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30 de junio de 2025

PÁRATE A OLER LAS ROSAS, HOMBRE


El otro día redescubrí en YouTube una canción que me encantaba cuando tenía quince años: Stop and take the time to smell the roses, de Ringo Starr.

Es posible que aún la tenga grabada en alguna cinta VHS. Me refiero a aquellas cajas negras prehistóricas, con una pegatina blanca en la que solía escribir con rotulador: «VARIOS. NO BORRAR».

No he vuelto a revisar aquellas cintas, que duermen mudas y polvorientas en algún altillo, pero las repasé tantas veces que, si me concentro, podría enumerar buena parte de lo que en ellas grabé:

Especiales de Martes y 13, gags cómicos de Rosa María Sardà, actuaciones de Mecano, de Ana Belén, de Matia Bazar, de los Bee Gees… Y, por supuesto, todo, todo, todo lo que saliera sobre ABBA.

Recuerdo incluso un documental sobre ratas —bastante desagradable— que desentonaba entre tanta música, pero que nunca quise borrar.

Compruebo hoy que el videoclip de Ringo es de 1981. En la tele convivían entonces La Clave, Mazinger Z, Verano azul, El show de Benny Hill… 

En la radio sonaban Bette Davis eyes, Video killed the radio star, De niña a mujer —que Julio Iglesias dedicó a su hija— o De Do Do Do, De Da Da Da, de The Police, que fue el primer grupo del que me compré un LP. (Madre mía, hoy no me queda más remedio que sonar a viejuno).

Para reproducir todo lo grabado teníamos el legendario Nordmende, que mi padre compró aquel año —o quizá el anterior—. Un armatoste que parecía diseñado por ingenieros soviéticos, con teclas enormes —PLAY, STOP, REW, FF, REC— que había que apretar con decisión, como si fueras a lanzar un misil desde un submarino.

Recuerdo que aquel aparato tardaba unos segundos en empezar a grabar, tras escucharse un par de CLACS mecánicos que venían a decir: «Oye, no me metas prisa, que necesito mi tiempo».

Con la práctica aprendí que, si quería que la canción quedara entera, tenía que pulsar PLAY y REC antes de que empezara a sonar, porque don Nordmende, prisa, lo que se dice prisa, no tenía.

Lo mejor era el mando a distancia… con cable. Sí, cable. Un cordón gris y largo que salía de un lado como el cordón umbilical de un alien. El mando era plateado, con el frontal azul, y tenía un aire espacial, como de un Star Trek de andar por casa. Aquel artefacto te daba libertad… para moverte dos metros, si tenías cuidado de no tropezar.

Tan grande fue la emoción de estrenar aquella maravilla, que el mismo día que la trajeron ya grabamos la película que daban en la tele: La reina virgen.

Creo que la emitieron un sábado por la tarde. Era una película de época protagonizada por Jean Simmons. Al día siguiente volvimos a verla, y ahora estoy seguro de que fue por el puro asombro de haberla capturado. De comprobar que lo que había salido por la tele se podía volver a ver.

Pura magia.

Y hablando de magia… al volver a ver a Ringo, tantas décadas después, ahora en la pantalla plana del ordenador —sin peso, sin botones, sin CLACS—, me asaltaron de golpe todos los recuerdos de aquella época. De los ochenta. De mi yo de quince años. De cuando los videoclips eran hipnóticos, porque la música no solo se escuchaba: también se veía.

Y cuántas veces no vería yo aquel videoclip, que lo recordaba fotograma a fotograma, como si lo hubiera visto ayer mismo.

Ahí estaba de nuevo Ringo Starr, con su esmoquin blanco, chistera y bastón:

—Detente y tómate tu tiempo para oler las rosas.

Y su entonces esposa, Barbara Bach —que estuvo a punto de formar parte de Los ángeles de Charlie, otra serie que me pirraba— le daba un botellazo en la cabeza.

Y al instante, el ex Beatle desfilaba por una autopista, vestido como un agente de tráfico, con un par de rosas al cinto y una banda de música detrás.

Me dije a mí mismo: ¿por qué toda esta prisa, todo este ajetreo? Detente mientras caminas por la vida, y mira las bonitas rosas y párate a olerlas un momento.

Y al final, el muy sinvergüenza también decía que paráramos y nos tomáramos nuestro tiempo para comprar su álbum, (que, todo hay que decirlo, fue un álbum genial) y así él podría plantar rosas y olerlas todo el tiempo. ¡Este Ringo fue siempre un guasón!

Pero creo que su mensaje me llega con claridad muchos años después.

Me ha bastado un viejo videoclip para detenerlo todo: el reloj, el ruido, el mundo… y disfrutar de aquellos recuerdos.

Y en ese viaje temporal, por un instante, he vuelto a oler las rosas de cuando todo era nuevo y se veía por primera vez, de cuando el tiempo no sabía aún correr tan deprisa.

Y he apretado mentalmente el PLAY y el REC para dejarlo grabado para siempre.



31 de marzo de 2025

LAS CARTAS DE LA MILI

 A los que ya me conocéis bien no os sorprenderá que conserve las cartas que escribí a mi familia durante el servicio militar. (¡Madre mía, es que lo guardo todo!)

En el año 1987, tras haber pasado un año entero entre Plasencia y Madrid, decidí ordenarlas  por fechas e inserté las cartas que mi familia me había enviado, que no fueron pocas. 

Entre que siempre me ha gustado escribir y contar las cosas con detalle y que ellos me escribían con frecuencia también, acabé reuniendo tal cantidad de cartas que me pareció que  la mejor opción era encuadernarlas. 

Hasta ahora nunca he hablado de la mili en el blog, así que hoy me toca hacer de abuelo Cebolleta y contar alguna "batallita". 

Aquí van algunos extractos de cartas fechadas en Madrid entre el 23 y 25 de julio de 1986.

***


Queridísima familia:

Esta carta iba a empezar así: 

“En Plasencia estaba infinitamente mejor, y he notado mucho el cambio”.

Pero ahora que ha pasado más tiempo empiezo a rectificar y comenzaré diciendo: 

“En Plasencia estaba muy bien, pero aquí no estoy tan mal.”

