20 de noviembre de 2012

EL NOMBRE DE VUESTROS BLOGS

¿Por qué este blog se llama A la edad del diablo?

Esta podría ser una pregunta del Trivial Blogger que yo pediría a los Reyes Magos si tal juego existiera.

Ya conté en su día la razón de que tenga este nombre. Y, por cierto, cuando ayer me dispuse a buscar dónde lo había hecho, me costó dios diablo y ayuda encontrarlo, porque no recordaba el título del post, y a estas alturas, con tanto escrito donde bucear... (¡increíble cómo crecen estos condenados sin que te des cuenta)

Finalmente descubrí que lo expliqué al cumplir los cincuenta (cincuenta posts, no cincuenta años, que para esto aún me faltan un par de siglos)

Hoy, a punto ya de llegar a la entrada nº 300, y preguntándome si los bloggers supervivientes tenéis todavía la misma ilusión que cuando empezasteis, quiero satisfacer una curiosidad que siempre me asalta cada vez que os visito.

Y es que ésta de hoy es una de esas entradas que tengo en mente desde hace mucho tiempo y que siempre ha sabido esperar pacientemente su oportunidad de saltar a la palestra.
Cuando hoy le he dicho que había llegado su hora, se ha vuelto loca de contenta, la pobre.

Mi curiosidad, en forma de preguntas, y al mismo tiempo de post, es la siguiente:

¿Por qué tu blog se llama como se llama?
¿Te costó mucho encontrarle un nombre?
¿Barajaste más de un título antes de bautizarlo definitivamente? 
¿Cuáles eran los candidatos que se quedaron llorando en la calle?

Y ya puestos... tu nick, ¿a qué es debido? ¿Por qué esa foto del avatar? Ya sé que muchos firmáis con vuestros verdaderos nombres, pero me gustaría conocer además los casos en los que no es así.

Todas estas particularidades, (que podrían formar parte del Trivial Blogger que yo pediría a los Reyes Magos si tal juego existiera) tal vez las hayáis contado alguna vez en vuestros blogs, y algunas sí las conozco, pero me da igual, hoy mi grado de curiosidad y fisgoneo ha llegado a su cota máxima y voy a pediros que me lo contéis por primera vez o de nuevo.

Además, no importa que hayáis participado poco o nada en este blog, me gustará saberlo igualmente, y así, esta podría ser una entrada que, además de saciar mi malsana curiosidad, sirva en parte como promoción blogueril.

A cambio os diré algún secretillo, como que este blog estuvo a punto de llamarse Mi escribania. De hecho, ese es el nombre que consta en la URL . Y que también pensé en Diario de Joao (solo porque me gusta cómo suena mi nombre en portugués. Sí, pavadas de esas)

Me pregunto qué hubiera sucedido de haberse terminado llamando así. 
Con toda seguridad yo no firmaría entonces como JuanRa Diablo, y aunque hubiera seguido siendo un blog personal, mucha de la temática y la idiosincrasia ( del griego hacer el indio sin gracia) del mismo, no habrían existido.
No habría habido diablillos escondidos all around the world, ni un Museo del Diablo, ni yo tendría un Jefe con cuernos tan cabrón, ni os escribiría desde este bochornoso infierno (bochornoso no de calor, sino de la necesidad que tiene de que le pinte las paredes) 
Y hasta podría ser que hoy fuera yo una buena persona.

¡Qué cosas!

En fin, nada más que añadir. Entrad y poneos cómodos, que hoy he preparado la mesa camilla y una cafetera gorda para que me contéis esos reservados secretillos tan curiosos de vuestros blogs y de sus abajo firmantes.

Y oye, lo mismo un día todo podría formar parte de algún Trivial Blogger real, que entonces pediré por fin a los Reyes Magos.

12 de noviembre de 2012

Y ME ZAMPÉ LA MAGDALENA

Esta podría ser la última parte de una trilogía montañera que empezó AQUÍ, continuaba por ACÁ, y hoy llega a su meta final.

