31 de marzo de 2025

LAS CARTAS DE LA MILI

 A los que me conocéis bien ya no os sorprenderá que conserve las cartas que escribí a mi familia durante el servicio militar. (¡Madre mía, es que lo guardo todo!)

En el año 1987, tras haber pasado un año entero entre Plasencia y Madrid, decidí ordenarlas  por fechas e inserté las cartas que mi familia me había enviado, que no fueron pocas. 

Entre que siempre me ha gustado escribir y contar las cosas con detalle y que ellos me escribían con frecuencia también, acabé reuniendo tal cantidad de cartas que me pareció que  la mejor opción era encuadernarlas. 

Hasta ahora nunca he hablado de la mili en el blog, así que hoy me toca hacer de abuelo Cebolleta y contar alguna "batallita". 

Aquí van algunos extractos de cartas fechadas en Madrid entre el 23 y 25 de julio de 1986.

***


Queridísima familia:

Esta carta iba a empezar así: 

“En Plasencia estaba infinitamente mejor, y he notado mucho el cambio”.

Pero ahora que ha pasado más tiempo empiezo a rectificar y comenzaré diciendo: 

“En Plasencia estaba muy bien, pero aquí no estoy tan mal.”

El tren llegó a Madrid a la hora de comer. Una vez en plena ciudad nos dividimos en grupos de compañeros que íbamos al mismo destino, y compramos unos bocadillos en un bar junto al parque del Retiro. 

Sobre las 6 cogimos el Metro a Carabanchel y en menos de una hora ya nos habíamos presentado en la Academia de Sanidad Militar.

Es inmensa. Está rodeando el Gómez Ulla, que es un hospital militar muy grande y hace que el conjunto impresione más. Como es lógico esa noche fue de mucho lío y no estuvimos nada bien. Había que pasar listas, tomar datos, distribuirnos… y se formó un follón de mil demonios. Hasta hubo que improvisar algunas camas y todo.

A la cena fuimos sin cubiertos y como no había manera de que nos los entregaran, tuvimos que comer con los dedos. Parece que no se podía hacer más en tan poco tiempo, pero todo se veía tan surrealista que estábamos realmente asustados. “¿¡Qué lugar era éste!?"

Por si eso fuera poco, a veces entrábamos en un sitio, salíamos, y si te hacían volver ya no sabias porque uno se desorientaba en seguida.

La gota que colmó el vaso de nuestros nervios vino por parte de los veteranos, que cuchicheando en las esquinas nos miraban y cuando tenían oportunidad nos decían cosas tan bonitas como: “Ya está aquí la carne fresca”... “Os vamos a matar”,... “No sabéis la que os espera, reclutas”,... “Pollitos, vais a morir todos...”

Al día siguiente se leían nuestros destinos. Nos dijeron que hasta hace poco cualquier destino dentro de la Academia de Sanidad tenía 15 días de trabajo y 15 de permiso. Con la última reducción de tropas y al disminuir el personal (indispensable para poder hacer relevos) la cosa ha cambiado mucho. Esa fue la primera decepción.

De todas formas, aún había servicios que tenían bastantes vacaciones, como el de APOYO (trabajos en el hospital), que suele ser de un mes de trabajo y quince días de vacaciones. Otros como INVESTIGACIÓN son un auténtico chollo en cuanto a tiempo libre. El de DESTINO tiene también sus ventajas en permisos, aunque ya no tan buenos.

El que nadie quería y que más miedo nos daba era el de POLICIA de ACADEMIA (P.A.), que es el cuerpo que vigila todo el recinto y hace las famosas guardias en el hospital, la puerta, las garitas… y es el que con menos permisos se ha quedado de todos. Además en la P.A. hay que estar extremadamente limpio y conjuntado y ser rápido y atento (¡es que no nos apetece a nadie!)

Pero yo tenía esperanza. De los aproximadamente 300 que llegamos, solo 60 irían a P.A.

Entonces fueron citando por nombres y apellidos con el destino adjudicado hasta que sonó el mío:

JUAN RAMÓN CABRERA RODRÍGUEZ - POLICÍA.

No creo que la sota de bastos haya terminado alguna vez tan “cagá” como la dejé en esos momentos. Fue como un puñetazo en el estómago. Solamente 60 entre 300… ¡y tenía que estar yo entre ellos!

Pero tras tanta desilusión fueron llegando las recompensas.

