Llevan más de 30 años conmigo. Han sonado en innumerables ocasiones, girando, girando, dando millones de vueltas, a la par que la vida.
Canciones que me han insuflado ánimos, me han hecho soñar, meditar, dar saltos... sentirme vivo en definitiva.
Son viejos conocidos, discos muy especiales que todavía resplandecen con luz propia y vuelven a mí de vez en cuando, con su dulce y añejo sabor.
Hoy los hago protagonistas del blog.
1) THE POLICE - SYNCHRONICITY. 1983
Parece que fue ayer mismo cuando escuché el disco entero por vez primera. Recuerdo que solo bajé a la Tierra una vez acabó y me quité los auriculares. Me gusta entero pero, qué duda cabe, es Every breath you take la canción que lo abandera. Habla de unos celos enfermizos, sin embargo siempre se la ha considerado una canción de amor.
2) MECANO - MECANO. 1982
Y pensar que la primera vez que oí hablar de este grupo fue a mi profesor de 8º de EGB... "¿Habéis oído a Mecano? Están muy bien" Este disco fue toda una revolución, un tecno pop fresco que no me cansaba de escuchar. Nadie imaginaba entonces qué lejos llegarían.
Este músico, al que siempre he llamado Miguelito Campoviejo, me ha acompañado durante décadas. Me dejo llevar por sus elaborados temas instrumentales y me encantan sus canciones, sobre todo aquellas a las que Maggie Reilly pone voz. Five miles out tiene, además, partes corales que me suben a las nubes.
Descubrí a esta cantautora norteamericana (al principio creí que era un hombre) con Fast cars. Después me terminó de conquistar con She's got her ticket y supe de inmediato que tenía que conseguir su disco. Una colección de joyas pop folk que de verdad merecen la pena.
Amo a Sade. Su voz, su look, su forma de hacerme transfusiones de soul y jazz en vena. Además me recuerda aquellos buenos ratos con un amigo de la mili que, como yo, se sabía todas sus canciones y las cantábamos a duo. "No need to ask he's a smooth operatooor..."
Un grupo que me dio a conocer mi hermano y que terminó por gustarme tanto que no me lo pensé a la hora de ir a verlos en concierto en el Palau Sant Jordi de Barcelona. ¡Pero qué grandes los Depeche! Conservo sus primeros LPs y algún maxisingle con mis temas favoritos. En la foto, una rareza muy llamativa.
Si ha habido un compositor de bandas sonoras grandiosas, ese es sin duda John Barry. Si bien Memorias de África o Bailando con lobos son mucho más famosas, yo me quedo con el lirismo de este disco. Para cerrar los ojos y volar... Peggy Sue se casó.
8) THE HOUSEMARTINS - NOW THA'TS WHAT I CALL QUITE GOOD. 1988
Este grupo inglés solo editó dos álbumes, y en este doble LP está lo mejor de ambos. Compusieron unos temas indie rock fabulosos. Mis hermanos y yo los nombramos Grupo Oficial de la Cueva del Olmo, porque no faltaron en nuestras excursiones. ¿Quién no recuerda su Caravan of love? O Build.
"¡Rápido, hay un incendio! ¡Solo te da tiempo a salvar tres discos!" Pues uno sería Tusk, sin duda, que además es doble y doblemente bueno. Los Fleetwood Mac, inspirados como nunca, grabaron perlas como That's all for everyone, Storms, o Sara. Impecable.
Lo considero una obra maestra. Me encantan sus letras y la melancolía que desprenden sus temas, exquisitamente grabados. Camino Soria tiene una parte instrumental que me sigue poniendo los pelos de punta como el primer día.
11) PINK FLOYD - A COLLECTION OF GREAT DANCE SONGS. 1981
Escuchar a Pink Floyd con auriculares en una noche de verano sintiendo la brisa en el cuerpo es una de esas experiencias sensoriales que todo el mundo debería probar alguna vez. No digo más.
PD. ¿Una colección de canciones para bailar? ¿¿Cómo se baila Pink Floyd??
Cómo disfruté siempre "el disco de la segadora". Reconozco que la música electrónica ochentera se me metió dentro para quedarse definitivamente. Aún me gusta, y eso que ya ha llovido (sobre campos de trigo) Disco mítico con temas de 10 como See you, My secret garden o The sun and the rainfall.
