28 de octubre de 2015

ME ACUERDO...

Se me ocurre una cosa de corte futurista.
¿Imagináis que nuestros recuerdos pudieran proyectarse en una pantalla a nuestra voluntad? ¿Que fuéramos capaces de volver a recrear ante nosotros, por lejanas que sean, aquellas imágenes que de nuestra memoria no se han diluido?
Sería algo fabuloso, ¿verdad?

Puestos a imaginar y a dar verosimilitud a esta fantasía, se me ocurre que todas aquellas cosas que no recordamos fueran imposibles de reproducir, o se vieran muy borrosas si los recuerdos son imprecisos.

Por ejemplo, Apamen siempre ha dicho que del día de su Primera Comunión solo recuerda lo bien que lo pasó saltando charcos con una amiga después de la ceremonia. Que, al acabar el día, los bajos del vestido habían dejado atrás su blanco luminoso para pasar a ser gris oscuro, pero que a su madre no le importó porque le complacía verla disfrutar.

Bien, pues según mi novelera idea, Apamen podría volver a ver aquellas imágenes en una pantalla, pero tan solo esas imágenes en concreto, dado que apenas recuerda nada más. Ahora bien, si sus padres y hermanos recuerdan más momentos de ese día en los que ella interviniera, podría verse a sí misma en las imágenes que ellos proyectaran. ¿Ha quedado claro?

Ahh, me emociono con solo imaginarlo...

Viene esto a cuento porque cuando a veces rememoro cosas con mis hermanos, de cuando éramos niños, Fran complementa la velada con muchos datos precisos de aquellos recuerdos de una forma asombrosa. Es el memorión de la familia, el que podría escribir la mayor cantidad de recuerdos. Gracias a él sería un gustazo poder ver películas de nuestro pasado y comprobar con alegría cómo se irían añadiendo detalles que él recuerda y que nosotros teníamos olvidados.

Y a mí, que tanto me gusta recopilar historias y que soy el guardián de todas las grabaciones familiares, las reales, completaría la película de mi vida con los más agradables recuerdos, sobre todo con los de nuestra infancia.

De momento, y esperando que un prestigioso científico (que será español, puestos a fantasear) nos haga realidad este sueño , convirtiéndome al mismo tiempo en un visionario JuanRa Verne, puedo imaginar perfectamente cómo se verían en pantalla los retazos de mi niñez que con más nitidez puedo recordar.

Me acuerdo de que, viviendo en Benidorm, salía un día de casa con mi padre, que me llevaba al cole. Yo tenía 5 o 6 años.
Bajábamos en el ascensor y yo me estaba acabando un plátano que me había dado mi madre. Me quedaba solo la punta final, esa que siempre me dejaba sin comer porque tenía un punto negro que me daba asco (yo pensaba que era la caca del plátano) 
Esperaba llegar a la calle para tirar ese trozo, pero mi padre me miró y me dijo: “¡Venga, acábate el plátano!” Me dio vergüenza decirle que esa parte no me gustaba y me lo metí en la boca e intenté tragarlo. Al salir a la calle , fue tanto el asco que me dio notar “la caca” que me sobrevino una arcada y lo vomité.

—¡Es que no me gusta el final del plátano!  —gimoteé apurado.
—¡Pues habérmelo dicho, hombre! —exclamó mi padre.

Recuerdo que pensé en lo sencillo que habría sido ser sincero, en el mal rato que me habría ahorrado.

Recuerdo los primeros días de excitante exploración de la casa de campo que mi padre compró en Petrel, cuando mi hermano Tomás y yo aún no éramos conscientes de que viviríamos allí en los años posteriores hasta hacernos mayores.

La casa estaba rodeada de terrenos con muchos árboles. Un bancal de almendros, uno de vides y, a mayor altura, otro de naranjos (el único que permanece)

Había higueras, nísperos, chopos, sauces llorones, árboles del Paraíso... Me acuerdo de que en ocasiones mi padre nos decía “Sentaos aquí y abrid la boca” y cuando lo hacíamos exprimía media naranja con su mano, y el zumo caía dulce sobre nuestras lenguas. Teníamos que cerrar los ojos porque a veces el jugo salpicaba por toda la cara. Nos encantaba y le pedíamos más, y nuestro padre sonreía satisfecho. 