El tren llegó a Madrid a la hora de comer. Una vez en plena ciudad nos dividimos en grupos de compañeros que íbamos al mismo destino, y compramos unos bocadillos en un bar junto al parque del Retiro. 

Sobre las 6 cogimos el Metro a Carabanchel y en menos de una hora ya nos habíamos presentado en la Academia de Sanidad Militar.

Es inmensa. Está rodeando el Gómez Ulla, que es un hospital militar muy grande y hace que el conjunto impresione más. Como es lógico esa noche fue de mucho lío y no estuvimos nada bien. Había que pasar listas, tomar datos, distribuirnos… y se formó un follón de mil demonios. Hasta hubo que improvisar algunas camas y todo.

A la cena fuimos sin cubiertos y como no había manera de que nos los entregaran, tuvimos que comer con los dedos. Parece que no se podía hacer más en tan poco tiempo, pero todo se veía tan surrealista que estábamos realmente asustados. “¿¡Qué lugar era éste!?"

Por si eso fuera poco, a veces entrábamos en un sitio, salíamos, y si te hacían volver ya no sabias porque uno se desorientaba en seguida.

La gota que colmó el vaso de nuestros nervios vino por parte de los veteranos, que cuchicheando en las esquinas nos miraban y cuando tenían oportunidad nos decían cosas tan bonitas como: “Ya está aquí la carne fresca”... “Os vamos a matar”,... “No sabéis la que os espera, reclutas”,... “Pollitos, vais a morir todos...”

Al día siguiente se leían nuestros destinos. Nos dijeron que hasta hace poco cualquier destino dentro de la Academia de Sanidad tenía 15 días de trabajo y 15 de permiso. Con la última reducción de tropas y al disminuir el personal (indispensable para poder hacer relevos) la cosa ha cambiado mucho. Esa fue la primera decepción.

De todas formas, aún había servicios que tenían bastantes vacaciones, como el de APOYO (trabajos en el hospital), que suele ser de un mes de trabajo y quince días de vacaciones. Otros como INVESTIGACIÓN son un auténtico chollo en cuanto a tiempo libre. El de DESTINO tiene también sus ventajas en permisos, aunque ya no tan buenos.

El que nadie quería y que más miedo nos daba era el de POLICIA de ACADEMIA (P.A.), que es el cuerpo que vigila todo el recinto y hace las famosas guardias en el hospital, la puerta, las garitas… y es el que con menos permisos se ha quedado de todos. Además en la P.A. hay que estar extremadamente limpio y conjuntado y ser rápido y atento (¡es que no nos apetece a nadie!)

Pero yo tenía esperanza. De los aproximadamente 300 que llegamos, solo 60 irían a P.A.

Entonces fueron citando por nombres y apellidos con el destino adjudicado hasta que sonó el mío:

JUAN RAMÓN CABRERA RODRÍGUEZ - POLICÍA.

No creo que la sota de bastos haya terminado alguna vez tan “cagá” como la dejé en esos momentos. Fue como un puñetazo en el estómago. Solamente 60 entre 300… ¡y tenía que estar yo entre ellos!

Pero tras tanta desilusión fueron llegando las recompensas.

La compañía es muy grande para tan pocas personas, así que las instalaciones son amplias y en algunos aspectos parece un hotel de los buenos. Todo limpio, con suelos encerados, habitaciones frescas, con camas de mantas azules. Hay una taquilla por persona, no como en Plasencia, que había que compartirlas… Hay sala de recreo, e instalación para que se pueda escuchar la radio en cualquier parte (algo de lo que carecen los otros cuerpos (¡Toma ya!) Hasta hay un lugar para planchar, que no me hace ninguna ilusión, pero ahí está.

(…)

Los veteranos tienen distintos nombres según el tiempo que lleven aquí: Padracos, Abuelos y Bisas. Nosotros somos los cucos, los reclus o los pollos. Los BISAS (que se pintan una W en el brazo) son los que se licenciarán dentro de dos meses y los que por estar quemados tienen ganas de gastar novatadas.

En general se están portando bien, y algunos son muy buena gente (sobre todo los cabos). Pero siempre está el clásico malasombra al que se le va un poco la olla y disfruta haciéndote sufrir. 

Alguna noche les da por levantarse y mandar a cualquiera de su camarilla a que les traigan “pollos”. Y una vez reunidos en su camareta, uno pide que le hagan aire porque tiene calor, otro que le canten una nana porque no puede dormir o que bailen Los pajaritos, así porque sí. Otras veces quieren ver cómo desfilas con una fregona. Y los tienes que invitar a alguna cerveza en la cantina y cosas así. A mi solo me dan miedo si van bebidos, sobre todo un tal Belinchón, que cuando chilla se le ponen ojos de loco.

(…)

En mi compañía he vuelto a coincidir con siete compañeros de la 10ª Cía de Plasencia. Uno de ellos es José (Mortadelo), también de Elda, que nada más llegar lo colocaron de furriel en las oficinas y ha quedado exento de hacer guardias, además de tener un mes de trabajo y otro de permiso hasta el final. ¡Qué envidia me dio!

(…)

Fue entonces cuando por un pasillo de la compañía me encontré cara a cara con un Bisa “peligroso”. A los dos nos dio un vuelco el corazón. Supongo que ya sabéis de quién os hablo porque me prometió que iría a veros, porque ese día se marchaba a Elda de permiso. ¡Era PENALVA!, que está de policía aquí también. Imaginaos qué alegría me dio encontrarme con un compañero del Instituto con el que siempre me he llevado muy bien. Fue un bombazo.

Me presentó a todos los Bisas.

“Eh, a este ni tocarlo, ¡que es de mi pueblo!”

Estuvimos en la cantina un largo rato y por la tarde se marchó en tren a casa. ¡Qué suerte tienen algunos!

