12 de noviembre de 2008

CUENTA PENDIENTE CON WALT

Dejo el reto anterior flotando en el ciber espacio en busca de su destino y me sumerjo en un recuerdo de niñez.
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No puedo presumir de tener una buena memoria. Es más, si se lograra medir la capacidad de recordar de cada individuo, estoy seguro de que yo estaría muy por debajo de la media.

Mis hermanos a veces se asombran de que yo haya olvidado incluso cosas muy destacables en la que he sido protagonista directo, pero qué le voy a hacer; para lo bueno y para lo malo olvido casi todo.
Debe ser que los cajones del cerebro son autolubricantes, para que podamos abrirlos con facilidad pero que en mi caso el engrasador hace años que no funciona y el polvo y las telarañas han atascado los míos. Pero yo espero que sea verdad eso que dicen que los ancianos recuerdan con claridad las vivencias del pasado aunque olviden lo que comieron ayer (a mí eso de no acordarme de lo que comí ayer me deja indiferente. Es más, soy joven y he tenido que hacer una esfuerzo para acordarme de lo que he comido hoy mismo)
Pero, como decía, ojalá llegue yo a viejecito y, sentado en un cómodo sillón y con una manta sobre mis piernas, entrecierre los ojos y sea capaz de recordar todas las buenas vivencias que ahora tengo tan difusas. Y que las malas se queden en los cajones más atascados.

—Abuelito, ¿en qué piensas? —me preguntará uno de mis nietos
—Pues mira —le diré—, me estaba acordando de algo muy divertido que hacía años que no recordaba.
 —Ehh —llamará a sus hermanos y a sus primos—,  que el abuelo se ha acordado de otra cosa.

Y todos vendrán corriendo a sentarse a mis pies como hacíamos mis hermanos y yo cuando el abuelo Conrado se disponía a contarnos un cuento.
(Esto es lo que mi amigo Juan Luís llama la "futuro-nostalgia", es decir, añorar hoy lo que aún no ha ocurrido.)
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Pero voy a desempolvar ahora un recuerdo de un cajoncito que nunca se me ha atascado.
Tenía yo 4 o 5 años e iba a un colegio de Benidorm (no me preguntéis el nombre, lo he olvidado)

Cuando salía al patio, que era inmenso, (o al menos a mí me lo parecía) corría a un rincón para asomar la cara entre las columnas de la balaustrada que separaba el colegio del exterior y por allí miraba la cartelera del cine que había enfrente. Yo ya sabía leer por aquel entonces y me gustaba saber el título de la película de cada semana y comprobar si el cartel era bonito. (El colegio continúa estando allí, con la misma balaustrada, pero el cine ha desaparecido como casi todos los cines de barrio de España)

Aquella vez se me abrieron mucho los ojos al encontrarme con el colorido póster de un cervatillo que miraba a la mariposa que se le había posado en la cola. Leí el título y esperé ansioso a decir en casa que en el cine hacían una película de dibujos que se llamaba "Bambi".
Debí insistir mucho en verla pues mi madre nos llevó a mi hermano Tomás ( 2 años menor que yo) y a mí ese mismo fin de semana.
¿Cómo voy a olvidar cualquier impresión producida en un cine si todavía de adulto me sigue pareciendo un lugar sumamente acogedor y lleno de magia? Más aún con tan corta edad.

Aquella debió ser la primera película que veía en una sala por lo que me imagino pegado a la butaca con la boca abierta mientras mis retinas se empapaban de aquellas bellas imágenes de multitud de animalillos correteando por el bosque.
Y allí estaba Bambi, recién nacido, con una mamá guapísima que lo miraba con amor infinito. Yo debía estar hipnotizado cuando el cervatillo aprendía a andar y su amigo Tambor, el conejo, se reía de él. Era todo tan bonito.
Bambi iba creciendo y recibía consejos de su madre, que no se separaba nunca de él.
En la película, madre e hijo huyen del primer acoso de unos cazadores. Imagino que ahí yo me inquietaría para respirar aliviado cuando pasa el peligro. Peligro que se vuelve a repetir en aquellas imágenes en las que la mamá de Bambi alza la cabeza y las orejas e intuye la presencia de nuevos cazadores.