—Esto tiene muchas vitaminas y os hará fuertes —nos decía. Recuerdo lo muy pegajosas que nos quedaban las manos, la cara, el cuello…

Me acuerdo de lo que nos fastidiaba años después tener que ayudar a recoger almendras o naranjas cuando llegaba el tiempo de hacerlo. Nos parecía lo más tedioso del mundo. Naranjas se recolectaban tantas que mi madre se encargaba de venderlas y hasta regalarlas.

El que sí fue un día memorable en el que disfrutamos como enanos fue aquel en el que mi padre contrató unas horas de riego para el bancal de los naranjos.
El agua llegó con fresca alegría por una acequia e iba inundando la tierra a su paso. Los cuatro hermanos observábamos cómo algunos insectos huían desesperados ante tan repentina inundación. Las hormigas se encaramaban a las hojas secas, que parecían barcos a la deriva, y algunos saltamontes nadaban impulsándose con el latigazo de sus patas traseras.

Nuestra madre, previendo que acabaríamos ensuciando nuestra ropa y dado que era un día caluroso, tuvo una idea genial. “Quedaos en calzoncillos y si os ensuciáis no pasa nada”
Nos lo tomamos al pie de la letra y al poco ya estábamos sumergiendo los pies en la blanda tierra, que conforme se empapaba de agua se hacía más y más ligera. Cuando todo el bancal era un espejo líquido brillando al sol teníamos barro hasta en la cabeza.
En algunos puntos la tierra se había ablandado tanto que nos sumergíamos hasta las rodillas, jugando entonces a imaginar que eran arenas movedizas. O a dispararnos y caer estrepitosamente sobre el fango.

Mucho rato después, nuestro padre tuvo que coger la manguera para volver a convertir en blancos a lo que parecían cuatro negros de alguna tribu africana. 

Aquel baño de barro de pies a cabeza fue memorable.

Curiosamente nuestra hermana lo recuerda vagamente porque era demasiado pequeña. De hecho llegó a creer que era algo que había soñado. Gracias al reproductor de recuerdos que está por inventarse, podría volver a verse chapoteando en el barro aquel día.

Y hablando de Ana, y para terminar, tengo un recuerdo entrañable en el que ella fue protagonista y que tampoco recuerda, pero yo sí. Y muy bien.

Tendría ella unos tres o cuatro años. La tele estaba puesta y se oían las cantinelas de los anuncios publicitarios. Recuerdo aquel de “Vespino responde” o el de “Filvit champú, (Filvit mamá, porque más vale Filvit que tenerse que rascar”)

De repente observé que a mi hermana le temblaba el labio inferior y que hacía esfuerzos por no echarse a llorar, pero dado que mi madre le preguntó qué le pasaba, se abandonó al llanto. Aún pasó un buen rato hasta que lográramos sonsacarle qué le había ocurrido.
Resulta que en uno de aquellos anuncios se publicitaban vinos de la marca Málaga Virgen, y en él se cantaba reiteradamente ¡¡Málaga Virgen!! (podéis verlo AQUÍ)

Había que ver a la pobre Ana con sus lagrimones, diciendo que no le gustaba que en la tele dijeran ¡Mala la Virgen!
 Si se pudiera rebobinar la vida por años, buscaría aquel momento.

Aunque no tardará en llegar ese colosal invento de poder ver nuestros recuerdos. A poco que cierre los ojos y los busque, surgen muchos más que poder revivir.

Me acuerdo...

20 de octubre de 2015

TOMÁS PINTABARRIGAS (DE VICMA)

Algún amigo de la familia, observando nuestra natural tendencia a garabatear cualquier dibujillo cada vez que tenemos a mano un bolígrafo, acuñó aquella frase que tan famosa se haría: “Más feliz que un Cabrera con un boli”

Es verdad, los tres hermanos tenemos ese impulso en común, dibujar lo primero que nos viene a la cabeza en cuanto se nos pone a la vista un bolígrafo y cualquier superficie de papel.  
Cuando mi abuela terminaba de leer las revistas del corazón a las que era asidua, yo adornaba a sus protagonistas con gafas, bigotes, bocas melladas... y ponía sobre sus cabezas bocadillos con textos jocosos. Después Tomás añadía aún más gracia al conjunto con nuevos dibujos y otros comentarios, y así aquella prensa rosa terminaba siendo un desfile de caricaturas de lo más divertido.

