(Dedico esta entrada a mi padre, por ese amor a Las Casas que comparto)
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Eran los tiempos de la inconsciencia y la despreocupación, aquellos años de espíritu libre en los que no había problema alguno para caer rendido de sueño por las noches y dormir de un tirón hasta el nuevo día.
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Me encontraba en el periodo de vacaciones de la Semana Santa, con una montaña de apuntes por pasar a limpio y más temas que estudiar de los que me apetecía. Pero me bullía dentro un deseo por hacer algo que llevaba planeado para esos días de descanso que por fin habían llegado. Sabía que aprovecharía mucho mejor el tiempo y todo tendría un mayor aliciente si me largaba unos días y me recluía yo solo en aquella casa.
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–¿Allí te vas estudiar? Pero si no hay agua, ni luz eléctrica... —advertía extrañada mi madre
—Da igual. No necesito nada de eso. Me apetece mucho estar allí yo solo.
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Mi padre, que siempre ha tenido alma de Robinson, me comprendió perfectamente y me dio las llaves, además de instrucciones para abrir la llave de paso exterior y acoplar una manguera que me permitiera disponer de agua para asearme.
No recuerdo con precisión qué viandas me llevé, sólo que puse a hervir una gran olla de arroz y que me sirvió como base para acompañar todo lo demás. Y que cuando necesitaba algo de dulce mezclaba ese arroz con miel.
Con todos los apuntes de la Universidad, la comida, el agua, unas sábanas, una manta, una pequeña radio y algunas velas monté en el coche y me dirigí hacia Las Casas del Señor.
Me encontraba en el periodo de vacaciones de la Semana Santa, con una montaña de apuntes por pasar a limpio y más temas que estudiar de los que me apetecía. Pero me bullía dentro un deseo por hacer algo que llevaba planeado para esos días de descanso que por fin habían llegado. Sabía que aprovecharía mucho mejor el tiempo y todo tendría un mayor aliciente si me largaba unos días y me recluía yo solo en aquella casa.
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–¿Allí te vas estudiar? Pero si no hay agua, ni luz eléctrica... —advertía extrañada mi madre
—Da igual. No necesito nada de eso. Me apetece mucho estar allí yo solo.
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Mi padre, que siempre ha tenido alma de Robinson, me comprendió perfectamente y me dio las llaves, además de instrucciones para abrir la llave de paso exterior y acoplar una manguera que me permitiera disponer de agua para asearme.
No recuerdo con precisión qué viandas me llevé, sólo que puse a hervir una gran olla de arroz y que me sirvió como base para acompañar todo lo demás. Y que cuando necesitaba algo de dulce mezclaba ese arroz con miel.
Con todos los apuntes de la Universidad, la comida, el agua, unas sábanas, una manta, una pequeña radio y algunas velas monté en el coche y me dirigí hacia Las Casas del Señor.
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Las Casas del Señor es una pedanía situada a 12 kms de Monóvar que por siempre estará ligada a los recuerdos de mi familia.
Las Casas del Señor es una pedanía situada a 12 kms de Monóvar que por siempre estará ligada a los recuerdos de mi familia.
Mi padre veraneaba allí de niño y tanto se impregnaron sus retinas de aquel paisaje que ya no pudo desvincularse de él jamás y terminó por contagiarnos su amor por el lugar.
Pueblo pequeño y recogido en el que todo el mundo se conoce, con un campanario visible desde cualquier punto y una sierra paralela de grandes pinadas en su frente.
Pueblo pequeño y recogido en el que todo el mundo se conoce, con un campanario visible desde cualquier punto y una sierra paralela de grandes pinadas en su frente.
