19 de abril de 2022

EL CONVENTO DE LAS MANTIS

 Tendría yo unos nueve o diez años cuando me dio por escribir diálogos entre insectos. La idea de que unas hormigas hablaran con una araña, (que era una bruja), me pareció de repente una idea muy atractiva, y con el tiempo fui añadiendo protagonistas: un caracol, un saltamontes, un ciempiés... 

Fueron probablemente mis primeros intentos por dejar salir esa imaginación que me correteaba por dentro.

Imaginad cuál no sería mi sorpresa cuando poco después se empezó a emitir en la tele aquel programa de dibujos animados que se llamaba La abeja Maya,  en el que los insectos también hablaban entre ellos y en el que además aparecía una araña, (¡que casualmente era una bruja!) y un saltamontes, y un caracol… 

Recuerdo, a pesar de los muchos años transcurridos, la fascinación que aquello me produjo. Era como estar viendo mi propia idea en una pantalla, con formas y colores.

Algunos años después cayó en mis manos “El bosque animado”, el maravilloso libro de Wenceslao Fernández Flórez, que volvió a afianzar en mí la idea de que dotar a animales y plantas de emociones humanas resulta fascinante y seductor.

Y es por eso que, recuperando de algún modo aquella mi primera iniciativa de niño por escribir una historia de insectos, y sustituyendo el lápiz de ayer por  teclado de hoy, me aventuro a dar forma y color a una historia para el blog que he llamado “El convento de las Mantis”.

***

La comitiva, si aquello era tal cosa, estaba formada por dos escarabajos peloteros delante y otros dos detrás, escoltando a Monseñor Grillo, que  marchaba en el centro y se iba secando el sudor con un pañuelo. El incansable ritmo que llevaban aquellos guías tan bien entrenados  le obligaba a hacer un esfuerzo al que no estaba acostumbrado.

Tener que ir dando saltos lo tenía malhumorado; no era tanto por el denso calor de aquella tarde de agosto, sino por el polvo del camino, que estaba apagando el brillo de su  sotana, y para Monseñor Grillo, de natural presumido, tener buen aspecto era algo primordial.

—¿Están ustedes seguros de que no nos hemos perdido? —preguntó al enésimo brinco.

Una libélula en presuroso vuelo hacia su charca se detuvo en seco al ver aquellos cinco puntos negros avanzando por la senda y descendió  en picado para curiosear.  La sombra que proyectó en el suelo alarmó de tal forma a Monseñor Grillo que  instintivamente hizo una pirueta para ocultarse entre unas piedras.

—Le pido disculpas si le he asustado –dijo la libélula tras posarse a su lado–. Tan sólo me preguntaba quiénes serían ustedes.

Uno de los escarabajos, tras dar un silbido a sus compañeros para avisar del alto en el camino, protestó.

—¡Señora, no es momento de detenerse a charlar! ¡Monseñor Grillo tiene mucha prisa!

—¡No tanta! –dijo éste asomando la cabeza– Lo cierto es que  hace un calor cri... cri... crispante, y necesito un descanso.

La libélula accionó con fuerza sus cuatro alas para abanicar el sofocado rostro de Monseñor Grillo.

—Ahh, bendita sea su gracia, amiga mía. ¡Qué brisa tan ric...ric...rica!

—Puedo acompañarles —se apresuró a decir la libélula—. Si ustedes me lo permiten, claro.

—¡Ningún problema! —dijo el grillo mientras se situaba de nuevo entre los escarabajos— Ahora que veo que no es usted ningún bandido cri… cri… criminal  de los que roban  anillos a los curas, venga con nosotros si le place.

—¿Y hacia dónde van?

—Voy a visitar el convento de las mantis religiosas, ¿lo conoce usted?

—Si es el que hay a los pies del ribazo de los almendros, se lo han saltado ustedes.

—¿¡Cómo es eso!? —exclamó Monseñor Grillo echando una mirada de reproche a los escarabajos.

Efectivamente, tras retroceder unos metros, llegaron al destino previsto. Las lluvias primaverales fueron tan abundantes que gran parte del convento estaba camuflado por hinojos y ortigas silvestres, que se habían apoderado del muro. De hecho todas las entradas estaban selladas y en la única puerta visible se había dormido un caracol serrano, impidiéndoles el paso.

—A ver —dijo el grillo tocando con los nudillos el caparazón del molusco—, estos individuos no se despiertan así como así. 

—¡Colegas! —bramó uno de los escarabajos— ¡A sacar a este tipo de aquí!

Y los cuatro se apresuraron en excavar por debajo del caracol hasta despegarlo del suelo y hacerlo rodar lejos de allí.

Al fin Monseñor Grillo pudo situarse ante la entrada del convento y pidió a los acompañantes que le esperaran allí afuera.

Tardó varios segundos en acostumbrar sus ojos a aquella penumbra. Fue al llegar a un claustro maloliente cuando descubrió nueve bultos estáticos como nueve columnas encantadas.

¡Buenas tardes, hermanas!

Como un engranaje perfectamente sincronizado, nueve cabezas se giraron al unísono para mirarle.

