Solo haría falta llamar a esos
señores que se encargan de comprobar la plusmarca, y que me inscribieran en el
libro, dándome palmaditas en la espalda.
O tal vez no, quizás
mi rareza sea más común de lo que yo creo y haya muchas personas que la
compartan, no sé.
El caso es que cada
vez que digo que tardé 24 años en renovar el carnet de conducir, no se lo cree
nadie.
Y no fue porque se me olvidara o porque buscara la forma de escaquearme
de hacerlo, simplemente mi documento indicaba claramente que la
renovación había de hacerse casi dos décadas y media después.
¿Un error
administrativo? Lo desconozco, lo único que sé es que los amigos a los que he
consultado me dicen que ellos lo renovaron a los 10 años.
Recuerdo muy bien que
en 1985 , siendo yo un feliz jovenzuelo
de 19 años, con su recién sacado permiso
de conducir en la mano, me quedé mirando ese año 2009 y pensé que faltaba una eternidad y
media para que llegara semejante fecha. ¡2009! ¡Con un dos, con dos ceros...! ¡
Tan futurista! Y hasta recuerdo que hice un cálculo mental de la edad que
tendría yo entonces y debí resoplar incrédulo al imaginarme "tan
mayor".
Pero la futurista
fecha llegó, ¡vaya si llegó! Y no solo eso, es que incluso ya pasó de largo, se
convirtió en pasado.
Cuando pienso en estas cosas me tengo que sentar.
Así que el momento de
renovar aquel permiso, tan sobadito él por los años, me pilló viviendo en
Yecla, una ciudad que en aquel entonces jamás había pisado. Me encontró cazado casado y con dos hijos a los que entiendo bien, pese a que hablen en extranjero.
Y, tengo que decirlo, ¡¡no me pilló tan mayor como yo había imaginado!! ¡¡Hombre ya!!
Y, tengo que decirlo, ¡¡no me pilló tan mayor como yo había imaginado!! ¡¡Hombre ya!!
(...ejem...)
Pero ya que estamos, ¿sabe alguien si es normal
que uno haya de volver a renovar el carnet 24 años después? No a los 10, ni a
los 20, ni siquiera a los 25 para redondear, no... ¡a los 24!
Estoy pensando que
tal vez fuera una promoción, una oferta de la DGT.
¡Joven, aprovecha esta oportunidad. Sácate ahora tu carnet y olvídate de renovaciones hasta en 24 años. Sin compromiso. Sin intereses. Promoción válida hasta el 31 de diciembre!
O pudiera ser que el
encargado de sellar el documento fuera un tipo muy supersticioso, y al mirar mi
fecha de nacimiento...
"Uyuyuy, qué sospechoso
este con tanto seis. A mi estas cosas diabólicas me dan mucho yuyu. Mejor le
pongo que vuelva cuanto más tarde mejor, allá por el siglo que viene, que ya me
pilla jubilao".
En 27 años
conduciendo tengo muchas anécdotas al
volante, pero me apetece contar una que
no sé si merece un Guiness de los Records, pero sí al menos una mención
honorífica, porque...
¿Habrá otro tonto en el planeta al que haya parado la policía
para un control rutinario dos veces en un mismo día y en el mismo sitio?
Y
menos mal que no fue la misma pareja de agentes, porque me habría sentido como Bill Murray en
Atrapado en el tiempo, versión yeclana.
Acababa de abrirse al
tráfico una circunvalación que yo estaba deseando que se inaugurara, porque me
permitiría ir a trabajar a Villena sin tener que atravesar la ciudad, mucho más
rápida por tanto. Pero mi gozo en un pozo cuando descubrí que en la hermosa y
recién estrenada carretera plantaron tres aburridos semáforos y un radar de
control de velocidad con guiños de luz de discoteca, por lo que mis sueños de
ahorrar tiempo se pegaron un batacazo.
Bueno, el caso es que aquella mañana iba por allí yo solo (mis paisanos no se habrían enterado de que ya existía tan linda carretera) cuando en la distancia vi a un par de agentes en el arcén haciéndome señas para que detuviera el coche.
En situaciones de
estas, mis pensamientos se adelantan unos a otros a toda prisa:
"A ver, tengo todos los papeles ahí en la guantera, ¿no?..., sí, y el carnet en el bolsillo... ¿pasé la ITV? Sí, claro...No iba corriendo, ¿yo corriendo?... no he bebido nada,...¿qué pinta llevo? ¿me he afeitao?"
"A ver, tengo todos los papeles ahí en la guantera, ¿no?..., sí, y el carnet en el bolsillo... ¿pasé la ITV? Sí, claro...No iba corriendo, ¿yo corriendo?... no he bebido nada,...¿qué pinta llevo? ¿me he afeitao?"
Y la cosa fue tal que
así:
—Sí, claro, aquí
tiene.
—¿El seguro?
