Había
salido a solucionar un par de asuntos que había calculado que me quitaría pronto de encima, pero se fue
complicando la cosa y acabaron por ocuparme toda la mañana.
Así que, a buen
paso, iba pensando que tenía el tiempo justo de llegar a casa, coger el tupper
de la comida y marchar al trabajo.
De repente, una señora mayor, bajita y de
cara bonachona se me interpuso en el camino, dirigiéndose a mí con estas
palabras:
—¡Este buen hombre me va a ayudar!
Con tan segura convicción por su parte, no podía excusarme sin más y romper su corazonada, así que le pregunté
qué quería.
—Ay, es que tengo muchísima prisa, que me están esperando y
no me puedo entretener —decía sin dejar de mirar en el monedero de su cartera, que escarbaba con los dedos.
Como me quedé mirando lo que hacía, observé que asomaban
varios billetes de 50 euros.
“Grave error”, pensé. “Si esto fuera una
calle menos transitada, algo más oscura y yo no fuera tan buen hombre, podría
arrebatarle la cartera de un
manotazo y salir volando “
—Toma, hijo —dijo por fin entregándome una moneda de 50
céntimos—. No me da tiempo a volver al coche para poner el ticket de
aparcamiento. ¿Me sacas el ticket y lo pones tú?
—Ah, claro que sí – le dije
E inmediatamente se
volcó en agradecimientos.
—Ay, muchísimas gracias. ¡Que el Señor te lo pague con muchos
hijos!
Sentí un escalofrío al oír esto, algo que no es la primera
vez que me han dicho y que jamás entenderé como frase de buenos deseos. ¿Cómo
que el Señor me lo pague con muchos hijos? ¿Y quién tendría que alimentar a esos
muchos hijos, y vestirlos, y darles estudios, y sacarlos adelante en la vida? ¿No será
mejor que me lo pague con una buena lotería y ya decido yo si invierto en
hijos?
Caminamos juntos hacia el expendedor de tickets mientras
ella volvía a remarcar la mucha prisa que tenía.
—¿Cómo te llamas? - quiso saber de repente
—Me llamo Juan
—Juan… ¿qué más?
Y tras esas breves décimas de segundo en las que quedé
callado, pensando para qué querría saber mi apellido, se explicó.
—Es que yo soy poeta, ¿sabes?, y quiero agradecerte la ayuda
escribiéndote un poema. Juan qué más.
—Juan Cabrera
—Ah, muy bien, pues Juan, yo te escribo un poema para ti —afirmó rotunda sin darme tiempo a asimilar todo lo que estaba oyendo.
Y ya se giraba la
señora con la intención de marcharse cuando se detuvo para exclamar.
—¡Ay, Juan, espera! ¿y dónde te dejo yo el poema?
—Pero si da igual… si no hace falta que…
—Ah, claro que sí, que yo quiero obsequiarte dedicándote uno, que yo escribo muchos —y mirando a su
alrededor detuvo la mirada en la
farmacia de la acera de enfrente—. Mira, lo dejaré en esa farmacia, que ahí me conocen. Pásate en un par de días y lo recoges, ¿vale?
Pero aún tuve que
entretenerla unos segundos más. El
ticket ya asomaba por la ranura y no me había dicho en qué coche lo tenía que poner.—Ah, sí, es un Renault Megane azul. Lo he dejado enfrente de
la pollería. Juan Cabrera me has dicho,
¿no? ¡Adiós, chico, y gracias!
Esto es lo que más hizo reír a Apamen cuando se lo conté, el
que me nombrara marca y
modelo del coche. Precisamente a mí.
—¡Menos mal que te dijo que era azul!
Y es que me importan tan poco los coches y sus marcas que no
sé reconocer ninguno. No exagero si digo que a veces tengo que pararme a
pensar qué marca es la de mi propio
coche.
Y es que, qué importancia tiene eso, digo yo ¿No
tiene cuatro ruedas como los demás y me lleva a
cualquier parte como todos? ¡Pues ya
está!
Efectivamente fui deteniéndome en mirar el trasero de los coches azules,
buscando el que me mostrara “ Renault Megane” Y pensando en que me había dicho que estaba
enfrente de la pollería, de repente caí en la cuenta de que en esa calle ¡no
había ninguna pollería! Casi empezaba a sentirme como un tonto con un ticket en la mano.
Pero sí, finalmente lo encontré. Estaba aparcado delante de una óptica. Yo
juraría que me dijo “pollería” ¿Lo entendí mal? ¿En qué se parecen pollería y óptica? ¡Ni siquiera riman!
Dejé el ticket en el
limpiaparabrisas, no sin antes hacer el intento de abrir la puerta. La mujer me
resultó tan peculiar que la vi muy capaz de haber dejado el coche abierto. Pero
no, estaba cerrado.
Y por fin, con mi labor de buen samaritano cumplida (¡no me dejan ser diablo!), me
marché para mi casa a toda prisa.
Por el camino me reía pensando en la situación vivida y sobre todo en eso del poema.
¿De
verdad se pondría la señora, cuando terminara sus quehaceres a escribir un
poema para mí. ¿E incluiría hasta mi apellido? ¿Con qué rimaría Cabrera? ¿Con carrera? ¿Con cartera? ¿Con calavera?
Poco después le conté la anécdota a un amigo y me preguntaba si
pasaré ahora por la farmacia para
reclamarlo.
—Pues no sé, ¿no quedará muy raro entrar y preguntar si
dejaron un poema a nombre de Juan Cabrera?
—¿Raro solo? Da menos
vergüenza pedir cuatro cajas de condones
que pedir eso.
—Pero es que me pica la curiosidad. ¿Lo escribiría de verdad o lo
diría solo por quedar bien? Yo la vi capaz de hacerlo, otra cosa es que se
acuerde.
En fin, que no he pasado a comprobarlo, y a lo mejor está
allí, esperándome entre aspirinas.
Y ahora que escribo sobre esto se me ocurre que…
Es algo que tiene
gracia,
que me sigue dando risa
aquel día de la prisa
y el poema en la farmacia














