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30 de octubre de 2025

DE VILLENA A YECLA, de la A a la Z (REEDICIÓN CON UN PORQUÉ)

Ya dije por aquí que pertenezco al honroso Club de los Ignorantes del Mundo del Automóvil. Es por esto que respaldo solidariamente a aquellos que, para describir un coche, se basan únicamente en su color.

—Pepito se ha comprado un coche.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Uno rojo.

—¿Pero qué marca?

—Y yo qué sé qué marca, ¡qué más da! ¡Un coche rojo!

¡Dí que sí! Y la cabeza bien alta... (Siempre habrá alguien que me comprenderá).

Tampoco me apasiona conducir. Hacerlo por ciudad en hora punta es desesperante, por lo que suelo ir a pie a todas partes.

Sin embargo, sí me relaja conducir cuando lo hago en solitario por carreteras secundarias poco transitadas y tan conocidas como para poder poner el piloto automático y que el coche me lleve solo (es un decir, ya me entendéis, ¿no?).

Recuerdo el placer que me suponía realizar el trayecto desde mi casa de Petrel hasta la universidad. Estrenaba entonces carnet de conducir y la autovía me infundía aún demasiado respeto, así que opté por ir a la facultad dando un rodeo por una carretera muy tranquila que atravesaba Agost —un pequeño pueblo alfarero de aspecto rojizo— y me llevaba sin pérdida posible hasta San Vicente del Raspeig. En días soleados y con la música puesta, el recorrido se me hacía bastante corto, pero para amenizarlo aún más me gustaba hacer una especie de juego mental que consistía en dividir todo el trayecto en tantas etapas como letras tiene el abecedario. Cada etapa debía tener un elemento que hiciera referencia a la letra en cuestión.

Hace ya tiempo de aquella vida universitaria, por lo que he olvidado los nombres de los tramos, pero todavía recuerdo un par de ellos: la zona en la que un acueducto discurría paralelo a la carretera era el trayecto R, de Romano. Y tras ver una pequeña tienda, totalmente pegada a la carretera, que tenía un cartel que decía «HAY TABACO», aquel ya fue para siempre el trayecto T.

En los miles de kilómetros que llevo hechos de Villena a Yecla —primero como novio de la extranjera y ahora como currante— también puse en su día un nombre a cada tramo, y hoy os los voy a presentar.


A de AVE. Para dejar Villena hay que atravesar la vía del tren. Por aquí aún no pasa el AVE, pero para empezar el abecedario fue la primera palabra que me vino a la cabeza.


B de BOMBILLAS. Esta tienda de lámparas me sirvió para dar nombre a la segunda etapa.

C de CEMENTERIO DE COCHES. En las afueras de la ciudad, y a cierta distancia, vi un desguace que me encajaba perfectamente para la tercera letra.

D de DEPECHE MODE. Junto a la carretera había una casa en ruinas con un cartel anunciando a este grupo. La casa fue demolida hace tiempo, pero el trayecto conserva el nombre en su honor.

E de ESPESURA. (Ver vídeo final).

F de FOLLÓN. Simplemente porque hay un cruce con muchas señales para desviarse a la pedanía de Las Virtudes.

G de GIRO a la izquierda. No se puede ser más explícito. Allí está, para el que quiera ir a comprobarlo.

H de HUELE MAL. Un tramo en el que, por culpa de cierta extensión de agua estancada, flotan unos efluvios a huevo podrido que ofenden gravemente a las narices.

I de IIIIIIIII. Por una curva muy pronunciada a la derecha. Si se toma con velocidad, el mismo coche dice el nombre del tramo. (A ver, los listillos absténganse de llamar a los loqueros: uno se divierte como buenamente puede).


J y K de JUNCOS y KAÑAS. Los hay durante un buen tramo.

L de LUZ entre pinos. (Ver vídeo final).


M de MIEDO. Porque llega un cambio de rasante con curva incluida que siempre me ha dado repelús.


A esta recta casi infinita la tenía que bautizar a la fuerza con la N de NO TE DUERMAS.

(No existe tramo Ñ porque nunca he visto un ñu, ni un ñandú, ni un ñoño que me lo pusieran a huevo).


O de OLIVOS. Árboles cuya diminuta flor deja volar en primavera un jodido polen que se mete en mi coche y también en mis ojos y me los pone como dos cebolletas.


P de PINADA. Uno junto al otro, en fila india. Me gusta esta imagen.