Fran es mucho más artista. Él es capaz de dibujar, como el que no quiere la cosa,  una obra de arte en una simple servilleta de papel, en el reverso de una caja de cereales o sobre una piedra si le da por ahí. Algún día mostraré algunos ejemplos para que constatéis que no exagero cuando digo que son verdaderas obras de arte.

Pero en la entrada de hoy me voy a centrar en una de las “especialidades” de Tomás: pintar sobre la piel.
Me acuerdo de lo satisfecho que quedó Samuel del tatuaje de un reloj que le hizo a boli en su muñeca, o de lo mucho que les gusta a Aitana y a sus primas que les dibuje en los brazos flores o corazones con sus nombres. 
Cuando se esmera y utiliza más colores el resultado puede ser espectacular.
Basándose en el tatuaje real de una amiga, pintó otro a nuestra sobrina Anna. A ver quién acierta cuál es el tatoo real y cuál el pintado por Tomás.

El año pasado, una cadena de gimnasios convocó un original concurso a nivel nacional. Había que enviar una foto de la barriga, pintada con algún dibujo ocurrente. Como el premio era un año de gimnasio gratis, probó suerte con la barriga de Fran.
Y le estampó esta jugosa manzana con gusano incluido (en plena forma física, por cierto)

Qué mejor lienzo de piel que el vientre de una embarazada. A la primera que pidió permiso para dibujar "sobre esfera"  fue a Apamen, hace ya 8 años.

Desde entonces, decorar las barrigas de las madres "que llevan a su bebé a casette", como decía Mafalda, se ha hecho un clásico tomasiano en constante evolución.





También ha probado con el maquillaje propio de los efectos especiales, como esta hermosura, que podría titularse "Agujero negro de mis entrañas"
O, echando mano de pintura fluorescente, creó estos esqueletos vivientes.

 Y aunque hay otras muchas barrigas, pondré aquí el punto final, que no es mi intención empachar.
La del mismo Tomás, que espera que os haya gustado la entrada, se despide de todos vosotros escuchando a Barry(ga) White. (Observad que dos sobrinos le ayudan a formar el cuadro :D) 

13 de octubre de 2015

TAN DE VERDAD

Don Ramón Callejas tenía una gran virtud y un gran defecto. 
La virtud estribaba en su enorme capacidad para escribir mucho y bien. Era un escritor consagrado que había publicado decenas de novelas y ensayos con un notable éxito. El defecto, por llamarlo de alguna forma, era que no tenía secretos para con nadie, que decía todo lo que pensaba y revelaba todo lo que escribía.

En el momento en que os hablo de él, se encuentra en un café con un amigo.

—Hace tiempo que no publicas nada, Ramón, ¿no andas inspirado?
—¡Qué va, Miguel! ¡Al contrario! Estoy ahora con una gran historia. Creo que va a ser mi mejor novela. He conseguido un realismo tal, que a mí mismo me maravilla. De verdad, nunca me había ocurrido algo así. Los personajes son tan de verdad que…
—¿Qué título tendrá?
—Los amores de Álvaro y Francisca. Y como te digo, es todo tan real que... bueno, ¿por qué no te pasas por casa y lo compruebas tú mismo?

Con el transcurrir de los días, ese fue el tema en casi todas las tertulias y corrillos del café: Don Ramón estaba escribiendo un nuevo libro.
Los que presumían de conocerle bien, intentaban impresionar a los demás con alguna resonante novedad.
—Me dijo que estaba en sus últimos capítulos, que casi la tiene terminada. Lástima que sea tan mayor y vaya tan lento...
—A mí llegó a decirme que los personajes eran tan reales que habían cobrado vida propia —y rieron todos.
—Pues a mí me comentó que tuvo que romper unos folios porque uno de los personajes se le puso rebelde y no terminaba de actuar como él quería.
—Este Don Ramón está algo gagá, ¿no creen?
—Hace unos días, tomando un café juntos, me comentó que a veces sus personajes hablan todos a la vez. Yo le dije que tuviera cuidado con no marear a los lectores.
Todos rieron de nuevo, pero tuvieron que aplacar de inmediato su júbilo pues en esos momentos entraba el aludido.

