22 de junio de 2022
UNA HISTORIA CON MUCHA HISTORIA
28 de mayo de 2022
EXPRESIONES ADOPTADAS
HERMANOS:
Cierta vez íbamos mis hermanos y yo caminando hacia el colegio cuando nos encontramos un folio en el suelo. Por el motivo que fuera nos llamó la atención y al cogerlo vimos que era un examen corregido. En la esquina superior derecha la maestra (siempre pensamos que fue una maestra) había escrito en rojo y con letra firme: “Muy mal! Muy sucio!”
La verdad es que la caligrafía era horrible, con letras grandes y líneas torcidas, pero esa valoración nos pareció muy cruel y enseguida nos solidarizamos con el desconocido niño. Dimos por hecho que aquello lo habría puesto triste y de mal humor, hasta el punto de querer deshacerse del examen.
El caso es que nunca olvidamos aquel momento, y la anotación en rojo se hizo tan famosa que pasó a formar parte de nuestras expresiones comunes.
—¡Anda! Se me ha olvidado traerte el libro que te dije.
—¡Muy mal! ¡Muy sucio!
…
—¿Dónde están las pipas que había en la despensa?
—Ya nos las hemos comido.
—¿¡Todas!? ¡Muy mal! ¡Muy sucio!
AITANA:
Aquella vez escuchamos a la pequeña Aitana decir: “Y de repronto...”
Estaba explicándonos algo que le había ocurrido, y queriendo decir “de repente” debió de colarse en su cabeza “de pronto” y le salió ese mezclijo que particularmente me parece perfecto.
La expresión nos hizo tanta gracia que la utilizamos muchas veces.
—Hacia muy buena mañana y nos íbamos a la playa, pero se puso a llover.
—¿Así, de repronto?
—De repronto y sin avisar.
…
—Qué rabia me dan los perros que están tranquilos y empiezan a ladrar de repronto.
PAPÁ:
Cuando mi padre está especialmente contento es muy habitual que dé una fuerte palmada y se ponga de inmediato a frotarse las manos mientras camina y exclama: ¡Matildita, Matildita, Matildita!
¿Que quién es la tal Matildita? No existe (que yo sepa). Es su particular forma de expresar “¡Ay, qué bien va todo!”
Esos arrebatos de felicidad tienen a veces una breve continuación que dice:
"¡Matildita de Aragón!
¡Matildita de Aragón!
¡Eres una chica guapa
tan bonita como yo!"
Siempre acompañado de un enérgico frotar de manos, no lo olviden.
Pues bien, misterios de la genética, el dar una palmada y ponerse a caminar cuando está eufórico es también habitual en mi hijo, que no nombra a Matildita, pero ya me apresuro a hacerlo yo como si doblara la escena de una película que conozco muy bien.
“¡Matildita, Matildita, Matildita!”
Y así, “Matildita de Aragón” también forma parte de las expresiones de esta familia.
SAMUEL:
Hablando de mi hijo, nos solemos reír mucho cuando prueba un plato nuevo y mientras lo saborea nos mira uno a uno y finalmente exclama: ¡Esto no es normal!
No dice “¡qué bueno está!” ni “¡qué rico!”, su sello de identidad ante los deleites del paladar es: “¡Esto no es normal!”
Una vez, en un restaurante de Albarracín nos sacaron como postre pastel de queso de cabra. Dejé que lo probara primero y al ver que ponía los ojos en blanco dije “¡Qué! No es normal, ¿no?”
Efectivamente su frase ha trascendido de tal manera que cuando algo nos gusta mucho ya todos decimos “¡Esto no es normal!
MAMÁ:
¿Quién no ha tenido alguna vez esa necesidad urgente, inaplazable e ineludible de ir al cuarto de baño? Mi madre tiene muchas anécdotas divertidas de algunos momentos comprometidos que le ha tocado vivir al respecto. Pero lo que más gracia me ha hecho siempre es que ella llame a esa situación: “surgir un preciso”
A mí esa expresión me parece de altura, casi de literatura del Siglo de Oro. Diría que podría existir algún soneto de Quevedo hablando de esto, pero como sé que no lo voy a encontrar, mejor me lo invento:
Con rodilla en tierra por sellar compromiso
y su amada aguantando el “sí” entre los labios
Aún lo culparon de crueles agravios
al correr apurado por surgirle un preciso.