¿Yazoo? ¡Gloria bendita! Lo que decía antes, sintetizadores y pop electrónico en espirales de locura. Cabría pensar que este tipo de música carece de alma, pero os aseguro que en el caso de Yazoo (solo dos míticos discos en su haber) no fue así. La vocalista, Alison Moyet, es grande entre las grandes y cantó temazos como Only you o Don't go. Y un tema que está entre mis favoritos de todos los tiempos: Midnight.
Otro mítico grupo británico de rock que a mí siempre me ha puesto las pilas. El buen rollo de este disco es indiscutible, y no le falta ese puntillo melancólico que lo adereza perfectamente . Tiene "cruasanes" tan apetitosos como Take the long way home o Breakfast in América, y una The logical song plagada de palabras sonoras, rítmicas, tan beautiful , tan magical, tan wonderful.
Otro cofre de monedas de oro. Un disco que subió en todas las listas como la espuma, con un montón de temas enérgicos y pegadizos. Repasando todas esas canciones que me han dejado huella, escucho Forever young y pienso que estaré ligado a ella para siempre. Es una de esas canciones emblemáticas en mi vida.
Supongo que es algo común en aquellos que tenemos un blog, el que nos dejemos llevar por impulsos y emociones a la hora de escribir.
Yo no tenía prevista hoy una entrada sobre música, ni siquiera la guardaba en la recámara, pero ayer subí al trastero y me sentí como Allan Quatermain, adentrándome en las minas del Rey Salomón, maravillándome ante antiguos tesoros olvidados.
Y mientras admiraba todo aquello, pensaba que tenía que compartirlo con el resto de la Humanidad.
Todo empezó cuando llegué a mi casa y encontré a Aitana cantando. Lleva meses utilizando cualquier objeto con forma de micrófono para sentirse como una estrella del pop.
Es increíble, cuando se enamora de una canción, sea en inglés o español, se la aprende al dedillo y la canta hasta la saciedad.
Y con la coreografía hace lo mismo. Así que cuando el mes pasado los Reyes le trajeron un micrófono de verdad, aquello ya fue la locura en verso.
El día en cuestión la encontré cantando una canción que me sonaba mucho.
—¿Quién canta eso? - le pregunté
—Los One Direction.
Supe así que la canción original no podía ser de ese grupo reciente que tanto le gusta.
—No, esa canción es antigua.
—¡Qué va! ¡Mira! —y se apresuró a buscarla en el ordenador.
¡Cómo han cambiado las cosas! A su edad la música no me llamaba la atención tanto como a ella, pero años más tarde, cuando casi fundía las cintas del radiocasette, si quería escuchar la canción de moda tenía que esperar a que la pusieran en la radio o, con suerte, los sábados en la tele, en el programa Aplauso.
Hoy YouTube o Spotify te ofrecen cualquier tema al instante. ¡Tan fácil! ¡Y la cara que ponen los chavales cuando les dices que antes no existía internet! ¡No lo conciben! (claro, si casi no lo concibo ni yo)
Total, que fue escuchar otra vez el getcha, getcha, getcha...
...y venirme a la mente aquella rubia de los ochenta...
—¡Claro, eso lo cantaba Blondie!
—¿¿Blondiii??
Es por eso que un par de días después subí al trastero, porque recordé que entre mis vinilos tengo uno de Blondie y me entró mucha curiosidad por saber si contenía ese tema. Y porque además quería enseñar a Aitana dónde escuchaba yo la música entonces.
Y todo fue poner los dedos sobre aquellas vistosas fundas de cartón y revisar sus títulos y dar inmediatamente un salto en el tiempo para pasearme por la música de los ochenta (que, todo hay que decirlo, era más chula que un ocho)
Cada vinilo de los que allí guardo lleva consigo un buen montón de recuerdos.
Recuerdos de aquellos años en los que ahorraba el dinero de "la paga" para ir a Discos Rubio, una tienda de Elda, pequeñísima, pero forrada de discos de arriba a abajo, y salir de allí con alguno bajo el brazo, tan contento.
Los tiempos de ir en autobús a Alicante, entrar en Discos Merlín y elegir uno o dos, pero volverme loco imaginando todos los que me llevaría a casa.
Tiempos en los que los amigos nos aprovechábamos de las ofertas de Discoplay, que vendía discos por correo desde Madrid, para pedir un buen montón. Aquello de recibir la esperada caja, desembalarla, quitarles el precinto y apresurarse a ponerlos en el tocadiscos... ahh, aquello era un ritual mágico que se llevaba a cabo con impaciente emoción.