(…)

Me he apuntado para cabo. Hay que sacar el máximo partido a este destino tan monótono que me ha tocado. Necesitaba enchufarme donde fuese y entonces surgió una oportunidad. El Páter (que aquí es teniente coronel, nada menos) citó a todos los que tuvieran carrera universitaria o COU terminado. Al parecer era para asignarles buenos “chollos”. Pero en posteriores citas prescindió de los que tuvieran sólo COU. Entonces fue cuando me deprimí del todo. Una oportunidad que tenía…

(…)

Por la tarde hemos dado una vuelta por el centro de Madrid. Me he encontrado con compañeros que estuvieron en Plasencia y todos parecían haber tenido suerte. Al bajito de Petrel que llamábamos “Rambo” le ha tocado de recepcionista en la planta 13 del hospital. Allí sentado todo el día y con muchos permisos.

Vimos lugares muy chulos, como el Palacio de Oriente, que ya os mandaré en postal.

(…)

Querida familia.

Aquí estoy de nuevo.

Esto es una caja de sorpresas. Cada hora es distinta de la anterior y cada día que pasa trae una novedad.

Si ayer me acosté un poco deprimido hoy estoy feliz. Y mis motivos tengo.

Veréis, a las 8 de la mañana me encontraba subiendo y bajando la barrera para que entraran o salieran los coches, y preparado para hacer mi primera guardia. Ya estaba más que resignado y mentalizado a pasar horas en la garita. De repente llegó un cabo y dijo:

“Quién es Juan Cabrera, que lo llama el sargento”

El cabo primero me dio permiso para dejar mi puesto e ir a la compañía a verlo.

—¿Eres tú Juan Cabrera?

—¡A sus órdenes, mi sargento!

—A ver, de dónde eres.

—De Elda, Alicante.

—¿Qué estudios tienes?

—Hasta COU y Selectividad aprobados.

—Estupendo —dijo con cara de satisfacción— ¿A ti te interesaría ser el armero de la Policía? (¡¡A mí se me puso el corazón a mil!!) Es un curso muy bonito. Te sacarías el curso de armero, que está muy bien considerado”

A todo esto yo pensaba: sí, sí, sí, siiií.

 


31 de enero de 2025

RIENDO CON AITANA

 —Han abierto una tienda de padres en la calle Colón —empiezo a decirle a Aitana— donde venden padres serios que no hacen tonterías. 

Ella me mira con media sonrisa, porque ya sabe por dónde voy.

—Hazme caso —sigo diciendo—. Deberías pasar y mirar el escaparate. Creo que ahora están en oferta.

La primera vez que se lo dije me respondió que no iba a pasar porque "a mí me gusta que mi papi sea payasete". 

No podía haber argumentado mejor.

En mi familia siempre he sido (y sigo siendo) al que más le gusta hacer el tonto. Me gusta reírme de todo, incluso de mí mismo.  Ya era el más "pavo" en casa con mis hermanos y, como parece que esto no tiene cura, sigo siendo el guasón de mi familia.

La que mejor me entiende es Aitana. No es que llegue a mis niveles de pavancia, pero sí le gusta reír y me sigue las bromas mejor que nadie.


De vez en cuando repasa aquellas entradas del blog donde escribí anécdotas suyas y de Samuel y nos reímos mucho recordándolas. 

La verdad es que me parece mentira que yo empezara este blog cuando ella iba a la guardería (¿Quién peina a Aitana?) y que hoy siga escribiendo sobre ella ¡cuando faltan dos meses para que llegue a su mayoría de edad!

¡Que alguien le diga al tiempo que eche un poco el freno, gensanta!

Ya pasó aquella época en la que nuestros hijos venían con nosotros allá donde fuéramos. Ahora están en esa etapa con grupo de amigos y de querer salir con ellos. 

¿Planes con los padres? Estoo... ¡Mejor otro día!

Y sí, lo reconozco, a veces echo de menos a aquellos pollitos detrás de la gallina.

Le comentaba a Aitana que quería escribir una entrada sobre lo mucho que nos reímos a veces, por si me podía ayudar recordando momentos de grandes carcajadas. 

—¿Te acuerdas —me dijo— de cuando jugamos al "Un, dos, tres" yendo a Granada?

Aquello fue bueno. Para que las horas en coche no se nos hicieran tan pesadas nos dio por jugar al mítico concurso de la tele. 

—Por 25 pesetas, díganme nombres de animales en los que te podrías subir encima, como por ejemplo: el caballo.

—El caballo.

—El burro.

—El elefante...

Pero después de preguntas y más preguntas clásicas y convencionales, nos dio por ponernos absurdos y poco a poco nos fuimos emborrachando de tontería.

—Por 25 pesetas, díganme nombres de cosas que sean rojas pero no lo parezcan, como por ejemplo: mi amor por ti.

Y hala, ¡a explotar de risa!

—Elijan otro sobre... Muy bien. Por 25 pesetas, díganme nombres de señales que indiquen contrariedad, como por ejemplo: No gires si no estás seguro.

Y otra vez carcajadas hasta saltar las lágrimas.

Al final Apamen y Samuel nos miran como si fuéramos chalaos sin remedio.

También me dijo Aitana que se reía tanto con  los mensajes que le mando al móvil cuando sale los fines de semana, que empezó a guardarlos. No es que sea yo un padre controlador, pero no puedo evitar sentir inquietud si tarda mucho y le envío cosas así:

"¿Cuáles son tus planes de futuro inmediato?"

"¿Qué faltate? ¿Demasía o razonable?"

"Ya de sleeping, ¿no?"

"¡Qué! ¿Encaminaíca a una retirada?"

"Cuando calcules vuelta a tu hogar, hazlo saber"

"¿Cómo andamos de retornancias?" 

"Baby, no me tardes en come back"

"Aitana, ¿qué aproximación de llegancias manejas?"

"Recuerda que existe un caminito a casa con camita y tal"

"¿Tienes en cuenta tu hogar y sus costumbres?"


—También puedes contar —me dice Aitana— lo de aquella vez repasando Historia...

—¡Ah, claro!

Tenía un examen  y me pidió que le tomara la lección. Y se puso a recitar bla-bla-blá, bla-bla-blá... y de momento dijo:

—Y se llevó a cabo... el no sé qué de Schlieffen.