Ni que decir tiene que cuando alguien sale corriendo de repente (o de repronto como diría Aitana) comentamos que hay muchas posibilidades que le haya “surgido un preciso”
TOMÁS:
Mi hermano Tomás pasó muchos fines de semana de su adolescencia disfrazado de sioux. Durante mucho tiempo ambos sentimos verdadera pasión por los indios americanos, (VER) pero lo suyo llegó a ser casi un modo de vida.
Una vez iba por el campo con un atuendo que con mucha maña le hizo mi madre, con sus flecos en mangas y perneras, su penacho de plumas, su collar de bulbos secos, su arco y flechas en el carcaj... y una mirada de pocos amigos.
Una señora muy mayor que teníamos de vecina en el campo de enfrente lo vio de lejos y se acercó a la verja para hablar con él.
—¡Oye! —lo llamó— ¿Sabes quién pareces?
Tomás se quedó esperando a que le dijera algo más.
—¿Sabes quién pareces? —repitió.
—No, quién —quiso saber
—¿Quién pareces?
—No sé… ¿Quién parezco?
—¿Quién pareces?
Sólo con el tiempo dedujimos que lo que aquella señora quería preguntarle es “¿Sabes a quién quieres parecerte?” o lo que es lo mismo: “¿De qué vas disfrazado?”
Pero nosotros, que de todo sacamos chirigota, hemos ido repitiendo hasta el infinito aquel diálogo de besugos.
“¿Sabes quién pareces?”
“¿Quién?”
“¿Quién pareces?”
“¿Quién parezco?”
“¿Quién pareces?”
***
Seguro que tú, querido lector, también dices algunas expresiones que son exclusivas de tu ámbito familiar. Si es así, me apetece emular a los YouTubers diciendo:
“¡Déjamelas en los comentarios! Y si te ha gustado dale al like, suscríbete y comparte con amigos.”
9 de mayo de 2022
LETRAZAS Y LETRINAS
1) Kevin y Lucho.
El taxista gira en la rotonda de la Castellana hacia General Perón. Lleva en el asiento de atrás a un joven al que ha recogido en Atocha. En disimuladas miradas por el espejo retrovisor, el conductor trata de averiguar la edad de su pasajero, quien tiene una oreja perforada por más aros que transportes hará su taxi ese día.
En la radio suena una canción:
<<… A ella le gusto porque estoy PPP
"Siempre Puesto Pa' darle Placer"
Ella me pide que le dé y que le dé
y yo le hago todo lo que la complace.>>
El joven marca el ritmo con el pie.
<<Que soy su nene, que soy su bebé.
Se pone loquita cuando me ve en la TV
Ella me pide que le dé y que le dé
y yo le hago de to', de to'.>>
“¡Hay que joderse!”, murmura el taxista, y acto seguido pulsa el botón del CD, transformando de golpe el paisaje sonoro.
<<...evocaré ese idilio
con sus azules horas...
Cuando tú te hayas ido
me envolverán las sombras.>>
El taxista está a punto de preguntar al joven si conoce a Lucho Gatica, pero agita la cabeza convencido de que jamás se habrá detenido a escuchar canciones así.
<<Y en la penumbra vaga
de la pequeña alcoba
donde una tibia tarde
te di mi pasión loca...>>
Al entrar en Fernando Ossorio detiene el vehículo.
<<Te buscarán mis manos,
te besará mi boca
y aspiraré en el aire
aquel olor a rosas.>>
El joven paga el viaje y se apea.
“Joder, el nota, dice entre dientes mientras se aleja, qué bajona ma dao”,
El taxista reanuda la marcha cantando a dúo con Gatica.
—¡Cuando tú te hayas ido… me envolverán las sombras!
2) María Dolores y Yung.
—Abu, es tarde, ¿no te acuestas?
—Sí, hija, es que… ¡si estaré tonto! Se me había olvidado la pastilla. Me tomo el vaso de leche y me voy a la cama.
—Yo ya estaba arriba, pero me ha entrado hambre —dice sacando un caja de galletas de un armario—. ¡Me llevo esto a mi cuarto!
—¿Pero vas a comer en la cama? ¡La vas a llenar de migas!
—No, si estoy escuchando música...
—Ah, ¿sí? ¿Qué escuchas?
—Si te lo digo no los vas a conocer, abu. ¡Hasta mañana!
—¡Pero espera, mujer, quédate un momento!
La muchacha suspira resignada y se sienta frente a su abuelo.
—Un ratito sólo, ¿eh?
