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27 de julio de 2016

TOÑY

¿Sabes, Toñy? A pesar de los muchos años que han pasado sin verte, aún recuerdo muy bien tu voz. 
Me basta con cerrar los ojos para oírte hablar y aún consigo ver tu limpia mirada y esa sonrisa entre tímida y divertida que iluminaba tu cara.

Cómo me acuerdo de aquellas visitas en verano, de aquellos trayectos con tantas curvas que la impaciencia por llegar nos hacía larguísimos. Del momento en el que el autobús entraba por fin al pueblo y paraba justo delante de tu casa, e inmediatamente mirábamos a tu balcón esperando verte asomar. Y el corazón nos latía deprisa, por la emoción y la alegría de volver a ver a nuestras amigas.

Como si de ayer mismo se tratara, veo cómo nos hacíamos fotos en las fuentes de La Toba, o tomábamos una Coca Cola en el Avenida , o dábamos paseos sin rumbo por el pueblo... ¿Recuerdas aquella vez que entramos en tu casa y pusiste el tocadiscos? Sonó el Words, de F.R David y Souvenir, de OMD, que siempre fueron los temas que identificaron a nuestra pandilla.
La nostalgia me inunda cada vez que escucho esas canciones de nuevo.

Qué sencilla era la vida entonces...

A veces me parece mentira que el tiempo no haya diluido nuestra amistad. Sin duda, aquellos años de adolescencia calaron muy hondo en todos nosotros y los recuerdos que tenemos siguen siendo tan dulces y tan de verdad como era todo entonces.
Había tanta alegría al vernos... Y también algunas lágrimas al despedirnos...

La adolescencia quedó atrás y cada cual siguió su vida. Los años han ido pasando muy deprisa, tan deprisa que hoy nos parece mentira que hayan sido tantos. Pero ¿no sientes que jamás dejamos de ser amigos, que aquellos jóvenes de entonces se hicieron adultos pero no del todo y que el cariño nunca menguó?

Tres décadas después, pensé que teníamos que volver a reunirnos y se me ocurrió crear un grupo de Whatsapp en el que estuviéramos todos. Gloria y Adela me dieron los teléfonos que yo no tenía, y de nuevo, como por arte de magia, estábamos comunicados en “AYNA: EL REENCUENTRO”.

Me alegró muchísimo saludarte otra vez, y me dijiste que tenías una hija de tres años. 
“Es mi mayor tesoro”, escribías.
Qué buena idea has tenido – me decías – Esto del reencuentro me parece muy bonito, pero creo que de momento no me siento preparada.”

Ahora comprendo por qué lo decías.

Hace poco más de un mes, hojeando un libro, encontré una pegatina que hiciste para mí. Decía JUAN con colores muy vivos. La fotografié y te la mostré. Poco después me enviabas tú la foto de un naipe repleto de frases mías. Me hizo mucha gracia que los dos conserváramos aquellos detalles tan sencillos pero tan llenos de valor para nosotros.

"Aún guardo todas tus cartas", te dije.
"¡Y yo las tuyas! Las tengo en el pueblo. Cuando vaya las revisaré"

Lo que no te dije es que las tengo ordenadas por fechas y encuadernadas.
Y hoy las veo y no soy capaz de releerlas porque me cuesta mucho aceptar que ya no estés con nosotros.

Yo no sabía que estabas enferma. Ninguno lo sabíamos porque a nadie se lo dijiste. Imagino que no querías que ningún amigo sufriera por ti, y eso dice mucho de la persona prudente, sencilla y discreta que siempre has sido.

Hoy estoy muy triste, Toñy, pero te prometo que no durará mucho. Ya sabes que soy una persona positiva y voy a transformar mi dolor en un cariño imperecedero. Además, estoy convencido de que tú vas a conseguir que aquella pandilla de entonces vuelva a reunirse de nuevo, que conmemoremos y consolidemos nuestra amistad treinta años después. Porque la vida ha pasado, pero con nosotros permanecen los dulces recuerdos de aquellos tiempos de inocencia y felicidad.

Seguramente dabas por hecho que tú no te reunirías con nosotros, pero te equivocabas, Toñy, porque sí que vas a estar. Vas a estar presente y más viva que nunca. Entre todos, junto a todos. 

Y si antes amaba Ayna, a partir de ahora la amaré mucho más, porque vas a estar en ella para siempre.

Y quiero que sepas que tarde o temprano conoceré a tu hija, y sé que al mirarla veré en ella tu mirada y tu sonrisa y podré darte entonces el beso de despedida que no me ha dado tiempo a darte.

Hasta siempre, querida Toñy.
Hasta siempre, amiga mía.


13 de julio de 2016

RECUERDOS DE AYNA (2)

La segunda vez que visitamos Ayna fue en 1981.

Mi hermana tenía entonces casi 7 años y con esa edad ya no hubo trabas para que pudiéramos disfrutar de unos días de vacaciones. De hecho fue capaz de algo que me parece de muchísimo mérito para tan corta edad. Luego os lo cuento.

Recuerdo que esa vez nos alojamos en casa de una señora que se llamaba Maruja, que alquilaba habitaciones. Entonces en Ayna no había tanto turismo y no existía el hotel que tiene hoy, ni los hostales ni casas rurales que ahora pueden encontrarse.

Una vez instalados salimos a dar una vuelta.
Las impresiones que siempre me ha despertado este pueblo al recorrerlo se me hacen difíciles de describir, tal es la cantidad de plácidas sensaciones que me embargan.

