Gilbert
K. Chesterton (1874-1936)
Escritor británico.
Suelo
ver por mi barrio a una mujer joven caminando ligera por la acera, y
un niño de tres o cuatro años que se apresura por alcanzarla.
La
primera vez que los vi, el niño iba llorando y ella lo ignoraba por
completo, llegando a dejarlo varios metros atrás.
Pensé que a la criatura le habría entrado la típica rabieta que a veces les da a los niños y que la madre, para darle a entender que no cedería a su chantaje emocional, estaba metida en su papel con determinación.
Pensé que a la criatura le habría entrado la típica rabieta que a veces les da a los niños y que la madre, para darle a entender que no cedería a su chantaje emocional, estaba metida en su papel con determinación.
Lo que
me chocó es que llegó a cruzar una calle sin mirar atrás, y el
niño, viendo que su madre se alejaba demasiado, corrió a su
encuentro.
Finalmente
los perdí de vista, pero me quedé inquieto pensando si,
siguiéndola, cruzaría alguna calle sin mirar.
La
segunda vez que me los crucé, supe que eran extranjeros; rumanos,
pensé. La madre estaba echando al niño una bronca. Se había
detenido para encararlo a ella y le gritaba. El niño alzaba la
cabeza y la miraba con ojos llorosos. Cuando levantó los brazos
para tocarla, para abrazarla tal vez, la mujer empezó a caminar con
viveza, como suele hacer, y el niño, otra vez, la siguió
apesadumbrado.
Ese día
estuve en el trabajo con el ánimo algo decaído y volví a casa con
cierto malestar que en un principio no supe a qué achacar, hasta
que me acordé de la escena de aquella mañana y entonces me di
cuenta de que la imagen de aquel niño tan pequeño que había
intentado tocar a su madre y ésta le había rechazado me había
afectado.
Los
he vuelto a ver en otras ocasiones. La mujer, que ya me han dicho que
es lituana, siempre camina con gesto severo unos pasos por delante
del pequeño. Y él solo hace que seguirla como un perrillo
aturdido.
Todavía
no los he visto cogidos de la mano.
Desde
que soy padre me afectan enormemente las imágenes de niños tristes,
de niños sufriendo. Me superan. Nada me alegra más que ver a un
niño reír a carcajadas y me satisface encontrarme con escenas de
cariño de padres hacia sus hijos y viceversa. Besos, abrazos,
caricias, cosquillas...
La
infancia debería ser siempre una etapa enormemente feliz.
No digo
que a los niños haya que concederles todo, ni mucho menos, pues han
de aprender que no todo se consigue siempre facilmente y que en
ocasiones habrá que encarar más de una frustración, pero que no
les falte nunca un referente en el que confiar y al que aferrarse.
Sé que es un deseo utópico, pero debería ser obligatorio, como una ley universal que hubiera de cumplirse a rajatabla, o mejor aún, algo natural e innato en los seres humanos, el desvivirse para que no sufriera ningún niño en ningún lugar del planeta.
Me
consta, a todos nos consta, que muchos, muchísimos de ellos pasan
hambre y que otros tantos están enfermos y con pocos recursos para
salir de sus miserias, y es algo muy triste y muy injusto. Por eso mismo, porque otros sufren tanto, no
logro concebir que haya niños a los que se les llegue a privar de algo tan básico y
tan vital como es el amor.
¿Cómo
es posible que crezcan niños sin una persona a su lado que les de
cariño, y seguridad y confianza? Puede parecernos inconcebible,
pero por desgracia ocurre.
Creo, sinceramente, que de igual forma que nadie debe conducir si no demuestra antes que está cualificado para hacerlo, sacándose un carnet, o que igual que para cualquier carrera que se pretende desempeñar hay que formarse previamente y demostrar que se está preparado, para algo tan serio y de tanta responsabilidad como es ser padres, con más razón todavía habría que pasar unas pruebas. No sé de qué tipo, pero tengo muy claro que no todo el mundo está capacitado para ser padre.
Y aunque
este caso que he contado, el de esta mujer que siempre va por delante
de su hijo, al que veo agobiado por alcanzarla, fueran solo
impresiones mías y ese niño sea en realidad feliz y se sienta
querido (ojalá sea así), qué duda cabe que hay infinidad de
casos de niños que apenas reciben atención ni cariño.
Estos
días mis pensamientos rondan en ese deseo que no puedo hacer
realidad más que en mis propios hijos, y mi empeño es que tengan una infancia
feliz.
Que luego la vida depare a cada cual lo que le tenga que deparar, pero que al menos queden siempre los recuerdos de la niñez como aquel bello oasis de nuestra existencia que nos haga sonreír de dicha al rememorarlo.
He
encontrado este video con grabaciones de 2008. En ocho años Samuel y
Aitana y sus primos Cristian, Anna y Marta han crecido tanto que la
infancia ha quedado atrás para casi todos. Eso significa... ¡que ahora empieza la
adolescencia! (¡Glubs! ¡Socorro! :p)





















