2 de abril de 2009

LLEGÓ. NOTICIA DE ALCANCE

¿Habrá algún bloguero en el mundo al que no le alegre recibir comentarios?
Yo no lo creo.

A mí particularmente es lo que más me gusta. Cuando abro mi página me lanzó a mirar el contador de confesiones al diablo.
(Si no fuera porque lo hago sentado, seguro que a menudo tropezaría por lo arrebatado que voy.)

Eso de que haya gente que se tome la molestia de leerte y dedicar un tiempo a escribirte algo es muy gratificante y, una vez más, el diablo os lo agradece con múltiples explosiones de azufre. A ver si os animáis un día los indecisos que nunca me habéis escrito (que me consta que los hay) pues doy fe de que ni es tan fiero el león como lo pinta Vicente ni tan malo el diablo cuando saca el tridente. (Sí, lo de Vicente lo he colado para que rime )

También da mucho gusto que alguien comente alguna entrada pasada, de esas que se quedan semienterradas en el subsuelo virtual y de las que hasta uno mismo casi se olvida. Pero están ahí, dicendo eco eeecoooo.


El pasado viernes 20 de marzo, mi correo electrónico me chivaba que tenía un mensaje en la entrada Los 6 diablos de Londres, que escribí en noviembre del año pasado.

Fui de cabeza a ver y me encontré con la siguiente sorpresa:

Umpi dijo...

Salgo para Londres en apenas 6 horas, me voy de abandonos pero el sábado (mañana) estaré por Londres de turismo.

Voy a por ellos!!!

Me descargo el video desde Youtube y me lo paso al móvil.

Te diré algo el martes cuando vuelva!!!


Muchos de vosotros ya sabéis de qué va la cosa, pero a los que estéis frunciendo el ceño y con cara de "a-mí-que-me-registren", os explico:

Mi hermano Fran se fue de viaje a Londres hace unos meses, y durante una llamada telefónica que desde allí me hizo se me ocurrió un juego para el blog. Le pedí que dibujara un diablo en un papel y lo escondiera en algún lugar emblemático de la ciudad. Era importante que no se viera a simple vista, que no se pudiera mojar en días de lluvia y que para encontrarlo hubiera que dar pistas.

Al volver, Fran me enseñó las fotos de los lugares en los que había escondido no uno sino 6 diablos, y me explicó en qué sitios concretos los había camuflado. Suena divertido, ¿verdad? ¡Me entraban ganas de irme a Londres a buscarlos yo mismo!

Con las fotos hice un montaje de video que colgué en Youtube para mostrar todas las pistas y pensé: "Hala, el reto ya está lanzado. A ver si alguien sale de cacería"

Pero se ve que no era temporada de caza entonces y pasaron unos meses hasta llegar a estos días en los que se debió abrir la veda de cazar diablos y Umpi salió a por ellos.

Umpi (Dani) es un bloguero de Barcelona que pertenece al Club C.E.L.A. (Club de Exploradores de Lugares Abandonados) que lleva un par de años, cámara de fotos en mano, pateando muchas ciudades de España y Europa en busca de cualquier tipo de construcción (hoteles, colegios, hospitales, estaciones...) que se encuentre abandonada. Después muestra las fotos y cuenta las experiencias en su blog Ultima visita.
No recuerdo cómo llegué yo a él, pero como también he sentido siempre una misteriosa atracción por semejantes lugares, ahora yo pertenezco al Club Umpi. Y no es que fuera necesario ser explorador para ir en busca de los diablos, pero da la casualidad de que él sí lo es.

Dos días más tarde me dejaba el siguiente mensaje en una entrada más reciente:

Umpi dijo...

Encontré 3 de tus diablos de Londres!!!!

El martes cuando vuelva te mando un mail!!!!!


Me puse más contento que un niño con zapatos nuevos. Será una tontería pero a mí me alegró mucho haber propuesto un juego y que alguien se implicara para jugar, que no se quedara la cosa en agua de borrajas.

Este fue el correo que me envió (fotos incluidas) al volver de Inglaterra y que reproduzco con su permiso:

Buenas Juanra!!!

Pues como te decía, este pasado fin de semana me fui a Londres para visitar el Harold Wood Hospital, un enorme hospital abandonado que está apunto de ser demolido para construir viviendas, y al que logramos entrar gracias a que los vigilantes de seguridad nos dejaron. No obstante, como ya habíamos decidido que el sábado lo teníamos reservado para hacer turismo en Londres, me acordé de tu reto y me descargué el video de Youtube.