Me basta con cerrar los ojos...
...y levanto de nuevo la cabeza para descubrir un cielo luminoso entre la penumbra de sus callejuelas, con los aleros de antiguas tejas recortados en el intenso azul.
Un pueblo sumamente tranquilo rodeado de montañas pobladas de frondosos pinos, destacando la mole que surge desde el valle: los Picarzos.

Los Picarzos es una obra de arte de la Naturaleza. Sus acantilados y picos parecen estar allí para extasiar a todo el que los contemple, pues varían tanto conforme la luz del sol los sobrepasa que parecen un macizo distinto cada vez, como un guardián de piedra que se transformara con el paso de las horas.

Su cumbre está rematada por escarpadas rocas que forman pequeños y grandes torreones. A mí siempre me han recordado a las filigranas que de niños construimos en la playa, cuando dejamos escurrir del puño el agua y la arena sobre nuestros castillos.

Y a los mismos pies de esa mole pasa sereno el río Mundo, entre altas cañas y extensas raíces. Es un gozo contemplar sus recodos de agua cristalina y escuchar su discurrir sonoro sobre cantos rodados, esa sinfonía que se vuelve más alegre en los saltos o al atravesar los ojos de los puentes de piedra.

Entre el pueblo en lo alto y el río en lo hondo, el extenso huerto en escalones a la sombra de higueras y nogales. Se puede recorrer por caminos empedrados en los que abundan las chumberas, y huele a humedad y abunda el verdor. Y cuando el sol aprieta, la tierra desprende densos aromas de fertilidad.

Es en este “Mundo de agua” donde empieza la aventura que voy a contar y que sigue siendo hoy uno de los mejores recuerdos de mi juventud y la de mis hermanos.

Hacía mucho calor y bajamos a refrescarnos al río. Buscando el mejor lugar donde poder bañarnos empezamos a remontarlo con el agua por la cintura. Estaba fría como el hielo, pero uno terminaba acostumbrándose después de un buen rato en remojo.
Como avanzar entre tantas piedras era complicado y hacia daño en la planta de los pies, mi madre nos permitió que nos pusiéramos las sandalias, que no eran en absoluto apropiadas para la ocasión, pero, una vez más, ella prefirió ser práctica y que disfrutáramos.

Entonces mi padre, aventurero por excelencia, propuso que siguiéramos adelante. Y así fue como una pareja con cuatro hijos comenzaron a adentrarse en el río Mundo.

En muchos de los tramos el agua llegaba por las rodillas, pero había ciertas zonas en las que la profundidad era mayor y se podía nadar, y también aparecía alguna poza en la que era posible incluso bucear.
Recuerdo que mi hermano Tomás y yo ahuyentábamos primero a todos aquellos grupos de chinches que flotaban en las aguas más tranquilas y que al acercarnos eran capaces de patinar y saltar  sobre la superficie sin hundirse.

Los paisajes iban cambiando conforme avanzábamos, haciendo de aquella excursión una aventura asombrosa.

Alguna rama enorme caída sobre el río que había que sortear, túneles de vegetación en los que apenas entraba el sol, grandes mantos de ova verde meciéndose en la corriente que hacían cosquillas al pasar, una roca lisa que parecía el caparazón de una tortuga gigante, selvas de cañizo de las que surgían alborotados ruidos que siempre nos sobrecogían y disparaban nuestra imaginación...
Y ese encantador rumor del agua acompañando siempre.

Vimos multitud de peces, algunos muy grandes. Ranas y sapos que desde algún saliente saltaban a esconderse en el fondo cuando nos oían llegar. Multitud de libélulas de vivos colores que besaban la superficie del agua y se perdían entre la fronda. Incluso una culebra de agua que a todos nos dio repelús.

Después de mucho caminar, nos adentramos en un tramo umbrío flanqueado por altas choperas. De repente apareció un grupo de casas muy viejas próximas a la orilla.
Un hombre joven que estaba trabajando en la huerta se quedó asombrado al ver llegar por el río a una “familia acuática”

—Buenos días —lo saludó mi padre
—Buenos días  —le respondió—, ¿de dónde vienen ustedes?
—De Ayna.
—¿Por el río?
—Así es.
—Pues llevarán más de una hora andando, ¿no?
—Seguramente, aunque no sé ni la hora que es.

Su mujer escuchó voces y salió a saludarnos.

Si para nosotros llegar hasta allí había sido una gran aventura, lo que nos contó aquella pareja era otra aún mayor.

Eran de Madrid y tan quemados estaban de su trabajo como profesores y de su estrés de vida en la ciudad que habían querido dar un cambio radical a su existencia. Decidieron abandonarlo todo para marcharse con su pequeño hijo a vivir un lugar perdido.
Y lo encontraron.

Aquella aldea se llamaba (y se llama) Alcadima, y en aquel entonces ya llevaba algunos años abandonada. Ocuparon una de sus casas, cultivaron una huerta, compraron gallo y gallinas y ahora vivían en total armonía con la Naturaleza.
Nos contaron que su idea era instruir a su hijo ellos mismos conforme creciera.

El hombre nos enseñó su querido pueblo.
Nos divirtió comprobar que se había dedicado a nombrar cada casa escribiendo en una tabla el servicio que desempeñaba. Había así un “JUZGADO”, un “COLEGIO”, una “FARMACIA”... Y la tabla que había colocado en el corral decía “AYUNTAMIENTO”.

