8 de diciembre de 2008

¿QUIÉN PEINA A AITANA?


Nada mejor que ser práctico para contrarrestar las prisas.
Mi hijo Samuel lleva siempre el pelo muy corto, con lo que es innecesario peinarle. Con lavarle la cara y echarle colonia ya va listo para ir al cole.

Mi hija Aitana es otro cantar.

Nació muy pelona y tardó mucho en que le creciera el pelo, pero cuando lo hizo fue a lo bestia, sin conocimiento. Todos los días amanece con la melena revuelta sobre la cara, como si se despertara el león de la Metro. 
Este año ha empezado la guardería.
En casa tenemos la suerte de que mi mujer trabaja por las mañanas y yo por las tardes, con lo que nos vamos relevando a los hijos y siempre están atendidos por uno de los dos. En las vacaciones de verano mi mujer me decía:

—¿Sabrás apañártelas con los dos cuando llegue septiembre?
—Claro, ¿por qué no? —decía yo.
—Ten en cuenta que ahora son dos para ir al cole: tienes que despertarles, asearles, vestirles, darles el desayuno y salir de casa a tiempo.
—Bueno, será cosa de ir cogiéndole el tranquillo —respondía yo, tragando saliva.
—¿Y sabrás peinar a Aitana?

¡Arrea! Eso era algo en lo que no había caído. De repente me vi en el aseo con la hora pegada en el culo, intentando poner orden en esa maraña que tiene mi hija sobre la cabeza, y se me torció el gesto en la cara.

—Anda, ven, vamos a practicar —me dijo mi mujer.
Con Aitana sentada en una mesa, me iba diciendo cómo humedecerle el pelo, cómo dividir la melena en dos partes, cómo coger cada parte y convertirla en coletas, y cómo sujetar fuertemente esas coletas con gomas y rematar la faena colocándole estratégicamente unos ganchitos.

—Ah, vale, no parece difícil.
—Ya, ahora hazlo tú.

Je. Eso ya fue harina de otro costal. Todo iba bien hasta el momento de dar tres vueltas a esas gomitas minúsculas que tienen que sujetar las coletas. Se me escapaban una y otra vez de los dedos y, tras muchos intentos que empezaban a hacer mella en la paciencia de mi hija, conseguí dar dos vueltas a una goma.

—Ya, ¿no?
—No, te falta una vuelta. Con sólo dos no es suficiente; se le caerá.
No se pudo seguir ensayando porque Aitana se rebeló finalmente y la tuvimos que dejar libre, harta de que le manoseáramos tanto el pelo.
—¿Y si me limito a ponerle una gorra de lana y me olvido de todo este rollo?
—¡Anda ya, ni pensarlo!
—O una diadema…
—Que no, ya verás como terminas aprendiendo.

Bueno, septiembre llegó y la suerte se me puso de cara, pues Aitana se despierta todos los días a las siete y media reclamando su biberón. Yo se lo preparo y se lo toma ella sola mientras mi mujer se prepara para marcharse a trabajar. Viendo que aún le sobra un poco de tiempo, ha decidido hacerme el grandísimo favor de peinar a Aitana. (Sé que así no aprenderé nunca, pero me tiene un poco sin cuidado. No me hace especial ilusión…)
Y así he ido llevando cada día a mi hija a la guardería hecha un pincel. Raquel, su maestra, exclama a diario:

—¡Madre mía, Aitana, qué guapa te trae hoy el papá!

Desde los primeros días salía yo de allí sospechando que debía creer que era yo el artífice de tanta monería sobre la cabeza de mi hija. Ganchitos de colores, lazos bien colocados, la raya en zigzag, trencitas…
El día en que metí a la pequeña en su aula con un peinado sobresaliente, mi sospecha se confirmó cuando Raquel exclamó:

—Aitana, cariño, ¡tu papá es un artista peinándote!

