
8 de diciembre de 2008
¿QUIÉN PEINA A AITANA?

3 de diciembre de 2008
HABRÁ QUE HACERNOS A LA IDEA

Tenía el mar del miedo en la mirada
Las ropas empapadas y el suelo por almohadaY lentamente amaneció
Esa “lucecita que apenas se ve” (y que nunca he sabido a ciencia cierta a qué se refería) parece encerrar muchas características y necesidades humanas: las dudas, las expectativas ante la vida, la fe, las metas personales…
He leído que cuando dio a conocer su enfermedad, muchos compañeros de profesión, catalanes sobre todo, comenzaron a prepararle un homenaje musical. No pudo llegar a tiempo.

1 de diciembre de 2008
UN CAFÉ NOS TRAJO UN PREMIO

Pero lo tomo.
Desde el interior de la cafetera lo oigo susurrar: “Tómame, tómame”, y el cuerpo no es que me lo pida, es que me lo exige: “Tómalo, tómalo”. Y lo hago, cómo no. Y me despeja, me anima, me pone las pilas...
Salí del bar con euforia, con ganas de hacer muchas cosas, de comerme el mundo.
Pero cuando a las siete de la tarde todavía me apetecía subir al Everest es cuando empecé a preocuparme. “Malo, ya veremos esta noche…”
Y llegó la noche, la hora de los búhos. Y no me subí a una rama con ellos porque no quise, pero tenía los ojos como platos, nulas ganas de dormir y ese bulle bulle en el cuerpo que me exigía escalar lo que fuera.
Bueno, el lunes ya es diciembre. Tengo que poner otra encuesta en el blog, y otra foto del mes, y otra canción. Cómo mola estrenar mes y remozarle la cara… “
Sigo pensando en el mundo de los blogs. Y me pongo a recordar en los que he leído últimamente. Hay blogs y fotoblogs por ahí que realmente merecen la pena y son dignos de elogio. Deberían ser premiados.
De repente, mis neuronas se ponen a hacer el corro Manolo y me surge una idea.
—¿Yo? Pero, ¿de qué forma? ¿Qué premio?
“Nada, una cosa simbólica, un reconocimiento simpático”
—Síí, me gusta. Dadme ideas. A ver, ¿cómo lo hago?
“Pues como tú lees muchísimos blogs puedes ir dando a conocer tus favoritos a todos tus lectores. Esos podían ser los nominados al premio”
—Los nominados… Claro, como en los Oscar
“Eso es. Pero en vez de Oscar, el premio se puede llamar Premio Diablog”
—Benditas neuronas. Sois maravillosas.
“Ya, es que nosotras con café damos mucho de sí”
—A ver, qué más, qué más…
“Pues mira, cada mes das a conocer a tus lectores dos blogs. Empiezas este mes de diciembre. Cuando llegue el mes de diciembre del año que viene habrás presentado 24 blogs. Entonces de alguna manera podrás hacer una encuesta general para que la gente vote a los tres que más les hayan gustado. Esos tienen que recibir un trofeo”

—Mirad, no sé como saldrá esto, pero aun tomándolo como un juego me resulta divertido y emocionante. Sí, ¡¡lo voy a hacer!!
“Remitirás a tus lectores a una entrada en concreto que a ti te haya gustado de cada blog. Con esa bastará, pues conocer un blog a fondo es demasiado, sobre todo si tiene mucho tiempo de vida. Pero siempre podrán echar una ojeada y comprobar que son blogs de calidad, o con algo particular que los hace muy especiales”
Qué bien huele el jodío...
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26 de noviembre de 2008
LOS CROMOS VOLADORES

