18 de noviembre de 2013

DEMUESTRA QUE NO ERES UN ROBOT II


GIRO II

(En el que encontramos a nuestro vigilante de la torre, Gonzalo de Querencia, rastreando entre unos arbustos junto a las faldas del castillo. A no mucha distancia, los dos guardianes de la puerta le observan caminar en círculos, mirando al suelo)

GUARDIÁN 1: ¿Veis a aquel pazguato? ¿Cuánto tiempo lleva allí y qué diantres está haciendo?
GUARDIÁN 2: Eso mismo me preguntaba yo. Ni lo vi salir ni tampoco llegar. Me resulta harto sospechoso.
GUARDIÁN 1: Callad un momento... ¿Oís? Diría que está hablando solo.
GUARDIÁN 2: Sí, habla solo. Estemos alerta, todo apunta a que va a ser un robot.
GUARDIÁN 1: Ah, pues mucho nos jugamos si otro espasmódico de esos entra en la ciudadela. Ya sabéis qué órdenes nos han sido dadas.
GUARDIÁN 2: ¡Por los pucheros de mi abuela! ¡Son como ratas!
GUARDIÁN 1: Y si las ratas portan la peste, Dios sabe qué podrían traer estos robots a nuestras familias. 
GONZALO: (llega su voz desde lejos) ¡Maldita sea mi suerte! ¿¿Dónde está??
GUARDIÁN 1: Averigüemos algo de una vez, ¡preguntadle qué hace!
GUARDIÁN 2: (alzando la voz) Eh, señor, ¿puede saberse qué es lo que hacéis?
GONZALO: ¡Busco mi reina!
GUARDIÁN 2: (en voz baja a su compañero?) ¿Ha dicho que busca a la reina?
GUARDIÁN 1: (gritando) ¿Podéis repetirlo?
GONZALO: ¡¡Busco mi reina!! ¡¡Se me cayó de lo alto de la torre!!
GUARDIÁN 2: (a su compañero) ¿Pero qué dice ese chalado? ¿Qué la reina se ha caído desde la torre?
GUARDIÁN 1: (gritando) ¿De qué reina habláis? ¿De nuestra reina?
GONZALO: ¡No, de mi reina, la de mi juego, la de los pechos de nácar!
GUARDIÁN 2: (a su compañero) Una de dos, o es un amante de la reina o es un loco de atar. O tal vez un amante de la reina, despechado y loco de amor.
GUARDIÁN 1: Jamás digáis en público que la reina tiene amantes.
GUARDIÁN 2: ¡Pero los tiene!
GUARDIÁN 1: Sí, los tiene, pero se supone que nadie lo sabe. Cuidaos de decirlo en voz alta
GUARDIÁN 2: Pues ese lo sabe, y además lo pregona a gritos. Como se entere su majestad que la reina tiene pechos de nácar...
GUARDIÁN 1: ¡No seáis majadero! Y no nos dejemos engañar, esos robots podrían ser cada vez más sofisticados. ¿Y si está haciendo la pantomima de ser un loco?
GUARDIÁN 2: ¡Cuidado, parece que se acerca! 
GUARDIÁN 1: ¿Tenéis preparados los carteles?
GUARDIÁN 2: Aquí mismo están.

 (Un cabizbajo Gonzalo se acerca a las puertas del castillo)