—¡Corre, Bambi! —grita a su hijo— ¡Corre, corre!

La música se intensifica, las imágenes se suceden con celeridad.

—Corre Bambi, no mires atrás, corre, corre...

Y el sonido de un disparo que hiela la sangre.

Bambi ya corre solo y cuando finalmente se esconde en el bosque aún grita feliz: "¡Lo conseguimos, mami. Ya estamos a salvo!"
Pero la madre ya no está con él.

Tras unos minutos de angustia y desesperación aparece el padre del cervatillo. Imponente, seguro de sí mismo y desde lo alto le dice a su hijo: “Vámonos de aquí. Acompáñame, ”

Para mí ahí acabó la película.
El resto no existió.
Me lo pasé asimilando lo que era imposible de asimilar.

¿Dónde estaba la mamá de Bambi? No sé si le preguntaría yo a la mía donde estaba la del cervatillo pero no creo fuera tan directa como para susurrarme :" La han matado". 
Más bien me atrevo a deducir que yo no abrí la boca por temor a que me dijera lo que no quería oír. Por su parte, mi madre solo recuerda que yo vi toda la película pero que Tomás, demasiado pequeño para entender nada, se durmió. 
Qué suerte la suya.
Porque para mí el resto de la película fue un mero trámite, una decepción, un gran disgusto, un fraude. Por más que lo disfrazaran con la llegada de la primavera, con los pajarillos, el riachuelo, las canciones, lalalá, lalalá… Sin la mamá de Bambi ya nada tenía sentido para mí. Y cuantas más novedades iban apareciendo en la vida del ciervo más acongojado me sentía al comprobar que nadie se acordaba ya de la pobre y bella cierva.
Y aunque os cueste creerlo, la película me marcó profundamente.
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Con el señor Walt Disney tengo por tanto una cuenta pendiente.

Murió precisamente el año en que yo nací (¿no quiso dar la cara?)
Sé que debe estar en el cielo entre nubes con forma de Mickey Mouse, totalmente ajeno a aquel grave error que cometió en vida. Pero llegará un día en el que nos encontremos. Entonces me acercaré a él y le diré:
—Señor Disney?
—Yes?
—¿Cómo pudo usted ser tan cruel y vapulear de aquella forma el corazón de un niño inocente?
—Pardon? —me dirá con cara de Goofy.
—Que tanto le costaba a usted añadir en el cartel de la película, justo debajo de Bambi, un letrero bien grande que dijera: NO RECOMENDADA PARA NIÑOS?
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5 de noviembre de 2008

LOS 6 DIABLOS DE LONDRES


Esto que hoy publico os va a resultar raro, atípico y algo confuso. Pero me consta que muy original también.

Lo iba a titular EL RETO, pues de un desafío disfrazado de juego se trata, pero creo que el nombre que le he puesto finalmente despierta mayor curiosidad, y eso es lo que necesito: curiosos "que caigan en mis redes".
Ya advertí en la nota final de EL DIABLO ALZA EL TRIDENTE que propondría algo así y el momento ha llegado.

Todo comenzó como consecuencia de un viaje. Mi hermano Fran y Laura, su mujer, iban a pasar tres días de distracción en Londres. A última hora ella se sintió indispuesta y para no perder todo el dinero del vuelo se fue él solo.
Estando allí me hizo una llamada al móvil

—Eh, Fran, ¿qué tal? ¿cómo lo estás pasando?
—Muy bien. Te llamo desde el Museo Británico. Ayer pasé aquí toda la tarde y hoy he vuelto para continuar viendo cosas.
—¿Más museo? ¿No te aburre?
—Qué va, a mí no. Es que aquí hay mucho que ver y todo muy interesante. Además hace mucho frío y no para de llover. Al menos aquí se está bien. Por cierto, me mojé y he pillado un catarro...

Continuamos hablando un poco más y ya se iba a despedir cuando se me encendió de súbito una bombilla en la cabeza.