Y al mirar los apuntes veo " el Plan de Schlieffen"

—Pero vamos a ver —exclamé—, ¡¿TE ACUERDAS DE SCHLIEFFEN Y NO TE ACUERDAS DE PLAN!?

Y la risa fue creciendo y creciendo hasta terminar los dos por los suelos.



Y hasta aquí la primera entrada de 2025, con la colaboración especial de la niña de mis ojos.


31 de octubre de 2024

RECUERDO DE INFANCIA


Mi padre ha escrito poesía en diversas etapas a lo largo de su vida. Nunca se ocupó en recopilar todos los poemas que le venían a la cabeza, así que los tenía desperdigados por toda la casa. 

En una ocasión encontré uno de aquellos poemas escrito en una servilleta de papel, fruto, imagino, de algún arrebato de inspiración que no quiso dejar en manos de la memoria.

Y yo, que siempre he sido una hormiguita recolectora de recuerdos, decidí desde aquel día reunirlos todos para guardarlos y evitar que se perdieran.

Los fui encontrando en cajones, la mayoría en hojas sueltas, en albaranes o intercalados en libretas de cuentas. Cada vez que descubría uno en un lugar inesperado, me alegraba como si hubiera hallado un tesoro. No me importaba si tenía muchos tachones o estaba incompleto; lo trasladaba sin dudar a la carpeta donde había escrito: "POESÍA PAPÁ".

Se alegró muchísimo cuando, mucho tiempo después, le dije lo que había hecho.

—Pues tuyos son, hijo mío —me dijo—. Y es posible que haya ahí algo que merezca la pena. 

Es curioso porque nunca me atrajo leer ni escribir poesía. En aquellos años, devoraba novelas; me encantaba leer tanto historias reales como ficticias e incluso disfrutaba de obras de teatro. Pero el ensayo y la poesía me parecían sumamente aburridos y no me llamaban la atención.

Sin embargo, oh, misterios de la vida, un buen día me invadió una fiebre desbordante por escribir rimas. Comenzó casi como un juego, pero enseguida me atrapó la idea de ir combinando sonidos semejantes; era un ejercicio que tenía algo especial, un experimento que valía la pena explorar.

Entonces descubrí que tenía una notable habilidad para encontrar palabras que rimaran y, poco a poco, fui completando poemas de diversas extensiones y temáticas, de los cuales me sentía muy orgulloso. Esos logros tan personales e íntimos me animaban a seguir escribiendo.

Un día supe que existía un concurso anual de poesía en Petrel, el Certamen de Poesía "Paco Mollá", y me sentí tentado a participar. 
Sin embargo, al leer las bases, descubrí que debía presentar un poemario con muchos más versos de los que yo tenía. De todas formas no me habría atrevido a enviar todo lo que había escrito, ya que cada vez que releía aquellos poemas, me parecían en gran parte ridículos y extremadamente infantiles.

A mí me encantaban los poemas de mi padre, y a él le gustaban mucho algunos de los míos, especialmente uno que comenzaba: 

"Existe un submundo azul subyugado a tus ojos
 gravitando en torno a lágrimas de escarcha...". 

Juntos le dimos muchas vueltas hasta concluirlo. Nunca llegué a entenderlo del todo, era muy abstracto, pero eso me importaba poco; sonaba muy mágico al ser leído. De hecho, incluso inventé una palabra: "extasiástico". ¿Es eso hacer trampa? Puede ser, pero sonaba tan hermosa la frase "Como el roce extasiástico con la nada"...

Al año siguiente decidí presentarme al concurso escogiendo algunos poemas de mi padre, que previamente había mecanografiado, intercalándolos con otros de mi cosecha. 
Al poemario le puse por nombre "Poemas del viento galano".

No, no ganamos nada, ni siquiera un accésit, pero la verdad es que no le di la más mínima importancia. 

Hoy recuerdo todo aquello con mucha ternura. Me viene a la mente el tiempo feliz que dediqué a recopilar los poemas de mi padre y a crear los míos, entrelazándolos para formar un poemario conjunto que encuaderné y que conservo y atesoro con devoción.
 
Años después creé este blog, en el que apenas he escrito poesía, pero sí incluí algún poema de vez en cuando, generalmente en tono jocoso, porque lo verdaderamente divertido para mí es la rima; el simple y puro placer del juego creativo. 

Pero hoy voy a concluir dejando aquí en el blog uno de aquellos poemas del viento galano. Lo escribí con 21 años.  RECUERDO DE INFANCIA. 

Ya entonces decía "¡Cómo han pasado los años!" (¡Alma de cántaro!) 

***
Atesoro aquel recuerdo, 
aquella estampa de otoño
en mi memoria, reciente. 

El tiempo no lo ha empañado,
mas ya es un recuerdo viejo; 
yo era un niño en el colegio.
¡cómo han pasado los años!

Llovía. Llovía tras los cristales, 
el agua se oía en el patio.
La clase se hallaba en silencio, 
el tiempo se había dormido, 
estaba en su asiento el maestro,
absorto con algún libro.

Algún niño dibujaba, 
unos pocos hacían deberes,
y a guerra de barcos jugaban 
otros que estaban ausentes.

Y llovía. 
Llovía afuera en el patio. 
Mil gotas en los cristales
sin espacio para más,
se amontonaban iguales 
y me hacían imaginar.

Y yo volando muy lejos, 
y muy dichoso al instante
en que las gotas se unían 
corriendo en ríos verticales.

El cielo estaba plomizo, 
adentro un calor agradable, 
y yo esperaba el momento 
en que al salir del colegio
me recogiera mi madre, 
que algún día me traía 
boniatos humeantes.

Atesoro aquel recuerdo, 
aquella tarde de otoño 
pues fui feliz con muy poco.

Tan sólo fue suficiente 
aquel lánguido aguacero 
y dejar volar mi alma 
entre las nubes del cielo.

Es mi recuerdo de infancia,
diluido en la distancia
con aroma a lapicero.

 ***

Lo que entonces no podía sospechar ni de lejos es que, gracias a una IA, en un futuro lo transformaría en canción.



