
Ha vuelto a ocurrir.
Es algo que me desagrada profundamente. No ya sólo por el hecho de tener que estar a su entera disposición desde aquel primer trato que con él tuve, sino por las formas tan indignas que tiene, además, de transportarme.
Esta vez sucedió en el aseo, mientras me afeitaba. Se me había ido la mano con la espuma y una abultada masa blanca flotaba sobre el agua del lavabo.
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Es algo que me desagrada profundamente. No ya sólo por el hecho de tener que estar a su entera disposición desde aquel primer trato que con él tuve, sino por las formas tan indignas que tiene, además, de transportarme.
Esta vez sucedió en el aseo, mientras me afeitaba. Se me había ido la mano con la espuma y una abultada masa blanca flotaba sobre el agua del lavabo.
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Fue mientras fantaseaba con la idea de que la espuma era un inmenso iceberg surcando el océano cuando sentí que mi cuerpo daba un brusco giro hacia adelante haciendo chocar violentamente mis pies contra el techo y provocando un fuerte golpe de mi frente contra el lavabo.
Quedé unos segundos así, suspendido y aturdido, con mi nariz apuntando hacia el agua.
En mis desesperados movimientos por recuperar el equilibrio metí las manos en ella y comenzó a tornarse roja y a hervir seguidamente. En vano traté de serenarme aún sabiendo como ya sabía que el diablo quería verme y había decidido que el nuevo encuentro fuera justo en ese momento.
Del iceberg de espuma surgió un punto negro del tamaño de un ojo que fue agrandándose hasta ocupar toda la superficie del lavabo. Ante mi vista empezó a crecer una sanguinolenta garganta en la que jirones de nubes oscuras descendían en espiral. Era inminente mi caída por ese túnel dantesco que me conduciría al infierno.
Y caí.
No fui capaz de abrir los ojos ni una sola vez y en mi veloz descenso mantuve brazos y piernas en posición fetal, aterrado ante la idea de golpearme contra algún saliente rocoso.
Y aunque me constaba que la caída no me mataría, nunca tengo plena garantía de no sentir dolor.
—¡Basta! —grité angustiado— ¡Quiero parar!
Aquel lugar estaba poblado de criaturas de todas las edades y sexos o eso es lo que percibí en el momento de abrir los ojos, más cuando mis pupilas se adaptaron a la fantasmagórica luz de aquellas profundidades, todos habían desaparecido y tan sólo alcancé a vislumbrar a un hombre que me miraba fijamente desde un palco perforado en las rocas. Era él.
Se levantó de su sillón y al mismo tiempo lo hacía una mujer a la que no había visto, que probablemente estuviera agachada a su lado. El diablo le hizo una señal con la mano, indicándole que se marchara.
—Bonito atuendo para una visita formal —me dijo mientras se acercaba.
Me miré y descubrí un aspecto lamentable. Descalzo, con el pijama roto por varias partes, espuma en la cara y un chichón bombeándome en la frente.
—Maldita sea — protesté—, ¿no hay formas menos bruscas de traerme hasta aquí?
—Bah, no me vengas ahora con formalismos, JuanRa... —al acercarse descubrí que estaba impecablemente vestido, demasiado para el calor que allí hacía. Al final de sus pantalones de rojo satén asomaban las pezuñas de un macho cabrío.
—No me importa tener que bajar aquí —le dije—, pero la próxima vez, haz el favor...
—Sa, sa, sa... —me interrumpió— ¡Menos remilgos y al grano! ¿Cómo va tu blog?
—¿Mi blog? —no esperaba esa pregunta— Pues... bien, ¿por qué?
—No es eso lo que a mí me parece —me dijo mientras se miraba en un espejo minúsculo que había sacado de un bolsillo—. He leído todo lo que has escrito este año, ¿sabes?
—¿Y?
—Pfff… Sigues siendo un ñoño, un soso, un indigno siervo del diablo.
—Hombre, yo creo...
—¡Todo amabilidad y educadas palabras!, ¡todo bondad!... ¡Un cursi remilgado!
—¿Y qué pretendes? ¿Que sea quien no soy? Que...
Quedé unos segundos así, suspendido y aturdido, con mi nariz apuntando hacia el agua.
En mis desesperados movimientos por recuperar el equilibrio metí las manos en ella y comenzó a tornarse roja y a hervir seguidamente. En vano traté de serenarme aún sabiendo como ya sabía que el diablo quería verme y había decidido que el nuevo encuentro fuera justo en ese momento.
Del iceberg de espuma surgió un punto negro del tamaño de un ojo que fue agrandándose hasta ocupar toda la superficie del lavabo. Ante mi vista empezó a crecer una sanguinolenta garganta en la que jirones de nubes oscuras descendían en espiral. Era inminente mi caída por ese túnel dantesco que me conduciría al infierno.
Y caí.
No fui capaz de abrir los ojos ni una sola vez y en mi veloz descenso mantuve brazos y piernas en posición fetal, aterrado ante la idea de golpearme contra algún saliente rocoso.
Y aunque me constaba que la caída no me mataría, nunca tengo plena garantía de no sentir dolor.
—¡Basta! —grité angustiado— ¡Quiero parar!
Aquel lugar estaba poblado de criaturas de todas las edades y sexos o eso es lo que percibí en el momento de abrir los ojos, más cuando mis pupilas se adaptaron a la fantasmagórica luz de aquellas profundidades, todos habían desaparecido y tan sólo alcancé a vislumbrar a un hombre que me miraba fijamente desde un palco perforado en las rocas. Era él.