Y casi sin darme cuenta, vinilo a vinilo, me hice con una buena discoteca, que si hace años ya la apreciaba, hoy la miro como un tesoro. El tesoro de las Minas del Rey Juan Ramón.
Me apetece mucho mostraros los discos más especiales, los más curiosos, los preferidos...
Pero eso será en la próxima entrada.
Si no me dejo llevar antes por cualquier otro impulso, claro.
Aunque no tenga prisa, me suele molestar ver cómo baja la barrera cuando me falta poco para rebasar el paso a nivel de Villena.
Ese tiempo de espera hasta que pasa el tren, siempre me parece tiempo perdido.
Hace unos días, cuando me disponía a enfilar la carretera hacia Yecla, vi desde lejos cómo descendía esa larga barra pintada a franjas blancas y rojas.
¡Hala, ya me ha pillado el tren otra vez!, gruñí fastidiado.
Detuve el coche, parando el motor como suelo hacer, y me resigné a esperar.
Estuve un rato mirando la señal luminosa, me llamó la atención el acentuado contraste que hacían las vivas luces intermitentes frente al uniforme manto plomizo del cielo, que no había dejado asomar al sol en todo el día.
Contemplé después el grupo de árboles que hay pocos metros después de las vías, altos y frondosos, y la pequeña casa en ruinas que se encuentra a sus pies. La vegetación la ha acorralado e invadido de tal forma que por una de sus ventanas asoma un vigoroso tronco.
Apenas se veía gente por allí, y la que pasó lo hacía con prisa, con las manos en los bolsillos de los abrigos, resguardándose del frío.
De repente escuché por mi derecha un sonido hueco y cantarín, era un botella de plástico que el viento empujaba a su capricho. Rodaba y daba saltos por un ensanche asfaltado a los pies de un edificio. A esa botella se unió pronto la hojarasca acumulada en los rincones. Volaron las hojas en círculo alrededor de la botella, y las más grandes y secas producían chasquidos al rozar con el suelo.
Sopló el viento en un fuerte y prolongado silbido y las copas de los árboles se agitaron enérgicamente. Osciló la barrera y hasta el poste de las señales rojas comenzó a temblar. Arreció el viento hasta convertirse en vendaval y me sobrecogió escuchar la metralla de arena que surgió de golpe y que chocaba contra el coche con furia.
Vi la botella volar más allá de las vías, segundos antes de que pasara el tren, tan rápido que parecía formar parte de la misma potencia de aquel huracán repentino que, al igual que la máquina sobre las vías, tal como llegó, se fue.
Y entonces me oí a mí mismo diciendo:
"El viento es gente muy fuerte".
Así mismo lo habría expresado Dersu Uzala, a quien recordé en aquellos momentos estremecedores.
Dersu Uzala, para quien no haya oído hablar de él, fue un cazador chino que a principios del siglo XX acompañó durante varios años a Vladímir Arséniev en una expedición que pretendía cartografiar una parte deshabitada y salvaje de Rusia.
Dersu les sirvió como guía y les salvó de morir de hambre y frío en varias ocasiones.
Vladímir escribiría años después su experiencia en un libro, y en 1975, el cineasta japonés Akira Kurosawa rodaría la historia en los mismos escenarios naturales que recorrieron Vladímir y Dersu.
Recomiendo vivamente tanto el libro como la película. Esta última me parece tan hermosa y relajante, que a veces el cuerpo me pide disfrutarla de nuevo.
—Capitán —dice Dersu Uzala mientras contemplan un atardecer— , el sol es gente muy importante. Si el sol muere, todos mueren.
El capitán lo escucha siempre con atención. Dersu se gira para señalar a la luna, y dice: La luna también es importante.
En la siguiente escena ya es de noche. Acampados cerca de un río, todos están reunidos alrededor de un fuego. Se escucha el crepitar de las ramas al quemarse.
—El fuego es gente —dice Dersu con calma—. ¡Y grita!
Uno de los presentes empieza a reír
—Si te hiciéramos caso, veríamos gente por todas partes.
Haciendo caso omiso, Dersu se vuelve:
—Mirad el agua. También es gente.
—Sí, ¡gente mojada! —dice el de antes, que consigue hacer reír a todos. A todos menos al capitán, que sigue escuchando a Dersu con suma atención.