30 de abril de 2024

DOS MIL CASAS VACÍAS

El año que viene cumpliré 25 años como yeclano.

Ahora que lo veo escrito creo que he de repasar bien los calendarios, porque me cuesta creer que esté a punto de completar un cuarto de siglo viviendo aquí. (¿¿En serio?? ¡Cuenta bien, hombre, cuenta bien!)

A pesar de todo este tiempo, no me atrevo a decir que sea yo un yeclano de pura cepa, pero sí me considero un aspirante a puracepista y me declaro un completo enamorado de esta ciudad.

Siempre recibo con agrado cualquier testimonio que de su Historia me quieran contar, y me gusta presumir de Yecla cada vez que tengo ocasión.

Hace poco leí un artículo sobre todas las construcciones que se han ido deteriorando con el tiempo, y de aquellas que en sus reformas no han quedado muy bien paradas. De esto ya me había percatado yo, y siento siempre una mezcla de rabia y pena cuando observo que no se cuidan y hasta se dejan perder lugares emblemáticos de la ciudad que tienen tanta historia que merecerían un reconocimiento perpetuo.

Y saltando de más información por aquí y otros datos por allá, leí que Yecla tiene más de dos mil casas vacías. ¡Más de dos mil!

Y entonces, dado que desde siempre he sentido una irresistible atracción por las casas abandonadas, me fueron asaltando más de dos mil preguntas.

¿Estarán todas cerradas a cal y canto?

¿Dónde estarán ahora mismo las dos mil llaves que las abren?

¿Qué fue de sus dueños?

¿Cuál será la casa que más tiempo lleva sin ser visitada?

¿Cuál será la más misteriosa?

¿Cuántas tendrán todavía objetos de valor en su interior?

¿Habrá alguna con biblioteca petrificada?

Desde que conozco este dato voy observando con más atención las casas de las calles que transito y, verdaderamente, hay muchísimas que parecen decirme: “¿Y tú te sorprendes de ese cuarto de siglo en Yecla? Si supieras el tiempo que llevo yo aquí olvidada…”

Y sí, lo reconozco, daría lo que fuera por entrar a curiosear por todas y cada una de ellas. Y saludarlas, y admirarlas, e imaginar sus historias…

Casi escucho el crujir de las bisagras de sus entradas, tras empujar con fuerza esos portones que el flujo del tiempo se ha encargado de sellar como losas.

Veo el polvo, que se presenta tan inmaculado como en el Mar de la Tranquilidad. Está en las baldosas del zaguán, en las escaleras, en las superficies de todos los muebles…

Imagino tantas telarañas como para hilar el gran manto del tiempo que cubre los recuerdos.

Hay algo común en todas las casas abandonadas.  No importa si la vivienda está en el centro de la ciudad o apartada en el campo; si los techos son de escayola o dejan ver el cielo abierto; si está muy deteriorada o todavía conserva un aspecto decente. En todas se detiene el tiempo en el mismo instante en que te introduces en ellas. De hecho, deja de existir.

Y los sonidos se vuelven fugaces. Y llegan hasta ti con un eco especial. El de tus propios pasos, el ligero retemblar de las persianas que mueve el viento, los crujidos de maderas viejas, una gotera en algún lugar, el vuelo de un moscardón desorientado…

No, no hay emociones comparables a las de caminar por una casa abandonada. Ni mejor laxante.

Si yo pudiera entrar a las dos mil casas abandonadas…

Y si pudiera hacer un inventario tanto de objetos físicos como de sensaciones personales, con seguridad escribiría la más bella y sombría Enciclopedia del abandono.

Y expresaría mi absoluta fascinación ante libros y revistas que duermen en polvorosas estanterías.

Los cosquilleos de emoción ante cartas y fotografías olvidadas en algún cajón.

Esa melancólica nostalgia al descubrir juguetes antiguos.

La fascinación al observar la tenue luz que se filtra entre las viejas persianas, que descubre la sempiterna belleza de lo decadente.

Y un repelús no exento de macabra atracción al encontrar cucarachas disecadas o ratones momificados.

He fotografiado algunas puertas de casas de Yecla que llevan muchos años cerradas. Y os aseguro que les he susurrado que mantengan todas las maravillas que guarden en su interior para el día en que me permitan visitarlas. 

Les he dicho que, de momento, sólo puedo hacerlo con la imaginación.  









12 de marzo de 2022

TESOROS DE ROJIZO RESPLANDOR


 Y de nuevo es protagonista mi bisabuelo Francisco, como en la entrada anterior.

Esta es una foto tomada en  1965, en la boda de mis padres. 

Me dicen que fue siempre un hombre de buen carácter y excelente salud, a pesar de que siempre andaba con un cigarrillo entre los dedos.

"¿Sabes cuándo empecé yo a fumar? —comentaba— ¡En Cuba! Las negras de allí me enseñaron a liar tabaco."

Por fortuna nunca tuvo ninguna enfermedad, ni tan siquiera leve, y caminaba ágil y "molt be plantat", como decía mi abuela.

Me cuentan que mi bisabuela Ana María envejeció mucho peor que él, y llegó un momento en que una de sus hijas se la llevó a su casa para atenderla mejor. Mi bisabuelo, que siempre había vivido en el campo, no se vio capaz de encerrarse en un piso en la ciudad y prefirió quedarse con la otra hija, mi abuela.

"Pero cuando llegaba el fin de semana - cuenta mi madre -  se acicalaba a conciencia, frotándose  cabeza y cuello con aguardiente, porque era lo que mejor le funcionaba para eliminar la grasa de la piel, y cuando se vestía y se ponía el sombrero nos decía: <<¡Hala, me voy a ver a la novia!>> y se marchaba a ver a su mujer"

Ana María murió sin llegar a conocer a ninguno de sus catorce bisnietos, pero Francisco, que alcanzó los 92 años de edad, pudo ver las caras de seis de ellos, siendo el último un tal Juan Ramón, que en estos momentos está rememorando esta historia.

Una mañana de domingo, paseando por el mercadillo que ponen junto a la iglesia de Orito, mi bisabuelo se acercó a  uno de los puestos para comprarme el que considero mi primer juguete, y que, aunque parezca mentira, todavía conservo.