En la época en la que sitúo este relato acababa de comprar una casa antigua en la que estaba haciendo unas reformas con la intención de mejorarla y venderla. Yo sólo la había visto una vez y muy de pasada, pero recordaba una habitación con una cama de tiempos de maricastaña y un patio central abierto y muy agreste que sin duda había servido como corral en otros tiempos.
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Llegué al atardecer, con la suficiente luz todavía como para adecentar aquella habitación, preparar la cama y buscar un lugar apropiado para todo lo que había llevado. Cuando terminé apenas había luz y no quise dar un vistazo al resto de la casa porque, aunque no tenía miedo, (entonces no lo tenía) prefería no sugestionarme ante cómo se ven las cosas cuando se alargan las sombras.
Encerrado en aquella habitación, que se convertiría en mi cuartel general, cené a la luz de un par de velas acompañado por el sonido de las voces de la radio. Me encontraba tan a gusto, me sentía tan libre... Cuando llegó la hora de acostarme empujé una de las esquinas de la cama contra la puerta. Porque nunca se sabe...
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Fueron días muy soleados los que disfruté en aquella casa. A la mañana siguiente desayuné en el patio, que estaba totalmente invadido por la hierba y comencé a estudiar también allí afuera. Horas después tenía mi camiseta liada en la cabeza y me iba refrescando con la manguera para soportar mejor el sol. Era una delicia tanta quietud, tanto silencio que sólo rompía el zumbido de alguna abeja remoloneando entre las flores o el tañido de la campana de la iglesia en la distancia. A veces dejaba los apuntes en el suelo y observaba lo que me rodeaba. Alguna lagartija se asomaba entre las piedras a tomar el sol conmigo, un pajarillo entraba y salía del hueco de uno de los muros, un par de mariposas blancas jugaban a hacer zigzags contra el azul del cielo... Nada, absolutamente nada valía más que aquellos precisos momentos.
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Cansado finalmente de mis tareas académicas me coloqué un viejo sombrero de paja que encontré en alguna percha y salí a dar una vuelta. Me encaminé hacia El Almorquí, que es un enorme caserío abandonado a un kilómetro y medio de Las Casas.
Encerrado en aquella habitación, que se convertiría en mi cuartel general, cené a la luz de un par de velas acompañado por el sonido de las voces de la radio. Me encontraba tan a gusto, me sentía tan libre... Cuando llegó la hora de acostarme empujé una de las esquinas de la cama contra la puerta. Porque nunca se sabe...
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Fueron días muy soleados los que disfruté en aquella casa. A la mañana siguiente desayuné en el patio, que estaba totalmente invadido por la hierba y comencé a estudiar también allí afuera. Horas después tenía mi camiseta liada en la cabeza y me iba refrescando con la manguera para soportar mejor el sol. Era una delicia tanta quietud, tanto silencio que sólo rompía el zumbido de alguna abeja remoloneando entre las flores o el tañido de la campana de la iglesia en la distancia. A veces dejaba los apuntes en el suelo y observaba lo que me rodeaba. Alguna lagartija se asomaba entre las piedras a tomar el sol conmigo, un pajarillo entraba y salía del hueco de uno de los muros, un par de mariposas blancas jugaban a hacer zigzags contra el azul del cielo... Nada, absolutamente nada valía más que aquellos precisos momentos.
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Cansado finalmente de mis tareas académicas me coloqué un viejo sombrero de paja que encontré en alguna percha y salí a dar una vuelta. Me encaminé hacia El Almorquí, que es un enorme caserío abandonado a un kilómetro y medio de Las Casas.