Q de QUÉ COÑO ES ESO? Porque después de kilómetros sin verse ninguna construcción, aparece esta mole a la derecha.


R de REGIÓN A LA VISTA. Es decir, la famosa frontera entre Villena y Yecla, entre Alicante y Murcia, entre España y el extranjero.

S de SUSTO. Pues en este tramo fui testigo de cómo un coche se salía de la calzada y labraba literalmente un bancal. Al ocupante no le ocurrió nada, pero el mal trago no se lo quitó nadie. Y yo me fui con temblor de piernas.

T de TINTO MUEBLES. Eso se podía leer en un cartel publicitario ya próximo al pueblo. Ya no existe el cartel, pero he querido rebautizar el tramo T y no veo nada que me ayude a ello.


U de UMBRÍA. Hay conductores que, en días de verano, paran un rato para refrescarse a la sombra de estos grandes pinos.

V de VUELVO A CASA. Pues Yecla asoma ya en el horizonte.


X de XPOSITORES. Toda la entrada a Yecla está colmada de grandes tiendas y almacenes de muebles con amplios escaparates exponiéndolos.

Y de YECLA. Obviamente.


Z de ZASS, ¡LLEGUÉ!

(Vale, lo admito: no tengo remedio).


ACTUALIZACIÓN:

Escribí esta entrada en enero de 2010. Quiero volver a publicarla por una razón: hace poco me vinieron a la cabeza los tiempos en que puse nombres a los tramos por los que iba pasando para llegar a casa, y sonreí al comprobar que recordaba prácticamente todos. De repente me sobrecogí al darme cuenta de que el tramo de la M, al que puse el nombre de MIEDO, fue precisamente el punto en el que, en febrero de 2023, tuve el accidente de tráfico que me pudo costar la vida.

Quién me iba a decir que aquel miedo era, en cierto modo, una premonición. Trece años después, el destino decidió que en ese mismo punto la palabra cobrara su sentido más literal. Me estremece pensar que, sin saberlo, había señalado el lugar exacto donde mi vida daría un vuelco. Y que tal vez hoy ese tramo podría tener también la M de Milagro.

He sentido la necesidad de revivir la entrada porque me parece algo sorprendente y porque me apetece expresar lo muy feliz que me hace poder seguir viniendo a este blog para compartir mis escritos con todos vosotros, mis queridos amigos. 

23 de septiembre de 2025

EL HOTEL ABANDONADO

 

En el verano de 2020, el aciago año de la pandemia, teníamos previsto un viaje a Londres que estaba reservado y pagado desde febrero. Pero todos sabemos lo que ocurrió: semana tras semana, el maldito Covid fue extendiéndose hasta echar por tierra cualquier plan. Al final, el viaje no pudo realizarse.

Los del hotel londinense se pusieron farrucos y costó horrores recuperar el dinero. Se aferraban al argumento de que viajar a Inglaterra no estaba prohibido, ignorando un “detalle” nada insignificante: la cuarentena obligatoria al llegar. Menos mal que la agencia insistió hasta que, al fin, cedieron.

Parecía que aquel verano sería forzosamente atípico. Nos resignamos a pasar las vacaciones en el campo, con piscina incluida, que tampoco era para quejarse demasiado. ¡Ya quisieran muchos!

Sin embargo, quedaba ese gusanillo de hacer algo distinto.

El estado de alarma terminó en junio y comenzó la llamada “nueva normalidad”. Como Aitana tenía antojo de parque acuático, decidimos pasar una semana en Benicasim, Castellón.

Fue un viaje lleno de buenos momentos, pero hubo una tarde que se nos quedó grabada a fuego. Lo que empezó como una simple curiosidad terminó siendo una experiencia tan inquietante como emocionante.

Cada vez que bajábamos a la playa pasábamos frente a un hotel en el que no se veía actividad alguna. Una de las veces me acerqué a la puerta y vi el cartel: HOTEL CERRADO.

Al principio pensamos que era cosa de la pandemia, pero pronto caímos en la cuenta de que no: el jardín estaba muy descuidado, en algunas zonas la vegetación era casi selvática, por lo que aquello no podía llevar cerrado meses, sino años.

De día, con las barandillas de los balcones brillando al sol, las palmeras recortadas contra el cielo y la vista de flores junto a una piscina cubierta, estaba muy lejos de resultar inquietante. Pero por la noche, sin una sola luz, aquella mole oscura y silenciosa se convertía en algo distinto: un bloque tétrico, sin vida, que invitaba a fantasear:

 —¿Os imagináis que se enciende una luz en una ventana?

