7 de septiembre de 2009

EL DIABLO EN BARRANQUILLA (II)


Situémonos en el escenario de los hechos.

Aeropuerto de Bogotá, ciudad en la que se vive una eterna primavera, con suaves temperaturas todo el año.
Largas colas van avanzando lentamente hacia las ventanillas en las que habíamos de presentar pasaportes, pero nos sentimos felices de haber descendido por fin del avión.

Comienzan una serie de preguntas que se repetirán una y otra vez por distintos lugares de acceso.
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¿A qué ha venido a Colombia? ¿A qué ciudad se dirige? ¿Cuánto tiempo tiene pensado quedarse? ¿Dónde se va a alojar?, ¿Su padre es colombiano? ¿Y su madre? … (¿De verdad hace falta tanto? Casi nos sentimos en la necesidad de confesar cualquier crimen…)
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Nos entregan un cuestionario en el que una de las preguntas dice:
¿Es portador de algún alimento de origen animal?
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Fran no se lo piensa dos veces y marca una X en la casilla que dice NO.
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Mentira cochina. Tenemos una maleta cuyo interior guarda un enorme queso manchego, una pieza de jamón serrano y mucho embutido envasado al vacío, además de un pan casero redondo conseguido en Almansa (Albacete) casi tan ancho como la maleta. Son cosas que nuestro padre había manifestado echar de menos porque, o no se encuentran en este país o resulta carísimo adquirirlas. Sólo descartamos la posibilidad de meter aceite de oliva y un buen vino tinto por aquello de evitar líquidos sospechosos.
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Todos estamos pendientes de esa maleta en cuestión, que viene embalada en plástico desde Valencia, pues deseamos que llegue sana y salva a su destino: el estómago de nuestro padre. 
Declarar que llevamos tantas viandas en ella podría echar por tierra ese loable propósito y decidimos correr el riesgo.
Es entonces cuando aparece el primer contratiempo. Las maletas iban pasando por la cinta transportadora. Tomás reconoce la del cargamento comestible, la coge y, asustado, la suelta de inmediato.
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—¿Qué pasa? —le preguntamos
—¡La maleta está vibrando!
—¿Vibrando? ¿Cómo que vibrando?
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Pronto cae en la cuenta de lo que ha sucedido. Acostumbra a raparse la cabeza a menudo y para ello se ha traído la máquina de cortar el pelo y ésta se ha puesto en funcionamiento dentro de la maleta.
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—¡Pero, tío —protestamos—, ¿cómo se te ocurre meter la máquina en esa maleta?
—¡Joder, si la he metido en un bolsillo aparte y la he traído con las pilas agotadas!
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Llegamos a la conclusión de que las bajas temperaturas que se deben alcanzar en la bodega del avión le han recargado las pilas. Eso o que al llegar a Colombia la maquineja se ha sentido con ganas de bailar reguetón y vallenato.
El caso es que es exagerado el movimiento que tiene la maleta y que, aunque le propinamos algunos puñetazos furtivos, no conseguimos apagarla. Para ello tendríamos que desembalarla allí mismo, delante de todo el mundo y la haríamos más vulnerable de ser investigada. De nuevo tenemos que correr el riesgo y seguir adelante.
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Y así, en la zona en la que todo ha de pasar por el escáner casi no respirábamos. Imaginábamos que el hombre que mira la pantalla exclamaría: ¿Pero qué diablos es esto que se ve aquí? ¿Una bomba?
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Sin embargo, milagrosamente, nada nos dijo. ¿Cómo era posible? ¿Nadie se dio cuenta ni del queso ni del jamón ni del “abejorro” vivo del interior?
Apretamos el paso para escapar de allí, mirándonos de reojo, aliviados por la suerte que habíamos tenido.
Pero como si se tratara de un videojuego, aún quedaba el último nivel. Un mozo se ocupaba de pesar las maletas antes de embarcarlas en el avión y al coger la del baile de San Vito hizo un gesto de sorpresa y nos preguntó:

—¿Qué hay aquí dentro? ¡Algo se mueve!

Tomás tuvo que mentir como un bellaco.