GUARDIÁN 1: ¡Alto a la guardia del castillo! ¡Identificaos!
GONZALO: Soy Gonzalo de Querencia. El vigilante de la torre.
GUARDIÁN 2: El vigilante, ¿eh? ¿Y dónde está la Reina? ¿La tenéis bien vigilada?
(Su compañero le pisa un pie para despertar su prudencia)
GONZALO: Finalmente no la he hallado... Cayó por ahí, pero me rindo, he de volver a mi puesto.
GUARDIÁN 1: ¿Cuál es vuestro puesto?
GONZALO: Ya os lo he dicho: dadme licencia para subir a mi torre.
GUARDIÁN 1: ¿El vigilante decís? Un vigilante jamás abandona su puesto.
GONZALO: ¡Por San Emepetresio!, ¿creéis que no lo sé? ¡¡Pero necesitaba bajar unos minutos para recuperar esa reina!! Figura tan bella, tan delicada... La moldeó mi padre con sus propias manos y un buen día me la entregó para mi uso y disfrute. 
GUARDIÁN 2: (en susurros a su compañero) Está claro que ES un robot. No conoce a la reina. Nuestra reina no es tan apetecible... Ohh, bueno, está bien, no me piséis más.
GUARDIÁN 1: ¿Cómo se llama nuestra Reina?
GONZALO: ¿Eh? ¡Ah! Doña Nicolasa de Tangaza.
GUARDIÁN 1: ¿Y tanto la conocéis?
GONZALO: Ah... pero no, un momento, yo no buscaba a nuestra reina, yo hablaba del ajedrez.
GUARDIÁN 1: En cualquier caso,  no podéis entrar sin demostrar que no sois un robot.
GONZALO: ¿Un robot yo? ¡Pero cómo voy a ser un robot! Me estáis viendo, me estáis escuchando. ¡Soy el vigilante de la torre!
GUARDIÁN 2: Si es así, leed esto:

GONZALO: ¿¡Pero cómo!?… ¡semejante humillación hacia mi persona! … En fin, todo sea por demostraros cuán incompetentes sois. A ver… SAAOPM
GUARDIÁN 2: ¡Ja! ¡Erráis! Dice SAFTOPM. ¡Marchaos, no podéis entrar!
GONZALO: ¡Por San Ifoniano! ¿Y por qué utilizáis  letras borrachas? ¡Mostradme otro cartel!

(Se oye un leve llanto a sus espaldas. Por el camino al castillo se acerca una vieja que anda encorvada. Lleva a un niño pequeño aferrado a su mano y les sigue un perrito de aspecto nervioso)

NIÑO: ¡Buaaa, tengo hambre!
VIEJA: Pacencia, zagalico mío, pacencia, que ya llegamos. Buenas tardes, señores, dejen paso, dejen paso.
GUARDIÁN 1: ¡Alto a la guardia del castillo! Esperad vuestro turno, señora.
VIEJA: ¡Púe! ¡De esperar nada!, ¿no ven que mi niño tiene hambre? Vengo a comprar leche y morcillas.
GUARDIÁN 2: Aguardad un momento. Se han de pasar unas pruebas, y aquí, el caballero, estaba primero. (Levanta ante los ojos de Gonzalo otro cartel) Leed esto.
GONZALO: O-FI-A-MIN
GUARDIÁN 2: Bien, ¿y la cifra?
GONZALO: ¡Santo Shiba! Ni mis ojos, que todo lo ven, son capaces de leer eso. ¿Qué lente utilizáis? Debe tener más mierda que las caballerizas.
NIÑO: (llorando) Tengo hambre
VIEJA: Caballero, llevo mucha prisa. ¡Diga 139 y pasemos todos!
GUARDIÁN 1: Le ruego no atosiguéis, señora.
GONZALO: ¡Hacedle la prueba a ella primero, ese niño me encrespa los nervios!
GUARDIÁN 2: Veamos, señora, decidme qué leéis aquí.
VIEJA: ¡NALIZAS 240!
GUARDIÁN 1: Es correcto, podéis pasar. 
VIEJA: Gracias. Era fácil. ¡Hasta un niño lo entendería!
GUARDIÁN 1: ¿El chucho viene con vos?
VIEJA: Sí, sí. Buenas tardes, caballeros.
GONZALO: ¡Maldita sea mi sombra! ¡No me vais a dejar aquí para siempre! ¡Otro cartel!
GUARDIÁN 2: Este mismo:

GONZALO: ¡Tamaño dislate! ¿Me tomáis el pelo? ¡No es posible leer eso!
GUARDIÁN 2: Los robots tampoco pueden.
GONZALO: (montando en cólera) ¡¡Basta!! ¡¡No soy un robot!! ¿No veis que formo parte de esta ciudad? Soy... ¡¡soy humano!!  ¡Mirad, mirad mis lágrimas! ¿Acaso lloran los robots? ¡Dejadme entrar, os lo ruego!
GUARDIÁN 2: (mirando indeciso a su compañero) ¿Qué hacemos? A mí ya no me parece tan robot.
GUARDIÁN 1: ¡Cómo se nota que sois funcionario fijo! Los interinos aún nos tomamos el trabajo en serio. Lo siento pero nadie pasará sin demostrar no ser un robot.

(Gonzalo se apresura a sacar de su bota una daga con la que hace un corte en la palma de su mano. Empieza a sangrar)

GONZALO: (furioso) ¡Mirad mi sangre, botarates! ¡Ningún robot sangraría como yo! 

(Y empujando a los dos guardianes, entra en el castillo sin que se lo impidan)



GIRO III

(Gonzalo corre por el patio de armas hacia las escaleras de la torre. Sube apresurado los altos escalones. Le duele el corte en la mano, pero aún más la humillación de la puerta) 

GONZALO: (jadeando entre sudores)  ...157, 158, 159, 160...  maldita mi suerte... 162, 163, 164, 165...  maldita mi estampa..., 167, 168, 169, 170... ¡¡malditos todos!!

(En el escalón 180 se topa con el niño de la entrada, que, sentado, está dando trozos de   morcilla al perrito)

GONZALO: ¡¡Aparta, mocoso!! ¡Este no es lugar para un niño!
NIÑO: (sonriéndole y con un extraño brillo en los ojos) Os entiendo, señor, pero my thankfulness for this wonderful site. You can visit my weblog  "Beds for kids"
PERRO: ¡¡GUAU GUAU fuck bạn, thằng ngốc!! Arf, arf...

(El vigilante les esquiva horrorizado, y continúa subiendo sin aliento)

GONZALO: ...198, 199, 200, 201 y...
RECAREDO: ¡¡Dichosos los ojos que os ven, amigo Gonzalo!! Ya empezaba a pensar que  habíais tomado gusto al campo. Ganas tenía de veros aparecer, pues tengo una grata sorpresa que daros ¿Sabéis algo gracioso? He contado las fichas del ajedrez  ¡y están todas! ¡Aquí está la reina blanca también! Lo que vi caer debió ser un frasquito de arnica que llevaba en un bolsillo. Qué cosas ¿eh?... Pero, ¿no decís nada?... Permitidme expresar mi desagrado hacia vos: traéis un aspecto horroroso... ¡y qué veo! ¿sangráis? ¿habéis estado apartando espinos acaso? En verdad os digo que os tomáis las cosas demasiado en serio. Si llego a saber que tardaríais tanto en volver, habría bajado yo mismo... ¡Pero, diantres, por qué me miráis de esa forma!

(...)

GUARDIÁN 2: (a su compañero) Esta misión es harto agotadora. Tantas horas aquí plantado hacen que mis ojos se engañen con  visiones. ¿Sabéis lo que diría haber visto?  Un hombre volando con una larga venda atada a un pie.  

FIN

(Dedicado a Ripley
que detesta tanto las palabras de verificación,
que me hace sospechar que sea un robot)

16 de noviembre de 2013

DEMUESTRA QUE NO ERES UN ROBOT

TRAGEDIA GRIS EN TRES GIROS DE TUERCA

LUGAR:  Un punto equidistante  entre tierras de Murcia y  la República de Ciberlandia. Justamente en el castillazo que allí hay hubo hubiere.

PERSONAJES (Por orden de aparición) :
  
Gonzalo de Querencia, vigilante de la torre.
Recaredo Valderrama, herrero lesionado.
Guardián 1.
Guardián 2.
Niño que llora.
Vieja que increpa.
Perro que ladra.