—Buenos días, Don Ramón
—Buenos días a todos —contestó mientras se quitaba el abrigo con dificultad.
—¿Cómo va su novela?
—Pues... iba muy bien, pero ahora... no sabría decirles. Esta noche apenas he dormido.
—¿Estuvo usted escribiendo?
—No, discutiendo

Todos quedaron mudos esperando una aclaración. De todos era sabido que Don Ramón vivía solo. Tras sentarse delante de su café, prosiguió el escritor.

- Pues sí, los personajes no se deciden por cuál debe ser el final de la novela. Yo les he dado mi opinión, pero algunos no la aceptan. Al final, entre unas cosas y otras me acosté tardísimo.

Todavía transcurrieron unos años sin que nadie viera publicada la nueva novela de Don Ramón. De hecho, aquel interés por ella se había diluido mucho tiempo atrás, de la misma forma en que el escritor había ido abandonando su vida social, de una manera gradual, por muy pocos advertida.

No dejó, no obstante, de sentirse acompañado, pues en esos años posteriores a su paso por el café, otros curiosos le rodeaban y le observaban al hablar. Don Ramón les consideraba sus amigos, aunque estos no habían oído hablar de él jamás.

—Cuando la termine verán ustedes que es una obra maravillosa.

Don Ramón contemplaba esos rostros de mirada perdida y comprendía que era inútil intentar que le entendieran los compañeros de aquel manicomio, pero su única esperanza era hablarles como a personas normales, para no terminar siendo uno de ellos.

—Ya lo verán… ¡maravillosa!

A veces le visitaba algún contertulio del viejo café, pero ya no le preguntaban por su novela.

Una soleada tarde de otoño fueron a visitarle una pareja de novios. Preguntaron por él y una enfermera les acompañó a la gran cristalera por la que Don Ramón contemplaba sereno el exterior. Pero Don Ramón no les reconoció. Por mucho que se identificaron como Álvaro y Francisca y le hablaron de la novelara, él ya no se acordaba de nada.

Le dijeron cuánto habían deseado que volviera después de tantísimos años, y que ya se habían decidido por el final de la obra, y que debía acabarla pues era extraordinaria.

Pero Don Ramón volvió a mirar los campos soleados que se perdían en el horizonte tras el ventanal, y sus ojos nadaban tranquilos en la nada.

Cuento escrito en el año 1999

29 de septiembre de 2015

VUELVO A AYNA

(Nota: Es curioso esto que me ha pasado. Conforme escribía la entrada que a continuación expongo, me he ido metiendo en la piel de un singular actor español que siempre llamó mi atención: el gran José Sazatornil, “Saza”. Si recordáis su peculiar forma de hablar, pronunciando cada palabra con precisión, y esa seriedad tan divertida en su declamar, podréis leer el texto como si fuera él quien hablara. 

Digamos, pues, que he sido yo el que ha escrito lo que sentía, y Saza el actor que va a leer en voz alta por mí, y que de alguna forma ha conseguido que yo me convierta en él (o al revés, no lo sé bien)

Sí, reconozco que esto es muy extraño, pero cosas más raras se han visto en la vida, como gente que de repente levita, o amaneceres por donde no corresponde)

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Ah, no, no necesitaría yo ninguna excusa para volver a Ayna.

Desde aquella primera vez, hace ya tantos años, que asomado al mirador del Diablo contemplé aquel paraíso manchego enclavado en la montaña, y mis ojos recorrieron sus calles serpenteando hasta la verde cuenca por donde discurre el río, me quedaron estas continuas ganas de volver siempre.

Lo que entonces no sabía es que, después de aquellas visitas de mi juventud, volvería a Ayna con intenciones de invadirla.