—¡Y que cruza una sombra!

—¿Qué os tendrían que dar para pasar una noche ahí dentro, solos?

—Uff, me imagino los pasillos y las puertas como en El resplandor.

Un día, tras una excursión y comida en la playa, lo comentamos con mi hermana y mi sobrina, que habían venido a visitarnos.

—¿¡En serio!? —exclamó Ana, amante de los lugares abandonados y de las pelis de terror tanto como yo— ¡No me puede atraer más! ¡Yo no me voy sin verlo!

Y allá que nos fuimos al caer la tarde: Samuel, Aitana, Ana, Marta y yo. Apamen, pese a lo atrevida que es para tantas cosas, se negó en redondo. Los “castillos del terror” siempre la han espantado.

Dábamos por hecho que sólo lo podríamos recorrer por fuera. El hotel estaría cerrado, y bien cerrado, pero nos movía el afán de aventura.

Al llegar, rodeamos el edificio hasta la parte trasera, la única oculta a la vista desde la calle. Aquello sí parecía una jungla: luz verdosa filtrada por la vegetación caótica, cajas de botellas vacías, tumbonas apiladas y cubiertas de hojas secas, un viejo dispensador de helados arrinconado, sillas plegables de jardín… y nubes de mosquitos en las zonas más sombrías.

Todas las ventanas inferiores tenían rejas, pero una cristalera se deslizó sin resistencia cuando probamos a correrla. No vimos gran cosa a través del resquicio, pero esa simple acción nos disparó la adrenalina.

Cerca había una caseta de calderas adosada al edificio. Samuel quiso trepar al tejado para alcanzar uno de los balcones y comprobar si había alguna ventana abierta. Mientras los demás le ayudaban, yo seguí bordeando el edificio hasta llegar al aparcamiento trasero, lógicamente vacío.

Continué caminando pegado a la pared y… de repente ante mis ojos, la sorpresa: una puerta entornada.

Pensé que simplemente daría acceso a cualquier cuarto de mantenimiento, pero al empujarla me encontré en una cocina en penumbra, con mobiliario metálico cubierto de polvo. Me adentré un poco más y llegué a un pasillo con unas escaleras que descendían a lo que debería ser un sótano. Me quedé unos instantes en completa quietud al observar algo: ¡las luces de esas escaleras estaban encendidas!

El corazón me dio un vuelco. Quise salir corriendo de allí, pero también sentía la necesidad de seguir. En las películas de miedo no exageran tanto: la curiosidad es más fuerte que el miedo.

Seguí en dirección contraria al sótano y… ¡aparecí en el salón principal del hotel! Ahí sí, me di media vuelta y salí disparado.

Samuel seguía encaramado sobre el tejado de la caseta cuando llegué exultante:

—¡Baja de ahí, Samuel!

—¿Qué pasa? ¿Viene alguien? —preguntó Ana.

—¡He encontrado una puerta abierta!

—¿Queeeé? —exclamaron todos.

—¡Se puede entrar! ¡Venid todos!

Me puse en marcha el primero y por detrás los escuchaba murmurar: “No me lo creo” “No está tomando el pelo” “Ya verás…”

Pero en seguida pudieron comprobar que hablaba en serio. Penetramos en silencio, conteniendo las voces que querían gritar de pura emoción.

El acceso al sótano iluminado nos incomodó a todos. Parecía una invitación a descender, pero no nos atrevimos y olvidamos esa luz en cuanto alcanzamos el gran hall de la entrada.

Los muebles, cubiertos con sábanas y telas floreadas, daban al lugar un aire tan elegante como fantasmagórico. La luz de la tarde se filtraba por las cortinas, dorando el polvo en suspensión.

Avanzábamos conteniendo las risas, nerviosos ante el eco de nuestros pasos. Nunca habríamos imaginado que aquel deseo de aventura acabaría cumpliéndose.

—¿Hacia dónde vamos?

—Por aquí hay una puerta.

—A ver si luego no vamos a saber salir...

Yo me desvié hacia una oficina con mesa grande, cuadros y ficheros, quizá el despacho del director. Mientras tanto, mi sobrina pulsó el botón del ascensor, y…  el sonido del aparato descendiendo nos hizo apretarnos como un racimo. 

—¡No me digas que funciona!

El ascensor se detuvo ante nuestros ojos incrédulos. La posibilidad de que al abrirse las puertas apareciera alguien ante nosotros nos tuvo unos instantes con la sangre bajo cero.