—Espera un momento —le dije.
—Dime.
—Hazme un favor, Fran. Dibuja en un papel un diablo y escóndelo en algún lugar emblemático de Londres.
—¿Y eso? —quiso saber extrañado
—Para el blog. A ver si alguien lo encuentra.
—Ah, vale. Lo haré.
—Que sea un lugar en el que no se pueda mojar ni ser descubierto a simple vista. Que sólo se encuentre si se dan las instrucciones para llegar a él.
—Muy bien. Hoy mismo lo haré y si quieres fotografiaré el lugar exacto.
—Sí, perfecto —exclamé contento—,  porque podré colocar esa foto en el blog.

Nos vimos al fin de semana siguiente en Petrel. Fran seguía congestionado por el catarro. 

Había hecho muy mal tiempo en los días que pasó en las tierras de la reina Isabel, pero eso no le impidió llevar a cabo nuestro plan conjunto. Y no escondió sólo un diablo ¡sino nueve!, fotografiando además esos nueve lugares, con lo que la cosa se hacía más atractiva. 

Pero para que no se hiciera demasiado pesado exponer el plano londinense de los nueve diablos, descarté tres de ellos que, además, sí corrían el riesgo de deteriorarse bajo algún chaparrón.
Quedan por tanto seis diablos escondidos en Londres dispuestos a ser encontrados por cualquiera de vosotros.
Lo divertido del juego es que ni siquiera hace falta ir personalmente a buscarlos. Este mundo de internet nos permite comunicarnos con gente de todo el mundo, incluso con londinenses. ¿Nadie se prestará al juego de ir en busca de ellos?

Reconozco que no es tarea fácil y me cuesta creer que alguien me escriba para decirme que ha encontrado alguno de esos diablos, pero también pensé que nadie me conseguiría una foto de la Plaza de la Gamba Alegre de Torremolinos y ya visteis que llegó a nuestro blog. Por lo tanto... ¿por qué no?

Paso sin más demora a exponer dónde están LOS 6 DIABLOS DE LONDRES y espero hacerlo de forma bien clara para que no quede ninguna duda. Os lo presento primero a través de un video y un texto explicativo a continuación.







DIABLO Nº1 - EN EL BIG BEN - Justo después de la base de la famosa Torre del Reloj del Parlamento comienza una verja de hierro. Esa verja esta adornada con flores metálicas de color negro. Detrás de uno de los pétalos de la primera flor está escondido el primer dibujo de uno de los diablos que hizo Fran.

DIABLO Nº2 - EN LA ABADÍA DE WESTMINSTER - La majestuosa abadía, próxima al Parlamento, cuenta con un pórtico o puerta principal por la que entran incesantemente los turistas. Unos metros a la derecha hay otra puerta secundaria que suele permanecer cerrada. A la izquierda de esta segunda puerta hay un demonio de piedra en la pared y junto a éste unas columnas. Detrás de la columna más próxima al demonio de piedra está escondido el segundo diablo de papel.

DIABLO Nº 3 - EN LA ABADÍA DE WESTMINSTER - Todavía en la misma abadía pero mucho más a la derecha de esa segunda puerta hay otra puerta solitaria muy pequeña y que no se abre nunca. Un canalón baja por la pared muy próximo a esa pequeña puerta. Oculto tras el canalón nuestro tercer diablo aguarda pacientemente a ser descubierto.

DIABLO Nº 4 - EN LA SALIDA DE METRO A WESTMINSTER - Si bajamos las escaleras y accedemos a ella habremos de buscar un cartel indicador de líneas del metro que dice Eastbound platform 2. Junto a él otro cartel publicitario. Detrás de éste se encuentra el cuarto diablo.

DIABLO Nº 5 - EN LA ESTACIÓN VICTORIA - Tras entrar por la puerta principal hallamos muchas cabinas de teléfono, pero hemos de buscar un par de cabinas gemelas solitarias que hay más al interior entre dos tiendas. Detrás de una de esas dos cabinas está oculto el quinto diablillo.

DIABLO Nº 6 - EN LA FUENTE DE PICADILLY CIRCUS - En la bien conocida plaza de Picadilly hay una gran fuente coronada por la estatua del Ángel de la Cristiandad, pero que todo el mundo llama estatua de Eros. La base de esta fuente es octogonal. Al llegar a ella hay que colocarse en el lado en el que mejor perspectiva se tiene del culo (con perdón) de este ángel. Desde allí se ha de meter la mano en el hueco que forma un rosetón metálico de los que adornan esta fuente. Allí duerme el sexto dibujo de Fran, que dicho sea de paso, es la única diablesa.