—Así que el fuego es gente, ¿eh, Dersu? —le dice otro en tono de burla.
—Sí, el fuego es gente fuerte. El fuego se enfada. En la taiga ardió muchos días, y cuando se enfada da miedo. El agua también da miedo. Y el viento cuando se enfada. El fuego, el agua y el viento son gente muy fuerte.
Vladímir, el capitán, no tarda mucho en comprender el espíritu noble y sencillo de Dersu, que durante gran parte de su vida anduvo en íntimo contacto con la Naturaleza, a la que observaba, escuchaba, amaba y respetaba, llegando a conocerla tan bien, que supo sobrevivir en las situaciones más adversas. La historia de esa amistad y admiración mutua es digna de verse.
La barrera se levantó, puse en marcha el motor y proseguí el camino a casa.
Se tornó más opaco el cielo, y en ningún punto se adivinaba la luz del sol, que ya estaría a punto de ocultarse. El viento seguía aullando y formando grandes remolinos de polvo sobre los campos, remolinos que en ocasiones cruzaban la carretera, llevando consigo arena, hojas y pequeñas ramas que golpeaban en el parabrisas.
Sí —pensé— el viento es gente muy fuerte. Si está contento se llama brisa, y te besa y acaricia. Pero cuando se enfada es muy violento y es capaz de empujar y golpearte. E imaginé a Dersu Uzala diciendo: El viento está enfadado. La Madre Naturaleza le ha pedido que diga a los hombres que la atiendan y la escuchen, pues se siente maltratada.
Aquellos minutos junto a la vía y el viaje posterior me parecieron entonces una experiencia inolvidable. Sentí junto a mí la fuerza de la Naturaleza, su viva presencia, su voz , su indiscutible importancia e interacción con todos los seres vivos, y quedé pensando en cuánto bien nos haría a toda la humanidad observarla, amarla y respetarla siempre.
Estando ya en la cama, escuché el sonido de la lluvia que empezó a caer de forma torrencial, como un aplauso líquido en el silencio de la noche.
La lluvia es gente, me dije.
Y pensando en que escribiría sobre Dersu, me dormí.
Estoy leyendo un libro en el que el protagonista se retira a vivir temporalmente a una cabaña en plena montaña, a un lugar de difícil acceso. Unicamente la abandona cuando necesita ir a la ciudad, una vez al mes, para hacer acopio de provisiones, lo que lleva a cabo con celeridad para regresar pronto a su encierro voluntario.
Hay algo en estos aislamientos literarios que me atrae poderosamente, sobre todo si las condiciones meteorológicas son adversas, e imagino al individuo ante la chimenea, oyendo el crepitar del fuego, el silbido del viento, la lluvia sobre los cristales y el crujir de la madera. ¿Puede existir escenario más placentero a los sentidos?
Esta recreación mental del hombre en soledad me recordó a ciertas conversaciones que en ocasiones tengo con mi amigo Juan Luis, en las que tratamos de imaginar el contexto más confortable a la hora de dormir.
Una vez propuesto el entorno, lo mejoramos con detalles que lo hagan perfecto para tal fin. Así, la opción de la cabaña en la montaña fue la primera en surgir.
—Una cabaña no muy grande, pero bien hecha; de troncos muy gruesos y buen aislamiento.
—Por supuesto, y leña suficiente para pasar todo el invierno.
—Y la despensa a tope, ¿no?
—Hombre, claro, comida y bebida de todo tipo.
—Y que afuera esté nevando.
—Sí, y con mucha ventisca; mucho, mucho frío en el exterior. Y un oso hambriento merodeando por fuera.
—¿Lo del oso es necesario?
—¡Claro, no va a entrar! La puerta está bien atrancada, pero saber que hay un oso afuera te hace sentir más a gusto dentro.
—Pues tienes razón, ¡que haya un oso grande merodeando!
—La cama no muy lejos de la chimenea.
—Y con una buena manta, ¿no?
—¿Buena solo? Una manta de esas que solo mirarla te calienta.
—¡Uff, es perfecto!
—Yo dormiría a pierna suelta, te lo aseguro.
Desde aquella primera opción de la cabaña han ido surgiendo algunas más. Como la del buque rompehielos...
—Imagínate, un barco enorme atravesando helados mares del norte, 50 grados bajo cero, y tú en un camarote cómodo y caliente.
—¡Qué gozada! Y el barco deslizándose y rompiendo el hielo, ¿no?