Me encanta contar esta anécdota porque el regalo en cuestión fue... ¡un pequeño tridente de madera!

Pensar que fue una casualidad me resulta de lo más aburrido. Yo prefiero creer que ya vio en mí a un pequeño diablo (tenia tan solo dos años cuando me lo compró) o que intuyó que ese bisnieto iba para diablo y necesitaba sus accesorios.

También es posible que todo comenzara en el mismo momento en que agarré yo aquel "cetro" y que ese gesto me hiciera comprender para qué estaba yo predestinado.

En cualquier caso, creo que mi bisabuelo acertó de lleno al elegir aquel objeto para mí. Seguro que nunca imaginó hasta qué punto.

Que tuvo muy buena salud hasta el final lo demuestra el hecho de que murió de repente, sin muestras de aviso. Una mañana estaba viendo cómo cambiaban el pañal a uno de sus bisnietos y haciendo incluso bromas al respecto cuando la vida le dijo "hasta aquí hemos llegado". Se fue sin molestar, sin sufrimiento, sin hacer ruido.

El tridente es, por tanto, el primer tesoro del que quería hablar. 

El segundo perteneció a mi abuela Anita y podría considerarse el contrapunto del anterior. 

Esta foto fue tomada en 1913, el día de su Primera  Comunión. 

Anita era la mayor de las tres hijas de Francisco y Ana María. La pequeña era Concepción, y Práxedes, la segunda, fue una niña tan particular que quise contar su historia  aquí

Observando la foto, se puede apreciar sobre el reclinatorio el pequeño misal de tapas de nácar que llevaba aquel día. 

Pues bien, un día lo encontré en su casa y me pidió que lo guardara yo.

Hoy pienso que fue su forma de dar equilibrio a mi vida.

"Si mi padre te hizo diablo —debió pensar—, yo te doy ese misalito, para que no seas malo del todo"

Y por eso será que he conseguido ser un buen diablo. Pero ojo, "buen diablo" no es un oxímoron en este caso. Soy un buen diablo porque soy un diablo de los buenos, de los de verdad. ¡Eso que quede claro!


En la tapa posterior hay un lugar donde guardar el crucifijo. Una  pestaña abatible sirve para abrir o cerrar ese mágico escondite.


(Mi abuela Anita y yo)

El tercer tesoro es el peor conservado, aunque, según como se mire, está en perfectas condiciones.

Y también le encuentro hoy una explicación a que lleve tantos años conmigo.

La historia viene de cuando éramos niños. 

A finales de los años 70 y principios de los 80 nuestros primos de Sevilla venían de vacaciones a Petrel. ¡Qué veranos aquellos! No nos cansábamos de jugar.  Cuando no era al escondite, era a polis y cacos, o a mojarnos con la manguera, o a hacer cabañas, o a contar historias de miedo... 

Yo me llevaba especialmente bien con mi prima María José, que a sus 12, 13 años cantaba perfectamente las canciones de Olivia Newton-John; las de Grease y Xanadú. A mí se me caía la baba escuchándola.

(Mi prima María José conmigo y mis hermanos)

Una de aquellas tardes, momentos antes de regresar a Sevilla, estuvimos jugando a intentar comernos unas manzanas colgadas de un árbol, sin utilizar las manos, cosa nada fácil. Llegó la hora de despedirnos y de ver con pena cómo subían todos a aquel Renault 12 rojo y se alejaban por el camino del campo.

Poco después pasé por el árbol donde colgaban las manzanas mordidas. El pensar que unos minutos antes habíamos estado riendo allí me produjo una nostalgia enorme y no sé bien por qué decidí que tenía que guardar la manzana que se había comido mi prima, con la idea de mostrársela cuando volviera.

Y así ocurrió. Se sorprendió al verla al verano siguiente, arrugada y oxidada y le hizo gracia el que hubiera tenido yo la ocurrencia de guardarla.

¿Y qué hice entonces? ¿Tirarla a la basura? No, qué va, ya puestos pensé que la podía guardar un año más. Y después otro. Y otro. Y otro.

Y sí, la manzana en cuestión, la que se comió mi prima aquel verano ¡tiene hoy más de cuarenta años!

(Hasta  el hilo con el que fue colgada)

Digo yo que si el diablo tuvo mucho que ver con una manzana (la de Adán y Eva) yo no iba a ser menos y guardo como un tesoro la manzana de María José, tan prehistórica ella, tan en los  huesos la pobre. Pero con un ADN sano como un roble, que lo sé yo.

Madre mía, creo que estoy fatal.
Pero también creo que me ha quedado una entrada chula, ¿no?

20 de enero de 2022

EMPEZARÉ EL AÑO CON PEPINILLOS

 Acabo de meter en la nevera de mi centro de trabajo un nuevo tarro de pepinillos. 

Se habían acabado y era fundamental reponerlos para sentir que todo funciona bien.


No sé si es curioso o preocupante, pero en mi vida hay determinados actos cotidianos  que durante mayor o menor tiempo se llegan a convertir en rituales inamovibles.

No concibo, por ejemplo, comenzar  mi jornada laboral sin hacer lo siguiente:

1) Llenar de agua la botella que habré de beber durante la tarde.

2) Dar una vuelta por todo el edificio para apagar las luces innecesarias.

3) Abrir la nevera y comerme un pepinillo.

Con las dos primeras jamás he tenido  problema, pero en ocasiones, cuando se terminan los pepinillos, pueden pasar un día o dos hasta que vuelvo a comprar más y en esos días de abstinencia me queda una sensación de protocolo fallido, de labor descompensada, de no empezar bien el día.

Lo cierto es que ni yo mismo entiendo cómo han llegado a ser los pepinillos un aliciente crucial de mi día a día si cuando yo era joven (más joven, quiero decir) no me gustaban en absoluto y siempre los sacaba de las hamburguesas del Burger King

Pero, misterios de la vida, hoy me chiflan.  