A Monseñor Grillo se le heló la sangre.

—Santo Cri...Cri...Cristo —murmuró— ¡Qué famélicas están estas mujeres!

La abadesa dio unos pasos temblorosos hasta acercarse. Como dictaba el protocolo, Monseñor Grillo le ofreció la mano derecha. La mantis la aferró y besó su anillo durante unos segundos que al cura se le hicieron interminables. Cuando observó que la abadesa estaba lamiendo el anillo y también su dedo retiró la mano bruscamente.

—Pues estaba deseando conocerlas —dijo con forzada desenvoltura mientras caminaban alrededor del claustro–. Me parece muy loable el recogimiento, el silencio y la oración del que son famosas en toda la comarca.

Vio entonces Monseñor Grillo algo extraño en el suelo, y al acercarse descubrió la pata trasera de un saltamontes, con su tarso y sus espinas.

—¡Por todas las almas benditas! ¿¿Qué hace esto aquí?? 

—No se alarme, Padre —dijo la abadesa con voz cavernosa—. Es el brazo incorrupto de San Caelífero, de quien somos devotas.

—Pero… ¿aquí en el suelo? ¿No debería estar en una urna?

Al mirar hacia una monja muy joven que quedaba a su derecha, Monseñor Grillo quedó impresionado. 

—Hermana —dijo a la abadesa bajando la voz–, cuando yo me marche, hágame el favor de recri...cri.. cri...recriminar la actitud de la novicia que tengo a mi lado. 

—¿Por qué? ¿Qué ocurre?

—La he visto relamiéndose los labios de una forma muy soez. Es más, ahora mismo está chupándose las manos… ¡y los brazos! ¡Y lo hace sin apartar la vista de mí!

—Es que es tan joven, Padre… ¡y tan inconsciente! Pero sí, la castigaré por ello.

—Bueno, tal vez no sea necesaria demasiada acri...cri… acritud. ¡Pero llámela al orden!  Algo así no es digno de este santo lugar. 

Fue entonces cuando Monseñor Grillo, aturdido ante tanta anomalía, decidió acelerar su partida y dio una palmada al aire que, por inesperada,  levantó las túnicas aladas de las religiosas.

-¡Cri...cri...criaturas de Dios!, – dijo proyectando la voz – quisiera que sigáis siendo las almas puras y cri… cri… cristalinas que veo en todas vosotras. 

Las mantis fueron acercándose hasta rodear al grillo.

—Voy a leer un breve salmo de las Sagradas Escri… cri… cri… Escrituras... 

Al levantar los brazos mostró ampliamente su vientre orondo, brillante, emanando efluvios de calor estival, con fragancias del polen y del polvo del camino.

Los dieciocho ojos fervorosos que lo observaban reflejaban la palpitante panza del santo grillo.

—Y hagamos ahora un acto de contrición…

Pero de los estómagos de las mantis, ajenas ya a la verborrea del orador, sólo se escuchaban actos de contracción.

—¡Madre! —interrumpió una de aquellas monjas dirigiéndose a la superiora— ¿Nos da usted su permiso? 

Y la abadesa, con un imperceptible temblor de mandíbulas susurró: “Adelante, hermanas”


Los cuatro escarabajos vieron el anillo de Monseñor Grillo salir rodando por la puerta. Uno de ellos, cansado de tanto esperar, entró al convento y regresó con la cara desencajada.

—Compañeros, ya podemos irnos.

—¿No esperamos a Monseñor Grillo? —preguntó la libélula.

—De Monseñor Grillo ya sólo podría salir su alma. Y visto lo visto, ¡ni eso creo que le vayan a dejar!




20 de marzo de 2022

EL BESTIARIO DE JURADIA

Hablando en serio, ¿cómo puede haber gente que dude de la existencia del monstruo del lago Ness? 
¿Qué razón de existir tendría ese lago escocés sin su tímida criatura guardando las profundidades? Sería tan absurdo como triste.

Pero para ahondar aún más en lo insólito, también hay un abundante número de habitantes de este planeta que no cree en los fantasmas. ¡Por favor! Hay muchísimos castillos vacíos , muchísimas mansiones sombrías como para desperdiciar la oportunidad de que los habiten estos admirables entes. Con ese dejarse ver sin ser vistos del todo, su postureo tras las ventanas y ese escalofriante arrastrar de cadenas... ¡Son absolutamente necesarios! ¿Qué falta de empatía es esa?

Yo tendría que haber vivido en la Edad Media, cuando el mundo estaba a medio descubrir, cuando apenas había libros al alcance de la mano y la gente creía en lugares mágicos y seres fabulosos. ¡Claro que sí! Vivir creyendo que tras la cascada de un bosque neblinoso podías encontrar un unicornio  de blancas crines  debió de ser excitante a más no poder. Donde esté algo así que se quite Internet.

La certeza de que si viajabas más allá de tu modesto hogar arribarías a lugares donde habitaban las sirenas, los dragones, los duendes o bestias de muchas cabezas...  es que no veo más que pura adrenalina y ganas de emociones fuertes. 

