Hace cinco años que no veo a mi padre, y una de las cosas que más echo de menos de él es oírle cantar.
Mi familia paterna ha sido siempre muy de arrancar a cantar a la menor ocasión. En cada reunión familiar era imposible, sobre todo si estaba mi abuela, que no se oyera aquello de:
Carrascal, carrascal, qué bonita serenata,
carrascal, carrascal, que me estás dando la lata.
Bastaba que se juntara mi padre con su hermano Guillermo para que rivalizaran como tenores y les oyéramos entonar algo muy antiguo en latín, (que no terminaban nunca de rematar porque alguno de los dos entraba a destiempo o repetía una estrofa que no había que repetir)
Y si acudían mis tías era más probable escucharles cantar habaneras a todos, sobre todo Canta y no llores, también conocida como Las mañanitas, que tanto gusta a mi padre:
Todas las mañanitas vuelve a la aurora
y se lleva la noche triste y traidora.
Me resulta muy fácil recordar a mi padre cantando porque lo hacía a menudo: afeitándose en el cuarto de baño ya empezaba a tararear algo; regando el jardín, las plantas le escucharon interpretar algún fragmento de las muchas zarzuelas que conoce; conduciendo al llevarnos al colegio era probable que diera un repaso a los tangos de Gardel:
Siglo veinte cambalache
problemático y febril
el que no llora no mama
y el que no roba es un gil
Cuando sentaba a mi hermana sobre sus rodillas imitaba a Lucho Gatica:
Reloj no marques las horas
porque voy a enloquecer
Ella se irá para siempre
cuando amanezca otra vez.
Hoy ella dice que esta canción no solo le recordará siempre a mi padre, sino que, de hecho, esta canción es de ellos dos.
Y recuerdo las muchas veces en que me hizo prestar atención a lo que ciertas canciones contaban y lo hermoso de una letra bien escrita.
Envidia, tengo envidia del pañuelo
que una vez secó tu llanto
Y es que yo te quiero tanto
que mi envidia es tan solo amor.
Pero si he traído hasta aquí toda esta introducción musical es porque me he acordado de algo que me ha hecho sonreír.
Fue una vez en la que mi madre andaba disgustada con mi padre, no recuerdo por qué ni tiene importancia, pero al caer la tarde, ella cogió algo que tenía que coser y se sentó en la marquesina de la casa, buscando algo de fresco.
Después de un rato, se acercó mi padre y se sentó cerca.
Toooda una vida —comenzó a cantar él—,
me estaría contiiigo
No me importa en qué forma, ni dónde ni cómo
pero junto a tiii.
Mi madre continuó cosiendo, como si nada.
Toooda una vida, -prosiguió él
te estaría mimaaando...
Y fue cuando llegó a aquello de:
“… que eres en mi vida, ansiedad, angustia y desesperacioooón...”
que ella dejó de mover aguja e hilo y empezó a reír. Primero con una risa disimulada, silenciosa, que inmediatamente dejó de controlar para dar paso a una risa sonora que le hizo brotar lágrimas.
Mi padre se quedó atónito, sin entender qué ocurría, pues no podía adivinar que ella le había encontrado la gracia a esa parte de la canción, al reinterpretar de otro modo la letra.
—¿De qué te ríes? —quiso saber, extrañado.
Y entonces fue ella la que cantó:
—Eres en mi vida... —y reía— ansiedad, angustia... —y reía más— ¡desesperación!
Y así fue que como la risa es algo tan contagioso, también mi padre acabó riendo, y tanta risa limó los resquemores y la canción de Machín les devolvió la concordia.
Yo estaba por allí y aún recuerdo aquella escena.
Será porque todas estas canciones, melodías atemporales y eternas, quedarán siempre ligadas a aquellos dulces recuerdos.


