Y la verdad, aún no sé bien por qué no abrí la boca para poner las cosas en su sitio y confesar que yo no la peinaba, que lo hacía mi mujer. No sé, era como si el hacerlo pudiera suponer una decepción para la mujer o que me daba pena prescindir de ese ligero placer que me daba la dosis de adulación diaria.
“Oye, ¿qué de malo hay en que piensen que su padre la sabe peinar muy bien? —pensé yo— ¿acaso no le cambio los pañales a menudo, la visto y le doy el desayuno? No, no la peino, pero me encanta que piensen que sí. Y si yo me lo propusiera…”
Y mi boca no se abrió ni para decir «mu».
Una noche, mi mujer me dice:


—¿Sabes lo que me ha dicho Raquel hoy? Me ha dicho: «Hay que ver qué gracia tiene tu marido para peinar a tu hija. Se lo he comentado a mis compañeras y estamos asombradas de lo bien que lo hace».
“¡¡¡Oh, no!!!” —pensé yo— y en décimas de segundo vi el panorama: ya le habrá dicho la verdad. Qué fatalidad. Ahora, al verme, pensarán: “Menudo farsante. No eres el padre especial que pensábamos que eras. Y cómo te callabas para hacernos creer que eras tú el que la peinaba…”
—Y qué, ¿ya le has dicho que no era yo?
—Pues no —me dijo mi mujer—. Se puso a hablar con otra madre y ya no le dije nada.
(Uff, cielo abierto…)
—Ah, menos mal… Pues mejor no le digas nada. A mí me gusta que se lo crean.
—Ya, si a mí también me hace gracia que piensen que tiene un padre tan apañao.
—No se lo dirás entonces.
—No se lo diré —contestaba riéndose.

Y así, el (inocente) teatro continúa. Aitana sigue apareciendo en su guardería de la mano de su papá, hecha un bombón y con una obra de arte en la cabeza, y todas la piropean y miran de reojo al padre con admiración. Ya no puede ni debe haber vuelta atrás.
¿O sí?

Ayer mismo me dijo Aitana:

—Papá, ¿me buscas la nena (la muñeca) que no la encuentro?

Yo estoy maravillado ante lo bien que habla cuando aún no tiene ni dos años (los cumple en marzo). Lo entiende todo perfectamente y se expresa bastante bien.
Por lo tanto, probablemente será mi propia hija la que me traicione. Un día, Raquel volverá a exclamar eso de “qué bien te peina tu papá” y ella, al ritmo que lleva, la corregirá inocentemente:

—No, mi papá no sabe peinarme. Me peina mi mamá.

Y ahí caerá al suelo la pantomima y morirá mi imagen de gran peinador para siempre.

3 de diciembre de 2008

HABRÁ QUE HACERNOS A LA IDEA


Cuánto he sentido al enterarme hoy, cuando echaba un vistazo sobre la portada de un periódico, que el pasado domingo murió Joan Baptista Humet a los 58 años.

La noticia me ha sorprendido porque no tenía ni idea de que se encontraba enfermo. Padecía cáncer de estómago.

Para mí , él era , no era, es un cantautor muy especial con una buena cantidad de temas en su discografía que hacían volar mi imaginación al escucharlas.

Su canción más famosa, Clara, solía ponerme un nudo en la garganta al describir a esa pobre joven enganchada a las drogas, que terminaba muriendo sola en la calle y que, a pesar de un final tan triste como absurdo, la vida continuaba su curso

Tenía el mar del miedo en la miradaLas ropas empapadas y el suelo por almohada
Y lentamente amaneció

Sus letras están cargadas de tanto mensaje y tan a corazón abierto que tengo varias entre mis favoritas. De hecho Que no soy yo está aquí mismo, la puse a la derecha de este blog como una de mis predilectas.
Esa “lucecita que apenas se ve” (y que nunca he sabido a ciencia cierta a qué se refería) parece encerrar muchas características y necesidades humanas: las dudas, las expectativas ante la vida, la fe, las metas personales…

Así que he cogido un CD que tengo en casa y en los veinte minutos de coche al trabajo he escuchado algunos de sus temas más conocidos. 
Si siempre me emocionaba su música hoy lo ha hecho mucho más.

Y, qué curioso, al seguir la letra de una de sus canciones me he percatado de que, a pesar de estar escrita hace varias décadas, parecía una oda a este tiempo que atravesamos, como si Humet cantara de manera profética sobre las incertidumbres venideras.

Quiero compartir hoy esa música y esa letra con vosotros. Ya me diréis si estáis de acuerdo conmigo.



Habrá que hacernos a la idea que sube la marea y esto no da más de sí.