Hoy me siento tan medieval que, aunque sea por unos minutos, seré uno de aquellos hombres de fe que ilustraban y describían lo nunca visto con tanta precisión que hasta ustedes mismo se contagiarán de mi apasionamiento y creerán en estas bestias.

Eso sí, pongan un poco de su parte, por favor.


EL COCKADULIDO

Vive en las grutas más profundas de las montañas calizas del Yemen. 
El Cockadulido es del tamaño de un caballo sin jinete. Tiene cabeza de pollo patriarcal, cuerpo de rinoceronte  serrano y cola de reptil sin precisar. 

Se puede reconocer al macho por tener en su lomo una mancha con el relieve exacto de la región de Murcia. Las hembras tienen la piel mucho más hidratada y ponen cinco veces más huevos que los machos. 
Son muy dados a cascar nueces con las patas traseras, aunque rara vez las ingieren después. Es más por el crujido, que les mola. 
Se alimentan exclusivamente de pequeños coleópteros macerados con el rocío de la madrugá.
Son extremadamente peligrosos, pero sólo si te adentras en las grutas más profundas de las montañas calizas del Yemen y gritas: ¡Sal, hijueputa!




EL TAPYRSIGUIDO

Bestia maravillosa muy de ver y  poco hallar.

Apreciada como mascota de nobles y noblesas que gustan de admirar su cabeza de tapir, cuerpo de tigre, cola de escorpión y alas de libélula.

Sale de su escondite en  muy raras ocasiones, especialmente si algún presbítero va echando por el suelo pulpa de tamarindo. 
Su caza es muy elaborada pues hay que embriagarlo con grandes cantidades de vino de Oporto, y una vez dormido enfundar sus orejas, altamente venenosas (no así su aguijón, que es de adorno).
Los más valiosos tienen una de sus patas albinas y una garra de iguana azulífera que rasca las espaldas como nadie.
Sus alas tardan 76 años en desarrollarse del todo. Para cuando están listas, el tapyrsiguido ya no tiene ganas de volar.


EL NOSFERUBEATO

Pasa las horas del día dormitando en las más altas ramas de los más altos árboles en las montañas más altas de Malta, husmeando lo que se cuece desde allá arriba.

El Nosferubeato tiene cabeza de murciélago trasnochador, cuerpo de águila vieja y cola de patas de calamar. De su cuello cuelga siempre una medalla de Nuestra Señora de Covadonga, de quien es devoto.
Existe una gran variedad de familias de Nosferubeatos: el moquillo amarillo, el ojillo de almendra, el piquito de oro, el golfillo cornudo, el calvete de ronda... Todos realmente parecidos salvo por sus grados de sordera.

La infusión de su cola sirve para curar la gota y sus excrementos tapan las goteras.
Su imagen aparece en el escudo de los Condes de Malabares y Sigüenza.



LA MORSAGEA

Avistada por los más osados marinos que sortearon las costas de Terranova, Finisterre y Terraterre, la Morsagea aparece entre la espuma de los acantilados portando el Mundo en su aleta derecha. 

Su imagen es la de una magnífica cabeza de ciervo con cuerpo de morsa y barbas de orangután, y en su lomo lucen las plumas de las 18 especies de aves del paraíso en orden alfabético.
Tan bella  estampa suele dejar sin aliento a los hombres de la mar, que vomitan por la borda entre lágrimas de fervor y hurras a los cielos.

En la época de apareamiento la Morsagea deja brotar alguna planta trepadora por sus astas. Cuando la planta florece, la bestia eructa, sonríe y cae muerta al mar, llevándose consigo al Mundo entero.



LA BELICAE HIRSUTA

Es la más temerosa bestia que pueda conocer la Humanidad. 

Se arrastra por los Montes Urales como una viscosa serpiente cascabel (de auténtico cascabel dorado, para deslumbrar a los incautos), cartilaginosas patas de araña y cabeza de misil que mira amenazante hacia occidente.

No sirve como mascota, ni siquiera como palabrota, tampoco como remedio para los males pues ella es el mal sin remedio.
De todos los  monstruos aquí expuestos es el único al que les permito que ignoren y olviden y opto por que quede aplastado en este bestiario de la Edad Media que me acabo de inventar y que devuelvo a los anaqueles del siglo X.

Y ya, antes de despedirme, les lanzo una última pregunta:

¿Verdad que deberíamos apoyar la existencia de nuestro inocente monstruo del lago Ness?

12 de marzo de 2022

TESOROS DE ROJIZO RESPLANDOR


 Y de nuevo es protagonista mi bisabuelo Francisco, como en la entrada anterior.

Esta es una foto tomada en  1965, en la boda de mis padres. 

Me dicen que fue siempre un hombre de buen carácter y excelente salud, a pesar de que siempre andaba con un cigarrillo entre los dedos.

"¿Sabes cuándo empecé yo a fumar? —comentaba— ¡En Cuba! Las negras de allí me enseñaron a liar tabaco."

Por fortuna nunca tuvo ninguna enfermedad, ni tan siquiera leve, y caminaba ágil y "molt be plantat", como decía mi abuela.