Sí, los tiempos han cambiado y ahora, una vez al año, hay que invadir Ayna.

No, no se me escandalicen ustedes, es una invasión multitudinaria, pero pacífica, sin más extravagancias que las justas, y controlada, muy controlada, que hasta en la capital tienen conocimiento de ella. Pero, claro, sigue siendo una invasión al fin y al cabo (¿He dicho cabo? ¡Viva el cabo santo!)

Supongo que se preguntarán ustedes si es realmente una invasión sin armas. Bueno... yo me atrevo a asegurar que sí, pero todo es relativo, por supuesto. Algunos opinan que las calabazas, tanto maduras como pochas, podrían utilizarse como explosivos, y parece ser que hay quien sabe utilizar el culo como lanzallamas, pero lo cierto es que por allí no he visto nunca cosas semejantes, y de verdad creo que en estas invasiones lo más grave que puede ocurrir es que alguno se saque la chorra.

¿Cómo dicen? ¿Que qué tipo de gente es esa que llaman amanecistas? Pues... gente rara, no nos vamos a engañar. Por allí he visto de todo, desde un negro que no es negro pero que hace bonitas estampas a la luz de la luna, hasta alguna señorita que pide a gritos que la mate un camión, pasando por un alcalde que se niega a que la tía despampanante que le acompaña sea comunal, un director de banda que (dicen) le da a la gotica de sidra, o un niño deprimío que hace mucho dejo de ser niño y ahora se ríe hasta de su sombra. Eso sí, todo minorías étnicas muy respetables, que allí tiene cabida todo el mundo (salvo si eres catecúmeno o plagias a Faulkner, claro, porque todo tiene un límite, y cosas así están muy mal vistas y dejan un poso de hiel, oh, sí)

Me preguntaban el otro día qué requisitos eran necesarios, heterosexualmente hablando, para ser un amanecista invasor y que le den a uno posada y plato caliente.

—Muy sencillo —contesté al interesado—. Para empezar, a la primera persona que se encuentre habrá de decirle que quería usted hablarle de Dostoievski.
—¿De Dostoievski? —se extrañó— ¡Pero yo no he leído nada de Dostoievski!
—No importa, ya verá cómo le contesta que enseguida baja, señal inequívoca de que lo ha aceptado. Después podrán hablar del libre albedrío si quieren.
—¿Cómo que del libre albedrío?
—Sí, hombre, que es un tema muy bonito el del libre albedrío, y viene siempre pintiparado.
—No sé yo si...
—Ah, también cabe la posibilidad de que alguien exclame “¡Aleluya!”
—¿Aleluya? ¿Y qué digo yo si oigo Aleluya?
—Está muy claro: ¡Se llama corazón! A ver, probemos: ¡Aleluya!
—¡Se llama corazón!
— ¡Aleluya!
—¡Se llama corazón!
—No está mal. Se lo voy a anotar como satisfactorio.
—¿Y qué pasa si me siento raro o incómodo?
—Hombre, pues se puede cambiar el papel con otro y ya está. O hacer unas rogativas a los santos para que cambien su suerte. O también puede hacer flashback.
—¿Y cómo se hace flashback?
—Bueno, tampoco voy a ser yo más papista que el Papa. Para hacer flashback espérese a que lo ordene el señor alcalde.
—¿¿Pero qué alcalde??
—Ya lo verá, no se preocupe, además es muy fácil de distinguir porque se le ve en lo alto de la viga cuando se ahorca.

Y la verdad es que me quedé contrariado porque el amigo no pareció marcharse muy convencido. 

Siempre me han dicho que soy un intelectual y que hablo muy bien, qué digo bien, ¡un pijo de bien!, y yo no le veo más que ventajas a esto de ser intelectual, pero a veces, no sé, como no tenga cuerpo de Góngora... no alcanzan a comprender todo lo que quiero decir.

En resumidas cuentas, que este fin de semana me voy a invadir Ayna con otros amanecistas de esos tan locos, tan absurdos y tan rurales que la ley llega a permitir. De paso, ya que estamos, invadiremos también Lietor y Molinicos, porque son lugares muy vistosos, que no hacen mal a nadie y que cuando no vas en bici, comes muy bien.