Bien, ahí queda esto. Daré por superado el reto con la demostración de haber encontrado al menos uno de los diablos (por cierto todos están diciendo algo en inglés dentro de un bocadillo que también les dibujó Fran) Si tenéis alguna duda, preguntadme.

A mí sólo me resta haceros una pregunta a vosotros: ¿No os apetece ir a la caza del diablo?

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Nota: Luego supimos que Laura no fue al viaje ¡¡ porque está embarazada !! y esperaron a la vuelta de Fran para darnos la noticia. Así que aguardo feliz a un sobrino o sobrina que no será de Yecla ni de Burriana sino de Petrel, mi pueblo.


1 de noviembre de 2008

DIABLOGRAFÍAS 2

Si todos los chinos gritaran a la vez,
¡menudo susto mundial!


En la senda del bien
hay demasiados atajos sospechosos.

Dicen que no somos nadie.

(Hacienda no lo dice)



Tengo un amigo con doble personalidad.

Lleva muy mal lo de quién baja la basura.



Cuando el elefante ve sonreír al león

se siente republicano.


"Otro día de niebla"

—comentan los pulmones del fumador .



No comprendo por qué las puestas de sol

no son récords de audiencia.


No es en el Amazonas

donde más serpientes venenosas hay.

Es en las peluquerías.



Hay que ir por la vida mirando al frente

(pero cuidado con las cacas de los perros)


Dicen que las palomas mensajeras

no quieren ni oír hablar de internet.

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De mi cuaderno "Notas para un pensagrama" Año 2000

Dibujos: octubre 2008

28 de octubre de 2008

EXCURSIÓN A LA CUEVA DEL OLMO

Hubo un tiempo en el que cada verano tenía el aliciente de una excursión a la Cueva del Olmo. 
Era como un ritual que no podía faltar.
Siempre participábamos más o menos los mismos, y lo hacíamos intuyendo que íbamos a pasar calor por el día y miedo por la noche. Pero no por ello decaía la ilusión; todo lo contrario: en las penalidades estaba el verdadero encanto.

Además, éramos siempre muchos, y el calor humano siempre ayuda. (Mal de muchos, consuelo de tontos).

Repito que excursiones a la cueva ha habido muchas, pero hubo una que ha quedado grabada en nuestra memoria de forma especial. 

Retrocedo en el tiempo y me concentro para relatárosla lo mejor posible.

En aquella aventura éramos doce: Juanmi, Miguel, Juanjo, Gabi, Elías, Natibel, Juani, Santiago, Tomás, Fran, Ana y yo. Una verdadera multitud.

Lo primero era convencer a mi primo Santiago para que se viniera con nosotros. El muy testarudo se hacía mucho de rogar porque disfrutaba cuando le decíamos que sin él no podía haber excursión (cosa que, en el fondo, era verdad: sin Santi no era lo mismo).

Con una fecha próxima en el calendario, cada uno empezaba a improvisar una pequeña mochila acorde a su personalidad. A Fran no se le olvidaban las velas, que por la noche daban ese ambiente tan acogedoramente macabro; a Juanjo no se le olvidaba su gorra; ni a Santi, los ajos con los que restregar las rocas para que su olor repeliera a bichos no deseados.

En aquella ocasión se me ocurrió una idea formidable.

Sólo hice partícipe de mi secreto a mi hermano Fran: grabaría en una cinta diversos sonidos de un disco de efectos especiales que yo tenía. Me llevaría un radiocasete en la mochila sin decirle a nadie que lo llevaba. Cuando se hiciera de noche, camuflaría el aparato en el exterior y haría creer a todos que los sonidos que se escucharan eran reales.

Pensarlo y hacerlo fue todo uno.

Tuve la buena idea de dejar al principio un trozo de cinta en blanco, para que, cuando todo empezara a sonar, ya hiciera rato que yo me encontrara en la cueva y nadie sospechara de mi momentánea salida.

Llegó el día de la excursión.