—¿Sabes qué canción me gustaba mucho a mí? —dice mientras la nieta le quita el precinto a uno de los paquetes— Una que decía... (y empieza a cantar)
“Jazmines en el pelo y rosas en la cara,
airosa caminaba la flor de la canela,
derramaba lisura y a su paso dejaba
aromas de mixtura que en el pecho llevaba.
Del puente a la alameda menudo pie la lleva
por la vereda que se estremece al ritmo de su cadera.
Recogía la risa de la brisa del río
y al viento la lanzaba del puente a la alameda...”
—No me suena de nada —dice la joven.
—Pero, ¿a que es bonita?
—Si quieres que te diga la verdad, no me he enterao, abu. Es que… yo qué sé… ¡Las canciones antiguas son raras!
La joven se levanta y se dirige hacia las escaleras que suben a su habitación. A medio camino se detiene.
—¡Oye, abu, que cantas muy bien, ¿eh?
Ya en su cuarto se sienta sobre la cama con las piernas cruzadas, se coloca los auriculares y vuelve a ponerse la música del móvil.
<<Me acuesto intoxicado, ca' día más delgado
Pero ninguno folláis como mi gang ha follado (nah)
Cuando muramos se verá quién ha ganado
Quién 'taba en la right y quién 'taba equivocado (yeah)>>
3) Carlos y Bad Bunny
La mujer barre los escalones del porche. El brío al hacerlo espanta a las gallinas que picotean por el jardín. Su hermana la observa desde la mecedora.
—¿Ya han llegado tus inquilinos?
—Sí, anoche llegaron.
—A buena hora me iba yo a complicar la vida…
—¡Ay, déjalo ya! Ya sabes que ese dinero extra me viene muy bien.
—No, si no me parece mal que la casa de mamá te sirva como alojamiento rural y que la aproveches. Pero a mi no me compensaría. El año pasado te tiraste un mes para ponerla a punto y acuérdate de cómo te la dejaron…
—Bueno, pero ese es mi problema, no el tuyo.
—Vale, vale, allá tú…
Al terminar de barrer, la mujer entra en la casa, se dirige al salón y pone un disco en el viejo gramófono. Sale al porche y se sienta junto a su hermana.
“La noche que me quieras
desde el azul del cielo
las estrellas celosas
nos mirarán pasar,
y un rayo misterioso
hará nido en tu pelo,
luciérnagas curiosas que verán
que eres mi consuelo.”
En la segunda planta de la casa de enfrente alguien sube una persiana.
—Ah, mira, parece que tus inquilinos se han despertado. Las doce y media de la mañana. ¡Buena hora!
—La juventud de hoy… Ya sabes.
La ventana se abre y empieza a sonar una música atronadora.
<<Tú me chinga' rico pero me trata' mal
Fui al psicólogo y me puso a fumar
Me dijo, "Si te patea, no te quiere na"
Son labio' compartido', lo dijo Maná
No confíe' en mujere', sólo en tu mamá
Si te corre como chinga, mete a Lui' y Maná. >>
—¿Y puede saberse cuánto te pagan por el fin de semana? Porque me parece que no hay dinero en el mundo para aguantar esto.
—Mira, ¿ves? ¡Ahí te doy toda la razón!
Y las dos terminan riendo.
***
A un montón de kilómetros de allí (hacia abajo, siempre hacia abajo) el diablo repasa su agenda. Todavía no ha elegido el día en que se abran las puertas del infierno para uso y disfrute de la Humanidad.
"Bueno, de todas formas… —piensa mientras se rasca un cuerno— el Apocalipsis está llegando por sí solo. Pasito a pasito".
***
En esta entrada han sonado metafísica y mefistofélicamente:1) PPP, Kevin Roldán
Sombras, Lucho Gatica
2) La flor de la canela, María Dolores Pradera.
Ready pa morir, Yung Beef
3) El día que me quieras, Carlos Gardel
La droga, Bad Bunny
19 de abril de 2022
EL CONVENTO DE LAS MANTIS
Tendría yo unos nueve o diez años cuando me dio por escribir diálogos entre insectos. La idea de que unas hormigas hablaran con una araña, (que era una bruja), me pareció de repente una idea muy atractiva, y con el tiempo fui añadiendo protagonistas: un caracol, un saltamontes, un ciempiés...
Fueron probablemente mis primeros intentos por dejar salir esa imaginación que me correteaba por dentro.
Imaginad cuál no sería mi sorpresa cuando poco después se empezó a emitir en la tele aquel programa de dibujos animados que se llamaba La abeja Maya, en el que los insectos también hablaban entre ellos y en el que además aparecía una araña, (¡que casualmente era una bruja!) y un saltamontes, y un caracol…
Recuerdo, a pesar de los muchos años transcurridos, la fascinación que aquello me produjo. Era como estar viendo mi propia idea en una pantalla, con formas y colores.