—Sí —nos explicaba divertido—, ahí está el señor alcalde (el gallo) y los concejales (las gallinas).

Después de la visita a aquel reino de solo tres súbditos, volvimos a Ayna, piernas en remojo de nuevo, remontando otra vez lo andado.
Y todo esto con Fran y Ana, siete y ocho años respectivamente, que aguantaron como jabatos. ¡Valientes!

Imaginad cómo se nos despertó el apetito aquel día. Y lo bien que comimos en Casa Segunda, en aquella redonda terraza que asoma a la huerta, al río y a los Picarzos que todo lo vigilan.
Con aquellas ensaladas de pepino, tomate y cebolla de un sabor inigualable, y su cordero a la brasa, y sus patatas al montón y sus huevos fritos...

Para comer y cenar íbamos siempre allí. Tengo grabados en la memoria el aroma a macetas regadas al atardecer y el majestuoso aspecto de las montañas cuando se escondía el sol.
Segunda cocinaba y su hija Adelita, un bombón de chiquilla de 12 años, ayudaba a servir las mesas.

Entonces mi hermano Tomás y yo no imaginábamos lo muy amigos que nos haríamos de Adelita y, poco después, de todas sus amigas. 

Ni lo mucho que duraría esa amistad.

(CONTINUARÁ)



Nota 1: No recuerdo los nombres de aquella pareja de Alcadima, aunque hoy sé que ya no viven allí, por lo que es un lugar completamente abandonado.
Para saber más de Alcadima: AQUÍ

Nota 2: Lo que son las cosas, volví a saber de aquella mujer algunos años después, pues tendría un corto papel en una película. Pero de eso ya hablaré en su momento. 

30 de junio de 2016

RECUERDOS DE AYNA



Era el año 1977 cuando mi padre nos trajo a este pueblo de la provincia de Albacete. 

Aquel fue un descubrimiento familiar inolvidable que nos marcaría para siempre.

Recuerdo que fue toda una aventura llegar hasta allí sin mapa, que el viaje se nos hizo muy largo y que para distraernos, y dado que durante muchos kilómetros no nos cruzamos con ningún coche, nuestro padre nos decía que estábamos en otro planeta y que prestáramos atención por si veíamos a otros terrícolas.
Y así, después de curvas y más curvas,  aparecía finalmente algún vehículo.

—¡Un terrícola! —gritábamos contentos.

En aquel entonces mi padre trabajaba en la compraventa de automóviles. Cada cierto tiempo llegaba a casa con un coche distinto. A mi hermano Tomás y a mi aquello nos parecía algo fascinante y  siempre  exclamábamos "¡¡Guaaa, qué chulada!!",  cuando lo veíamos llegar con otro, fuera el coche que fuera.

El verano del 77 llegamos a Ayna en un coche americano, un Chrysler rojo enorme, y cuando digo enorme quiero decir que parecía de la familia de las limusinas, largo como un día sin pan.

Tan poco discreto era aquel coche que, desde la entrada del pueblo hasta la plaza del Ayuntamiento donde paramos, toda la chiquillería de Ayna nos siguió corriendo, gritando, tocando la carrocería, admirando el tamaño de aquel cohete con ruedas.

Aquella entrada triunfal que sin duda permanece en mi memoria  por lo importante que me hizo sentir, aún iba a rematarse con otro toque de exotismo. 

Teníamos entonces en el campo una pequeña urraca que también nos llevamos de viaje en aquella ocasión. Era el ave más lista que he visto en mi vida. Cuando intuía que alguien le tenía miedo (niños generalmente) revoloteaba y graznaba ruidosamente. Si el niño gritaba, se divertía martirizándolo, posándose en su cabeza  y tirándole de los pelos. Sí, era un pajarraco bastante sinvergüenza.

Aquella urraca (supongo que le pusimos nombre pero lo he olvidado) pasó gran parte del viaje picoteando el sombrero de palma de nuestro padre.

—Te lo está rompiendo, papá —le decíamos.
—Qué le vamos a hacer!

Al rato, el ave empezó a toser ruidosamente hasta que vomitó todo el sombrero que se había comido.

—¡Lo tienes bien empleado! —le dijo mi padre— ¡Calamidad! ¡Que eres una calamidad!

Así que al llegar a Ayna, descendió del coche con aquella urraca en el hombro, y el ave, después de tanto tiempo encerrada, salió volando, dio un par de vueltas por la plaza y volvió a posarse sobre él. 
Aquellos niños se quedaron con la boca abierta.

Imagino que se preguntaban de qué planeta sería aquella gente que llegaba de repente con aquel cochazo y aquel pájaro amaestrado.

Algo que no olvidaré jamás de nuestras primeras incursiones por el pueblo fue el sonido del agua. 

Había muchas fuentes por sus calles, fuentes de agua fresca manando de sus caños sin descanso. Eso y el aroma a esparto, a huerta, a pan recién hecho...
Pero sobre todo el gozo que nos daba cuando, acalorados después de una caminata, mi padre se acercaba a alguna de aquellas fuentes y nos decía

—¡Acercaos aquí! —y nos empapaba la cabeza en aquellos chorros de agua tan fresca, y nos hacía mojarnos la cara y los brazos y beber hasta quedar satisfechos.

No recuerdo mucho más de aquel primer viaje, salvo que la intención de mis padres era pasar todo un fin de semana, pero nos marchamos al día siguiente. 

