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22 de enero de 2016

CABRERA

Era yo un joven estudiante cuando oí hablar por primera vez de Guillermo Cabrera Infante, y recuerdo que toda mi atención se disparó hacia el profesor que, de repente y sin venir a cuento, nombraba a alguien de mi familia. No era solo que fuera Cabrera como yo, es que además era Guillermo, como mi tío (el hermano mayor de mi padre) y como mi bisabuelo, del que me habían contado algunas cosas. ¡Tenía que ser de mi familia a la fuerza!

Sin embargo descubrí que el tal Guillermo citado por el profesor era un escritor cubano al que probablemente no nos unía ningún parentesco. Digo probablemente porque también recuerdo que cada vez que en televisión aparecía algún rótulo superpuesto con el nombre de algún Cabrera participando en un concurso, o un ciudadano Cabrera que contestaba a alguna encuesta por la calle, o un Cabrera que se convertía en noticia por el motivo que fuere, mi padre siempre decía: “¡Mirad, un Cabrera! ¡Quién sabe si será familia nuestra!”

Mi bisabuelo Guillermo Cabrera Navarro fue notario, algo que nunca se me ha olvidado por las muchas veces que mi abuelo Juan nos decía a los nietos: “¡Estudiad mucho, que me haría mucha ilusión que alguno llegara a notario como mi padre!” 

También añadía que era esa una carrera dificilísima, consiguiendo así que todos miráramos y admiráramos al hombre de la foto que había en su despacho, y al mismo tiempo descartáramos secretamente semejante reto si suponía estudiar tanto.

El padre de Guillermo, Juan José Cabrera de la Cuesta, (es decir, mi tatarabuelo) fue profesor, y, según cuentan, muy inteligente. Cuando su hijo terminó la carrera de Derecho, tanto él como Purificación, mi tatarabuela,desearon que empezara a ejercerla cuanto antes, pero resultó que Guillermo aspiraba a algo más y dijo a sus padres que quería presentarse a las oposiciones de Notaría.
Para participar en aquella oposición había que pagar una considerable cantidad de dinero, por lo que su padre no estaba muy de acuerdo, pero no queriendo que fuera esa la excusa y teniendo constancia de que lo más importante en aquel examen era el conocimiento del Código Civil, se sentó frente a su hijo y le dijo:
 —¡Vamos a ver qué tal vas en este tema!

Y abriendo el libro por una página al azar, le preguntó los artículos de la misma. Después saltó a otra, luego a otra... Después de 15 ó 20 intentos comprobó que contestaba con exactitud a todos ellos. Cerró el libro y le dijo:
—Preséntate, hijo. Tienes mi apoyo.

Siendo ya Notario sacó además, por puro capricho, la carrera de Registrador de la propiedad y la de Juez.
Admirable, ¿no es cierto?
Durante el transcurso de su vida tuvo, y esto sí que es imposible de olvidar, ¡21 hijos! (de dos mujeres) Me cuesta imaginar algo así, pero supongo que si fue capaz de recordar todos los artículos del Código Civil, se acordaría del nombre de todos sus hijos, digo yo.

Curiosamente no llegué a conocer a ninguno de los hermanos de mi abuelo porque cada cual partió para diversos lugares de la geografía, y eso es lo que me ha hecho pensar tantas veces, al escuchar que alguien se apellida como yo, si será descendiente de alguno de aquellos otros 20 hijos de mi bisabuelo.
También me parece curioso no haber coincidido con más Cabreras durante mis años de escolar, ni en el Instituto, ni en la mili. En la Universidad solo conocí a un Cabrera de segundo apellido; era de origen valenciano.

A lo largo de los años, mi hermano Fran ha tenido (y sigue teniendo) diversas pasiones que ha explotado al máximo, disfrutándolas siempre con locura. Una de ellas fue crear el árbol genealógico de nuestra familia, intentando llegar al antepasado más lejano posible.

Por la parte materna llegó a ramas altísimas que nunca imaginó alcanzar, y fue gracias a que consiguió acceder a archivos parroquiales de Petrel y localidades cercanas.
Por el lado paterno, en cambio, la cosa fue más complicada puesto que para seguir investigando debía desplazarse a poblaciones como Vélez Rubio o Caniles de Baza y aún no ha tenido oportunidad de hacerlo.
Así que seguimos a la espera de comprobar lo que en mi familia siempre se ha comentado como algo posible: ser descendientes de Ramón Cabrera Griñó, que pudo ser el abuelo de Juan José Cabrera de la Cuesta.

Ramón Cabrera Griñó, conocido como El Tigre del Maestrazgo, fue un general de las tropas carlistas (el militar que más resistió), que adquirió los títulos de Conde de Morella y Marqués del Ter, y que acabó sus días exiliado en el Reino Unido.
Fran estuvo en el cementerio de Londres donde se supone descansan sus restos, pero lógicamente le resultó imposible localizar su tumba entre tantas otras.

Nos contaba mi padre, que llegó a leer su biografía, que en las guerras carlistas, como no lograban vencerle, secuestraron a su madre con el propósito de que se rindiera. Como no fue así, la fusilaron. El Tigre del Maestrazgo se vengaría con una sanguinaria batalla en la que acabó empalando a los que la ejecutaron.

Pero volviendo a cosas más recientes, y haciendo memoria de anécdotas personales relacionadas con mi apellido, me viene a la cabeza la clase de octavo, con Don Antonio, que en la hora de Geografía iba preguntando al azar las provincias españolas. Eran los tiempos de Castilla la Nueva y Castilla la Vieja (y contando esto me siento un poco Juan el Viejo) Don Antonio preguntaba a unos y a otros por unas comunidades u otras pero cuando me llegaba el turno, siempre, repito, siempre, me decía:

—Cabrera... ¡Baleares!