Calor, por supuesto. Y ganas de llegar. Y un largo tramo por los montes de Caprala, en Petrel, por una rambla seca que en muchas zonas está cubierta por las copas de los árboles formando un túnel, hasta llegar al punto en el que sabemos que hay que dejar la rambla y empezar a ascender.

La Cueva del Olmo está oculta por una enorme zarza que cubre prácticamente su frontal, por lo que a ella se accede bien por la izquierda —donde hay un pequeño rellano natural que sirve de puesto de guardia—, bien por la derecha, donde está enclavado un oscuro alcornoque que embellece el conjunto.

Pero, de igual forma que no se la distingue de lejos, también es difícil llegar a ella. Uno debe abandonar la cómoda rambla para comenzar a subir por laderas de matorrales espinosos, piedras sueltas y laberínticos senderos, y soportar los pinchazos y resbalones siempre con el calor y los bultos a cuestas. Y por mucho que uno mire hacia arriba, la cueva no se digna a aparecer hasta que la tienes en las mismas narices.

Cuando por fin la alcanzas, te recibe con el alivio de su sombra, y enseguida la sientes como tuya por lo acogedora que resulta, por las vistas que tiene y por ser un refugio apartado del mundo. Si fuese profunda causaría desasosiego, pero no lo es en absoluto. Es perfecta para doce personas tumbadas. No mucho más.

El transcurso hasta la llegada de la noche no viene al caso. Yo voy a lo que voy: el momento en que mi plan se llevó a cabo.

Sin que nadie se percatara, descendí unos metros con el radiocasete en las manos y lo oculté entre unas ramas mirando hacia la cueva. Pulsé el play y subí de inmediato.

Era noche cerrada y habíamos cenado. Momento perfecto. Yo aparentaba tranquilidad, pero mi corazón latía fuerte por la emoción.

Seguíamos charlando cuando empezó a sonar el canto de unos grillos. Como Elías hablaba tan fuerte, nadie, salvo yo, que estaba atento a que todo funcionara como tenía previsto, se percató de nada. Los grillos seguían con su cri-cri inútil, así que tuve que actuar. Les pedí silencio con la excusa de que me había parecido oír un ruido allá afuera. Así, con las bocas cerradas sí se percibían los insectos en todo su esplendor.

—Sólo se oyen grillos —dijo Gabi.

Mi hermano Fran me miró de reojo. Le devolví la mirada y, sin palabras, ya supo que el show acababa de empezar.

Ni qué decir tiene que yo había caldeado el ambiente durante todo el día dejando caer que por aquellos montes se habían visto lobos y jabalíes en muchas ocasiones, cosa que inquietaba un tanto a las chicas.

—Tranquilos —les había dicho yo con aires de suficiencia—, si suben a la cueva empezamos a tirarles piedras y seguro que se asustan. Además, raramente atacan al hombre.

—Yo, por si las moscas, me he traído un machete —decía Juanjo con chulería.

—Ay, calla —remarcaba Juani—, si me aparece un bicho de esos me meto en el saco y ya no salgo.

Pero la hora de la verdad llegó cuando, en la lejanía, de forma nítida e incluso aumentada por el eco del lugar y la quietud de la noche, un lobo empezó a aullar.

—¿Qué es eso? —dijo alguien.

—¡Parece un lobo! —exclamó Fran fingiendo asombro.

—¡Ay, madre! —este era yo, con vena dramática—. ¡Nunca los había oído de verdad!


Después del lobo solitario se escucharon dos en coro, y luego más. Yo miraba a todos de soslayo: los ojos como platos, los cuerpos en tensión. Fran dijo que había que avivar el fuego para que no se atrevieran a entrar, pero el personal estaba petrificado. Para más inri, yo no hacía más que dejar caer comentarios venenosos, como que prepararan los machetes por si acaso.

La grabación llegó a su punto álgido, el momento que yo esperaba excitado, en el cual se oye a unas fieras gruñir en sonido ascendente, como si vinieran desde lejos y se fueran acercando. Entonces chillé:

—¡Coged piedras! ¡¡Están subiendo!!