—¿Eh? Ah, sí, en el escáner ya han visto que es una máquina de cortar el pelo. Con los golpes se debe haber puesto en marcha.
—Bueno, pero tienen que apagarla.
—Es que como va tan bien embalada…
—¡Apáguenla! —exigió mientras entregaba a Tomás un fleje para que cortara todo el embalaje y la abriera.
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La gente que nos rodeaba se nos quedó mirando. Nadie se libra de ser sospechoso de algo si lo obligan a abrir una maleta en un aeropuerto, así que nos colocamos lo más retirado posible, intentando pasar desapercibidos.
No conozco todas las Leyes de Murphy, pero estoy seguro de que habrá una que diga que siempre que busques algo en una maleta desesperadamente, no lo encontrarás jamás a menos que la abras bien y lo saques TODO.
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Tomás iba metiendo la mano por todas partes, abriendo una cremallera, luego otra, después otra y la máquina parecía burlarse de él con su “Trrrrrrrrrrrrrrrrrr ¿A que no me encuentras? Trrrrrrrrrrrrrr” Indignado, dio la vuelta a la maleta para buscar por otro lado y ¡PLOM!, el queso manchego se salió para rodar feliz por el suelo. A mí empezó a entrarme la risa y más cuando vi cómo lo atrapaba y lo volvía a meter en su guarida en décimas de segundo mientras murmuraba furioso “mecaguenlaputamáquinadeloshuevos”.

Los tres hermanos lo rodeábamos intentando tapar con los cuerpos las miradas de los curiosos, casi convencidos ya de que algún policía se acercaría y nos desmantelaría todo el alijo.
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Por fin encontró la máquina y la apagó furioso para meterla a continuación en su bolsa de mano.
Devolvió el fleje al empleado así como la maleta para que la pesara por fin. Después de hacerlo, la vimos desaparecer por una cinta transportadora. La pobre se marchaba con la sombra de la sospecha a cuestas. En nuestra imaginación podíamos ver a algún empleado del aeropuerto en una última inspección relamiéndose de gusto.
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Una hora y media después recogeríamos de nuevo la maleta ya en el aeropuerto de Barranquilla en donde nos esperaba nuestro padre.

Me reservo para otro día el desenlace de la historia. ¿Llegarían a buen puerto los manjares ocultos?
Prometo también hablar de una vez de la ciudad de Barranquilla y de sus gentes y mostrar algunas fotos. No es que me esté haciendo de rogar, es que cada cosa necesita su tiempo.
No se me impacienten.
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Y ahora, como diría Valery: ¡¡Ciaooooooo !!

1 de septiembre de 2009

EL DIABLO EN BARRANQUILLA


Jamás hubiera imaginado que viajaría a Colombia.
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Si me hubieran dicho que lo haría junto a mis hermanos me habría parecido una divertida invención. Pero si además me hubieran manifestado hace unos años que pasaríamos una semana en Barranquilla, en la casa de nuestro padre ¡me habría echado a reír ante una idea tan surrealista!

Sin embargo todo ha sucedido realmente, con lo que parece que uno no puede asegurar nada de lo que está por ocurrir y por muy rutinaria que pudiera resultar la vida, todo es impredecible, como si el destino se escribiera con una tinta caprichosa que diera giros inesperados en las historias de cada cual.

Por esas cosas que tiene la vida, mis padres se divorciaron hace unos años. Fue un cambio tan inesperado en el guion de nuestra existencia que todavía hay momentos en los que me parece parte de un sueño antiguo.

Tras mucho meditarlo, mi padre decidió empezar una nueva vida en un lugar en el que su pensión le permitiera vivir con cierto desahogo y partió hacia Sudamérica.
Primero vivió en Venezuela y poco después se trasladó a Colombia, concretamente a Barranquilla, lugar en donde reside desde hace cuatro años.
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Gracias a este fantástico invento que es internet, fuimos contactando e intercambiando información, y dado que siempre le ha gustado escribir, (algo que sin duda he heredado de él) nos fue enviando lo que él llamaba ANÉCDOTAS AMERICANAS, unas interesantísimas historias por entregas de todo lo que por aquellos mundos le acontecía.