—Sí, y en mitad de un silencio absoluto te va llegando desde lejos el crujido al abrirse paso... craack.... craaack...
—¡Mmm, qué sueño me da pensarlo! Y asomarte a veces por alguna ventana y ver una llanura blanca infinita.
—¡Exacto!
—Pero oye, ¿quién dirige el barco? Hay alguien más, ¿no?
—Noo, vas tú solo, pero no tienes que preocuparte de nada. El barco está programado para llegar a algún lugar.
—¿Qué tal es la manta de la cama? (a la manta le damos un papel primordial siempre)
—¿La manta? Gruesa, suave y supercaliente.
—Bien, bien... ¡me gusta!
Las siguientes opciones, pese a sus componentes placenteros, no han logrado el visto bueno por ambas partes.
—¿En un submarino? Un poco claustrofóbico, ¿no?
—No, un submarino amplio y moderno.
—No sé, no sé...
- Sí, hombre, y se oye el sónar, y voces en una radio lejana. Voces en ruso, que dan más sueño.
—Psse, no le termino de encontrar la calidez, demasiado hierro.
—Pero hay luces rojas cálidas.
—Eso le da ambiente de puticlub.
—Pues yo lo veo perfecto para dormir.
—Recuerda que hay que estar solo.
—Ya, ya, si digo solo.
—No me convence.
Ante la escena de la barca de vapor atravesando el Amazonas me niego en rotundo.
—¡Anda ya! ¿Por el Amazonas?
—No me digas que no es una pasada. En una hamaca cómoda, con mucha bebida refrescante.
—¿Y si encallas, o si encuentras rápidos, o si caes por alguna cascada?
—No, tú imagina que pasas por túneles de vegetación, por sombras y aguas muy tranquilas. Y se oyen monos, y loros... ¡qué siestorra, no me digas que no!
—No me da seguridad; yo estaría inquieto. Podrías pasar por alguna tribu salvaje y que asalten el barco y te degüellen.
—Puedes ir armado.
—¿Y la manta? Ahí la manta sobra, y yo quiero una manta.
—Por las noches refresca.
—¡Descartado!
Estaba también la opción del galeón atravesando el Cabo de Hornos en una tormenta. A favor teníamos el placer de estar en un camarote bien aislado, cómodo y seco, y el oír desde la cama cómo se estrellan las olas sobre la cubierta, pero, claro, el balanceo del barco... uff, complicado eso de conciliar el sueño con ganas de vomitar.
El interés por seguir tanteando otros escenarios nos llevó incluso a un bunker en plena guerra mundial.
Un buen escondite bajo tierra: provisiones, buenos libros, un quinqué, cómoda cama, buena manta, el sonido adormecedor de aviones y bombas en la lejanía...
Cuando comuniqué a Juan Luis que escribiría en el blog sobre nuestros lugares perfectos para dormir, lo primero que me dijo fue: “¿Vas a incluir lo del bunker? ¡No lo van a entender, te van a tomar por loco!”
Yo espero que no, solo hay que dejarse llevar por la imaginación y disfrutar.
La propuesta que jamás olvidaremos es la que se atrevió a plantear mi hermano Fran.
—¿La cuestión está en que sea un sitio extraño pero que se duerma cómodo y bien?
—Eso es.
—Pues tiene su punto meterse en una cueva en la que esté hibernando una osa y abrazarte a ella.
—¿?¿?¿?
—¿Una osa? ¿En femenino?
—Sí, mejor que un oso, ¿no? Seguro que son más blandas y están más calientes.
—Pero, Fran, ¡¡no da ninguna tranquilidad dormir con una osa!!
—Si no se va a despertar, ¡está hibernando!
—¡Pero echa peste!
—¿Quién lo dice?
—¡Una osa en una cueva echa peste seguro!
—¡Qué va, es una osa limpia y seca!
—Pero aunque esté dormida, ¡se da la vuelta y te aplasta! O se mueve soñando y te da un zarpazo que te parte en dos.
—Pues a mi me parece que abrazado a una osa se dormiría de cine.
—¡¡Ni de coña!!
—¡¡Descartado!!
Ahora no me puedo despedir sin preguntar qué lugar os ha parecido más atractivo. ¿Alguna otra opción imaginaria donde dormir como un tronco? (No olvidéis nombrar cómo es la manta, por favor)
Un buen día, éste de hoy sin ir más lejos, alcanzo la entrada nº 365 del blog.