Algunos años después cayó en mis manos “El bosque animado”, el maravilloso libro de Wenceslao Fernández Flórez, que volvió a afianzar en mí la idea de que dotar a animales y plantas de emociones humanas resulta fascinante y seductor.
Y es por eso que, recuperando de algún modo aquella mi primera iniciativa de niño por escribir una historia de insectos, y sustituyendo el lápiz de ayer por teclado de hoy, me aventuro a dar forma y color a una historia para el blog que he llamado “El convento de las Mantis”.
***
La comitiva, si aquello era tal cosa, estaba formada por dos escarabajos peloteros delante y otros dos detrás, escoltando a Monseñor Grillo, que marchaba en el centro y se iba secando el sudor con un pañuelo. El incansable ritmo que llevaban aquellos guías tan bien entrenados le obligaba a hacer un esfuerzo al que no estaba acostumbrado.
Tener que ir dando saltos lo tenía malhumorado; no era tanto por el denso calor de aquella tarde de agosto, sino por el polvo del camino, que estaba apagando el brillo de su sotana, y para Monseñor Grillo, de natural presumido, tener buen aspecto era algo primordial.
—¿Están ustedes seguros de que no nos hemos perdido? —preguntó al enésimo brinco.
Una libélula en presuroso vuelo hacia su charca se detuvo en seco al ver aquellos cinco puntos negros avanzando por la senda y descendió en picado para curiosear. La sombra que proyectó en el suelo alarmó de tal forma a Monseñor Grillo que instintivamente hizo una pirueta para ocultarse entre unas piedras.
—Le pido disculpas si le he asustado –dijo la libélula tras posarse a su lado–. Tan sólo me preguntaba quiénes serían ustedes.
Uno de los escarabajos, tras dar un silbido a sus compañeros para avisar del alto en el camino, protestó.
—¡Señora, no es momento de detenerse a charlar! ¡Monseñor Grillo tiene mucha prisa!
—¡No tanta! –dijo éste asomando la cabeza– Lo cierto es que hace un calor cri... cri... crispante, y necesito un descanso.
La libélula accionó con fuerza sus cuatro alas para abanicar el sofocado rostro de Monseñor Grillo.
—Ahh, bendita sea su gracia, amiga mía. ¡Qué brisa tan ric...ric...rica!
—Puedo acompañarles —se apresuró a decir la libélula—. Si ustedes me lo permiten, claro.
—¡Ningún problema! —dijo el grillo mientras se situaba de nuevo entre los escarabajos— Ahora que veo que no es usted ningún bandido cri… cri… criminal de los que roban anillos a los curas, venga con nosotros si le place.
—¿Y hacia dónde van?
—Voy a visitar el convento de las mantis religiosas, ¿lo conoce usted?
—Si es el que hay a los pies del ribazo de los almendros, se lo han saltado ustedes.
—¿¡Cómo es eso!? —exclamó Monseñor Grillo echando una mirada de reproche a los escarabajos.
Efectivamente, tras retroceder unos metros, llegaron al destino previsto. Las lluvias primaverales fueron tan abundantes que gran parte del convento estaba camuflado por hinojos y ortigas silvestres, que se habían apoderado del muro. De hecho todas las entradas estaban selladas y en la única puerta visible se había dormido un caracol serrano, impidiéndoles el paso.
—A ver —dijo el grillo tocando con los nudillos el caparazón del molusco—, estos individuos no se despiertan así como así.
—¡Colegas! —bramó uno de los escarabajos— ¡A sacar a este tipo de aquí!
Y los cuatro se apresuraron en excavar por debajo del caracol hasta despegarlo del suelo y hacerlo rodar lejos de allí.
Al fin Monseñor Grillo pudo situarse ante la entrada del convento y pidió a los acompañantes que le esperaran allí afuera.
Tardó varios segundos en acostumbrar sus ojos a aquella penumbra. Fue al llegar a un claustro maloliente cuando descubrió nueve bultos estáticos como nueve columnas encantadas.
—¡Buenas tardes, hermanas!
Como un engranaje perfectamente sincronizado, nueve cabezas se giraron al unísono para mirarle.
A Monseñor Grillo se le heló la sangre.
—Santo Cri...Cri...Cristo —murmuró— ¡Qué famélicas están estas mujeres!