Mi hermana Ana, que entonces tenía solo tres años, estaba muy acostumbrada a su cuna y sobre todo a su almohada, de la que no se separaba nunca. ¡Y se nos olvidó cogerla!
Y en aquella pensión de la plaza,  ni durmió ella ni dejó dormir a mis padres.

Pero el encanto del pueblo y de su gente nos había calado tan hondo que no tardaríamos en volver.

(CONTINUARÁ)

29 de septiembre de 2015

VUELVO A AYNA

(Nota: Es curioso esto que me ha pasado. Conforme escribía la entrada que a continuación expongo, me he ido metiendo en la piel de un singular actor español que siempre llamó mi atención: el gran José Sazatornil, “Saza”. Si recordáis su peculiar forma de hablar, pronunciando cada palabra con precisión, y esa seriedad tan divertida en su declamar, podréis leer el texto como si fuera él quien hablara. 

Digamos, pues, que he sido yo el que ha escrito lo que sentía, y Saza el actor que va a leer en voz alta por mí, y que de alguna forma ha conseguido que yo me convierta en él (o al revés, no lo sé bien)

Sí, reconozco que esto es muy extraño, pero cosas más raras se han visto en la vida, como gente que de repente levita, o amaneceres por donde no corresponde)

***************
Ah, no, no necesitaría yo ninguna excusa para volver a Ayna.

Desde aquella primera vez, hace ya tantos años, que asomado al mirador del Diablo contemplé aquel paraíso manchego enclavado en la montaña, y mis ojos recorrieron sus calles serpenteando hasta la verde cuenca por donde discurre el río, me quedaron estas continuas ganas de volver siempre.

Lo que entonces no sabía es que, después de aquellas visitas de mi juventud, volvería a Ayna con intenciones de invadirla.


Sí, los tiempos han cambiado y ahora, una vez al año, hay que invadir Ayna.

No, no se me escandalicen ustedes, es una invasión multitudinaria, pero pacífica, sin más extravagancias que las justas, y controlada, muy controlada, que hasta en la capital tienen conocimiento de ella. Pero, claro, sigue siendo una invasión al fin y al cabo (¿He dicho cabo? ¡Viva el cabo santo!)

Supongo que se preguntarán ustedes si es realmente una invasión sin armas. Bueno... yo me atrevo a asegurar que sí, pero todo es relativo, por supuesto. Algunos opinan que las calabazas, tanto maduras como pochas, podrían utilizarse como explosivos, y parece ser que hay quien sabe utilizar el culo como lanzallamas, pero lo cierto es que por allí no he visto nunca cosas semejantes, y de verdad creo que en estas invasiones lo más grave que puede ocurrir es que alguno se saque la chorra.

¿Cómo dicen? ¿Que qué tipo de gente es esa que llaman amanecistas? Pues... gente rara, no nos vamos a engañar. Por allí he visto de todo, desde un negro que no es negro pero que hace bonitas estampas a la luz de la luna, hasta alguna señorita que pide a gritos que la mate un camión, pasando por un alcalde que se niega a que la tía despampanante que le acompaña sea comunal, un director de banda que (dicen) le da a la gotica de sidra, o un niño deprimío que hace mucho dejo de ser niño y ahora se ríe hasta de su sombra. Eso sí, todo minorías étnicas muy respetables, que allí tiene cabida todo el mundo (salvo si eres catecúmeno o plagias a Faulkner, claro, porque todo tiene un límite, y cosas así están muy mal vistas y dejan un poso de hiel, oh, sí)

Me preguntaban el otro día qué requisitos eran necesarios, heterosexualmente hablando, para ser un amanecista invasor y que le den a uno posada y plato caliente.

—Muy sencillo —contesté al interesado—. Para empezar, a la primera persona que se encuentre habrá de decirle que quería usted hablarle de Dostoievski.
—¿De Dostoievski? —se extrañó— ¡Pero yo no he leído nada de Dostoievski!
—No importa, ya verá cómo le contesta que enseguida baja, señal inequívoca de que lo ha aceptado. Después podrán hablar del libre albedrío si quieren.
—¿Cómo que del libre albedrío?
—Sí, hombre, que es un tema muy bonito el del libre albedrío, y viene siempre pintiparado.
—No sé yo si...
—Ah, también cabe la posibilidad de que alguien exclame “¡Aleluya!”
—¿Aleluya? ¿Y qué digo yo si oigo Aleluya?
—Está muy claro: ¡Se llama corazón! A ver, probemos: ¡Aleluya!
—¡Se llama corazón!
— ¡Aleluya!
—¡Se llama corazón!
—No está mal. Se lo voy a anotar como satisfactorio.
—¿Y qué pasa si me siento raro o incómodo?
—Hombre, pues se puede cambiar el papel con otro y ya está. O hacer unas rogativas a los santos para que cambien su suerte. O también puede hacer flashback.
—¿Y cómo se hace flashback?
—Bueno, tampoco voy a ser yo más papista que el Papa. Para hacer flashback espérese a que lo ordene el señor alcalde.
—¿¿Pero qué alcalde??
—Ya lo verá, no se preocupe, además es muy fácil de distinguir porque se le ve en lo alto de la viga cuando se ahorca.

Y la verdad es que me quedé contrariado porque el amigo no pareció marcharse muy convencido. 