—¿El seguro? Ah, sí,
por aquí debe estar... sí, creo que es este.
—Muy bien, ¿puede
abrir el maletero por favor?
(Yo entendí ¿Puedo
abrir el maletero?)
—Sí, por supuesto —Y
me quedé dentro del coche esperando a que lo hicieran ellos.
—Caballero...
—¿Sí?
—¡Abra el maletero! —me dijo, ya sin el por favor
Yo ahora me pregunto
por qué no lo hicieron ellos mismos, ¿por si hubiera una trampa de cazar
policías confiados? ¿por si había allí una pantera hambrienta? ¿Para que me
comiera a mí primero?
Abrí el maletero y
solo encontraron el desorden propio de los maleteros de coches de padres con
hijos ¿Pueden cubos, palas y demás
accesorios playeros vivir allí dentro los 365 días del año? ¡Sí, pueden!
Cuando se cercioraron
de que NO tenía allí el cadáver descuartizado de mi suegra, oí la frase
liberadora.
—Muy bien,
caballero, puede continuar.
Hasta aquí todo bien.
El no va más vendría unas diez horas después.
En mi trabajo habían
estado ordenando un almacén y había que tirar unas cajas vacías al contenedor
de papel.
—Esta caja —me dijo mi
jefa— está llena de chatarra, hierros y candados que no sirven. No la debemos
tirar al contenedor.
—Ah, bien —le dije—, de camino a mi casa paso por un Eco-parque donde recogen estas cosas. Yo me la
llevo.
Así que al terminar la jornada coloqué la caja en el asiento del copiloto (¡cómo pesaba la condenada!) y me fui para casa. El lugar de recogida ya había cerrado, así que decidí que la llevaría al día siguiente por la mañana.
Estaba anocheciendo y
al llegar a la famosa y muy linda carretera de circunvalación, vi las luces de
una linterna haciéndome señales para que me detuviera en el arcén.
¡Otro
control! ¡El mismo lugar! Nadie más que yo conduciendo por allí.
—Buenas noches —me
dijo el nuevo agente—, es solo un control
rutinario.
—Sí, jeje,... ya me
han hecho uno esta mañana —dije en tono "déjenlo ya, estoy libre de
culpa"
—Documentación, por
favor.
Debió importarle bien poco lo que le había dicho, de hecho a sus ojos debí convertirme en alguien que intenta evitar que lo registren. Eso o que estaban muy aburridos, porque por allí, como digo, no pasaban ni las águilas.
Cuando se terminó
todo el protocolo de "dame papel-toma papel-te devuelvo papel", y ya parecía que me iban a dejar
marchar, el otro agente alumbró con la linterna al asiento.
—¿Qué lleva en esa
caja?
He de reconocer que a la luz de la linterna, resaltando todo el polvo que llevaba encima, la caja era altamente sospechosa hasta para mí mismo.
—Ah, sí, nada, solo
chatarra que iba a tirar, pero como....
—¡Ábrala, por favor!
Para mi desesperación, mi compañera había precintado bien la caja para que el peso no rompiera el cartón al trasladarla. Y yo, que no sabía por dónde encontrar el extremo que me permitiera despegar para poder abrir, empecé a parecer un tipo en apuros que quisiera alargar la cosa.
—¿La abre, por favor?
—Sí, es que está esto
muy bien cerrado y... —las linternas enfocando, yo intentando parecer un
bendito sabiendo que no lo estaba consiguiendo. Era una mezcla de diversión y
apuro bien agitada.
Cuando por fin lo
conseguí y abrí la tapa... ¡¡la madre del cordero!! Aquello era una maraña de cables de colores
cruzándose, rodeando piezas metálicas, interruptores...
— ¿¿Qué lleva ahí??

Por un momento pensé que llamarían a los artificieros para desactivar esa bomba que ni yo mismo sabía que tenía. Porque desde luego no era una bomba, pero no podía parecérsele más. (Hoy creo que si en aquellos momentos me hubiera sonado el móvil me habrían fulminado a balazos allí mismo, por terrorista en potencia)
—Pues ya le digo,
cosas para tirar... Las iba a dejar donde recogen enseres y... —a todo esto
uno de ellos metía bien la linterna y las narices dentro de la caja y tocaba
algunas cosas con recelo.
Solo cuando vieron que allí sólo había picaportes, manivelas y demás morralla inofensiva, me dejaron marchar.
Solo cuando vieron que allí sólo había picaportes, manivelas y demás morralla inofensiva, me dejaron marchar.
Al día siguiente fui
al trabajo atravesando toda la ciudad, con sus atascos, su rotonda del
hospital, salida de colegios, pasos de cebra... No me apeteció arriesgarme a la
tercera inspección rutinaria. Las tenía ya muy vistas.
Además, los señores que te inscriben en el libro de los récords nunca pasan cerca cuando más los necesitas.