Me cuentan que mi bisabuela Ana María envejeció mucho peor que él, y llegó un momento en que una de sus hijas se la llevó a su casa para atenderla mejor. Mi bisabuelo, que siempre había vivido en el campo, no se vio capaz de encerrarse en un piso en la ciudad y prefirió quedarse con la otra hija, mi abuela.

"Pero cuando llegaba el fin de semana - cuenta mi madre -  se acicalaba a conciencia, frotándose  cabeza y cuello con aguardiente, porque era lo que mejor le funcionaba para eliminar la grasa de la piel, y cuando se vestía y se ponía el sombrero nos decía: <<¡Hala, me voy a ver a la novia!>> y se marchaba a ver a su mujer"

Ana María murió sin llegar a conocer a ninguno de sus catorce bisnietos, pero Francisco, que alcanzó los 92 años de edad, pudo ver las caras de seis de ellos, siendo el último un tal Juan Ramón, que en estos momentos está rememorando esta historia.

Una mañana de domingo, paseando por el mercadillo que ponen junto a la iglesia de Orito, mi bisabuelo se acercó a  uno de los puestos para comprarme el que considero mi primer juguete, y que, aunque parezca mentira, todavía conservo.

Me encanta contar esta anécdota porque el regalo en cuestión fue... ¡un pequeño tridente de madera!

Pensar que fue una casualidad me resulta de lo más aburrido. Yo prefiero creer que ya vio en mí a un pequeño diablo (tenia tan solo dos años cuando me lo compró) o que intuyó que ese bisnieto iba para diablo y necesitaba sus accesorios.

También es posible que todo comenzara en el mismo momento en que agarré yo aquel "cetro" y que ese gesto me hiciera comprender para qué estaba yo predestinado.

En cualquier caso, creo que mi bisabuelo acertó de lleno al elegir aquel objeto para mí. Seguro que nunca imaginó hasta qué punto.

Que tuvo muy buena salud hasta el final lo demuestra el hecho de que murió de repente, sin muestras de aviso. Una mañana estaba viendo cómo cambiaban el pañal a uno de sus bisnietos y haciendo incluso bromas al respecto cuando la vida le dijo "hasta aquí hemos llegado". Se fue sin molestar, sin sufrimiento, sin hacer ruido.

El tridente es, por tanto, el primer tesoro del que quería hablar. 

El segundo perteneció a mi abuela Anita y podría considerarse el contrapunto del anterior. 

Esta foto fue tomada en 1913, el día de su Primera  Comunión. 

Anita era la mayor de las tres hijas de Francisco y Ana María. La pequeña era Concepción, y Práxedes, la segunda, fue una niña tan particular que quise contar su historia  aquí

Observando la foto, se puede apreciar sobre el reclinatorio el pequeño misal de tapas de nácar que llevaba aquel día. 

Pues bien, un día lo encontré en su casa y me pidió que lo guardara yo.

Hoy pienso que fue su forma de dar equilibrio a mi vida.

"Si mi padre te hizo diablo —debió pensar—, yo te doy ese misalito, para que no seas malo del todo"

Y por eso será que he conseguido ser un buen diablo. Pero ojo, "buen diablo" no es un oxímoron en este caso. Soy un buen diablo porque soy un diablo de los buenos, de los de verdad. ¡Eso que quede claro!


En la tapa posterior hay un lugar donde guardar el crucifijo. Una  pestaña abatible sirve para abrir o cerrar ese mágico escondite.


(Mi abuela Anita y yo)

El tercer tesoro es el peor conservado, aunque, según como se mire, está en perfectas condiciones.

Y también le encuentro hoy una explicación a que lleve tantos años conmigo.

La historia viene de cuando éramos niños. 

A finales de los años 70 y principios de los 80 nuestros primos de Sevilla venían de vacaciones a Petrel. ¡Qué veranos aquellos! No nos cansábamos de jugar.  Cuando no era al escondite, era a polis y cacos, o a mojarnos con la manguera, o a hacer cabañas, o a contar historias de miedo... 

Yo me llevaba especialmente bien con mi prima María José, que a sus 12, 13 años cantaba perfectamente las canciones de Olivia Newton-John; las de Grease y Xanadú. A mí se me caía la baba escuchándola.

(Mi prima María José conmigo y mis hermanos)

Una de aquellas tardes, momentos antes de regresar a Sevilla, estuvimos jugando a intentar comernos unas manzanas colgadas de un árbol, sin utilizar las manos, cosa nada fácil. Llegó la hora de despedirnos y de ver con pena cómo subían todos a aquel Renault 12 rojo y se alejaban por el camino del campo.

Poco después pasé por el árbol donde colgaban las manzanas mordidas. El pensar que unos minutos antes habíamos estado riendo allí me produjo una nostalgia enorme y no sé bien por qué decidí que tenía que guardar la manzana que se había comido mi prima, con la idea de mostrársela cuando volviera.

Y así ocurrió. Se sorprendió al verla al verano siguiente, arrugada y oxidada y le hizo gracia el que hubiera tenido yo la ocurrencia de guardarla.