La compañía es muy grande para tan pocas personas, así que las instalaciones son amplias y en algunos aspectos parece un hotel de los buenos. Todo limpio, con suelos encerados, habitaciones frescas, con camas de mantas azules. Hay una taquilla por persona, no como en Plasencia, que había que compartirlas… Hay sala de recreo, e instalación para que se pueda escuchar la radio en cualquier parte (algo de lo que carecen los otros cuerpos (¡Toma ya!) Hasta hay un lugar para planchar, que no me hace ninguna ilusión, pero ahí está.

(…)

Los veteranos tienen distintos nombres según el tiempo que lleven aquí: Padracos, Abuelos y Bisas. Nosotros somos los cucos, los reclus o los pollos. Los BISAS (que se pintan una W en el brazo) son los que se licenciarán dentro de dos meses y los que por estar quemados tienen ganas de gastar novatadas.

En general se están portando bien, y algunos son muy buena gente (sobre todo los cabos). Pero siempre está el clásico malasombra al que se le va un poco la olla y disfruta haciéndote sufrir. 

Alguna noche les da por levantarse y mandar a cualquiera de su camarilla a que les traigan “pollos”. Y una vez reunidos en su camareta, uno pide que le hagan aire porque tiene calor, otro que le canten una nana porque no puede dormir o que bailen Los pajaritos, así porque sí. Otras veces quieren ver cómo desfilas con una fregona. Y los tienes que invitar a alguna cerveza en la cantina y cosas así. A mi solo me dan miedo si van bebidos, sobre todo un tal Belinchón, que cuando chilla se le ponen ojos de loco.

(…)

En mi compañía he vuelto a coincidir con siete compañeros de la 10ª Cía de Plasencia. Uno de ellos es José (Mortadelo), también de Elda, que nada más llegar lo colocaron de furriel en las oficinas y ha quedado exento de hacer guardias, además de tener un mes de trabajo y otro de permiso hasta el final. ¡Qué envidia me dio!

(…)

Fue entonces cuando por un pasillo de la compañía me encontré cara a cara con un Bisa “peligroso”. A los dos nos dio un vuelco el corazón. Supongo que ya sabéis de quién os hablo porque me prometió que iría a veros, porque ese día se marchaba a Elda de permiso. ¡Era PENALVA!, que está de policía aquí también. Imaginaos qué alegría me dio encontrarme con un compañero del Instituto con el que siempre me he llevado muy bien. Fue un bombazo.

Me presentó a todos los Bisas.

“Eh, a este ni tocarlo, ¡que es de mi pueblo!”

Estuvimos en la cantina un largo rato y por la tarde se marchó en tren a casa. ¡Qué suerte tienen algunos!

(…)

Me he apuntado para cabo. Hay que sacar el máximo partido a este destino tan monótono que me ha tocado. Necesitaba enchufarme donde fuese y entonces surgió una oportunidad. El Páter (que aquí es teniente coronel, nada menos) citó a todos los que tuvieran carrera universitaria o COU terminado. Al parecer era para asignarles buenos “chollos”. Pero en posteriores citas prescindió de los que tuvieran sólo COU. Entonces fue cuando me deprimí del todo. Una oportunidad que tenía…

(…)

Por la tarde hemos dado una vuelta por el centro de Madrid. Me he encontrado con compañeros que estuvieron en Plasencia y todos parecían haber tenido suerte. Al bajito de Petrel que llamábamos “Rambo” le ha tocado de recepcionista en la planta 13 del hospital. Allí sentado todo el día y con muchos permisos.

Vimos lugares muy chulos, como el Palacio de Oriente, que ya os mandaré en postal.

(…)

Querida familia.

Aquí estoy de nuevo.

Esto es una caja de sorpresas. Cada hora es distinta de la anterior y cada día que pasa trae una novedad.

Si ayer me acosté un poco deprimido hoy estoy feliz. Y mis motivos tengo.

Veréis, a las 8 de la mañana me encontraba subiendo y bajando la barrera para que entraran o salieran los coches, y preparado para hacer mi primera guardia. Ya estaba más que resignado y mentalizado a pasar horas en la garita. De repente llegó un cabo y dijo:

“Quién es Juan Cabrera, que lo llama el sargento”

El cabo primero me dio permiso para dejar mi puesto e ir a la compañía a verlo.

—¿Eres tú Juan Cabrera?