Los 3 diablos que he encontrado son los dos de la abadía de Westminster, y el del Big Ben.
Te cuento:

El de la abadía de Westminster, el situado en el canalón de la puerta trasera, seguía allí, escondido tras un montón de hojas secas y otras tantas telarañas, que daba hasta asco meter la mano allí.....pero no tardé en encontrarlo! Este diablo me lo he quedado de recuerdo, pero en su lugar he dejado una nota en la que pone algo así como "aquí se escondió un diablo del blog "A la edad del diablo" que fue encontrado por Umpi el 21/3/2009"
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Cybersurfer, Ivanín y Umpi

El del pórtico principal de la abadía también fue localizado a la primera, simplemente basta con meter la mano por detrás de la columna y ya enseguida lo palpas...este lo dejé en su sitio, pero lo firmé con mi nombre y la fecha en la que fue encontrado.

Y por ultimo, el situado en un pétalo de la verja del Big Ben, estaba allí, incluso se veía asomar, pero estaba tan bien metido que fue imposible sacarlo ni con unos pequeños alicates que llevaba un amigo mío, es más, al intentarlo sacar, se coló más para abajo, con lo cual sigue estando allí pero no se ve.....

Te adjunto un par de fotos, así como algunas en absoluta primicia del mencionado hospital.


Un abrazo!





Otro par de zapatos nuevos, mas balón de reglamento, para el niño que llevo dentro (aquí la rima sí me ha salido sola)


Reenvié el correo a mi hermano Fran para que viera texto y fotos y se alegrara tanto como yo y contesté a Dani para darle las gracias y prometerle una mención en este blog.

Me ha contado después que no tuvo tiempo de ir en busca de los otros tres diablos que siguen escondidos por Londres, por lo que el reto sigue en pie.

A ver si Bichejo, otra amiga bloguera de Madrid, remata la faena, pues ya me ha comunicado que irá a Londres en agosto y parece que va toda decidida a darles caza.
¡Vamos, Bichejo, tú puedes! (si no se te adelanta alguien, claro) (¿notáis cómo intento picaros a todos para que vayáis a por ellos? En estos detalles se ve claramente el diablo que llevo dentro)










Nada más por hoy.
Me quedo esperando comentarios.
No tardéis, que cuento los segundos:

1, 2, 3, 4, 5, 6, 7... uff, ¡¡ya tardáis!!

30 de marzo de 2009

DE VUELTA A CASA (Continuación)


Como en los certeros versos de Machado, todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.

De igual forma todo llega un día y también pasa sin más. Y aquel viaje iniciático que, a quien más a quien menos, tanto nos marcó, también tuvo su final. (Cómo me cuesta aceptar que han transcurrido más años desde todo aquello que la edad que entonces yo tenía. Me resulta increíble)
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Sin duda habré olvidado muchas cosas pero no aquel último día en Madrid. El del final de la mili.

Se vivió con una extraña mezcla de alegría y tristeza. Alegría porque estábamos en el anhelado día de la definitiva vuelta a casa; tristeza porque dejábamos entrañables amigos con los que se había compartido millones de cosas y a los que, tras partir cada cual por tan distintos rumbos, no volveríamos a ver jamás.
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Compañeros de los que guardo imborrables recuerdos.
Como Alberto S. con quien solía cantar entre en serio y en broma todas las canciones de Sade que casualmente ambos nos sabíamos de memoria. O Luis M. que me hablaba con entusiasmo de los dos amores de su vida, su novia y su Granada natal, o Pepe G., el furriel, natural de Elda como yo, contándonos en la oficina las mil perrerías que nos hacía el Sargento Coronado, quien nos tenía cierta ojeriza a los dos (sobre todo a mí) o Guillén, el cabo canario de noble corazón “¡A formar, muyayo, a formar!
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Recuerdos de José Enrique C. de Alcira, de Carlos N. de Las Palmas, de Rafa Q. de Fuengirola, de Pedro M. de Alcázar de San Juan...
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Este tal Pedro, a quien todos llamábamos X, guardaba en su taquilla un gato de peluche que nos presentó a todos. No es que fuera un chaval infantil o inmaduro, todo lo contrario, sencillamente quiso tener siempre a mano algo muy personal que le recordara a los suyos, a su hogar y no dudó en llevárselo para que le acompañara durante toda la mili.
Era un peluche blanco con una larga cola y un cascabel cosido al final. Y así, mientras la mayoría de los soldados guardaban fotos de sus novias en la taquilla, Pedro guardaba un peluche que se convirtió en mascota grupal.

