8 de enero de 2009

EL CAMPO: EL MISTERIO DE LAS AVISPAS

Hace tiempo que me ronda por la cabeza un pequeño reto personal que si lo consigo me complacerá publicar en el blog. Quisiera fotografiar todos los lugares (las casas y calles) en los que he vivido. Tenerlos todos juntos visualmente. Por puro placer nostálgico.
Estos lugares son, por orden cronológico, Elda, Petrel, Madrid, Benidorm, de nuevo Petrel, Elche y Yecla.
A priori, la foto más difícil de conseguir es la de Madrid pues no me queda en la memoria rastro alguno del lugar exacto y porque me pilla un poco lejos, pero voy a preguntar a mis padres si ellos recuerdan dónde estaba aquel piso de Cuatro Caminos y quizá algún lector de la zona me pueda echar un cable.
Por el contrario tengo muchísimas fotos como la que muestro, que pertenece a la casa de campo de Petrel en la que hemos vivido los cuatro hermanos toda la vida. Sobre todo Fran y Ana, que no conocieron otro hogar. Yo soy el mayor y después de mi etapa como único hijo en Madrid, nació Tomás y, por razones de trabajo de nuestro progenitor, ambos pasamos a vivir a Benidorm.
Tendría yo 3 ó 4 años cuando mi padre compró la casa de campo de Petrel y allí nos trasladábamos todos los fines de semana que podíamos.
Hoy la casa no se parece en nada a la que era entonces y a través de los años ha ido reformándose y apareciendo y desapareciendo habitaciones por dentro y árboles y flores por fuera.
En un principio, la casa era tan vieja, tan rústica, que, antes de acondicionarla, abundaban en ella los ratones y cuando llegaba la hora de dormir, me producía una extraña mezcla de atracción y aprensión el ver corretear algún roedor por el suelo o por encima del armario de la habitación.
Con las modificaciones y las obras, la casa fue bautizada como Anai, pero jamás ninguno la hemos llamado así. Siempre ha sido El campo.
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El campo está repleto de recuerdos por todos sus rincones después de haber vivido allí nuestra niñez, adolescencia, etapa de fiestas con amigos, de llevar a las novias, de casarnos, tener hijos…
En El campo compartimos vida siendo niños con infinidad de animales de todo tipo: perros, gatos, gallinas, palomas, pavos reales, peces, un burro, una yegua, un potro…
Por El campo, dada la intensa afición de mi hermano Fran por los idiomas, ha pasado gente de lugares tan diversos como Noruega, Canadá, Inglaterra, Escocia… Con deciros que lo llegamos a llamar el Hotel Cabrerator (Cabrera es nuestro apellido) os lo digo todo.
En El campo sufrimos la histórica riada del 82 que nos inundó todo de agua y barro y que tanto tiempo nos costó eliminar.
Mi abuela paterna, Francisca, plantó un diminuto pino junto a la casa al poco de comprarla. La madrugada en que murió escuché perfectamente cómo empezaban a cantar los pájaros de ese pino. Despertaban entre la frondosidad del enorme árbol en que se ha convertido.
Mi abuela materna, Ana, también murió de vieja en El campo donde nos vio crecer.
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Son tantas las imágenes que me vienen a la cabeza que he pensado que este año voy a inaugurar una serie de entradas sobre El campo que os iré contando porque creo que realmente merecen la pena.
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Empiezo con una anécdota de la época en la que sólo lo disfrutábamos los fines de semana o las fiestas, antes de vivir allí definitivamente.
El hecho es tan singular, tan raro e inverosímil, que ni yo mismo creería hoy que fue cierto si no fuera porque Tomás estaba conmigo y también lo vio y como yo lo recuerda.
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Habíamos "cazado" entre los dos varias avispas y las teníamos en un tarro de cristal que previamente llenamos de alcohol. Las agitábamos en el tarro y nos divertía ver cómo se iban ahogando. Nos hechizaba ver cómo al morir se sumergían lentamente hasta el fondo. (La crueldad de los niños, que no tiene límites...)
Cuando llegó la hora de volver a casa (a Benidorm), dejamos el tarro bien cerrado allí en el campo (en el exterior, en la parte trasera, recuerdo)
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Al fin de semana siguiente allí seguía lógicamente el tarro. Tomás y yo nos acercamos a contemplar nuestro "cementerio de avispas". El alcohol se había tornado menos transparente, con un ligero tono verdoso. Los insectos flotaban apelotonados, sumergidos unos, flotando otros. Una maraña de patas y cuerpos amarillos rayados de negro.
Decidimos abrirlo y esparcir avispas y alcohol por el suelo y una nueva idea surgió como remate a semejante "avispicidio": echar una cerilla y que ardieran.
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Y aquí viene el expediente X. Nada más surgir las azuladas llamas , algunas avispas echaron a volar, otras no tuvieron tiempo y se agitaron entre las llamas al quemarse y el resto de ellas ni siquiera se movieron porque estaban muertas. Pero es que todas debían haber estado muertas y bien muertas después de una semana sumergidas en alcohol. De hecho ninguna se había movido cuando las esparcimos por el suelo.
¿Qué ocurrió? ¿Cuál es la explicación de este hecho? ¿Cómo puede ser que algunas escaparan volando?
Al contarlo, nunca nadie nos ha creído, pero lo comprendo. A Tomás y a mí también nos cuesta creerlo a pesar de que lo vimos con nuestros propios ojos.



