Aparecieron en mi correo la semana pasada un par de sorpresas muy agradables.
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Dos personas distintas y de lugares distantes entre sí, me enviaban casi al mismo tiempo dos fotografías que, al aparecer sobre mi pantalla, me trajeron de golpe nítidos recuerdos de mi niñez.
Casualmente —me encantan las casualidades—, venían a mostrar un mismo lugar estrechamente relacionado con mi pasado colegial.
Las dos me hicieron sonreír ampliamente (y suspirar pensando en el mucho tiempo que ha transcurrido)
Por un lado, Isabel, me enviaba desde Asturias una antigua postal de la Plaza Castelar de Elda, que acababa de encontrar en el fondo de un cajón en casa de su padre, a donde había ido "a rescatar tesoros".
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Me resulta tremendamente gratificante la historia de Isabel y mi blog.
Lo descubrió por azar a principios del año pasado. Alguna entrada leyó relacionada con Elda —lugar en el que había veraneado varios años con sus padres siendo una niña—, que la impulsó a guardarla para echarle posteriormente un vistazo cuando tuviera tiempo. Lo que ocurrió después es una de esas cosas que le colman a uno de satisfacción.
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Isabel empezó a leer y leer, y se sintió tan identificada con las historias y los lugares de los que yo hablaba, que sintió el impulso de escribirme un entusiasta correo para decirme que me había descubierto y que llevaba "horas" sumergida en la lectura.
"Tu blog me ha despertado un montón de recuerdos de infancia que me han hecho feliz", me dijo, haciéndome tremendamente feliz a mí también.
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Esta foto, que debe tener más de 40 años, (tal vez no habíamos nacido ninguno de los dos cuando se tomó) le traía a Isabel recuerdos de los tiempos en los que iba con sus padres "a dar un paseíto por allí y a tomar luego unos granizados de limón".
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A mí me trae muchos más.
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Porque esta plaza fue durante muchos años el privilegiado recreo de mi colegio, que estaba en la calle Joaquín Coronel. ¿Veis en el extremo izquierdo de la fotografía una casa con dos ventanas azules? Esa es la calle, y a menos de 100 metros de esa casa estaba el
Colegio Lloret, que tenía un patio tan pequeño que la mayoría de las veces los profesores preferían traernos aquí en la hora de esparcimiento.
Aquí nos comíamos el bocadillo que traíamos de casa, o la torta de sal o azúcar de la Panadería de Lozano (que estaban tan buenas como su hija).
Aquí jugábamos a las canicas, o cambiábamos cromos o hacíamos el cabra.
Aquí le compré una calculadora molona a un compañero que necesitaba dinero y me la vendía. Entonces una calculadora nos parecía el no va más de la tecnología. Recuerdo que me echó en cara el que se la pagara con monedas húmedas y ennegrecidas que yo había sacado de mi hucha esa misma mañana. Como la hucha era un pez de plástico, a veces había jugado con él en la bañera y las monedas salieron... de aquella manera.
Podría señalar el lugar exacto donde se hizo la transacción.
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El parque es enorme, pero a pesar de ello, cada grupo tenía su lugar predilecto y era raro que cambiáramos de posición, salvo si nos daba por correr o perseguirnos jugando a ser personajes de
La guerra de las galaxias o ladrones y policías a lo
Starsky y Hutch.
Como es natural, con el paso de los años y los cursos, las aficiones fueron cambiando.
.Pero, pese a que la mayoría de los recuerdos son de la etapa escolar, atesoro uno en particular que no sé por qué fue el primero en venirme a la cabeza cuando vi la foto.
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Recuerdo que una mañana de domingo
mi abuela Paquita me peinó y repeinó con mucha agua de colonia, como a ella le gustaba (qué segundos de agonía entre vapores perfumados) y me trajo aquí muy decidida.
Me encontré con que había un montón de mesas blancas plegables por toda la plaza. Entonces me explicó que me había inscrito en un concurso de dibujo, pues le hacía ilusión que su nieto participara. Yo debía ser muy pequeño porque no vino conmigo mi hermano, que luego resultó ser el dibujante nato de la familia.
Ni siquiera me dio tiempo a pensar que yo no sabía dibujar pues inmediatamente me sentaron ante una de aquellas mesas, con lápiz, borrador, colores y folio en blanco y me pidieron que plasmara en el papel el rincón de la Plaza que prefiriera.
.—¿Por qué no pintas la estatua? —me propuso mi abuela.
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Pero yo levanté la vista para mirar a Castelar subido en aquella columna con el brazo en alto, como dando un discurso silencioso a la muchedumbre, y decliné la oferta. Aquello era muy difícil.