El Almorquí es un lugar sobrecogedor. Siempre que lo he visitado con familiares o amigos me ha parecido encontrarme en un decorado de la posguerra, con casas semiderruidas mostrando largas vigas de madera apuntaladas en algunas paredes que se resisten a sucumbir a pesar del paso del tiempo. No se le puede negar un aire misterioso a todo el conjunto, no obstante he sentido siempre una irresistible atracción por aquel caserío centenario.
Una vez más lo volvía a explorar, pero esta vez yo solo.



La cálida temperatura exterior contrastaba notablemente con la fresca atmósfera que se sentía dentro de cualquiera de aquellas casas vacías en las que ya sólo habita el silencio. Como ya escribí en una ocasión: Las casas abandonadas acaban derrumbándose porque no soportan el peso de la ausencia.



Me producía una peculiar desazón encontrar antiguos calendarios de los años 60 y 70 colgados en algunas paredes, como si el tiempo se hubiera detenido en aquellos lugares para siempre haciendo huir a la vida por cualquier ventana. De igual forma resultaba inquietante encontrar botellas o platos sobre las mesas, como si hubieran quedado congeladas escenas cotidianas de convivencia familiar.


Encontré puertas que daban acceso a otras puertas hacia más puertas.

En uno de los pisos superiores de una de aquellas casas encontré un viejo baúl de madera que llamó mi atención y no me pude resistir a abrirlo. Un desorden de viejos papeles, amarillentos y quebradizos apareció ante mis ojos a la luz de una pequeña ventana. La brisa silbaba a través de algunas rendijas y hacía temblar a intervalos los cristales. (Si no fuera por el maravilloso día exterior hubiera salido de allí volando)

Al curiosear entre aquellos papeles descubrí algo con vida propia: cartas. Cartas fechadas en los años 30 y 40. Cartas destinadas a hombres y a mujeres. Trozos de vida grabada en papel con letra picuda difícil de descifrar.
Estuve leyendo algunas y en todas predominaba la nostalgia y el deseo de reencuentros. En algunas de ellas me pareció percibir el aroma de la lavanda. Tuve el impulso de llevármelas todas pero pensé que tal vez no las supiera conservar tantos años como debían estar allí y preferí dejarlas durmiendo en el olvido para siempre.

Sí me llevé de todas formas, la más antigua que encontré, fechada en el año 1911, así como algunos papeles que me llamaron la atención, entre ellos uno del Doctor Pertejo, que fue un médico de Elda al que llegué a conocer siendo niño pues fue médico de mi familia. Qué curioso comprobar que se desplazaba a El Almorquí a atender a sus pacientes. Pensar que había muerto hacía tantos años y que yo encontraba una nota escrita de su puño y letra en semejante lugar resultaba tan paradójico. Al tiempo y las casualidades les debe gustar jugar al escondite.

Otra cosa que allí encontré es un almanaque de bolsillo del año 1910. Fue precisamente al volver a verlo recientemente en mi álbum de recuerdos, cuando decidí escribir hoy esto, pues me parece fascinante que se cumplan 100 años desde que se editó y una veintena desde aquella inolvidable experiencia en el interior de las casas de El Almorquí.

Sí me llevé de todas formas, la más antigua que encontré, fechada en el año 1911, así como algunos papeles que me llamaron la atención, entre ellos uno del Doctor Pertejo, que fue un médico de Elda al que llegué a conocer siendo niño pues fue médico de mi familia. Qué curioso comprobar que se desplazaba a El Almorquí a atender a sus pacientes. Pensar que había muerto hacía tantos años y que yo encontraba una nota escrita de su puño y letra en semejante lugar resultaba tan paradójico. Al tiempo y las casualidades les debe gustar jugar al escondite.

Otra cosa que allí encontré es un almanaque de bolsillo del año 1910. Fue precisamente al volver a verlo recientemente en mi álbum de recuerdos, cuando decidí escribir hoy esto, pues me parece fascinante que se cumplan 100 años desde que se editó y una veintena desde aquella inolvidable experiencia en el interior de las casas de El Almorquí.
Al cruzarme con algunos de los hombres y mujeres del pueblo nos saludamos amablemente.
Las campanas repicaban pues debía empezar la misa pero yo me metí en mi convento de clausura particular, aquel de la paz y el silencio, el de las lagartijas en su patio, el del arroz con miel y las velas.
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Aquella casa se vendió finalmente.
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Nunca he vuelto a vivir una experiencia como aquella en la que fui un feliz ermitaño que se alimentó de soledad por propia voluntad, cuando cada día se presentaba con tantas ganas de ser estrenado y cada noche, rendido de sueño, apagaba de un soplido la vela que iluminaba la estancia y dormía de un tirón hasta el nuevo amanecer.
Aquella casa se vendió finalmente.
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Nunca he vuelto a vivir una experiencia como aquella en la que fui un feliz ermitaño que se alimentó de soledad por propia voluntad, cuando cada día se presentaba con tantas ganas de ser estrenado y cada noche, rendido de sueño, apagaba de un soplido la vela que iluminaba la estancia y dormía de un tirón hasta el nuevo amanecer.


