Habrá que darnos por vencidos y echarnos al camino que no hay nortes por aquí.

Al sueño americano, se le han ido las manos y ya no tiene nada que ofrecer,

sólo esperar y ver si cede la gran bola de nieve que se levanta por doquier.


¡Hay que vivir!, amigo mío antes que nada hay que vivir, y ya va haciendo frío,

hay que burlar ese futuro que empieza a hacerse muro en ti.


Habrá que componer de nuevo el pozo y el granero y aprender de nuevo a andar.

Hacer del sol nuestro aliado, pintar el horno ajado y volver a respirar.

Quitarle centinelas, al parque y a la escuela, columpios y sonrisas volarán.

Sentirse libre y suficiente, al cierzo y al relente, mientras se va dorando el pan.


Habrá que demoler barreras, crear nuevas maneras y alzar otra verdad.

Desempolvar viejas creencias que hablaban en esencia sobre la simplicidad.

Darles a nuestros hijos, el credo y el hechizo del alba y el rescoldo en el hogar.

Y si aún nos queda algo de tiempo, poner la cara al viento y aventurarnos a soñar.

He leído que cuando dio a conocer su enfermedad, muchos compañeros de profesión, catalanes sobre todo, comenzaron a prepararle un homenaje musical. No pudo llegar a tiempo.

Ignoro si se cumplirían sus sueños como cantante. Me temo que no ha tenido el reconocimiento que merece. Desde luego nunca fue un cantante de masas ni tuvo una carrera constante en el complicado mundo de la música, pero para mí , Humet vale más que muchos de los artistas consagrados.

La fama y la gloria tienen esas cosas, les tocan a quienes les tocan.

Hoy, amigo Joan Bautista, te toca a ti la gloria.
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1 de diciembre de 2008

UN CAFÉ NOS TRAJO UN PREMIO


Sé que no me conviene tomar café.
Pero lo tomo.

Su aroma es demasiado tentador como para ignorarlo cada mañana a la hora del desayuno.
Desde el interior de la cafetera lo oigo susurrar: “Tómame, tómame”, y el cuerpo no es que me lo pida, es que me lo exige: “Tómalo, tómalo”. Y lo hago, cómo no. Y me despeja, me anima, me pone las pilas...

Pero digo que no me conviene tomarlo porque, el 80% de las veces en que lo hago, me cuesta horrores conciliar el sueño por la noche. 
Es una peculiaridad mía que me repatea bastante. ¿No es suficiente con la cantidad de horas que hay por delante antes de volver a acostarme para que se apaguen los efectos de la cafeína? 
Pues no. 
Al parecer mi cuerpo necesitaría unos 50 horas para asimilarla. Mis células son como pequeñas esponjas; chupan pero no sueltan.

Así que sólo me pongo un chorrito en la leche por las mañanas. Eso no me hace mal.

Pero el otro día desayuné en un bar. La verdad es que dude bastante si debía o no, pero cuando el camarero se acercó para saber qué quería lo solté sin miramientos:

—Un café con leche —eso sí, algo dejé bien claro:— Pero muy, muy flojo de café.

Craso error. Ya se sabe que en los bares el café es destilado directamente de la nitroglicerina, y la nitroglicerina, esto también lo sabemos, por mucho que la diluyamos o la rebajemos, explota igual.
Salí del bar con euforia, con ganas de hacer muchas cosas, de comerme el mundo. 
Si en esos momentos se me acerca alguien y me dice “¿Te vienes a subir el Everest?”, seguro que le digo “¡Venga!”
Pero cuando a las siete de la tarde todavía me apetecía subir al Everest es cuando empecé a preocuparme. “Malo, ya veremos esta noche…”
Y llegó la noche, la hora de los búhos. Y no me subí a una rama con ellos porque no quise, pero tenía los ojos como platos, nulas ganas de dormir y ese bulle bulle en el cuerpo que me exigía escalar lo que fuera.

Así que, a las dos de la madrugada, cansado de una vigilia forzosa, me puse a pensar en el blog.