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Me decanté por dibujar un banco, una fuente y unos pajarillos picoteando migas de pan. De vez en cuando alzaba la vista del papel para curiosear en los dibujos de los niños que me rodeaban. Algunos sí se habían atrevido a inmortalizar al orador de la columna y aún tengo la imagen de uno que estaba quedando realmente bien.
Cuando terminé y vi el resultado final del mío, recuerdo que no me gustó en absoluto, pero mi abuela me lo tomó de las manos para exclamar:
—¡Precioso, hijo, lo has hecho precioso!
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Ni que decir tiene que no gané premio alguno, aunque sí me dieron algún detalle relacionado con material escolar, pero era algo que entregaron a todos aquellos niños por participar.
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Hoy, desde la enorme distancia que me separa de aquel día, me emociona recordar a mi abuela, sentada satisfecha a mi lado, mirándome dibujar durante todo el tiempo que estuve concentrado en mi trabajo.
Cuánto ha llovido.
Daría cualquier cosa por volver a revivir aquella mañana de domingo con ella.
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Paralelamente, mi amigo Txema, me enviaba otra foto que había descubierto en internet.
Txema es vecino y amigo desde la infancia. Hemos crecido a la par, montados en nuestras bicicletas, haciendo excursiones, espiando por la ventana de una vecina cuando se iba a acostar, yéndonos de viaje con padres primero y solos después...
Para Txema era sagrado oír en la radio las crónicas de deportes, sobre todo las de
José María García, lo que para mí era siempre un aburrimiento. Hoy es periodista deportivo, aquello que siempre soñó.
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De pequeños empezamos en el mismo colegio, pero Txema se cambió pronto a otro y siempre nos hemos "peleado" al defender el de cada cual como el mejor. Por eso, cuando descubrió esta foto me la envió añadiendo una nota:
Te va a gustar.
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¡Y tanto que me gustó! Imaginad la impresión que me produjo volver a ver de golpe a mis tres profesores del cole sentados juntos en la cafetería de aquella plaza, en alguno de aquellos recreos. Y verlos tal y como yo los recuerdo hoy, con la perspectiva del niño de entonces.
.Ahí están, como si no hubiera pasado el tiempo, de izquierda a derecha: Don Antonio, Don Paco, ya fallecido, y Don Tomás.
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Todavía si los encontrara hoy, no podría quitarles ese Don con que les tratábamos. De igual forma que seguiría llamando Señorita a la única profesora que falta en la foto, la Señorita Lola, que fue nuestra maestra en 3º, 4º y 5º de EGB.
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En 6º lo fue Don Paco, que era todo un revolucionario para la época, vistiendo siempre informal, con vaqueros y camisa desabrochada, y mucho más liberal que el resto. Nosotros lo llamábamos
Sandokan, por la barba. Qué pocas veces se quitó esas enormes gafas de sol que le caracterizaban.
Era un fumador compulsivo y aquello agravó fatalmente su salud.
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Don Tomás fue nuestro tutor en 7º. Era bastante ameno dando sus clases de Historia, pero no había cosa que más le crispara que alguien lo desconcentrara mientras explicaba las lecciones. Si eso ocurría se levantaba tranquilamente de su mesa y sin dejar de exponer el tema que tuviéramos entre manos se acercaba al punto de donde venía el cuchicheo, agarraba del pelo al infractor, le daba unas catorce vueltas a la cabeza tirándole del pelo y volvía a su sitio.
No se volvía a escuchar ni el vuelo de una mosca.
Recuerdo cómo mirábamos de reojo al afectado en cuestión, que se sacudía, con lágrimas en los ojos, los pelos arrancados.
Es un pena que recuerde tan pocas cosas de él y que sean estas escenas la que han sobrevivido en mi memoria.
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Y en el último curso, antes de marcharnos al Instituto, Don Antonio, el más serio de los tres y al mismo tiempo el más divertido.
De Don Antonio recuerdo sus lecciones de Literatura:
"Escriban: Don Jacinto Benavente, escritor del siglo veinte... jeje"
...sus expresiones: "Nenico, o te callas o te suelto un soplamocos..."
...sus paridas: "Azucena, en tu casa te dirán por la noche: "Azu, cena", ¿verdad?"
Pero sobre todo su forma de hacernos reír contándonos sus chascarrillos con un amigo —nunca supimos si real o imaginario—, que él llamaba "mi amigo Sarasate".
—Hoy me he encontrado en la calle con mi amigo Sarasate —comenzaba de repente. Y toda la clase, sólo con eso, empezábamos a reír.
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Y por encima de todo, de Don Antonio recuerdo algo que conté en una de las primeras entradas que escribí en el blog, sobre aquellas veces en que, sin esperarlo, me preguntaba: "
Cabrera, ¿eres feliz?"
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Isabel, Txema, un millón de gracias por estas fotos. Espero que sigamos en contacto muchos años más, compartiendo recuerdos y todos los momentos de felicidad posibles.