Pascual llevaba varias horas estudiando.
Sobre la mesa se amontonaban
libros abiertos, apuntes garabateados, bolas de papel arrugado y tres tazas con
posos de café, como rotondas en un perfecto caos arquitectónico.
Impulsó la silla hacia atrás
con los pies, abrió el cajón y revolvió entre los folios, lápices y cajas de
grapas en busca de un analgésico. Dio con una pastilla suelta al fondo, sin
blíster ni nombre, y se la llevó a la boca sin pensar.
Durante los siguientes
minutos sintió un calor creciente que le subía por la nuca.
Entonces la mesa se inclinó
hacia un lado.
Ocurrió de repente, como si
una pata se hubiera quebrado de golpe, y Pascual sujetó todos los libros con
ambas manos para que no cayeran. De improviso, la mesa fue volviendo a su
horizontalidad.
«Tengo que descansar un
poco», pensó.
Se echó sobre la cama y se
quedó mirando al techo.
Fue entonces cuando se dio
cuenta de que su habitación era triangular, no cuadrada como siempre había
pensado. De hecho, podía ver claramente, casi al alcance de la mano, las
longitudes de los tres lados, “a”, “b” y “c”.
Parpadeó varias veces, pero
las anotaciones en rojo sobre el techo seguían allí.
«¿Cuándo escribí todo eso?»
Tuvo intención de levantarse
para mirar más de cerca unas ecuaciones que parecían latir sobre la pared, pero
no consiguió incorporarse. Sin embargo, las piernas empezaron a flotar y se
abrieron como una L, convirtiéndose en catetos. Pascual se apresuró a mover un
brazo para trazar la hipotenusa. Arañaba el aire, pero no conseguía dibujarla.
Se concentró entonces para
darse un impulso y logró rodar sobre la cama hasta caer al suelo.
Se hundió en agua espesa.
Flotaba y se hundía al mismo
tiempo, sin llegar a entender si él era el responsable de cada ascenso y
descenso o dependía de otras fuerzas.
«Igual al peso del agua que
desplazo», pensó mientras daba una brazada hacia la silla.
Pero al tocarla se hundió de
inmediato y las ondas empujaron a Pascual, desplazándolo hacia las
profundidades nunca exploradas que había bajo la mesa.
¿Era realmente una mesa? No quedaba
rastro de madera, sino una extensión de roca húmeda.
Viajó a través de una cueva profunda
con un techo tan alto que se perdía en la oscuridad.
Cuando por fin se detuvo apareció
un fuego que proyectaba sombras en la pared. Todo lo que ocurría fuera de su campo
de visión se filtraba como formas borrosas.
Miró y tocó las cadenas que
le rodeaban los tobillos. Intentó moverse, pero no consiguió salir del alcance
de la luz. Lo único que veía con claridad eran sombras que pasaban ante él.
«¿Qué habrá más allá del
fuego? ¿Y si hay algo que no alcanzo a ver?».
El fuego se apagó en el
instante en que amanecía.
El agua de la ducha lo
despejó por completo, pero notaba un regusto a medicamento en la boca.
Pascual salió a la calle con
la desagradable sensación de que no iba preparado para los exámenes.
Aun así, todos —Matemáticas,
Física y Filosofía— le salieron mejor de lo que pensaba.
Tal vez este Pascual sea el Pascualito de tus cuentos,
pero no me atrevo a asegurarlo.

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