Se levantó de su sillón y al mismo tiempo lo hacía una mujer a la que no había visto, que probablemente estuviera agachada a su lado. El diablo le hizo una señal con la mano, indicándole que se marchara.
—Bonito atuendo para una visita formal —me dijo mientras se acercaba.
Me miré y descubrí un aspecto lamentable. Descalzo, con el pijama roto por varias partes, espuma en la cara y un chichón bombeándome en la frente.
—Maldita sea — protesté—, ¿no hay formas menos bruscas de traerme hasta aquí?
—Bah, no me vengas ahora con formalismos, JuanRa... —al acercarse descubrí que estaba impecablemente vestido, demasiado para el calor que allí hacía. Al final de sus pantalones de rojo satén asomaban las pezuñas de un macho cabrío.
—No me importa tener que bajar aquí —le dije—, pero la próxima vez, haz el favor...
—Sa, sa, sa... —me interrumpió— ¡Menos remilgos y al grano! ¿Cómo va tu blog?
—¿Mi blog? —no esperaba esa pregunta— Pues... bien, ¿por qué?
—No es eso lo que a mí me parece —me dijo mientras se miraba en un espejo minúsculo que había sacado de un bolsillo—. He leído todo lo que has escrito este año, ¿sabes?
—¿Y?

—Pfff… Sigues siendo un ñoño, un soso, un indigno siervo del diablo.
—Hombre, yo creo...
—¡Todo amabilidad y educadas palabras!, ¡todo bondad!... ¡Un cursi remilgado!
—¿Y qué pretendes? ¿Que sea quien no soy? Que...
—¿Y quién eres tú? —exclamó lanzando el espejo al suelo y elevando la voz— ¡Te recuerdo que tienes un pacto conmigo! Hace tiempo que te obligué a poner tu blog a mi servicio y sólo haces que hablar de perritos que hacen guau, de longanizas, de bizcochos... ¡de poesía! ¿Qué jodida basura es esa? ¿Dónde está el Mal? ¿Te has olvidado del placer de la carne, de las tentaciones, de la gozosa lujuria...?
—Pero cómo voy a hablar de todo eso sin venir a cuento...
—¿Sin venir a cuento? Qué equivocado estás, chaval. Es lo verdaderamente vital, lo importante y divertido en la absurda vida de los mortales, no los cuentos mojigatos que tú escribes. ¡La gente quiere eso otro!
—No sé, podría intentar algo distinto, pero mis lectores ya parecen acostumbrados a mi estilo y si ahora…
—¡Qué estilo ni qué niño muerto! —volvió a gritar— Lo que no puedes hacer es que yo te permita llevar ese seudónimo de Diablo y no ejercer como tal. ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo se pitorrean de ti llamándote “diablejo” , “diablo de mentirijillas” y “diablo bueno”? Es humillante para mi imagen, y no permitiré que suavices toda la fama que a pulso me he ganado en siglos.
—Bueno…, y qué pretendes que haga.
—Si fueras más listo no harías esa imbécil pregunta. ¡Pervierte a tus lectores, joder! ¡Incítalos al Mal! ¡Consigue que se rindan a tus pies y que no les moleste que les insultes, que les humilles, que les desprecies...! ¡Escupe veneno cada vez que hables, coño, sé un digno discípulo de Satán!
—¡Por el amor de Dios! ¿Pero cómo voy a...
Un alarido que me heló la sangre se escuchó por todo aquel inmenso subsuelo al tiempo que una algarabía de gritos lejanos inundaba mis oídos hasta obligarme a taparlos con las manos y cerrar los ojos.
.
Cuando todo cesó y, confuso y mareado, volví a abrirlos no podía creer lo que estaba viendo.
—Pero cómo voy a hablar de todo eso sin venir a cuento...
—¿Sin venir a cuento? Qué equivocado estás, chaval. Es lo verdaderamente vital, lo importante y divertido en la absurda vida de los mortales, no los cuentos mojigatos que tú escribes. ¡La gente quiere eso otro!
—No sé, podría intentar algo distinto, pero mis lectores ya parecen acostumbrados a mi estilo y si ahora…
—¡Qué estilo ni qué niño muerto! —volvió a gritar— Lo que no puedes hacer es que yo te permita llevar ese seudónimo de Diablo y no ejercer como tal. ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo se pitorrean de ti llamándote “diablejo” , “diablo de mentirijillas” y “diablo bueno”? Es humillante para mi imagen, y no permitiré que suavices toda la fama que a pulso me he ganado en siglos.
—Bueno…, y qué pretendes que haga.
—Si fueras más listo no harías esa imbécil pregunta. ¡Pervierte a tus lectores, joder! ¡Incítalos al Mal! ¡Consigue que se rindan a tus pies y que no les moleste que les insultes, que les humilles, que les desprecies...! ¡Escupe veneno cada vez que hables, coño, sé un digno discípulo de Satán!
—¡Por el amor de Dios! ¿Pero cómo voy a...
Un alarido que me heló la sangre se escuchó por todo aquel inmenso subsuelo al tiempo que una algarabía de gritos lejanos inundaba mis oídos hasta obligarme a taparlos con las manos y cerrar los ojos.
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Cuando todo cesó y, confuso y mareado, volví a abrirlos no podía creer lo que estaba viendo.
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CONTINUARÁ

Lo gracioso es que cuando lo dijo, él mismo se lo creyó, (¡alma cándida!) Pero ¿le fue tan fácil cumplirlo? 
















