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28 de abril de 2026

CANTANDO CON MI ABUELA

Durante muchos, muchísimos años, en la casa de campo de Petrel guardamos un magnetofón que no funcionaba.


Estaba en la caseta donde mi madre tiene la máquina de coser, olvidado en un armario abarrotado de carpetas y papeles de esos que se guardan “por si acaso”, y que terminan hundiéndose en la caducidad más profunda.

Cada vez que alguna búsqueda azarosa me llevaba a toparme con él, me quedaba un momento admirando aquella máquina antediluviana y preguntándome si habría algo grabado en su interior. Pero terminaba por cerrar el armario, y el aparato volvía a quedarse allí, sin ver la luz, como sarcófago de faraón.

Eso sí, fueron tantas las veces que comenté a mis padres que tenía mucha curiosidad por saber si en aquel magnetofón habría algo interesante, que el día en que se presentó la oportunidad de que alguien nos pasara la bobina a cinta de casete se lo entregaron sin dudar.

De aquel rescate se volvió a traer al presente una grabación familiar en casa de los abuelos de Elda, en su mayoría caótica y confusa, en la que se oía a mucha gente reír y cantar.

Hace tantos años que la escuché que ahora quiero repasarla de nuevo, porque apenas la recuerdo y porque es posible que Fran —que se acuerda hasta de cuando nací yo— me ayude a reconocer voces de nuestros abuelos y tíos.

Algún detalle escuchado me debió dar la pista del año, pues le puse el rótulo de ELDA. Navidades 1964.

En una de esas grabaciones se oye cantar a mi abuela Paquita, de la que tantas veces he hablado aquí en el blog, ¡y aparece incluso a su madre, mi bisabuela Concha!

Un día se me ocurrió hacer un montaje de audio e intercalar mi voz en esa canción.

El resultado se quedó ahí, para mí solo, pero ahora me apetece mucho compartirlo con vosotros y hacerla revivir una vez más.

Al escucharla resulta curioso pensar que ella grabase aquello dos años antes de nacer yo, y que yo decidiera acompañarla años después de morir ella.



Pero siempre que la escucho siento que se desvanecen las distancias del tiempo y se convierte en un dúo que cantamos muy juntos,  ella y yo, aquí y ahora.





23 de septiembre de 2025

EL HOTEL ABANDONADO

 

En el verano de 2020, el aciago año de la pandemia, teníamos previsto un viaje a Londres que estaba reservado y pagado desde febrero. Pero todos sabemos lo que ocurrió: semana tras semana, el maldito Covid fue extendiéndose hasta echar por tierra cualquier plan. Al final, el viaje no pudo realizarse.

Los del hotel londinense se pusieron farrucos y costó horrores recuperar el dinero. Se aferraban al argumento de que viajar a Inglaterra no estaba prohibido, ignorando un “detalle” nada insignificante: la cuarentena obligatoria al llegar. Menos mal que la agencia insistió hasta que, al fin, cedieron.

Parecía que aquel verano sería forzosamente atípico. Nos resignamos a pasar las vacaciones en el campo, con piscina incluida, que tampoco era para quejarse demasiado. ¡Ya quisieran muchos!

Sin embargo, quedaba ese gusanillo de hacer algo distinto.

El estado de alarma terminó en junio y comenzó la llamada “nueva normalidad”. Como Aitana tenía antojo de parque acuático, decidimos pasar una semana en Benicasim, Castellón.

Fue un viaje lleno de buenos momentos, pero hubo una tarde que se nos quedó grabada a fuego. Lo que empezó como una simple curiosidad terminó siendo una experiencia tan inquietante como emocionante.

Cada vez que bajábamos a la playa pasábamos frente a un hotel en el que no se veía actividad alguna. Una de las veces me acerqué a la puerta y vi el cartel: HOTEL CERRADO.

Al principio pensamos que era cosa de la pandemia, pero pronto caímos en la cuenta de que no: el jardín estaba muy descuidado, en algunas zonas la vegetación era casi selvática, por lo que aquello no podía llevar cerrado meses, sino años.

De día, con las barandillas de los balcones brillando al sol, las palmeras recortadas contra el cielo y la vista de flores junto a una piscina cubierta, estaba muy lejos de resultar inquietante. Pero por la noche, sin una sola luz, aquella mole oscura y silenciosa se convertía en algo distinto: un bloque tétrico, sin vida, que invitaba a fantasear:

 —¿Os imagináis que se enciende una luz en una ventana?

—¡Y que cruza una sombra!

—¿Qué os tendrían que dar para pasar una noche ahí dentro, solos?

—Uff, me imagino los pasillos y las puertas como en El resplandor.

Un día, tras una excursión y comida en la playa, lo comentamos con mi hermana y mi sobrina, que habían venido a visitarnos.

—¿¡En serio!? —exclamó Ana, amante de los lugares abandonados y de las pelis de terror tanto como yo— ¡No me puede atraer más! ¡Yo no me voy sin verlo!

Y allá que nos fuimos al caer la tarde: Samuel, Aitana, Ana, Marta y yo. Apamen, pese a lo atrevida que es para tantas cosas, se negó en redondo. Los “castillos del terror” siempre la han espantado.

Dábamos por hecho que sólo lo podríamos recorrer por fuera. El hotel estaría cerrado, y bien cerrado, pero nos movía el afán de aventura.

Al llegar, rodeamos el edificio hasta la parte trasera, la única oculta a la vista desde la calle. Aquello sí parecía una jungla: luz verdosa filtrada por la vegetación caótica, cajas de botellas vacías, tumbonas apiladas y cubiertas de hojas secas, un viejo dispensador de helados arrinconado, sillas plegables de jardín… y nubes de mosquitos en las zonas más sombrías.

Todas las ventanas inferiores tenían rejas, pero una cristalera se deslizó sin resistencia cuando probamos a correrla. No vimos gran cosa a través del resquicio, pero esa simple acción nos disparó la adrenalina.

Cerca había una caseta de calderas adosada al edificio. Samuel quiso trepar al tejado para alcanzar uno de los balcones y comprobar si había alguna ventana abierta. Mientras los demás le ayudaban, yo seguí bordeando el edificio hasta llegar al aparcamiento trasero, lógicamente vacío.

Continué caminando pegado a la pared y… de repente ante mis ojos, la sorpresa: una puerta entornada.