Samuel caminaba con un palo de golf que había encontrado, convencido de que serviría como arma si aparecía un zombi.

En un pequeño armario descubrimos decenas de llaves: “Habitaciones”, “Piscina”, “Caja fuerte…”

—¿¡Caja fuerte!? —repetimos todos al unísono, y la risa sonaba nerviosa.

En otro despacho encontramos un montón de archivadores y carpetas en estanterías.

—“CAJA” —comencé a leer en voz alta las etiquetas— “TURNOS”, “MANTENIMIENTO”, “HALLOWEEN”, “PUBLICIDAD”…

—¿Dónde dice Halloween? —preguntó Aitana.

—¡Guau, qué chulo sería investigar todo esto! —decía Ana.

—¿Dónde has leído Halloween? —insistía Aitana.

—Samuel, ¡no me pongas caras raras! —protestaba Marta.

—¡Quiero saber dónde pone “Halloween”! —otra vez mi hija.

Y cuando volví a pasar la vista por los archivadores… la etiqueta de “HALLOWEEN” se había esfumado.

—Pues ya no lo encuentro…

Aquello sirvió de chirigota durante varios días después. Está claro que con la adrenalina alta, mi cerebro debió procesar las letras más rápido de lo habitual y se inventó esa palabra.

Y es que yo estuve “cagao” en todo momento. No podía dejar de pensar que no tenía sentido que hubiera electricidad en un hotel cerrado desde hacía años.  En cualquier momento esperaba escuchar una voz malhumorada: “¿¡QUIÉN ANDA AHÍ!?” Y yo era el mayor allí. Y el más responsable (en teoría).

Lo sensato habría sido marcharnos, pero no: subimos a la primera planta.

Con la linterna del móvil iluminé un pasillo en penumbra. Ni de broma me hubiera atrevido a hacerlo solo. Para nuestra sorpresa, las habitaciones estaban abiertas y perfectamente equipadas: con sus moquetas, sus camas con colcha, cuadros, televisores…

—¡Y están encendidos! —exclamó Samuel.

—¿Cómo que encendidos?

—Sí, mira la luz roja.

Pulsamos un botón, la luz se tornó verde y en la pantalla apareció una telenovela con voces estridentes. Nos quedamos petrificados. ¿Cómo era posible que un hotel cerrado siguiera funcionando como si nada?  ¡Aquello sería el paraíso de los okupas! ¡Si hasta daban ganas de abandonar nuestro hotel y mudarnos allí gratis!

No nos quedamos mucho más. La tensión se volvió insoportable y estábamos convencidos de que debía de haber un vigilante.

—Está a punto de llegar el sheriff de Benicasim —les decía yo— ¡Vamos de cabeza a la cárcel!

Antes de marcharnos aún husmeamos en la cocina, donde encontramos latas industriales de conserva: atún, tomate, verduras… viejas, pero con aspecto de seguir siendo perfectamente comestibles.

Estuvimos días enteros hablando con emoción de lo vivido.

La única explicación lógica era que alguien vigilaba el lugar, aunque no llegamos a cruzarnos con él. Quizá salió un momento, quizá dormía en algún rincón, o simplemente no nos oyó.

Al verano siguiente, mi hermana pasó por la zona y el hotel ya estaba abierto y en pleno funcionamiento.

Hoy pienso que tras aquellas escaleras iluminadas que daban al sótano debía estar trabajando algún técnico que reparaba algo, y al que le habían dejado las llaves para entrar. El hombre no cerró la puerta porque nunca imaginó que se colarían cinco insensatos con ganas de explorar.

El susto que nos podía haber dado él a nosotros (o nosotros a él) hubiera sido de dimensiones astronómicas. Y hoy me río al imaginarlo.

En cualquier caso, aquella aventura clandestina que todavía recordamos con emoción, fue la guinda perfecta para nuestras vacaciones en Benicasim.








13 de junio de 2017

LOS LUGARES DONDE HE VIVIDO

En la película Lion  se cuenta la historia real de un joven indio que se perdió siendo un niño y al que no le fue posible volver con su familia. Por avatares del destino terminó siendo adoptado por un matrimonio de Australia. 
Veinticinco años después, gracias a Google Earth y a su constancia en la búsqueda, consiguió localizar el pequeño poblado donde nació. 
Y pudo finalmente volver a él.