Yo no tenía novia pero me enorgullecía mostrar una foto que hice a mi hermana (12 años entonces) saludando con ropa militar y a la que siempre tuve bien visible en mi taquilla. A muchos compañeros tuve ocasión de hablarles de ella y de toda mi familia, sin duda lo más preciado que tenemos y a quienes tanto se echa de menos en tantas ocasiones en la vida.
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No mucho después de aquella despedida recibí una llamada de Pedro (el del peluche) diciéndome que acompañaba a un familiar en unas gestiones y que le podía dejar cerca de Petrel por lo que acordamos que pasara un fin de semana en mi casa. Fue una gran alegría volver a verlo y recordar tantas cosas (desde la primera novatada a la última cogorza pasando por los arrestos, los permisos y lo "joputas" que eran algunos mandos) 
Para mi sorpresa traía un regalo para mi hermana Ana. ¿Adivináis cuál? Pues sí, su peluche. Aquella curiosa mascota con cascabel de nuestra Academia fue a parar a manos de mi hermana. 
Nos pareció que no debía desprenderse de algo tan personal pero insistió en que quería que tuviéramos un recuerdo de él y se quedó en nuestra casa.

Los años pasaron.
Vi en algunas ocasiones a mi paisano Pepe el furriel, así como a José Enrique que bajó desde Alcira para pasar un sábado en Elda. Nos presentamos a nuestras novias y las pobres debieron quedar hasta el gorro de tanta “batallita” entre cerveza y cerveza.
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No volví a ver a nadie más.
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Un año, en un arrebato de nostalgia escribí (por carta, nada de internet todavía) a varias direcciones que tenía guardadas. Sólo me contesto José Enrique, las demás cartas me fueron devueltas con un "DESCONOCIDO" garabateado en ellas.
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Otra buena remesa de años sobre mis espaldas. Esas hojas que se arrancan inexorablemente al calendario. Dorados veranos, largos inviernos tras otoños de hojarasca, primaveras de juventud, alegres fines de semana, un viaje a Yecla seguido de muchos muchos más. Mari Carmen, ocho años de noviazgo, nuestra boda, dos hijos y, entre tanto, varios trabajos. Tantas cosas vividas que he de resumir en breves líneas para llegar al momento actual, a mi trabajo de Villena del que ya os he hablado en alguna ocasión.

Una de mis compañeras se llama Mar. (Mar, como sé que me lees aprovecho para decirte que eres una excelente persona y que estoy muy muy contento de haberte conocido.)
Mar lleva muchos años viviendo en Villena pero presume de su tierra natal: Alcázar de San Juan y de todo lo relacionado con La Mancha. (Un saludo afectuoso desde aquí para mis lectores manchegos Calata –recomiendo a todos su fotoblog - y Rasanliz)
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Las alusiones de Mar a su ciudad me recordaban siempre a aquel compañero de la mili y un día conté a mi amiga la historia de Pedro y de aquel peluche que con el transcurrir de los años terminó extraviándose.
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¿Y no has vuelto a saber de él? Pues yo tengo que localizarte a mi paisano, hombre. Déjame un tiempo, Juan, que haré averiguaciones.

Y dicho y hecho, un día Mar me entregó un papel con dos números de teléfono anotados.

—Yo creo que debe ser él  —me dijo— No dejes de llamarlo.

Esa misma tarde saqué el papel del bolsillo y me quedé mirándolo. Estaba seguro de que se trataría de él.
“Han pasado más de veinte años. Tanto tiempo… ¿Se acordará de mí? “, y antes de que me diera tiempo a dudar marqué el número.
—¿Dígame?
(Fue curioso pero sólo con esa palabra ya estaba seguro de que era él, pero dije:
—Quería hablar con Pedro M. J.
—Soy yo.
—A ver si eres la persona que ando buscando… tú debes tener ahora 42 años...
—Sssí, ¿por?
—Atención, pregunta… ¿Hiciste la mili en Carabanchel?
—¿¿QUIEN ERES??
—¡SOY JUAN! ¡ EL ARMERO!

Bueno, fue la bomba. Un torrente de emociones en el que nos atropellábamos a preguntas y más preguntas. En seguida supe que también se casó y que tiene tres hijos .

—¡Me ganas por uno!
—Joder, Juan, qué bueno, si parece que te estoy viendo. Te oigo y tienes la misma voz.
—Pues han pasado 23 años…

Nos contamos la vida a grandes trazos, nuestros trabajos, nuestros hijos… pero por unos minutos nada había cambiado en realidad y volvíamos a ser aquellos jóvenes de entonces.

