Siempre me ha gustado esta foto.
Son mis abuelos paternos Juan y Francisca.
No sabría ubicarla en el tiempo, decir qué edades tenían en ese momento, pero sí sé que él era 8 años mayor que mi abuela, diferencia de edad que se repetiría dos generaciones después cuando un nieto de ambos conoció a una chica ocho años más joven y se casó con ella.
A ver si recuerdo de qué nieto se trata, porque lo tengo en la punta de la lengua y... Ah, sí, claro. ¡¡Yo!!
Cuando conocí a mi mujer (la extranjera) ella tenía 16 años y yo 24. Esto de la edad me tiene a mí un tanto trastornado pues ya llevo mucho tiempo convencido de que alguien, en un momento de mi vida, decidió ponerme un montón de años encima, años que en realidad no he vivido, por lo que me da la impresión de tener en cuerpo y espíritu menos edad de la que dice mi DNI, y como lo mental es lo que prevalece y es a lo que me he acostumbrado, es lo que doy por real.
Como además un hombre tiene la edad de la mujer a la que ama, yo tengo 8 años menos desde hace mucho tiempo, pero, claro, el resto de la humanidad se empeña en verlo a su manera y sigue en sus trece de hacerles más caso a los documentos que a mí. ¡Hay que fastidiarse!
Por suerte siempre he aparentado ser más joven de lo que soy. Esto me llevó, hace años, a una situación chocante en la entrada de una discoteca cuando el gorila de la puerta me puso la mano en el hombro prohibiéndome el paso.
"A ver, el carnet..."
A mí me pilló tan fuera de juego que ni por asomo se me pasó por la cabeza que me estaba pidiendo el carnet de identidad porque le parecí ¡menor de edad! Yo tan sólo pensé que me estaba pidiendo la entrada o alguna invitación. Me metí la mano en el bolsillo trasero buscando algo y le mostré, por error, la invitación de otra discoteca, por lo que pensó que le estaba tomando el pelo a propósito. Cuando me percaté de que se le transformaba la expresión de la cara y levantaba el puño en un amago de intimidarme me dije "Tate, aquí pasa algo que se me está escapando"
—¿Qué me estás pidiendo? —le pregunté contrariado, pero inmediatamente se me encendió una luz dentro que me lo hizo ver claro: "Anda ya, que este cacho bestia me está pidiendo el DNI... Ja, pues se va a quedar a cuadros"
Por supuesto me devolvió inmediatamente el carnet y me dejó pasar sin mirarme a la cara, pero fue una situación muy gratificante para mí el notar el corte que se llevó cuando comprobó que yo tenía derecho a pasar por tener ¡¡25 años!!
Pero volviendo a lo de la diferencia de edad entre la yeclana & me, es gracioso pensar que cuando yo estaba comulgando, ella venía al mundo. Y que cuando fue a ella la que le tocó hacer la comunión, yo estaba en tiempos de irme a la mili. Muchas veces hemos bromeado acerca de esto, imaginando una hipotética foto en mi taquilla del cuartel en la que se la viera vestida de blanco con las manos entrelazadas y un rosario entre los dedos.
Y yo presumiendo "Esta niña es mi novia".
Me habrían tachado de depravado y asaltacunas como poco.
Pero lo cierto es que, si bien en aquellas edades se hubiera notado mucho la diferencia, hoy no se aprecia apenas. Al menos eso es lo que nos dicen.
En realidad ocho años no son tanto, aunque sí lo son para según qué cosas.
Una de esas cosas que recuerdo y que voy a contar hoy pertenece a nuestros tiempos de novios y es algo que ni mi padre ni mi abuelo tuvieron que sufrir: el vía crucis discotequero.
Nunca he sido amigo de discotecas. Más que nada porque no me gusta bailar, pero también porque estar en un lugar en el que no se puede conversar y en el que para decir que te vas al aseo y que te entiendan hay que decirlo al oído... como que no me ilusiona. Pero aparte de eso, hay una edad para todo y cuando yo ya estaba de vuelta de muchas diversiones, metiéndome en otra etapa biológica, mi extranjera estaba en pleno apogeo con la suya, con la gran diferencia de que si para mí, en cuanto a bailar, cero patatero, para ella era la mayor alegría, su mayor diversión; a ella le chiflaba.

Eso por un lado, por el otro es que yo me quedé anclado en los ochenta en muchos sentidos. También musicalmente hablando. Todo lo que ha venido después me ha parecido infinitamente peor. A mí me iba la música de gente como
Dire Straits, A-Ha, Alphaville, E.L.O., INXS, Culture Club, Azul y Negro... pero en las discotecas de los 90 tuve que tragar
bakalao y más bakalao. Tanto crudo como en todas sus variedades "culinarias" posibles. Lo odié hasta no os imagináis qué límites.
Pero a ver qué podía hacer, si yo salía con una maquineta incansable a la que esa música le parecía maravillosa para bailar.
Ella fue siempre consciente del suplicio que me suponía una larga noche de PUMBA PUMBA pero no podía remediar esa atracción hacia el bailoteo sin límite.
Aún me veo en aquellas conversaciones:
—Pero nena, por favor, ¿cómo te puede gustar el bakalao?