Primera nota premagdalenera:

Estuve a punto de desisitir un año más. La tendinitis del pie no remitía y los días fueron pasando hasta acabar mis vacaciones de verano, por lo que casi estaba resignado a dejarlo pendiente hasta el próximo agosto
Sin embargo, quizás por el hecho de que todos vosotros habíais sido testigos de mi intención de hacerlo, y porque, qué diablos,  la ilusión seguía intacta, me rebelé contra mí mismo. 
El pie dejó  de dolerme y pensé que, puesto que el verano no había acabado, no iba a aplazar esto por más tiempo, que los sueños (sobre todo los que  no cuestan dinero) no se deben dejar de realizar. 
Así que esperé a que llegara el primer fin de semana, y ese domingo ya tenía todo preparado... para zamparme La Magdalena.

Segunda nota premagdalenera:

Me fastidia tener que contar esto, pero he de ser fiel a la verdad y admitir que yo estaba equivocado y que la sierra que me tenía enamorado no se llama La Magdalena, sino La Umbría del Factor. 
Pero, con el permiso de tantos yeclanos que me lo advirtieron, a estas alturas ya no puedo cambiarle el nombre con el que yo la soñaba, por lo que  me haré el tonto con este tema. 
Digamos que, igual que Vivien Leigh siempre será la señorita Escarlata en Lo que el viento se llevó, La Umbría será eternamente La Magdalena en A la edad del diablo.  
¿Algo que objetar?

Esta es la crónica con imágenes de aquel día.

Domingo  9 de septiembre de 2012. 7:00 de la mañana. Apamen me lleva en coche hasta la cantera del extremo este de la sierra. Yo llevo una mochila con bocadillos pequeños, bebida isotónica, un par de plátanos y unas nueces, unos pequeños prismáticos (te hice caso, Eli), una gorra, el móvil cargado y una cámara de video.
Empecé a ascender cuando el día amanecía.

Los primeros rayos de sol iluminaron con fuerza la cantera, dándole el aspecto de un gigantesco anfiteatro romano.

Empecé con muchas ganas de patear monte, sabiendo de antemano que me esperaban varios kilómetros por delante.
 El primer descanso para almorzar fue junto a esta guarida de... no sé, alguna alimaña, que no hizo acto de presencia. Menos mal, porque no estaba dispuesto a compartir mi bocata de tortilla.
En el recorrido alterné laderas inclinadas con caminos llanos, pero donde más disfruté fue atravesando una rambla natural con recovecos fascinantes.

Los típicos frutos silvestres que ayudan a sobrevivir a los entendidos, pero que a los ignorantes pueden matar para siempre. Sólo los fotografié.
¿Esculturas del Neolítico o señales hechas por los cazadores? Me gusta más creer  lo primero :p

No es el verdor asturiano, pero me gusta. Es el típico paisaje mediterráneo, seco,  en el que abundan los arbustos, matorrales aromáticos y  pinos.

Una ventana natural en la roca. Al otro lado encontré... (si algún día escribiera relatos de fantasía os lo contaría)
Me llevó mucho tiempo atravesar  la masa de vegetación más densa, donde había trayectos con tanta arboleda que me encontraba en agradable penumbra.
Lástima que la batería de la cámara se agotó en lo mejor, la zona boscosa, que me gustaría volver a explorar algún día, pues fue una experiencia extraordinaria.
A la vuelta, ya en llano, pasé por una casa de labranza abierta al viento. En su interior pude fotografiar este polvoriento bodegón etílico.

También encontré un pozo que desprendía un frescor muy agradable. Me autorretraté en el agua del fondo, y en una pared dejé constancia de mi paso.


Primera nota postmagdalenera:

No puedo decir que todo acabara perfectamente. Las 11 horas de marcha me pasaron factura por la noche. El constante apoyo sobre la misma pierna durante el descenso debieron inflamarme algún tendón en un lateral de la rodilla derecha, ocasionándome unos pinchazos que mientras estuve en movimiento pude soportar. Pero después de la ducha y de echarme a descansar en el sofá, es decir, cuando la cosa se enfrió... ¡ayyyy, las pasé canutas! Un dolor insufrible que no me permitía moverme. Me tuvieron que llevar a la cama en la silla de ruedas del ordenador (Sese, abstente a hacer comentarios sobre la edad, ¡que te arreo! :p)
Al final,  a base de mucho Reflex y de aplicar calor en la zona, el dolor  fue remitiendo. 

