias del sol. 

Y allí le cuento cosas.

El otro día le dije que tenía cara de lista y que solo le faltaba hablar, e inmediatamente emitió un extraño sonido que a mi me sonó claramente a “Ahí va”. 
Le dije muy seriamente que no volviera a hacer eso, que yo no estaba preparado para escuchar hablar a un gato, por muy amigo mío que fuera, y que en adelante hablaría solo yo, y que ella se limitara a escuchar.

—¿Te has dado cuenta –le advertí— de que en otros tiempos nuestra amistad habría estado muy mal vista? Con mi fama de Diablo y que tú eres más negra que el callejón del pecao, seguro que acabábamos con nuestros huesos en la hoguera.
Ella entornaba los ojos, como si se pudiera tener sueño después de mil horas durmiendo.

Otra cosa que le reprocho a veces es su manía de seguirme tan de cerca hasta casi hacerme tropezar, o que se quede esperando a la entrada de La Pajarera, cuando sabe que tengo que salir de nuevo, y me mire desde la puerta entreabierta, observando todos mis movimientos mientras me llama. 

—¡No tienes hambre! – le reprocho.

Ella responde con sus Miaus más afirmativos.

—¡No, ni hambre ni sueño, lo tuyo es ya puro vicio!

En cambio me resulta encantadora cuando en días de lluvia viene a refugiarse al portal de entrada. 
Se pone muy firme, como si fuera una estatua egipcia,  enrosca  con mucho estilo su cola al cuerpo y contempla serenamente cómo se moja todo menos ella.

Hace dos semanas, unas negras nubes oscurecieron el cielo a media tarde  y una tromba de agua descargó sobre Villena. 
La lluvia dio paso a una sonora y espectacular granizada,  tan abundante que cuando la tormenta pasó estaba todo blanco, igual que si hubiera nevado.  
Mi amiga tardó mucho en aparecer, y cuando lo hizo su figura resaltaba como nunca. Parecía que los colores habían huido de repente y solo quedaban el blanco y el negro en un paisaje inusual.

—¿Dónde te escondes cuando llueve tanto? —le pregunté.

No me respondió. Debe guardar secretos tan oscuros como su piel.

Ayer mismo la pillé en un momento tan cariñoso que le propuse hablar de ella en el blog,  pero cuando saqué el móvil para grabarla se volvió esquiva, como si temiera que la fama  pudiera privarla de sus largas horas de vagancia, y se resistió a ser buena actriz para mí.

—¿No te parece –le dije—  que es hora de ponerte un nombre?  Puede que ahora que te conoce más gente nos llegue alguno desde el otro lado. ¿A que te gusta eso de “el otro lado”? 

Por supuesto no se pronunció al respecto. 

Y la verdad es que  no sé si será porque le prohibí hablar, porque calla más de lo que sabe  o porque le encanta hacerse la misteriosa con sus silencios.