Pensé que simplemente daría acceso a cualquier cuarto de mantenimiento, pero al empujarla me encontré en una cocina en penumbra, con mobiliario metálico cubierto de polvo. Me adentré un poco más y llegué a un pasillo con unas escaleras que descendían a lo que debería ser un sótano. Me quedé unos instantes en completa quietud al observar algo: ¡las luces de esas escaleras estaban encendidas!

El corazón me dio un vuelco. Quise salir corriendo de allí, pero también sentía la necesidad de seguir. En las películas de miedo no exageran tanto: la curiosidad es más fuerte que el miedo.

Seguí en dirección contraria al sótano y… ¡aparecí en el salón principal del hotel! Ahí sí, me di media vuelta y salí disparado.

Samuel seguía encaramado sobre el tejado de la caseta cuando llegué exultante:

—¡Baja de ahí, Samuel!

—¿Qué pasa? ¿Viene alguien? —preguntó Ana.

—¡He encontrado una puerta abierta!

—¿Queeeé? —exclamaron todos.

—¡Se puede entrar! ¡Venid todos!

Me puse en marcha el primero y por detrás los escuchaba murmurar: “No me lo creo” “No está tomando el pelo” “Ya verás…”

Pero en seguida pudieron comprobar que hablaba en serio. Penetramos en silencio, conteniendo las voces que querían gritar de pura emoción.

El acceso al sótano iluminado nos incomodó a todos. Parecía una invitación a descender, pero no nos atrevimos y olvidamos esa luz en cuanto alcanzamos el gran hall de la entrada.

Los muebles, cubiertos con sábanas y telas floreadas, daban al lugar un aire tan elegante como fantasmagórico. La luz de la tarde se filtraba por las cortinas, dorando el polvo en suspensión.

Avanzábamos conteniendo las risas, nerviosos ante el eco de nuestros pasos. Nunca habríamos imaginado que aquel deseo de aventura acabaría cumpliéndose.

—¿Hacia dónde vamos?

—Por aquí hay una puerta.

—A ver si luego no vamos a saber salir...

Yo me desvié hacia una oficina con mesa grande, cuadros y ficheros, quizá el despacho del director. Mientras tanto, mi sobrina pulsó el botón del ascensor, y…  el sonido del aparato descendiendo nos hizo apretarnos como un racimo. 

—¡No me digas que funciona!

El ascensor se detuvo ante nuestros ojos incrédulos. La posibilidad de que al abrirse las puertas apareciera alguien ante nosotros nos tuvo unos instantes con la sangre bajo cero.

Samuel caminaba con un palo de golf que había encontrado, convencido de que serviría como arma si aparecía un zombi.

En un pequeño armario descubrimos decenas de llaves: “Habitaciones”, “Piscina”, “Caja fuerte…”

—¿¡Caja fuerte!? —repetimos todos al unísono, y la risa sonaba nerviosa.

En otro despacho encontramos un montón de archivadores y carpetas en estanterías.

—“CAJA” —comencé a leer en voz alta las etiquetas— “TURNOS”, “MANTENIMIENTO”, “HALLOWEEN”, “PUBLICIDAD”…

—¿Dónde dice Halloween? —preguntó Aitana.

—¡Guau, qué chulo sería investigar todo esto! —decía Ana.

—¿Dónde has leído Halloween? —insistía Aitana.

—Samuel, ¡no me pongas caras raras! —protestaba Marta.

—¡Quiero saber dónde pone “Halloween”! —otra vez mi hija.

Y cuando volví a pasar la vista por los archivadores… la etiqueta de “HALLOWEEN” se había esfumado.

—Pues ya no lo encuentro…

Aquello sirvió de chirigota durante varios días después. Está claro que con la adrenalina alta, mi cerebro debió procesar las letras más rápido de lo habitual y se inventó esa palabra.

Y es que yo estuve “cagao” en todo momento. No podía dejar de pensar que no tenía sentido que hubiera electricidad en un hotel cerrado desde hacía años.  En cualquier momento esperaba escuchar una voz malhumorada: “¿¡QUIÉN ANDA AHÍ!?” Y yo era el mayor allí. Y el más responsable (en teoría).

Lo sensato habría sido marcharnos, pero no: subimos a la primera planta.

Con la linterna del móvil iluminé un pasillo en penumbra. Ni de broma me hubiera atrevido a hacerlo solo. Para nuestra sorpresa, las habitaciones estaban abiertas y perfectamente equipadas: con sus moquetas, sus camas con colcha, cuadros, televisores…

—¡Y están encendidos! —exclamó Samuel.

—¿Cómo que encendidos?

—Sí, mira la luz roja.

Pulsamos un botón, la luz se tornó verde y en la pantalla apareció una telenovela con voces estridentes. Nos quedamos petrificados. ¿Cómo era posible que un hotel cerrado siguiera funcionando como si nada?  ¡Aquello sería el paraíso de los okupas! ¡Si hasta daban ganas de abandonar nuestro hotel y mudarnos allí gratis!

No nos quedamos mucho más. La tensión se volvió insoportable y estábamos convencidos de que debía de haber un vigilante.

—Está a punto de llegar el sheriff de Benicasim —les decía yo— ¡Vamos de cabeza a la cárcel!

Antes de marcharnos aún husmeamos en la cocina, donde encontramos latas industriales de conserva: atún, tomate, verduras… viejas, pero con aspecto de seguir siendo perfectamente comestibles.

Estuvimos días enteros hablando con emoción de lo vivido.

La única explicación lógica era que alguien vigilaba el lugar, aunque no llegamos a cruzarnos con él. Quizá salió un momento, quizá dormía en algún rincón, o simplemente no nos oyó.

Al verano siguiente, mi hermana pasó por la zona y el hotel ya estaba abierto y en pleno funcionamiento.

Hoy pienso que tras aquellas escaleras iluminadas que daban al sótano debía estar trabajando algún técnico que reparaba algo, y al que le habían dejado las llaves para entrar. El hombre no cerró la puerta porque nunca imaginó que se colarían cinco insensatos con ganas de explorar.

El susto que nos podía haber dado él a nosotros (o nosotros a él) hubiera sido de dimensiones astronómicas. Y hoy me río al imaginarlo.

En cualquier caso, aquella aventura clandestina que todavía recordamos con emoción, fue la guinda perfecta para nuestras vacaciones en Benicasim.








31 de octubre de 2024

RECUERDO DE INFANCIA


Mi padre ha escrito poesía en diversas etapas a lo largo de su vida. Nunca se ocupó en recopilar todos los poemas que le venían a la cabeza, así que los tenía desperdigados por toda la casa. 

