Hace un par de semanas decidí,
por fin, ponerme manos a la obra y crear un archivo Excel de mi biblioteca.
Llevaba años pensando en
llevarlo a cabo algún día, pero el momento de empezar siempre me daba pereza.
Aun así, sabía que tarde o temprano lo haría, porque al mismo tiempo me hacía
ilusión.
Y así, un día metí los datos
del primer libro, después el de otro, luego otro más… y tacita a tacita,
añadiendo libro a libro, lo he terminado recientemente.
El resultado me ha dejado muy
satisfecho y ya he podido jubilar a la vieja libreta donde llevaba anotados los
registros.
Para tenerlo todo bien
ordenado, diseñé una base de datos con las siguientes columnas:
TÍTULO, AUTOR, APELLIDOS DEL
AUTOR, AÑO DE PUBLICACIÓN (me interesaba mucho más el año de la primera
publicación de cada obra que el de la edición concreta de cada libro) GÉNERO,
EDITORIAL, NÚMERO DE PÁGINAS, FECHA DE LECTURA Y UBICACIÓN.
Había calculado que el
recuento final estaría entre los 350 y los 400 libros. ¡Qué corto me quedé! Han
resultado ser 624. ¡Toma ya! Y de esa montaña, he leído 420. Es decir, que me
sigue quedando una buena cantidad de libros que deben estar haciéndome ojitos,
esperando su momento.
Con todos estos datos
ordenados y a mano en la pantalla, he podido ver con mucha más claridad algunas
características y curiosidades de mi biblioteca de las que hasta ahora ni
siquiera me había parado a pensar. Por eso, se me ha ocurrido escribir esta entrada.
La idea es jugar un poco con
mi propio catálogo y buscar algunos extremos que ahora resultan fáciles de
localizar, además de otros datos curiosos.
Os invito a acompañarme en
este viaje por las estanterías de mi biblioteca.
El debut fue en la Librería
Martín Fierro, en Elda; el más reciente, en una enorme y caótica librería de
viejo en Alicante llamada Dante.
Siempre agradeceré a Delibes
el impacto que me produjeron El camino y Las ratas, pues, sin duda, aquellas
primeras páginas ayudaron a que se fraguara mi amor por seguir descubriendo
historias.
Historias y relatos de mapas,
cartas y planos, de Francisca Mattéoli mide 34 x 24,5 cm, y El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco tan solo 12 x
8,5.
Del ejemplar de la Editorial
Aguilar necesitaríamos tres portadas de ancho y tres de alto para llegar al
libraco de la Editorial Blume.
Da la curiosísima casualidad de que ambos hablan de héroes desterrados que esperan volver a su hogar.
Los tres primeros títulos del Excel en orden alfabético son 1984, de George Orwell, ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy y A pleno sol, de Patricia Highsmith.
Tiene gracia que este último se publicara en España con ese título
antes de que naciera la famosa adaptación cinematográfica francesa, aunque
ahora todo el mundo conozca la novela como El talento de Mr. Ripley,
respetando el título original y la conocida versión norteamericana.
Doy un salto ahora hacia los
extremos en distancia geográfica.
En mi biblioteca conviven
autores repartidos por todo el mapamundi. El punto más remoto lo marca el
escritor australiano C.J. Koch, autor de El año que vivimos peligrosamente.
En el polo opuesto (y nunca
mejor dicho lo de "polo") se encuentra Pilar Polo Carreres, una
entrañable escritora de mi propia tierra, de quien poseo Cuentos yeclanos.
Me encanta saber que puedo pasar de la agitación de la lejana Indonesia a historias con el aroma y el sonido de las calles por las que paseo.
En esta foto he querido que se
den la mano el realismo y la fantasía.
Por un lado, Embajador en el
infierno, de Torcuato Luca de Tena, que narra las terribles vivencias reales
del capitán Palacios en los campos de concentración soviéticos.
En el extremo opuesto,
cruzando el espejo, se encuentra el maravilloso sinsentido de Alicia en el
país de las maravillas, de Lewis Carroll.
Es la magia de poder elegir
entre sobrevivir a las penurias de un gulag siberiano o tomar el té con un
conejo blanco y un sombrerero loco.
Otra imagen para mostrar
extremos.
El escritor del que lo he
leído casi todo frente a aquel del que solo existe una única gran obra.
Del escritor canario Alberto
Vázquez-Figueroa acumulo en mi biblioteca la friolera de 43 novelas,
de las que solo me quedan tres pendientes de lectura. Es, con diferencia, el
novelista que más he leído.
En el polo opuesto se sitúa La
conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Representa el ejemplo más
radical de esos autores de los que solo poseo un título. Pero en este caso
porque no habría podido elegir otro. Toole escribió esta obra maestra a
principios de los sesenta, pero tras sufrir el rechazo continuo de las
editoriales, se suicidó a los 32 años creyéndose un fracasado. Fue su madre
quien, años después, logró que se publicara de forma póstuma en 1980. El libro
acabó ganando el premio Pulitzer y convirtiéndose en un mito literario.
Los últimos títulos que
aparecen en el Excel: Yo, Claudio, de Robert Graves; Yo, el Rey, de Juan
Antonio Vallejo-Nájera y Zalacaín, el aventurero, de Pío Baroja.
Será mejor que vaya acabando, que cuando
algo me entretiene me sale mecha para rato.
Cierro con el contraste entre el libro
que devoro cada año y aquel que se me resiste por completo.
El volumen que más veces ha
pasado por mis manos es Canción de Navidad, de Charles Dickens, una joya que me
encanta repasar cuando se acercan estas fiestas y que siempre me hace sentir
bien.
En el extremo opuesto se sitúa
el Ulises, de James Joyce, una obra que no es que no haya leído nunca, sino que
sé con total certeza que JAMÁS leeré.
La compré cuando supe que la habían elegido como la mejor novela escrita en inglés del siglo XX , y dado que de Joyce había leído Dublineses con mucho agrado, la adquirí con ilusión.
Puedo entender que esté tan
bien considerada por el hecho de ser transgresora, por romper moldes y por un
experimentalismo con el que hasta ese momento nadie se había atrevido (por sensatez
y compasión hacia los lectores, digo yo). Sin embargo, cuando avanzas por un volumen de
casi mil páginas y no estás entendiendo absolutamente nada, lo mejor es
apartarlo y dejar paso a otra lectura. No me apetece nada leer sin disfrutar.