Siempre me han dicho que soy un intelectual y que hablo muy bien, qué digo bien, ¡un pijo de bien!, y yo no le veo más que ventajas a esto de ser intelectual, pero a veces, no sé, como no tenga cuerpo de Góngora... no alcanzan a comprender todo lo que quiero decir.

En resumidas cuentas, que este fin de semana me voy a invadir Ayna con otros amanecistas de esos tan locos, tan absurdos y tan rurales que la ley llega a permitir. De paso, ya que estamos, invadiremos también Lietor y Molinicos, porque son lugares muy vistosos, que no hacen mal a nadie y que cuando no vas en bici, comes muy bien.

Y que, como ya he repetido en otras ocasiones, es esta una experiencia contingente pero necesaria que hay que disfrutar al menos una vez en la vida, siempre y cuando lleven una calabaza en el corazón, les guste la moto que les he comprado y hayan captado todo esto que llevo hablado: que el que vive y siente el amanecismo... tiene cuerda para rato.

Pero ya me callo, sí, ¡la tabarra que les estoy dando!

¡Viva el amanecismo, y viva el arroz de Calasparra!

Aunque lo que me fastidia es que a lo mejor no llevo razón, ¿me entienden?

26 de junio de 2014

MI EXPERIENCIA AMANECISTA (y 3)

 (Viene de AQUÍ)
En el nuevo amanecer, los rayos del sol encendieron la cumbre de los Picarzos, (foto 1) ese hermoso guardián de roca, símbolo indiscutible del pueblo de Ayna.

Aproveché el suave frescor  de la mañana para dar un nuevo paseo desde el hotel a la plaza del Ayuntamiento. En la quietud de las primeras horas  se puede escuchar el rumor del río Mundo, poco más allá de las huertas. 
Junto a los aromas que traía el aire, parecían llegarme también imágenes de aquellos tiempos de juventud, cuando con mi hermano y unos amigos acampábamos en la chopera y dormíamos al arrullo de la brisa  y la música del agua.

Descendí por la calle Industrias y luego por la calle Moral, intercambiando los buenos días con la gente más madrugadora y embelesándome ante algunos rincones que no me cansaba de contemplar.
Encontré un escaparate que mostraba figuras de personajes de Amanece, que no es poco, (foto 2) que, supe después, están hechas a mano por uno de los compañeros de esta quedada.

 
Sobre las once de la mañana, cuando el sol ya se había puesto en jarras diciendo "Aquí estoy yo", los amanecistas nos reunimos en el Centro de Interpretación de Amanece, que no es poco, un lugar muy interesante por dos motivos: primero porque está repleto de curiosidades y recuerdos  de la película, como la claqueta original, recortes de prensa, fotos, audios, vestuario... (foto 3)
Y, segundo, por encontrarse en una ermita que, siglos antes de ser iglesia parroquial, cuentan que pudo ser una sinagoga. Al alzar la vista, encontramos una impresionante techumbre de madera de tradición mudejar. (foto 4)

Pero cada nuevo plan en la ruta a seguir resultaba más atractivo si cabe, pues después todo el grupo nos encaminamos a la vega del río para descubrir otros muchos escenarios de la película.


El primero fue el pasadizo por el que Elena, después de exclamar aquello de "¡Pero qué buen maestro es usted, Don Roberto!", se va a su bancal (donde le ha nacido un hombre)
Después, el punto en el que Jimmy y Teodoro, desde su sidecar, piden a un culto habitante un lugar donde alojarse, algo que no les resulta nada fácil (foto 6)
Continuó el descenso hasta las zonas de vegetación más densa, donde la proximidad del río empezaba a ser notable.

Pronto apareció la famosa calabaza (esa que todo amanecista lleva en su corazón), en un lugar donde  puedes ponerte en el cuerpo del tío Pedro, literalmente, y declarar tu amor incondicional a la cucurbitácea. 
Yo así lo hice. (foto 7)

Y todavía más abajo se puede vivir la experiencia de nacer en un bancal junto al agostado Garcinuño, que ha quedado inmortalizado en una figura que tampoco crece (foto 8

Dado que Pastora Vega no vino a desenterrarme, terminé de brotar yo solito.
(Gracias por las fotos, María José)
 
Pero si tuviera que resaltar un momento cumbre de este viaje, sería el de todo el grupo reunido, cuando, como escolares  en lo alto del ribazo (foto 9), cantamos aquello de Valencia (es la tierra de las flores, de la luz y del amor...) , además de la más clásica, aquella de En el cuerpo humano... (¡Aleluya, se llama corazón!) 
Parecíamos los niños cantores de Viena (pero en versión rural, rural nada más)

 Se acercaba la hora de comer y el sol caía a plomo, pero como no había forma de cambiarnos el personaje, nos acercamos a un salto de agua (foto 10) que desprendía un maravilloso frescor,  y en cuyo remanso metí la cabeza sin pensarlo.
(¿Calor yo? ¡Sí, pa tus morros!)

De nuevo, ascenso al pueblo. Algunas voces pedían la dimisión y/o abdicación de los responsables del calor y la falta de cervezas frías, pero la mayoría no abría la boca, pues la necesitaban para resoplar en la cuesta arriba. 