Y yo empezaba: “Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera...
Y la clase estaba ya expectante para oírme decir:
—...y Cabrera.
Y empezaban a reír y aplaudir.

Y algo que me resulta entrañable recordar, que todavía no he contado en el blog y merece una entrada aparte, es que mi padre construyó en los años 80 una maravillosa cabaña de madera que quedó enclavada a los pies de una bella montaña en la localidad de Sax (Alicante). Cuando digo una cabaña no me refiero a un refugio para que jugaran los niños, no, quiero decir una hermosa vivienda de madera.
Nadie, (yo creo que ni él mismo) hubiera imaginado que sería capaz de construir algo así sin tener conocimientos de construcción.
En una de las ocasiones en que fuimos toda la familia a pasar el fin de semana en la cabaña, algún operario del Ayuntamiento había pasado por allí para clavar en la puerta una chapa metálica que decía: Cabrera, 11.

—¡Anda, qué chulo, has puesto aquí nuestro apellido! —le dije a mi padre.
—No —me contestó—, eso es la dirección. ¿Es que no os había dicho cómo se llama esta sierra?
—No, ¿cómo se llama?
—Esta es la Sierra Cabrera.
Y yo me sentí orgulloso de nuestra cabaña, de “nuestra” sierra, de mi padre y, cómo no, de mi apellido.

Nota 1: Aunque mi abuelo no llegó a verlo, uno de sus nietos, mi primo Francisco Cabrera siguió la misma trayectoria de brillantes estudios del bisabuelo Guillermo, y hoy es Juez.
Nota 2: Por casualidades de la vida, Saúl, el hijo de mi hermano Fran, se apellida Cabrera Navarro, como su trastatarabuelo.

Datos sacados de internet:

En España se estima que hay 31.169 personas que comparten el apellido Cabrera. Es el 124° apellido más común en España.

Como topónimos destacan los lugares de Cabrera en Madrid, Gozón (Oviedo), Montreal (Tarragona), Pelegrina (Guadalajara), Las Veguillas (Salamanca) y La Vega de Almanza (León).
Topónimos de Cabreras se pueden encontrar en el Castillo de Locubin (Jaén), Vélez Rubio (Almería), Villena (Alicante) y Cabreras Altas en Málaga.

Personajes con apellido Cabrera:

Vicente Cabrera: Impresor del siglo XVII. Fue nombrado librero de Valencia.
Ferrán Cabrera y Cantó: Pintor de Alcoy.
Ramón Cabrera Griñó: Militar carlista, nacido en Tortosa.
María Dolores Cabrera y Heredia de Miranda: Escritora.
Joan Batista Cabrera Ibarz: Primer obispo de la Iglesia Episcopal Española.
Ángel Cabrera Latorre: Zoólogo de Madrid.
JuanRa Cabrera Rodríguez: Diablo (o algo así)

3 de diciembre de 2013

Y EL INGLÉS BY MY SIDE

Recuerdo como si hubiese ocurrido ayer mismo —y sin embargo han pasado más de 35 años— cómo fue mi primera clase de inglés.

En realidad tengo grabada la imagen de los primeros minutos de clase, cuando la señorita Lola, en el colegio Lloret,  se dirigió al encerado y en la parte alta escribió en mayúsculas: VOCABULARY. 
Acto seguido trazó una línea vertical y comenzó a escribir  palabras en inglés a la izquierda y su equivalente en español a la derecha:

Boy - Chico, muchacho
Girl - Chica, muchacha
School - Colegio
House - Casa

Es esa imagen, y mi inmediata ilusión  por lo que empezaba a conocer, lo que permanece fresco en la memoria.

Y es que desde el principio tomé el inglés como un juego. 
¿Que la cosa consistía en aprender palabras nuevas y saber qué significaban? ¡Divertido! 
¿Que ese juego tenía sus reglas y, como nos explicó la señorita Lola, la palabras no se pronunciaban tal y como estaban escritas? ¡Más divertido!  
¿Que school se decía /skuul/ y house era /jaus/? ¡Fascinante!

No me pareció nunca algo especialmente difícil, muy al contrario,  se convirtió pronto en mi asignatura favorita, y a diferencia de las matemáticas, tan desagradables, que me aburrían mortalmente y que nunca terminé de entender bien, el inglés fue siempre el mayor aliciente en cada largo curso escolar.

También recuerdo el día en que me compraron mi primer diccionario de inglés, la ilusión que me hizo y el pensamiento de si sería capaz de aprender todas las palabras que hacía correr ante mis ojos al revisarlo una y otra vez. Con esa nueva herramienta a mi alcance, nació una nueva afición: traducir canciones.

Siempre he dicho que el grupo ABBA, además de proporcionarme muchos momentos de felicidad, me enseñó a aprender inglés. Es más, ABBA hizo que mi predilección por el idioma creciera muchísimo más, por todo aquello que  fui descubriendo por mí mismo y que sobrepasaba con creces el nivel que en el colegio llevaba. Eso me hacía sentir importante.

Aunque traducir las canciones no fue cosa fácil en un principio, pues yo solo tenía  casetes, un formato que no solía incluir las letras de los temas.

Esto me hace recordar a José Ignacio, un compañero de la clase de mi hermano. Sus padres tenían discos de ABBA, así que le pedí el gran favor de que me dejara esas letras, que yo las copiaría inmediatamente y se las devolvería. Pero José Ignacio tenía alma  de negociador y quiso un beneficio a cambio, y me fue a pedir  algo que  me costó muchísimo conseguir: hojas de morera para sus gusanos de seda.

