Volvía contenta a casa. Tenía entendido que no era fácil conseguir un trabajo allí y, sin embargo, la habían aceptado a la primera.
Se preguntaba qué
les habría movido a contratarla: ¿su sonrisa, su seguridad al contestar, su
facilidad con las cuentas, quizás ese perfume que empezaba a marearla?
Las cosas no podían haber empezado mejor en aquella ciudad. Su pareja
también había conseguido trabajo como portero de un local de fiestas y estaba
cobrando un buen sueldo, algo que ninguno de los dos lograba comprender.
—¿De verdad pagan tanto por estar de pie en una puerta?
—Eso parece
—¿Y para qué quieren que estés allí?
—Me dijeron que no dejara entrar a los que no tuvieran buen aspecto.
—¿Y tú eso cómo lo sabes?
—Pues no me quedó muy claro, pero si alguno me mira mal o huele
distinto, ya sabes... le hago “mi mirada” y da la vuelta sin rechistar.
—Pero eso puede hacerlo cualquiera, ¿no?
—No estoy seguro. Tal vez me hayan elegido por mi altura. Parece que les
intimida.
—Es curioso, en esta ciudad hay mucha gente que no consigue empleo, y nosotros...
—Te dije que nos iría bien aquí.
Tras el primer día de trabajo volvió a casa algo aturdida.
—¡No te lo vas a creer! ¡Es tan sencillo como pasar artículos por un
escáner y cobrar lo que la máquina diga! ¡Nada más!
—¿Ah, sí? ¿Qué clase de artículos?
—Pues al principio pensé que eran objetos decorativos pero parece que
también son alimentos. O eso dice la gente que se los lleva, que están muy
buenos. Cosas muy raras, ¿sabes?
—¿Cómo ha ido hoy?
—Uff, todo sería genial si no fuera por lo mal que huelen algunos
productos. Me dan náuseas nada más verlos. De verdad, no entiendo cómo la gente
se lleva esas cosas para comer. Yo no podría ni muerta de hambre.
—Si, ya he visto que aquí tienen unas costumbres bastante extrañas.
—¿Pero tú has visto lo que comen? ¡Es asqueroso!
Al cuarto día ella se quedó muy quieta delante del espejo.
—¿Qué te pasa? —le preguntó él— Se te va a hacer tarde.
—No sé si aguantaré mucho más. Es superior a mi.
—Vamos, cariño, es un trabajo como otro cualquiera. Y también te van a
pagar bien.
—Ayer a una señora se le rompió un tarro delante de mí y cuando vi lo
que contenía tuve que salir corriendo al aseo.
—Pero qué más te da lo que la gente coma. Nadie te obliga a que lo comas
tú también.
—¡Pero es el olor! ¡Es insoportable!
El viernes llegó tarde a casa y su aspecto era tan demacrado que él la
abrazó.
—¡No puedo más! —dijo entre sollozos— ¡No quiero volver!
—¡Vamos, cariño, relájate!
—¡Son unos salvajes! ¡Compran de todo y todo se lo comen! ¡Todo! ¡No
respetan nada!
—Pero es normal, en cada lugar tienen sus costumbres y...
—¿Sabes lo que he tenido que ver hoy? ¡Si te lo digo no me vas a creer!
—Anda, ven, ponte cómoda y cuéntamelo aquí, echada en la cama.
—Sí, me voy a quitar toda esta odiosa opresión. Es agotador mantener esta apariencia tantas horas.
—A ver, cuéntame —le dijo él con las membranas del cuello extendidas.
—Mira, he aguantado el
desagradable olor de lo que llaman "hamburguesas"- empezó a decir mientras la
piel del cuerpo se le cubría de brillantes escamas azules- y he tenido que acostumbrarme a tocar esos repugnantes billetes cargados de bacterias. Y hasta he sabido soportar que comercien con productos pluricelulares heterótrofos. Pero lo de hoy... lo de hoy ha sido...
Se quitó la peluca y se tumbó en la cama y los pies se extendieron en múltiples
ramificaciones transparentes que comenzaron a bombear sangre amarilla.
—¿Qué ha pasado hoy?
—¿¿Estás segura??
—¡Claro que lo estoy, Dacremmb! Allí estaba, sin vida. Y la mujer decía:
“Parece fresco, esto asado con limón y ajo me sale buenísimo”
Él la miraba incrédulo.
—Casi me echo a llorar. ¡Si son capaces de comerse a un cefálipo serían
capaces de comernos a nosotros! ¡Tenemos el mismo ADN!
Dacremmb la miró con ternura.
—No se hable más, Sher7hh —le dijo abrazándola de nuevo con sus
tentáculos—. Te dije que si no te encontrabas a gusto buscaríamos trabajo en
otro lugar. Será por planetas...


