¿Y qué hice entonces? ¿Tirarla a la basura? No, qué va, ya puestos pensé que la podía guardar un año más. Y después otro. Y otro. Y otro.

Y sí, la manzana en cuestión, la que se comió mi prima aquel verano ¡tiene hoy más de cuarenta años!

(Hasta  el hilo con el que fue colgada)

Digo yo que si el diablo tuvo mucho que ver con una manzana (la de Adán y Eva) yo no iba a ser menos y guardo como un tesoro la manzana de María José, tan prehistórica ella, tan en los  huesos la pobre. Pero con un ADN sano como un roble, que lo sé yo.

Madre mía, creo que estoy fatal.
Pero también creo que me ha quedado una entrada chula, ¿no?

23 de febrero de 2022

MI BISABUELO FRANCISCO

 Conservo este carnet de mi bisabuelo, fechado en el año 1949.

"ASOCIACIÓN DE SUPERVIVIENTES DE LAS CAMPAÑAS DE CUBA Y FILIPINAS"

¡Cuántas cosas imagino al leer ese enunciado!  Creo que podría dar paso a una apasionante novela en la que se hablara de valor, de sufrimiento, de adaptación, de añoranza, de hermandad, de vencedores, de vencidos... 

Y cómo me hubiera gustado escucharle contar las experiencias de aquella etapa de su vida de la que apenas nada sé.

Aunque algunas cosas puedo contar.

Sé que embarcó en Alicante, en el año 1895, a bordo del vapor "San Agustín" y que el viaje hasta Cuba duró dos semanas. Tenía entonces 19 años.

Como ya sabemos, en aquella guerra contra Estados Unidos, España perdió las últimas colonias que tenía en ultramar: Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam, y dicha pérdida dio lugar a la expresión "desastre del 98" y a una generación de escritores con un marcado pesimismo en sus obras.

Mi abuela contaba que su padre fue ayudante de un alto mando en La Habana y que en una ocasión éste le ordenó que se apresurara a prepararle un café pues tenia que marchar a otro lugar. Por más que buscó, mi bisabuelo no encontraba el colador, así que con tal de no resultar un inepto y cumplir la orden con diligencia, se sacó el pañuelo del bolsillo y lo utilizó como filtro, saliendo airoso del apuro. 

Mi madre, su nieta, también nos contaba algunas anécdotas. 

"Estando en Cuba le llamó mucho la atención encontrar tantas parejas mixtas, con hijos blancos, negros y mestizos, y hablaba de haber visto a una mujer negra con grandes rodales claros en la piel, lo que le recordó a una vaca"

Esta es otra  foto que se hizo en La Habana muy bien conservada.

Buscando información sobre aquella contienda he encontrado una detallada relación sobre las bajas que me ha dejado sobrecogido. Dice:

 "Salvo error u omisión, estas fueron las bajas en Cuba:

Muertos en el campo de batalla: 2.032

Muertos a consecuencia de las heridas recibidas: 1.069

Muertos por la fiebre amarilla y el vómito: 16.329

Muertos por enfermedades diversas o accidentes: 24.959

Total: 44.839"

Es decir, que las bajas en lucha fueron  de un 7% frente a ese brutal 93%  debido a enfermedades. Es algo que desconocía por completo.

Y ésta es otra de las cosas que recordaba y comentaba mi bisabuelo, que conoció a un general que tomaba pequeñas dosis de veneno con la intención de tratar su enfermedad. Ignoro si  conseguiría vencerla.

Desde luego con estos datos tan sorprendentes, la palabra SUPERVIVIENTES del carnet parece cobrar mucha más importancia. 

Cuando tres años después mi abuelo regresó a su Petrel natal, Mercedes, la novia que había quedado esperándolo se había comprometido con otro joven.

"Uy, aquello trajo cola - recuerdo contar a mi abuela - Ocurrió que un día de mucho calor;  iban varios jóvenes paseando por el campo y un tal Perico, al que apodaban "Tres y pinta", le prestó a Mercedes un abanico. Cuando después ella fue a devolvérselo él le dijo que se lo regalaba. Y mira, que a partir de aquello se hicieron novios"

Mi hermano Fran, el "historiador" de la familia nos amplía información.

"Aquel abanico es conocido por ambas familias como "el abanico de tresipinta". Todavía existe, lo conservan los descendientes enmarcado y  desde luego no fue un regalo cualquiera. Tiene adornos dorados en la madera, y bordados de lujo... Vamos, que no lo tenía en el bolsillo por casualidad,  fue claramente su táctica para conquistarla."

La ruptura del compromiso enemistó a ambas familias, que dejaron de hablarse.

"Fíjate —me contaba Fran—,  que ya se habían hecho fotos juntos, cuando en aquel tiempo hacerse una foto en pareja antes de una boda significaba un compromiso muy serio. Así que los padres de él rompieron todas las fotos en las que aparecía Mercedes."

Pero qué vamos a hacer nosotros, los descendientes de mi bisabuelo, sino alegrarnos de que aquel fuera el designio del destino. La historia hubiera sido otra y yo no estaría aquí para contarla. 