Es casi una experiencia mística coger un tarro grande de la estantería del supermercado y observarlos a través del cristal, amontonados como extrañas vainas  de un color verde ciencia ficción, como si fueran criaturas deformes creadas por un científico sin alma. 

Además, si agitas el tarro, las semillas del fondo empiezan a navegar ralentizadas, como  esporas que despiertan de un eterno letargo en  su medio agridulce artificial.  ¿Puede haber algo más bello?

También puede resultar raro que, cuando tanto me gustan, sólo me coma uno al día. Es algo que ni yo mismo sabría explicar pero que forma parte de ese ritual que se ha de cumplir con respetuosa precisión: 

Abrir bote.

Extraer pepinillo con los dedos.

Dar mordisco a 1/3 del mismo.

Escuchar el sonido cruuj (de crujiente)

Permitir la total sumisión de las papilas gustativas.

Dar el segundo mordisco con los ojos en blanco.

Masticar el último trozo entre velados suspiros.

Chuparme los dedos.

Cerrar bote  y hasta mañana. 

Estaremos de acuerdo en que el concepto de felicidad  no se puede definir con precisión, por ser ésta tan subjetiva y hallarse  en cosas diferentes según cada cual, pero sería interesante que cada individuo  intentara definir su idea de  felicidad, describirla  según sus gustos y  sentimientos  personales. Me encantaría saber qué lugar ocuparían los pepinillos  en ese ranking . Queda expuesta la idea para cualquier estudiante que me lea.

Abro paréntesis para decir que he buscado en Google algún estudio sobre la felicidad y he encontrado que existe una forma “científicamente correcta” de llevar la taza de café. No tiene nada que ver con el asunto pero, oye, también puede hacer feliz a alguien saber algo así.

Resulta que, según el coreano Jiwon Han,  ha de cogerse por la parte superior y con la mano en garra. Y que la fórmula que  demuestra que es el modo ideal es la siguiente:

También he encontrado otro estudio que se realizó en el Centro de investigaciones Sisheido, en Yokohama, Japón, que llegó a la la conclusión de que las personas que creen tener olor en los pies, tienen olor en los pies, y las personas que no creen tenerlo, no lo tienen. 

Fascinante.

Cierro paréntesis.

Pero ahora que profundizo un poco en esto, me parece que los pepinillos en sí mismos no serían una de mis acepciones de “felicidad”. Lo verdaderamente gratificante es el “momento pepinillo” como una de las partes de ese todo indivisible que es la ceremonia que realizo a la una de la tarde.

De hecho, de buena mañana un pepinillo a secas podría resultarme la antifelicidad, lo que demuestra, efectivamente, cuán complicado es definir este término incluso a modo personal.

La felicidad total y absoluta a cualquier hora del día sería, por ejemplo, una cucharada  de dulce de leche. ¡Eso sí que sí! ¡¡Pecado mortal de salvación eterna!! 

Y digo una cucharada por no decir el bote entero. Aquí no habría procedimiento de “una al día y hasta mañana”. Lo mío con el dulce de leche es  de veneración y entrega.

Tengo la total convicción de que si se hiciera un concurso mundial para encontrar al mayor goloso del mundo yo entraría en el Top 5 (bueno, quizás he exagerado, pero en los 20 primeros seguro que estaría)

Lo que me fastidia es que cuando yo era joven (me refiero a más joven de lo que ahora soy) podía darme atracones de pasteles sin que se  me alterara el perímetro corporal. Creo que el problema está en que la mente obvia a la edad pero el cuerpo se aferra a ella  con devoción. El cuerpo es un maldito fundamentalista de la edad.

Para suplir esta necesidad de dulce felicidad he llegado a autoexperimentar algo maravilloso. De momento es sólo una hipótesis  que está en fase de prueba y error, pero parece (creo) que tiene base para ser verdad.

Esta es mi teoría:

“Cuando te comes un dulce a escondidas, sin que nadie te vea, no engordas” 

¿Verdad que es ilusionante?

El único problema que le veo es que muchas veces corres el riesgo de ser pillado en la despensa con el polvorón en la boca, y eso hace que lo  engullas deprisa y sin saborear el instante.  Pero en fin… el que algo quiere, algo le cuesta.

Creo que la demostración de mi estudio (que como digo empieza a rozar el axioma), radica precisamente en el hecho de formar parte de la ley de compensaciones: las calorías que se ingieren se queman rápidamente ante la agotadora tensión que vives porque nadie te pille metiendo la cuchara en las natillas de la nevera. 

Por esta razón, el experimento no funciona si por ejemplo vives solo y nadie puede descubrirte. Si no hay riesgo alguno de ser pillado, el cuerpo se relaja y las calorías hacen estragos. Es de una lógica aplastante.

Otros ¿rituales?, ¿manías? (las llamaré “ritumanías” ) que iba a contar en esta entrada van a quedar para otra ocasión. Más que nada por no crear ardores estomacales.

Muchas gracias por la atención (si es que la ha habido porque yo después de ver la fórmula del coreano me he salido de mi cuerpo) 

PD. Llevo un buen rato pensando qué titulo le pongo a todo este despropósito y nada, que no me sale. 


23 de diciembre de 2021

CUANDO YO TENÍA DOCE AÑOS Y MI HIJA CATORCE

 ¿Sabíais que en una ocasión el científico Stephen Hawking organizó una fiesta con globos, música y pancarta de bienvenida a la que nadie acudió? 

¿Por qué? Pues porque había convocado a tal evento a todos los que pudieran viajar en el tiempo.

No voy a entrar en temas de física, y menos teniendo que bregar con teorías tan profundas como las del señor Hawking, que no lograría comprender ni con mil maestros Yoda a mi servicio, pero me atrevo a asegurar que, de haber pasado por allí aquel 28 de junio de 2009, yo sí habría entrado a  la fiesta.

Y le habría dicho algo así como: 

"Amigo Stephen, la gente de ciencias os complicáis demasiado la vida. Yo te aseguro que los de letras sí viajamos en el tiempo, y además lo hacemos muy a menudo"

Sé que se le habrían resbalado las gafas de la nariz, pero también estoy seguro de que me habría dado la razón.