“A ver, cuándo publiqué… Fue el miércoles, creo. Debería actualizar este fin de semana. Mejor el lunes ya, que es día 1... Podría escribir sobre el misterio de las avispas o lo de intrusos en el cine… ¿Con cuál me quedo? ¿O debería contar cosas de hoy en día y dejar los recuerdos pasados para más adelante? No sé…”

De repente me puse a pensar en los comentarios de la última entrada, la de Los cromos voladores y me regocijaba en la cama de satisfacción.

“Qué gente tan amable y agradecida. Yo esperaba recibir comentarios de familiares y amigos, lo cual es maravilloso, pero cuando veo que además dejan unas palabras aquellos que no conozco de nada… ya es genial. De verdad, qué gustazo pensar que se toman su tiempo en leerte y compartir recuerdos”

Miré el reloj despertador: las tres menos cuarto.

“Maldito café… No, idiota tú por tomarlo. Pero por qué no lo pediré descafeinado… Nunca más, Juanito, nunca más….
Bueno, el lunes ya es diciembre. Tengo que poner otra encuesta en el blog, y otra foto del mes, y otra canción. Cómo mola estrenar mes y remozarle la cara… “

Otra vuelta en la cama. Mi mujer se percata de que tengo insomnio y me dice algo pero no la entiendo. Dichosa ella que se ha vuelto a dormir. A ella no le afecta el café. Su cuerpo tolera la nitroglicerina. ¡Como debe ser!
Sigo pensando en el mundo de los blogs. Y me pongo a recordar en los que he leído últimamente. Hay blogs y fotoblogs por ahí que realmente merecen la pena y son dignos de elogio. Deberían ser premiados.
De repente, mis neuronas se ponen a hacer el corro Manolo y me surge una idea.

“Oye, ¿por qué no los premias tu?” —me dice la neurona más deportista
¿Yo? Pero, ¿de qué forma? ¿Qué premio?
Nada, una cosa simbólica, un reconocimiento simpático
Síí, me gusta. Dadme ideas. A ver, ¿cómo lo hago?
Pues como tú lees muchísimos blogs puedes ir dando a conocer tus favoritos a todos tus lectores. Esos podían ser los nominados al premio”
Los nominados… Claro, como en los Oscar
Eso es. Pero en vez de Oscar, el premio se puede llamar Premio Diablog
Benditas neuronas. Sois maravillosas.
Ya, es que nosotras con café damos mucho de sí
A ver, qué más, qué más…
Pues mira, cada mes das a conocer a tus lectores dos blogs. Empiezas este mes de diciembre. Cuando llegue el mes de diciembre del año que viene habrás presentado 24 blogs. Entonces de alguna manera podrás hacer una encuesta general para que la gente vote a los tres que más les hayan gustado. Esos tienen que recibir un trofeo
Mirad, no sé como saldrá esto, pero aun tomándolo como un juego me resulta divertido y emocionante. Sí, ¡¡lo voy a hacer!!
Remitirás a tus lectores a una entrada en concreto que a ti te haya gustado de cada blog. Con esa bastará, pues conocer un blog a fondo es demasiado, sobre todo si tiene mucho tiempo de vida. Pero siempre podrán echar una ojeada y comprobar que son blogs de calidad, o con algo particular que los hace muy especiales
.
Las neuronas siguieron hablándome y hablándome hasta que finalmente me dormí. La imaginaria que me hicieron pasar por el dichoso cafetito con leche de marras no fue improductiva del todo.
Al día siguiente me levanté hecho polvo y con el cuerpo molido. Entré en la cocina. Mi mujer había preparado café.
Qué bien huele el jodío...

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PISTOLETAZO DE SALIDA PARA EL JUEGO:


Ya puedes ver quiénes son los dos primeros candidatos para el PREMIO DIABLOG apretando el botón rojo.

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26 de noviembre de 2008

LOS CROMOS VOLADORES


Quién me iba a decir a mí cuando yo era niño que algún día escribiría sobre los cromos voladores con el fin de que cualquier persona del mundo pudiera compartir conmigo aquel recuerdo.

Todavía me sorprende este fascinante invento de internet y los blogs. No me cansaré de repetirlo. Ni de agradecer vuestras visitas y comentarios.
Seguid haciéndolo, por favor.