¿Que perdió la novia al marchar a la guerra? Se me ocurre una expresión muy ad hoc: "¡Más se perdió en Cuba y vinieron silbando!" 

Dice mi madre que nuestra bisabuela Ana María se alegró muchísimo al saber que Francisco se había quedado sin novia pues estaba secretamente enamorada de él. 

"Y tuvo la dicha de que él le pidiera matrimonio. Y vivió  a su lado profundamente enamorada. Hasta el último día de su vida"

Y si quedaba algo curioso por contar, aquí lo traigo: 

Mi prima Carmen, bisnieta al igual que yo de Francisco y Ana María, se casó en 1979 con Tivo, ¡bisnieto de Mercedes y Perico!, por lo que, mira por dónde,  el tiempo volvió a unir a las dos familias: los Carrasco y los Tresipinta.

Pero cómo no sería de sonada la ruptura de aquel compromiso que el incidente siguió coleando durante muchos años. De hecho, me contaba Tivo que antes de su boda con mi prima Carmen, una mujer de la rama de los Carrasco le dijo: "Ahora no se te ocurra hacer como tu bisabuela, que dejó al novio plantado" (¡Toma dedito en la llaga!)

Creo que otra cosa graciosa es que en esta entrada  yo sólo iba a contar una anécdota de mi bisabuelo relacionada directamente conmigo, pero la aparición del carnet de superviviente ha desembocado en todo esto. 

La dejaré para la próxima entrada, que hoy ya se ha hecho tarde.     

20 de enero de 2022

EMPEZARÉ EL AÑO CON PEPINILLOS

 Acabo de meter en la nevera de mi centro de trabajo un nuevo tarro de pepinillos. 

Se habían acabado y era fundamental reponerlos para sentir que todo funciona bien.


No sé si es curioso o preocupante, pero en mi vida hay determinados actos cotidianos  que durante mayor o menor tiempo se llegan a convertir en rituales inamovibles.

No concibo, por ejemplo, comenzar  mi jornada laboral sin hacer lo siguiente:

1) Llenar de agua la botella que habré de beber durante la tarde.

2) Dar una vuelta por todo el edificio para apagar las luces innecesarias.

3) Abrir la nevera y comerme un pepinillo.

Con las dos primeras jamás he tenido  problema, pero en ocasiones, cuando se terminan los pepinillos, pueden pasar un día o dos hasta que vuelvo a comprar más y en esos días de abstinencia me queda una sensación de protocolo fallido, de labor descompensada, de no empezar bien el día.

Lo cierto es que ni yo mismo entiendo cómo han llegado a ser los pepinillos un aliciente crucial de mi día a día si cuando yo era joven (más joven, quiero decir) no me gustaban en absoluto y siempre los sacaba de las hamburguesas del Burger King

Pero, misterios de la vida, hoy me chiflan.  

Es casi una experiencia mística coger un tarro grande de la estantería del supermercado y observarlos a través del cristal, amontonados como extrañas vainas  de un color verde ciencia ficción, como si fueran criaturas deformes creadas por un científico sin alma. 

Además, si agitas el tarro, las semillas del fondo empiezan a navegar ralentizadas, como  esporas que despiertan de un eterno letargo en  su medio agridulce artificial.  ¿Puede haber algo más bello?

También puede resultar raro que, cuando tanto me gustan, sólo me coma uno al día. Es algo que ni yo mismo sabría explicar pero que forma parte de ese ritual que se ha de cumplir con respetuosa precisión: 

Abrir bote.

Extraer pepinillo con los dedos.

Dar mordisco a 1/3 del mismo.

Escuchar el sonido cruuj (de crujiente)

Permitir la total sumisión de las papilas gustativas.

Dar el segundo mordisco con los ojos en blanco.

Masticar el último trozo entre velados suspiros.

Chuparme los dedos.

Cerrar bote  y hasta mañana. 

Estaremos de acuerdo en que el concepto de felicidad  no se puede definir con precisión, por ser ésta tan subjetiva y hallarse  en cosas diferentes según cada cual, pero sería interesante que cada individuo  intentara definir su idea de  felicidad, describirla  según sus gustos y  sentimientos  personales. Me encantaría saber qué lugar ocuparían los pepinillos  en ese ranking . Queda expuesta la idea para cualquier estudiante que me lea.

Abro paréntesis para decir que he buscado en Google algún estudio sobre la felicidad y he encontrado que existe una forma “científicamente correcta” de llevar la taza de café. No tiene nada que ver con el asunto pero, oye, también puede hacer feliz a alguien saber algo así.

Resulta que, según el coreano Jiwon Han,  ha de cogerse por la parte superior y con la mano en garra. Y que la fórmula que  demuestra que es el modo ideal es la siguiente:

También he encontrado otro estudio que se realizó en el Centro de investigaciones Sisheido, en Yokohama, Japón, que llegó a la la conclusión de que las personas que creen tener olor en los pies, tienen olor en los pies, y las personas que no creen tenerlo, no lo tienen. 

Fascinante.

