He de preparar la comida, pero por una vez, y sin que sirva de precedente, propongo ir a comer a un turco.
Lo hago porque sé que Samuel y Aitana se pirran por los kebabs (aunque el motivo principal —y que quede entre nosotros— es que Apamen saldría tarde de trabajar y comería en la tienda. Y malditas las ganas que tenía yo de enfrascarme en la cocina)
Saltan los dos peques,
locos de contento, (estas cosas cuentan, ¿no?)
En el restaurante
observo lo a gusto que comen. Aitana tiene la mirada fija en los dueños del
local, que hablan entre ellos a un ritmo vertiginoso (en turco, naturalmente)
Ya en la calle, me
dice:
—Pero qué raro
hablaban esos chinos. No he entendido nada de nada. Era como... como mejicano o
algo así.
Me entran muchas
ganas de reír, pero me contengo, pues Aitana aún se pierde en la frontera entre
lo que significa reírse de ella y reírse con ella.
Lo que no puedo
evitar es la respuesta inmediata de Samuel, que se vuelve y le suelta:
—¿Chinos hablando en
mejicano? ¡No has dao ni una, hija!
Nota para cuando
algún día Aitana lea esto:
¡¡Pelo que viva la
fusión entle pueblos, cuate!!
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A Aitana le dieron en
el cole un CD con canciones infantiles. Siempre que viajamos quiere escuchar
música en el coche. Como es la única que en ocasiones se marea, me dice:
—Papá, ponme canciones
que yo me sepa, porfi.
—Vale, pero no todo el
tiempo, ¿eh? Déjame poner también de las mías.
Y entonces responde
con firmes argumentos:
—Tus canciones no me
las sé, y si no canto me mareo.
Si esto no es
chantaje emocional, no sé lo que es.
Y bueno, su CD tiene
algunas cancioncillas que no están del todo mal. La de Pepino el pingüino es mi
favorita. Y es que a fuerza de escucharlas una y otra vez resulta que... en fin, a lo
que iba.
Una de esas canciones
dice en su estribillo:
El universo
es el cielo y algo
más,
algo que no puede
verse
pero sabemos que
está.
Tras muchas vueltas
espaciales en repetidos viajes, un día
exclama Aitana:
—¡Ya lo entiendo!
—¿El qué?
—¡Es una adivinanza y
ya sé lo que es!
—¿A qué te refieres?
—Dice que el universo
es el cielo y algo más. "Algo más" es el Sol, ¿sabéis por qué?
—¿Por qué?
—Porque es algo que no
puede verse, porque si lo miras te quedas ciego, pero sabemos que está, porque
notamos que nos calienta.
Tiempo tendrá de
averiguar que no iban por ahí los tiros, y que el Universo es mucho más que el
cielo y el sol, pero ese no era el momento de corregirla y la felicitamos por
ser tan lista y resolver la adivinanza antes que nadie.
Le vi una expresión de satisfacción que llegaba más allá de las estrellas.
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Muchos de nosotros
hemos debido tener una o más palabras que siendo niños se nos resistían a la
hora de pronunciarlas (¿recordáis alguna?)
Y digo de niños
cuando aún hoy me tengo que parar a
pensar si se dice croquetas, cocretas o
crocretas. ¿Y es vicisitudes o visicitudes? (Ahora lo negaréis, pero seguro que
os he hecho dudar)
Tenía mi hermano
Tomás tres o cuatro años y no sabía decir Villajoyosa (una ciudad próxima a
Benidorm, donde vivíamos)
Él decía algo así
como Vijayososa o Vijajoyosa, y a mis padres y a mí nos hacía mucha gracia,
todo lo contrario que a él, que le disgustaba no conseguir pronunciarlo
bien, y nuestras risas —como hoy a Aitana— herían su amor propio.
Un día, viajando en coche también, observé que estaba muy callado, como concentrado en algo.
De repente gritó:
— ¡¡VI-LLA-JO-YO-SAAA!!
Y le aplaudimos,
claro. Y todavía recuerda la satisfacción que le produjo conseguirlo.
Cuando veo el
siguiente video siempre me acuerdo de aquella escena, pues tenía mi hijo más o
menos la misma edad que mi hermano entonces. Parece que las historias se repiten en la vida una y otra vez.
Pronto sabréis cuál era la palabra que se le resistía a Samuel antes de que naciera su hermana.
Solo los que
lleguen hasta los últimos segundos, descubrirán si finalmente lo consiguió o no.