Segunda nota postmagdalenera:

Quiero agradecer un regalo muy especial: estas dos fotos las hizo una yeclana que este verano hizo un vuelo en aeroplano y, sabedora de mi intención de subir  La Umbría del Factor La Magdalena, al sobrevolar mi querida  montaña la fotografió y me las envió con este título: "No veo al diablo" :D
Gracias Pteri. Unas fotos geniales que resultan un colofón de lujo a mi aventura.
 

La caminata me dejó molido, pero bien mereció la pena.
Y ya podré decir bien alto, cuando desde lejos la vea,
que por fin, amigos míos,  me zampé La Magdalena.

BONUS TRACK:
Dos videos de regalo sobre aquel día.
http://www.youtube.com/watch?v=wNvLzIdUNqQ&list=UURudn3XFd9XrEyYKrK_iNtQ&index=2&feature=plcp



6 de noviembre de 2012

Y ASÍ ME VA


Este mes de noviembre hará 4 años que falleció Joan Bautista Humet, a quien ya dediqué un adiós en su día.

Es curioso que sea hoy uno de mis cantantes preferidos cuando nunca seguí de cerca su carrera musical, y ni siquiera tenía discos de él en casa. 

Pero ocurría que cada vez que  escuchaba  temas suyos en la radio o en televisión, siempre encontraba  frases en sus letras que me tocaban algún resorte por dentro y me hacían reflexionar. 

Y es que Humet cantaba con una sensibilidad muy especial sobre todo tipo de sentimientos, y de una manera tan acertada que los hacía fácilmente reconocibles en uno mismo.

También me sucede que después de alguna larga  temporada sin escucharle, cuando casualmente llega a mis oídos alguno de sus temas más conocidos, como Clara, Que no soy yo, Hay que vivir o Solo soy un ser humano, siempre me resulta un emocionante redescubrimiento en el que encuentro matices nuevos en esas pequeñas historias que, por ser tan humanas,  serán siempre atemporales y no podrán pasar de moda.

Una vez soñé con Joan Bautista.
En una tienda de discos había encontrado esa tarde, sin andar buscándolo, un CD con sus grandes éxitos, a un precio irrisorio además, por lo que no dudé en llevármelo a casa. Esa noche lo escuché con atención y fue una experiencia impresionante, porque la mayoría de sus canciones me retrotrajeron a  tiempos de juventud, y otras que nunca había escuchado, corroboraron la impresión que siempre tuve de que era muy grande escribiendo canciones.

Una en concreto, El invento, me dejó perplejo, pues me hizo sentir completamente identificado con lo que decía, y de alguna manera, esa extraña sensación de verme reflejado tan vivamente en una canción, me afectaría lo suficiente como para que esa noche soñara que lo conocía.

Joan Bautista estaba en un bar, sentado en la barra. Lo vi tras la bruma del humo de los cigarrillos (entonces había humo en los bares, y por consiguiente en los sueños con bares) Yo me acercaba a él sin dudarlo porque me parecía un tipo accesible y cercano. Estaba escribiendo algo con un bolígrafo sobre un periódico y le pregunté qué era.

"Una canción que se me acaba de ocurrir", me dijo. 
Le preguntaba algo más que ya no recuerdo  y me contestaba diciendo mi nombre, cosa que me sorprendía mucho. 
"¿Cómo es que me conoces?", le pregunté. 
Y entonces me miraba y respondía algo así como "Te conozco porque tú tienes tanto miedo como yo"

Y sin entender ahora a qué se refería, no le pregunté nada más, porque en el sueño  encontraba mucha lógica a su respuesta. 
Después quise curiosear lo que estaba escribiendo sobre el periódico y solo alcancé a leer "... y así me va"

El caso es que hace poco volví a escuchar El invento y  recordé el sueño y la sensación que me produjo. Creo que debí insistir más a Humet en si realmente me conocía, porque esta canción me parece siempre haber sido escrita sobre mí y para mí. Y cuanto más pasa el tiempo, más soy yo.


