
En varios blogs amigos he
leído en estos días diferentes impresiones acerca de la Navidad.
Para algunos es un tiempo
maravilloso, sinónimo de vacaciones; para otros, todo el mes de diciembre es
estresante y poco saludable en lo gastronómico y lo monetario. Los hay que, si
pudieran disponer de un mando mágico con un botón para adelantar el tiempo, se
trasladarían hasta el 7 de enero sin dudarlo.
Yo pienso que estos días no
son mejores o peores en sí mismos: son sencillamente lo que nosotros queramos
ver en ellos. Probablemente dependan de nuestra predisposición a vivirlos.
En mi caso, el poso de
felicidad que dejaron las navidades de los años de mi niñez y juventud sirve
para que hoy, desprendido ya de aquella inocencia, no deje de verlas como unas
fechas entrañables.
Eso no significa que sea
capaz de ignorar esos componentes negativos que, desde luego, existen, y aflore
de vez en cuando en mi estado de ánimo un cierto hastío unas veces y un bajón
anímico otras, que dan como resultado un sentimiento agridulce.
Hoy quiero exponer en esta
entrada una serie de recuerdos navideños que me producen eso mismo: una sonrisa
y un suspiro.
Creo que cuando vivían mis
cuatro abuelos las navidades tenían un sabor más intenso; las recuerdo
especialmente hogareñas.
Me acuerdo de cuando mi
madre traía a nuestra casa a sus padres, el abuelo Conrado y la abuela Anita, a
pasar con nosotros esos días. Sólo verlos bajar del coche lentamente ya me
ponía contento. Se sentaban cerca de la chimenea, al calor del fuego. A mi abuelo,
que era ciego, le poníamos una pandereta entre las manos y él la tocaba
mientras los cuatro hermanos dábamos vueltas por todo el salón cantando y
bailando villancicos. Mi abuelo no nos veía, pero nos escuchaba, sentía que
pasábamos por su lado y no dejaba de sonreír. Entre aquella algarabía recibía a
veces un beso, y eso le hacía emitir una corta risa de satisfacción que le
humedecía los ojos.
Yo he sido de los que cada
28 de diciembre (Santos Inocentes) no ha dejado de gastar alguna broma a
alguien de mi familia.
Por contar una, me voy a
aquella en la que compré algún que otro petardo que tenía dos hilos, uno en
cada extremo. Si se tiraba con fuerza de ambos hilos a la vez, el petardo
explotaba (ignoro si se siguen vendiendo). Así que coloqué uno en la puerta del
pequeño retrete del patio con la viva intención de propinar un buen susto al
primero que necesitara utilizar el servicio.
El caso es que tardó tanto
en acercarse alguien por allí que hasta se me olvidó.
Fue al día siguiente cuando
escuchamos estallar un petardo de buena mañana y a mi abuela Anita exclamar:
—¡Fotre!
Cuando fuimos hacia el
lugar, descubrimos que, del susto, se le había caído al suelo el orinal que se
disponía a vaciar en el retrete. Ella también se mojó.
Tuve que explicar que se
trataba de una inocentada que había llegado con retraso.
Me dio lástima mi abuela,
pero también me reí, también…
Inolvidable aquella oscura
noche en que volvíamos de ver una cabalgata de Reyes Magos y, al entrar el
coche por el camino que nos llevaba a la casa de campo, los faros iluminaron
uno de los nogales del que colgaban muchos paquetes de regalos. Imaginad la
algarabía, la emoción al pensar que podíamos haber pillado a los Reyes in
fraganti subidos a un árbol…
Las cenas de Nochevieja
siempre me han producido cierto desasosiego. Antes y ahora. Eso de que haya una
cuenta atrás hasta las uvas me pone un pelín cardiaco.
—Oye, a todo esto, ¿qué hora
es? —dice siempre alguien.
—Daos prisa, que ahora mismo
suenan las campanadas…
Es que no me relajo hasta
que no me como la última uva.
Así que cuando llega ese
momento mágico en que miro las caras de los que me rodean y veo esos mofletes
de Louis Armstrong cuando tocaba la trompeta, me suele entrar la risa y empiezo
a soltar chorradas que hacen que más de uno no consiga acabarse la docena.
Y qué risas se viven esa
noche.
Recuerdo una cena en la que
mi padre (calvo él) comentaba seriamente a mi tío Juan (calvo también):
—No, yo calvo del todo no
estoy, que noto que tengo toda la cabeza con una pelusilla que…
Mi tío, que ya debía ir algo
piripi gracias al vino, eso de la pelusilla en tono lastimero le produjo el
ataque de risa más grande que he contemplado en mi vida. Es que no podía parar
de reír, colorado como un tomate. Sólo se le oía decir, cuando cogía aire:
—Una pelusilla, una
pelusilla dice…
Mi tía Ceci, contagiada de
tanta risa, se unió a él con carcajadas todavía más fuertes, y ya el resto, por
contagio masivo, nos entregamos a ese dolor de estómago y esos lagrimones placenteros.
Hubo una ocasión para los
anales de la historia en la que a mi tío Guillermo y a mi padre (hermanos
ellos) les dio por cantar en latín, y yo, que tenía a mano un radiocasete, no
me lo pensé dos veces para grabarlos. Ellos, conscientes de que el momento se
estaba inmortalizando, se esmeraban al máximo en dar el do de pecho y en no
equivocarse.
Al parecer, mi tío tomaba
unos derroteros que mi padre negaba con la cabeza, como reprochándole que lo
estaba haciendo mal. La escena resultaba muy cómica para los que observábamos a
esos dos tenores amateurs pasando por momentos de apuro.
Tanto protestó mi padre con
la mirada que al final a mi tío le empezó a entrar la risa y acabó por
claudicar con un:
—Anda ya, ¡me has jodío vivo!
Y ahí comenzó lo mejor. Se
reprochaban mil cosas el uno al otro y mi tío Guillermo sólo hacía que
exclamar:
—Muy bien, ¿me estaba
saliendo mal? ¡Pues déjalo que pase! ¿No ves que estábamos grabando? ¡Pues
déjalo que pase!
Mi abuela Paquita era pura
carcajada, yo me partía de risa y lo mejor de todo es que hasta ese rifirrafe
se estaba grabando.
Y este maravilloso mundo de
los blogs me permite colgar hoy esos instantes que acabo de narrar. Quede aquí
aquel documento sonoro del fracaso de los dos hermanos tenores.
A ti, papá, que sigues mi
blog desde tan lejos, te va a gustar (y emocionar, lo sé) volver a escuchar esa
grabación.
No importa la fecha: fue en Navidad.