TIEMPO: Despejado.

GIRO  I

Gonzalo y Recaredo juegan al ajedrez  sentados en lo alto de la muralla.

GONZALO: ¿Y cómo lleváis ese pie, amigo?
RECAREDO: Protestón anda. Maldita la hora en que se partió el mango del martillo.
GONZALO: Peor fue vuestra idea de detenerlo con el pie.
RECAREDO: A fe mía que nada pude hacer por esquivarlo. Cuatro frascos de árnica lleva encima y aún me duele.
GONZALO: ¡Jaque al rey, señor de Valderrama!
RECAREDO: Oh... ¿Sabéis, por cierto, lo que ocurrió mientras me llevaban al dispensario?
GONZALO: Lo ignoro.
RECAREDO: ¡Buen revuelo se armó!  Al pasar por el mercado empezó el alboroto. Los guardias detenían a otro  falso mercader que  había burlado la vigilancia de la puerta.
GONZALO: ¿Queréis decir que se coló en el castillo otro robot?
RECAREDO: Sí, y no fue solo uno, ¡dos esta vez!
GONZALO: ¡Por San Tetris! Esto empieza a  ser preocupante. ¿Y qué aspecto traían?
RECAREDO: El que yo vi llevaba un traje de pana verde y un vulgar sombrero con pluma. Por lo que me han contado,  resbaló con la corteza de un melón y salieron chispas de su trasero. Una prima de mi esposa que por allí pasaba le oyó decir
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GONZALO: Un espasmódico, sin lugar a dudas,  siempre se les reconoce al hablar. ¿Y el otro?
RECAREDO: Al otro lo detuvieron esta mañana. Iba vendiendo libros con un disfraz de burgomaestre que le quedaba harto holgado. Parece ser que por un cortocircuito comenzaron a arderle las sayas y se quemó entero. Era pura aleación de cobre.
GONZALO: ¿Dijo algo?
RECAREDO: Sí, este decía: "Что за странный "УЗЕЛ".... связывает чувства...  ОБЬЯСНЕНИЕ - ЖЕЛАНИЕ НЕ ПОРЯТЬ !!! она тебе  нужна - у тебя есть другая(ой)... " y cosas parecidas.
GONZALO: ¡Mate!
RECAREDO: ¿Cómo?
GONZALO: Que acabo de haceros jaque mate con la reina.
RECAREDO: Ah, sí... bueno, con esto de los robots me despisté.
GONZALO: Pues no ha de quedar mucho espacio en el calabozo con toda esa chusma de autómatas allí metida...
RECAREDO: Por fortuna tienen ya todos sus baterías agonizantes. Estoy en tratos con el carcelero, quizás me venda esas máquinas para desguazar en mi taller. Poseen buenos fierros, pero no me costarán ni diez laurines.

(Se oyen gritos y voces de protesta en el exterior del castillo. Gonzalo y Recaredo se asoman por la muralla. Pueden ver que en la puerta hay gente que quiere entrar y no les dejan)

RECAREDO: ¡Oh, torpeza la mía!
GONZALO: ¿Qué ocurre?
RECAREDO: Pues que con mi cuerpo he empujado una de las fichas del ajedrez... y ha caído al vacío.
GONZALO: ¿Estáis seguro?
RECAREDO: Tan seguro como el dolor de pie que me acompaña. La he visto caer.
GONZALO: ¿Qué ficha ha sido? ¿Algún peón? ¿El obispo negro, quizás?
RECAREDO: Pues... parece, por lo que resta aquí sobre el tablero, que ha sido la reina blanca.
GONZALO: ¡¡Por San Wifino Inconexo!! ¡La más valiosa! ¡Tiene incrustaciones de nácar en su pecho! ¡Habréis de bajar a por ella!
RECAREDO: Ay... Vive Dios que lo haría con gusto, pero este pie me está matando. No soportaría el descender esos malditos 202 escalones.
GONZALO: ¡Pues bien los subísteis para venir a jugar conmigo!
RECAREDO: Por eso mismo os lo digo, amigo Gonzalo, ¡no me atrevo a repetir la hazaña! Habréis de bajar vos.
GONZALO: ¡Pero yo estoy de guardia!
RECAREDO: Bueno, no creo que os la robe nadie. Debe haber caído por aquellos matorrales.
GONZALO: Ah, no, no... Bajaré a por ella ahora mismo. Esperadme aquí, no tardaré nada.
RECAREDO: Yo... lamento que...
GONZALO: Bah, poneos mi yelmo y mirad hacia poniente, que no se note demasiado que abandono mi puesto. ¡Y guardad el resto de las fichas!