Yo vivía en el campo, pero a pesar de haber muchos árboles allí, no teníamos ninguna morera. Eso me forzaba a buscarlas por la ciudad las veces en que tenía ocasión, que eran pocas. Y el muy cabrito, como nunca le parecían suficientes y quería aprovecharse de mi necesidad,  me iba pasando canciones a cuentagotas.

Y ahora que me paro a pensarlo, de haber existido entonces internet, donde uno puede encontrar todas las letras de todas las canciones e incluso sus traducciones, ¿habría sido para mí un aliciente aprender inglés? Probablemente no, así que me alegro mucho de no haber tenido entonces tanta información.

Puedo verme perfectamente en aquellos dichosos fines de semana, con la letra de alguna canción delante de mí.

I've seen you twice
in a short time...

"A ver, I've es la contracción de I have, y seen es el participio del verbo ver, así que... Te he visto... twice. ¿Qué es esto de twice?”
 Y allí estaba el diccionario para echarme una mano.
“Dos veces” ¡Anda, ¿twice es dos veces”? Yo hubiera dicho two times. Te he visto dos veces en un corto tiempo... En poco tiempo, más bien”

Y así, estos pequeños y grandes  descubrimientos, tan directamente ligados a  la fascinación por aquella música, me solían quedar perfectamente grabados en la memoria.

Al llegar al instituto las cosas continuaron igual en este aspecto. Las clases de  matemáticas, o las de dibujo técnico, eran un martirio que duraba una eternidad, mientras que las de inglés pasaban como suspiros. Los profesores de matemáticas, y los de ciencias en general,  siempre fueron feos y antipáticos, sin embargo  el  inglés lo impartieron siempre mujeres guapas y sumamente agradables (o al menos a mí me lo parecían)

Recuerdo especialmente a Joelle, y su aire jovial, siempre sonriente. Los viernes traía un radiocasette y nos pasaba fotocopias con la letra de alguna canción para escuchar  y traducir. 
Gold, de Spandau Ballet, The wall, de Pink Floyd, I just called to say I love you, de Stevie Wonder...

Joelle me parecía tan especial, que siempre esperaba con ganas el momento en que volviera a  aparecer por la puerta.
Una vez no pude resistirme y, tras asegurarme bien de que nadie me veía, le dejé una nota anónima en el parabrisas de su coche. No recuerdo lo que le decía exactamente pero lo hice en inglés y con toda la pasión de un adolescente enamorado.

Al día siguiente yo estaba muy nervioso, e incluso arrepentido de mi osadía.  ¿Sería capaz de hacer alusión a la nota en clase? Ya me ponía colorado con tan solo imaginarlo ¿Y si ella descubría que había sido yo? ¿Cómo actuar para que no sospechara de mí?
En el momento en que Joelle entró en clase  casi  podía oírme el corazón retumbando en el pecho. Me sudaban las palmas de las manos y apenas me atrevía a mirarla a los ojos.

Pero Joelle comenzó la clase con total normalidad, muy sonriente, como era habitual en ella.

—He pensado —dijo— que sería muy provechoso para vosotros que tengáis correspondencia en inglés con gente de otros países, así que os voy a asignar a un penfriend a cada uno. Traigo direcciones de chicos y chicas de vuestra edad de varios países de Europa".

Me pareció una idea extraordinaria, y cada uno de mis compañeros eligió un papel con el nombre y las señas de gente de Francia, de Inglaterra, de Alemania, de Holanda...
Yo tenía una predilección en concreto. Miré entre las direcciones por si encontraba lo que quería, y tuve suerte.


Así es como comenzó mi correspondencia con una chica sueca de la que me gustaría hablar más adelante.

7 de febrero de 2013

REGRESO A LOS SETENTA


Os contaba hace unos meses que en el trastero del Hotel Cabrerator encontré un pequeño gran tesoro que parecía estar esperando a que alguien lo descubriera para ver de nuevo la luz.

Se trataba de una serie de objetos de mi niñez que, naturalmente, fue fascinante volver a tener entre las manos: libretas del colegio, cuadernos de dibujo, libros de lectura, boletines de notas, cromos...

Secretamente me los llevé a mi casa con la finalidad de hacer las convenientes restauraciones y clasificación. 
Después de haberles quitado el manto de polvo y telarañas que los cubría, y de sacudirme yo mismo el dulce peso de la nostalgia,  me dispongo a darles una segunda vida, compartiéndolo en el blog  con todos vosotros.

Estas son algunas de las reliquias halladas:

 Bloc de dibujo con algunas de mis  "manifestaciones artísticas". Podría mostrarlas, pero vuestros ojos quizás no estén preparados para ello. 
 Dos libretas de colorida portada. Me gustó especialmente saludar de nuevo a Willi, el amigo de la abeja Maya, con aquella eterna cara de sueño que tenía. 
 Cuaderno para dictados. En el colegio Lloret se daba mucha importancia a la caligrafía, y se valoraban mucho los trabajos limpios y bien presentados. Muestro precisamente estas hojas por la coincidencia de fecha. 7 de febrero de 1977 ¿Cuánto tiempo ha pasado? No, mejor  no me lo digáis.

Otro cuaderno, de matemáticas, año 1978. ¿Soy el mismo que escribió eso? Pues hay una diferencia: ya no sé  resolver ese tipo de problemas.