5 de enero de 2009

VERDADEROS REYES

Escribí “Verdaderos Reyes” hace mucho tiempo. Rondando los veinte años de edad poco más o menos. Las tres historias están inspiradas en acontecimientos reales de mi vida o la de mi familia. 
Las tenía guardadas en cuatro folios mecanografiados que he vuelto a reescribir en el ordenador 
para poder publicarlo en el blog y compartirlo con todos vosotros.
Me apetecía hacerlo precisamente ahora, en víspera de Reyes.
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VERDADEROS REYES


ORO


Tal vez fueran sólo impresiones suyas, pero a Mendoza le parecía que cada año las largas barbas postizas que sacaba de la caja del altillo eran menos blancas, como si el tiempo se encargara de dorarlas y llevarse el níveo resplandor de antaño. Y cada año, al probarlas sobre su cara y mirarse en la luna del viejo armario del desván, llegaba a convencerse más de lo que su mujer le decía en esas fechas: “Tienes cara de Melchor de verdad”
Mientras desempolvaba la vieja corona, sonreía ensimismado en sus nostálgicos recuerdos. Los cristales de colores en ella engastados volvían a brillar con tan sólo frotarlos con un paño. Y cada falsa esmeralda, cada falso rubí lanzaba a sus ojos vivos destellos de verdaderas joyas, dispuestas a lucir sobre su cabeza ante los ojos de todos los niños que fueran a verle esa noche.
Colgada de una percha, envuelta en plástico gris, dormía la capa real, ese manto de suave terciopelo de un rojo sangrante que abrigaba su ya cansado cuerpo en esa mágica noche de enero en la que Mendoza era un Mago de Oriente durante unas pocas felices horas.
Reciente estaba aún en su memoria aquella lejana noche en que, tras mil preparativos para camuflarse entre las barbas y el maquillaje de su cara, apareciera por primera vez ante su hija Ana. La madre le había precedido ilusionada a la entrada de la habitación:
—Mira, Ana, con quién me he encontrado subiendo las escaleras. ¡Mira quién ha venido a conocerte!
Pero traspasar él la puerta y escuchar “¡Ay, papi, qué feo estás!” fue todo a un tiempo.
Abrochando su capa al cuello no pudo evitar que una furtiva lágrima escapara de sus ojos buscando refugio entre la espesa y rizada barba. ¡Cuántas veces más hubiera querido seguir escuchando la voz de aquella hija que un amargo día decidió llevarse Dios!
Nunca quiso plantearse Mendoza el porqué de aquel fatal destino ni dejó jamás de llenar un poco de ilusión el corazón de tantos niños que ya no pudo tener.
Por eso, el cinco de enero era para el viejo gemelo de Melchor, un día sagrado, un día en el que, desde lo alto de su carroza, ignoraba los porqués que osaban tímidamente a asomarse a su alma y sentía profundamente que era padre otra vez.
Tras colocarse unos guantes blancos y calzarse las eternas botas de tacones desgastados, descendió con cuidado las escaleras del desván.
Su esposa sonrió al mirarle
—La misma cara de Melchor.