La abadesa dio unos pasos temblorosos hasta acercarse. Como dictaba el protocolo, Monseñor Grillo le ofreció la mano derecha. La mantis la aferró y besó su anillo durante unos segundos que al cura se le hicieron interminables. Cuando observó que la abadesa estaba lamiendo el anillo y también su dedo retiró la mano bruscamente.
—Pues estaba deseando conocerlas —dijo con forzada desenvoltura mientras caminaban alrededor del claustro–. Me parece muy loable el recogimiento, el silencio y la oración del que son famosas en toda la comarca.
Vio entonces Monseñor Grillo algo extraño en el suelo, y al acercarse descubrió la pata trasera de un saltamontes, con su tarso y sus espinas.
—¡Por todas las almas benditas! ¿¿Qué hace esto aquí??
—No se alarme, Padre —dijo la abadesa con voz cavernosa—. Es el brazo incorrupto de San Caelífero, de quien somos devotas.
—Pero… ¿aquí en el suelo? ¿No debería estar en una urna?
Al mirar hacia una monja muy joven que quedaba a su derecha, Monseñor Grillo quedó impresionado.
—Hermana —dijo a la abadesa bajando la voz–, cuando yo me marche, hágame el favor de recri...cri.. cri...recriminar la actitud de la novicia que tengo a mi lado.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—La he visto relamiéndose los labios de una forma muy soez. Es más, ahora mismo está chupándose las manos… ¡y los brazos! ¡Y lo hace sin apartar la vista de mí!
—Es que es tan joven, Padre… ¡y tan inconsciente! Pero sí, la castigaré por ello.
—Bueno, tal vez no sea necesaria demasiada acri...cri… acritud. ¡Pero llámela al orden! Algo así no es digno de este santo lugar.
Fue entonces cuando Monseñor Grillo, aturdido ante tanta anomalía, decidió acelerar su partida y dio una palmada al aire que, por inesperada, levantó las túnicas aladas de las religiosas.
-¡Cri...cri...criaturas de Dios!, – dijo proyectando la voz – quisiera que sigáis siendo las almas puras y cri… cri… cristalinas que veo en todas vosotras.
Las mantis fueron acercándose hasta rodear al grillo.
—Voy a leer un breve salmo de las Sagradas Escri… cri… cri… Escrituras...
Al levantar los brazos mostró ampliamente su vientre orondo, brillante, emanando efluvios de calor estival, con fragancias del polen y del polvo del camino.
Los dieciocho ojos fervorosos que lo observaban reflejaban la palpitante panza del santo grillo.
—Y hagamos ahora un acto de contrición…
Pero de los estómagos de las mantis, ajenas ya a la verborrea del orador, sólo se escuchaban actos de contracción.
—¡Madre! —interrumpió una de aquellas monjas dirigiéndose a la superiora— ¿Nos da usted su permiso?
Y la abadesa, con un imperceptible temblor de mandíbulas susurró: “Adelante, hermanas”
Los cuatro escarabajos vieron el anillo de Monseñor Grillo salir rodando por la puerta. Uno de ellos, cansado de tanto esperar, entró al convento y regresó con la cara desencajada.
—Compañeros, ya podemos irnos.
—¿No esperamos a Monseñor Grillo? —preguntó la libélula.
—De Monseñor Grillo ya sólo podría salir su alma. Y visto lo visto, ¡ni eso creo que le vayan a dejar!
20 de marzo de 2022
EL BESTIARIO DE JURADIA
12 de marzo de 2022
TESOROS DE ROJIZO RESPLANDOR
Esta es una foto tomada en 1965, en la boda de mis padres.
Me dicen que fue siempre un hombre de buen carácter y excelente salud, a pesar de que siempre andaba con un cigarrillo entre los dedos.
"¿Sabes cuándo empecé yo a fumar? —comentaba— ¡En Cuba! Las negras de allí me enseñaron a liar tabaco."
Por fortuna nunca tuvo ninguna enfermedad, ni tan siquiera leve, y caminaba ágil y "molt be plantat", como decía mi abuela.
Me cuentan que mi bisabuela Ana María envejeció mucho peor que él, y llegó un momento en que una de sus hijas se la llevó a su casa para atenderla mejor. Mi bisabuelo, que siempre había vivido en el campo, no se vio capaz de encerrarse en un piso en la ciudad y prefirió quedarse con la otra hija, mi abuela.
