Ahora que tengo en casa a mis pequeños alborotadores (que son dos pero a veces parecen cuatro) me pregunto cómo sobrevivieron mis padres con cuatro hijos, sobre todo nuestra madre, que, como suele ser habitual, era la que pasaba más tiempo pendiente de nosotros. ¿Cómo haría para tener tanta paciencia? ¿Dónde compraría pastillas contra la desesperación? ¿Por qué no le hemos construido un monumento todavía?
—Papá, ¡¡el viernes nos dan las vacaciones!! —me han estado recordando mis hijos todos los días de la semana.
Como si no lo supiera...
Y todos los días sonriéndoles, y exclamando "¡Qué bien! ¿eh?"... Y tragando saliva.
La verdad es que me acuerdo de aquellos días previos a las vacaciones de Navidad que también viví de niño y comprendo bien su ilusión, pero, claro, se han vuelto las tornas, y aquella maravillosa visión de más de dos semanas sin cole, se ve hoy con otra perspectiva: diecisiete días seguidos con niños en casa... ¡glubs!
Y no es que sean niños insoportables, ni mucho menos, pero uno se acostumbra a la rutina de dejarlos en el cole por las mañanas y tener unas cuantas horas de paz celestial, y ahora...
Digamos que Samuel es un gaitero. Un virtuoso gaitero con muchas ganas de tocar la gaita.
Aitana es la gaita, una gaita que suena con el más mínimo roce, que casi puede sonar con tan solo mirarla. Una señora gaita, vamos.
Y yo soy el sufrido espectador que no soporta el sonido de las gaitas y que se ve obligado a tragarse, sin escapatoria, los espectaculares conciertos que tiene programados el gaitero en días consecutivos.
¿Lo he explicado bien?
Se levantan con un millón de ganas de jugar. No suele ocurrir nada si lo hacen por separado, salvo algún conflicto de territorialidad que consigo apaciguar con Tratados urgentes. Pero siempre llega el momento en que deciden jugar juntos. ¡Juntos! (Juntos = Peligro)
Parece que para jugar juntos no valen medias tintas: uno ha de llevar la voz cantante y el otro ha de acatar lo propuesto.
Si la cosa es divertida, milagrosamente la sociedad funciona. El problema empieza cuando el que aceptó el juego propuesto, opina que no le resulta tan divertido, y entonces sugiere cambios. Cambios, ¡qué risa!, no hay cambios que valgan. No sé cómo lo hacen pero el que propone el juego siempre adopta una posición conservadora y nunca tolera las propuestas progresistas del socio de diversión.
"Que así no" "Que es así". "Que así no quiero". "Me da igual, el juego me lo he inventado yo" "Pues no juego" "Pues no juegues" "Pues al papá vas"
Cuántas veces vendrán a mí, al Tribunal de Justicia, con sus quejas, sus acusaciones, sus denuncias... uff, incontables. Y como la verdadera Juez resuelve-conflictos, es decir, la madre de las criaturas, trabaja en el comercio, los sábados por la mañana son siempre así: montañas rusas de diversión y locura.
"¡Ah, no, no, a mí no me mareéis! Resolved vuestros problemas entre vosotros. Mirad que si no os lleváis bien no podréis jugar juntos y os aburriréis"
"Pero es que dice...", "pero es que me ha hecho...," "pero es que no quiere..."
Por eso, cuando hay relevo de Jueces y yo me voy al trabajo, es como si me retirara a un paraíso perdido a respirar aire puro, olvidando todos los contenciosos.
Luego resulta que con Apamen son unos benditos y juegan juntos en feliz armonía, lo que me hace sospechar que saben muy bien calibrar a ambos magistrados. De sobra deben saber que yo soy el blando, el que acepta sobornos y chantajes, mientras que ella es la implacable, la que envía a los calabozos a la más mínima y sin contemplaciones.
En fin, que quede todo esto visto para sentencia, porque yo paso a otra cosa.
Como de los dos Jueces, soy yo el que escribe las anécdotas, ahí van un par.
(Caminando con Aitana por la calle)
—Ay, casi piso esa caca de perro —me dice.
—Si la llegas a pisar te habría traído suerte.
—¿Cómo que suerte?
—Eso dicen, que si pisas una caca tendrás suerte.
—Pero yo no me atrevo a pisarla... ajj, qué asco.
—No, no hay que pisarla a propósito, me refiero a pisarla sin querer, sin darte cuenta.
Y tras reflexionar unos segundos...
—No, yo no creo que traiga suerte, ¡trae peste!
(Con Samuel en casa)
—Papá, mañana tengo examen de mates, ¿me pones ejercicios a ver si los sé hacer?
—Claro, ¿qué tipo de ejercicios?
—Como estos —me dice mostrándome el libro de matemáticas abierto.
Les echo un vistazo y me parecen chino mandarín. ¿En quinto y ya no entiendo nada? ¡Qué desastre! Pero en fin, me limito a variar los enunciados y cambiar las cifras y le paso los nuevos problemas. En pocos minutos los trae resueltos y además me los explica.
—Aquí son 2/12 y el sustraendo es mayor porque blablabla... En este son 280 del total, que se representa blablabla... Y aquí son 3/4 porque en esta fracción blablabla
—Perfecto, Samuel, guárdalo todo en tu mochila.
—¡Pero no los has corregido!
—No hace falta. Con la rapidez que lo has hecho y lo bien que te explicas, tiene que estar bien a la fuerza.
Se me queda mirando con sonrisa socarrona.
—Ah, claro, que tú en mates eres very malo, ¿eh?
—Uff, pero very very.
Y luego me trae unas notazas que me llenan de orgullo y me dan un poco de miedo. ¿¡De dónde habrá salido este extraterrestre!?
Debió ser a finales de 1974 o principios del 75 porque Fran era un bebé y estaba en la cuna. Jugábamos a que yo era un monstruo que iba a comerme a ese bebé, y Tomás tenía que impedirlo.
—¡Aparta de la puerta, que me voy a comer a ese niño!
—No! ¡Vete!
Lo empujé a un lado y entré en la habitación.
—Jajajaaa, me lo voy a comeeeer —y aproximándome mucho a la carita de mi hermano, que dormía tan tranquilo, abrí mucho la boca hasta casi atrapar su moflete.
Por supuesto, solo estaba interpretando un papel, pero Tomás pareció tomárselo muy en serio, y lo último que yo esperaba es que me diera un fuerte golpe con el puño en la cabeza.
—¡Que no te comas a mi hermanito!
Y Fran se despertó de golpe y empezó a llorar con fuerza. ¡Lógico, si con el puñetazo casi me como el moflete de verdad!
Salí de la habitación a todo correr y Tomás me siguió sin entender bien por qué. Al poco nos llamaba nuestra madre, muy enfadada. Que qué habíamos hecho, que el nene tenía una señal en la cara, que teníamos que haber sido nosotros...
Niños... Niños que no dejan de jugar y que, aún sin pretenderlo, acaban con la paciencia de los padres. La vida se repite como un calco.
Me despido con el vídeo de una conocida canción. La cantábamos de niños y hoy la conocen nuestros hijos también y, muy probablemente, la cantarán nuestros nietos en el futuro, porque es una canción imperecedera que jamás pasará de moda; una canción que es alegre y triste a un mismo tiempo y que tiene el dulce sabor de los bellos recuerdos de la niñez.
































