Sólo hay algo que supere a la belleza de un prado colmado de amapolas bajo un luminoso cielo azul:
la visión de un zombi caminando entre ellas.
JRD
Mi mujer no logra entender que me apasionen los zombis.
Es comprensible.
Si le digo la verdad, que la visión de un muerto viviente con su torpe caminar me produce un magnetismo inmediato, me mira raro.
Cuando un rostro putrefacto, que en un primer plano deja ver sus dientes a través de los descarnados huecos de sus mejillas, me hace exclamar: “¡Qué maravilla!”, ella quiere pensar que bromeo, pero me vuelve a mirar raro.
Quizás no sea muy sensato decirlo en voz alta.
Es por eso que no ahondo más en el tema, para no sobrepasar algún límite que sea incapaz de soportar.
No quiero ni imaginar cuál sería su reacción si le dijera que no existe para mí emoción comparable a la del sonido de unos pasos que hacen crujir la hojarasca del bosque, seguido de un agónico jadeo que se aproxima y la consiguiente aparición de un ser andrajoso tambaleándose entre los árboles. Es brutalmente hermoso.
Como indescriptiblemente bella es la imagen de una ciudad vacía, de avenidas desiertas, coches abandonados y papeles que se dejan llevar por la brisa que los empuja. Inigualable ese silencio que no se parece a ningún otro, y la casi tangible sensación, que nace en el estómago, de un peligro inminente acechando en cada esquina.
No me atrevo a declararme un entendido en el cine de zombis, a pesar de haber visto muchas películas de este género, entre otras cosas porque sé que mi análisis sobre este tipo de películas tendría serias discrepancias con la opinión de la mayoría. Digamos pues que soy un zombiólogo con ideas propias esperando crear una nueva línea argumental.
Para empezar, el cine de zombis no me parece un subgénero del cine de terror, sino un género en sí mismo.
Y además no lo considero Terror, el cine de zombis es puro Realismo futurromántico.
Si no fuera porque no quiero aburrir a nadie sobre el tema (y porque me preocupa el que a algún lector le esté apareciendo en la cara esa mueca que se le pone a mi mujer) os enumeraría las muchas notas que sobre el tema llevo escritas y que sin duda me servirían para desarrollar una tesis con el título: Belleza y lirismo en la zombiología.
Quisiera dejar expuestas, eso sí, las notas que considero básicas para dar a conocer mis premisas fundamentales como zombiólogo apasionado.
1) Un auténtico zombiólogo da por veraz y lógica la posibilidad de que un virus devastador se instalara en el cerebro de los humanos y fuera capaz de volver a poner en funcionamiento un cuerpo por el que ya no corre la sangre. Un virus tan potente mantendría en activo el cuerpo invadido mientras su cerebro estuviera intacto. Así pues, de nada servirá que el zombi sea decapitado: su cabeza seguirá intentando morder. Si el zombi es quemado, su cuerpo carbonizado seguirá caminando, si el zombi queda flotando en un pantano durante meses y el agua deshace su carne como gelatina y los peces se comen sus entrañas, nada variará mientras el virus siga instalado en el cerebro; a la menor ocasión morderá con fuerza.
2) Un zombi hecho y derecho es aquel que camina lentamente, es incapaz de correr y tiene una inteligencia muy limitada. Su único impulso es el de aplacar su insaciable apetito de carne fresca, preferiblemente humana.
Entran en este grupo de zombis clásicos aquellos que aparecieron en varias películas de George A. Romero , especialmente en La noche de los muertos vivientes (1968)
3) En películas como 28 días después (Danny Boyle, 2002), Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007) o Guerra Mundial Z (Marc Forster, 2013) , los zombis son muy veloces, extremadamente violentos e inteligentes. A pesar de que mi amor hacia todo zombi es incondicional, prefiero mil veces los zombis de pasitos cortos, o sea, los clásicos.
4) El gran encanto en el dramático enfrentamiento entre muertos vivientes y supervivientes radica en el hecho de que hay una justa compensación en las fuerzas. Hay muchos más zombis que seres humanos, pero dada su escasa velocidad para desplazarse y su corta inteligencia, es fácil huir de ellos.
El problema surge si te rodean, si corriendo te tuerces el tobillo o si en el supermercado te sorprende alguno por detrás de las magdalenas.
Por otra parte, sus cráneos son fáciles de perforar; con un sencillo bolígrafo podrías matar a un zombi si eres rápido. Pero una vez más las fuerzas se compensan: hasta el zombi más enclenque y desdentado, a la hora de cerrar la boca tiene la misma embestida que un bulldog mordiendo un merengue.
5) Todo amante de los zombis los sitúa a priori en los Estados Unidos, pero sabe que la plaga ha invadido la Tierra en su totalidad. Si existen zombis en Wisconsin, existen también en Teruel, aunque Teruel no exista.
Es bastante incómodo imaginar zombis en Cuenca o en Chiclana de la Frontera, pero ahí están, por lógica y derecho propio.
Pero lejos de los USA ha habido zombis tan dignos como los lisboetas de La noche del terror ciego (Amando de Ossorio, 1971), los italianos de Mi novia es un zombi (Michele Soavi, 1994) o los barceloneses de REC (Jaume Balagueró, 2007)
6) Un verdadero amante de los zombis no criticará jamás la fabulosa serie de TV The walking dead (Frank Darabont, 2010) , auténtica biblia de la zombiología y el mejor exponente de cómo han de comportarse zombis y seres humanos para que no se rompa esa armonía y esa estética que consigue que los zombiólogos veamos poesía en lo apocalíptico, belleza en lo decadente y pura emoción en la supervivencia.
7) ¡¡Vivan los muertos vivientes!! ¡¡Que no mueran jamás los zombis!!
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Nota:
Acepto cualquier disconformidad sobre el asunto, así como toda adhesión a la causa zombi.
Les ruego me dejen algún comentario a favor o en contra y me permitan ejercer mi papel de guionista aficionado, para, próximamente, incluir en el guion de una película de zombis a todos los que dejen un comentario. Intentaré que sea de las buenas buenas.
ACTUALIZACIÓN (28/12/2015): Queda cerrada admisión de protagonistas. ¡Gracias a todos!