Yo tenía muy vagas nociones de Colombia. 
Desde bien pequeño sabía que su capital es Bogotá porque siempre me gustó aprender las capitales de los países. Poco más. Un enorme territorio al norte de Sudamérica, el país del mejor café del mundo, la tierra de Gabriel García Márquez… pero también el país de la coca y de los guerrilleros de las FARC y de los secuestros…

En uno de aquellos relatos verídicos que mi padre nos escribía, contaba:

"Aquí (refiriéndose a Barranquilla) aparecen diariamente en los periódicos no menos de tres asesinatos, en la mayoría por robo. Un simple móvil, un anillo o cadena de oro pueden provocar una muerte. A veces el asaltado se defiende y mata también a algunos de los asaltantes, ya que es raro que actúen en solitario".

Y no olvidaré nunca el impacto que me produjo una vez en la que estábamos chateando cuando de repente escribía: "Hijo, en estos momentos están matando a un hombre enfrente de mi casa"

No podía salir de mi asombro y él me explicaba que en esa ciudad hay frecuentes muertes por ajustes de cuentas entre bandas rivales, que no es conveniente hacer ostentación de nada que pueda llamar la atención a los asaltantes, que es preferible no resistirse…

Con estos datos, me costaba creer que estuviera acostumbrado a vivir allí. Yo le deseaba lo mejor, pero tenía claro que no haría un viaje a aquellas tierras ¡Ni por todo el oro del mundo!

Sin embargo, la tinta caprichosa de la que antes hablaba debió emborronar mi convicción. 
Y fue por un correo de Milena, la mujer con la que nuestro padre comparte hoy su vida, que supimos que éste se encontraba en el hospital por una insuficiencia cardiaca. Afortunadamente, y a pesar del triple baipás que ya llevaba implantado, se recuperó. Pero a los hijos se nos quedó mucha intranquilidad. Si él no daba visos de querer volver a España y nosotros no nos planteábamos semejante viaje, ¿ya nunca más nos veríamos?

Comenzamos a replanteárnoslo y cuando nuestro padre supo de esa posibilidad de encuentro quiso eliminar cualquier impedimento con la gran generosidad que le ha caracterizado siempre:

—Yo os pago el viaje. No sólo a vosotros, a todo aquel que quiera venir a verme.

Con meses de antelación conseguimos los billetes de vuelo para la tercera semana de agosto, una fecha que nos venía bien a los cuatro hermanos.

Juan, Fran, Tomás y Ana

Y llegó el domingo 16 de agosto.

Excepto Tomás, que trabaja minuciosamente para mantener intacta su soltería, Fran, Ana y yo nos despedimos de nuestras familias —diez días sin pareja ni hijos—. Aunque pueda sonar mal decirlo, eso tenía un puntito placentero. ¿Un puntito? ¡Un puntazo! ¡¡Diez días sin preocupaciones de ningún tipo!!

Primero volamos de Valencia a Madrid. Una bicoca si no fuera por el hecho de que para un tipo como yo, al que le incomoda bastante la velocidad, y que conduciendo no pasa de 100 si no es estrictamente necesario, la carrerilla supersónica que tiene que tomar un avión para despegar no me hace feliz en absoluto. Y desde que supe que el momento crítico en un vuelo está en su despegue, siempre los paso aferrando las manos a los brazos del asiento, con la cabeza pegada al respaldo, los ojos cerrados y rogando al que esté en la ventanilla que me diga si realmente estamos subiendo o no, porque mi impresión es que, a pesar de sentir que mis tripas quedan envasadas al vacío, el avión no consigue levantar el vuelo y va a caer estrepitosamente despachurrándonos a todos. (Imagino que más de uno se pueda estar pitorreando, pero que a nadie le extrañe tanto que el diablo, que siempre ha sido muy de subsuelo, odie estar sobre las nubes).

Para colmo de males, alguien tuvo la feliz idea de colocar cámaras en las colas de los aviones de Iberia para que podamos ver en directo los despegues y aterrizajes por las pantallas de los televisores. ¡¡Cómo se puede ser tan cafre!! ¿Es que quieren que veamos in situ, cómo empieza a salir humo por la cabina de mando, o cómo se desprende de repente un ala o cómo se acerca una inoportuna bandada de grullas y se meten de golpe en uno de los motores? Yo no quiero tener tanta información. Prefiero no saber. ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Que oigamos por los altavoces los latidos del corazón del comandante de vuelo? 

Estuve a punto de pedir el libro de reclamaciones y escribir:

"Hagan el favor: lo último que quiero saber es cómo van las cosas allá afuera, distráiganme con películas de Los Hermanos Marx. ¡¡Hasta un concierto en vivo de los AC/DC antes que esto!!"