Libro de lectura Senda. Le falta la tapa delantera pero está en muy buenas condiciones. Recuerdo cada ilustración como si las hubiera visto ayer mismo. Y es curioso pero, a pesar del tiempo transcurrido, aún me parecen frescas en la memoria  las aventuras de Totó y sus amigos.  En la trama se intercalaban canciones y poemas de Alberti, García Lorca, Neruda...
Algunos cromos de una de mis series favoritas (y de mi hermano), que venían en algún pastelito industrial de la época. Se nos quedaba la boca abierta contemplando en la pantalla a aquellas mujeres policías que no podían ser más guapas. La verdad es que no sé para qué iban armadas, si aquellas melenas al viento, el brillo de sus  labios o sus cautivadoras sonrisas eran más que suficiente para hacer caer rendidos a los peores villanos.
(Pero  nos quedamos con las ganas de saber quién era Charlie, eso sí)
 La señorita Lola fue una maestra recta y  exigente, pero los alumnos le teníamos mucha estima. Al llegar Navidad nos hacía algún obsequio envuelto con mimo en papel de regalo. Un pequeño libro, por lo general. Encontrar uno de aquellos detalles  me hizo sonreír y emocionarme, pues aún se puede leer su dedicatoria en la primera página:
Yo tenía 10 años, los que va a cumplir mi hijo dentro de poco.
 Contaba también en la entrada de los billetes al pasado,  que la revista local Vivir en Elda, dedicó un reportaje al colegio en el que estudié. 
Entre algunas de las fotos publicadas aparecían mis profesores.
En la foto superior, el de las gafas oscuras es Don Paco, alias Sandokán;  a su lado está Don Tomás, que no permitía ni el vuelo de una mosca en clase.
La foto más grande corresponde a un día de excursión al campo (ah, aquellos días soleados en los que nos sacaban a retozar como cabritos...) La segunda por la izquierda es la señorita Lola, y de pie en el extremo derecho está Don Antonio, a quien dediqué una entrada al principio del blog.
De todos ellos escribí ampliamente aquí


 La mayor sorpresa fue descubrir que en la revista ¡¡aparecía una foto de toda mi clase!! Se tomó en la Plaza Castelar, que, a falta de un patio en condiciones, era nuestro lugar de esparcimiento. ¿Alguien es capaz de  distinguir al diablo?

La fotografía no tenía la suficiente resolución como para poder apreciar bien las caras, pero por suerte, Juan Luis, el único amigo que de aquella clase aún conservo, me dijo que él la tenía, y en color. ¡¡Y aquí está!!
Vamos a restaurarla porque semejante recuerdo merece la pena.
Salvo dos o tres compañeros de los que hemos olvidado sus nombres, el resto siguen estando ahí mismo, nítidos recuerdos de un pasado que nos  parece todavía reciente: José Bernardo, Víctor, Pancho, José Esteban, Fabiola, Mari Ángeles, Nani, Irene, Javi, José María, María Dolores, Barceló, Jesús, Loli, Anabel, Ramón, Luis...

El colegio Lloret cerró sus puertas definitivamente en junio de 1998.

Al encontrar todo esto, al librarlo del polvo del tiempo, y ahora, al publicarlo... uff, ya van tres ataques de nostalgia al corazón.
Qué extraña sensación la de descubrir que aquel niño está tan presente hoy, que en ocasiones vuelve a asomar para ponerse frente a mí. 
Son esas veces en las que nos hacemos un dulce guiño de complicidad y mi  "yo niño", al notar mi melancolía, me dice que no me preocupe, que sigue  viviendo en mi interior. (supongo que es gracias a mí, que no lo dejo  marchar)

Pero no sé describir lo que siento. Ni si tiene algún nombre.

Setentitis, tal vez.

1 de junio de 2012

TRES BILLETES AL PASADO

En tan solo quince días he ido a tropezar con varios "tesoros" que han llegado de forma fortuita e inesperada a mis manos, y  tan continuos como si estuviera planeado que desfilaran ante mí en una maratón de sorpresas.

No puedo decir que no los he disfrutado —por supuesto que sí—, pero diría que el sabor de esos  viajes al pasado, a mi pasado,  me ha ralentizado un poco por dentro y me está costando volver del todo al presente.
Los efectos secundarios de la nostalgia son así.

PRIMER VIAJE

La primera sorpresa me llegó hace dos semanas, estando en el campo de mi madre, (el mundialmente conocido como Hotel Cabrerator) 
Mi hijo me preguntó si habría alguna canasta de baloncesto, porque le apetecía jugar a encestar su balón.
Pensé que debía haber alguna por el trastero y allá que nos fuimos los dos a rebuscar. 

Una vez habituados a la oscuridad del lugar (allí no hay luz eléctrica, y para abrir la única ventana es necesario el título de malabarista) hicimos un recorrido visual por toda la estancia. 
Mientras buscábamos, le recordé que allí dentro vivieron los dos caballos que tuvimos sus tíos y yo hace tantos años, y que, aún antes de eso, yo había visto resucitar a una salamanquesa que guardaba en mi escondite secreto.
Entre la multitud de muebles viejos  y objetos cubiertos de polvo, encontré un cubo metálico  que recuerdo se utilizó para sacar agua del pozo. Observé que dentro había una bolsa de plástico con el aspecto de haber sido anudada durante la guerra de Cuba. Podría haber tenido yo ese día  un bajo nivel de curiosidad  e ignorarla, pero no fue así, y me puse a desatar los nudos inmediatamente.

—Pero qué haces, papá —protestó Samuel—, ahí no puede haber una canasta.
—Ya, ya... sólo quiero ver qué hay.

Y descubrí un montón de libretas de mis tiempos de colegial. Extraje una al azar y al abrirla miré la fecha: 1975. Y en cada hoja esa esmerada caligrafía que entonces yo tenía.

—¡La madre del cordero! ¿Sabes que esto lo escribí yo cuando tenía... ¡cuando tenía tu edad! 
—¿Sí? ¿¿Esa letra tenías??