(Gonzalo de Querencia echa a correr como alma que lleva el diablo)

CONTINUARÁ

12 de noviembre de 2013

¡POR TODOS LOS DIABLOS! ¡¡HASTA EN JAPÓN!!

Un nick  tan japonés como el de  Misaoshi, nos serviría de  pista para imaginar que si  esta bloguera  tenía un viaje soñado, no podía ser otro que al País del Sol Naciente. 

Llevaba años deseándolo y por fin  lo ha realizado.

Y vengo a mostraros que ha cumplido su palabra, pues Misaoshi siempre me aseguró que el día que pisara Japón, escondería algún diablo por allí. Lo tenía bien apuntado en SU LISTA.

Imaginaos mi sorpresa (y la de mi Jefe),  cuando después de que otros colaboradores hayan sembrado diablos por Europa, África y América,  Misaoshi me comunicaba que habíamos conquistado también el continente asiático. ¡Estoy que no quepo en mí de gozo y se me sale la maldad por las orejas!

Os dejo con sus  palabras y sus fotos.

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Buenos días Diablo.

Me llevé 3 diablos a Japón, pero sólo pude poner dos. El último fue un fallo porque se me olvidó la libreta. Mi intención era ponerlo en Shibuya cerca de la estatua del famoso perro Hachiko, pero llovía un huevo y  allí hay gente hasta lloviendo.

De todas formas conseguí poner 2 en lugares bastante representativos.

He de decir que podría haber puesto en muchísimos lugares, pero todo está tan petado de gente y tienen un país tan limpio que el simple hecho de dejar un papel abandonado, aunque fuera escondido y que no lo vieran, me hacía sentir mal.

Fue un esplendoroso día en el que dimos un magnífico paseo por uno de los lugares más maravillosos que he tenido el placer de ver  y disfrutar: FUSHIMI INARI TAISHA.


Paseamos durante dos horas por sus senderos,  bajo miles  de Toriis donados por empresarios y familias. Un Torii es un arco tradicional japonés que suele encontrarse a la entrada de algunos santuarios, marcando la frontera entre el espacio profano y el sagrado.   Los comerciantes y artesanos ofrecían culto a  Inari a cambio de obtener riqueza en sus negocios. De este famoso templo se dice que posee más de 32.000 pequeños santuarios, llamados bunsha.

Nada más sales de la estación de tren, un torii te da la bienvenida de la manera más grandilocuente posible.

Empiezas a subir y te encuentras con templitos y monjes  haciendo sus oficios y mucha gente pidiendo deseos, tirando una monedita y tocando la campana.

En cada esquina hay un puesto donde te venden amuletos y merchandising de Hello Kitty y One Piece (la serie manga más famosa del momento)  En cada sitio al que ibas había exactamente lo mismo, pero el dibujo cambiaba según el lugar (One Piece en Kioto, One Piece en Nara, One Piece en Tokio...) y también galletas. Allí se compran galletas en cualquier lugar, con el dibujo del sitio donde estés. Es brutal, sacan dinero de todo. En Japón saben cómo incitar al consumismo y créeme, lo consiguen.


 Sigues subiendo y te encuentras con la entrada para continuar el paseo de 4 kms entre toriis de diferentes tamaños, madera con base de hierro y otras de piedra.