En una ocasión encontré uno de aquellos poemas escrito en una servilleta de papel, fruto, imagino, de algún arrebato de inspiración que no quiso dejar en manos de la memoria.

Y yo, que siempre he sido una hormiguita recolectora de recuerdos, decidí desde aquel día reunirlos todos para guardarlos y evitar que se perdieran.

Los fui encontrando en cajones, la mayoría en hojas sueltas, en albaranes o intercalados en libretas de cuentas. Cada vez que descubría uno en un lugar inesperado, me alegraba como si hubiera hallado un tesoro. No me importaba si tenía muchos tachones o estaba incompleto; lo trasladaba sin dudar a la carpeta donde había escrito: "POESÍA PAPÁ".

Se alegró muchísimo cuando, mucho tiempo después, le dije lo que había hecho.

—Pues tuyos son, hijo mío —me dijo—. Y es posible que haya ahí algo que merezca la pena. 

Es curioso porque nunca me atrajo leer ni escribir poesía. En aquellos años, devoraba novelas; me encantaba leer tanto historias reales como ficticias e incluso disfrutaba de obras de teatro. Pero el ensayo y la poesía me parecían sumamente aburridos y no me llamaban la atención.

Sin embargo, oh, misterios de la vida, un buen día me invadió una fiebre desbordante por escribir rimas. Comenzó casi como un juego, pero enseguida me atrapó la idea de ir combinando sonidos semejantes; era un ejercicio que tenía algo especial, un experimento que valía la pena explorar.

Entonces descubrí que tenía una notable habilidad para encontrar palabras que rimaran y, poco a poco, fui completando poemas de diversas extensiones y temáticas, de los cuales me sentía muy orgulloso. Esos logros tan personales e íntimos me animaban a seguir escribiendo.

Un día supe que existía un concurso anual de poesía en Petrel, el Certamen de Poesía "Paco Mollá", y me sentí tentado a participar. 
Sin embargo, al leer las bases, descubrí que debía presentar un poemario con muchos más versos de los que yo tenía. De todas formas no me habría atrevido a enviar todo lo que había escrito, ya que cada vez que releía aquellos poemas, me parecían en gran parte ridículos y extremadamente infantiles.

A mí me encantaban los poemas de mi padre, y a él le gustaban mucho algunos de los míos, especialmente uno que comenzaba: 

"Existe un submundo azul subyugado a tus ojos
 gravitando en torno a lágrimas de escarcha...". 

Juntos le dimos muchas vueltas hasta concluirlo. Nunca llegué a entenderlo del todo, era muy abstracto, pero eso me importaba poco; sonaba muy mágico al ser leído. De hecho, incluso inventé una palabra: "extasiástico". ¿Es eso hacer trampa? Puede ser, pero sonaba tan hermosa la frase "Como el roce extasiástico con la nada"...

Al año siguiente decidí presentarme al concurso escogiendo algunos poemas de mi padre, que previamente había mecanografiado, intercalándolos con otros de mi cosecha. 
Al poemario le puse por nombre "Poemas del viento galano".

No, no ganamos nada, ni siquiera un accésit, pero la verdad es que no le di la más mínima importancia. 

Hoy recuerdo todo aquello con mucha ternura. Me viene a la mente el tiempo feliz que dediqué a recopilar los poemas de mi padre y a crear los míos, entrelazándolos para formar un poemario conjunto que encuaderné y que conservo y atesoro con devoción.
 
Años después creé este blog, en el que apenas he escrito poesía, pero sí incluí algún poema de vez en cuando, generalmente en tono jocoso, porque lo verdaderamente divertido para mí es la rima; el simple y puro placer del juego creativo. 

Pero hoy voy a concluir dejando aquí en el blog uno de aquellos poemas del viento galano. Lo escribí con 21 años.  RECUERDO DE INFANCIA. 

Ya entonces decía "¡Cómo han pasado los años!" (¡Alma de cántaro!) 

***
Atesoro aquel recuerdo, 
aquella estampa de otoño
en mi memoria, reciente. 

El tiempo no lo ha empañado,
mas ya es un recuerdo viejo; 
yo era un niño en el colegio.
¡cómo han pasado los años!

Llovía. Llovía tras los cristales, 
el agua se oía en el patio.
La clase se hallaba en silencio, 
el tiempo se había dormido, 
estaba en su asiento el maestro,
absorto con algún libro.

Algún niño dibujaba, 
unos pocos hacían deberes,
y a guerra de barcos jugaban 
otros que estaban ausentes.

Y llovía. 
Llovía afuera en el patio. 
Mil gotas en los cristales
sin espacio para más,
se amontonaban iguales 
y me hacían imaginar.

Y yo volando muy lejos, 
y muy dichoso al instante
en que las gotas se unían 
corriendo en ríos verticales.

El cielo estaba plomizo, 
adentro un calor agradable, 
y yo esperaba el momento 
en que al salir del colegio
me recogiera mi madre, 
que algún día me traía 
boniatos humeantes.

Atesoro aquel recuerdo, 
aquella tarde de otoño 
pues fui feliz con muy poco.

Tan sólo fue suficiente 
aquel lánguido aguacero 
y dejar volar mi alma 
entre las nubes del cielo.

Es mi recuerdo de infancia,
diluido en la distancia
con aroma a lapicero.

 ***

Lo que entonces no podía sospechar ni de lejos es que, gracias a una IA, en un futuro lo transformaría en canción.



30 de octubre de 2022

EL GUARDIÁN DE LAS PALOMAS


Estaba decreciendo la tarde y Fran y yo nos habíamos sentado a charlar a la sombra de una morera. Siempre es agradable sacar a colación algún recuerdo vivido en el lugar donde pasamos toda nuestra niñez y juventud. 

De los cuatro hermanos, Fran es sin duda el que más nos sorprende con su prodigiosa memoria, no sólo por la colección de historias propias que irá sacando en conversaciones como si las tuviera siempre a flor de piel, sino porque también es capaz de matizar y aumentar las nuestras hasta hacernos reír por la fascinación que eso nos produce. A veces pienso que todos nos dedicábamos a vivir sin más, pero él, además, iba haciendo  fotografías mentales y archivándolas para el futuro.

Esta vez me hizo pasear por un recuerdo de su niñez que le quedó grabado con fuerza y que yo desconocía totalmente.