Pero no eran solo libretas del cole lo que allí había. En ese mazo prensado encontré cuadernos de dibujo de mi hermano, aquellos indios y vaqueros que dibujaba y coloreaba de pequeño; descubrí una colección de cajas de cerillas que él y yo hacíamos, recortándolas y pegándolas en una libreta; había también algunos cromos de aquellos tiempos, boletines de notas, dibujos sueltos... Y conforme observaba todo aquello, se deshacía la nebulosa que el tiempo acumula sobre la memoria y lo recordaba con nitidez, como si lo hubiera visto ayer mismo. Cada imagen me parecía  un reciente despertar.

Todo se encontraba en bastante buen estado,  pero con las telarañas y el polvo de mil años, por lo que estoy inmerso en labores de  restauración y limpieza con esmero.  Ni siquiera lo ha visto aún mi hermano (¡prepárate Tomás para un viaje alucinante a nuestra niñez! :))

Ah, finalmente un aro de plástico sirvió de canasta para Samuel.

SEGUNDO VIAJE

Hace unos tres meses supe que la revista Vivir en Elda estaba dedicando un reportaje mensual a los colegios de la ciudad en la que nací, y que estaba previsto que en abril publicaran el del colegio Lloret, del que tanto he hablado en el blog. Lo curioso es que lo supe gracias a un paisano lector anónimo que me dejó el comentario.
Ocho días atrás quedé con unos amigos, y uno de ellos, Francis, dos años más joven, y "lloretino" como yo, me dio la sorpresa.

—¿Viste el reportaje del Lloret?
—¡Anda, no! ¿salió ya? ¿lo tienes?
—Claro, lo tengo. Y sales tú.

Lo primero que pensé es que estaba de coña. En casi 40 años de la historia de un colegio (cuyas últimas fotos antes de ser derribado las saqué yo, por cierto), era demasiada casualidad que publicaran una foto mía, así que no me lo creí.

—¡Te digo que sales tú en una foto en blanco y negro, con toda tu clase!
—¿Pero qué dices? ¡Cómo voy a salir yo... con la de gente que pasó por allí!
—Pues no te miento. Una foto con Don Miguel y  la señorita Lola en la Plaza Castelar.
—¡Increíble! ¡¡Yo quiero ver eso!!

Ya he podido leer todo ese reportaje, y efectivamente, ahí estaba la foto. Colegio Lloret, año 1976. A mis diez años.
Contemplé minuciosamente el tiempo detenido en aquel instante, cada cara trayéndome a la cabeza el nombre y apellidos de todos aquellos niños, mis compañeros, tan lejanos en el tiempo, tan cercanos en ese momento. Recordé  incluso a aquellos que no siguieron hasta el final y a los que no he vuelto a ver más.
En mi misma clase estaba Juan Luis, el único de aquel grupo del que me enorgullece conservar hoy su amistad. (Bueno, de Txema también, pero éste fue un traidor que se cambió de colegio incluso antes de hacernos aquella foto)  La de veces que  hablamos los tres de nuestros tiempos del cole… Todavía.

TERCER VIAJE

Desde que murió mi abuela, su casa ha estado alquilada a otras personas. He tenido muy pocas ocasiones de volver a entrar allí, pero las veces que lo he hecho me retrotraigo al pasado con suma facilidad. De aquella casa surgen recuerdos por todas partes.
Mi abuelo en su sillón, escuchando tranquilamente la radio; mi abuela guardando los rollos de anís en el armario del pasillo, o el "cuarto de los leones", que nos daba miedo porque siempre había un cirio encendido que proyectaba sombras en la pared...
Hace unos días se marcharon los inquilinos y mi madre estuvo limpiando por allí.
En el pasillo hay un altillo con llave donde ella guardaba algunas cosas y aprovechó para revisarlas. La última vez que fui a visitarla me regaló algo muy especial.

—Toma, lo he guardado para ti, porque sé que te va a gustar.
—¿Qué es esto?
—Cartas.

Cartas fechadas en 1968. Eran los tiempos en que pasaban por dificultades económicas y mi padre se marchó a trabajar a Madrid, dejando en Petrel a su mujer y a su hijo de dos años. Eran las cartas que se fueron enviando y en las que, lógicamente, hablaban de mí.

El pasado domingo me llevé a mis hijos al parque, y mientras jugaban por allí con la bicicleta y la pelota, me senté en un banco, ordené esas cartas por fechas y las leí.
Se descubre tan pronto, en multitud de detalles, que eran otros tiempos... Y los de hoy se detuvieron unos instantes para hacer marcha atrás en busca de aquellos.

Y ahí estaba yo también, en boca de mis padres, un niño que hacía mucha compañía a su madre en los meses previos a tener otro hijo. Yo era aquel pequeño que, leía en una de las cartas, jugaba a  sacar del bolsillo un paquete de cigarrillos  imaginario y "fumar" echando el humo como un adulto, un niño que a veces lloraba porque quería ver a su papá y que cuando  veía su imagen en un portafotos  le daba un beso.
 "Le dije, ¡mira, una mosca! —escribía mi madre— y el nene la espantaba, y cuando le pregunté a dónde se había ido me dijo "A Madí, con el papá"

Me resultó muy emotivo leer cosas de mí y de mis padres, y fue tan tremendamente curioso ser consciente del salto temporal y rocambolesco que había permitido que ese niño estuviera hoy, como adulto, reviviendo cosas  de sí mismo  tantos años después, y alzar la cabeza y ver a sus propios hijos jugar, ajenos por completo al extraordinario viaje en el tiempo que estaba realizando su padre en esos momentos…

Y a mí, que con los años me cuesta cada vez más sacudir la nostalgia que se acumula por  los bolsillos de la memoria,  estos tres viajes me han causado a la vuelta un jet lag emocional que no termina de desaparecer.
Siento que han reverdecido un poco  por dentro algunas raíces que el polvo del tiempo había oscurecido, y me he detenido a buscar  por esos recovecos internos a aquel pequeño Juan de los diez años, y al de los ocho, e incluso al pequeñísimo de los dos.