Y como resulta imposible no asociar el 365 con los días que tiene el año, me pasa por la cabeza una idea: que si desde hoy comenzara a releer un post cada día, terminaría de hacerlo el 31 de enero de 2015, y entonces me quedo pensando que he escrito una barbaridad.
Teniendo en cuenta mi tendencia a alonganizar las entradas ( ¡qué vicio incorregible!) podría decir que más que una barbaridad, he escrito a lo bestia, o como dicen en Yecla: que he escrito una cafrá.
Y sin embargo, casi no me he dado cuenta.
Sin ser ésta una entrada de cifra redonda que merezca celebrarse, hoy me ha apetecido darle un carácter diferente y haré algo que no he hecho hasta ahora: escribir sobre lo ya escrito, renombrar aquellas entradas que por alguna razón me gustan más o les tengo un especial cariño, y aquellas otras que me trajeron sorpresas y resultados muy agradables.
Empezaré diciendo que hay un post que, sin duda por el título que tiene, recibe un constante chorro de visitas.
Es Un viaje al fin del mundo, en el que conté una bonita experiencia con mi hijo en un día de campo, cuando un chaparrón inesperado nos obligó a correr. Es, con diferencia, la entrada más visitada, y si todos los que han llegado a ella hubieran dejado un comentario, os aseguro que ya tendría más de 4000.
Mi pregunta es: ¿Tanta gente busca un viaje al fin del mundo? ¿Acaso pretenden encontrar alguna oferta en las agencias? ¿Y por dónde quedará el fin del mundo?
También llegan muchísimas visitas a Notas sobre un dolor de muelas. Está claro que la imperiosa necesidad de alivio ante un repentino dolor de muelas, apresura a algunos a consultar al Doctor Google, que les remite a mi entrada.
En este caso sí que ha habido esporádicos comentarios desde entonces, cosa que siempre me alegra, sobre todo cuando me dicen que a pesar del mal rato que están pasando, se han reído leyendo. Ojalá la risa fuera un analgésico pero, aún sin serlo, cómo me satisface hacer reír.
Otra entrada especial es El idioma de Yecla. Desde que me encontré una fotocopia de aquel post pinchada en el tablón de una panadería, no ha dejado de ser visitada, y supongo que el boca a boca entre gente del pueblo ha repercutido en que sea otra de las más leídas. Reconozco que cuando la comentan yeclanos, sobre todo si están viviendo fuera, me genera mucha ilusión.
A raíz de un antiguo festejo de mi pueblo en el que la gente recorre las calles con la cara tapada, se me ocurrió jugar con los lectores. Debían dejarme un comentario como Anónimos y yo tenía que averiguar quiénes eran.
No imaginaba entonces que llegaría ¡¡a los 95 comentarios!! (récord) ni que disfrutaría tanto con el juego. ¡Lo pase pipa! ¡Y no me fue nada mal en las pesquisas, por cierto!
También disfruté mucho con Palabras de very ficción. Si me divertí enormemente escribiéndola, aún lo pasé mejor con la interacción de los comentaristas, que supieron seguirme la corriente y crear una historia rocambolesca con un guión impredecible.
En general lo he pasado muy bien todas las veces que he jugado con vosotros, que no han sido pocas.
Una anécdota muy particular, que en su día tendrá su protagonismo en una nueva entrada, vino tras escribir El alma de El Almorquí.
En ella contaba mi solitario retiro a una aldea durante un fin de semana, con el propósito de repasar un montón de temas para un examen en la universidad. En un descanso de mis estudios, caminé hasta un caserío abandonado llamado El Almorquí. Recordando el silencio de aquel lugar y las emociones que sentí, escribí aquella entrada (una de mis preferidas) sin imaginar que a consecuencia del título que le puse, llegaría una sorpresa.
Y es que algún tiempo después recibiría el correo de un noruego afincado en la zona, que estaba reconstruyendo aquel caserío y cultivando los huertos y elaborando vino y aceite con los métodos de hace siglos. Me alegró mucho saber que aquel hermoso pero moribundo lugar volvía a tener vida gracias a él.
Me comentó que tras embotellar su primer vino, quiso ponerle un nombre y se le ocurrió Almade Almorquí. Al comprobar en internet si tal nombre existía, descubrió mi entrada, y le gustó tanto conocer mi historia y ver las fotos del lugar, que me escribió para invitarme a visitarle y probar ese vino recién creado.