Imagino que todos habréis viajado a través de este programa informático que nos permite visualizar y recorrer cualquier lugar del mundo gracias a la fotografía satelital. 
Para mi resulta asombroso, a la par que divertido.

También imagino que todos habéis sentido la curiosidad de adentraros en vuestra localidad hasta dar con la calle y el lugar exacto en el que vivís. ¿No da mucha alegría ver fotografiados esos lugares que tan familiares resultan?

Hace un tiempo me apeteció localizar en Google Earth todos los lugares en los que tuve un hogar. Y se me ocurrió recopilarlos y guardarlos y, por qué no, exponerlos en esta entrada.

He aquí los lugares en los que he vivido a lo largo de mi vida. 

01. EN ELDA (Alicante) Años 1966-1967
 Cerca del Mercado Central, en la actual calle Petrel (me dice mi madre que entonces no se llamaba así y por eso voy a investigar su nombre anterior) Este fue el lugar donde viví en mi primer año de vida. Lógicamente no recuerdo de él lo más mínimo.

02. EN PETREL (Alicante) Año 1967
 En la calle Prim, en la casa en la que vivían mis abuelos maternos, que nos acogieron durante unos meses. Enfrente había un horno de pan que ya no existe.

03. EN MADRID Años 1967-1968


También junto a un mercado, el Mercado de Maravillas, en el barrio de Cuatro Caminos. 
Tengo un vago recuerdo de este lugar, en la calle Carnicer, de cuando las vecinas, a través del patio de luz, me pedían que cantara la canción que acababa de ganar el Festival de Eurovisión: "Juanito, ¡canta el Lalala!"

Yo solo tenía dos años, pero me cuentan que la cantaba a la perfección :D


 04. EN BENIDORM (Alicante) Años 1969-1974

A finales de 1968 regresamos a Petrel. Mi madre dio a luz a mi hermano Tomás, que, como yo, nació en el hospital de la vecina Elda.
Poco después nos trasladamos a Benidorm en donde vivimos varios años. Allí empezamos a ir al colegio y cuando llegaba el buen tiempo nuestra madre nos llevaba a la playa casi todas las tardes.
Vivíamos en uno de los áticos de los conocidos como Edificios Navasa, en la que se conocía como Carretera de Circunvalación y que hoy se llama Avenida del Rey Jaime I. 

  Al volver del cole esperábamos a nuestra madre sentados en estas escaleras:
Ella se asomaba a la terraza y nos hacia una señal con la mano, indicando que nos había visto y  bajaba a ayudarnos a cruzar la tan transitada carretera. De esto me acuerdo perfectamente. Y de la primera vez que fui al cine, con ella y mi hermano, a ver Bambi.

05. EN PETREL (Alicante) Años 1974-1994

 Viviendo en Benidorm, mis padres compraron una casa de campo en Petrel, a la que acudíamos muchos fines de semana. Una vez trasladados allí nos quedamos a vivir definitivamente. De esta época he escrito largo y tendido en el blog (ver etiqueta EL CAMPO)
 Época feliz de nuestra vida, gozando al aire libre, disfrutando de la compañía de multitud de animales que fueron parte de nuestra familia a través de los años: perros, gatos, gallinas, patos, pavos, un par de caballos, un burro... 
En esta  época nacieron mis hermanos pequeños, Fran y Ana, en el Hospital de Alicante. Terminé la EGB y también los años de Instituto.
En ella vivimos una trágica gota fría en el año 1982
La casa ha sido remodelada varias veces a través de los años.

06. EN PLASENCIA (Cáceres) Año 1986 

Si he de nombrar todos los lugares en los que viví, debo incluir mi año de servicio militar. Primero los tres meses de reclutamiento en en el CIR de Plasencia.
 Situado en la Avenida de La Salle, era un edificio enorme, como puede apreciarse en la foto. El 31 de diciembre de 1992 se produjo el cierre definitivo de este histórico cuartel y hoy es un Centro Universitario.
 07. EN MADRID  Años 1986-1987

 Después de mi estancia en Plasencia (en Italia, como dice mi amigo Juan Luis) me trasladaron a Madrid Carabanchel, al Cuartel que hay en la calle Camino de los Ingenieros.
Historias de la puta mili tengo para dar y vender, y alguna de ellas también apareció en el blog.
La flecha señala el lugar donde viví 9 meses como armero de mi compañía. Y recuerdo un día que pasé entero en la quinta planta del Hospital Gómez Ulla, haciendo guardia en la planta de los internados en el psiquiátrico. Observando a los que paseaban por aquellos largos pasillos me sentí como en la película Alguien voló sobre el nido del cuco.