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INCIENSO



.Gabriel desempañaba los cristales de la ventana con la manga de su abrigo, pero cuando acercaba la cara para mirar el exterior se volvían a empañar con el vaho de su aliento. Hacía frío afuera. Mucho frío.
Sobre la mesa camilla de la salita, junto a un pequeño ramo de verde muérdago y unas nueces, descansaba la carta que su hijo acababa de escribir a los Reyes Magos. Se acercó para leerla.
Una amplia sonrisa fue creciendo en su cara mientras descifraba la grotesca caligrafía del pequeño y admiraba los dibujos del final en los que su hijo había retratado a los tres monarcas con sus nombres escritos debajo.
“Ahí estoy yo” —se dijo arqueando las cejas al mirar la figura de Gaspar.
Se dirigió a un cajón y sacó un sobre.
En su cuarto de juegos encontró a su hijo Raúl mirando calladamente las estampas de un álbum. Cuando el niño se percató de su presencia desvió la mirada hacia el sobre que su padre traía en las manos.
—¿Es que no vas a tirar tu carta al buzón, Raúl?
El pequeño hizo una desganada mueca con los labios, miró a su padre de forma inquisidora y siguió pasando las hojas del álbum.
—¿Qué pasa? —preguntó el padre, extrañado.
—Jorge me ha dicho que los Reyes Magos no existen, que son los padres los que compran los juguetes.
—¿Quién es ese Jorge?
—Uno de mi clase
—Oh —fingió lamentar Gabriel largamente—. ¡Qué pena me da ese Jorge! ¡Pobre niño!
Su hijo le miró atónito, sin saber a qué venía el lamento de su padre
—¿Sabes lo que le pasa a ese Jorge, Raúl? —prosiguió— Pues que ha dejado de creer en los Reyes Magos y entonces Melchor, Gaspar y Baltasar, que todo lo saben, han dicho: “A Jorge no tenemos que visitarle porque ya no nos quiere”
Tras una pausa, su padre preguntó:
—¿Tú los quieres?
Raúl asintió en silencio, moviendo con fuerza su cabeza.
—¡Qué suerte tienes! —prosiguió su padre— A ti también te quieren entonces, porque tú sí crees en ellos. A ti te traerán regalos los Reyes Magos; a Jorge se los habrán de comprar sus padres porque el pobre ya no cree en los buenos Reyes Magos. Ahora ya lo sabes, Raúl: siempre que creas en ellos, ellos vendrán.
El niño sonrió mirando a su padre. Súbitamente dejó el álbum a un lado, le arrebató el sobre de las manos y salió corriendo hacia el salón. 
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MIRRA



.Lo más pesado era soportar el maquillaje en la cara durante tantas horas, porque el turbante le hacía sudar, el sudor le producía picor y el picor le declaraba la guerra a su paciencia. Claro que, era la paciencia la que siempre salía victoriosa finalmente.
“Paciencia, paciencia, hijo mío - le solía decir su padre - que en esta vida todo llega. Todas las ilusiones se pueden cumplir algún día”
—Animo, Valeriano —le espetaba su socio, que hacía las veces de maquillador y de sastre al mismo tiempo—, ya sólo me falta pintarte el cuello y te largas. Esto de maquillarte la cara me pone más negro a mí que a ti. ¡Eres un quejica!
Y Valeriano seguía refunfuñando y pensando que aún tenía que ir a los almacenes, recoger a su mujer, llevarla a casa de su suegra para que recogiera a los niños y los llevara a la cabalgata. Entonces él podría trasladar los juguetes desde el coche a sus habitaciones y correr para llegar a tiempo de ser él mismo, el Rey Baltasar, el que saludara a sus hijos desde la carroza.
Era, desde luego, un ajetreo, una tarde con muchas prisas, pero … ¡qué ajetreo y qué prisas tan formidables!
Era Valeriano un niño de apenas seis años cuando pidió a los Reyes Magos un caballo de verdad. Soñó con el animal muchas noches, y, a pesar de las advertencias de sus padres de que era muy difícil que pudieran los reyes traer algo así, la víspera de tan deseado día imaginó un gran caballo negro en el patio, comiéndose las macetas de su madre.
Ni tan siquiera había despuntado el sol cuando se apresuraba hacia el patio pensando que le daba igual si el caballo era negro o blanco siempre y cuando corriera mucho y él lo pudiera cabalgar.
Su decepción fue enorme cuando bajo la claridad del alba encontró el patio vacío y las macetas intactas. Allí no había caballo alguno.
Al pie de una ventana sus ojos toparon con una peonza, unos tallos de regaliz y un pequeño caballo de cartón.
Durante el tiempo que pasó llorando no imaginaba que ese caballo de cartón haría las delicias de su niñez y que sería su juguete favorito durante muchos años.
Hoy sonreía Valeriano al pensar que ningún otro juguete le gustó tanto como aquel caballito de sus recuerdos, que, de todas formas, también comía de las macetas de su madre.
Antes de partir corriendo para la cabalgata, Valeriano se tropezó con su reflejo en el espejo del recibidor. Por toda la casa flotaba una fragancia especial a mazapanes y resina de pino. Contrastando con la oscura pintura de su cara resaltaban sus ojos y dientes.
—Oh, padre —se dijo—. Claro que todo llega en esta vida. Y este momento tan dichoso no puede compararse a ninguno.
Y cerró la puerta quejándose del picor en el cuello.