—¿Te acuerdas de cuando estuve en tu casa?
—Cómo no, y del peluche, ¿te acuerdas del peluche?
—Sííí, jajaja, que le regalé a tu hermana. Por cierto ¿cómo está tu hermana y tu familia?
—Bien, todos bien, gracias.

Quedamos profundamente emocionados con esa llamada. Intercambiamos direcciones y correos y ahora podremos comunicarnos más a menudo.
Al día siguiente se lo contaba todo a Mar con pelos y señales y se alegró enormemente.

En el pasado puente de San José, los cuatro hermanos nos reunimos en el campo de Petrel para pasar unos días juntos.
En un momento dado entré con mi hermana en el trastero. Buscábamos una vieja libreta extraviada llena de historias que escribí hace muchos años y que ambos estamos muy interesados en recuperar.
Entre otros muchos cachivaches, allí están amontonadas las cosas que tenía Ana en su habitación antes de marcharse a estudiar a Castellón. Cintas de los Hombres G, de Duncan Dhu, libros, cuadernos, cartas…

De repente descubrí algo que nunca hubiera pensado encontrar.

En el fondo de una polvorienta bolsa agujereada apareció aquel peluche de Pedro, con su cascabel y todo. Tenía el lazo azul del cuello totalmente apolillado y le faltaba una ceja pero aún se conserva entero para la cantidad de años que han transcurrido.

Mi hermana lo daba por perdido y cuando le conté la llamada que tuve con Pedro me dijo que si algún día lo encontrara se lo enviaría en un paquete con una carta de agradecimiento dentro.

Ese momento ha llegado y también yo he añadido una carta para Pedro junto a su peluche y en cada línea escrita iba creciendo en mi interior la nostalgia por aquel pasado que no puedo dejar de añorar, por aquella convivencia, por aquellas amistades, por la juventud que un día tuve y que, aunque me pese, no ha de volver.

Pero este viejo peluche ya ha hecho suficiente mili. Es hora de que se licencie y lo enviemos a Alcázar de San Juan con la persona a la que perteneció. Pedro no imagina lo que en breve recibirá. Cuántos grandes e imperecederos recuerdos compartidos le envío en este paquete, de vuelta a casa.

(A todos aquellos compañeros de la mili.
Donde quiera que estéis)


27 de marzo de 2009

DE VUELTA A CASA

Entré con mi hermana en el trastero del Campo.

Buscábamos una vieja libreta extraviada llena de historias que escribí hace muchos años y que ambos estamos muy interesados en recuperar.
Apenas nos podíamos mover dada la cantidad de cachivaches que hay por allí, cubiertos de polvo y antiguas telarañas. Con cuidado y con el ojo avizor por si saltaba desde algún rincón alguno de los gatos que se suelen colar por allí adentro, comenzamos a buscar.
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De repente y sin esperarlo descubrí algo que supuso un emotivo reencuentro con el pasado. El hallazgo nos hizo pensar después en las vueltas que da la vida y en la infinidad de caminos que casualmente van entrecruzándose a nuestro paso a lo largo de ella.
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—¡Ana! ¡Mira lo que acabo de encontrar!
Vi cómo se le abrían los ojos y exclamaba:
—Lo sabía, sabía que nunca me deshice de él.
—¿Se lo enviamos?
—Sí, sí, claro que sí – me decía muy contenta.

El contenido del paquete que tengo aquí a mi lado me ha traído entrañables recuerdos que casi tenía olvidados y que me han impulsado a escribir esta historia de emocionante final que quiero compartir con vosotros.
Para hacerlo hemos de viajar por tres momentos distintos en el tiempo. Primero me remontaré al año 1986 en el que empecé a cumplir el servicio militar. Después a una llamada telefónica reciente y por último al momento actual.
Comienzo sin más preámbulos.
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AÑO 1986
Parece que fuera ayer cuando le decía yo a mi amigo Juan Luis que me había tocado hacer la mili en Plasencia.

—¿Te vas a Plasencia? Eso está en Italia, ¿no? —me dijo con su habitual socarronería.