Desde bien pequeños nos aficionamos a las colecciones de cromos. En el supermercado del barrio aparecía con frecuencia algún coleccionable en productos como Danone, Bimbo o Kas y nos divertía enormemente el ritual de abrir el sobre con desesperación, mirar los cromos, exclamar “¡No la tenemos!” y colocar todas las estampas en el álbum.
Recuerdo haber pegado esos cromos con distintos mejunjes cuando no teníamos pegamento, incluida una solución de agua y harina que al secarse dejaba el cromo más o menos agarrado e impregnaba el álbum de cierto olor a pan.
Otras veces utilizábamos cola de pegar zapatos (la cómoda y práctica barra de pegamento escolar de hoy en día no existía, o al menos no llegó a nuestras manos) con lo que a veces se nos pegaban las páginas de los álbumes y suponía una odisea despegarlas después.
No era fácil completar un álbum cuando había que conseguir los cromos comprando en la tienda comestibles o bebidas , pero aún así rematamos alguno.
Pero aquí viene lo mejor, lo fantástico, lo fabuloso, la alegría desbordada: había veces, muchas veces, en las que los sobres de los cromos NOS LLOVÍAN DEL TECHO!!!
Cuando menos lo esperábamos, cuando más distraídos nos encontrábamos, caían de repente, a puñados, sobre nuestras cabezas, y cubrían la alfombra, quedaban sobre las sillas, sobre la mesa, encima de un cuadro…
Entonces mi hermano y yo nos volvíamos locos de contento mientras uno recogía sobres y el otro los abría y ambos gritábamos “Ioooo, ioooo!! La tenemos… La tenemos… ¡¡ NO LA TENEMOS!!
Después, cuando nos faltaban muy pocos cromos por abrir, otra lluvia de sobres nos envolvía sin averiguar nunca de dónde procedían realmente, y otra vez el júbilo se desataba.
Detrás de toda aquella magia estaba mi padre con los bolsillos repletos de sobres de cromos, siempre preparado para hacerlos volar y caer en una lluvia que colmaba de felicidad a sus hijos.
Hoy me imagino la escena de esta manera:
Mi padre se acercaría al quiosco y diría
—¿Tiene cromos de la colección Tal?

—Sí, ¿cuántos quiere?
—¿Cuántos tiene?
Con semejante ayuda era más que lógico que completáramos muchas de aquellas colecciones.
Me atrevo a pensar que muchas de aquellas lluvias de cromos y la consiguiente ilusión de sus hijos ocurrieron a pesar de algunas de aquellas penurias y pudieron ser sus remansos de paz, sus oasis de felicidad en el marem
agnum de la vida. 

Notas:
¿Alguien sabría decirme quién es el joven de la camisa blanca del cromo?
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Todavía conservo aquellos álbumes si bien algunos necesitan sus "dosis de restauración" (Unos cuantos tienen mordiscos de ratones tras tantos años olvidados en el trastero)
21 de noviembre de 2008
HISTORIA CON BURRO EN CINCO FOTOS

