Hubo unos años, a finales de los
ochenta y primeros noventa, en los que mi madre y yo nos apuntábamos
a todas las oposiciones que por nuestra zona se convocaban, (a todas a
las que con nuestro nivel académico podíamos aspirar, claro)
Mi madre tenía la corazonada de que yo
era capaz de superar alguna de aquellas pruebas y conseguir así un
puesto de trabajo en propiedad, pero recuerdo que cuando miraba
aquellos temarios se me caía el alma a los pies, y al leerlos me
resultaban tremendamente complejos y, lo que era peor, enormemente
aburridos.
¡La manía que llegué a cogerle a la
Constitución y al Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana!
El Tribunal Supremo, el Tribunal Constitucional, el Tribunal de
Cuentas... es que me parecía que había más paja de la necesaria (y
me lo sigue pareciendo)
Cuando se acercaba la fecha del examen, intentaba convencer a mi madre de que era absurdo presentarme porque
no iba preparado, pero ella me insistía en que era muy importante
asistir.
“Ten en cuenta, me animaba, que
muchos no se presentarán porque piensan como tú, y que otros
muchos irán menos preparados. En el peor de los casos te servirá de
experiencia. ¡No tienes nada que perder!”
Y como a alguna de aquellas
convocatorias nos presentamos juntos y ella iba tan decidida, nunca
quise ser menos y no falté a ninguna.
Y no fueron pocas.
Recuerdo haberme presentado para
celador de hospital, auxiliar de biblioteca, auxiliar de banca,
ordenanza... ¡Incluso para policía local! Por cierto, que me sigue
pareciendo inconcebible que aprobara las pruebas físicas para
policía. Se me hizo un mundo aquella maratón de pruebas, pero con
muchísimo empeño (y uno, que era joven) logré superarla. Claro
que el temblor de cuerpo y la cara roja como un tomate me duraron
horas. Recuerdo que al acabar no tenía fuerzas ni para quitarme la
ropa en el vestuario.
Pero ahí quedó la cosa, porque
después no se me dio bien la prueba escrita.
Anécdotas de aquellos tiempos de
opositores tenemos muchas, como la vez en que por culpa de mi
atrofiado sentido de la orientación nos perdimos volviendo de Murcia
y di un rodeo tan grande que casi triplico la distancia. Mi madre no
sabía si reír o llorar y al final decidimos que era mejor
contemplar el paisaje muertos de risa.
Pero si he querido escribir hoy sobre
aquellos tiempos es porque hace unos días pasé por Monforte del
Cid y me acordé de la vez en que me presenté allí a una oposición
para una plaza de jardinero. Sí, de jardinero, y me hace mucha
gracia pensar hoy en ello.
Monforte del Cid es un pequeño
municipio de unos 7000 habitantes, a 16 kms de Petrel (donde entonces
yo vivía) conocido sobre todo por tener una de las zonas de
producción de uva de mesa más importantes de Europa.
Uno de los requisitos de aquella
oposición era tener conocimientos de inglés oral y escrito, algo
que me chocó mucho y que fue objeto de chistes por parte de mi amigo
Juan Luis, a quien sigo la corriente en cualquier tipo de
conversación.
—Claro, hombre —me decía—, supón
que a la reina de Inglaterra le diera por visitar Monforte del Cid y
preguntara cómo se hacen los esquejes con los geranios. Tendrás que
estar a la altura para contestarle, ¿no?
—Bueno, la verdad es que visto así...
Pero a lo mejor piden inglés porque tal vez las plantas de Monforte
sean de origen inglés, y como dicen que si hablas a las plantas
crecen mejor...
—Ahí está la cosa, no puedes hablarles en
español, ¡no te entenderían!
—A lo mejor les van bien las obras de
Shakespeare...
—¡Totalmente! Seguro que con el To be
or not to be, los rosales crecen que da gloria verlos.
Llegó el día del examen y cuando me
presenté en el ayuntamiento, descubrí con gran sorpresa que no había
más gente esperando a hacer las pruebas. ¡Estaba yo solo! Por unos
instantes me pasó por la cabeza que por mal que me salieran las
cosas no tendrían más remedio que concederme la plaza. ¿Acaso la
dejarían desierta para quedarse sin jardinero? ¡Tenía que ser
mía! Secretamente, empecé a ilusionarme.
Entonces ocurrió algo extraño, y es
que me pidieron que esperara un poco porque faltaban no se qué
papeles. Unos minutos después entró un chaval con el rostro azorado
por haber llegado corriendo. Pensé que sería el que traía lo que
faltaba pero... ¡resultó ser otro opositor!
Recuerdo que ese rival imprevisto me
fastidió enormemente y lo miré con cara de pocos amigos.
El examen estaba dividido en dos
partes. En la primera había una serie de operaciones matemáticas,
alguna de trigonometría y unas pruebas de ortografía. Estaba claro
que para ser jardinero en Monforte no valía cualquiera.
Aquella primera prueba la superamos
ambos.
La segunda consistía, si mal no
recuerdo, en preguntas sobre la provincia de Alicante, la consabida
prueba de inglés y un test sobre el temario específico.
Terminé con la impresión de haberlo
hecho bastante bien, pero minutos después, cuando en el tablón de
anuncios colocaron el resultado final, la nota del que llegó
corriendo, aunque por muy poco, superaba a la mía y, por lo tanto,
él se llevó la plaza.
Lo cortés no está reñido con lo
valiente, y pasados los primeros segundos de desilusión, di la
enhorabuena al aprobado. Pero fue al descubrir que era de allí, de
Monforte, cuando me marché con la impresión de que habían barrido
para casa.
Es curioso que me presentara a aquel
examen sin creerme del todo lo que estaba haciendo, sin verme como
posible jardinero, que lo hiciera por cumplir con el trámite y sin
mucha fe, y que sin embargo la decepción por no conseguirlo me
durara más que en otras ocasiones. Sin duda me llegué a ver mucho
más cerca de lograrlo que nunca.
Muchos años después, al volver a
pasar por Monforte del Cid, sonreía pensando qué hubiera sido de mi
vida de haber conseguido aquella plaza. ¿Seguiría desempeñando hoy
la labor de jardinero? ¿Estaría contento con mi trabajo? ¿Y qué
uso habría hecho del inglés? ¿Saludaría a los gladiolos con un
Good morning, my friends? A lo mejor, después de podar los setos,
hubiera encontrado un hueco para tomar el té con las petunias y
leerles el Daily Mirror.
Bromas aparte y disgusto olvidado,
tengo que reconocer que lo mejor que hice en aquellos tiempos fue
hacer caso a mi madre.
Tras alguna de aquellas oposiciones no
aprobadas, entramos a formar parte de una bolsa de trabajo que sirvió
para que un día nos llamaran para firmar un contrato. A ella para
trabajar en el servicio de plancha del Hospital de Elda, donde estuvo
varios años, y a mí como conserje en un instituto de secundaria de
Elche donde trabajé siete años. Siempre he dicho que aquellos fueron los siete años más
felices de mi vida laboral, sobre los que me gustaría mucho escribir
algún día.
La experiencia por años trabajados sí
que me sirvió después para sumar puntos y aprobar finalmente un
concurso oposición que me dio la tranquilidad de un trabajo estable.
Y es justo reconocer que todo se lo
debo a mi madre. “¡Tú preséntate, no tienes nada que perder!”
Gracias, mamá, por tu insistencia y tu
fe en mí siempre.

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