El viaje en aquel tren “borreguero” se me hizo interminable. Duró toda la tarde y noche y llegué al amanecer. Además de dormir fatal, estaba bastante angustiado, temeroso por ese inevitable enfrentamiento ante lo desconocido.
Pero los días pasaron rápidos.
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No olvidaré nunca aquel período de instrucción en pleno mes de julio en Extremadura, en grandes explanadas polvorientas bajo un sol de justicia. Y aquel inmenso comedor subterráneo masificado de uniformes verdes en el que uno echaba de menos los manjares de su casa.
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Las prisas, las formaciones, las equivocaciones, los arrestos…
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Pero he sido siempre una persona positiva y no guardo malos recuerdos de la mili. Todo lo contrario.
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Tras la jura de bandera pasé una semana de relax con mi familia en Benidorm para reincorporarme a continuación a mi nuevo destino: Madrid - Carabanchel. Diez meses en la Academia de Sanidad junto al Hospital Militar Gómez Ulla.
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Tuve la enorme suerte de que me nombraran armero, con lo que me limitaba a repartir el armamento a la tropa y altos mandos de mi compañía cada mañana. Eso me libró de hacer innumerables guardias en garitas y puestos de control y me ahorró de los soberanos aburrimientos y “comidas de bola” que sufrieron el resto de reclutas.

Por mi temperamento cordial hice buenas migas con casi todos los compañeros de reemplazo, a pesar de que razones tenían para tenerme tirria por la situación privilegiada que yo disfrutaba, pero como también me encomendaron el ser el único vendedor de tabaco de toda la academia, ello me sirvió para granjearme el afecto de los más hostiles pues les regalaba algún que otro pitillo o les fiaba cuando andaban escasos de dinero.
Y así, con el transcurso de los días en los que poco a poco nos fuimos conociendo e intimando, llegamos a ser como una gran familia en la que todos nos apoyábamos y nos divertíamos en largas charlas en los ratos que teníamos libres.
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Cuántas veces me he acordado de aquellos tiempos. Yo, el más pacífico, entregando armas a diestro y siniestro y no habiendo fumado en mi vida vendía tabaco a todo el mundo.
Qué guasona es la vida a veces.

De lo único que me tenía que preocupar era de presentar bien las cuentas ante el Sargento S. y de que al General B. no le faltara nunca su paquete de Camel. Después, con las ganancias se compraban raquetas y pelotas para tenis de mesa, barajas, etc…

El tabaco me abrió más puertas de las que imaginaba porque descubrí lo adictivo que es ese vicio para los fumadores y me aproveché para hacer mis trapicheos con él y así, por unos cuantos cigarros de regalo, un ayudante de cocina me subía a la armería una jarra repleta de arroz con leche. “Te cambio vicio por vicio” Yo la escondía y cuando no había moros en la costa me encerraba con llave por dentro y me la embuchaba con deleite. (Aquello me pasó factura. Con decir que llegué a Madrid pesando 60 kilos y volví a casa con 70, creo que lo digo todo.)
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Sólo una vez —por decisión propia y para solidarizarme con mis compañeros— hice un día completo de guardias en garitas. Me satisfizo comprobar lo que les alegró que pasara una jornada completa con ellos. “Venga, armero (así me llamaban) a chupar garita”
Y ahí pude comprobar cuánto tiempo perdido en algo tan inútil como meterse en un espacio cerrado de un escaso metro cuadrado con el CETME entre las manos, donde no habiendo nada mejor que hacer uno dejaba volar la imaginación constantemente. Horas de guardia con calor, con frío, con lluvia, por el día o por la noche.
En una de aquellas garitas había un escrito en la pared que decía: 
“ACABAS DE ENTRAR A UN SITIO DE ACCIÓN. ¡BÚSCALA!” 
O aquel otro letrero en la que estaba próxima a la cuadra de los caballos: 
“GARITA MACABRA (No te asustes si oyes ruidos)” 
Y sobre todo corazones, muchos corazones dibujados o grabados en la pared con un nombre de mujer dentro.

Pero para algunos esa inactividad de las guardias era frustrante (cuánto bien hubieran hecho los móviles de haber existido entonces) y tanto tiempo para pensar hacía que se magnificaran los problemas de manera preocupante. 
Leí hace poco que el número de suicidios de jóvenes durante el servicio militar en la década de los 80 fue altísimo. No ocurrió algo así en mi academia en aquel reemplazo pero sí unos meses antes. Poco después sería testigo de una de las causas que directa o indirectamente hicieran probablemente desembocar a aquellos jóvenes a tan negras tragedias.