Tras pasar por el camino de toriis grandes, llegamos a una bifurcación y, es ahí, JuanRa, donde saqué el diablillo que tenía en el bolsillo...

 ...y que puse entre una de las toriis de vuestra izquierda:
Era donde menos gente pasaba, como se puede apreciar en la foto.

Desde esta foto se ve un farolillo dentro. Si sigues subiendo hay otro. Pues es justo donde está el segundo farolillo, tres columnas a la izquierda, donde está el Diablo.


En Memorias de una geisha se puede ver algo de Fushimi Inari, y para que te hagas una idea de ese recorrido de  4 kms, con escaleras, cuestas, para arriba, para abajo..., te pongo enlace.

 http://www.youtube.com/watch?v=v_BbOPjYq9Y

 El segundo diablo lo dejé en el Castillo de Nijo,  en Kioto.

 En Japón todos los lugares, aunque haya que pagar entrada, están petadísimos a todas horas (el horario tampoco es grande: de 10 a 16h, y hay que aprovechar). El único momento que estábamos relativamente solos y nos dio tiempo, fue en una de las puertas de los jardines,  en la puerta KITANAKASIKIRIMON.




 Hay que meter los deditos por el agujero, (para que no se viera mucho)

Y es una lástima que el tercero no pudiera estar en Tokio, esto obliga a la gente a ir a Kioto a por los diablos, pero con lo barato que fue (1400€ = 16 días), seguramente vuelva el año que viene.  Recomiendo a la gente que haga este viaje. ¡Es fantástico!


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Más fotos del viaje de Chihiro Misaoshi, en SU BLOG

Señoras, señores, ya no tenemos excusa para dejar de ir a Japón. ¡Diablos cerdúpedos nos esperan! 

Mientras tanto, si alguien va a dar un saltito a Australia o Nueva Zelanda..., ejem... ejem... ¡Es que ya solo falta Oceanía!

5 de noviembre de 2013

ENTRE MI ABUELO Y YO


La historia que  sobre mi abuelo Conrado y su hermano  Santiago quería contar, ya está contada, y el punto final podría muy bien haber quedado en la entrada anterior.

Sin embargo, después de estas dos semanas investigando hechos, revisando fotos antiguas y ordenando y transcribiendo recuerdos, necesito añadir algo más.

Primero que no habría logrado completar la historia sin la implicación  de mi hermano Fran, que me echó una mano a la hora de deshacer mi nebulosa memoria, y de mi madre, Ana, que me aportó muchos datos precisos, y que incluso fue a hablar con Adolia, la hija de Santiago, que hoy cuenta con 77 años de edad.

Fueron unos momentos tan especiales que, si supiera hacerlo, dejaría registradas aquí las emociones vividas al acercar aquel pasado a mi presente, y plasmaría  las muchas reflexiones que me fueron llegando en el transcurso.

Hasta hoy, nunca caí en la cuenta de que en julio de 1986, justo 50 años después de que comenzara aquella fatídica guerra civil, yo me encontrara precisamente  vestido de militar.
Había llegado a  Plasencia dos meses antes en un tren borreguero que tardó toda una noche en hacer el recorrido desde Petrel.
Dormí mal, incómodo e inquieto, y de madrugada, desde la misma estación, nos redistribuyeron a todos los reclutas en camiones hacia el cuartel. Recuerdo que hacía frío y que empezaba a sentir hambre, a pesar de que me crecía una pelota en el estómago ante la incertidumbre de lo desconocido.

Desde la perspectiva de hoy, me pregunto cómo se sentirían aquellos jóvenes de entonces, a los que también dividirían en grupos hacia lugares extraños. Si yo sentía cierta angustia ante algo tan “inocente” como que me llevaran a hacer el servicio militar, qué pasaría por las cabezas y los estómagos de aquellos que eran conscientes de que utilizarían armas, que habrían de disparar a matar y  tratar de sobrevivir. ¿¡Cómo no murieron todos de miedo!? 

