A mi
sobrina Anna le chiflan las películas de miedo, y yo la entiendo
porque a mí también.
A la menor ocasión se reúne con sus amigas para disfrutar de esos momentos de tensión delante de la pantalla, encogidas todas en el sofá, temiendo, y al mismo tiempo deseando, que un susto repentino les haga dar un brinco.
Chillan,
se tapan media cara con los almohadones, se aprietan unas contra
otras cuando la incertidumbre es superior a sus fuerzas y hasta se
pellizcan cuando temen cualquier aparición de entre las sombras.
El otro
día hablaba con ella de este género de películas.
—¿Cuál
es la que más miedo te ha dado? —me preguntó— A mí la de
Expediente Warren. Hasta ahora ninguna ha superado a esa.
—Pues no
conozco Expediente Warren, pero la próxima vez que vengas tendré
preparadas algunas que me gustaron mucho. Ya verás qué miedo...
—¡Ay,
sí, por favor!
Y así,
en su siguiente visita vimos Terror ciego.
En
Terror ciego, Mia Farrow interpreta magistralmente a una chica ciega
que está de visita en la casa de campo de sus tíos. Una tarde sale a
dar un paseo a caballo con un amigo, y en ese intervalo de tiempo en
el que está ausente, alguien asesina a su familia.
Gran parte de la tensión de la película radica en el hecho de que ella deambula por las habitaciones sin poder percibir que sus familiares están muertos, y cuando lo descubre... entonces empieza su verdadero calvario.
Gran parte de la tensión de la película radica en el hecho de que ella deambula por las habitaciones sin poder percibir que sus familiares están muertos, y cuando lo descubre... entonces empieza su verdadero calvario.
Terminó
la película y Anna me dijo que no, que no le había dado miedo en
ningún momento.
—Es que
se nota tanto que es una película vieja...
—¿Cómo
que vieja? ¡No es tan vieja! —le dije, comprobando después que
se estrenó en 1971, por lo que no le faltaba razón del todo, y más a una
chiquilla de 15 años— Bueno sí, tiene algunos años, pero a ver
si te crees que antes no sabían hacer buen cine de miedo...
Al día
siguiente probé suerte con Carretera al infierno, pero no le comenté
a mi sobrina que la película tiene casi 30 años para que no la
tachara también de viejuna. (¿Cómo han quedado tan lejanos los
ochenta? ¡Si los estuve viviendo anteayer mismo!)
—A mí
esta me encantó. Ya verás...
Un
muchacho recoge a un autoestopista durante una noche de tormenta.
Pronto descubre que el hombre que lleva a su lado (Rutger Hauer) es
un desequilibrado mental muy peligroso y consigue deshacerse de él.
O eso es lo que él cree, porque el loco lo sigue de cerca, haciéndoselas pasar canutas.
A Anna
le gustó bastante más que la anterior pero tampoco la calificó
como película de miedo, por lo que llegué a la conclusión de que
prefiere las emociones fuertes y el terror que se desprende de lo
paranormal. Yo me decanto más por ese terror que parte de
situaciones cotidianas, de incidentes que podrían sucederle a cualquiera en la realidad,
aunque también disfruto como un loco con los monstruos, los vampiros, los alienígenas o los zombis (¡sobre todo con los zombis! ¿Todavía no
se ha dado cuenta nadie de cuánta poesía hay en el mundo de los
muertos vivientes?)
—¡A mi
madre también! —me contestó entusiasmada— ¡Tengo que verla!
—¿Te
contó que ella la vio sola en casa, cuando tenía tu edad más o
menos, y que a media película apareció un gato por el pasillo que le dio un susto de muerte?
—Sí,
jajaja, me lo ha contado muchas veces.
Sin
embargo, poco después nos volvimos a ver y me hizo saber que El
exorcista no le había dado tanto miedo.
— De hecho
no paré de reírme con mis amigas – me dijo.
—¡¡Pero
cómo!! ¿Pues sabes que cuando se estrenó en Inglaterra hubo
ataques de pánico y mucha gente salía corriendo despavorida de los
cines?
—¡Anda ya,
pues no es para tanto!
—A ti
querría yo verte —le dijo mi hermana— viéndola a solas como hice yo
de joven.
—Ah, ni
pensarlo, soy incapaz de ver una de miedo a solas.
—¡Ni yo
tampoco! —contestó su madre— Ya ves, con lo atrevida que era
entonces...
Así fue
cómo, en mi opinión, mi sobrina desperdició una gran película
de terror por haberla visto en, digamos, muy malas condiciones.
Una película dramática se ha de ver siempre con toda la predisposición del mundo a llorar a moco tendido (con muchos clinex a mano) Aguantarse el llanto es desaprovecharla.
Del
mismo modo, uno ha de sentarse ante una película cómica con ganas
de soltar la carcajada, de reír sin complejo en cuanto se presente
la oportunidad. Poner cara de palo o ser muy exigente no ayudará
mucho.
Y una
película de miedo, siempre, repito, siempre, se debe ver con toda la
intención de pasar miedo. Nada de acomodarse a plena luz del día,
muy acompañado o con ganas de cachondeo. Hay que buscar el lugar y
el momento oportuno y crear el ambiente propicio.
Todo lo
que no sea actuar así es tontería.
Me
parece a mí que tanta risa fue la válvula de escape para evitar el
miedo que realmente les daba, que no quisieron tomarla muy en serio
para no sugestionarse y pasarlo mal.
Sin
embargo, soy de la opinión de que para disfrutar bien del miedo hay
que pasar por el trago de pasarlo mal. No hay vuelta de hoja. Si
eres fan del miedo, vive el miedo.
Recientemente,
revisando libros de mis estanterías, encontré un par de volúmenes
de narraciones breves de terror.
Recordaba lo mucho que me
impresionaron algunas de aquellas historias en la adolescencia, y en
un arrebato por volver a sentir aquella sensación me puse a leer.
Error: era de día y no lograba meterme dentro de la historia.
Esperé a la noche y entonces leí con calma. Tampoco, no sé por qué no me parecían tan buenas como en su día las encontré.
Esperé a la noche y entonces leí con calma. Tampoco, no sé por qué no me parecían tan buenas como en su día las encontré.
Pero soy
tan del gusto de sentir esa burbujeante intranquilidad que acompaña
a la sensación del miedo que quise revivir aquello como fuera.
Se me ocurrió entonces buscar en YouTube grabaciones de efectos especiales y encontré una que me pareció perfecta: más de una hora de intensa tormenta con truenos lejanos.
Se me ocurrió entonces buscar en YouTube grabaciones de efectos especiales y encontré una que me pareció perfecta: más de una hora de intensa tormenta con truenos lejanos.
Y así,
con los auriculares puestos, sumergido en un ambiente tenebroso en el
que se escuchaba el inquietante sonido del viento entre la vegetación
y hasta lo que parecían pasos entre la lluvia, empecé a leer,
adentrándome en la historia como si todo lo que acontecía me estuviera ocurriendo a mí
mismo.
¿Que si
pasé miedo entonces? ¡Más que un tonto! Cuando acabé el relato me apresuré
a cerrar el libro y buscar música porque me pareció que había
alguien agazapado escudriñándome desde la oscuridad.
¡Ahí
está la placentera sensación del autoengaño que se ha de buscar!


