Fue una tarde-noche de sábado en la que salimos con el permiso en las manos un buen grupo de soldados a pasarlo bien por Madrid. Fuimos a lo que se llamaban “los bajos de Argüelles” (no sé si continúa existiendo) Era un pasadizo subterráneo con muchas tascas a uno y otro lado, de diferentes estilos y tipos de música. En el grupo había muchos andaluces de la camareta que llamábamos de “los malaguitas” pues la mayoría eran de Málaga. En un momento dado entré en los aseos y descubrí a dos de ellos inyectándose un pico. Quedé impresionado. Todavía me acuerdo de sus nombres y apellidos y aún, nítidamente, de la forma en que me sonrieron. Con aquellos ojos vidriosos con los que se quedaron mirándome entendí que me estaban diciendo “Vaya, armero, esto no lo esperabas tú, ¿verdad? No te asustes, es la gloria”
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Al día siguiente les entregué el armamento, como al resto, y en sus caras había un velo de desilusión, de hastío.
Estoy seguro de que más de uno de aquellos compañeros con los que compartí meses tan intensos se quedaron en el camino.
(Continuará)

22 de marzo de 2009

LA NIÑA DE MIS OJOS



Aitana es la primera en abrir los ojos. Es mi despertador diario. Llama suavemente desde su cama: “Papa, ven” y cuando me asomo a su habitación me sonríe y dice: “Ya he teminao de dormir”


Aitana es una glotona. “Me apetece… me apetece… papá, ¿qué me apetece? ¿Una galleta? Sí, vale” Ella misma se pregunta y se responde.


Aitana quiere que la mire cuando me habla. “Cúshame papá, cúshame” “Si te estoy escuchando...” Pero no queda satisfecha hasta que no la miro a los ojos.


Al toser suele exclamar: “Ay, qué tos tiene la nena, ¡por Dios!”


Nadie me parece tan sexy como Aitana cuando se quita el pelo de la cara con las dos manos, echando la cabeza hacia atrás.


Para Aitana todo momento de comida es “cenar”. “Papá, me apetece cenar” “Sí, ya te preparo el desayuno” ”No, quiero cenar”


A Aitana le encanta ver fotos suyas. “Mira papá, qué guapa está la nena de rosa” (lo pronuncia con erre suave: derosa)


Cuando la acostamos por la noche nos pide que su hermano se meta en la cama con ella: “Un ratito Samuel comigo, ¿vale?” Y él no cabe en sí de gozo.


Al volver del trabajo y abrir la puerta de casa la oigo exclamar “Ay, el papá” y aparece corriendo para darme un beso. Es el mejor momento del día.


Me alimento de sus sonrisas y a menudo me pierdo en el azul de su mirada.


Este próximo jueves es su cumpleaños. Dos años tiene ya la niña de mis ojos. Este video lleno de fotos es para ella.

Sé que le va a gustar.


16 de marzo de 2009

EL KARATECA QUE LLEVO DENTRO



DEDICATORIA

A todas
mis compañeras de trabajo, especialmente a aquellas que fueron testigos oculares de la debacle e insistieron en que publicara esto.

Y muy particularmente a Lucía, que, como me pidió no aparecer ni por asomo en este blog, en adelante la llamaré L. para preservar su identidad.


INTRODUCCIÓN: Uno para todas y todas para uno.

De todos es sabido que la pasada semana fue el Día de la Mujer, día éste en el que todos, no solo ellas, debemos reivindicar la igualdad y los mismos derechos para ambos sexos.

Yo, si hace falta, me pongo en cabeza para exigirlos, aunque en el lugar en el que trabajo, me parece a mí, que no hace falta. Es más, soy yo el que está en tan profunda desventaja que me empiezo a replantear muchas cosas.

Porque, vamos a ver, pónganse a contar conmigo: además de la directora, en mi centro hay una trabajadora social, una doctora, una fisioterapeuta, una enfermera, una ordenanza, dos monitoras de gimnasia, varias monitoras de talleres, una podóloga, una vigilante, una peluquera, dos limpiadoras... y yo.

Todavía me pregunto si el día en que llegué a este centro el pensamiento general fue "¡Al fin un hombre!" o "¡Se nos fue el monopolio al carajo!"
Que nadie me interprete mal, éste es un lugar idóneo, sí, pero, digámoslo claro, aquí la famosa ley de paridad está hecha unos zorros y la balanza de la igualdad forma una vertical que asusta.