Ayer estuve mirando viejas
fotos del álbum familiar.
Qué delicioso momento.
Recuerdos indelebles
plasmados en un manoseado rectángulo de papel.
Fotos de niño, con mis
padres, con mis hermanos, con los animales que tuvimos; fotos de viajes, de
cumpleaños, jugando por el campo; fotos de mi adolescencia, haciendo la mili,
con los amigos, con los queridos abuelos…
Un valioso tesoro.
No obstante, hay algunas
fotos que me parece que no tienen nada que ver conmigo, que forman parte de la
vida de otro.
¿Que yo era así? ¡Qué fideo!
¿Yo era capaz de vestir de esta guisa? ¡Ostras, qué flequillo! Vaya careto en
esta. ¿Por qué nadie me dijo que ese bigotillo me sentaba como una patada en el
estómago? ¿Y nadie me pegaba por la calle al verme?
Otras fotos son de museo:
resultan de lo más divertidas pese a que, bien mirado, pudieran merecer la
hoguera o, como poco, un juicio sumarísimo por atentar contra el buen gusto.
Pero, en general, están todas tan cargadas de historias que forman parte de mí
mismo y de mi familia, que merecen mi cariño sin reservas.
Hoy voy a compartir unas
pocas con vosotros. A mí me encantan, aunque son de mala calidad. (La foto
digital es una bendición de estos tiempos, no de aquellos).
Podría englobarlas en un
grupo llamado “Fotos con Platero” o “Nuestra etapa zíngara”.
Haré primero un poco de
historia.
Resulta que a mi hermano
Tomás le fascinaba disfrazarse de indio norteamericano a toda hora: con sus
flecos en el chaleco, su penacho de plumas de gallina en la cabeza, sus
pinturas de guerra en la cara, sus trenzas de lana… Un perfecto atrezo que le
facilitaba mi madre, que siempre ha sido única para esas cosas.
Y como sólo le faltaba un
caballo para tener el cuadro completo, mi padre, que no podía permitirse el
lujo de comprarle uno, consiguió un burro con tartana y todo.
A Tomás no le gustó demasiado
la sorpresa. No valoró el esfuerzo que, sin duda, debió hacer mi padre para
hacerle feliz. ¿Dónde se había visto a un guerrero indio cabalgar a lomos de un
burro?, debía pensar él. Pero al subir encima del animal y empezar este a
caminar, asomó la ilusión, y la imaginación hizo el resto.
Platero era un burro blanco
grisáceo, con eterno apetito, que tenía muchas cabezonerías (que se ponía muy
burro, vamos, que para eso tiene ese nombre tan bien puesto), pero que nos hizo
pasar buenísimos momentos. Alguno malo también.
Como la primera vez que lo
sacamos del corral para subirnos encima. El pobre animal se asustó y echó a
correr. Nosotros no habíamos previsto esa estampida y no teníamos las puertas
del chalet cerradas. Se escapó.
Era un sábado muy temprano —cómo
lo recuerdo—, y Tomás y yo salimos en su busca, aterrados ante la posibilidad
de perder un burro el primer día en que lo íbamos a disfrutar. Lo recuperamos
sin que nuestros padres se enteraran de que se había escapado. Fue gracias a
una vecina que, al vernos pasar corriendo, nos llamó:
—Eh, ¿es vuestro ese poni?
(ella dijo poney).
Cuando miramos hacia donde
nos señalaba vimos que el burro se había detenido a comer en un campo de
alfalfa.
—Sí, es nuestro, es que se
nos ha escapado y…
—Pues, oyes… llévate cuidao,
no sea que el poney se me coma todo el alfalfe.
Desde entonces nunca sacamos
a Platero sin cerrar antes las puertas del campo.
Pero el burro volvió a
salir. Si bien esta vez fue cuando mi padre lo aparejó para dar un paseo con
toda la familia en la tartana. ¡Qué odisea aquella!
Ahí están las fotos para
mostrarlo. Y qué bella estampa sin igual.
Mi padre, con el enorme
bigotón de aquella época; mi madre, muy hippy ella, con una falda larga a
cuadros y unas botas altas; Tomás y Fran disfrazados de indios con trenzas de
lana; Ana, muy despeinada cual gitanilla en día de viento; y yo, con esa pelusa
en el labio superior que no me afeitaba para parecer mayor. (¡Iluso!).
El carro salió a la
carretera empujado por el burro con la familia Cabrera en el interior de
aquella tartana de techo curvo que olía a esparto.
Recuerdo que Tomás y yo
dudábamos de si queríamos ser vistos o no por algún compañero de colegio con el
que nos pudiéramos cruzar. No teníamos muy claro si se “fardaba” dentro de un
carro guiado por un burro.
La pinta, desde luego, era
para un cuadro. Nunca mi familia ha sido tan zíngara y trashumante como en
aquellos paseos. Paseos que, digámoslo ya, fueron solo dos o tres, porque había
siempre un problema imposible de remediar: cuando el burro presentía que ya
estaba cerca el descanso, con su paja y avena esperándolo, empezaba a correr
como un loco para llegar cuanto antes. Y, la verdad, las pasábamos canutas.
De nada valían los tirones
de riendas de mi padre, ni que se le gritara “¡Sooo!” a pleno pulmón, ni nada.
Platero se ponía más burro que nunca y la tartana iba pegando saltos como alma
que lleva el diablo hasta llegar a casa.
Y descendíamos cabreados,
asustados y con el culo molido.
Ay, Platero, Platerillo… Tantos años hace de aquello que me parece un sueño, y, ya ves, hoy, donde quiera que estés, te he recordado y, como mi tocayo Juan Ramón Jiménez, he escrito sobre ti.
P.D. Mi hermano Tomás ha escrito más sobre Platero en su blog.
17 de noviembre de 2008
ESCENAS EN EL VIDEO-CLUB