—Que no es bakalao, si fuera bakalao te morías, esto son "pastelitos" (lo dicho, el bakalao se cocinaba con nombres diferentes según hiciera más ÑIIIII ÑIIIII ÑIKIÑIII o dependiendo del número de PEEEEP PEEEEEP PEPEPEEEEPs)
—¿No prefieres que vayamos a un pub o al cine?
—Ay, es que hace mucho que no bailo...
—Pero dime al menos a qué hora nos iremos.
—Pronto
—No, dime una hora en concreto.
—Pronto, bailar unas cuantas canciones y ya está.
Y yo, alma cándida, siempre me lo creía. Pero cuando llevábamos tantas horas dentro como para perder el sentido y yo empezaba a poner cara de cordero degollao, ella me hacía gestos que indicaban que cuando acabara la canción que sonaba nos iríamos.
Y siempre daba la jodida casualidad de que entonces empezaba a sonar su favorita y ¡hala!, carita de buena que no me dejaba más opción que permitirle una más.
Y como eran canciones que mezclaban los DJs a su libre albedrío, nunca me enteraba bien de si seguía escuchando la misma canción o hacía ya catorce que acabó. ¡Si es que eran todas iguales!
Pero a ella lo mismo le daba 8 que 80, ella era como el conejito de Duracell que dura y dura y dura...

Recuerdo con especial taquicardia aquella discoteca de Torrevieja (la KKO)
Ignoro si sigue funcionando, (por mí como si se la llevó un tornado al desierto de Gobi para siempre)
Cuando algún amigo proponía ir allí, a mí me entraban los sudores de la muerte. Mi novia saltaba de alegría y yo lloraba por dentro.
Era igual que las demás discotecas pero multiplicada por 94.
Siempre masificada, como aceitosas sardinas en lata, sudando a mares (menos la marciana de mi novia que no sudaba nunca) y con unos pitidos electrónicos que llegaban a diestro y siniestro y que me debieron matar a la fuerza a cientos de inocentes neuronas. Sólo una cosa buena tenía aquella macrodisco: no necesitaba bailar. Sólo había que dejarse llevar y el resto de humanidad te bailaba de acá para allá.
De aquellos tiempos recuerdo el análisis exhaustivo que hacía de la gente que me rodeaba. Yo, desde mi lucidez, la cerveza calentándose en la mano, mirando esas caras extasiadas, a veces rojas, otras veces verdes y azules también, chillándose en el oído, riendo y pasándolo aparentemente bien mientras nuestros condensados vapores subían hasta el techo y al enfriarse caían en forma de gotas. ¡Sí, llovía sudor!
¿Qué hacía yo allí?, me preguntaba una y otra vez. Y miraba el reloj: "las dos de la madrugada".
Una hora más tarde lo volvía a mirar: "las dos y cinco..."
Pero lo peor no era que el tiempo no corriera. Lo que peor llevaba yo era el no saber hasta cuándo. Era algo que me agobiaba mucho. Yo sabía a qué hora entrábamos a la disco pero era una incógnita saber a qué hora saldríamos. Y yo quería saberlo, ¡lo necesitaba! ...para soñar con esa hora.
Siempre exigí una cosa: que tuvieran algo de conocimiento y fuera antes de que amaneciera. No ha habido cosa que más odie que acostarme cuando ya es de día. Mentira, sí había una cosa peor, que me impulsaba al asesinato: cuando alguien del grupo, rayando el sol en el horizonte, con los pies molidos, los ojos rojos por el humo del tabaco y el PUMBA PUMBA instalado machaconamente en los tímpanos, proponía ir a rematar la fiesta con un chocolate con churros. (Mira que han pasado los años y lo pienso... ¡¡y todavía me apetece matar !!)
En fin, que a mí me gustaría saber quién se inventó eso de que la mujer es el sexo débil. La mujer ha hecho siempre del hombre lo que ha querido, y mi extranjera con tan sólo dejar caer el labio inferior (su famoso morrete) y poner carita de pena me llevaba al fin del mundo a la pata coja. Para bailar bakalao.
El otro día, conduciendo a Yecla desde Petrel —los peques dormidos detrás—, no sé por qué me acordé de aquello y dije a mi mujer:
—¿Nos vamos a la KKO?
—Uff, ni aunque me pagaran —se apresuró a decir.
—Con lo que te gustaba...
—Ahora ya ni loca.
Es lo que os decía antes, hay un tiempo para cada cosa.
Y recordando todo esto que hoy he escrito, sonreía yo y pensaba cómo cambian las cosas con el paso del tiempo y cómo pueden llegar a tenerse buenos recuerdos hasta de las más malas experiencias.
Incluso de aquellos infernales fines de semana.
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Este es un dibujo que le regalé a mi novia por aquel entonces. Creo que os dará una idea de la situación.