Y que, como ya he repetido en otras ocasiones, es esta una experiencia contingente pero necesaria que hay que disfrutar al menos una vez en la vida, siempre y cuando lleven una calabaza en el corazón, les guste la moto que les he comprado y hayan captado todo esto que llevo hablado: que el que vive y siente el amanecismo... tiene cuerda para rato.

Pero ya me callo, sí, ¡la tabarra que les estoy dando!

¡Viva el amanecismo, y viva el arroz de Calasparra!

Aunque lo que me fastidia es que a lo mejor no llevo razón, ¿me entienden?

24 de septiembre de 2015

¿HE DICHO YA QUE SOY DE YECLA?


Me gusta la tranquilidad de Yecla y la paz de sus refugios naturales al alcance de mi mano.
Me gusta el colegio Las Herratillas al que he entrado tantos años acompañando a mis hijos, y el escuchar cada mañana  una nueva canción en su megafonía. Me parece la mejor manera de empezar el día.
Me gusta la avenida en la que vivo. Sus árboles, sus bancos...
Me gustan las vistas de Yecla desde la serpentente bajada del Santuario del Castillo, las casas del lugar y la pinada en todo el recorrido, en la que suelo ver ardillas saltar de rama en rama.
Me gusta el café con leche de La Paloma y las ensaimadas rellenas de crema tostada de La Mallorquina. No, esto no me gusta, ¡me encanta!

Me gustan las Fiestas de San Isidro. El ambiente y el colorido de las calles en esos días de mayo. La alegría contagiosa.
Me gusta el acento yeclano y oír a  mis hijos exclamar el típico "¡Púe!" yeclanico de pura cepa.
Me gusta el tinto  Iglesia Vieja, que puede codearse con los mejores vinos de todo el país.
Me gusta el Teatro Concha Segura, un lugar mágico para los sentidos.
Me gusta la cúpula de la Purísima (la capacica) visible desde casi cualquier punto y uno de los símbolos de la ciudad.

Me gusta perderme por las calles más estrechas de la zona alta, y llevarme la cámara para fotografiar sus rincones.
Me gusta la gachamiga y el queso frito. 
Me gusta mirar la Iglesia de El Salvador (la Iglesia Vieja) desde los arcos de la Plaza Mayor, y resguardarme allí cuando llueve.

Quince años viviendo en Yecla. 
Las raíces me han crecido y son fuertes  y muy hondas.

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ACTUALIZACIÓN (26/9/15)


He recordado que hace 5 años  grabé un vídeo que incluí en una entrada titulada DIEZ AÑOS EN YECLA (sí, el tiempo camina ligero) Al ir a revisarla he descubierto que no lo hice a través de YouTube, sino de Kewego, y como este servidor parece haber desaparecido, también había desaparecido aquel vídeo. Afortunadamente, he buscado en mis archivos y lo he encontrado, así que  vuelvo a reponerlo tanto en aquella entrada como en esta, porque lo grabé con mucho cariño y creo que resulta ameno este PASEO POR YECLA en aquel frío día de invierno de 2010.

Aquí lo vuelvo a compartir con vosotros:


18 de septiembre de 2015

20 DICHOS QUE DE MÍ HAN DICHO

El diablo solo tienta a aquel con quien ya cuenta.
Así que los que tengan trato conmigo,  que no me echen la culpa después. Sois vosotros los que tentáis a la suerte acercándoos a mi vera, verita, vera.

Cuando Dios se hizo hombre, ya el diablo se había hecho mujer.
Esto ya lo cantó Chenoa: "Cuando Tú vas, yo vengo de allí..."

Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
A mi abuelo Juan le habría gustado saber que me hice Diablo. Él, que siendo yo un niño hacía travesuras pellizcándome por debajo de la mesa cuando comíamos. 
"¿Qué pasa?", me preguntaba al ver mi cara de sorpresa. 
"No sé, creo que me ha mordido algo" 
"Ah, ese va a ser el Tío Mochilón" (o el Tío Paneque otras veces) 
Y levantaba las faldas de la mesa para exclamar: "¡Tio Mochilón, a ver si dejas tranquilo a mi nieto!"
Él jugaba a engañarme y yo a dejarme engañar. Así me hice un experto en el engaño.
Cosas de viejos diablos...