—¡A sus órdenes, mi sargento!

—A ver, de dónde eres.

—De Elda, Alicante.

—¿Qué estudios tienes?

—Hasta COU y Selectividad aprobados.

—Estupendo —dijo con cara de satisfacción— ¿A ti te interesaría ser el armero de la Policía? (¡¡A mí se me puso el corazón a mil!!) Es un curso muy bonito. Te sacarías el curso de armero, que está muy bien considerado”

A todo esto yo pensaba: sí, sí, sí, siiií.

 


26 de febrero de 2025

TE VOY A DAR LA CHAPA

Javi corría en el recreo cuando de repente se le contrajo el rostro en una mueca  y, tras dar dos saltos a la pata coja, se sentó en el suelo. Las chicas que estaban cerca lo miraron entre sorprendidas y curiosas.

El profesor, que había estado observando desde lejos, se acercó enseguida.

—¿Estás bien? —preguntó, agachándose junto a él.

Javi asintió, pero sentía una punzada en el tobillo.

—Me he torcido el pie —dijo tímidamente.

El profesor no dudó ni un segundo y le quitó el zapato con rapidez para ver si podía ayudar.

Y ahí quedó al descubierto un agujero en el calcetín por el que le asomaba el dedo gordo como un espectador curioso.

Un par de chicas soltaron una risita y Javi, completamente rojo, desvió la mirada al suelo, deseando que se lo tragara la tierra.  El profesor, ajeno a la situación, continuó revisando el tobillo, mientras Javi se moría de vergüenza.

—Bueno, yo creo que no es nada grave —dijo el profesor, levantando la vista y viendo la cara del muchacho—. Luego te pones un calcetín nuevo, ¡y listo!



Ramiro se apartó un momento del grupo durante la pausa. El trabajo le había resultado insoportable todo el día, y necesitaba un respiro. Sacó un cigarrillo, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo veía y lo encendió con rapidez. “Solo un minuto”, pensó.

Ni por un momento imaginó que don Toribio pudiera estar ese día en su despacho, observando a través de la persiana de lamas, y que había visto con claridad cómo un cigarro le humeaba entre los dedos.

Unos segundos después apareció ante él con cara de bulldog.

—¿Le parece que esto es profesional? —exclamó con esa mirada que helaba la sangre.

Ramiro tragó saliva, se le cayó el cigarro y lo aplastó con el pie.

—Era... Era sólo una calada, don Toribio. Para relajarme un poco. Es que hoy…

—¿Cuántas veces he dicho que está prohibidísimo fumar? —lo interrumpió, alzando la voz.

Ramiro intentó justificarse de nuevo, pero las palabras, como el humo, se le quedaron atrapadas en la garganta.

—Y además esta peste…   ¡Lávese las manos y que no lo vuelva a ver con un cigarro otra vez!

Cuando don Toribio se marchó, Ramiro recogió los restos del cigarro como si borrara la huella de un crimen y se dirigió al baño, rabioso por una bronca tan desproporcionada.



Nico está sentado en la mesa de la cocina, mirando con cara de asco el plato que tiene frente a él.

—No sé cómo puedes comer esto —dice, escarbando con el tenedor la mezcla de arroz, salsa de tomate y los restos de algo no identificado.

—Es lo que hay —responde Ernesto sin levantar la vista de su móvil—. Si no te gusta, hazte otra cosa.

—¡No es eso! Es que todos los días haces lo mismo. ¡Comida basura!

Ernesto se encoge de hombros, sin inmutarse.

—Mañana puedo hacer espaguetis a la boloñesa si quieres.

—¿En serio? ¡Eso suena genial!

Ernesto lo mira de reojo, levantando una ceja.

—Pero para eso necesito más pasta.

—¿Más pasta? —pregunta Nico.

—Literalmente, señor marqués —dice Ernesto con tono sarcástico—. No puedo hacer espaguetis con lo que hay en la nevera. Si quieres comer bien, tienes que poner más dinero en el bote. Es lo que acordamos.

—¡Qué poco enrollao eres, Ernestico! ¡Y qué mala vida me das!



Si en algo había acuerdo unánime era en el hecho de que Joanna McGregor tenía una belleza impecable, casi divina, una reencarnación de diosa griega.  Otro aspecto no tan admirable era su evidente obsesión con la imagen. Cada aparición pública era una exhibición de poses ensayadas y el lucimiento programado de un vestuario a la última moda. Se decía que no era capaz de salir a la calle sin una generosa capa de maquillaje o sin que el cabello estuviera perfectamente peinado.