Yo, repito, estoy encantado, y de mi boca no surgirá una sola queja, pero sí recuerdo mi primera inquietud cuando se avecinaba la comida de Navidad. 
Me parece estar leyendo ya la mente de algunos lectores "Ah, qué bien, qué suerte, rodeado de tantas mujeres, como el moro de un harén..." 
A ver, un poco de realismo, por favor!! ¿Ha quedado clara la proporción de 20 a 1? Que no, que estaba acojonadito, que me veía como un ratón en una reunión de gatas, por más que las gatas fueran todas adorables y pacíficas.

Por suerte, Dios aprieta pero no ahoga y a aquella primera comida de Navidad se apuntó el conductor del autobús (al que veo un par de minutos a la semana) y el marido de la directora, que suele hacer su papelón como cocinero (no se quejarán). Y ya la cosa fue distinta. Ya éramos tres. Ya tenía el apoyo de mis congéneres ante un hipotético ataque de féminas desbocadas.

Pero eso fue al principio, con la falta de confianza. Ahora ya me llega la camisa al cuerpo y todo. Ya hemos charlado mucho, ya nos conocemos más, ya hemos vivido alguna que otra experiencia que quedará en el recuerdo.

Y otras que será mejor olvidar...

NUDO: ¡Fuego!... ¿fuego?

Es más que normal que en un centro público haya una alarma de incendios. Y que si detecta humo o excesivo calor avise con su sirena. Normal, todo normal.

Ya no sé si es tan normal que se dispare tras un simple apagón. Supongo que sí. Las deben fabricar lo bastante inteligentes como para que piensen: "¡Tate, ¿qué pasa que no me llega corriente eléctrica a las entrañas? ¿No será que han saltado los plomos por un voraz incendio? Uf, yo, por si las moscas, me disparo. Allá voy: TRRRRRROOOOOOO."
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Esto es lo que ocurrió el pasado lunes.
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Es una situación desagradable pero que sé controlar perfectamente. Tan sólo hay que pulsar la tecla que desactiva el zumbador, introducir un número clave y rearmar el conjunto. Y si acaso llaman los de la central de alarmas explicarles la razón por la que se ha disparado. Y chim-pún.
Pero hete aquí que este lunes nada funcionó bien. 
No conseguí que cesara de sonar la alarma por más que repetía las instrucciones una y otra vez.

"Maldita sea, murmuraba yo, ¿tan desentrenado me pilla que no doy pie con bola?"

La directora bajó de su despacho con cara de preocupación y le comenté que no conseguía desactivar la alarma (necesito un esfuerzo personal por parte de usted, lector o lectora, para que ponga mentalmente durante todo este relato esa desesperante banda sonora de fondo, ese sonido de metralla metálico campanoide que te entra por el tímpano y te pone los puntas de nervio)

Por más que yo sabía que la alarma sonaba por culpa del apagón eléctrico, un buen profesional no debe dar nada por hecho y había que comprobar que realmente no había fuego. 
Eso es lo que ordenó la directora: ir a buscar el origen. 

Y a la expedición se apuntaron la doctora, la trabajadora social y la fisioterapeuta (alias L) que fueron saliendo de sus despachos ante semejante escándalo.

Los cinco escaleras arriba, los cinco escaleras abajo, los cinco afuera, los cinco adentro, siempre en busca del humo delator. 
Menos mal que eran las dos de la tarde y sólo había dos o tres usuarios en el centro, uno de ellos tan sordo, por cierto, que no se enteró de nada. Tan sólo alzaba la vista del periódico cuando nos veía pasar. 
"¿A dónde irán todos esos juntos y tan apresuraos?" debía pensar.

Se revisaron todos los despachos, los almacenes y hasta la pajarera en donde encontramos a Doña Josefina con las piernas al sol sin inmutarse los más mínimo. 
"A mí si no me dicen que me marche no me pienso mover. Con lo a gusto que estoy", parecía pensar.
Solamente un lugar faltaba por comprobar: podología. La podóloga ya no estaba y había que abrir esa puerta. Pero, ¡oh maldición! la única llave que faltaba en el cuadro de llaves era precisamente esa. (A todo esto, recuerden la banda sonora, que ya se les había olvidado: TROOOOOOOO. Métanse un poquito en situación, que no cuesta tanto)

En ese mismo instante es cuando entró Doña Sugestión, la muy cochina, para meter cizaña, porque todas empezaron a ver fantasmas.

—Huele a plástico quemado, ¿no oléis? —dijo la doctora.
—Sí, sí —aseguró la directora— algo se quema.
A ver si está ardiendo algún enchufe aquí adentro —exclamó la trabajadora social
¿Y dónde está esa llave? ¡Juan, telefonea a la podóloga! —me pidió la directora

Y eso es lo que me apresuré a hacer, pero al no haber corriente eléctrica no funcionaba el teléfono por lo que tuve que echar mano de mi móvil.