Sucedió en un época familiar muy difícil: nuestro padre empezó a tener dolores en las piernas y se tuvo que someter a continuas pruebas médicas de todo tipo hasta dar con el diagnóstico: polioneuritis. Como la cosa era bastante seria (las células no se le regeneraban) fue trasladado al Hospital de la Paz de Madrid.

Antes de marcharse nos dio instrucciones a todos. A mí, por ser el hijo mayor, me pidió que ayudara siempre a mi madre y que cuidara de mis hermanos. 

A Fran, que tan sólo tenía 7 años, le dijo: "Como he visto que te gustan mucho las palomas, ocúpate de que no les falte nunca comida y agua".

Detrás de la casa tenemos un corral grande por el que pasaron multitud de animales diferentes pero en aquel momento sólo había palomas. Si yo tuviera que responder cuántas había hubiera dicho que no más de cuarenta, pero Fran me asegura que eran muchas más de cien. Y si Fran lo dice...

Que a mi hermano le llamaban la atención aquellas palomas no cabe duda alguna. No sólo es que les puso nombres a todas, sino que también sabía cuáles eran pareja y  reconocía a sus crías. Además tenía un cuaderno en que las dibujaba con una perfección impropia de un niño de esa edad.

—¿En serio que les pusiste nombre a todas?

—Aún me acuerdo de algunas: Magaño, Peterina, Senderina, Blanquita...

La estancia de nuestro padre en Madrid se prolongó más de lo esperado y nuestra madre empezaba a pasar verdaderos apuros económicos. Ni mi hermano Tomás ni yo, en plena adolescencia, fuimos realmente conscientes de la seriedad del momento, pero Fran, tan observador e inteligente veía el apuro en la cara de nuestra madre, que todas las noches, una vez que todos nos acostábamos, se sentaba ante la máquina de coser y se quedaba allí hasta terminar la faena que iba recogiendo de algunas fábricas de zapatos.

—Como la máquina estaba en mi habitación- me contaba mi hermano- yo la veía cosiendo y me dormía con el runrun del motor.

Con aquella máquina nos llegó a hacer ropa para los cuatro e incluso, al no haber dinero para comprar carteras para el colegio, pudimos llevar los libros en unas bolsas de tela que nos confeccionó a modo de bandolera. En mi primer año de instituto iba yo, un poco avergonzado al principio, con una de color verde, pero nadie se metió conmigo y terminó pareciéndome la cartera más cómoda que jamás he llevado. 

—Yo era consciente —me contaba Fran— de que la mamá estaba agobiada intentando ahorrar al máximo, así que cuando empezó a acabarse el pienso para las palomas me daba apuro tener que pedirle que comprara más. A veces tardaba en hacerlo y yo no sabía si era porque se le olvidaba o porque era un sobreesfuerzo el tener que gastar en aquello. El caso es que cuando traía era muy poca cantidad y se acababa pronto, y yo, la verdad, lo pasaba mal con aquella situación.

Puedo imaginar a mi pequeño hermano sufriendo ante la impotencia de no alimentar lo suficiente a las palomas, tal y como mi padre le había pedido, y de no estar en su mano  el poder llevar a cabo la misión de la forma en que le hubiera gustado.

—¿Y qué hiciste entonces?

—Pues como hubo un tiempo en que el papá permitía que las palomas salieran del corral y volaran por el campo, yo había observado qué plantas les gustaba picotear así que cuando podía les metía en el corral aquellas hierbas y semillas. Y también, de vez en cuando, cogía de la despensa un puñado de arroz o de lentejas y se las llevaba. Pero, claro, aquello no era suficiente.

Sin embargo el mayor apuro vino por un suceso inesperado.


—Yo no tenía que ocuparme del agua en realidad. Las palomas tenían un bebedero grande que se mantenía a buen nivel a través de una manguera de jardín instalada para que en cuanto el nivel descendiera se volviera a llenar, así que agua no les faltaba nunca. 

>>Pero un día, al salir del colegio, fui a observarlas y una de ellas, un macho que tenía el plumaje negro y el buche azulado se acercó a donde yo estaba. Te aseguro que nunca había visto una paloma que me mirara directamente a los ojos. Y no solo eso, es que abría mucho el pico, como si me quisiera decir algo. Noté que esa paloma actuaba de una forma nada común, como si tuviera un problema y hubiera venido a mí sabiendo que yo era el único que podía ayudarla.

>>Entonces se me ocurrió mirar el bebedero... ¡y estaba seco! ¡No quedaba ni gota de agua! Parece ser que había estado por el campo el tío Pepe y seguramente cerró el grifo. 

(Nota: "el tío Pepe" era un hombre que venía a cavar la tierra y a regar de vez en cuando)

>>Fui corriendo a abrirlo y cuando les llegó el agua, las palomas se abalanzaron al bebedero con desesperación. Se pisaban unas a otras. No sé el tiempo que habían estado sin poder beber. Seguramente fue más de un día. Entonces entendí que la paloma tenía el pico abierto porque estaba muerta de sed y que no tuvo miedo alguno en acercarse a suplicarme: "Haz algo, que no podemos más".

—¿Te acuerdas del nombre de aquella paloma?

—No, pero recuerdo muy bien su aspecto.

—¿Y cómo terminó toda esta historia?

—Pues un buen día llegó un furgón del que bajaron dos hombres con sacos grandes de rafia. Entraron al corral y empezaron a atrapar a las palomas y a meterlas en los sacos. La mamá me dijo que las había vendido, que lo había hablado con el papá y estaban de acuerdo. Yo estaba aturdido, no me esperaba ver cómo a toda prisa las hacían desaparecer en aquellas bolsas y cómo se las iban llevando hasta no dejar ni una. 

>>Durante mucho tiempo me dio una pena tremenda pasar por el corral y verlo vacío. Aún hoy me acuerdo de aquello y siento pesar.

Nuestro padre se recuperó por fin de aquella enfermedad y, para alegría de todos, volvió a casa.

Dos años después Fran pidió permiso para hacer algo en el corral. En su interior hay dos compartimentos cerrados en los que las palomas, a través de una pequeña abertura triangular, entraban para anidar. Limpió uno de ellos y allí dentro volvió a hacer una proeza impropia de un niño:  un templo egipcio fascinante, como ya conté en el blog.

—¿ Y le constaste al papá todo esto de las palomas cuando volvió?

—Imagino que sí, que en alguna ocasión se lo contaría.