EL INVENTO (1980)

Tengo la vida que deseé,
o al menos quiero pensarlo,
tengo mis buenos amigos,
un gato engreído,
y un coche que me compré,
pasando miedo en el escenario.

Tengo mil sueños que alucinar,
aunque se queden en nada,
media docena de hermanos,
un pueblo al que amo,
y tiempo para pensar,
o encapricharme de una mirada...

Y bien, ¿de qué me sirve el invento?,
estoy, y no me entero de quién soy,
pensé que me encontraba seguro en lo que amé,
pero la angustia sigue por dentro.

Tengo el valor de reconocer
que no soy mi único dueño,
pueden mandarme a galeras
y en casa me esperan
las trampas de mi mujer
... y la sonrisa de mi pequeño.

Cualquier chorrada me hace reír,
me gusta el cine de barrio,
tengo un amor escondido, lo desconocido,
y creo en el porvenir
... si es que vivimos para contarlo.

Tengo una causa que defender,
y yo ya sé cuando gano,
me gusta andar con la gente
que mira de frente,
y no me falta la fe,
para tragar y seguir tirando.

Y bien, ¿de qué me sirve el invento?,
estoy, y no me entero de quién soy,
será que uno no siempre se engaña a voluntad,
porque la angustia sigue por dentro.
Y así me va...

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De todas formas, si en ocasiones a ti también te asaltan  dudas, miedos, inseguridades... Si los anhelos y los sueños por cumplir parecen rezagarse siempre... Si  la incertidumbre te enturbia un poco el horizonte en esta constante búsqueda de felicidad...  Si has descubierto ya  que el amar y el sufrir van siempre cogidos de la mano... Si detrás de muchos suspiros aún encuentras una pequeña gota de gasolina para seguir en marcha... Si    no entiendes muy bien en qué consiste esto de VIVIR pero, como yo, lo valoras como un tesoro inconmensurable... tendré que compartir entonces la dedicatoria de esta canción contigo, pues quizás también fuera escrita pensando en ti.

A fin de cuentas, quedó para todos nosotros el legado del ahora ya inmortal cantautor.

31 de octubre de 2012

UNA HISTORIA DE MIEDO QUE MI ABUELO CONTABA


Aquellas vivencias de las que más gratos recuerdos guardo y  que más me ilusionaría compartir, suelen ser  las que más se me resisten a la hora de plasmarlas  por escrito.
Por más que me esfuerce, nunca logro transmitir todas aquellas sensaciones especiales que me produjeron.

Aún así, cualquier ocasión que me sirva para hablar de mis abuelos siempre merece la pena, aún cuando las palabras no fluyan como me gustaría.
Rememorar sus historias es, en cierta forma, hacerles revivir.

La primera imagen que se me dibuja al pensar en mi abuelo Conrado es la de su habitual presencia en el salón de su casa, sentado en uno de aquellos dos sillones verdes de escay. El transistor a su derecha, al alcance de la mano, y el grave tic tac del reloj de pared acompañando sus plácidas horas, tan sonoro como invisible a nuestros oídos.

No tenía sentido pasar un día con nuestro abuelo sin pedirle que nos contara algún cuento. Lo hizo durante años con mi hermano y conmigo, y seguiría haciéndolo años después con nuestros hermanos más pequeños, sin que yo me desvinculara nunca, pues prestarle atención era siempre uno de esos mágicos momentos en los que el tiempo se detenía y era  sumamente sencillo dejarse llevar por sus historias, que unas veces eran de ficción y otras veces experiencias propias, o casos que conoció en su extensa vida.

En una ocasión le pedimos que nos contara un cuento de miedo y, tras cavilar durante unos segundos, nos dijo.

—¿Un cuento de miedo? Pues mejor que un cuento os voy a contar una historia que le pasó a uno de Petrel hace muchos años.
—¿Le pasó de verdad? —preguntamos expectantes.
—Sí, ya lo creo.
—¿Y es de mucho miedo?
—Pues para vosotros no lo sé, pero él casi se muere del susto.