Pero como dice el dicho, "¿No quieres caldo? ¡Toma! ¡Tres tazas!". Tres despegues a la ida y tres despegues a la vuelta. Y no hay manera, ¡no me inmunizo!

El salto de Madrid a Bogotá duró más de diez horas pero con las emociones y el hecho de que íbamos en busca del sol y no se hizo nunca de noche, no dormimos nada. Bueno, los culos sí que se durmieron.

En el aeropuerto de Bogotá tuvimos que pasar tantos controles y tantas preguntas como para descomponer al más pintado. Todas más o menos las mismas pero con alguna sorpresa, aunque la primera anécdota importante la protagonizó Tomás y su maleta, porque ¿dónde se ha visto que una maleta pueda dar un calambrazo al cogerla?

Pero para no desesperar a mis sufridos lectores, todo esto ya lo cuento en la próxima entrega.
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9 de agosto de 2009

EL AVERNO ESTÁ EN VERANO

Es casi como un chiste: ¡el diablo veranea!
Y en el colmo del despiste sale huyendo del calor.
Abandona sus placeres y el estrés hoy le cabrea
porque tiene mil quehaceres al otro lado del blog.

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Prepara su maleta de pecados predilectos,
su lápiz, su libreta, por si surge la ocasión
de un dibujo, una vivencia o ese momento perfecto
que suponga una experiencia digna de redacción.

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En tres semanas de ausencia os echará de menos.
Notaréis que su presencia se reduce un 100%
y el vacío que se sufre sin la sombra de sus cuernos
llenará con mucho azufre, para que no lo olvidéis.
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Deja un cesto de manzanas por si algún Adán o Eva
aún se asoma a la ventana que abre su colección.
Se le resiste Melilla, y con razón se subleva
pues Satán allí no pilla ni al más triste pecador.
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Promete volver muy borde, afilado su tridente,
para ser un tipo acorde con su imagen de maldad.
Algún juego sobre cine parece tener en mente
Y un viaje de alucine: ¡a Colombia volará!
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En esta importante hazaña hacia el Nuevo Continente
sus hermanos le acompañan, (son Ana, Tomás y Fran)
Los espera allí su padre, soñador terrateniente,
residiendo tan campante donde se va el caimán.
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Basta ya de dar paliza; a la vuelta, más lecturas.
Evitaré longanizas ( ya sabéis de lo que hablo)
Y perdón por estos ripios, no son más que calenturas
que le salen a este tipo
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............................................Siempre vuestro

..............................................JuanRa Diablo








3 de agosto de 2009

YO PHOTOSHOPEO

Para mí Photoshop ha sido el gran descubrimiento.

Me parece un programa útil, interesante y divertido. 
Todavía no sé utilizar muchas de sus herramientas e ignoro para qué sirven otras, pero en todos estos años de práctica he conseguido algunos efectos que a mí me satisfacen.

Os voy a mostrar algunos ejemplos, a ver qué os parecen.
1. ANTIQUE.


Utilizando como fondo la imagen de un libro abierto encontrada en internet, superpuse fotos de mi hija Aitana a las que añadí un marco apropiado y les di un aspecto de antigüedad.

Las hojas secas y el botón con sus respectivas sombras dan un toque especial al conjunto.

2. BESO ANGELICAL.


Me lo pasé bomba poniendo nuevas caras a esta famosa escena. De perfil, mi hijo Samuel; la cara de satisfecha es la de su hermana cuando tenía dos o tres meses.

3. CALEIDO ESCOPIO.
Simplemente copiando y rotando fotos se crean efectos tan interesantes como éste.

4. DOS ANGELES.
De nuevo protagonistas mis hijos (quiénes si no) en un montaje que me gustaría repetir con la actual cara de Aitana que aquí era un bebé rechoncho.

5. ENTRE AGUAS.
 Me gusta mucho este efecto. Tenía una foto del agua de un estanque y la superpuse sobre otra de Samuel, quitándole opacidad para que ambas se pudieran apreciar.

6. FUERA DE LÍMITES.

Este curioso efecto en el que uno diría que los personajes de las fotos se van a salir de ellas, es bastante sencillo de conseguir siguiendo los pasos que muestra este vídeo tutorial.