No tengo claro si es una pregunta estúpida  ni si me deja como un auténtico cobarde, pero es que no alcanzo a imaginar semejante horror y no quisiera experimentar algo así jamás. Nunca entenderé cómo los seres humanos somos capaces de alcanzar lo más sublime y también lo más absurdo y ruin.

Recuerdo que a la semana de estar allí, ya sentía una nostalgia enorme por mi familia, y que en aquellos doce  meses escribí muchas cartas, algo que debió ser muy común también medio siglo antes,  en aquellos años de ausencias. Pero  de vez en cuando pude yo hacer alguna llamada telefónica y escuchar las voces de mis padres y hermanos. Qué no habrían dado los soldados de entonces por una ventaja así, aunque fuera una sola vez, un par de minutos siquiera.

Fue a las pocas semanas de estar en aquel inmenso cuartel extremeño que crucé cierta tarde  todo el patio de armas para acercarme a las cabinas de teléfonos a realizar una llamada. Y en aquel punto tan distante de mi hogar recibí una triste noticia.
Pregunté a mi madre por mi abuelo, y ella, tras unos segundos de silencio, me dijo con voz quebrada que había muerto.
Desolado, volví a atravesar aquel inmenso patio hacia mi camareta en el preciso instante en que se arriaba la bandera y sonaba el toque de silencio. De sobra sabía que en ese momento era obligatorio parar, descubrirse la cabeza y ponerse firme, pero tan aturdido y triste me encontraba, que no me di cuenta de nada y continué caminando. Desde la distancia, un mando militar que sin duda me estaría fulminando con la mirada, se acercó después a mí a grandes pasos.

—¿¿Es que no ha visto que se estaba arriando la bandera?? ¡¡Dígame nombre y compañía!!  ¡¡Queda arrestado el fin de semana!!

Quise explicarme, pero eran tan pocas mis ganas de hablar que me resigné. De todas formas no iba a aprovechar mi tiempo libre. Estaba demasiado lejos de casa.

Echado en mi litera, recordé que cada vez que felicitábamos a mi abuelo en sus cumpleaños, se entrecortaba su risa por la sorpresa y la emoción, y tras cada beso siempre exclamaba “¿Pero quién os lo ha dicho? ¿Cómo os habéis enterado?”, como si esa fecha fuera un dato secreto que sólo él supiera.
“No hace falta que lo celebremos cada año —añadía—. ¡Esperad a que llegue a los 90, y entonces sí!” 
Aquel año hubiera cumplido los 90,  faltaba muy poco para esa gran celebración que esperaba.

Ha pasado muchísimo tiempo desde entonces, pero las emociones volvían a ser igual de intensas estos días, como si el tiempo se hubiera encogido hacia atrás hasta acercarnos a un mismo plano con nuestros antepasados. Casi me parece haberlos conocido a todos.

Mi hermano Fran me decía hace unos días:

“Yo al abuelito y sus hermanos me los imagino como a los de Siete novias para siete hermanos. Tenían edades escalonadas, sin llegar a llevarse mucho  entre ellos, y hacían juntos las típicas locuras de juventud. Me contó una vez que un año que nevó estando en Santa Bárbara, Serafín y Santiago salieron desnudos a jugar y tirarse bolas de nieve, y Presentación salió gritándoles detrás, llamándoles locos. Y ellos reían... “

Me quedé pensando en aquella escena. ¿Quién les iba a decir que una guerra se llevaría a los dos? ¿Qué sentirían los que siguieron viviendo tras perder a tres familiares en tan corto espacio de tiempo?
Y seguí meditando acerca de esto tan singular de la vida y la muerte. ¿Es larga una vida? ¿O es en realidad muy corta? ¿Cómo se percibe la existencia desde los ojos del sufrimiento? ¿Qué es lo que queda finalmente? ¿Prevalecen los buenos recuerdos?¿Pesan demasiado los malos al final de la vida?