Cierro paréntesis.

Pero ahora que profundizo un poco en esto, me parece que los pepinillos en sí mismos no serían una de mis acepciones de “felicidad”. Lo verdaderamente gratificante es el “momento pepinillo” como una de las partes de ese todo indivisible que es la ceremonia que realizo a la una de la tarde.

De hecho, de buena mañana un pepinillo a secas podría resultarme la antifelicidad, lo que demuestra, efectivamente, cuán complicado es definir este término incluso a modo personal.

La felicidad total y absoluta a cualquier hora del día sería, por ejemplo, una cucharada  de dulce de leche. ¡Eso sí que sí! ¡¡Pecado mortal de salvación eterna!! 

Y digo una cucharada por no decir el bote entero. Aquí no habría procedimiento de “una al día y hasta mañana”. Lo mío con el dulce de leche es  de veneración y entrega.

Tengo la total convicción de que si se hiciera un concurso mundial para encontrar al mayor goloso del mundo yo entraría en el Top 5 (bueno, quizás he exagerado, pero en los 20 primeros seguro que estaría)

Lo que me fastidia es que cuando yo era joven (me refiero a más joven de lo que ahora soy) podía darme atracones de pasteles sin que se  me alterara el perímetro corporal. Creo que el problema está en que la mente obvia a la edad pero el cuerpo se aferra a ella  con devoción. El cuerpo es un maldito fundamentalista de la edad.

Para suplir esta necesidad de dulce felicidad he llegado a autoexperimentar algo maravilloso. De momento es sólo una hipótesis  que está en fase de prueba y error, pero parece (creo) que tiene base para ser verdad.

Esta es mi teoría:

“Cuando te comes un dulce a escondidas, sin que nadie te vea, no engordas” 

¿Verdad que es ilusionante?

El único problema que le veo es que muchas veces corres el riesgo de ser pillado en la despensa con el polvorón en la boca, y eso hace que lo  engullas deprisa y sin saborear el instante.  Pero en fin… el que algo quiere, algo le cuesta.

Creo que la demostración de mi estudio (que como digo empieza a rozar el axioma), radica precisamente en el hecho de formar parte de la ley de compensaciones: las calorías que se ingieren se queman rápidamente ante la agotadora tensión que vives porque nadie te pille metiendo la cuchara en las natillas de la nevera. 

Por esta razón, el experimento no funciona si por ejemplo vives solo y nadie puede descubrirte. Si no hay riesgo alguno de ser pillado, el cuerpo se relaja y las calorías hacen estragos. Es de una lógica aplastante.

Otros ¿rituales?, ¿manías? (las llamaré “ritumanías” ) que iba a contar en esta entrada van a quedar para otra ocasión. Más que nada por no crear ardores estomacales.

Muchas gracias por la atención (si es que la ha habido porque yo después de ver la fórmula del coreano me he salido de mi cuerpo) 

PD. Llevo un buen rato pensando qué titulo le pongo a todo este despropósito y nada, que no me sale. 


23 de diciembre de 2021

CUANDO YO TENÍA DOCE AÑOS Y MI HIJA CATORCE

 ¿Sabíais que en una ocasión el científico Stephen Hawking organizó una fiesta con globos, música y pancarta de bienvenida a la que nadie acudió? 

¿Por qué? Pues porque había convocado a tal evento a todos los que pudieran viajar en el tiempo.

No voy a entrar en temas de física, y menos teniendo que bregar con teorías tan profundas como las del señor Hawking, que no lograría comprender ni con mil maestros Yoda a mi servicio, pero me atrevo a asegurar que, de haber pasado por allí aquel 28 de junio de 2009, yo sí habría entrado a  la fiesta.

Y le habría dicho algo así como: 

"Amigo Stephen, la gente de ciencias os complicáis demasiado la vida. Yo te aseguro que los de letras sí viajamos en el tiempo, y además lo hacemos muy a menudo"

Sé que se le habrían resbalado las gafas de la nariz, pero también estoy seguro de que me habría dado la razón.


Hace unos días, ordenando lo que yo llamo “el armario de las artes y las nostalgias”, bajé del más alto estante una caja metálica, de aquellas tan chulas que comercializó Cola Cao en los años 70. Sabía que en su día había metido  algo valioso allí, pero no recordaba el qué. 

La caja contiene unos cuantos cuadernos que utilicé como diarios entre los 12 y 14 años de edad. Movido por la curiosidad abrí una página al azar y leí, en primorosa caligrafía, que había comprado la revista Super Pop, pues sabía de antemano que incluía un reportaje sobre ABBA con las letras de algunas canciones.

“...y estaba también Mamma mía (en inglés), que no la tengo en cassette y tampoco la he oído”

Esta agradable coincidencia – ahora que ABBA vuelve a estar en boga- fue razón suficiente para que aplazara lo de ordenar el armario para otra ocasión y me pusiera a leer aquellos diarios.

He de decir que aunque están llenos de datos aburridos y con poca sustancia (las horas exactas a las que me levantaba y acostaba, lo que desayunaba, lo que comía, lo que cenaba…) me agradó la candidez que desprendían aquellas páginas y cierta gracia para relatar algunas anécdotas, que me llegaron a hacer reír.