7. LA NIÑA AZUL.
Tan fácil como recortar y pegar sobre fondos apropiados y crear algunas transparencias.

8. MAMÁ DE CINE.
Me empeñé en conseguir cambiarle la cara a la imagen de la Columbia Pictures por la de mi madre. No coinciden las texturas pero resulta gracioso, ¿no?

9. ¡QUÉ HAMBRE!
Una foto de mi hija con la cara llena de papilla y muchas ganas de guasa. (Con mordiscos tan desesperados no habrá príncipe que la despierte)

10. RÁPIDOS.
De una foto real de mi hijo y sobrino Cristian metidos en una bañera encontrada en una rambla seca, a utilizar una foto de un rio en internet y darle un uso útil a esa bañera.

11. SAM ARQUITECTO.
Creo recordar que éste es el primer montaje que hice con Photoshop (no muy bien recortado, la verdad) en el que quería dar ese efecto de niño gigante. Samuel parece estar montando la Basílica de la Purísima de Yecla.

12. TRES SON TRES
Con la herramienta Tampón de clonar se pueden transportar objetos y personas de varias fotos a una sola. Eso es exactamente que hice aquí.

13. SAMUEL KONG
Lo mismo en este último ejemplo. Duplico edificios sobre una imagen de Samuel para que parezca que sobresale de entre ellos.
 

¿Y vosotros? ¿Hacéis uso de Photoshop? ¿Habéis conseguido resultados interesantes? 
Ya me contaréis.

27 de julio de 2009

LA ABUELA PACA

Esta es Paca, la abuela de mi mujer y bisabuela de mis hijos; una anciana muy peculiar de la que hoy quiero dejar aquí unas pinceladas.

Si tuviera que definirla con una sola palabra sería gruñona.

Y la expresión que más la caracteriza, y con la que yo más la imito, es: «¡Recoño, qué barbaridad!».

—¡Come un poco más, que no has comido nada!

—No, Paca, me he quedado bien.

—¡Recoño, qué barbaridad!

—La nena ha salido a la calle sin chaqueta.

—No pasa nada, Paca, no hace frío.

—¡Recoño, qué barbaridad!

—¿Cuándo vendréis otra vez?

—Pues el fin de semana que viene, abuela.

—¡Recoño, qué barbaridad!

Cuando empecé a entrar en la casa de mi novia, me pareció una mujer muy seria, siempre mirando con el ceño fruncido y sentada en la misma silla. Con el tiempo descubrí que tiene su particular sentido del humor, aunque pocos llegan a percibirlo, y son más los que la cabrean que los que la hacen reír.

Me acuerdo perfectamente de cómo murmuraba cada vez que Mari Carmen y yo nos besábamos. Se la oía renegar con un constante runrún del que emergía, de vez en cuando, su famoso «¡Recoño, qué barbaridad!», y se ponía tan furiosa que movía la silla hacia otro lado para no tener que mirarnos.

En invierno había muchas tardes de domingo que mi novia y yo pasábamos sentados en el sofá, tapados con una manta, viendo la tele. La abuela, presente y callada, miraba de reojo.

Si había algo que me divertía era decirle a Mari Carmen al oído: «¿Cabreamos un poco a tu abuela?» y entonces empezábamos a besarnos. Nada escandaloso; solo unos arrumacos bastaban para empezar a oírla gruñir:

«Míralos, pocavergüenzaahidelante, vamosque, mira… recoño, andaqué barbaridad», y giraba la silla, malhumorada.

Cuando llegaba mi suegra le preguntaba: «Pero ¿qué estás rezando?». Era la mar de divertido.

En mi ordenador tengo una carpeta que dice PACA, llena de fotografías suyas. Es una mujer a la que me gusta fotografiar, pues su rostro es fiel reflejo de todos y cada uno de los años que ha vivido, años que el próximo mes de marzo sumarán noventa.

Trabajadora del campo durante toda su vida, su piel es un pliego antiguo que muestra una existencia al aire libre, con sus largas jornadas de sol y los rigores invernales. En ella se aprecia el sacrificio de una vida dedicada al trabajo. Nunca fue a la escuela, por lo que ignora el significado de las letras y solo reconoce algunos números.