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REENCUENTRO CON LA INFANCIA

Allí estaban Mendoza, Gabriel y Valeriano, o lo que es lo mismo, Melchor, Gaspar y Baltasar, sentados en los tronos de sus carrozas con el corazón henchido de gozo al sentirse observados por los cientos de rostros de niños ilusionados que chillaban, reían y llamaban a gritos a sus reyes favoritos. Allí estaban las múltiples manos revoloteando enfundadas en pequeños guantecitos, los rostros semicubiertos por bufandas, las bengalas encendidas, los fuegos artificiales en la noche, la música, la algarabía de un momento feliz.
Allí estaban los pequeños niños Jesús del siglo XX, con los mismos gestos, los mismos anhelos, las mismas ilusiones de todos los niños a través de los siglos.
Y entre toda la multitud de cortos abrigos y caras sonrosadas buscaba Mendoza a su hija Ana, que sin duda saludaba a su padre y le gritaba “Qué feo estás, papi, con esas barbas…”
Y lanzaba Melchor caramelos. “Benditos niños”
Y entre toda la multitud de botones hasta el cuello y orejitas frías Raúl regañaba mentalmente a su amigo Jorge por no creer en los Reyes Magos y le decía que era un tonto y un pobre.
Y lanzaba Gaspar caramelos. “Benditos niños”
Y entre toda la multitud de zapatos de charol y dientes mellados no podía ni imaginar el hijo de Valeriano que al día siguiente contemplaría un caballo blanco de verdad que los Reyes Magos le traían …porque todo llega en esta vida.
Y también Baltasar lanzaba caramelos. “Benditos niños”
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30 de diciembre de 2008

DOS NEURONAS EN APUROS








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—Nada, no contestan.
—Inténtalo de nuevo
—Ya estoy cansado de hacerlo, ya habré mandado como cuarenta señales y no les da la gana contestar.
—Pues no podemos tirar la toalla.
—Ya lo sé, pero es que uno se cansa de hacer el primo.
—Manda güevos. Todos los años por estas fechas el mismo rollo
—Espera, que me acaba de subir otra queja... Mira, la remite el hígado... A ver, leo... Dice que hará como seis días que no recibe ni gota de agua, que sólo hace que filtrar cerveza, vino, sidra y champán... que tiene las células totalmente pedo.
—¿Y qué pretende que hagamos? Dale entrada a la queja del hígado también, que ya las recibirán en la nave nodriza todas de golpe.
—Pues se van a cagar en algo malo cuando se den cuenta del trabajo que les viene encima: hay un atasco de colesterol en más de cuatro avenidas, el ácido úrico se está meando por todas las esquinas y en el vientre tienen una buena remesa de turrón de Jijona y polvorones.
—Pues que construyan michelines.
—Ya, si eso hacen, pero piden más agua para amasar el revoltijo.
—No, diles que agua no entra, que se apañen con otra cosa.
—Les diré que vayan dando forma a los ladrillos con los bigotes de las gambas. El tipo este se las ha tragado todas.
—Mira, ahora me llega una señal de los músculos de las piernas.
—Lo que me faltaba, otra queja, ¿no?¿Qué dicen?
—Que se habían acostumbrado a la rutina del footing matinal y que ahora lo echan en falta. Que si va a haber algo de actividad, que menudo muermo...
—Mira, ni te molestes en contestar.
—Hombre, qué menos que una llamada perdida, que vean que nos solidarizamos...
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—ESPERA, parece que por fin recibo señal de la computadora central... ¿Si? ¿Me escucháis?
—Hola
—¿Hola? ¡ Maldita sea!, ¿se puede saber qué hacéis? Llevamos la tira de días en la más pura anarquía. ¿No os vais a dignar a dar órdenes?
—No, yo no...
—Pero ¿quién es? ¿Estoy hablando con Gran Cerebro?
—Sí, bueno, pero yo soy la chica de la limpieza... Es que he venido a poner un poco de orden aquí y como sonaba tanto el teléfono, pues al final lo he cogido... No sé si he hecho bien...
—Mecaguenlaputa!! ¿Y no hay nadie ahí que pueda atendernos?
—Pues va a ser que no. Aquí están todos durmiendo la mona
—Pero no puede ser, ¿y quien maneja este cuerpo?
—Es que me parece a mí que han puesto el piloto automático para poder montarse la juerga padre. Aquí no se menea naide.
—¡La madre que los parió! ¿Y no tiene usted nociones para activar alguna palanca?
—¿Yoo? Dios me libre. Si no me pagan bastante para las panzás de trabajo que me arreo. Si hasta he recogido unas bragas de la trastienda…
—¿Bragas? (mira a su compañero) ¿Tú sabes algo?
—Será cosa de los chicos del subconsciente. Ya sabes cómo son…
—Ya. Señora, ¿me escucha?
—Le escucho.
—Háganos un favor. Hay una cosa importantísima que llevar a cabo.
—¿Qué tengo que hacer?
—Levante la tapadera gris de la derecha y apriete el botón con una D mayúscula
—¿Una B?
—¡Una D! De Despertar
—Pero aquí hay mucha tapadera gris
—Levante una a ver
—¿Estas seguro de lo que haces? Es la señora de la limpieza…
—A grandes males, grandes remedios. Hay que intentarlo.
—No veo ninguna D, señor. Aquí veo una V.
—No, no, esa es para vomitar. Un poco más a la izquierda.
—Ay, señor, que me ha dado un calambre. Yo no me atrevo a toquetear todo esto.
—Je, un calambre. Verás la jaqueca con la que se van a levantar estos. Haga otro intento por favor.
—Aquí hay un botón con una E
—Tampoco, no necesitamos una erección ahora.
—Una D, una D. ¡¡La he encontrado!!
—Perfecto, señora. ¡Púlsela!
—Voy… ¡Ya está!
—Bien. Muchas gracias. No sabe cuánto se lo agradecemos. Ahora despertará este cuerpo y se movilizarán forzosamente todos los obreros. Ya era hora.
—Mira, llega un teletipo urgente.
—¿Qué dice?
—Son los intestinos, dicen que no comprenden por qué les enviamos esos latigazos, que los nutrientes son aceptables…
—¿Latigazos? ¿Qué los nutrie… ¡Señora!
—Dígame
—¿Ha apretado una D mayúscula?
—Ay, no, es minúscula
—Mierda. Le ha dado al botón de diarrea.
—Tú lo has dicho: Mierda.
—Mira, no hay mal que por bien no venga. Prepárate porque aquí se van a despertar todos en un santiamén.
—Agárrate fuerte. Se han abierto los ojos de golpe.