Y Fran y yo fuimos apagando rápidamente las velas a soplidos, como si fuera algo absolutamente necesario. Juani se aferró a mi brazo con tanta fuerza que me hizo daño. Elías palideció. Miguel se cubrió la cabeza con su saco. Santi no dudó en recoger y lanzar piedras contra las zarzas, y Juanjo —y esto fue lo mejor— empezó a rezar y a jurar que, si salíamos de esta, se sacrificaría por hacer mil cosas buenas. Y lo decía con una devoción...

A esas alturas, mis otros hermanos, Tomás y Ana, ya sabían que era todo una broma, porque no sólo conocen ese disco, también me conocen a mí. Pero se aliaron a la causa.

Lo malo es que hay momentos en que el pánico se contagia y se hace colectivo, porque con los sonidos tan reales de monstruos rodeándonos, todos gritando a la vez, la cueva a oscuras y veinticuatro ojos mirando hacia la tenue claridad de la luna, convencidos de que de un momento a otro, como un relámpago, entraría un jabalí con espuma en la boca, se desquicia hasta el más templado.

Cuando empezamos a lanzar piedras hacia la noche, pensé que, con lo que venía a continuación, todos se percatarían entonces de que era todo un montaje. Del aparato llegaron risas aisladas, risas en grupo, enloquecidas, absurdas. Pero no se percataban del engaño: estaban aterrorizados. Ni siquiera cuando empezaron a sonar los tañidos de unas campanas —y osé a decir que debían de ser las de alguna ermita abandonada— dejaron de creerme.

El caso es que la cinta finalmente concluía con un sonido electrónico, como el de un platillo volante, y ahí no aguanté más y empecé a reírme.

—¡Nos invaden, nos invaden!

Algunos rostros empezaron a reaccionar y ya no tuve más remedio que aclarar que todo había sido una broma.

Natibel se disgustó mucho porque a su hermano Elías le sentó mal la cena y estuvo malo toda la noche. Juanjo y Miguel me dedicaron muchos “piropos” iracundos y Juani, que no terminaba de creer que no fuera a entrar una fiera en la cueva, seguía, cual grillete, sin soltarme el brazo.

Sólo Santi se reía después, con esa risa contagiosa que sabe apaciguar las aguas más bravas. No dejó de reírse en toda la noche.

Pero lo gracioso, lo gracioso de verdad, es que ninguno fuimos capaces después de salir a recoger el radiocasete que nos esperaba allá afuera, en la quietud de la noche, donde se agazapan los lobos que aúllan a la luna.














24 de octubre de 2008

DIABLOGRAFÍAS

En los bancos de los parques
se olvidan restos de preocupaciones.
Las casas abandonadas acaban derrumbándose
porque no soportan el peso de la ausencia.

Cuánto camino deben desandar los ancianos
cuando sueñan.

En la realidad existen también pinceladas de fantasía.
He ahí el arco iris.


A la soledad se la puede invitar a entrar en tu vida.
Lo malo es cuando se invita ella misma
La vida está llena de problemas.
Pero me acabas de sonreír
y se han borrado todos.
Cuando sea viejo,
¿qué tendré del niño que fui?
Y cuando fui niño,
¿qué tuve del viejo que seré?

Cuando hoy salía de casa,
mi hijo escribía "PAPA".
No me hubiera marchado nunca.


Un niño que no cree en los Reyes Magos
tiene ya la infancia defectuosa.


Dos filósofos salieron a pasear tras una tormenta.
¿Tiene acaso sentido la vida?, preguntó uno.
El otro no contestó.
Estaba embelesado aspirando el aroma del campo tras la lluvia.

20 de octubre de 2008

LO MÍO CON ABBA

Quede bien claro de antemano, para que luego no haya ningún malentendido: el grupo ABBA es mío. Todas sus canciones me pertenecen. Su música forma parte de mi patrimonio.

Pero dad gracias a que soy una persona generosa y me gusta compartir lo bueno y permito que el resto del mundo pueda disfrutar de su música.
Sólo por eso he consentido que se utilicen sus canciones para mejorar las bandas sonoras de películas como La boda de Muriel o Priscilla, reina del desierto, que se haga un musical con "lo mejor" de su repertorio y que ese musical, "Mamma mia", se lleve al cine. Hasta he hecho la vista gorda al consentir que Pierce Brosman —que es un tipo que me cae bastante mal y uno de los peores actores que conozco—forme parte del reparto del filme.