Sí, qué casualidades tan fascinantes ocurren a veces en este mundo de internet, ¿verdad? Por supuesto, tengo pendiente un brindis por El Almorquí.
Gracias a las entradas que dediqué a hablar de mi colegio, hoy existe una referencia al mismo en internet, y eso me sirvió para que Irene y Jesús, compañeros de aquellos tiempos escolares, se pusieran en contacto conmigo después de... en fin, tantos años que me da vértigo pensarlo. Y me consta que algunos profesores también leyeron con emoción mis recuerdos de aquel entrañable colegio que ya no existe. Saberlo me ha hecho sentir muy bien.
Recientemente he sabido de otra anécdota relacionada con el blog.
Ya conté que, sin pretenderlo en un principio, terminé escribiendo sobre hechos de la vida de un hermano de mi abuelo Conrado, Santiago, que desapareció en la guerra. Partiendo de los recuerdos que me contó mi abuelo cuando vivía y aportando los datos que me dieron familiares, el resultado fueron cinco entradas consecutivas que muchos de vosotros recordaréis.
Pues bien, por otra de esas casualidades de la vida , mi hermano Fran coincidió en Petrel con Cristina, una nieta de Santiago, (a la que no conozco) y le comentó que yo había escrito sobre su abuelo. Ella le pidió la dirección del blog y, tras leer las entradas, envió un mensaje a mi hermano para decirle que disfrutó tanto con las historias, que había decidido hacer fotocopias para regalarlas en Navidad a sus primos y tíos, es decir, los hijos de Santiago. Supe después que la idea de Cristina fue un gran éxito que emocionó a toda su familia.
Aparte de la gran satisfacción que me produjo saberlo, me resulta muy curioso el inesperado rumbo que puede tomar cualquier texto una vez publicado y cuántas sorpresas puede traerte de vuelta. Es realmente fantástico.
Para terminar dejo los enlaces a diez entradas de las que me siento especialmente satisfecho. Que nadie se sienta obligado a leerlas (¡menudo empacho de longanizas!), pero ahí quedan por si algún lector (de ahora o de siempre) tiene curiosidad por conocer sus historias.
1) ¿ERES FELIZ? Sobre un profesor del colegio del que guardo especial cariño.
2) POSTALES DESDE SALTDEAN. Sobre mi estancia en un pueblo de Inglaterra. Escribiendo esta entrada reviví tan intensamente los recuerdos, que me dejó “tocado” emocionalmente varios días.
3) TARDES DEL C.E.A.M. Sobre emotivas escenas en mi trabajo con los mayores.
8) LA ERÓTICA DEL VINO. Porque fue un placer emborracharme de tan pomposa literatura.
9) MI NIÑA BONITA. De entre tantas entradas dedicadas a mi hija, me quedo quizás con esta.
10) A VECES. Resultado de esas reflexiones que lo abordan a uno a determinada edad.
365...
Antes del blog, yo ya escribía una cafrá —siempre lo he hecho—, pero desde que empecé a mostrar mis escritos por aquí y tuve la gran suerte de que fuera apareciendo gente para leerlos, me doy cuenta de lo feliz que me hace que mi vieja afición sea hoy tan bien correspondida.
Lo más grande, no me cansaré de repetirlo, es la amabilidad, el buen rollo y la familiaridad que se ha ido creando entre nosotros con el tiempo, ¿no pensáis igual?
Una vez más, MIL GRACIAS A TODOS por tan buenos ratos.
No sé por cuánto tiempo más, pero mientras tanto... ¡a seguir escribiendo!
La estantería de talismanes que coloqué en el blog el otro día (¡cómo me costó atornillarla a la pared, pero qué chula está quedando!) ha empezado a dar resultados y ya reparte buena suerte a troche y moche. La estáis notando, ¿verdad?
Al menos a mí me ha alcanzado de lleno, porque concederme tres premios seguidos en poco tiempo, debe ser un golpe de fortuna de mágicas influencias.
Esto de recibir un premio en el mundo bloguero siempre me ilusiona, no solo por el reconocimiento a la labor, también por el hecho de que alguien se haya acordado de uno (y esto es algo que a mi Jefe le va a hacer feliz: que algunos tengan al Diablo en sus pensamientos)
De igual forma que expuse vuestros amuletos de la suerte, voy a mostrar ahora los premios recibidos, ¿he dicho ya que son tres? ¡Tres!