Hace unos días, ordenando lo que yo llamo “el armario de las artes y las nostalgias”, bajé del más alto estante una caja metálica, de aquellas tan chulas que comercializó Cola Cao en los años 70. Sabía que en su día había metido  algo valioso allí, pero no recordaba el qué. 

La caja contiene unos cuantos cuadernos que utilicé como diarios entre los 12 y 14 años de edad. Movido por la curiosidad abrí una página al azar y leí, en primorosa caligrafía, que había comprado la revista Super Pop, pues sabía de antemano que incluía un reportaje sobre ABBA con las letras de algunas canciones.

“...y estaba también Mamma mía (en inglés), que no la tengo en cassette y tampoco la he oído”

Esta agradable coincidencia – ahora que ABBA vuelve a estar en boga- fue razón suficiente para que aplazara lo de ordenar el armario para otra ocasión y me pusiera a leer aquellos diarios.

He de decir que aunque están llenos de datos aburridos y con poca sustancia (las horas exactas a las que me levantaba y acostaba, lo que desayunaba, lo que comía, lo que cenaba…) me agradó la candidez que desprendían aquellas páginas y cierta gracia para relatar algunas anécdotas, que me llegaron a hacer reír.

—Mira, Aitana —le dije a mi hija esa misma noche—, esto lo escribí cuando tenia doce años, dos menos que tú.

—¡Ay, qué letrica! ¿Puedo leer algo?

—¡Claro!

—A ver…  16 de mayo de 1979

En clases de repaso Juan Luís tenía en la boca un Bang bang, ese chicle nuevo, y con él me hacia reír. Hacia bombas que al explotar se le pegaban en la cara.

Jajaja, qué gracia me hace pensar en Juan Luis de pequeño.

—Sí, ¿verdad? Quién iba a pensar entonces que aquel amigo sería un día el padrino de Samuel...

- 27 de mayo de 1979

Después de ver Pippi  mi madre nos ha dado 100 pesetas y hemos comprado muchas cosas: petardos, pica picas, cordoneras, megatones… 

¿Cordoneras? 

—Sí, pero no de los zapatos, era el nombre de una chuchería.

—¡Y pesetas! ¡Qué viejo suena esto!

28 de mayo de 1979

En clase nada de particular, bueno, sí, una cucaracha se ha correteado media aula. Las niñas tenían miedo y hasta gritaban un poco, hasta que le han dado un buen pisotón.

Al salir del cole hacía muchísimo calor, el sol ya empieza a apretar, llega el verano. 

En casa hemos comido arroz con lentejas y de bebida limón que ha hecho mi madre. 

Por la tarde en el colegio no ha pasado nada malo ni nada bueno.

—Ay, qué gracia, “ nada malo ni nada bueno”

31 de mayo de 1979

Estos días está haciendo unos días maravillosos, menos hoy a las 10 o por ahí, unos relámpagos grandísimos y una tormenta se acerca. Hace un año, el 10 de junio pasado cayó una piedra que destrozó a muchos campos, Dios quiera que no ocurra esto. Se ha puesto a llover mucho, pero yo he terminado este diario, me he tomado leche con galletas y a “ZZZZZZZ”

—¡Pero cómo que una piedra!

—Sí, me refiero a granizo, es que son sinónimos.

—Pero es que dicho así… ¡Parece que cayó una piedra enorme del cielo!

5 de junio de 1979

Estoy algo penoso porque hoy es el último día que tengo 12 años, estas letras que se ven escritas son de cuando yo tengo 12 años, mañana, mi cumpleaños, y pasado mañana el de mi novia, 13 años.

—¿¿Tu novia??

Aquí era yo el que reía.

—Bueno,  era capaz de decir “mi novia” en el diario, pero en realidad, con solo pensar en decirle “hola” me ponía colorado. Ella ni sabía que me gustaba. Se llamaba Nani.

—¡Ay, qué bonico!

18 de junio de 1979

En el colegio, Don Tomás, a un alumno de la clase, José Ramón, lo ha cogido por los pelos y ha empezado a tirar de ellos mucho tiempo, con rabia, porque nunca haze el dictado cuando Don Tomás lo dicta.

—¡Hala, qué bruto! ¿no?

—Fíjate en cómo han cambiado las cosas. Entonces a los profesores se les respetaba mucho. Recuerdo que cuando entraban en clase nos poníamos todos de pie. Y Don Antonio, mi tutor en octavo, nos decía entonces: “¡Setenta monos!, digo ¡Sentémonos!”

Y Aitana se reía.


22 de junio de 1979

He merendado  pan y queso y después  atún, pero de plaza. Allá a las 10 hizieron una nueva serie : “Holocausto”, un torrao.

Has escrito hicieron con z.

—Sí, ahí hay una falta. Me hace gracia que  aquella serie no me atrajera nada entonces. Claro, no era para niños. Volví a verla más mayor y me pareció muy buena.

26 de junio de 1979

Mi hermano Tomás a veces es más tonto que un gorila con pandereta, el niño dice que Cheryl es más guapa que Farrah.

—¡Que un gorila con pandereta! Pero papá, ¿quién dice esas cosas hoy? 

—Ni hoy ni nunca, eso es tontería de cosecha propia. 

—¡Qué pavo!

—Por cierto, Farrah era una actriz de una serie que al tío Tomás y a mi nos encantaba: Los ángeles de Charlie. Con el tiempo  sustituyeron a Farrah por la actriz Cheryl Ladd, y para mi ya no fue lo mismo.

13 de enero de 1980

Ha nevado mucho, por primera vez he visto la nieve, en Villena. He hecho un muñeco de nieve y he jugado con mis padres y hermanos a tirarnos bolas de nieve.

—¡Qué tierno! ¡Cómo os imagino!

...

Así que Stephen Hawking, que en dorada galaxia esté, me habría dado permiso para entrar a su fiesta.  Aquí queda la prueba evidente de mis saltos  del presente a los años setenta, del siglo XXI al XX y viceversa en un abrir y cerrar de ojos. 

Y no de manera aislada, sino de la mano de mi hija, que a sus catorce años  pudo conocerme a los doce.