2 de agosto de 2008

LOS COLORES DE LA BOHEME (1ª parte)

Raul, al principio.

Su madre se mostró siempre reacia a abrirle el piso de arriba. Alegaba que estaba sucio y en malas condiciones. Pero cuando se acercaron las oposiciones cedió en su negativa y permitió que su hijo subiera. Reconocía que con dos hermanos tan alborotadores no se podría concentrar y consideró preferible que estudiara allí.

La primera sensación que tuvo Raul al traspasar el umbral aquella mañana, permanecería en su memoria para siempre. El piso estaba vacío pero olía a libros, a papel. Y aquella luz... Fue un instante mágico que evocaría muchas veces a lo largo de su vida.

Cuando su madre le dejó a solas advirtiéndole de antemano que no utilizara el cuarto de baño por estar estropeado y que bajara puntual a la hora de comer, él aprovechó para explorar cada sala con el interés de quien lleva tantos tiempo acariciando un deseo.
Tenía poco por ver en realidad pues el único mobiliario que halló fue una mesa apolillada que cojeaba visiblemente y una única silla pintada de rojo carmín arrimada a la pared.
Apiladas en un extremo del pasillo, varias cajas vacías de refrescos habían servido durante años como aburrida vivienda de arañas y cucarachas.
Sus pasos le llevaron hacia el único y triste armario empotrado en donde colgaban seis esqueléticas perchas de alambre con el aspecto de haber sido abandonadas allí mucho tiempo atrás.
Por efecto de la humedad, la puerta del aseo se había hinchado y quedaba atascada al intentar abrirla. El hecho de que, además de advertido de su inutilidad, la bombilla exhalara su último destello al accionar el interruptor, le hicieron desistir en su empeño de indagar su interior.
La cocina le pareció lo peor. Pensó que jamás podría cocinar allí dada la falta de medios y la manifiesta podredumbre.
Quedaba evidente un amplio hueco donde antaño debió ronronear algún viejo frigorífico y absolutamente nada halló en los cajones mas que un puñado de secos ajos envueltos en papel de periódico, unos paños de color hueso y un rancio aroma de especias que debieron estar y ya no estaban.
Grietas, telarañas, manchas de humedad, polvo sobre polvo...
En realidad, la única nota de color en toda la casa la daba aquella silla roja del salón.
Cuando la miró por segunda vez se encariñó enórmemente de ella.
Se quedó observándola fijamente durante largo tiempo.
Una sonrisa afloró a sus labios cuando pensó que recomenzaría todo a partir de aquella silla.


Carmina, al principio.


9 marzo 198..

No voy a engañarme a mí misma. El piso está hecho un asco. Es viejo, casi ruinoso, pero la luz que tiene me alegra el corazón. De momento es lo único que me puedo permitir.


10 marzo 198..

Acabo de subir las últimas cajas que me quedaban. Estoy agotada. Me agobia pensar en el trabajo que me queda por delante. Pero estoy contenta. Me he familiarizado con este lugar y sé que seré capaz de sacarle provecho.

(Fum también parece feliz aquí)

12 marzo 198..

Al fin he podido abrir la puerta que da a la terracita y empaparme de sol. Es un lugar encantador. Mañana la despejaré de trastos y conseguiré algunas macetas de geranios. Tengo que comprar una regadera también.

15 marzo de 198..

Hoy me puedo sentar con más tiempo a escribir y decir que me siento orgullosa de cómo estoy transformándolo todo. Esto era un lugar triste y gris pero ahora, cada vez que entro en casa lo encuentro más agradable y colorido.
Me falta mucho aún pero poco a poco me parece más un hogar.
Esta tarde han subido a presentarse las dos vecinas de abajo. Se llaman Salud y Llanos y son encantadoras. Me han obsequiado con dos macetas para darme la bienvenida y las he invitado a un café con leche en la terracita. Como yo no tenía silla me he sentado sobre un montón de cojines.
Me han contado muchas cosas. Salud es viuda desde hace 11 años y tenía un estanco. Llanos nunca se casó y vivía con una tía suya que ya murió. No me ha dado mucho tiempo a hablarles de mí porque se ha puesto a llover y han vuelto a sus casas.
Fum también ha regresado rápido de sus largos paseos por los tejados del vecindario porque la lluvia no le gusta nada.

16 marzo 198..


Era de esperar. Anoche tuve goteras.
Por el pasillo y el salón. Me tocó poner rápidamente dos cubos y dos jarras con trapos en el fondo porque el ruido de las gotas no me dejaba dormir.
En mi dormitorio no hay goteras, por fortuna, aunque una gran esquina del techo la ocupa una antigua mancha de humedad. Es enorme. Hay otra un poco más pequeña en la esquina diagonal.
Al principio me parecían horrorosas, pero a fuerza de mirarlas cada noche desde la cama antes de apagar la luz, he observado que en realidad tienen la forma de un gran tulipán que quiere crecer para alcanzar la rosa a la que mira. Están pintadas con todas las gamas posibles de marrón y amarillo y ahora me parecen maravillosas.

1 comentario:

Carmina, la 8ª inquilina dijo...

Fum y yo te saludamos desde nuestro hogar, porque el tio no paga el alquiler, pero se ha adueñao de la mitad del pisito...

Cuanta verdad hay en un articulos, como podemos acabar convirtiendo en algo nuestro, algo que al principio nos resulta tan extraño e inhospito.

Mucha suerte a los futuros Raul@s y Carmin@s y enhorabuena a los que ya lo son de un modo u otro.