Sin embargo, Paca es un torrente de buena salud. Tiene un cabello plateado que crece fuerte y vigoroso, y con tanta rapidez que necesita cortarlo cada mes (ya me gustaría a mí, ya). Una dentadura perfecta y completa que le permite seguir mordiendo alimentos duros; la castaña pilonga —seca y dura como una piedra— sigue siendo algo que le gusta mascar. Y una vista excelente, que no ha necesitado gafas jamás, le permite ser guardiana de todo lo que sucede a su alrededor.

—El vecino no está —nos dice—, porque he visto cómo salía por el camino un coche encarnao como el suyo. Y han entrado dos mujeres a aquella casa, una con un pañuelo en la cabeza.

—Ya está la abuela soliviando (fisgoneando) —dice mi suegro.

A Paca solo le falla una rodilla, desgastada desde hace años, y por eso cada vez anda menos. Aunque ahora que estamos en el campo, le gusta dar un pequeño paseo por las mañanas con su garrote, y lo primero que hace, cuando casi no ha amanecido todavía, es lavar sus bragas en la pila.

Paca es experta en hacer huevos fritos. Nadie los hace como ella: la yema entera, como un sol brillante a punto de estallar; la clara, sin quemar, en perfectas ondas nítidas alrededor de la esfera.

—Samuel, ¿te apetece un huevo frito?

—Sí, pero que me lo haga la abuela Paca.

Utiliza unas palabras casi en desuso para las nuevas generaciones yeclanas (del lenguaje de Yecla ya hablaré en otra ocasión).

A los cacahuetes los llama alcahuetas, y a las salamanquesas, paniquesas: «Mira, una paniquesa corriendo por la pared».

Si algo va a suceder enseguida, será de contao: «Mi Fina no está, pero viene de contao».

Gritar es vocear y hablar en voz baja es hablar abonico. Si mata una araña, dice: «Hala, ya la he muerto». Y algo que me hace mucha gracia: «He abierto las puertas de bar en bar, a ver si corre el aire».

Cuando empecé a tener confianza como para bromear con ella, me decía algo que he repetido tanto a mi familia que todos la imitan ya así. Lo lógico sería que me dijera: «Tú eres un descarao», pero no; ella siempre dice: «Tú, lo que ereh, ereh muuu… descarao».

Y a veces busca el adjetivo con el que calificarme y, mientras lo encuentra, alarga esa mu: «Tú, lo que ereh, ereh muuuu, muuuu… mu listo ereh».

Me encanta. Es única.

Muy de vez en cuando se marea porque la sangre no le llega bien al cerebro, sobre todo si ha estado haciendo algo —desmenuzando tortas de gazpacho o pelando tomates, por ejemplo— en una posición poco favorable. Entonces hay que acostarla hasta que se le pasa.

Y si hay algo que le cabrea especialmente es que alguien le diga que se ha dormido. Jamás reconocerá que ha dado una cabezada, aunque la frente le golpee en la mesa.

—Acuéstate.

—No, que no tengo sueño.

—¡Pero si te estás durmiendo!

—¿Yo durmiendo? Sí, claro… ¡Recoño, qué barbaridad! Durmiendo, dice…

Cosas que tiene la vida: los años han pasado y, concluida aquella etapa en la que se indignaba tanto porque su nieta y yo nos dábamos inocentes besos, otro nieto suyo ha traído a su nueva novia a casa. Es una cubana alegre y bulliciosa, de las que piensan que la vida hay que vivirla con intensidad porque mañana igual estamos muertos y no la hemos disfrutado.

—Ay, abuela, no me mire tan seria —le dice contoneando las caderas—, que no le he hecho ná.

Y Paca tuerce el morro.

El otro día la abuela y yo fuimos testigos de cómo llegaban mi cuñado y su novia. Hay música y movimiento corporal allá donde van. En un momento dado, la cubana atrapó a su novio con una pierna, le metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón y le apretó con fuerza el culo mientras se lanzaba a besarlo como si necesitara extraerle con la lengua algo que tuviera en la garganta.

Miré inmediatamente a la abuela para apreciar cómo se le transformaba el gesto, y antes de que tuviera tiempo de rezar me levanté y, al pasar por su lado, le dije:

«¡Recoño, Paca, qué barbaridad!».


La bisabuela Paca y su bisnieto Samuel