 08. EN ELCHE (Alicante) Años 1994 - 2000

Fueron los 6 años más felices de mi vida laboral, como conserje en el Instituto de Secundaria Cayetano Sempere (el número 6 de esta ciudad, como no podía ser de otra modo) Se me asignó la casa que tenía el centro, en la calle L'Avet y en ella tuve que aprender a cocinar cosas de fundamento. Aún recuerdo con emoción el imponente aspecto que tenían los exteriores del instituto con las farolas encendidas durante las noches.

 09. Y EN YECLA (Murcia) 2000 - actualidad

En Yecla me casé y allí  vivo desde hace 17 años, en la Avenida de la Libertad. Allí han nacido mis hijos a los que muchas veces he contado los recuerdos que tengo de los lugares en los que he vivido. Mis años de cole, los juegos con mis hermanos en la casa de campo...

  
Y es por esto que siempre he dicho que me siento medio murciano, medio alicantino, y que les tengo un enorme cariño a todas las ciudades que aparecen en este álbum. 

PD. Por cierto, cómo me recuerda el logo de Google Earth a la cúpula de la Purísima de Yecla, símbolo de la ciudad.
 
 

13 de julio de 2016

RECUERDOS DE AYNA (2)

La segunda vez que visitamos Ayna fue en 1981.

Mi hermana tenía entonces casi 7 años y con esa edad ya no hubo trabas para que pudiéramos disfrutar de unos días de vacaciones. De hecho fue capaz de algo que me parece de muchísimo mérito para tan corta edad. Luego os lo cuento.

Recuerdo que esa vez nos alojamos en casa de una señora que se llamaba Maruja, que alquilaba habitaciones. Entonces en Ayna no había tanto turismo y no existía el hotel que tiene hoy, ni los hostales ni casas rurales que ahora pueden encontrarse.

Una vez instalados salimos a dar una vuelta.
Las impresiones que siempre me ha despertado este pueblo al recorrerlo se me hacen difíciles de describir, tal es la cantidad de plácidas sensaciones que me embargan.

Me basta con cerrar los ojos...
...y levanto de nuevo la cabeza para descubrir un cielo luminoso entre la penumbra de sus callejuelas, con los aleros de antiguas tejas recortados en el intenso azul.
Un pueblo sumamente tranquilo rodeado de montañas pobladas de frondosos pinos, destacando la mole que surge desde el valle: los Picarzos.

Los Picarzos es una obra de arte de la Naturaleza. Sus acantilados y picos parecen estar allí para extasiar a todo el que los contemple, pues varían tanto conforme la luz del sol los sobrepasa que parecen un macizo distinto cada vez, como un guardián de piedra que se transformara con el paso de las horas.

Su cumbre está rematada por escarpadas rocas que forman pequeños y grandes torreones. A mí siempre me han recordado a las filigranas que de niños construimos en la playa, cuando dejamos escurrir del puño el agua y la arena sobre nuestros castillos.

Y a los mismos pies de esa mole pasa sereno el río Mundo, entre altas cañas y extensas raíces. Es un gozo contemplar sus recodos de agua cristalina y escuchar su discurrir sonoro sobre cantos rodados, esa sinfonía que se vuelve más alegre en los saltos o al atravesar los ojos de los puentes de piedra.

Entre el pueblo en lo alto y el río en lo hondo, el extenso huerto en escalones a la sombra de higueras y nogales. Se puede recorrer por caminos empedrados en los que abundan las chumberas, y huele a humedad y abunda el verdor. Y cuando el sol aprieta, la tierra desprende densos aromas de fertilidad.

Es en este “Mundo de agua” donde empieza la aventura que voy a contar y que sigue siendo hoy uno de los mejores recuerdos de mi juventud y la de mis hermanos.

Hacía mucho calor y bajamos a refrescarnos al río. Buscando el mejor lugar donde poder bañarnos empezamos a remontarlo con el agua por la cintura. Estaba fría como el hielo, pero uno terminaba acostumbrándose después de un buen rato en remojo.
Como avanzar entre tantas piedras era complicado y hacia daño en la planta de los pies, mi madre nos permitió que nos pusiéramos las sandalias, que no eran en absoluto apropiadas para la ocasión, pero, una vez más, ella prefirió ser práctica y que disfrutáramos.

Entonces mi padre, aventurero por excelencia, propuso que siguiéramos adelante. Y así fue como una pareja con cuatro hijos comenzaron a adentrarse en el río Mundo.