21 de diciembre de 2008

FUE EN NAVIDAD

En varios blogs amigos he leído en estos días diferentes impresiones acerca de la Navidad.

Para algunos es un tiempo maravilloso, sinónimo de vacaciones; para otros, todo el mes de diciembre es estresante y poco saludable en lo gastronómico y lo monetario. Los hay que, si pudieran disponer de un mando mágico con un botón para adelantar el tiempo, se trasladarían hasta el 7 de enero sin dudarlo.

Yo pienso que estos días no son mejores o peores en sí mismos: son sencillamente lo que nosotros queramos ver en ellos. Probablemente dependan de nuestra predisposición a vivirlos.

En mi caso, el poso de felicidad que dejaron las navidades de los años de mi niñez y juventud sirve para que hoy, desprendido ya de aquella inocencia, no deje de verlas como unas fechas entrañables.

Eso no significa que sea capaz de ignorar esos componentes negativos que, desde luego, existen, y aflore de vez en cuando en mi estado de ánimo un cierto hastío unas veces y un bajón anímico otras, que dan como resultado un sentimiento agridulce.

Hoy quiero exponer en esta entrada una serie de recuerdos navideños que me producen eso mismo: una sonrisa y un suspiro.

Creo que cuando vivían mis cuatro abuelos las navidades tenían un sabor más intenso; las recuerdo especialmente hogareñas.

Me acuerdo de cuando mi madre traía a nuestra casa a sus padres, el abuelo Conrado y la abuela Anita, a pasar con nosotros esos días. Sólo verlos bajar del coche lentamente ya me ponía contento. Se sentaban cerca de la chimenea, al calor del fuego. A mi abuelo, que era ciego, le poníamos una pandereta entre las manos y él la tocaba mientras los cuatro hermanos dábamos vueltas por todo el salón cantando y bailando villancicos. Mi abuelo no nos veía, pero nos escuchaba, sentía que pasábamos por su lado y no dejaba de sonreír. Entre aquella algarabía recibía a veces un beso, y eso le hacía emitir una corta risa de satisfacción que le humedecía los ojos.

Yo he sido de los que cada 28 de diciembre (Santos Inocentes) no ha dejado de gastar alguna broma a alguien de mi familia.

Por contar una, me voy a aquella en la que compré algún que otro petardo que tenía dos hilos, uno en cada extremo. Si se tiraba con fuerza de ambos hilos a la vez, el petardo explotaba (ignoro si se siguen vendiendo). Así que coloqué uno en la puerta del pequeño retrete del patio con la viva intención de propinar un buen susto al primero que necesitara utilizar el servicio.

El caso es que tardó tanto en acercarse alguien por allí que hasta se me olvidó.

Fue al día siguiente cuando escuchamos estallar un petardo de buena mañana y a mi abuela Anita exclamar:

—¡Fotre!

Cuando fuimos hacia el lugar, descubrimos que, del susto, se le había caído al suelo el orinal que se disponía a vaciar en el retrete. Ella también se mojó.

Tuve que explicar que se trataba de una inocentada que había llegado con retraso.