Situemos la escena en Benidorm donde mi hermano Tomás y yo vivíamos con mis padres unos años antes de trasladarnos definitivamente a Petrel. Aún faltaba para que nacieran Fran y Ana.
Desde bien pequeños nos aficionamos a las colecciones de cromos. En el supermercado del barrio aparecía con frecuencia algún coleccionable en productos como Danone, Bimbo o Kas y nos divertía enormemente el ritual de abrir el sobre con desesperación, mirar los cromos, exclamar “¡No la tenemos!” y colocar todas las estampas en el álbum.
Recuerdo haber pegado esos cromos con distintos mejunjes cuando no teníamos pegamento, incluida una solución de agua y harina que al secarse dejaba el cromo más o menos agarrado e impregnaba el álbum de cierto olor a pan.
Otras veces utilizábamos cola de pegar zapatos (la cómoda y práctica barra de pegamento escolar de hoy en día no existía, o al menos no llegó a nuestras manos) con lo que a veces se nos pegaban las páginas de los álbumes y suponía una odisea despegarlas después.
No era fácil completar un álbum cuando había que conseguir los cromos comprando en la tienda comestibles o bebidas , pero aún así rematamos alguno.
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Si por el contrario el álbum se adquiría en algún quiosco, la cosa era diferente. Completar un álbum dependía de la situación monetaria. Los cromos estaban a nuestro alcance dependiendo de la mayor o menor calderilla que tuvieran nuestros progenitores en los bolsillos.
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Pero aquí viene lo mejor, lo fantástico, lo fabuloso, la alegría desbordada: había veces, muchas veces, en las que los sobres de los cromos NOS LLOVÍAN DEL TECHO!!!
Cuando menos lo esperábamos, cuando más distraídos nos encontrábamos, caían de repente, a puñados, sobre nuestras cabezas, y cubrían la alfombra, quedaban sobre las sillas, sobre la mesa, encima de un cuadro…
Entonces mi hermano y yo nos volvíamos locos de contento mientras uno recogía sobres y el otro los abría y ambos gritábamos “Ioooo, ioooo!! La tenemos… La tenemos… ¡¡ NO LA TENEMOS!!
Después, cuando nos faltaban muy pocos cromos por abrir, otra lluvia de sobres nos envolvía sin averiguar nunca de dónde procedían realmente, y otra vez el júbilo se desataba.
Detrás de toda aquella magia estaba mi padre con los bolsillos repletos de sobres de cromos, siempre preparado para hacerlos volar y caer en una lluvia que colmaba de felicidad a sus hijos.
Hoy me imagino la escena de esta manera:
Mi padre se acercaría al quiosco y diría
—¿Tiene cromos de la colección Tal?
—Sí, ¿cuántos quiere?
—¿Cuántos tiene?

Porque yo creo que a veces los compraba todos.

Tantos, que incluso recuerdo que cuando todo volvía a la normalidad y nos sentábamos a pegarlos, aún descubríamos alguno que se había quedado enganchado en la lámpara o detrás de un sillón.
Con semejante ayuda era más que lógico que completáramos muchas de aquellas colecciones.

Con el tiempo he sabido que en determinadas ocasiones mis padres vivieron momentos económicos delicados en los que no había un trabajo estable y llevar dinero a casa dependía de remotas y complicadas gestiones por parte de mi padre que iba pateando la calle cavilando mil y una formas de solventar esa vital papeleta.
Me atrevo a pensar que muchas de aquellas lluvias de cromos y la consiguiente ilusión de sus hijos ocurrieron a pesar de algunas de aquellas penurias y pudieron ser sus remansos de paz, sus oasis de felicidad en el maremagnum de la vida
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Notas:

¿Alguien sabría decirme quién es el joven de la camisa blanca del cromo?

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Todavía conservo aquellos álbumes si bien algunos necesitan sus "dosis de restauración" (Unos cuantos tienen mordiscos de ratones tras tantos años olvidados en el trastero)

Si te apetece echarles un vistazo no tienes más que asomarte a la biblioteca del Diablo y curiosear - con mucho sigilo y sin que se entere- EN SU ALBUM PERSONAL


21 de noviembre de 2008

HISTORIA CON BURRO EN CINCO FOTOS


Ayer estuve mirando viejas fotos del álbum familiar.

Qué delicioso momento.

Recuerdos indelebles plasmados en un manoseado rectángulo de papel.

