
¿A qué ha venido a Colombia? ¿A qué ciudad se dirige? ¿Cuánto tiempo tiene pensado quedarse? ¿Dónde se va a alojar?, ¿Su padre es colombiano? ¿Y su madre? … (¿De verdad hace falta tanto? Casi nos sentimos en la necesidad de confesar cualquier crimen…)
Nos entregan un cuestionario en el que una de las preguntas dice:
¿Es portador de algún alimento de origen animal?
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Mentira cochina. Tenemos una maleta cuyo interior guarda un enorme queso manchego, una pieza de jamón serrano y mucho embutido envasado al vacío, además de un pan casero redondo conseguido en Almansa (Albacete) casi tan ancho como la maleta. Son cosas que nuestro padre había manifestado echar de menos porque, o no se encuentran en este país o resulta carísimo adquirirlas. Sólo descartamos la posibilidad de meter aceite de oliva y un buen vino tinto por aquello de evitar líquidos sospechosos.
Todos estamos pendientes de esa maleta en cuestión, que viene embalada en plástico desde Valencia, pues deseamos que llegue sana y salva a su destino: el estómago de nuestro padre.
Es entonces cuando aparece el primer contratiempo. Las maletas iban pasando por la cinta transportadora. Tomás reconoce la del cargamento comestible, la coge y, asustado, la suelta de inmediato.
—¿Qué pasa? —le preguntamos
—¡La maleta está vibrando!
—¿Vibrando? ¿Cómo que vibrando?
Pronto cae en la cuenta de lo que ha sucedido. Acostumbra a raparse la cabeza a menudo y para ello se ha traído la máquina de cortar el pelo y ésta se ha puesto en funcionamiento dentro de la maleta.
—¡Pero, tío —protestamos—, ¿cómo se te ocurre meter la máquina en esa maleta?
—¡Joder, si la he metido en un bolsillo aparte y la he traído con las pilas agotadas!
Llegamos a la conclusión de que las bajas temperaturas que se deben alcanzar en la bodega del avión le han recargado las pilas. Eso o que al llegar a Colombia la maquineja se ha sentido con ganas de bailar reguetón y vallenato.
Y así, en la zona en la que todo ha de pasar por el escáner casi no respirábamos. Imaginábamos que el hombre que mira la pantalla exclamaría: ¿Pero qué diablos es esto que se ve aquí? ¿Una bomba?
Sin embargo, milagrosamente, nada nos dijo. ¿Cómo era posible? ¿Nadie se dio cuenta ni del queso ni del jamón ni del “abejorro” vivo del interior?
Pero como si se tratara de un videojuego, aún quedaba el último nivel. Un mozo se ocupaba de pesar las maletas antes de embarcarlas en el avión y al coger la del baile de San Vito hizo un gesto de sorpresa y nos preguntó:
—¿Qué hay aquí dentro? ¡Algo se mueve!
—Bueno, pero tienen que apagarla.
—Es que como va tan bien embalada…
—¡Apáguenla! —exigió mientras entregaba a Tomás un fleje para que cortara todo el embalaje y la abriera.
La gente que nos rodeaba se nos quedó mirando. Nadie se libra de ser sospechoso de algo si lo obligan a abrir una maleta en un aeropuerto, así que nos colocamos lo más retirado posible, intentando pasar desapercibidos.
No conozco todas las Leyes de Murphy, pero estoy seguro de que habrá una que diga que siempre que busques algo en una maleta desesperadamente, no lo encontrarás jamás a menos que la abras bien y lo saques TODO.
Por fin encontró la máquina y la apagó furioso para meterla a continuación en su bolsa de mano.
Devolvió el fleje al empleado así como la maleta para que la pesara por fin. Después de hacerlo, la vimos desaparecer por una cinta transportadora. La pobre se marchaba con la sombra de la sospecha a cuestas. En nuestra imaginación podíamos ver a algún empleado del aeropuerto en una última inspección relamiéndose de gusto.
Una hora y media después recogeríamos de nuevo la maleta ya en el aeropuerto de Barranquilla en donde nos esperaba nuestro padre.
Prometo también hablar de una vez de la ciudad de Barranquilla y de sus gentes y mostrar algunas fotos. No es que me esté haciendo de rogar, es que cada cosa necesita su tiempo.

















Paca es experta en hacer
huevos fritos. Nadie los hace como ella: la yema entera, como un sol brillante
a punto de estallar; la clara, sin quemar, en perfectas ondas nítidas alrededor
de la esfera.