En muchos de los tramos el agua llegaba por las rodillas, pero había ciertas zonas en las que la profundidad era mayor y se podía nadar, y también aparecía alguna poza en la que era posible incluso bucear.
Recuerdo que mi hermano Tomás y yo ahuyentábamos primero a todos aquellos grupos de chinches que flotaban en las aguas más tranquilas y que al acercarnos eran capaces de patinar y saltar  sobre la superficie sin hundirse.

Los paisajes iban cambiando conforme avanzábamos, haciendo de aquella excursión una aventura asombrosa.

Alguna rama enorme caída sobre el río que había que sortear, túneles de vegetación en los que apenas entraba el sol, grandes mantos de ova verde meciéndose en la corriente que hacían cosquillas al pasar, una roca lisa que parecía el caparazón de una tortuga gigante, selvas de cañizo de las que surgían alborotados ruidos que siempre nos sobrecogían y disparaban nuestra imaginación...
Y ese encantador rumor del agua acompañando siempre.

Vimos multitud de peces, algunos muy grandes. Ranas y sapos que desde algún saliente saltaban a esconderse en el fondo cuando nos oían llegar. Multitud de libélulas de vivos colores que besaban la superficie del agua y se perdían entre la fronda. Incluso una culebra de agua que a todos nos dio repelús.

Después de mucho caminar, nos adentramos en un tramo umbrío flanqueado por altas choperas. De repente apareció un grupo de casas muy viejas próximas a la orilla.
Un hombre joven que estaba trabajando en la huerta se quedó asombrado al ver llegar por el río a una “familia acuática”

—Buenos días —lo saludó mi padre
—Buenos días  —le respondió—, ¿de dónde vienen ustedes?
—De Ayna.
—¿Por el río?
—Así es.
—Pues llevarán más de una hora andando, ¿no?
—Seguramente, aunque no sé ni la hora que es.

Su mujer escuchó voces y salió a saludarnos.

Si para nosotros llegar hasta allí había sido una gran aventura, lo que nos contó aquella pareja era otra aún mayor.

Eran de Madrid y tan quemados estaban de su trabajo como profesores y de su estrés de vida en la ciudad que habían querido dar un cambio radical a su existencia. Decidieron abandonarlo todo para marcharse con su pequeño hijo a vivir un lugar perdido.
Y lo encontraron.

Aquella aldea se llamaba (y se llama) Alcadima, y en aquel entonces ya llevaba algunos años abandonada. Ocuparon una de sus casas, cultivaron una huerta, compraron gallo y gallinas y ahora vivían en total armonía con la Naturaleza.
Nos contaron que su idea era instruir a su hijo ellos mismos conforme creciera.

El hombre nos enseñó su querido pueblo.
Nos divirtió comprobar que se había dedicado a nombrar cada casa escribiendo en una tabla el servicio que desempeñaba. Había así un “JUZGADO”, un “COLEGIO”, una “FARMACIA”... Y la tabla que había colocado en el corral decía “AYUNTAMIENTO”.

—Sí —nos explicaba divertido—, ahí está el señor alcalde (el gallo) y los concejales (las gallinas).

Después de la visita a aquel reino de solo tres súbditos, volvimos a Ayna, piernas en remojo de nuevo, remontando otra vez lo andado.
Y todo esto con Fran y Ana, siete y ocho años respectivamente, que aguantaron como jabatos. ¡Valientes!

Imaginad cómo se nos despertó el apetito aquel día. Y lo bien que comimos en Casa Segunda, en aquella redonda terraza que asoma a la huerta, al río y a los Picarzos que todo lo vigilan.
Con aquellas ensaladas de pepino, tomate y cebolla de un sabor inigualable, y su cordero a la brasa, y sus patatas al montón y sus huevos fritos...

Para comer y cenar íbamos siempre allí. Tengo grabados en la memoria el aroma a macetas regadas al atardecer y el majestuoso aspecto de las montañas cuando se escondía el sol.
Segunda cocinaba y su hija Adelita, un bombón de chiquilla de 12 años, ayudaba a servir las mesas.

Entonces mi hermano Tomás y yo no imaginábamos lo muy amigos que nos haríamos de Adelita y, poco después, de todas sus amigas. 

Ni lo mucho que duraría esa amistad.