Pero cuando le ofrecieron el papel de una enferma terminal, sorprendió a todos. Aceptó sin reservas, sin pedir retoques de imagen, ni condiciones. En el tercer día de rodaje, los técnicos la miraban asombrados cuando ella, sin dudar ni un instante, se sentó en la silla para que le raparan la cabeza al cero.

Los fotógrafos, que antes la habían seguido por su rostro perfecto, ahora captaban la piel sin maquillaje, el semblante demacrado, los ojos hinchados… Y a Joanna McGregor no le importaba lo más mínimo.

—¿Por qué aceptaste este papel? —le preguntó un periodista al final del rodaje.

Joanna le sonrió levemente.

—Porque me cansé de actuar para que la gente viera en mí a una diva. He preferido mostrar a la mujer que realmente quiero ser y lo que soy capaz de dar.



Arturo espera apoyado en el carrito del bebé bajo la sombra de un árbol frente al supermercado. Ha preferido no entrar por si el pequeño se despertara y empezara a llorar, así que se ha quedado fuera, distraído, viendo a la gente pasar.

Montse sale del supermercado con la bolsa en la mano y un suspiro de alivio.

—Ya lo tengo todo —dice, acercándose con paso rápido— Vamos para casa.

Arturo la mira, satisfecho, y empieza a andar.

Pero Montse se detiene de repente y revisa la lista.

—¡Ay, Arturo! —exclama— ¡La sal!

Él se queda mirándola sin decir nada y ella pone su cara de corderito bueno.

—Venga, cari…



 

31 de enero de 2025

RIENDO CON AITANA

 —Han abierto una tienda de padres en la calle Colón —empiezo a decirle a Aitana— donde venden padres serios que no hacen tonterías. 

Ella me mira con media sonrisa, porque ya sabe por dónde voy.

—Hazme caso —sigo diciendo—. Deberías pasar y mirar el escaparate. Creo que ahora están en oferta.

La primera vez que se lo dije me respondió que no iba a pasar porque "a mí me gusta que mi papi sea payasete". 

No podía haber argumentado mejor.

En mi familia siempre he sido (y sigo siendo) al que más le gusta hacer el tonto. Me gusta reírme de todo, incluso de mí mismo.  Ya era el más "pavo" en casa con mis hermanos y, como parece que esto no tiene cura, sigo siendo el guasón de mi familia.

La que mejor me entiende es Aitana. No es que llegue a mis niveles de pavancia, pero sí le gusta reír y me sigue las bromas mejor que nadie.


De vez en cuando repasa aquellas entradas del blog donde escribí anécdotas suyas y de Samuel y nos reímos mucho recordándolas. 

La verdad es que me parece mentira que yo empezara este blog cuando ella iba a la guardería (¿Quién peina a Aitana?) y que hoy siga escribiendo sobre ella ¡cuando faltan dos meses para que llegue a su mayoría de edad!

¡Que alguien le diga al tiempo que eche un poco el freno, gensanta!

Ya pasó aquella época en la que nuestros hijos venían con nosotros allá donde fuéramos. Ahora están en esa etapa con grupo de amigos y de querer salir con ellos. 

¿Planes con los padres? Estoo... ¡Mejor otro día!

Y sí, lo reconozco, a veces echo de menos a aquellos pollitos detrás de la gallina.

Le comentaba a Aitana que quería escribir una entrada sobre lo mucho que nos reímos a veces, por si me podía ayudar recordando momentos de grandes carcajadas. 

—¿Te acuerdas —me dijo— de cuando jugamos al "Un, dos, tres" yendo a Granada?

Aquello fue bueno. Para que las horas en coche no se nos hicieran tan pesadas nos dio por jugar al mítico concurso de la tele. 

—Por 25 pesetas, díganme nombres de animales en los que te podrías subir encima, como por ejemplo: el caballo.

—El caballo.

—El burro.

—El elefante...

Pero después de preguntas y más preguntas clásicas y convencionales, nos dio por ponernos absurdos y poco a poco nos fuimos emborrachando de tontería.

—Por 25 pesetas, díganme nombres de cosas que sean rojas pero no lo parezcan, como por ejemplo: mi amor por ti.

Y hala, ¡a explotar de risa!