Fotos de niño, con mis padres, con mis hermanos, con los animales que tuvimos; fotos de viajes, de cumpleaños, jugando por el campo; fotos de mi adolescencia, haciendo la mili, con los amigos, con los queridos abuelos…

Un valioso tesoro.

No obstante, hay algunas fotos que me parece que no tienen nada que ver conmigo, que forman parte de la vida de otro.

¿Que yo era así? ¡Qué fideo! ¿Yo era capaz de vestir de esta guisa? ¡Ostras, qué flequillo! Vaya careto en esta. ¿Por qué nadie me dijo que ese bigotillo me sentaba como una patada en el estómago? ¿Y nadie me pegaba por la calle al verme?

Otras fotos son de museo: resultan de lo más divertidas pese a que, bien mirado, pudieran merecer la hoguera o, como poco, un juicio sumarísimo por atentar contra el buen gusto. Pero, en general, están todas tan cargadas de historias que forman parte de mí mismo y de mi familia, que merecen mi cariño sin reservas.

Hoy voy a compartir unas pocas con vosotros. A mí me encantan, aunque son de mala calidad. (La foto digital es una bendición de estos tiempos, no de aquellos).

Podría englobarlas en un grupo llamado “Fotos con Platero” o “Nuestra etapa zíngara”.

Haré primero un poco de historia.

Resulta que a mi hermano Tomás le fascinaba disfrazarse de indio norteamericano a toda hora: con sus flecos en el chaleco, su penacho de plumas de gallina en la cabeza, sus pinturas de guerra en la cara, sus trenzas de lana… Un perfecto atrezo que le facilitaba mi madre, que siempre ha sido única para esas cosas.

Y como sólo le faltaba un caballo para tener el cuadro completo, mi padre, que no podía permitirse el lujo de comprarle uno, consiguió un burro con tartana y todo.

A Tomás no le gustó demasiado la sorpresa. No valoró el esfuerzo que, sin duda, debió hacer mi padre para hacerle feliz. ¿Dónde se había visto a un guerrero indio cabalgar a lomos de un burro?, debía pensar él. Pero al subir encima del animal y empezar este a caminar, asomó la ilusión, y la imaginación hizo el resto.

Platero era un burro blanco grisáceo, con eterno apetito, que tenía muchas cabezonerías (que se ponía muy burro, vamos, que para eso tiene ese nombre tan bien puesto), pero que nos hizo pasar buenísimos momentos. Alguno malo también.

Como la primera vez que lo sacamos del corral para subirnos encima. El pobre animal se asustó y echó a correr. Nosotros no habíamos previsto esa estampida y no teníamos las puertas del chalet cerradas. Se escapó.

Era un sábado muy temprano —cómo lo recuerdo—, y Tomás y yo salimos en su busca, aterrados ante la posibilidad de perder un burro el primer día en que lo íbamos a disfrutar. Lo recuperamos sin que nuestros padres se enteraran de que se había escapado. Fue gracias a una vecina que, al vernos pasar corriendo, nos llamó:

—Eh, ¿es vuestro ese poni? (ella dijo poney).

Cuando miramos hacia donde nos señalaba vimos que el burro se había detenido a comer en un campo de alfalfa.

—Sí, es nuestro, es que se nos ha escapado y…

—Pues, oyes… llévate cuidao, no sea que el poney se me coma todo el alfalfe.

Desde entonces nunca sacamos a Platero sin cerrar antes las puertas del campo.

Pero el burro volvió a salir. Si bien esta vez fue cuando mi padre lo aparejó para dar un paseo con toda la familia en la tartana. ¡Qué odisea aquella!

Ahí están las fotos para mostrarlo. Y qué bella estampa sin igual.

Mi padre, con el enorme bigotón de aquella época; mi madre, muy hippy ella, con una falda larga a cuadros y unas botas altas; Tomás y Fran disfrazados de indios con trenzas de lana; Ana, muy despeinada cual gitanilla en día de viento; y yo, con esa pelusa en el labio superior que no me afeitaba para parecer mayor. (¡Iluso!).

El carro salió a la carretera empujado por el burro con la familia Cabrera en el interior de aquella tartana de techo curvo que olía a esparto.

