El salón, vacío y en completo silencio.
La suave luz de la tarde entrando por los altos ventanales.
El calado de los visillos tatuado en la superficie de las mesas.
El verdoso resplandor de la hiedra asomado a los cristales...
Esa paz previa al bullicio.
Amo ese momento.
Cabila era el primero en entrar. Aún se me hace extraño que no sea así.
Ahora es Luis el más tempranero. Yo lo llamo "el dandi", pues viste y camina de forma elegante.
Todo lo contrario que Mora, que se deja caer como un pesado fardo en el sofá entre grandes resuellos.
“Ya ha cambiao el tiempo”, comenta el dandi “¿Eh?”
“¡Que ya refresca!”
Mora asiente con la cabeza, pero yo sé que no le ha entendido.
Joaquín y Ginés llegan juntos y eligen la baraja que no tiene doses, que es la que les interesa.
Francisco me pide La verdad para hacer el crucigrama. Muchas veces requiere de mi ayuda para concluirlo.
“Juanito, ¿una diosa romana de cuatro letras?”
Luego llega Frutos.
Frutos se parece tanto a mi padre que a veces me da un vuelco el corazón al verle, pues pienso que es él. Solo me resulta diferente su forma de andar, a pasitos muy cortos.
Pronto se inunda la sala del aroma a café.
Entra Vicente, el que siempre se olvida la funda de las gafas. Y Andrés, el que a marcharse dirá “Me voy antes de que llueva”
Su despedida es siempre la misma, cualquiera que sea el estado del tiempo.
Para Pepe, un boli o un lápiz es “la máquina de escribir”
“Juanico, dame la máquina de escribir, a ver si empezamos la partidica”
Y luego añade: “Bueno, no me la des, préstamela, que ya sé que es “de Huelva.”
Hay cosas que permanecen inalterables.
Ferri es el más escandaloso. Son conocidos sus berrinches al perder a las cartas, y suele culpar al compañero de no haber sabido ganar a la pareja contrincante. Ferri se enfurece tanto que nadie quiere jugar más con él. Y entonces se marcha sin mirar a nadie.
Pepe devuelve “la máquina de escribir” y me comenta “Ya ves, venimos a pasar un ratico distraídos, pero algunos se lo toman demasiado en serio”
Hoy Fulgencio me regala un racimo de uvas.
“Toma, Juan, que las acabo de coger para ti”
Rosa, su mujer, tiene una piel tan arrugada que no cabría ni una línea más en su rostro. Pero sus ojos son tan bonitos y su sonrisa es tan luminosa que parece una niña.
Virtudes quiere entrar en la sala de ordenadores y me pide la llave. Se asoma al salón de juego. Es incapaz de pasar por delante de tanto hombre, así que da un gran rodeo para evitarlos. Ninguno de ellos levantaría la vista de las cartas o el dominó, pero ella es así.
Entran algunas mujeres que van a Pilates.
«¿Y la Cloti?», dice una.
«Hace tiempo que no la veo».
«Ya no viene», le contestan, «es que su hija ha encontrado trabajo y ahora tiene que quedarse con los nietos».
Ferri vuelve a entrar. Se había marchado furioso, pero ahora trae cara de haberse sosegado. Se acerca a las mesas donde los demás juegan. Lo miran con recelo. Le apetece volver a jugar pero sabe que ha obrado mal y no abre la boca. Se sienta a mirar, como un niño arrepentido.
Las dos Antonias suben a rehabilitación. Una le pregunta a la otra cuándo es la misa por la muerte de alguien. Esto me hace acordarme de Josefina, la que yo llamaba la Corleone, la que fuera la reina del bingo, aquella mafia de señoras que casi mataban por jugar.
Hacía varios meses que no venía por el centro y una compañera y yo decidimos llamarla por teléfono.
«¿Cómo se encuentra, Josefina?», le dije.
«Pues bastante fastidiada. Las rodillas no me responden. Ya apenas salgo de casa de mi hija».
«Que sepa que por aquí se la echa mucho de menos, y que me acuerdo mucho de usted».
«Ay, Juanillo, también yo me acuerdo de ti y de todos vosotros».
No quise que se quedara triste y eché mano de sus bromas:
«Pues el otro día vino Bertín Osborne y preguntó por usted».
«Ay, si ya no me tiene que querer, no ves que ya me he hecho muy vieja y no valgo para nada».
La Josefina de antaño no hubiera respondido así; me habría dicho algo como:
«¿Y cómo no le diste mi dirección?»
Hace poco, Luis, el dandi, vino a decirme que Josefina murió este verano. Lo sentí muchísimo. Era una mujer muy particular sobre la que escribí varias entradas, tal era el cariño que por ella sentía. Me consta que la simpatía fue mutua, aunque no siempre fue así, que aún recuerdo lo mucho que me costó ganármela.
Cuántos buenos recuerdos me quedan de nuestra relación. Descansa en paz, querida Josefina.
Se marcha a casa Fulgencio, y le vuelvo a agradecer la uva que estoy merendando.
Se despide Vicente y corro a por la funda de las gafas que se ha dejado en la repisa de alguna ventana.
Se va a casa Luis, el dandi, que va regañando a Ferri.
“Y como mañana no te controles un poco, con nosotros no juegas más”
Andrés dice que se va antes de que se ponga a llover, y Frutos me hace un gesto que me resulta muy familiar.
Se alejan las últimas voces y el salón vuelve a quedar vacío.
Mientras ordeno sillas y mesas, veo que al fondo, el grupo de los calurosos ha dejado una ventana abierta, y el aire hace bailar los visillos.
Han podado recientemente el macizo de hiedra que rodea el edificio, y al hacerlo, las hojas viejas que las verdes ocultaban han quedado al descubierto. Me quedo observando cómo el más leve soplo de viento las hace caer al suelo.
El sol, a punto ya de ocultarse, filtra su luz a través de la maraña vegetal y hace resaltar los tallos más verdes, las hojas más nuevas, las que volverán a recubrir todo el macizo muy pronto.
Y de nuevo la brisa va empujando las hojas secas por el suelo, amontonándolas en algún rincón.
Antes de apagar las luces echo un último vistazo al salón y me despido mentalmente de todo hasta el día siguiente.
Mañana, salvo leves cambios, todo volverá a repetirse. La luz de la tarde entrará alegre por los ventanales y el salón comenzará a llenarse de vida.
Yo estaré esperando.
Los espero a todos cada día.