Me dio lástima mi abuela, pero también me reí, también…

Inolvidable aquella oscura noche en que volvíamos de ver una cabalgata de Reyes Magos y, al entrar el coche por el camino que nos llevaba a la casa de campo, los faros iluminaron uno de los nogales del que colgaban muchos paquetes de regalos. Imaginad la algarabía, la emoción al pensar que podíamos haber pillado a los Reyes in fraganti subidos a un árbol…

Las cenas de Nochevieja siempre me han producido cierto desasosiego. Antes y ahora. Eso de que haya una cuenta atrás hasta las uvas me pone un pelín cardiaco.

—Oye, a todo esto, ¿qué hora es? —dice siempre alguien.

—Daos prisa, que ahora mismo suenan las campanadas…

Es que no me relajo hasta que no me como la última uva.

Así que cuando llega ese momento mágico en que miro las caras de los que me rodean y veo esos mofletes de Louis Armstrong cuando tocaba la trompeta, me suele entrar la risa y empiezo a soltar chorradas que hacen que más de uno no consiga acabarse la docena.

Y qué risas se viven esa noche.

Recuerdo una cena en la que mi padre (calvo él) comentaba seriamente a mi tío Juan (calvo también):

—No, yo calvo del todo no estoy, que noto que tengo toda la cabeza con una pelusilla que…

Mi tío, que ya debía ir algo piripi gracias al vino, eso de la pelusilla en tono lastimero le produjo el ataque de risa más grande que he contemplado en mi vida. Es que no podía parar de reír, colorado como un tomate. Sólo se le oía decir, cuando cogía aire:

—Una pelusilla, una pelusilla dice…

Mi tía Ceci, contagiada de tanta risa, se unió a él con carcajadas todavía más fuertes, y ya el resto, por contagio masivo, nos entregamos a ese dolor de estómago y esos lagrimones placenteros.

Hubo una ocasión para los anales de la historia en la que a mi tío Guillermo y a mi padre (hermanos ellos) les dio por cantar en latín, y yo, que tenía a mano un radiocasete, no me lo pensé dos veces para grabarlos. Ellos, conscientes de que el momento se estaba inmortalizando, se esmeraban al máximo en dar el do de pecho y en no equivocarse.

Al parecer, mi tío tomaba unos derroteros que mi padre negaba con la cabeza, como reprochándole que lo estaba haciendo mal. La escena resultaba muy cómica para los que observábamos a esos dos tenores amateurs pasando por momentos de apuro.

Tanto protestó mi padre con la mirada que al final a mi tío le empezó a entrar la risa y acabó por claudicar con un:

—Anda ya, ¡me has jodío vivo!

Y ahí comenzó lo mejor. Se reprochaban mil cosas el uno al otro y mi tío Guillermo sólo hacía que exclamar:

—Muy bien, ¿me estaba saliendo mal? ¡Pues déjalo que pase! ¿No ves que estábamos grabando? ¡Pues déjalo que pase!

Mi abuela Paquita era pura carcajada, yo me partía de risa y lo mejor de todo es que hasta ese rifirrafe se estaba grabando.

Y este maravilloso mundo de los blogs me permite colgar hoy esos instantes que acabo de narrar. Quede aquí aquel documento sonoro del fracaso de los dos hermanos tenores.

A ti, papá, que sigues mi blog desde tan lejos, te va a gustar (y emocionar, lo sé) volver a escuchar esa grabación.

No importa la fecha: fue en Navidad.


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16 de diciembre de 2008

INTRUSOS EN EL CINE


Guardo, en esos cajones del recuerdo que tiene mi cabeza, tres escenas que viví con mi hermano Tomás en un cine. Cuanto más tiempo pasa, más cómicas nos resultan a los dos, aunque en su día, maldita la gracia que nos hicieron.

Ocurrieron en Elda.

Mi abuelo paterno trabajaba de gestor administrativo en su propia casa. Su despacho tenía un mirador desde el que se vislumbraba toda la calle. El lugar servía de distracción a mi abuela que se sentaba por las tardes en la mesa camilla junto a las ventanas de esa atalaya para leer alguna revista y, esporádicamente, observar el trasiego de gente deambulando por la calle. 

Desde allí se veía el bar Ideal, que solía estar muy concurrido, y el cine Ideal justo al lado (por supuesto ya no existe)
Algunos domingos en los que pasábamos la tarde en casa de los abuelos, mi hermano y yo nos acercábamos al “carrico” de Manolo a comprar alguna chuchería (cuando venían mis primos de Sevilla bromeábamos diciendo que algunas de las golosinas, el tal Manolo se las guardaba en el ombligo y cuando uno se echaba alguna a la boca todos poníamos cara de asco y gritábamos “¡¡Esa, esa estaba en el ombligo!!”)
Si la tarde se presentaba larga y ociosa mi hermano y yo pedíamos ir al cine. Un día vimos el llamativo cartel de la película “La conquista del Oeste”, en el que en su parte inferior se apreciaban… ¡¡¡ indios!!!