He tratado que no se pierdan para siempre,  intentando  que asomaran un poco sus ojos al día de hoy, y sonrío emocionado cuando termino por escucharles decirme que sí, que aunque me cueste creerlo, siguen ahí.

11 de marzo de 2011

A VECES LLEGAN FOTOS...

Aparecieron en mi correo la semana pasada un par de sorpresas muy agradables.
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Dos personas distintas y de lugares distantes entre sí, me enviaban casi al mismo tiempo dos fotografías que, al aparecer sobre mi pantalla, me trajeron de golpe nítidos recuerdos de mi niñez.
Casualmente —me encantan las casualidades—, venían a mostrar un mismo lugar estrechamente relacionado con mi pasado colegial.
Las dos me hicieron sonreír ampliamente (y suspirar pensando en el mucho tiempo que ha transcurrido)


Por un lado, Isabel, me enviaba desde Asturias una antigua postal de la Plaza Castelar de Elda, que acababa de encontrar en el fondo de un cajón en casa de su padre, a donde había ido "a rescatar tesoros".
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Me resulta tremendamente gratificante la historia de Isabel y mi blog.
Lo descubrió por azar a principios del año pasado. Alguna entrada leyó relacionada con Elda —lugar en el que había veraneado varios años con sus padres siendo una niña—, que la impulsó a guardarla para echarle posteriormente un vistazo cuando tuviera tiempo. Lo que ocurrió después es una de esas cosas que le colman a uno de satisfacción.
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Isabel empezó a leer y leer, y se sintió tan identificada con las historias y los lugares de los que yo hablaba, que sintió el impulso de escribirme un entusiasta correo para decirme que me había descubierto y que llevaba "horas" sumergida en la lectura.
"Tu blog me ha despertado un montón de recuerdos de infancia que me han hecho feliz", me dijo, haciéndome tremendamente feliz a mí también.
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Esta foto, que debe tener más de 40 años, (tal vez no habíamos nacido ninguno de los dos cuando se tomó) le traía a Isabel recuerdos de los tiempos en los que iba con sus padres "a dar un paseíto por allí y a tomar luego unos granizados de limón".
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A mí me trae muchos más.
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Porque esta plaza fue durante muchos años el privilegiado recreo de mi colegio, que estaba en la calle Joaquín Coronel. ¿Veis en el extremo izquierdo de la fotografía una casa con dos ventanas azules? Esa es la calle, y a menos de 100 metros de esa casa estaba el Colegio Lloret, que tenía un patio tan pequeño que la mayoría de las veces los profesores preferían traernos aquí en la hora de esparcimiento.
Aquí nos comíamos el bocadillo que traíamos de casa, o la torta de sal o azúcar de la Panadería de Lozano (que estaban tan buenas como su hija).

Aquí jugábamos a las canicas, o cambiábamos cromos o hacíamos el cabra.
Aquí le compré una calculadora molona a un compañero que necesitaba dinero y me la vendía. Entonces una calculadora nos parecía el no va más de la tecnología. Recuerdo que me echó en cara el que se la pagara con monedas húmedas y ennegrecidas que yo había sacado de mi hucha esa misma mañana. Como la hucha era un pez de plástico, a veces había jugado con él en la bañera y las monedas salieron... de aquella manera.
Podría señalar el lugar exacto donde se hizo la transacción.
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El parque es enorme, pero a pesar de ello, cada grupo tenía su lugar predilecto y era raro que cambiáramos de posición, salvo si nos daba por correr o perseguirnos jugando a ser personajes de La guerra de las galaxias o ladrones y policías a lo Starsky y Hutch.
Como es natural, con el paso de los años y los cursos, las aficiones fueron cambiando.
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Pero, pese a que la mayoría de los recuerdos son de la etapa escolar, atesoro uno en particular que no sé por qué fue el primero en venirme a la cabeza cuando vi la foto.
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Recuerdo que una mañana de domingo mi abuela Paquita me peinó y repeinó con mucha agua de colonia, como a ella le gustaba (qué segundos de agonía entre vapores perfumados) y me trajo aquí muy decidida.
Me encontré con que había un montón de mesas blancas plegables por toda la plaza. Entonces me explicó que me había inscrito en un concurso de dibujo, pues le hacía ilusión que su nieto participara. Yo debía ser muy pequeño porque no vino conmigo mi hermano, que luego resultó ser el dibujante nato de la familia.
Ni siquiera me dio tiempo a pensar que yo no sabía dibujar pues inmediatamente me sentaron ante una de aquellas mesas, con lápiz, borrador, colores y folio en blanco y me pidieron que plasmara en el papel el rincón de la Plaza que prefiriera.
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—¿Por qué no pintas la estatua? —me propuso mi abuela.
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Pero yo levanté la vista para mirar a Castelar subido en aquella columna con el brazo en alto, como dando un discurso silencioso a la muchedumbre, y decliné la oferta. Aquello era muy difícil.
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Me decanté por dibujar un banco, una fuente y unos pajarillos picoteando migas de pan. De vez en cuando alzaba la vista del papel para curiosear en los dibujos de los niños que me rodeaban. Algunos sí se habían atrevido a inmortalizar al orador de la columna y aún tengo la imagen de uno que estaba quedando realmente bien.
Cuando terminé y vi el resultado final del mío, recuerdo que no me gustó en absoluto, pero mi abuela me lo tomó de las manos para exclamar:
—¡Precioso, hijo, lo has hecho precioso!
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Ni que decir tiene que no gané premio alguno, aunque sí me dieron algún detalle relacionado con material escolar, pero era algo que entregaron a todos aquellos niños por participar.
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Hoy, desde la enorme distancia que me separa de aquel día, me emociona recordar a mi abuela, sentada satisfecha a mi lado, mirándome dibujar durante todo el tiempo que estuve concentrado en mi trabajo.
Cuánto ha llovido.
Daría cualquier cosa por volver a revivir aquella mañana de domingo con ella.
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Paralelamente, mi amigo Txema, me enviaba otra foto que había descubierto en internet.