Fue una época intensa que me trae recuerdos agridulces. Por un lado la alegría de grandes momentos de esplendor en aquel negocio familiar, con unos fines de semana con tantos alquileres que el video club se quedaba casi vacío de películas y con tanta aglomeración de clientes que los cuatro hermanos teníamos que echar un cable para que aquello se pudiera sobrellevar ( y a veces ni aún así)
De todas maneras, como soy una persona positiva, me quedo con todos los buenos recuerdos, que son incontables.
No puedo dejar de sonreír al recordar esas mañanas entre semana en las que me visitaba mi amigo Juan Luís.
Allí, detrás del mostrador, nos atiborrábamos de los hiperglucémicos desayunos que comprábamos en la pastelería de al lado, El Pastaó.
La afinidad que he tenido siempre con Juan Luís en cuanto a nuestro sentido del humor nos ha llevado a través del tiempo a escribir muchos cuadernos juntos. En los años del video club concluíamos nuestro Diccionario Basicómico (*), definiendo a nuestra manera cientos de palabras de la A a la Z.
También escribimos por aquella época El club de las cosas bien hechas, sobre todos aquellos asuntos de la vida que nos daban rabia o no llegábamos a entender.
Más adelante llegaría Dimes, diretes y dineretes, en el que explicábamos a nuestra manera los dichos y refranes populares.
En aquella época nació mi manía de dar puñetazos en el hombro de las personas que me hacen reír. Y la culpa es de Juan Luís. A veces me dolía el estómago de tanta carcajada y él continuaba con su irrefrenable cachondeo. No sabiendo yo cómo hacer que se callara tuve que acercarme y sacudirle. Sólo así cerró la boca.
Desde entonces es mucha la gente que conoce mi afinidad por golpear el hombro ante mi risa fácil.
Estando en el videoclub, una mañana ocurrió una cosa muy chocante.
En un pequeño televisor que había en la pared solíamos tener puesta siempre una película. Entraba casi a diario el cartero a dejar correspondencia. Era un señor muy amable que sólo decía dos palabras. Un sonoro “buenos días” al entrar, alargando mucho la “i” y un “adiós” extendiendo la “o”, al marcharse. Sólo por eso ya entró a formar parte de “Nuestros clásicos”, una lista de personajes reales a los que Juan Luis y a mí nos gustaba imitar. (Quizás de esta lista os hable en otra ocasión)
Aquella mañana entró este clásico para entregarme unas cartas
—Buenos díííías —saludó.
Y antes de despedirse con su habitual “Adióóós”, justo en ese instante Lina Morgan decía en la tele:
—Hay asnos más inteligentes que este cartero.
Al hombre se le quedó una cara de no entender nada que era digna de ver. La anécdota provocó nuestra hilaridad durante muchos días. Fue una completa casualidad pero nos producía un cierto malestar que el cartero pensara que habíamos preparado la cinta para que sonara esa frase al entrar él.
Otra anécdota que recordamos todos es cuando entró aquel cliente y dijo:
—¿Por dónde tenéis La mosca?
Y yo contesté:
—Por la puerta del váter.
Y era verdad, en un pequeño panel de madera junto a la puerta del WC estaba casualmente la película de La mosca, pero sonó tan a pitorreo que aún nos reímos al recordarlo.
E inolvidable aquella otra vez —y que de paso sirva para que os hagáis una idea de cómo es Juan Luís los que no le conozcáis— en la que dijo algo tan gracioso que no tuve más remedio que perseguirle por todo el video club con la intención de pegarle fuerte en el hombro. Yo corría detrás de él y él se limitaba a huir. De repente tropezó, cayó al suelo, hizo tambalearse un panel y una lluvia de películas le cayó encima en unos segundos.
No se inmutó. Pero acto seguido y todavía en el suelo agarró con las dos manos una de las películas que tenía encima y abriendo mucho los ojos exclamó:
—¡¡ La que estaba buscando !!
Y entonces sí lo rematé a placer.
(*) Algunas definiciones al azar del Diccionario Basicómico
Metamorfosis - Faraón egipcio que tras morir y transformarlo en momia se hizo mariposa. Y es que tenía un ramalazo el tío que ni muerto lo podía evitar.
Risueño - El que se ríe en la cama mientras duerme.