(CONTINUARÁ)



Nota 1: No recuerdo los nombres de aquella pareja de Alcadima, aunque hoy sé que ya no viven allí, por lo que es un lugar completamente abandonado.
Para saber más de Alcadima: AQUÍ

Nota 2: Lo que son las cosas, volví a saber de aquella mujer algunos años después, pues tendría un corto papel en una película. Pero de eso ya hablaré en su momento. 

30 de junio de 2016

RECUERDOS DE AYNA



Era el año 1977 cuando mi padre nos trajo a este pueblo de la provincia de Albacete. 

Aquel fue un descubrimiento familiar inolvidable que nos marcaría para siempre.

Recuerdo que fue toda una aventura llegar hasta allí sin mapa, que el viaje se nos hizo muy largo y que para distraernos, y dado que durante muchos kilómetros no nos cruzamos con ningún coche, nuestro padre nos decía que estábamos en otro planeta y que prestáramos atención por si veíamos a otros terrícolas.
Y así, después de curvas y más curvas,  aparecía finalmente algún vehículo.

—¡Un terrícola! —gritábamos contentos.

En aquel entonces mi padre trabajaba en la compraventa de automóviles. Cada cierto tiempo llegaba a casa con un coche distinto. A mi hermano Tomás y a mi aquello nos parecía algo fascinante y  siempre  exclamábamos "¡¡Guaaa, qué chulada!!",  cuando lo veíamos llegar con otro, fuera el coche que fuera.

El verano del 77 llegamos a Ayna en un coche americano, un Chrysler rojo enorme, y cuando digo enorme quiero decir que parecía de la familia de las limusinas, largo como un día sin pan.

Tan poco discreto era aquel coche que, desde la entrada del pueblo hasta la plaza del Ayuntamiento donde paramos, toda la chiquillería de Ayna nos siguió corriendo, gritando, tocando la carrocería, admirando el tamaño de aquel cohete con ruedas.

Aquella entrada triunfal que sin duda permanece en mi memoria  por lo importante que me hizo sentir, aún iba a rematarse con otro toque de exotismo. 

Teníamos entonces en el campo una pequeña urraca que también nos llevamos de viaje en aquella ocasión. Era el ave más lista que he visto en mi vida. Cuando intuía que alguien le tenía miedo (niños generalmente) revoloteaba y graznaba ruidosamente. Si el niño gritaba, se divertía martirizándolo, posándose en su cabeza  y tirándole de los pelos. Sí, era un pajarraco bastante sinvergüenza.

Aquella urraca (supongo que le pusimos nombre pero lo he olvidado) pasó gran parte del viaje picoteando el sombrero de palma de nuestro padre.

—Te lo está rompiendo, papá —le decíamos.
—Qué le vamos a hacer!

Al rato, el ave empezó a toser ruidosamente hasta que vomitó todo el sombrero que se había comido.

—¡Lo tienes bien empleado! —le dijo mi padre— ¡Calamidad! ¡Que eres una calamidad!

Así que al llegar a Ayna, descendió del coche con aquella urraca en el hombro, y el ave, después de tanto tiempo encerrada, salió volando, dio un par de vueltas por la plaza y volvió a posarse sobre él. 
Aquellos niños se quedaron con la boca abierta.

Imagino que se preguntaban de qué planeta sería aquella gente que llegaba de repente con aquel cochazo y aquel pájaro amaestrado.

Algo que no olvidaré jamás de nuestras primeras incursiones por el pueblo fue el sonido del agua. 

Había muchas fuentes por sus calles, fuentes de agua fresca manando de sus caños sin descanso. Eso y el aroma a esparto, a huerta, a pan recién hecho...
Pero sobre todo el gozo que nos daba cuando, acalorados después de una caminata, mi padre se acercaba a alguna de aquellas fuentes y nos decía

—¡Acercaos aquí! —y nos empapaba la cabeza en aquellos chorros de agua tan fresca, y nos hacía mojarnos la cara y los brazos y beber hasta quedar satisfechos.

No recuerdo mucho más de aquel primer viaje, salvo que la intención de mis padres era pasar todo un fin de semana, pero nos marchamos al día siguiente. 

Mi hermana Ana, que entonces tenía solo tres años, estaba muy acostumbrada a su cuna y sobre todo a su almohada, de la que no se separaba nunca. ¡Y se nos olvidó cogerla!
Y en aquella pensión de la plaza,  ni durmió ella ni dejó dormir a mis padres.

Pero el encanto del pueblo y de su gente nos había calado tan hondo que no tardaríamos en volver.

(CONTINUARÁ)