De todas formas hoy quiero conservar aquí aquellos recuerdos y así poder dejar por escrito dos cosas importantes: 

A mi madre, que siempre has sido y serás nuestra heroína, la mujer más maravillosa del mundo.

Y a mi padre, el otro gran luchador de nuestra familia, que supiste elegir muy bien al más apropiado protector del corral, aquel niño obediente, inteligente y sensible que fue el mejor guardián de las palomas.




28 de mayo de 2022

EXPRESIONES ADOPTADAS

 HERMANOS:

Cierta vez íbamos mis hermanos y yo caminando hacia el colegio cuando nos encontramos un folio en el suelo. Por el motivo que fuera nos llamó la atención y al cogerlo vimos que era un examen corregido. En la esquina superior derecha la maestra (siempre pensamos que fue una maestra) había escrito en rojo y con letra firme: “Muy mal! Muy sucio!

La verdad es que la caligrafía era horrible, con letras grandes y líneas torcidas, pero esa valoración  nos pareció muy cruel y enseguida nos solidarizamos con el desconocido niño. Dimos por hecho que aquello lo habría puesto triste y de mal humor, hasta el punto de querer deshacerse del examen.

El caso es que nunca olvidamos aquel momento, y la anotación en rojo se hizo tan famosa  que pasó a formar parte de nuestras expresiones comunes.

—¡Anda! Se me ha olvidado traerte el libro que te dije.

—¡Muy mal! ¡Muy sucio!

—¿Dónde están las pipas que había en la despensa?

—Ya nos las hemos comido.

—¿¡Todas!? ¡Muy mal! ¡Muy sucio!


AITANA:

Aquella vez escuchamos a la pequeña Aitana decir: “Y de repronto...”

Estaba explicándonos algo que le había ocurrido, y queriendo decir “de repente” debió de colarse en su cabeza “de pronto” y le salió ese mezclijo que particularmente  me parece perfecto.

La expresión nos hizo tanta gracia que la utilizamos muchas veces.

—Hacia muy buena mañana y nos íbamos a la playa, pero se puso a llover.

—¿Así, de repronto?

De repronto y sin avisar.

—Qué rabia me dan los perros que están tranquilos y empiezan a  ladrar de repronto.


PAPÁ:

Cuando mi padre está especialmente contento es muy habitual que dé una fuerte palmada y se ponga de inmediato a frotarse las manos mientras camina y exclama: ¡Matildita, Matildita, Matildita!

¿Que quién es la tal Matildita? No existe (que yo sepa). Es su particular forma de expresar “¡Ay, qué bien va todo!” 

Esos arrebatos de felicidad tienen a veces una breve continuación que dice:

"¡Matildita de Aragón!

¡Matildita de Aragón!

¡Eres una chica guapa 

tan bonita como yo!"

Siempre acompañado de un enérgico frotar de manos, no lo olviden.

Pues bien, misterios de la genética, el dar una palmada y ponerse a caminar cuando está eufórico es también habitual en mi hijo, que no nombra a Matildita, pero ya me apresuro a hacerlo yo como si doblara la escena de una película que conozco muy bien.

“¡Matildita, Matildita, Matildita!”

Y así, “Matildita de Aragón” también forma parte de las expresiones de esta familia.


SAMUEL:

Hablando de mi hijo, nos solemos reír mucho cuando prueba un plato nuevo y mientras lo saborea nos mira uno a uno y finalmente exclama: ¡Esto no es normal!

No dice “¡qué bueno está!” ni “¡qué rico!”, su sello de identidad ante los deleites del paladar es: “¡Esto no es normal!”

Una vez, en un restaurante de Albarracín nos sacaron como postre pastel de queso de cabra. Dejé que lo probara primero y al ver que ponía los ojos en blanco dije “¡Qué! No es normal, ¿no?”

Efectivamente su frase ha trascendido de tal manera que cuando algo nos gusta mucho ya todos decimos “¡Esto no es normal!


MAMÁ:

¿Quién no ha tenido alguna vez esa necesidad urgente, inaplazable e ineludible de ir al cuarto de baño? Mi madre tiene muchas anécdotas divertidas de algunos momentos comprometidos que le ha tocado vivir al respecto. Pero lo que más gracia me ha hecho siempre es que ella llame a esa situación: “surgir un preciso

A mí esa expresión me parece de altura, casi de literatura del Siglo de Oro. Diría que  podría existir algún soneto de Quevedo hablando de esto, pero como sé que no lo voy a encontrar, mejor me lo invento:

Con rodilla en tierra  por sellar compromiso

y su amada aguantando el “sí” entre los labios

Aún lo culparon de crueles agravios

al correr apurado por surgirle un preciso.

Ni que decir tiene que cuando alguien sale corriendo de repente (o de repronto como diría Aitana) comentamos que hay muchas posibilidades que le haya “surgido un preciso”


TOMÁS:

Mi hermano Tomás pasó muchos fines de semana de su adolescencia disfrazado de sioux. Durante mucho tiempo ambos sentimos verdadera pasión por los indios americanos, (VER) pero lo suyo llegó a ser casi un modo de vida.

Una vez iba por el campo con un atuendo  que con mucha maña le hizo mi madre, con sus flecos en mangas y perneras, su penacho de plumas, su collar de bulbos secos, su arco y flechas en el carcaj... y una mirada de pocos amigos.

Una señora muy mayor que teníamos de vecina en el campo de enfrente lo vio de lejos y se acercó a la verja para hablar con él.

—¡Oye! —lo llamó— ¿Sabes quién pareces?

Tomás se quedó esperando a que le dijera algo más.

—¿Sabes quién pareces?  —repitió.

—No, quién —quiso saber

—¿Quién pareces?

—No sé… ¿Quién parezco?

—¿Quién pareces?

Sólo con el tiempo dedujimos que lo que aquella señora quería preguntarle es “¿Sabes a quién quieres parecerte?” o lo que es lo mismo: “¿De qué vas disfrazado?”

Pero nosotros, que de todo sacamos chirigota, hemos ido repitiendo hasta el infinito aquel diálogo de besugos.

¿Sabes quién pareces?

“¿Quién?”

¿Quién pareces?

“¿Quién parezco?”

¿Quién pareces?

***

Seguro que tú, querido lector, también dices algunas expresiones que son exclusivas de tu ámbito familiar. Si es así, me apetece emular a los YouTubers diciendo:

 “¡Déjamelas en los comentarios! Y si te ha gustado dale al like, suscríbete y comparte con amigos.”