Y una vez en la civilización del asfalto, nos acercamos al caserón que sirvió de taberna en la película, que es casi un museo de atrezzos por la cantidad de cosas que allí se guardan. 
Fue fácil reconocer el rincón en el que cantó  la soprano Elisa Belmonte (foto 11)
 Aquel lugar llamaba a gritos a reproducir en la barra aquella inmortal escena de "Me cago en todos tus muertos uno a uno". Una vez más, el buen Gerardo me asignó otro papel, y me tocó ponerme en la piel de Gabino Diego para, con acento americano, decir aquello de "Oh, perdón, un momento exclusivamente, you know? Habla usted un pijo de bien, really, un pijo de bien, habla. Oh, sí. Oh, puede seguir." (foto 12)
 Nuestro periplo bucólico cultural desembocó en el restaurante Casa Segunda, pues ya apretaba el hambre (y aún más la sed)  Allí  tuve la oportunidad de saludar a Ascensión y Adela, dos amigas ayniegas a las que hacía más de 20 años que no veía. A pesar del mucho tiempo transcurrido nos vimos con los ojos de los adolescentes que fuimos, con el mismo cariño y alegría de entonces. 

En la mesa, junto a los compañeros amateurs amanecistas, brindamos por un buen examen de selectividad para Lucía (que ya sé que finalmente superó con buena nota) y por futuros encuentros en este entorno sin igual.

Y este fue el lugar desde el que nos despedimos todos, con la satisfacción de que el viaje había superado todas nuestras expectativas.

Quiero agradecer desde aquí a Juan Ángel y Gerardo la buena acogida, (¡que no decaiga nunca ese espíritu amanecista!) y enviar un saludo muy especial a Mª José,  Lucía, Francisco, Pedro y José por  vuestra grata compañía. 
Espero volver a veros muy pronto.

Y dicho esto, no me queda más que decir...

...¡¡QUE VIVA AYNA Y SU ACENTO EN LA Y!! (Aýna)

¡¡QUE VIVA EL AMANECISMO ACTIVO OMNÍMODO!!

¡¡Y QUE VIVA SAN VICENTE DEL BOSQUE, MÁRTIR!! (Que por qué digo eso? No sé, chico, porque me ha salido así)

(Video resumen de mi experiencia amanecista)

22 de junio de 2014

MI EXPERIENCIA AMANECISTA (2)

Al día siguiente, con un sol radiante sobre nuestras cabezas,  nos distribuímos en coches para encaminarnos hacia Molinicos, otro bonito pueblo de la Sierra del Segura.  

José Luis Cuerda encontró en este entorno escenarios ideales para rodar, y creo que son precisamente sus callejuelas, huertas, patios, ermitas, etc...  parte sustancial del encanto de la película.

Tiene Molinicos una plaza frente al Ayuntamiento que me pareció de lo más llamativa, y que reconocí de inmediato. (foto 1) 
Para mi sorpresa vi aparecer a un amanecista con sombrero y traje blancos a cuyo brazo se asía una chica muy elegante y, claro,  inmediatamente me recordaron  a Rafael Alonso y Fedra Lorente en sus papeles del señor alcalde y Susan, aquella voluptuosa amiga del munícipe que los hombres del pueblo querían hacer comunal. 
La caracterización era tan acertada que recibieron un aplauso general del grupo. (foto 2)


Forma parte fundamental en las actividades de estas quedadas el interpretar de forma más o menos improvisada algunas escenas memorables de la película, y estando todos en esta plaza no podíamos dejar de recrear el momento del alcalde dirigiéndose al pueblo desde el balcón del ayuntamiento, pidiéndoles hacer flash back.  
Los que éramos nuevos nos hacíamos los locos cada vez que pedían voluntarios a escena, mirábamos hacia otro lado y nos escabullíamos silenciosamente, pero Gerardo, repartiendo guiones, conseguía involucrarnos finalmente. Así que a mí me tocó ser el Vecino nº 5, aquel que mira al balcon y  grita al alcalde:

—¡Queremos la muchacha y déjese de historias! (foto 3)

 
Y como en realidad lo de menos era la interpretación, sino el pasarlo bien, y dado que allí nos aplaudíamos todos,  llega un momento en que te da igual hacer de negro que de guardia civil,  que de meteorólogo belga. Por cierto, que también tuvimos a un amanecista disfrazado de cura, con sotana hasta los pies, que aquella mañana, en la que se superaron los 30 grados, debía ir bien cocido el pobre.

Uno de los momentos más divertidos del día fue el de las rogativas. A las órdenes de los organizadores, caminamos en círculo alrededor de la plaza, como los fieles de la película cuando seguían devotamente a Don Andrés, el cura. 


—¡Por las dominaciones! —exclamaba el de la sotana (foto 4)
Y los fieles respondíamos:
—Dadnos, santos del cielo, mucho discernimiento.
—¡Por las virtudes!
—Dadnos, santos del cielo, la capacidad de relativizar.
—¡Por las potencias!
—Dadnos, santos del cielo, una visión global bastante aproximada.


Desde las barandillas que asoman a la plaza nos observaban algunos mayores del pueblo, que tenían cara de estar pensando: "¡Ya están ahí esos chalaos otra vez!".  

La verdad, no pude dejar de reírme en todo el tiempo.

Hubo otros pintorescos escenarios en los que nos detuvimos a interpretar escenas, como  la calle Molinos, que fue la elegida para la llegada en sidecar de Jimmy y Teodoro al pueblo, cuando se extrañan de encontrarlo vacío y terminan por ver a un guardia civil que se persigue, la misma en la que Ngué y el niño deprimío se marchan bailando parachangó . 