"Pero cuando llegaba el fin de semana - cuenta mi madre - se acicalaba a conciencia, frotándose cabeza y cuello con aguardiente, porque era lo que mejor le funcionaba para eliminar la grasa de la piel, y cuando se vestía y se ponía el sombrero nos decía: <<¡Hala, me voy a ver a la novia!>> y se marchaba a ver a su mujer"
Ana María murió sin llegar a conocer a ninguno de sus catorce bisnietos, pero Francisco, que alcanzó los 92 años de edad, pudo ver las caras de seis de ellos, siendo el último un tal Juan Ramón, que en estos momentos está rememorando esta historia.
Una mañana de domingo, paseando por el mercadillo que ponen junto a la iglesia de Orito, mi bisabuelo se acercó a uno de los puestos para comprarme el que considero mi primer juguete, y que, aunque parezca mentira, todavía conservo.
Me encanta contar esta anécdota porque el regalo en cuestión fue... ¡un pequeño tridente de madera!
También es posible que todo comenzara en el mismo momento en que agarré yo aquel "cetro" y que ese gesto me hiciera comprender para qué estaba yo predestinado.
En cualquier caso, creo que mi bisabuelo acertó de lleno al elegir aquel objeto para mí. Seguro que nunca imaginó hasta qué punto.
Que tuvo muy buena salud hasta el final lo demuestra el hecho de que murió de repente, sin muestras de aviso. Una mañana estaba viendo cómo cambiaban el pañal a uno de sus bisnietos y haciendo incluso bromas al respecto cuando la vida le dijo "hasta aquí hemos llegado". Se fue sin molestar, sin sufrimiento, sin hacer ruido.
El tridente es, por tanto, el primer tesoro del que quería hablar.
El segundo perteneció a mi abuela Anita y podría considerarse el contrapunto del anterior.
Esta foto fue tomada en 1913, el día de su Primera Comunión.
Anita era la mayor de las tres hijas de Francisco y Ana María. La pequeña era Concepción, y Práxedes, la segunda, fue una niña tan particular que quise contar su historia aquí.
Observando la foto, se puede apreciar sobre el reclinatorio el pequeño misal de tapas de nácar que llevaba aquel día.
Pues bien, un día lo encontré en su casa y me pidió que lo guardara yo.
Hoy pienso que fue su forma de dar equilibrio a mi vida.
"Si mi padre te hizo diablo —debió pensar—, yo te doy ese misalito, para que no seas malo del todo"
Y por eso será que he conseguido ser un buen diablo. Pero ojo, "buen diablo" no es un oxímoron en este caso. Soy un buen diablo porque soy un diablo de los buenos, de los de verdad. ¡Eso que quede claro!
En la tapa posterior hay un lugar donde guardar el crucifijo. Una pestaña abatible sirve para abrir o cerrar ese mágico escondite.
El tercer tesoro es el peor conservado, aunque, según como se mire, está en perfectas condiciones.
Y también le encuentro hoy una explicación a que lleve tantos años conmigo.
La historia viene de cuando éramos niños.
A finales de los años 70 y principios de los 80 nuestros primos de Sevilla venían de vacaciones a Petrel. ¡Qué veranos aquellos! No nos cansábamos de jugar. Cuando no era al escondite, era a polis y cacos, o a mojarnos con la manguera, o a hacer cabañas, o a contar historias de miedo...
Yo me llevaba especialmente bien con mi prima María José, que a sus 12, 13 años cantaba perfectamente las canciones de Olivia Newton-John; las de Grease y Xanadú. A mí se me caía la baba escuchándola.
Una de aquellas tardes, momentos antes de regresar a Sevilla, estuvimos jugando a intentar comernos unas manzanas colgadas de un árbol, sin utilizar las manos, cosa nada fácil. Llegó la hora de despedirnos y de ver con pena cómo subían todos a aquel Renault 12 rojo y se alejaban por el camino del campo.
Poco después pasé por el árbol donde colgaban las manzanas mordidas. El pensar que unos minutos antes habíamos estado riendo allí me produjo una nostalgia enorme y no sé bien por qué decidí que tenía que guardar la manzana que se había comido mi prima, con la idea de mostrársela cuando volviera.
Y así ocurrió. Se sorprendió al verla al verano siguiente, arrugada y oxidada y le hizo gracia el que hubiera tenido yo la ocurrencia de guardarla.
¿Y qué hice entonces? ¿Tirarla a la basura? No, qué va, ya puestos pensé que la podía guardar un año más. Y después otro. Y otro. Y otro.
Y sí, la manzana en cuestión, la que se comió mi prima aquel verano ¡tiene hoy más de cuarenta años!