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Bueno, bromas aparte, ya iba siendo hora de que le tocara el turno a ABBA, un grupo que lleva 35 años sin pasar de moda, extendiendo en el tiempo sus partituras de unas generaciones a otras en total sintonía.
Hoy me vuelvo a sentir “abboso” y me apetece reflejar aquí cómo comenzó lo mío con ABBA.

Un día del año 1979, mi abuela Paquita me dijo:
—Qué bonita es la canción de "Chiquitita", ¿la conoces?
—No  —contesté. Ni siquiera me sonaba.
—Espera que te la voy a poner.

Poco imaginaba yo entonces lo que ABBA significaría para mí a lo largo de mi vida.
Tenía yo entonces 13 años y era un adolescente al que le gustaba mucho el inglés y coleccionar recortes con los que confeccionar revistas a mi gusto (esto de los blogs es un poco como aquello, por eso me gusta tanto)
Al escuchar aquel cassette —Voulez Vous— descubrí que no sólo Chiquitita era buena, absolutamente todas las canciones que contenía me calaban hondo. Cuando fui a devolver la cinta, mi abuelo Juan me la regaló. La escuché entonces hasta la saciedad y ya no pude prescindir de vivir con la música de este grupo nunca más.
Poco después me regalaría mi madre el "Grandes éxitos 2" y ya ABBA se convirtió en algo mío: tenían algo especial y distinto, una perfecta forma de pronunciar el inglés y magia en sus canciones, en sus voces, en su imagen...
Y empecé a coleccionar toda la información que sobre ellos encontraba.

En un viaje a Zaragoza con mi padre, adquirí los cassettes de Abba y Arrival, y casi me vuelvo loco de gozo por tener ya tantas canciones que cantar y traducir.

En 1982 leí un anuncio de un club de fans de ABBA en un periódico. Empezó mi fructífera correspondencia con un joven gallego (Ramón Andrew) que durante casi tres años fue enviándome fotocopias de los boletines que él editaba a mano (muy bien por cierto) en los que siempre encontré noticias, fotos, letras de canciones, direcciones interesantes... y que guardo como un tesoro. Cada carta suya me aportaba una alegría inmensa.

Yo fui uno de aquellos que se pasaban la tarde del sábado, mando distancia en mano, bien atento a programas como Aplauso o 300 millones por si me daban la sorpresa de alguna actuación. Creo que no se me pasó ninguna y permanecen grabadas en las prehistóricas cintas de VHS.
Por aquel entonces escribí a Suecia a "Pop Import", donde se vendía todo lo que un "abboso" pudiera soñar. Compré discos no editados en España antes incluso de tener dónde escucharlos y no quedó un hueco en las paredes de mi habitación que no luciera un poster de los suecos. (Para entender esto hay que haber vivido el fenómeno fan. Me consta que no todo el mundo ha pasado esa fiebre, esa locura transitoria. No sabéis los que no las hayáis vivido las grandes dosis de felicidad que os habéis perdido)

Como además mantenía correspondencia con una sueca (Carita Nordin), mi colección fue aumentando gracias a su colaboración. Se puede decir que hoy tengo un auténtico museo de este grupo de mis amores.
Casi 30 años después de que mi abuelo me regalara aquella cinta, ABBA hace mucho tiempo que se separaron, pero siempre asocio aquella época: sus canciones, la imagen que proyectaban y mi gran pasión por ellos a lo más parecido a la felicidad.

Estas fotos son buena muestra de toda aquella ilusión.









A mis abuelos: Gracias por aquel regalo.
A ABBA: Gracias por la música.
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DOS NOTAS CHIQUITITAS Y HASTA MAÑANA:

NOTA 1 - Os habréis percatado de que la foto superior es un montaje. Era evidente. En realidad ese día Agnetha no estaba con nosotros, pero la he colocado con Photoshop.

Nota 2 - Después de todo esto, os parecerá mentira que yo no haya visto "Mamma mía" (ni el musical ni la película) Una de las razones es Pierce Brosman. Además, un amigo que la vio me dio su parecer: "No está mal.... Hombre, la verdad es que sonaba... pero no son ABBA"
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