Es curioso, por más veces que uno escuche aquellos diálogos que tan bien conoce...
 

JIMMY: Mi hijo es ingeniero y da clases en Oklahoma. Ha venido de año sabático, ya sabe lo que es: trabajar seis años y descansar uno. Yo soy su representante.
NGUÉ: Tanto gusto. ¿Y cómo les va a los compañeros por Oklahoma? ¿Siguen con el algodón?
TEODORO: Bueno, yo es que estoy muy centrado en la universidad y no sabría decirle, francamente.


...siempre suenan  frescos y tremendamente divertidos.

La estancia en Molinicos concluyó con la visita a un caserón centenario de la calle Mayor, que sirvió para la escena en la que se ahorca el alcalde, y el negro Ngué, para hacerle compañía,  se cuelga también a su lado. Allí siguen estando las cuerdas. (foto 5)


Pero aún quedaba mucho sábado por delante. 

Sobre las 13.30 nos marchamos a Lietor, por una impresionante carretera de montaña y en este pueblo tuvimos una comida comunal (y descomunal) en la Posada Maruja, que es un lugar con muchísimo encanto. (foto 6)
 

Después de comer visitamos el patio de la Casa de los Tovarra, un hermoso, bien cuidado  y muy agradable lugar que sirvió de escenario para la famosa asamblea de las mujeres
"¿Quién quiere ser puta?"  nos decíamos unos a otros.
  
Dos cosas me llamaron la atención: lo fresco que se estaba allí dentro (en la calle habíamos alcanzado los 34 grados) y lo pequeño que me pareció, pues en la película daba la impresión de ser mucho más grande. ¿Cómo harían para meter allí a tanta mujer y a los cámaras?

 Casa de los Tovarra. La dueña nos abrió gentilmente sus puertas

Fue durante esta ajetreada mañana cuando mis  compañeros villeneros y yo conocimos a María José y Lucía (foto 7) , madre e hija, que habían venido desde Granada Graná. 

Me contaba María José que estaba deseando vivir esta experiencia pero que no se atrevía a venir sola, así que le pidió a su hija que la acompañara. Lucía, que al jueves siguiente tenía examen de selectividad, rechazó la oferta, entre otras cosas por no conocer la película. 
"Yo te la pongo ahora mismo" —le dijo su madre. 
Y parece ser que tras ver en  la tele los atractivos escenarios  de Amanece, que no es poco,  decidió acompañar a su madre. 
Lo gracioso de todo esto es que en la cena que tuvimos esa noche en el hotel, Lucía recibió uno de los premios a las mejores interpretaciones del día, hecho que dejó a su madre maravillada y sorprendida al comprobar que su hija se había convertido en más amanecista que ella misma. 
                          (María José y Lucía preparando sus papeles en la asamblea de mujeres)

La cena, como digo, fue un gran momento de fraternidad y buena armonía pues además de darse  premios a las mejores actuaciones, mejores disfraces y campeones del trivial, se cantó,  se bromeó  y se aplaudió como nunca. 
Los trofeos, por cierto, y como no podía ser de otra forma, eran pequeñas calabazas. (Calabaza..., ¡yo te llevo en el corazón!)
(Premio de Honor a Alicia. Ganó el guion de la película firmado por Cuerda. 
¡¡Yo también quiero uno!!)
(A la de la mantilla la llamábamos la Paddington)

PRÓXIMA ENTRADA: FINAL DEL VIAJE.

19 de junio de 2014

MI EXPERIENCIA AMANECISTA

Me comprometí a contaros el viaje a Ayna del pasado 6 de junio, y aquí vengo a hablaros de él con mucho gusto. 

He decidido dividirlo en tres partes —los tres días de aquel fin de semana—,  en consideración a todos aquellos que os empachan las longanizas (y, qué narices,  porque yo mismo me di cuenta de que contarlo todo de golpe era un sindiós)

La cosa no pudo salir mejor, en todos los aspectos. Las ligeras dudas que a veces me asaltaban de si me sentiría desplazado yendo solo a una quedada de la que solo tenía referencias de oídas, se disiparon nada más contactar con los primeros amanecistas.

Pero empezaré por el principio, como debe ser.

Si hay algo que no deja indiferente a nadie es lo que impacta llegar a Ayna, y esto es algo que he oído comentar a mucha gente. Uno va viendo el típico paisaje manchego, con sus grandes llanuras, con sus  colores pardos inundados de sol, y de repente entra en unas sombrías gargantas de montaña en las que comienza a aumentar el verdor.

A dos kilómetros del pueblo, sin divisarlo todavía,  encuentras  un gran cartel que dice:
Bienvenido a la Suiza Manchega. Vistas panorámicas

Una curiosidad irresistible te hace detener entonces el coche, subir una escalinata de piedra (foto 1) y  acercarte a la barandilla del mirador... y allá abajo, ohh, maravilla: la visión de un pueblo abrazado a la montaña con un río a sus pies cuyo rumor escuchas desde aquella altura desde donde predominan el verdor por todas partes (foto 2)
¿Y cómo creéis que se llama ese mirador? ¡¡Mirador del Diablo!!  ¡Toma ya! ¡Rindiéndome honores y todo! :D (foto 3)


Me quedé unos minutos allí, observando aquel paraíso y pensando que no podía estar en mejor sitio el día de mi cumpleaños.
Desde aquel punto hasta el pueblo se desciende por una carretera con tantas curvas que parece que la haya diseñado un niño. ¡Se tarda una eternidad en bajar del todo!