Tomás y yo teníamos una desmedida afición por los indios. (Algún día os hablaré de esto) Para nosotros, a diferencia de la mayoría de compañeros del cole, los buenos, los héroes, los que tenían que ganar eran los indios. Los yanquis americanos (que nosotros llamábamos “los vaqueros”) eran los malos y en nuestros juegos perdían siempre.

Imaginad el alborozo que nos produjo el ver un día en televisión la película “Murieron con las botas puestas”, una de las pocas que existirán (si no la única) en la que los indios ganaban y no dejaban a rostro pálido alguno con cabellera. Fue sublime.
Así que ahora se presentaba la oportunidad de ver otra película de indios y, por si fuera poco, en el cine. Nos dejaron ir solos y entramos tan contentos. La ilusión se nos salía por las orejas.

Allí, sentaditos en nuestras butacas, uno al lado del otro, ilusionados ante la perspectiva de ver indios, muchos indios, que a lo mejor ganaban.
Yo tendría entonces doce años y mi hermano diez.
Dudo que haya muchos adultos que aguanten estoicamente un western tipo documental de más de dos horas y media sin bostezar y sin mover el culo del asiento, por lo que aun no entiendo cómo pudimos soportar semejante tortura visual. Había pasado más de una hora y ni una mísera pluma de indio en la pantalla. Mucho vaquero, mucho río, mucha caravana, soldados a tutiplén, mapas de recorridos… pero los indios brillaban por su ausencia. De hecho creo recordar que los dejaron para el final prácticamente y tan sólo aparecieron unos minutos en la pantalla cuando nosotros ya estábamos hasta el gorro del oeste.

Salimos del cine totalmente decepcionados y con la impresión de que habíamos estado una semana sentados.
En casa de los abuelos, todos nos preguntaron y manifestamos nuestro disgusto.

Más o menos por la misma época, no sabría decir, volvimos a entrar al cine Ideal a ver otra película solos.
En esta ocasión aún hoy nos preguntamos Tomás y yo cómo es que la taquillera (que por cierto era sobrina de mi abuela) o el que cogía los tickets en la puerta, no nos prohibieron la entrada. Nadie nos advirtió que era una película para mayores. 
Supongo que un título como Verano del 42 no dejaba entrever ninguna maldad. A nosotros nos sonó a vacaciones, a playa, a algo divertido. ¡Je, ilusos...!

Una vez más, dos macacos en la oscuridad del cine para ver lo que ni se imaginaban que iban a ver. Y es que la película estaba cargadita de escenas de cama, de tetas al aire, de besos largos y apasionados, de gemidos… ¡Vaya un apuro!
A mí se me encendieron las mejillas, pero no tanto por lo que estaba viendo como por la inquietante posibilidad de que luego en casa nos preguntaran qué habíamos visto. Eso sí que me hacía sentir en pecado. Estábamos en un lugar que no nos correspondía. Otra vez la película se hacía eternamente larga, esta vez sin serlo.

Salimos del cine como dos cordericos asustados y yo le dije a mi hermano que no dijera nada en casa, no nos fueran a reñir.
Pero, efectivamente, no faltaron las preguntas

—¿Qué tal el cine?
—Bien —con un hilo de voz.
—¿Qué habéis visto? —preguntó mi padre.

Y yo, que no tenía la picaresca que suelen tener la mayoría de los niños, no supe mentir.
—Verano del 42.

Si no hubiera estado mi tía Ceci, a lo mejor la cosa hubiera quedado ahí. Pero estaba. Y exclamó:
—¿Verano del 42? Uy, esa película es fuerte para ellos —dijo a mi padre.

Ahí ya estaba yo rojo como un tomate.
—¿Cómo de fuerte? —quiso saber mi padre
—Pues tengo entendido que “fuertecica” (Uff, ¡¡no la había visto !!) Para mayores desde luego.

Y cuando mi padre nos preguntaba de qué trataba, nosotros alzábamos los hombros quitando importancia y decíamos: “No…nada… de una mujer… y un hombre… aburrida...” Supongo que no quisieron seguir haciéndonoslo pasar mal y acabaron las preguntas. De todas formas no había sido nuestra culpa. Supongo que de ahí en adelante decidirían asegurarse qué pretendíamos ver en el cine.

Pero hubo una tercera vez. Nefasta. Quizás la peor de todas y con el consentimiento de padres, taquillera y todo el que se ponía por delante.

—¡Papá, mamá, hacen una película de dibujos! ¿Podemos ir?

Dijeron que sí, y mi tía Ceci pidió que nos lleváramos a nuestro primo Juan (siete años menor que yo)
Yo habría cumplido ya los 14, Tomás los 12. Mi primo solo tenía 7. Aproximadamente.