Recuerdo que Tomás y yo dudábamos de si queríamos ser vistos o no por algún compañero de colegio con el que nos pudiéramos cruzar. No teníamos muy claro si se “fardaba” dentro de un carro guiado por un burro.

La pinta, desde luego, era para un cuadro. Nunca mi familia ha sido tan zíngara y trashumante como en aquellos paseos. Paseos que, digámoslo ya, fueron solo dos o tres, porque había siempre un problema imposible de remediar: cuando el burro presentía que ya estaba cerca el descanso, con su paja y avena esperándolo, empezaba a correr como un loco para llegar cuanto antes. Y, la verdad, las pasábamos canutas.

De nada valían los tirones de riendas de mi padre, ni que se le gritara “¡Sooo!” a pleno pulmón, ni nada. Platero se ponía más burro que nunca y la tartana iba pegando saltos como alma que lleva el diablo hasta llegar a casa.

Y descendíamos cabreados, asustados y con el culo molido.

Ay, Platero, Platerillo… Tantos años hace de aquello que me parece un sueño, y, ya ves, hoy, donde quiera que estés, te he recordado y, como mi tocayo Juan Ramón Jiménez, he escrito sobre ti.






P.D. Mi hermano Tomás ha escrito más sobre Platero en su blog.

17 de noviembre de 2008

ESCENAS EN EL VIDEO-CLUB


Como ya os conté hace unos meses, durante unos cuantos años estuve trabajando en un video club en Petrel. El Video club Brigadier, que existió desde mediados de los ochenta hasta principios de los noventa, cuando el cine se veía en casa a través de las cintas de VHS o de Beta. (Qué viejo se siente uno cuando cuenta estas cosas)
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Fue una época intensa que me trae recuerdos agridulces. Por un lado la alegría de grandes momentos de esplendor en aquel negocio familiar, con unos fines de semana con tantos alquileres que el video club se quedaba casi vacío de películas y con tanta aglomeración de clientes que los cuatro hermanos teníamos que echar un cable para que aquello se pudiera sobrellevar ( y a veces ni aún así)

Mis padres y yo atendíamos a los clientes mientras mis hermanos colocaban los DISPONIBLES, (las tarjetas que indicaban que la película estaba libre y se podía alquilar) o guardaban en las estanterías por estricto orden numérico todas las cintas que se iban devolviendo. Y no te podías dormir en los laureles si no querías que los montones de cintas o de tarjetas te desbordaran.

Las novedades de cada momento eran siempre muy buscadas. Algunos clientes llegaban a esperar horas en el mostrador aguardando a que devolvieran esa película que anhelaban. Y podía darse el caso de que al final no llegara porque el que la tenía en casa hubiera preferido disfrutarla un día más aunque eso le costara volver a pagar su alquiler.

Y es que en aquel entonces la cosa no funcionaba como ahora.

Hoy vas a buscar a un videoclub "Agárrame esa momia 4" y encuentras por lo menos 12 DVDs del título en cuestión. Pero entonces una película costaba un ojo de la cara. El ejemplo del mayor abuso lo tuvimos con Dumbo de Walt Disney, (otra vez Disney jodiendo la marrana) que costó nada menos que 16.000 Ptas (léase pesetas para los desmemoriados o 96 euros para los de letras) ¿Cómo iba uno entonces a poner 12 Dumbos en las estanterías? Imposible amortizar tanto elefante. Y encima corrías el riesgo de que algún aparato de video triturara la cinta antes de lo deseado y tuvieras que hacer de tripas corazón para no matar al cliente por la faena.

Decía lo de recuerdos agridulces porque también entra en el lote la etapa de la caída. Cuando se estrenaron las televisiones de Canal 9, Telecinco y Antena 3 el negocio empezó a hundirse lentamente y el video club pasó de ser un lugar bullicioso a un lugar con escasa afluencia de público. 
Hasta que lo tuvimos que cerrar.
De todas maneras, como soy una persona positiva, me quedo con todos los buenos recuerdos, que son incontables.


No puedo dejar de sonreír al recordar esas mañanas entre semana en las que me visitaba mi amigo Juan Luís.