Txema es vecino y amigo desde la infancia. Hemos crecido a la par, montados en nuestras bicicletas, haciendo excursiones, espiando por la ventana de una vecina cuando se iba a acostar, yéndonos de viaje con padres primero y solos después...
Para Txema era sagrado oír en la radio las crónicas de deportes, sobre todo las de José María García, lo que para mí era siempre un aburrimiento. Hoy es periodista deportivo, aquello que siempre soñó.
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De pequeños empezamos en el mismo colegio, pero Txema se cambió pronto a otro y siempre nos hemos "peleado" al defender el de cada cual como el mejor. Por eso, cuando descubrió esta foto me la envió añadiendo una nota: Te va a gustar.
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¡Y tanto que me gustó! Imaginad la impresión que me produjo volver a ver de golpe a mis tres profesores del cole sentados juntos en la cafetería de aquella plaza, en alguno de aquellos recreos. Y verlos tal y como yo los recuerdo hoy, con la perspectiva del niño de entonces.


.Ahí están, como si no hubiera pasado el tiempo, de izquierda a derecha: Don Antonio, Don Paco, ya fallecido, y Don Tomás.
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Todavía si los encontrara hoy, no podría quitarles ese Don con que les tratábamos. De igual forma que seguiría llamando Señorita a la única profesora que falta en la foto, la Señorita Lola, que fue nuestra maestra en 3º, 4º y 5º de EGB.
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En 6º lo fue Don Paco, que era todo un revolucionario para la época, vistiendo siempre informal, con vaqueros y camisa desabrochada, y mucho más liberal que el resto. Nosotros lo llamábamos Sandokan, por la barba. Qué pocas veces se quitó esas enormes gafas de sol que le caracterizaban.
Era un fumador compulsivo y aquello agravó fatalmente su salud.
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Don Tomás fue nuestro tutor en 7º. Era bastante ameno dando sus clases de Historia, pero no había cosa que más le crispara que alguien lo desconcentrara mientras explicaba las lecciones. Si eso ocurría se levantaba tranquilamente de su mesa y sin dejar de exponer el tema que tuviéramos entre manos se acercaba al punto de donde venía el cuchicheo, agarraba del pelo al infractor, le daba unas catorce vueltas a la cabeza tirándole del pelo y volvía a su sitio.
No se volvía a escuchar ni el vuelo de una mosca.
Recuerdo cómo mirábamos de reojo al afectado en cuestión, que se sacudía, con lágrimas en los ojos, los pelos arrancados.

Es un pena que recuerde tan pocas cosas de él y que sean estas escenas la que han sobrevivido en mi memoria.
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Y en el último curso, antes de marcharnos al Instituto, Don Antonio, el más serio de los tres y al mismo tiempo el más divertido.
De Don Antonio recuerdo sus lecciones de Literatura:

"Escriban: Don Jacinto Benavente, escritor del siglo veinte... jeje"
...sus expresiones: "Nenico, o te callas o te suelto un soplamocos..."
...sus paridas: "Azucena, en tu casa te dirán por la noche: "Azu, cena", ¿verdad?"

Pero sobre todo su forma de hacernos reír contándonos sus chascarrillos con un amigo —nunca supimos si real o imaginario—, que él llamaba "mi amigo Sarasate".
—Hoy me he encontrado en la calle con mi amigo Sarasate —comenzaba de repente. Y toda la clase, sólo con eso, empezábamos a reír.
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Y por encima de todo, de Don Antonio recuerdo algo que conté en una de las primeras entradas que escribí en el blog, sobre aquellas veces en que, sin esperarlo, me preguntaba: "Cabrera, ¿eres feliz?"
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Isabel, Txema, un millón de gracias por estas fotos. Espero que sigamos en contacto muchos años más, compartiendo recuerdos y todos los momentos de felicidad posibles.
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El blog de Isabel: http://micasaestucasa-isabel.blogspot.com/
El blog de Txema: http://txema-rico.blogspot.com/

26 de octubre de 2009

ADIÓS A UNA ÉPOCA

Esta es la tercera entrada consecutiva que dedico al Colegio Lloret. También la última.