Y entonces, presurosos a escucharle, guardábamos  silencio. Nos sentábamos en la alfombra, a sus pies, y él, desde su sillón, con el pensamiento vuelto hacia el pasado, carraspeaba un poco antes de empezar a hablar. Debía intuirnos muy atentos ya que no podía vernos, pues con los años nuestro abuelo fue perdiendo la vista progresivamente hasta quedar totalmente ciego.

  —Pues esto ocurrió hace mucho, cuando aún no había electricidad en las casas y la gente se alumbraba por las noches con lámparas de aceite o con algún candil. Fue en un domingo de invierno, que uno que se llamaba Vicente había ido a hacer una visita a la casa de campo de un amigo, que estaba lejos del pueblo, por allá por los campos de Salinas.
Había pasado el día con él y con otros invitados que allí estaban.  
Como al caer el sol se había echao frío, encendieron la chimenea y se arrimaron todos a la lumbre a charlar. Y resulta que estuvieron hablando de muchas cosas, pero de repente les dio por contar historias de misterio, cosas extrañas que les habían pasado alguna vez o que habían oído.

Pese a que ya han pasado décadas desde la última vez que le escuché esta historia, aún la recuerdo bien, pero no sabría reproducirla de aquella forma en que lo hacía mi abuelo, tan suya.

Transcurría la anécdota del tal Vicente hablando del miedo que empezó a sentir, a pesar de ser un hombre acostumbrado a vivir solo sin que ello le amedrentara, pero que en aquella ocasión, por lo que fuere, se sintió incómodo escuchando a aquella gente.
Había oscurecido por completo y pensaba que  tendría que volver solo a su casa y  tanta historia siniestra le había inquietado, por lo que procuró no sugestionarse.   Pero lo que más le angustiaba  era recordar que en el camino de vuelta a casa tendría que pasar necesariamente junto al cementerio.

 —Solo de pensarlo se le ponían los pelos de punta.
Total, que Vicente hacía tiempo que tenía ganas de irse de allí, pero le había entrao tanto miedo que esperó a ver si algún otro se marchaba para no tener que volver solo a su casa, y que al menos pudiera llegar hasta el pueblo en compañía. Pero así fue que el tiempo pasaba y como de allí no se movía nadie y se había hecho muy tarde, se armó de valor para despedirse de todos y marcharse.

Después de haber estao arrimao a la luz del  fuego, lo encontró todo oscuro como  boca de lobo. No había salido la luna , y se había echao mucho aire que hacía que los árboles se movieran, así que por poco no se dio la vuelta para meterse otra vez en la casa, pero le dio vergüenza de imaginar que se reirían de él, y no lo pensó más  y tiró p'al pueblo.

Caminó a buen ritmo Vicente, sin permitirse el pensar demasiado en nada que le asustara, concentrado en dar paso tras paso, con la sola idea de llegar cuanto antes a su hogar. Pero al aproximarse al cementerio se tuvo que detener. La visión de las copas de los cipreses como lanzas negras hacia el oscuro cielo, y que el viento hacía balancear, le aceleró los latidos del corazón. Desde la distancia escuchó el silbar del viento entre el denso ramaje de los árboles y su mente jugó a atormentarle,  haciéndole imaginar que eran las voces de los espíritus del camposanto que le llamaban.

  —Así que Vicente tuvo que arrodear atravesando muchos  bancales para no seguir el camino, porque prefirió tardar más en llegar en tal de no pasar por allí.
Pero cuando por fin llegó al pueblo y abrió la puerta de su casa, el miedo no se le había pasao.

Tan sugestionado estaba que hasta su casa le pareció más silenciosa que de costumbre, y sintiéndose como un advenedizo que hubiera entrado a interrumpir su quietud, se apresuró a encender una lámpara de aceite para dirigirse a su habitación, en donde se encerraría para pasar la noche.

—Echó el pasador de la puerta, se metió en la cama y se dijo: Nada, Vicente, ya ha pasao todo. Ahora a dormir y mañana será otro día.

Pero no le resultaba nada fácil relajarse después de lo escuchado aquella tarde y del desasosiego  acumulado en el trayecto. Por si fuera poco, en la quietud de la noche le llegaban ruidos de todo tipo, que se esforzaba en identificar para despojarlos de su misterio. El sonido del viento en el exterior, los crujidos de las vigas al enfriarse, el de algún cristal que retemblaba en una ventana...