12 de marzo de 2022

TESOROS DE ROJIZO RESPLANDOR


 Y de nuevo es protagonista mi bisabuelo Francisco, como en la entrada anterior.

Esta es una foto tomada en  1965, en la boda de mis padres. 

Me dicen que fue siempre un hombre de buen carácter y excelente salud, a pesar de que siempre andaba con un cigarrillo entre los dedos.

"¿Sabes cuándo empecé yo a fumar? —comentaba— ¡En Cuba! Las negras de allí me enseñaron a liar tabaco."

Por fortuna nunca tuvo ninguna enfermedad, ni tan siquiera leve, y caminaba ágil y "molt be plantat", como decía mi abuela.

Me cuentan que mi bisabuela Ana María envejeció mucho peor que él, y llegó un momento en que una de sus hijas se la llevó a su casa para atenderla mejor. Mi bisabuelo, que siempre había vivido en el campo, no se vio capaz de encerrarse en un piso en la ciudad y prefirió quedarse con la otra hija, mi abuela.

"Pero cuando llegaba el fin de semana - cuenta mi madre -  se acicalaba a conciencia, frotándose  cabeza y cuello con aguardiente, porque era lo que mejor le funcionaba para eliminar la grasa de la piel, y cuando se vestía y se ponía el sombrero nos decía: <<¡Hala, me voy a ver a la novia!>> y se marchaba a ver a su mujer"

Ana María murió sin llegar a conocer a ninguno de sus catorce bisnietos, pero Francisco, que alcanzó los 92 años de edad, pudo ver las caras de seis de ellos, siendo el último un tal Juan Ramón, que en estos momentos está rememorando esta historia.

Una mañana de domingo, paseando por el mercadillo que ponen junto a la iglesia de Orito, mi bisabuelo se acercó a  uno de los puestos para comprarme el que considero mi primer juguete, y que, aunque parezca mentira, todavía conservo.

Me encanta contar esta anécdota porque el regalo en cuestión fue... ¡un pequeño tridente de madera!

Pensar que fue una casualidad me resulta de lo más aburrido. Yo prefiero creer que ya vio en mí a un pequeño diablo (tenia tan solo dos años cuando me lo compró) o que intuyó que ese bisnieto iba para diablo y necesitaba sus accesorios.

También es posible que todo comenzara en el mismo momento en que agarré yo aquel "cetro" y que ese gesto me hiciera comprender para qué estaba yo predestinado.

En cualquier caso, creo que mi bisabuelo acertó de lleno al elegir aquel objeto para mí. Seguro que nunca imaginó hasta qué punto.

Que tuvo muy buena salud hasta el final lo demuestra el hecho de que murió de repente, sin muestras de aviso. Una mañana estaba viendo cómo cambiaban el pañal a uno de sus bisnietos y haciendo incluso bromas al respecto cuando la vida le dijo "hasta aquí hemos llegado". Se fue sin molestar, sin sufrimiento, sin hacer ruido.

El tridente es, por tanto, el primer tesoro del que quería hablar. 

El segundo perteneció a mi abuela Anita y podría considerarse el contrapunto del anterior. 

Esta foto fue tomada en 1913, el día de su Primera  Comunión. 

Anita era la mayor de las tres hijas de Francisco y Ana María. La pequeña era Concepción, y Práxedes, la segunda, fue una niña tan particular que quise contar su historia  aquí

Observando la foto, se puede apreciar sobre el reclinatorio el pequeño misal de tapas de nácar que llevaba aquel día. 

Pues bien, un día lo encontré en su casa y me pidió que lo guardara yo.

Hoy pienso que fue su forma de dar equilibrio a mi vida.

"Si mi padre te hizo diablo —debió pensar—, yo te doy ese misalito, para que no seas malo del todo"

Y por eso será que he conseguido ser un buen diablo. Pero ojo, "buen diablo" no es un oxímoron en este caso. Soy un buen diablo porque soy un diablo de los buenos, de los de verdad. ¡Eso que quede claro!


En la tapa posterior hay un lugar donde guardar el crucifijo. Una  pestaña abatible sirve para abrir o cerrar ese mágico escondite.


(Mi abuela Anita y yo)

El tercer tesoro es el peor conservado, aunque, según como se mire, está en perfectas condiciones.

Y también le encuentro hoy una explicación a que lleve tantos años conmigo.

La historia viene de cuando éramos niños. 

A finales de los años 70 y principios de los 80 nuestros primos de Sevilla venían de vacaciones a Petrel. ¡Qué veranos aquellos! No nos cansábamos de jugar.  Cuando no era al escondite, era a polis y cacos, o a mojarnos con la manguera, o a hacer cabañas, o a contar historias de miedo... 

Yo me llevaba especialmente bien con mi prima María José, que a sus 12, 13 años cantaba perfectamente las canciones de Olivia Newton-John; las de Grease y Xanadú. A mí se me caía la baba escuchándola.

(Mi prima María José conmigo y mis hermanos)

Una de aquellas tardes, momentos antes de regresar a Sevilla, estuvimos jugando a intentar comernos unas manzanas colgadas de un árbol, sin utilizar las manos, cosa nada fácil. Llegó la hora de despedirnos y de ver con pena cómo subían todos a aquel Renault 12 rojo y se alejaban por el camino del campo.

Poco después pasé por el árbol donde colgaban las manzanas mordidas. El pensar que unos minutos antes habíamos estado riendo allí me produjo una nostalgia enorme y no sé bien por qué decidí que tenía que guardar la manzana que se había comido mi prima, con la idea de mostrársela cuando volviera.

Y así ocurrió. Se sorprendió al verla al verano siguiente, arrugada y oxidada y le hizo gracia el que hubiera tenido yo la ocurrencia de guardarla.

¿Y qué hice entonces? ¿Tirarla a la basura? No, qué va, ya puestos pensé que la podía guardar un año más. Y después otro. Y otro. Y otro.

Y sí, la manzana en cuestión, la que se comió mi prima aquel verano ¡tiene hoy más de cuarenta años!

(Hasta  el hilo con el que fue colgada)

Digo yo que si el diablo tuvo mucho que ver con una manzana (la de Adán y Eva) yo no iba a ser menos y guardo como un tesoro la manzana de María José, tan prehistórica ella, tan en los  huesos la pobre. Pero con un ADN sano como un roble, que lo sé yo.

Madre mía, creo que estoy fatal.
Pero también creo que me ha quedado una entrada chula, ¿no?