—Elijan otro sobre... Muy bien. Por 25 pesetas, díganme nombres de señales que indiquen contrariedad, como por ejemplo: No gires si no estás seguro.

Y otra vez carcajadas hasta saltar las lágrimas.

Al final Apamen y Samuel nos miran como si fuéramos chalaos sin remedio.

También me dijo Aitana que se reía tanto con  los mensajes que le mando al móvil cuando sale los fines de semana, que empezó a guardarlos. No es que sea yo un padre controlador, pero no puedo evitar sentir inquietud si tarda mucho y le envío cosas así:

"¿Cuáles son tus planes de futuro inmediato?"

"¿Qué faltate? ¿Demasía o razonable?"

"Ya de sleeping, ¿no?"

"¡Qué! ¿Encaminaíca a una retirada?"

"Cuando calcules vuelta a tu hogar, hazlo saber"

"¿Cómo andamos de retornancias?" 

"Baby, no me tardes en come back"

"Aitana, ¿qué aproximación de llegancias manejas?"

"Recuerda que existe un caminito a casa con camita y tal"

"¿Tienes en cuenta tu hogar y sus costumbres?"


—También puedes contar —me dice Aitana— lo de aquella vez repasando Historia...

—¡Ah, claro!

Tenía un examen  y me pidió que le tomara la lección. Y se puso a recitar bla-bla-blá, bla-bla-blá... y de momento dijo:

—Y se llevó a cabo... el no sé qué de Schlieffen.

Y al mirar los apuntes veo " el Plan de Schlieffen"

—Pero vamos a ver —exclamé—, ¡¿TE ACUERDAS DE SCHLIEFFEN Y NO TE ACUERDAS DE PLAN!?

Y la risa fue creciendo y creciendo hasta terminar los dos por los suelos.



Y hasta aquí la primera entrada de 2025, con la colaboración especial de la niña de mis ojos.


28 de diciembre de 2024

LOS ANUNCIOS DE SIEMPRE

Publicar algo el 28 de diciembre tiene sus ventajas. Si resulta un éxito, ¡estupendo! Y si no gusta nada, siempre puedo decir:

"¡Ja! Qué inocentes sois... ¡Era una broma!"

Pero esta vez no es ninguna broma. O tal vez sí, porque el poema que quiero compartir con vosotros es un viaje delirante por la memoria colectiva de los anuncios de toda la vida. Se me ocurrió hacer un repaso a algunos anuncios de TV de mi infancia y juventud, escribiendo aquellos eslóganes inolvidables y reordenándolos con el propósito de que hubiera una rima más o menos homogénea.

Este fue el resultado:

LOS ANUNCIOS DE SIEMPRE

Busque, compare, y si encuentra algo mejor: ¡Cómprelo!

Un poco de pasta, basta, Gior.

Meriendas un Bony, Pantera rosa o Tigretón

y en la tele el negrito canta alegre su canción.

 

Yo soy aquel negrito del África tropical,

que cultivando cantaba la canción de Cola Cao.

Leche, cacao, avellanas y azúcar: ¡Nocilla!

Tenemos chica nueva en la oficina,

que se llama Farala y es divina.

 

¡¡Anda, los Donuts!!

¡¡Anda, la cartera!!

¿Cómo que no hay Casera?

Si no hay Casera, nos vamos.

 

Cada día, Phoskitos, regalos y pastelitos.

¡Tronco va! (¡¡y Tronkito viene!!)

Ehh? ¡¡Que viene Tronkito!!

Queremos turrón, turrón, turrón,

pero vea que sea Antiu Xixona.

Seguimos queriendo turrón, turrón, turrón

 ¡¡Antiu Xixonaa!!

Turrones El Almendro,

vuelven a casa por Navidad.


Somos los Conguitos, y estamos requetebién,

vestidos de chocolate, con cuerpo de cacahué.

El Lobo, ¡¡qué gran turrón!! (qué gran turrón)

El Lobo, qué gran turrón.

 

Detergente Colón.

Busque, compare,

y si encuentra algo mejor, ¡cómprelo!

1880, el turrón más caro del mundo

(y si encuentra algo mejor, ¡cómprelo!)

 

Chup, chup… Avecrem,

Chup, chup… Avecrem.

Langostinos Pescanova,

¡lleváme a casa!

 

Mi padre es agente

de Catalana Occidente,

y cuando a la gente le pasa algo,

se lo arregla todo, todo y todo.