Sin embargo le llegaba esporádicamente otro sonido que no lograba identificar y que parecía llegar de la planta superior. Eran unos golpes semejantes a los de unos grandes nudillos golpeando sobre madera. Llegaban hasta él  tres toques nítidamente, siempre fuerte el primero y más suaves los otros dos.

Por más que intentó relajarse no lo conseguía y cansado de estar pasando tanto miedo cuando él no había sido miedoso nunca, se armó de valor y decidió que saldría a averiguar de dónde procedía ese ruido que tan nervioso le estaba poniendo.

—Se levantó de la cama, volvió a encender la lámpara, abrió el pasador y se acercó al principio de la escalera que subía al trastero. Escuchó con atención,  y al poco lo volvió a sentir: un golpe fuerte, POM,  y otros más flojos, pom-pom.
¿Quién anda ahí?, gritó. Y como no volvió a escuchar nada, pensó que a lo mejor había un hombre escondido allá arriba, o un animal que al oírle se había asustado. Pero cuando se iba a volver a la habitación volvió a escucharlo. POM… pom pom.

Y como ya no aguantaba más, buscó un palo que por allí tenía y  tiró p’arriba, más rabioso que asustado, pero, ay, que justo en ese momento sintió un golpe más fuerte y después unos pasos de alguien que se acercaba bajando las escaleras hacia él. Y venía muy deprisa. Pam-pam-pam-pam-pam….

En ese instante, como es natural,  estábamos cautivados a sus pies , hipnotizados por sus palabras, deseando que llegara el desenlace.

—¿¿Y qué era?? ¿¿Qué pasó??

—Pues el susto que se dio, ya no se le olvidó en la vida,  pero le ayudó a no volver a tener miedo nunca más, porque los miedos solo están en nuestra cabeza,  y hay que aprender a buscarles la lógica. Todo lo que nos parece un misterio siempre tiene una explicación.

Por las escaleras bajó rodando hasta sus pies un cedazo circular de los que se utilizaban para cribar el grano.

Había estado colgado de un largo clavo en la pared y descansaba sobre una ventana cerrada que el viento sacudía desde afuera. El empujón del viento sobre la ventana y la corriente que se filtraba lograba  separar el cedazo de la pared para hacerlo volver contra la ventana (POM) y rebotar (pom-pom)

Fue una simple casualidad la que hizo que, justo en el momento en que Vicente se decidiera a subir, el cedazo se descolgara finalmente de la pared golpeando en el suelo y rodando precisamente hacia las escaleras para ir al encuentro de  aquel hombre que, a aquellas alturas de la noche, ya  tenía los nervios rotos.

Mi hermano Fran, la memoria andante de la familia, cree recordar que el protagonista fue un antepasado de nuestra abuela Anita, y  que tal vez fuera Manuel y no Vicente. En cualquier caso, la historia y su enseñanza no varían mucho.

Imagino que nos despediríamos aquel día de nuestros abuelos, y que cuando el reloj hiciera sonar sus campanadas, Conrado, como siempre,  alcanzaría el aparato de radio para escuchar las noticias. 
Y las horas pasarían mansamente. 
Y que cualquier otra tarde nos oiría llegar para acercarnos  a su lado y oírnos decir:

  —Abuelito, cuéntanos un cuento
—¿Un cuento? ¿Y de qué queréis que os lo cuente?
.............................................

Mi abuelo murió en 1986 a los 88 años, cuando yo me encontraba lejos de Petrel, haciendo la mili.
Nadie me contó cuentos como él lo hacía.
Lo echo mucho de menos.


26 de octubre de 2012

SAMUELADAS Y AITANERÍAS 4


Mediodía de un sábado.

He de preparar la comida, pero por una vez, y sin que sirva de precedente, propongo ir a comer a un turco.

Lo hago porque sé que  Samuel y Aitana se pirran por los kebabs (aunque el  motivo principal —y que quede entre nosotros— es que Apamen saldría tarde de trabajar y comería en la tienda.  Y malditas las ganas que tenía yo de enfrascarme en la cocina)

Saltan los dos peques, locos de contento, (estas cosas cuentan, ¿no?)