23 de febrero de 2022

MI BISABUELO FRANCISCO

 Conservo este carnet de mi bisabuelo, fechado en el año 1949.

"ASOCIACIÓN DE SUPERVIVIENTES DE LAS CAMPAÑAS DE CUBA Y FILIPINAS"

¡Cuántas cosas imagino al leer ese enunciado!  Creo que podría dar paso a una apasionante novela en la que se hablara de valor, de sufrimiento, de adaptación, de añoranza, de hermandad, de vencedores, de vencidos... 

Y cómo me hubiera gustado escucharle contar las experiencias de aquella etapa de su vida de la que apenas nada sé.

Aunque algunas cosas puedo contar.

Sé que embarcó en Alicante, en el año 1895, a bordo del vapor "San Agustín" y que el viaje hasta Cuba duró dos semanas. Tenía entonces 19 años.

Como ya sabemos, en aquella guerra contra Estados Unidos, España perdió las últimas colonias que tenía en ultramar: Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam, y dicha pérdida dio lugar a la expresión "desastre del 98" y a una generación de escritores con un marcado pesimismo en sus obras.

Mi abuela contaba que su padre fue ayudante de un alto mando en La Habana y que en una ocasión éste le ordenó que se apresurara a prepararle un café pues tenia que marchar a otro lugar. Por más que buscó, mi bisabuelo no encontraba el colador, así que con tal de no resultar un inepto y cumplir la orden con diligencia, se sacó el pañuelo del bolsillo y lo utilizó como filtro, saliendo airoso del apuro. 

Mi madre, su nieta, también nos contaba algunas anécdotas. 

"Estando en Cuba le llamó mucho la atención encontrar tantas parejas mixtas, con hijos blancos, negros y mestizos, y hablaba de haber visto a una mujer negra con grandes rodales claros en la piel, lo que le recordó a una vaca"

Esta es otra  foto que se hizo en La Habana muy bien conservada.

Buscando información sobre aquella contienda he encontrado una detallada relación sobre las bajas que me ha dejado sobrecogido. Dice:

 "Salvo error u omisión, estas fueron las bajas en Cuba:

Muertos en el campo de batalla: 2.032

Muertos a consecuencia de las heridas recibidas: 1.069

Muertos por la fiebre amarilla y el vómito: 16.329

Muertos por enfermedades diversas o accidentes: 24.959

Total: 44.839"

Es decir, que las bajas en lucha fueron  de un 7% frente a ese brutal 93%  debido a enfermedades. Es algo que desconocía por completo.

Y ésta es otra de las cosas que recordaba y comentaba mi bisabuelo, que conoció a un general que tomaba pequeñas dosis de veneno con la intención de tratar su enfermedad. Ignoro si  conseguiría vencerla.

Desde luego con estos datos tan sorprendentes, la palabra SUPERVIVIENTES del carnet parece cobrar mucha más importancia. 

Cuando tres años después mi abuelo regresó a su Petrel natal, Mercedes, la novia que había quedado esperándolo se había comprometido con otro joven.

"Uy, aquello trajo cola - recuerdo contar a mi abuela - Ocurrió que un día de mucho calor;  iban varios jóvenes paseando por el campo y un tal Perico, al que apodaban "Tres y pinta", le prestó a Mercedes un abanico. Cuando después ella fue a devolvérselo él le dijo que se lo regalaba. Y mira, que a partir de aquello se hicieron novios"

Mi hermano Fran, el "historiador" de la familia nos amplía información.

"Aquel abanico es conocido por ambas familias como "el abanico de tresipinta". Todavía existe, lo conservan los descendientes enmarcado y  desde luego no fue un regalo cualquiera. Tiene adornos dorados en la madera, y bordados de lujo... Vamos, que no lo tenía en el bolsillo por casualidad,  fue claramente su táctica para conquistarla."

La ruptura del compromiso enemistó a ambas familias, que dejaron de hablarse.

"Fíjate —me contaba Fran—,  que ya se habían hecho fotos juntos, cuando en aquel tiempo hacerse una foto en pareja antes de una boda significaba un compromiso muy serio. Así que los padres de él rompieron todas las fotos en las que aparecía Mercedes."

Pero qué vamos a hacer nosotros, los descendientes de mi bisabuelo, sino alegrarnos de que aquel fuera el designio del destino. La historia hubiera sido otra y yo no estaría aquí para contarla. 

¿Que perdió la novia al marchar a la guerra? Se me ocurre una expresión muy ad hoc: "¡Más se perdió en Cuba y vinieron silbando!" 

Dice mi madre que nuestra bisabuela Ana María se alegró muchísimo al saber que Francisco se había quedado sin novia pues estaba secretamente enamorada de él. 

"Y tuvo la dicha de que él le pidiera matrimonio. Y vivió  a su lado profundamente enamorada. Hasta el último día de su vida"

Y si quedaba algo curioso por contar, aquí lo traigo: 

Mi prima Carmen, bisnieta al igual que yo de Francisco y Ana María, se casó en 1979 con Tivo, ¡bisnieto de Mercedes y Perico!, por lo que, mira por dónde,  el tiempo volvió a unir a las dos familias: los Carrasco y los Tresipinta.

Pero cómo no sería de sonada la ruptura de aquel compromiso que el incidente siguió coleando durante muchos años. De hecho, me contaba Tivo que antes de su boda con mi prima Carmen, una mujer de la rama de los Carrasco le dijo: "Ahora no se te ocurra hacer como tu bisabuela, que dejó al novio plantado" (¡Toma dedito en la llaga!)

Creo que otra cosa graciosa es que en esta entrada  yo sólo iba a contar una anécdota de mi bisabuelo relacionada directamente conmigo, pero la aparición del carnet de superviviente ha desembocado en todo esto. 

La dejaré para la próxima entrada, que hoy ya se ha hecho tarde.     

23 de diciembre de 2021

CUANDO YO TENÍA DOCE AÑOS Y MI HIJA CATORCE

 ¿Sabíais que en una ocasión el científico Stephen Hawking organizó una fiesta con globos, música y pancarta de bienvenida a la que nadie acudió? 

¿Por qué? Pues porque había convocado a tal evento a todos los que pudieran viajar en el tiempo.

No voy a entrar en temas de física, y menos teniendo que bregar con teorías tan profundas como las del señor Hawking, que no lograría comprender ni con mil maestros Yoda a mi servicio, pero me atrevo a asegurar que, de haber pasado por allí aquel 28 de junio de 2009, yo sí habría entrado a  la fiesta.