—Mira, Aitana —le dije a mi hija esa misma noche—, esto lo escribí cuando tenia doce años, dos menos que tú.

—¡Ay, qué letrica! ¿Puedo leer algo?

—¡Claro!

—A ver…  16 de mayo de 1979

En clases de repaso Juan Luís tenía en la boca un Bang bang, ese chicle nuevo, y con él me hacia reír. Hacia bombas que al explotar se le pegaban en la cara.

Jajaja, qué gracia me hace pensar en Juan Luis de pequeño.

—Sí, ¿verdad? Quién iba a pensar entonces que aquel amigo sería un día el padrino de Samuel...

- 27 de mayo de 1979

Después de ver Pippi  mi madre nos ha dado 100 pesetas y hemos comprado muchas cosas: petardos, pica picas, cordoneras, megatones… 

¿Cordoneras? 

—Sí, pero no de los zapatos, era el nombre de una chuchería.

—¡Y pesetas! ¡Qué viejo suena esto!

28 de mayo de 1979

En clase nada de particular, bueno, sí, una cucaracha se ha correteado media aula. Las niñas tenían miedo y hasta gritaban un poco, hasta que le han dado un buen pisotón.

Al salir del cole hacía muchísimo calor, el sol ya empieza a apretar, llega el verano. 

En casa hemos comido arroz con lentejas y de bebida limón que ha hecho mi madre. 

Por la tarde en el colegio no ha pasado nada malo ni nada bueno.

—Ay, qué gracia, “ nada malo ni nada bueno”

31 de mayo de 1979

Estos días está haciendo unos días maravillosos, menos hoy a las 10 o por ahí, unos relámpagos grandísimos y una tormenta se acerca. Hace un año, el 10 de junio pasado cayó una piedra que destrozó a muchos campos, Dios quiera que no ocurra esto. Se ha puesto a llover mucho, pero yo he terminado este diario, me he tomado leche con galletas y a “ZZZZZZZ”

—¡Pero cómo que una piedra!

—Sí, me refiero a granizo, es que son sinónimos.

—Pero es que dicho así… ¡Parece que cayó una piedra enorme del cielo!

5 de junio de 1979

Estoy algo penoso porque hoy es el último día que tengo 12 años, estas letras que se ven escritas son de cuando yo tengo 12 años, mañana, mi cumpleaños, y pasado mañana el de mi novia, 13 años.

—¿¿Tu novia??

Aquí era yo el que reía.

—Bueno,  era capaz de decir “mi novia” en el diario, pero en realidad, con solo pensar en decirle “hola” me ponía colorado. Ella ni sabía que me gustaba. Se llamaba Nani.

—¡Ay, qué bonico!

18 de junio de 1979

En el colegio, Don Tomás, a un alumno de la clase, José Ramón, lo ha cogido por los pelos y ha empezado a tirar de ellos mucho tiempo, con rabia, porque nunca haze el dictado cuando Don Tomás lo dicta.

—¡Hala, qué bruto! ¿no?

—Fíjate en cómo han cambiado las cosas. Entonces a los profesores se les respetaba mucho. Recuerdo que cuando entraban en clase nos poníamos todos de pie. Y Don Antonio, mi tutor en octavo, nos decía entonces: “¡Setenta monos!, digo ¡Sentémonos!”

Y Aitana se reía.


22 de junio de 1979

He merendado  pan y queso y después  atún, pero de plaza. Allá a las 10 hizieron una nueva serie : “Holocausto”, un torrao.

Has escrito hicieron con z.

—Sí, ahí hay una falta. Me hace gracia que  aquella serie no me atrajera nada entonces. Claro, no era para niños. Volví a verla más mayor y me pareció muy buena.

26 de junio de 1979

Mi hermano Tomás a veces es más tonto que un gorila con pandereta, el niño dice que Cheryl es más guapa que Farrah.

—¡Que un gorila con pandereta! Pero papá, ¿quién dice esas cosas hoy? 

—Ni hoy ni nunca, eso es tontería de cosecha propia. 

—¡Qué pavo!

—Por cierto, Farrah era una actriz de una serie que al tío Tomás y a mi nos encantaba: Los ángeles de Charlie. Con el tiempo  sustituyeron a Farrah por la actriz Cheryl Ladd, y para mi ya no fue lo mismo.

13 de enero de 1980

Ha nevado mucho, por primera vez he visto la nieve, en Villena. He hecho un muñeco de nieve y he jugado con mis padres y hermanos a tirarnos bolas de nieve.

—¡Qué tierno! ¡Cómo os imagino!

...

Así que Stephen Hawking, que en dorada galaxia esté, me habría dado permiso para entrar a su fiesta.  Aquí queda la prueba evidente de mis saltos  del presente a los años setenta, del siglo XXI al XX y viceversa en un abrir y cerrar de ojos. 

Y no de manera aislada, sino de la mano de mi hija, que a sus catorce años  pudo conocerme a los doce.