No, no, yo tengo la mía  —me aseguraba la podóloga— No he tocado la copia del cuadro de llaves.
Pues esa puerta hay que abrirla como sea —decía la directora muy preocupada—. Si hay que echarla abajo, se echa.

No sé quién mencionó lo de dar una patada a la puerta. No lo recuerdo. Pero la idea del sillón de podología en llamas cobraba fuerza y el TRRRRROOO (no lo olviden) debía hacer TRRROOOOO por algo y allí el único hombre a mano era yo para acabar de una vez con todo.

"Venga, pensé,  que no se diga".

La trabajadora social, al ver lo que me disponía a hacer se tapó los ojos para no mirar. Yo incliné el cuerpo hacia atrás, levanté la pierna y...

DESENLACE: El honor perdido.

Nadie se quemó. Ni siquiera hubo intoxicación por humo. Tampoco hubo necesidad de evacuar. Sencillamente porque no había fuego en ningún lado.
La trabajadora social consiguió silenciar la jodida alarma introduciendo el código correcto. No sé por qué me empeñé tantas veces con el 23 cuando era el 27.( Tanto ordenar los cartones del bingo me debe estar trastornando).
Volvió la luz eléctrica y la paz al centro, y cuando los de la central de alarmas llamaron se les explicó que no ocurría nada. (Me hubiera gustado decirles: "...pero no veáis lo bien que lo hemos pasado, colegas", pero no es de profesionales hablar así.)


Pero nada de todo esto hubiera tenido trascendencia si no fuera porque, al rato, ya a toro pasado, a mi amiga L. se le empezó a dibujar una sonrisita en la cara.
Yo la miraba y ella no podía contenerse.

Ay —decía, sofocando la risa—, es que ha sido tan cómica la situación.

Y ese apretar los labios para que no se notaran las ganas de reír.

Es que cada vez que recuerdo a la trabajadora social tapándose la cara para no mirar—continuaba.

Y no pudiendo ya controlarse más empezó a reír y a reír y a reír.

Es que la patada de Juan... —decía con lágrimas en los ojos— La patada de Juan...

Ah, claro. Es que no terminé de contarles. Hubiera estado muy bien que yo ahora relatara cómo sonó el trallazo que le endosé a la puerta con el pie. 
En la primera embestida saltó el picaporte y tembló hasta la pared. En la segunda patada, al más puro estilo Van Damme, reventé la puerta que golpeó la pared interior haciéndole un desconchón considerable. Sí, me hice daño, pero la doctora me aplicó inmediatamente hielo en el tobillo y se me pasó pronto.
Digo que hubiera estado muy bien contarlo así, pero da la puñetera casualidad de que las implicadas conocen mi blog (y hasta lo leen) y seguro que contestarían: "MENTIRA, QUE NO FUE ASÍ!"

Así que no tengo más remedio que ponerme humilde y admitirlo: Sí, di una patada de chichinabo. Una patadita de risa fue lo que di.

Pero es que fue a modo de tanteo y con sólo eso me bastó para comprobar que en las películas son unos mentirosos, que una puerta no se abre con el pie a no ser que uno sea Hulk, pero incluso Hulk y sus megatones necesitaría más de una embestida, así que yo no me esforcé más. Además la llave de podología apareció ¡en el suelo! Se había caído la muy puñetera para que llegáramos a tal situación límite, y cuando por fin se abrió aquella puerta, allí no había ni la sombra del suspiro de la duda.

—Ah, pues parecía que olía a quemado... —dijeron mientras se relajaban

Ahora el mal ya está hecho y L. cada vez que me ve disimula la risa. La noticia se ha expandido y tengo que aguantar la chirigota de las despedidas cuando se marchan a casa: 
"Hasta mañana, Bruce Lee"
"No rompas muchas puertas"
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Es por todo esto que voy a darles un par de consejos a mis amigos lectores:

1) No intenten jamás una bravuconada de las que se ven en las películas. Son inútiles, además de falsas.
2) Aún menos delante de un grupo de mujeres. Serán ellas las que te destrozarán después.

Ellas, que estarán satisfechas porque tienen su Día de la Mujer, ¿se han parado a pensar en qué situación quedo yo? ¿Para cuándo el Día del Karateca Frustrado?

De momento le he dicho a la directora que compre un hacha, que yo más patadas no doy.
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