El hotel en el que me alojé se llama Felipe II. Tiene unas vistas extraordinarias a la frondosa cuenca por la que pasa el río Mundo, y su decoración está muy enfocada a la película que por allí se rodó.

Dos grandes fotografías de escenas de Amanece, que no es poco te reciben nada más entrar (foto 4), y en el hall, un gran ninot (indultado de alguna falla valenciana, al parecer) representa a José Luis Cuerda con embutido manchego en  mano (foto 5)

Aprovechando los muchos personajes de la película, cada habitación, además de su número, tiene una fotografía encima de cada puerta. Te pueden dar la de Luis Ciges, o la de Chus Lampreave, Gabino Diego, Antonio Resines, Fedra Lorente... (foto 6)

Disfruté muchísimo recorriendo el pueblo y fotografiando muchos de los lugares que tantas veces había visto años atrás, comprobando que casi todo seguía igual, salvo algunos cambios que no me pasaron desapercibidos.

Se veían algunos carteles de la Quedada por aquí y por allá, y algo que me llamó mucho la atención es que había paneles metálicos informativos, que incluían fotografía, justo en los lugares que sirvieron de escenario clave en la película. 

Pude ver, por ejemplo, una casa grande cerrada y junto a su fachada uno de esos paneles (foto 7), que me informaba que allí dentro se rodaron las escenas de la taberna, aquella en la que los hombres podían emborracharse si iban escoltados por la Guardia Civil, y bebían escuchando a una soprano que interpretaba a Puccini, (muy lógico todo, jajajaja). Lo que entonces no imaginaba es que dos días después entraría en esa “taberna” y yo mismo interpretaría un papel ante los ojos de todos los amanecistas!! (¡Pero todo a su tiempo!)



 Sobre las 7 de la tarde se empezó a escuchar por altavoces la banda sonora de Amanece, que no es poco (una buena forma de  localizar el punto de encuentro sin pérdida) y en el Mirador de los Picarzos, una amplia terraza con vistas al río, me encontré a los primeros amanecistas.

Nos presentamos, y pronto tuvimos que admitir que tendríamos que repetirnos los nombres muchas veces más. ¡Imposible retener tantos!
Escuché decir que venían de  Madrid y Alicante  en su mayoría, y que ya habían asistido a anteriores quedadas. Al decir que era mi primera vez, más de uno me dijo “Ya verás como repites”  

Uno de ellos, Gerardo, que también venía de Madrid, era uno de los organizadores y transmitía muy buen rollo. Se volcó en hacernos sentir cómodos a los que asistíamos por primera vez. 
Después fue llegando más gente, una pareja de Valladolid, otra de Murcia...  Me uní pronto a Francisco y Pedro, que al venir de un lugar tan conocido para mi como es Villena,  se convirtieron en compañeros  de inmediato.

La terraza se fue llenando de gente que pedía algo en el bar. Para mitigar el calor, las cervezas frías circulaban sin parar, y la algarabía de voces fue creciendo más y más a la par que el sol iba descendiendo en el horizonte. 

De vez en cuando  se escuchaba alguna consigna amanecista en voz alta: ¡¡Viva el munícipe por antonomasia!! o ¡¡Viva el cabo santo!! a las que se respondía con sonoros ¡Viva!  (si  uno se detiene a pensarlo resulta muy friky, sí, pero como dijo alguien por allí, “¡somos la versión rural de los frikis de Star Wars!” :D)

La primera cena esa noche fue estupenda. Había muchas mesas alargadas en las que cabían muchos comensales, pero  yo ocupé una de tan solo 5 personas, y tuve la gran suerte de que se sentara en ella Juan Ángel.

(¿Juan Ángel y Juan Diablo sentados en la misma mesa? 
¡¡Normal que amanezca por el lado contrario!!)

Juan Ángel es un ayniego que formó parte del reparto de la película cuando tenía 12 o 13 años, interpretando a  El niño deprimío, (foto 8) y hoy, además de regentar el Hostal rural Miralmundo, es el principal organizador de las quedadas en el pueblo.
Digo que tuvimos suerte porque nos contó muchísimas curiosidades del rodaje, divertidas e interesantes, y respondió a todas las preguntas que nos hacíamos. 
Supimos que mantiene contacto con todos los actores  que aún viven,  hablamos de lo que ha supuesto la película  para los tres pueblos donde se rodó y del boom en el que se ha convertido. 

Y es que es realmente curioso que Amanece, que no es poco cayera prácticamente en el olvido durante varios años, y gracias a las redes sociales haya resucitado de una forma portentosa, convirtiéndose en una película de culto que tiene fans de todas las edades. ¡Y no solo en España!

En uno de los brindis aproveché para decir a mis compañeros de mesa que era mi cumpleaños (no podía dejar pasar desapercibido un día así).  Lo que  no imaginaba  es que Juan Ángel se encargó de que se filtrara la noticia. Terminada la cena me hicieron llegar un trozo de tarta de queso con una vela encendida y todos los amanecistas del restaurante me cantaron el Cumpleaños Feliz.  ¡¡La leche!! Jamás me ha gustado ser el centro de atención pero he de reconocer que en aquellos instantes  se me salía la sonrisa de la cara, y solo por la emoción de un momento como aquel, ya mereció la pena el viaje.

CONTINUARÁ