Allí, detrás del mostrador, nos atiborrábamos de los hiperglucémicos desayunos que comprábamos en la pastelería de al lado, El Pastaó.
La afinidad que he tenido siempre con Juan Luís en cuanto a nuestro sentido del humor nos ha llevado a través del tiempo a escribir muchos cuadernos juntos. En los años del video club concluíamos nuestro Diccionario Basicómico (*), definiendo a nuestra manera cientos de palabras de la A a la Z.

También escribimos por aquella época El club de las cosas bien hechas, sobre todos aquellos asuntos de la vida que nos daban rabia o no llegábamos a entender. 

Más adelante llegaría Dimes, diretes y dineretes, en el que explicábamos a nuestra manera los dichos y refranes populares.

En aquella época nació mi manía de dar puñetazos en el hombro de las personas que me hacen reír. Y la culpa es de Juan Luís. A veces me dolía el estómago de tanta carcajada y él continuaba con su irrefrenable cachondeo. No sabiendo yo cómo hacer que se callara tuve que acercarme y sacudirle. Sólo así cerró la boca.
Desde entonces es mucha la gente que conoce mi afinidad por golpear el hombro ante mi risa fácil.

Estando en el videoclub, una mañana ocurrió una cosa muy chocante.

En un pequeño televisor que había en la pared solíamos tener puesta siempre una película. Entraba casi a diario el cartero a dejar correspondencia. Era un señor muy amable que sólo decía dos palabras. Un sonoro “buenos días” al entrar, alargando mucho la “i” y un “adiós” extendiendo la “o”, al marcharse. Sólo por eso ya entró a formar parte de “Nuestros clásicos”, una lista de personajes reales a los que Juan Luis y a mí nos gustaba imitar. (Quizás de esta lista os hable en otra ocasión)

Aquella mañana entró este clásico para entregarme unas cartas
—Buenos díííías —saludó.
Y antes de despedirse con su habitual “Adióóós”, justo en ese instante Lina Morgan decía en la tele:
—Hay asnos más inteligentes que este cartero.

Al hombre se le quedó una cara de no entender nada que era digna de ver. La anécdota provocó nuestra hilaridad durante muchos días. Fue una completa casualidad pero nos producía un cierto malestar que el cartero pensara que habíamos preparado la cinta para que sonara esa frase al entrar él.

Otra anécdota que recordamos todos es cuando entró aquel cliente y dijo:
—¿Por dónde tenéis La mosca?
Y yo contesté:
—Por la puerta del váter.

Y era verdad, en un pequeño panel de madera junto a la puerta del WC estaba casualmente la película de La mosca, pero sonó tan a pitorreo que aún nos reímos al recordarlo.



E inolvidable aquella otra vez  —y que de paso sirva para que os hagáis una idea de cómo es Juan Luís los que no le conozcáis— en la que dijo algo tan gracioso que no tuve más remedio que perseguirle por todo el video club con la intención de pegarle fuerte en el hombro. Yo corría detrás de él y él se limitaba a huir. De repente tropezó, cayó al suelo, hizo tambalearse un panel y una lluvia de películas le cayó encima en unos segundos.
No se inmutó. Pero acto seguido y todavía en el suelo agarró con las dos manos una de las películas que tenía encima y abriendo mucho los ojos exclamó:

—¡¡ La que estaba buscando !!

Y entonces sí lo rematé a placer.


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(*) Algunas definiciones al azar del Diccionario Basicómico

Adrede - Pisotón en el desierto

Difunto - Aquel que ya no está para estos trotes

Efectivamente - Lo mismo que “así es” pero con ganas de complicarse la vida.

Fecha - Lo que tían lo indio

Lechuga - Que dicen que no engorda, pero yo he visto cada gusanaco…

Llano - Antes sí, pero ahora…

Metamorfosis - Faraón egipcio que tras morir y transformarlo en momia se hizo mariposa. Y es que tenía un ramalazo el tío que ni muerto lo podía evitar.

Mono - Animal que oye sólo por un oído.

Paracaídas - Paracaídas las de mi abuela cuando no coge el garrote.

Risueño - El que se ríe en la cama mientras duerme.

Subasta - La profe de Religión dijo “Ya está bien” y nadie le hizo caso. Entonces entró el director y gritó “Basta” y ya no se oyó un alma. ¿Qué fue más contundente?

Tos - Hobby que se practica en los teatros.

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