Cómo no, voy a presumir de ellos.
LIEBSTER AWARD.
Me llegó de manos de Speedygirl, que para los que no la conozcáis, es una superheroína muy trabajadora que nos está librando de cientos de supervillanos. Además de postear a menudo desde su Speedytown natal, estudia alemán de las Alemanias, lugar del que deben venir estos Premios Liebster, digo yo.
Gracias, Speedy. Te deseo un próximo encuentro con un Superman de grandes superpoderes, pero sobre todo con un supercorazón.
PREMIO DAD TO THE BONES.
Este es un premio que yo traduzco como “Papá hasta las trancas” y que fue creado y me fue concedido por Papá Cangrejo.
Papa Cangrejo es un extraterrestre con forma de crustáceo que vino a la Tierra con su familia y fue a asentarse en Castellón. Él sabe que soy un Diablo, pero a veces me imagina más como zombi. Dice estar involucionando, pero no se puede negar que criando a su hijo Cangrejito hace un trabajo sobresaliente.
Papa Cangrejo pide, al concederme el premio, que cuente si estuve presente en el nacimiento de mis hijos y qué es lo primero que se me pasó por la cabeza.
Sí, tuve la gran suerte de estar allí, en los momentos en que los dos venían al mundo, aunque en el parto de Samuel, los médicos me aconsejaron que me saliera unos minutos porque iban a utilizar fórceps y pensaron que me podía dar un jamacuco. Pero yo entré corriendo en cuanto lo oí llorar.
A Aitana la vi nacer sin problema, todo el proceso de principio a fin.
Los dos los he contado ya en el blog pero no me cuesta nada volver a decir que fueron momentos inolvidables. Creo que ante semejante espectáculo de la Naturaleza no me habrían sacado ni gota de sangre de haberme pinchado. Uno se siente muy insignificante y al mismo tiempo el hombre más grande y feliz del mundo, y recuerdo que apenas pronuncié palabra porque si lo hacía se me escapaban la inmensas ganas de llorar.
Aprovecho para contar que mi padre, que no pudo estar presente cuando yo nací porque entonces no lo permitían tan fácilmente, me contaba que en cuanto me oyó llorar dio un brinco en la sala de espera y a todos los allí presentes les dijo: ¿Oyen a ese niño? ¡¡Ese es mi hijo!!
Y que en cuanto me vio, salió corriendo a la calle a buscar a gente conocida a la que invitar (insistiendo si hacia falta) a que entraran al Hospital a verme. Se le caía la baba mirándome. (Pero seguro que los padres que me leéis, sabéis que esto es una locura muy común)
Mucha gracias por la distinción, Papá Cangrejo.
THE LIEBSTER BLOG AWARD.
El tercero es todo un detalle de Mamá al habla, a la que no tengo el gusto de conocer.
Parece ser que encontró mi blog por casualidad y decidió incluirme en su lista de premiados. ¡Ole!
Encantado y agradecido, Mamá al habla, aunque debo decir algo...
No estará mi blog incluido en el grupo de “blogs de padres” o algo así, ¿no? Porque antes de que mi Jefe se pudiera enterar y armar la gorda, ruego, a quien se ocupe de las clasificaciones, que mejor lo incluya en el grupo de “blogs satánicos” o “blogs diabólicos”. Yo pensaba que esto estaba muy claro, pero empiezo a tener mis dudas.
A quien corresponda, gracias de antemano.
Y bueno, me toca ya la parte más difícil, la de premiar yo a otros blogueros.
Digo difícil porque me gustan muchísimos blogs y me fastidia dejar sin nombrar a algunos, pero no puede ser de otra manera.
Con un ligero toque personalizado de los mismos premios, entrego el
LIEBSTER AWARD
A Bohemio Mundi, de Ana, por ser tan happy, tan hippy y por un gato en común.
A Isensebotànic, de Montse, por su encanto personal y su mente voladora.
A Lillusión, de Lillu, por la veteranía y ese saber contar las cosas.
PREMIO “DAD TO THE BONES”
A tres padres, claro:
A Hitlodeo, de Hitlodeo, el gran utópico hommeriano
A MusikQMGusta, de RNT, el segundo abboso del mundo.
A Palabras, de Txema Rico, mi vecino y amigo de siempre.
THE LIEBSTER BLOG AWARD
A Embolica que fa blog, de Sese, por ser del Club de la BarbaCana (no del otro :p)