Anda siempre por tu casa,

Norit mima con cariño

lana y prendas delicadas,

Norit mima lo que lava.

Tenn con bioalcohol,

¡el algodón no engaña!

(¡el algodón no engaña!)

¡Anuncios en España!

 

Mistol. Limpieza de confianza.

Mi mujer también lo usa.

Heno de Pravia es el aroma de mi hogar.

Las muñecas de Famosa se dirigen al portal,

para hacer llegar al niño su cariño y su amistad.

 

Vamos a la cama,

que hay que descansar,

para que mañana

podamos madrugar.

 

¿A qué huelen las nubes?

Chup, chup… Avecrem,

Chup, chup… Avecrem.

***


Una vez transformada en canción, también me entretuve haciendo un video con las imágenes originales de aquellos entrañables spots publicitarios. Y aquí lo publicito yo, en esta última entrada del año.

Y hablando de entradas, nos queda un suspiro para entrar en el 2025. Es mi deseo que sea para todos un año estupendo lleno de grandes oportunidades. (Aunque ahora que lo pienso, ¿queda bien desear cosas buenas en el Día de los Santos Inocentes? Bah, yo creo que sí, y en cualquier caso os lo desea el Diablo con todo su ardor).


14 de noviembre de 2024

EL DÍA EN QUE MURIÓ EL ORO

 


El día en que el Oro murió, sus amigos se reunieron en el velatorio.


LA PLATA: (llorando) Ag, Ag… ¡El pobre...! Tan sólo dijo Au, Au… y se nos fue.

EL TITANIO: Estoy hundido.

EL HIERRO: Tened Fe. Ahora brilla en el cielo.

EL ALUMINIO: Al… alguien quiere té o café?

EL SILICIO: Yo Sí.

EL NIQUEL: Ni té ni café, gracias.

EL SODIO: Yo tampoco quiero Na.

EL OXÍGENO: Abrid las ventanas. Está esto muy cargado.

EL PLOMO: Sí, muy pesado.

EL AZUFRE: Sssssss, bajad la voz!

EL YODO: I los demás lo saben?

EL RADIO: Ya lo he retransmitido a todos.

EL HELIO: He venido yo el primero.

EL FRANCIO: Yo me enteré en Paris.

EL GERMANIO: Y yo en Berlín.

EL BROMO: Brrrrrr. ¡Cerrad ya la ventana!

EL IDRÓGENO: Con las prisas me he dejado la H en casa.

EL FLUOR: Y yo el cepillo de dientes.

EL BARIO: Ba, eso no es importante.

EL MERCURIO: ¿No hace mucho calor aquí?

EL NEON: ¡Encended las luces!

EL OSMIO: ¿Os queréis callar?

Lástima que cuando llegó Don WOLFRAMIO, el notario, para hablar de la herencia, se alteraron todos tanto que la reacción fue espantosa.

¡Menudos elementos!

***

Nota

Escribí este texto en el año 2008. 

Lo he rescatado de la entrada ANTE LA CRISIS... RISAS

31 de octubre de 2024

RECUERDO DE INFANCIA


Mi padre ha escrito poesía en diversas etapas a lo largo de su vida. Nunca se ocupó en recopilar todos los poemas que le venían a la cabeza, así que los tenía desperdigados por toda la casa. 

En una ocasión encontré uno de aquellos poemas escrito en una servilleta de papel, fruto, imagino, de algún arrebato de inspiración que no quiso dejar en manos de la memoria.

Y yo, que siempre he sido una hormiguita recolectora de recuerdos, decidí desde aquel día reunirlos todos para guardarlos y evitar que se perdieran.
Los fui encontrando en cajones, la mayoría en hojas sueltas, en albaranes o intercalados en libretas de cuentas. Cada vez que descubría uno en un lugar inesperado, me alegraba como si hubiera hallado un tesoro. No me importaba si tenía muchos tachones o estaba incompleto; lo trasladaba sin dudar a la carpeta donde había escrito: "POESÍA PAPÁ".

Se alegró muchísimo cuando, mucho tiempo después, le dije lo que había hecho.

—Pues tuyos son, hijo mío —me dijo—. Y es posible que haya ahí algo que merezca la pena. 

Es curioso porque nunca me atrajo leer ni escribir poesía. En aquellos años, devoraba novelas; me encantaba leer tanto historias reales como ficticias e incluso disfrutaba de obras de teatro. Pero el ensayo y la poesía me parecían sumamente aburridos y no me llamaban la atención.