Tenía muy claro, cuando me senté a escribir sobre aquella época de estudiante de primaria, que dejaría constancia de cómo era el edificio que nos albergaba, que recordaría a los profesores y que me dejaría llevar por el torrente de recuerdos de aquella etapa escolar.
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Para documentar la entrada busqué información en internet, pero no encontré datos ni foto alguna, por lo que me complace comprobar que ahora sí aparece lo que he escrito. De esta manera queda plasmada una muestra de pequeños fragmentos de la historia de un colegio, de mi colegio. Quizás esto permita que puedan llegar hasta mí antiguos alumnos.
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Con mi amigo Juan Luis, compañero y amigo desde aquella etapa de mi vida, suelo bromear acerca de la necesidad de volver a recuperar cosas de nuestra infancia que han desaparecido y que el peso de la nostalgia nos las hacen más atractivas que las actuales.
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—Definitivamente tenemos que ponernos manos a la obra —empieza él —. Lo primero que hay que hacer es tirar todos los móviles a la basura.
—¿A la basura? Mejor al váter —le secundo yo.
—Y quemar todas las Play Station del mundo, y las Wii y los MP3 y todas esas monsergas.
—Eso, eso, los niños a jugar a la calle con las canicas y las chapas.
—Y destruir todos los canales de televisión. Sólo dejar la Primera y la Segunda cadena.
—Y que vuelva a llamarse UHF.
—Por supuesto, y que la tele acabe pronto. ¡Y a la cama!  Nada de programas de teletienda de madrugada. Que vuelva La Clave, y El hombre y la tierra y el Un, dos, tres en blanco y negro.
—¿En blanco y negro? ¿Es necesario que sea en blanco y negro?
—Sí, mira, yo sé que habrá dolor, mucho dolor, pero es necesario.
—Entonces, internet... ¿desaparecerá también?
—¡¡Cómo!! ¡Y tanto!
—Joder, sí que va a ser duro.
—Y nada de Carrefures, ni Mercadonas: los ultramarinos de barrio de toda la vida y la tienda de Rosarito.
—¡Pero Rosarito murió!
—Pues se la resucita. En todo caso hay que volver a construir Galerias Preciados, que sí es de la época. Y volver a levantar piedra sobre piedra todos los cines en la ciudad y demoler las salas multicines de las afueras. Y que se vuelva a estrenar Tiburón.
—Tremendo, tío, tenemos muchísimo trabajo por delante, ¿eh?
—Mucho, mucho, pero necesario.
—Oye, ¿cuándo empezamos? ¿Tiramos ya los móviles al retrete?
—Estoo..., no, si eso ya empezamos mañana.
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Estas conversaciones son habituales entre nosotros.
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Hace unos años (tres o cuatro diría yo, pero no me atrevo a asegurarlo porque parece que al tiempo le guste jugar al despiste conmigo) Juan Luis me llamó por teléfono:
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—Oye, el trabajo de recuperar nuestra España sigue en aumento.
—¿Y eso?
- También tendremos que volver a construir el Lloret, porque lo van a derribar para hacer un edificio de viviendas.
—¡¡Qué me dices!!
—Lo que oyes. Adiós al último reducto de nuestra niñez.
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A ambos nos dio mucha pena que nuestro colegio fuera a ser demolido, por eso me pareció una excelente idea la que tuvo de pedir permiso al constructor para poder visitarlo por última vez.

El constructor resultó ser un tipo muy cordial que enseguida entendió nuestro sentimental motivo de querer acceder al edificio y se ofreció gustoso a abrirnos la puerta. Así que quedamos una mañana delante del colegio y yo me presenté con mi cámara de video.
Costó mucho abrir la puerta principal; la humedad la había atascado. Fueron momentos de mucha emoción porque ninguno de los dos habíamos vuelto a entrar ¡¡en más de 20 años!!
Y os puedo asegurar que nada más abrir la puerta y acceder vivimos un auténtico viaje en el tiempo.
Todo estaba exactamente igual a como lo recordábamos, si bien parecía más pequeño y, lógicamente, en peor estado.
El Colegio Lloret; el edificio gris del centro de la foto.
Los aseos del patio. Izquierda niñas, derecha niños.
Me gustaban mucho los días de lluvia en los que el suelo se tornaba de un rojo vivo.
El cielo se encapotaba y había que encender las luces, lo que creaba una atmósfera de mayor recogimiento. Aquel sonido de las gotas contra las ventanas y el agua cayendo por los canales mientras en el calor de la clase el aroma de los lápices y las gomas de borrar se hacía más intenso. Inolvidable.
"Caaam-pooo, caaam-pooo", cantábamos todos en el patio con las miradas puestas en este hueco 
por el que debía asomar Don Miguel para hacernos callar o para darnos el consentimiento 
de un día al aire libre.
"A ver, Cabrera: Baleares"
Yo me ponía en pie y empezaba a recitar.
Los ojos de los compañeros puestos en mí, esperando el momento divertido.
"Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera... y Cabrera"
"¿Es tuya la isla? " "Por supuesto que sí", decía yo.
"Los niños de 5º se despiden" quedó escrito en esta pizarra. Y una fecha: 22 de junio de 1992.
El colegio no cumplía los requisitos de las nuevas leyes de educación y tuvo que ser cerrado.

Loli Bellot reía de una forma tan contagiosa que toda la clase terminaba a carcajadas.
Cuando por fin se le pasaba ese ataque de hilaridad y volvía el silencio,
Don Antonio decía: "¿Se ha callado la gallina?"
Y, hala, ¡vuelta a empezar! (Para que luego dijeran que era el profesor más serio)

Javi y Pablo eran mellizos que no se parecían en nada. Formaban parte del grupo de "los gamberros". Javi se llevaba bien conmigo, todo lo contrario que su hermano, que fumaba a escondidas y yo, por ese motivo, lo miraba con recelo.

Los alumnos que llevábamos los estudios algo flojos teníamos la opción de asistir a
las "clases nocturnas" que impartían los mismos profesores
de 6 a 8 de la tarde por 1000 pesetas al mes.
Antes de entrar, mi madre se acercaba con su coche y mi hermano y yo merendábamos con ella en el interior del vehículo. En las frías tardes de invierno traía a veces boniatos recién sacados del horno. Aquellos momentos se han convertido en felices e imborrables episodios de mi vida.

Orlas y diplomas que encontramos en el despacho de Don Miguel, aquel lugar en el que se aprendía a sumar "bajo presión" y que nos pareció diminuto al volverlo a ver.


Pocas semanas después de aquella última visita, el Colegio Lloret pasaba a formar parte del recuerdo. En su lugar hay hoy un edificio que, al menos, le brinda un homenaje.
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¿No es triste que desaparezca un colegio?
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Han pasado muchos años pero, cuando quiero, cierro los ojos y puedo burlar el inexorable paso del tiempo para volver a estar allí y sentirlo todo al alcance de mis sentidos.