¿Por qué nos salían tan mal las cosas? Era tan sólo una película ¡de dibujos animados! Se llamaba Fritz, el gato. ¡Pero, joder con el minino!
Se tocaba la entrepierna más que Michael Jackson. Las gatas tenían todas unas tetas como pelotas y unas ganas locas de que el gato les saltara encima sin miramientos. Había un cerdo que era policía con una gran facilidad para quitarse los pantalones y sacar su otra porra. Se decían tacos a mansalva y el tema principal era el sexo, el secundario el sexo y así, de pasada, se hablaba también de más sexo.

Recuerdo que yo estaba apuradísimo, pero no por mí, lo prometo. Ni por mi hermano, que a fin de cuentas era también un menor pero cómplice en mis desventuras. Yo estaba sufriendo por el otro menor, el más menor de todos, que no quitaba ojo a la pantalla. Mi primo estaba grabando en sus retinas ese sobeteo de tetas del gatito de marras y mil cosas más.
¿Por qué nos dejaron entrar? ¿Y por qué yo, con lo que me gustaba leer, no leí la letra pequeña en la que debía decir que era una película para mayores de 18 años?

Vuelta a casa. Otra vez en silencio, con esa losa en la conciencia. “Que no pegunten, que no pregunten…” No me acuerdo si aleccionamos a mi primo para que no dijera nada. Creo que no. Podía ser peor.
Y no, no hubo preguntas, salimos airosos en aquella ocasión. Ningún adulto supo aquello que hoy confieso aquí.
Tengo que acordarme de decir a mi primo Juan que lea esto, a ver si él también lo recuerda.

12 de diciembre de 2008

VIDEO DE VERANO PARA EL INVIERNO


Esta madrugada las temperaturas han descendido en Yecla a los -5º C.

Quizás, a los que viváis en zonas más frías os parezca esto una bicoca, pero yo sigo exclamando igual que los villeneros dicen de sus vecinos: “Joer con los yeclanos, que al frío lo llaman fresco…”

Para salir a la calle hay que tener hecho el testamento y cuando te decides, parece que se ha congelado hasta el tiempo. Uno dice “Hola” y el “Hola” se cae al suelo y se rompe como el cristal.

De todas formas a mí el invierno me gusta. Entre otras cosas porque me es más fácil dejar de pasar frío que dejar de pasar calor y el calor agobia más y me pone de peor humor.
Pero para aquellos que anheléis la vuelta del verano os voy a presentar unas imágenes estivales que considero apropiado hacerles un hueco hoy en mi/vuestro blog.

Como en esos programas de la tele en que te explican cómo se rodó una película yo también quiero contaros un poco la historia de esta grabación.

Verano de 2006. Mi hermana Ana se encontraba en el campo de Petrel y, cámara en mano, grababa a su hija Anna y a su sobrino Samuel. Mi mujer les estaba contando el cuento de Blancanieves junto a la piscina y los animaba a participar en él.

El guion exigía que tras morder la manzana y morir Blancanieves, el Príncipe Samuel la besara en los labios.
Cuando mi hermana me enseñó las imágenes quedé encantado. 
Me hizo reír muchísimo la indecisión de mi hijo al tener que besar a su prima. Sobre todo ese detalle de mirar a uno y otro lado para cerciorarse de que no hubiera por los alrededores demasiada gente viendo lo que se disponía a hacer.

Inmediatamente tuve la ocurrencia de que esas imágenes quedarían perfectas añadiendo sobre ellas la canción “Mi príncipe vendrá” y pedí la cinta a mi hermana.
Pero Ana regresó a Burriana y quedó pendiente esa idea.

Sin embargo, cuando semanas después intentamos encontrar dicha grabación, no hubo manera. Miramos cintas y más cintas y esas imágenes no aparecían por ningún lado. Cansados de mirar una y mil veces llegamos a la conclusión de que por error, al grabar otras cosas, se habrían borrado.

Me quedé muy apenado porque las imágenes eran realmente enternecedoras e irrepetibles.

Y pasó el verano.

Pero un día me llamó mi hermana con una buena noticia. ¡¡Las había encontrado!! Lo que yo ya consideraba perdido irremisiblemente volvía a mis manos.
Y ya en mi poder les di forma hasta crear este video.

Sirva un poco para congraciarme un tanto con Walt Disney al que he vapuleado mucho últimamente.

Venga Walt, sin rencor por lo de Bambi, que la Navidad está a la vuelta de la esquina.
El verano, con sus calores, queda aún algo lejos , o tal vez no tanto si apretáis el PLAY.



Mi príncipe vendrá - kewego
Los primos Samuel y Anna dan vida a las últimas escenas del cuento de Blancanieves
Palabras clave:video cuento