Y le habría dicho algo así como: 

"Amigo Stephen, la gente de ciencias os complicáis demasiado la vida. Yo te aseguro que los de letras sí viajamos en el tiempo, y además lo hacemos muy a menudo"

Sé que se le habrían resbalado las gafas de la nariz, pero también estoy seguro de que me habría dado la razón.


Hace unos días, ordenando lo que yo llamo “el armario de las artes y las nostalgias”, bajé del más alto estante una caja metálica, de aquellas tan chulas que comercializó Cola Cao en los años 70. Sabía que en su día había metido  algo valioso allí, pero no recordaba el qué. 

La caja contiene unos cuantos cuadernos que utilicé como diarios entre los 12 y 14 años de edad. Movido por la curiosidad abrí una página al azar y leí, en primorosa caligrafía, que había comprado la revista Super Pop, pues sabía de antemano que incluía un reportaje sobre ABBA con las letras de algunas canciones.

“...y estaba también Mamma mía (en inglés), que no la tengo en cassette y tampoco la he oído”

Esta agradable coincidencia – ahora que ABBA vuelve a estar en boga- fue razón suficiente para que aplazara lo de ordenar el armario para otra ocasión y me pusiera a leer aquellos diarios.

He de decir que aunque están llenos de datos aburridos y con poca sustancia (las horas exactas a las que me levantaba y acostaba, lo que desayunaba, lo que comía, lo que cenaba…) me agradó la candidez que desprendían aquellas páginas y cierta gracia para relatar algunas anécdotas, que me llegaron a hacer reír.

—Mira, Aitana —le dije a mi hija esa misma noche—, esto lo escribí cuando tenia doce años, dos menos que tú.

—¡Ay, qué letrica! ¿Puedo leer algo?

—¡Claro!

—A ver…  16 de mayo de 1979

En clases de repaso Juan Luís tenía en la boca un Bang bang, ese chicle nuevo, y con él me hacia reír. Hacia bombas que al explotar se le pegaban en la cara.

Jajaja, qué gracia me hace pensar en Juan Luis de pequeño.

—Sí, ¿verdad? Quién iba a pensar entonces que aquel amigo sería un día el padrino de Samuel...

- 27 de mayo de 1979

Después de ver Pippi  mi madre nos ha dado 100 pesetas y hemos comprado muchas cosas: petardos, pica picas, cordoneras, megatones… 

¿Cordoneras? 

—Sí, pero no de los zapatos, era el nombre de una chuchería.

—¡Y pesetas! ¡Qué viejo suena esto!

28 de mayo de 1979

En clase nada de particular, bueno, sí, una cucaracha se ha correteado media aula. Las niñas tenían miedo y hasta gritaban un poco, hasta que le han dado un buen pisotón.

Al salir del cole hacía muchísimo calor, el sol ya empieza a apretar, llega el verano. 

En casa hemos comido arroz con lentejas y de bebida limón que ha hecho mi madre. 

Por la tarde en el colegio no ha pasado nada malo ni nada bueno.

—Ay, qué gracia, “ nada malo ni nada bueno”

31 de mayo de 1979

Estos días está haciendo unos días maravillosos, menos hoy a las 10 o por ahí, unos relámpagos grandísimos y una tormenta se acerca. Hace un año, el 10 de junio pasado cayó una piedra que destrozó a muchos campos, Dios quiera que no ocurra esto. Se ha puesto a llover mucho, pero yo he terminado este diario, me he tomado leche con galletas y a “ZZZZZZZ”

—¡Pero cómo que una piedra!

—Sí, me refiero a granizo, es que son sinónimos.

—Pero es que dicho así… ¡Parece que cayó una piedra enorme del cielo!

5 de junio de 1979

Estoy algo penoso porque hoy es el último día que tengo 12 años, estas letras que se ven escritas son de cuando yo tengo 12 años, mañana, mi cumpleaños, y pasado mañana el de mi novia, 13 años.

—¿¿Tu novia??

Aquí era yo el que reía.

—Bueno,  era capaz de decir “mi novia” en el diario, pero en realidad, con solo pensar en decirle “hola” me ponía colorado. Ella ni sabía que me gustaba. Se llamaba Nani.

—¡Ay, qué bonico!

18 de junio de 1979

En el colegio, Don Tomás, a un alumno de la clase, José Ramón, lo ha cogido por los pelos y ha empezado a tirar de ellos mucho tiempo, con rabia, porque nunca haze el dictado cuando Don Tomás lo dicta.

—¡Hala, qué bruto! ¿no?

—Fíjate en cómo han cambiado las cosas. Entonces a los profesores se les respetaba mucho. Recuerdo que cuando entraban en clase nos poníamos todos de pie. Y Don Antonio, mi tutor en octavo, nos decía entonces: “¡Setenta monos!, digo ¡Sentémonos!”

Y Aitana se reía.


22 de junio de 1979

He merendado  pan y queso y después  atún, pero de plaza. Allá a las 10 hizieron una nueva serie : “Holocausto”, un torrao.

Has escrito hicieron con z.

—Sí, ahí hay una falta. Me hace gracia que  aquella serie no me atrajera nada entonces. Claro, no era para niños. Volví a verla más mayor y me pareció muy buena.

26 de junio de 1979

Mi hermano Tomás a veces es más tonto que un gorila con pandereta, el niño dice que Cheryl es más guapa que Farrah.

—¡Que un gorila con pandereta! Pero papá, ¿quién dice esas cosas hoy? 

—Ni hoy ni nunca, eso es tontería de cosecha propia. 

—¡Qué pavo!

—Por cierto, Farrah era una actriz de una serie que al tío Tomás y a mi nos encantaba: Los ángeles de Charlie. Con el tiempo  sustituyeron a Farrah por la actriz Cheryl Ladd, y para mi ya no fue lo mismo.

13 de enero de 1980

Ha nevado mucho, por primera vez he visto la nieve, en Villena. He hecho un muñeco de nieve y he jugado con mis padres y hermanos a tirarnos bolas de nieve.

—¡Qué tierno! ¡Cómo os imagino!

...

Así que Stephen Hawking, que en dorada galaxia esté, me habría dado permiso para entrar a su fiesta.  Aquí queda la prueba evidente de mis saltos  del presente a los años setenta, del siglo XXI al XX y viceversa en un abrir y cerrar de ojos. 

Y no de manera aislada, sino de la mano de mi hija, que a sus catorce años  pudo conocerme a los doce.