El hombre propone, Dios dispone, llega el diablo y todo descompone.
El caso es cargarme a mí el mochuelo de todos los males, ¡dita sea!

El que no agradece, al diablo se parece.

(Aprovecho para agradecer a Ángeles este retrato tan chulo que para mí hizo. 
¡Gracias, quichilla!) 

A quien Dios no dio hijos, el diablo le dio sobrinos.

La mujer, sólo el diablo sabe lo que es; yo no lo sé en absoluto.
(Fiodor Dostoievski)

El que no conoce a las mujeres es porque no quiere. Existe un libro llamado "Cómo entender a las mujeres" al alcance de todos. Tiene 48 tomos, sí, pero con algo de voluntad...

(La de la foto es Julie Newmar en un episodio de The Twilight Zone)

Cuando el diablo está satisfecho, es una buena persona.
(Jonathan Swift)
Y yo en cualquier monte soy feliz. Foto de otra época, cercana al Pleistoceno, cuando me llevaba bocata... ¡y una botella de vino! Al final acababa más... buena persona.

Bonito era el diablo cuando niño.
Esto es una verdad incuestionable. Ese bizcocho en remojo soy yo, con mi padre en la playa de Benidorm, donde entonces vivíamos. 

El beso lo inventó Dios, y el diablo lo que viene en pos. 
¿Algo que lamentar?


Enfermo que come y mea,  el diablo que se lo crea.

Esto me recuerda a aquella vez en que hubo una fiesta de disfraces en Petrel y yo me presenté como Jerry Lewis, con unas gafas torcidas y haciendo el payaso. Alguien por allí me ofreció champán en botella y por no despreciarle la invitación,  bebí. Luego bebí más. Y más... 
Al día siguiente estaba fatal, no podía con la resaca y el dolor de cabeza. Mi hermana se acercó a mi cama y se puso aquellas gafas.
"Doctora Hipotenusa , le dije angustiado, ¿qué es lo que tengo?"
"Empacho champán", me contestó.

La mujer es fuego y el hombre estopa; viene el diablo y sopla.
¿Pero el fuego no era cosa mía? ¡Si es que hasta me roban los papeles!

Si Dios hizo la abeja, hizo la avispa el diablo.

Verdad verdadera. Y de la naturaleza diabólica de las avispas, puedo dar fe.

Las armas las carga el diablo.

Cierto. Consta en mi biografía. 
Durante el servicio militar en Madrid, fui el encargado de entregar las armas a toda la tropa a diario (Foto con cara chulico). También hice un curso de armero en el que aprendí a desmontar pistolas y CETMES, limpiarlos y volverlos a montar. 
Desde entonces no he vuelto a tocar un arma de fuego.
(Pero de fuego sigo sabiendo un rato, ¿eh?)

Cuando el diablo canta, contento está el infierno.
Pues no lo sé, pero me han dicho que cantar La barbacoa en el infierno es de mal gusto.

Tú que querías y yo que tenía ganas, sucedió lo que el diablo deseaba.
Nada que alegar. Además, yo solo hablo en presencia de mi abogado.

Cuando toma cuerpo el diablo, se disfraza de fraile o de abogado.


Me alegró encontrar esta curiosa foto de Friedrich W. Murnau, maquillando a un diablo para su película Fausto
Empiezo a entender por qué vino a mí.

Cuando el diablo te acaricia, es porque quiere el alma. 
Y si te dejas acariciar... ver refrán 1.

"Diablo" es el pseudónimo de Dios cuando las cosas salen mal.
¡Esta me ha gustado! Y demuestra lo que siempre digo, que no todo es culpa mía. La oveja negra, el maligno, el ángel caído...  Toda moneda tiene dos caras, ¡pero es una sola moneda! 
Ahí queda eso. ¡Reflexionad!

El diablo, cuando no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo.
O cuenta cosas en el blog. Que no es tan malo al fin y al cabo.