Sin embargo, oh, misterios de la vida, un buen día me invadió una fiebre desbordante por escribir rimas. Comenzó casi como un juego, pero enseguida me atrapó la idea de ir combinando sonidos semejantes; era un ejercicio que tenía algo especial, un experimento que valía la pena explorar.

Entonces descubrí que tenía una notable habilidad para encontrar palabras que rimaran y, poco a poco, fui completando poemas de diversas extensiones y temáticas, de los cuales me sentía muy orgulloso. Esos logros tan personales e íntimos me animaban a seguir escribiendo.

Un día supe que existía un concurso anual de poesía en Petrel, el Certamen de Poesía "Paco Mollá", y me sentí tentado a participar. 
Sin embargo, al leer las bases, descubrí que debía presentar un poemario con muchos más versos de los que yo tenía. De todas formas no me habría atrevido a enviar todo lo que había escrito, ya que al releer conforme pasaba el tiempo algunos de aquellos poemas, me parecían ridículos y extremadamente infantiles.

A mí me encantaban los poemas de mi padre, y a él le gustaban mucho algunos de los míos, especialmente uno que comenzaba: 

"Existe un submundo azul subyugado a tus ojos/ gravitando en torno a lágrimas de escarcha...". 

Juntos le dimos muchas vueltas hasta concluirlo. Nunca llegué a entenderlo del todo, era muy abstracto, pero eso me importaba poco; sonaba muy mágico al ser leído. De hecho, incluso inventé una palabra: "extasiástico". ¿Es eso hacer trampa? Puede ser, pero sonaba tan hermosa la frase "Como el roce extasiástico con la nada"...

Al año siguiente decidí presentarme al concurso escogiendo algunos poemas de mi padre, que previamente había mecanografiado, intercalándolos con otros de mi cosecha. Al poemario le puse por nombre "Poemas del viento galano".

No, no ganamos nada, ni siquiera un accésit, pero la verdad es que no le di la más mínima importancia. Hoy recuerdo todo aquello con mucha ternura. Me viene a la mente el tiempo feliz que dediqué a recopilar los poemas de mi padre y a crear los míos, entrelazándolos para formar un poemario conjunto que encuaderné y que conservo y atesoro con devoción.
 
Años después creé este blog, en el que apenas he escrito poesía, pero sí incluí algún poema de vez en cuando, generalmente en tono jocoso, porque lo verdaderamente divertido para mí es la rima; el simple y puro placer del juego creativo. 

Pero hoy voy a concluir dejando aquí en el blog uno de aquellos poemas del viento galano. Lo escribí con 21 años.  RECUERDO DE INFANCIA. 

Ya entonces decía "¡Cómo han pasado los años!" (¡Alma de cántaro!) 

***
Atesoro aquel recuerdo, 
aquella estampa de otoño
en mi memoria, reciente. 

El tiempo no lo ha empañado,
mas ya es un recuerdo viejo; 
yo era un niño en el colegio.
¡cómo han pasado los años!

Llovía. Llovía tras los cristales, 
el agua se oía en el patio.
La clase se hallaba en silencio, 
el tiempo se había dormido, 
estaba en su asiento el maestro,
absorto con algún libro.

Algún niño dibujaba, 
unos pocos hacían deberes,
y a guerra de barcos jugaban 
otros que estaban ausentes.

Y llovía. 
Llovía afuera en el patio. 
Mil gotas en los cristales
sin espacio para más,
se amontonaban iguales 
y me hacían imaginar.

Y yo volando muy lejos, 
y muy dichoso al instante
en que las gotas se unían 
corriendo en ríos verticales.

El cielo estaba plomizo, 
adentro un calor agradable, 
y yo esperaba el momento 
en que al salir del colegio
me recogiera mi madre, 
que algún día me traía 
boniatos humeantes.

Atesoro aquel recuerdo, 
aquella tarde de otoño 
pues fui feliz con muy poco.

Tan sólo fue suficiente 
aquel lánguido aguacero 
y dejar volar mi alma 
entre las nubes del cielo.

Es mi recuerdo de infancia,
diluido en la distancia
con aroma a lapicero.

 ***

Lo que entonces no podía sospechar ni de lejos es que, gracias a una IA, en un futuro lo transformaría en canción.