En el restaurante observo lo a gusto que comen. Aitana tiene la mirada fija en los dueños del local, que hablan entre ellos a un ritmo vertiginoso (en turco, naturalmente)

Ya en la calle, me dice:

—Pero qué raro hablaban esos chinos. No he entendido nada de nada. Era como... como mejicano o algo así.

Me entran muchas ganas de reír, pero me contengo, pues Aitana aún se pierde en la frontera entre lo que significa reírse de ella y reírse con ella.
Lo que no puedo evitar es la respuesta inmediata de Samuel, que se vuelve y le suelta:

—¿Chinos hablando en mejicano? ¡No has dao ni una, hija!

Nota para cuando algún día Aitana lea esto:
¡¡Pelo que viva la fusión entle pueblos, cuate!!

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A Aitana le dieron en el cole un CD con canciones infantiles. Siempre que viajamos quiere escuchar música en el coche. Como es la única que en ocasiones se marea, me dice:

—Papá, ponme canciones que yo me sepa, porfi.
—Vale, pero no todo el tiempo, ¿eh? Déjame poner también de las mías.

Y entonces responde con firmes argumentos:

—Tus canciones no me las sé, y si no canto me mareo.

Si esto no es chantaje emocional, no sé lo que es.

Y bueno, su CD tiene algunas cancioncillas que no están del todo mal. La de Pepino el pingüino es mi favorita. Y es que a fuerza de escucharlas una y otra vez resulta que... en fin, a lo que iba.
Una de esas canciones dice en su estribillo:

El universo
es el cielo y algo más,
algo que no puede verse
pero sabemos que está.

Tras muchas vueltas espaciales en repetidos viajes,   un día exclama  Aitana:

—¡Ya lo entiendo!
—¿El qué?
—¡Es una adivinanza y ya sé lo que es!
—¿A qué te refieres?
—Dice que el universo es el cielo y algo más. "Algo más" es el Sol, ¿sabéis por qué?
—¿Por qué?
—Porque es algo que no puede verse, porque si lo miras te quedas ciego, pero sabemos que está, porque notamos que nos calienta.

Tiempo tendrá de averiguar que no iban por ahí los tiros, y que el Universo es mucho más que el cielo y el sol, pero ese no era el momento de corregirla y la felicitamos por ser tan lista y resolver la adivinanza antes que nadie.

Le vi una expresión de satisfacción que llegaba más allá de las estrellas.


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 Muchos de nosotros hemos debido tener una o más palabras que siendo niños se nos resistían a la hora de pronunciarlas (¿recordáis alguna?)
Y digo de niños cuando  aún hoy me tengo que parar a pensar si se dice croquetas,  cocretas o crocretas. ¿Y es vicisitudes o visicitudes? (Ahora lo negaréis, pero seguro que os he hecho dudar)

Tenía mi hermano Tomás tres o cuatro años y no sabía decir Villajoyosa (una ciudad próxima a Benidorm, donde vivíamos)
Él decía algo así como Vijayososa o Vijajoyosa, y a mis padres y a mí nos hacía mucha gracia, todo lo contrario que a él, que le disgustaba no conseguir pronunciarlo bien, y nuestras risas —como hoy a Aitana— herían su amor propio.

Un día, viajando en coche también, observé que estaba muy callado, como concentrado en algo.
De repente gritó:

— ¡¡VI-LLA-JO-YO-SAAA!!

Y le aplaudimos, claro. Y todavía recuerda la satisfacción que le produjo conseguirlo.

Cuando veo el siguiente video siempre me acuerdo de aquella escena, pues tenía mi hijo más o menos la misma edad que mi hermano entonces. Parece que las historias se repiten en la vida una y otra vez.

Pronto sabréis cuál era la palabra que se le resistía a Samuel antes de que naciera su hermana.

Solo los que lleguen hasta los últimos segundos, descubrirán si finalmente lo consiguió  o no.

http://www.youtube.com/watch?v=gSTZMN5Z2uY&list=UURudn3XFd9XrEyYKrK_iNtQ&index=3&feature=plcp