 Casualmente vino a suceder, mientras escribía sobre todos estos familiares, y precisamente el mismo día en que la nombraba, que moría Salud, la hija mayor de Severino.

Era Saluteta (así llamábamos todos a esta prima de mi madre) una mujer por la que era muy fácil sentir simpatía porque, de una forma admirable, siempre sonreía. En sus últimos años mostraba  la típica imagen de encantadora anciana  de cabello blanco y aspecto frágil.
Saluteta siempre me miraba de una manera especial, y hace algunos años me explicó por qué.

—Ay, Juan, es que te miro y veo a tu abuelo Conrado. Tenéis la misma cara, los mismos ojos... Cuando él era joven se parecía mucho a ti.

No es que nunca olvidara aquello,  es que cada año siento que crece más mi orgullo al  pensar que pueda seguir  pareciéndome a él. No solo quisiera ser su reflejo físico, aún me gustaría más acercarme  a su bondad, a su nobleza, a su serenidad, a ese estoicismo tan sabio que parecía tener ante las adversidades.

Le recuerdo afeitándose meticulosamente en el aseo, cuando había perdido la vista por completo, y se pasaba la mano por la cara para comprobar que no había dejado ninguna “mentira” Recuerdo con qué paciencia se curaba las pupas de la cabeza y la forma en que se ponía el sombrero para salir a pasear con su garrote, haciendo el  memorizado recorrido con cuidado. A la vuelta siempre decía por dónde había estado y quién le había saludado. Le recuerdo sentado en su sillón, esperando a que sonaran las campanadas del reloj para encender entonces la radio y escuchar las noticias.

Pero si hay algo especial en lo que quisiera ser una verdadera repetición de mi abuelo es que, dentro de muchos años, me gustaría sentir la dicha de  ver que unos niños se sienten a mis pies y me digan “Abuelito, cuéntanos un cuento”

Si esto ocurriera sería imposible no volver a recordarle.

Y no necesitaré ninguna señal suya para saber que estará allí, conmigo, con los hijos de los hijos de sus hijos..., y que juntos seguiremos contando historias, esas historias imperecederas que flotan en el océano del tiempo.


Creo que aún nos quedarán bastantes en la memoria, ¿verdad, abuelo?



Amar y dejar partir by Pedro Aznar on Grooveshark

30 de octubre de 2013

OTRA HISTORIA... LA PRESENCIA DE SANTIAGO


Esta es la única foto que conservo de mis bisabuelos.

Nunca habría sabido cómo fueron si no hubiera perdurado en el tiempo, y nada conocería de sus vidas de no haber sido por las cosas que de ellos me contaron.
Resulta paradójico que tras una larga existencia, sólo quede viva la corta  memoria que se transmite,  diluyéndose poco a poco en el tiempo tras cada nueva generación.
Y en realidad,  de tantos miles de instantes, trascienden tan pocos...

Entre aquellos acontecimientos que de mis antepasados han perdurado, sé, por ejemplo, que el año 1939 les sería especialmente doloroso.

Pocos meses antes de que se anunciara el final de la guerra, Serafín volvió a Petrel. Regresaba tras haber pasado largas noches tosiendo con fuerza, tanta que apenas dejaba descansar a la compañía a la que pertenecía.  Algún médico que finalmente le reconocería debió dar informes para que regresara a su hogar, pues nada más se podía hacer por él.
Serafín llegó enfermo de tuberculosis y ese mismo año, cuando la contienda estaba recién terminada, moriría en su casa, rodeado de los suyos.

Puedo imaginar cuán agitados y confusos serían aquellos días posteriores al 1 de abril, cuando tantas familias, aquellas que no hubieran recibido la nefasta noticia de la muerte de sus seres queridos,  esperaran ansiosas por verles regresar, y otras muchas se plantearían el duro dilema de quedarse o marchar al exilio.

Pese al mal presagio de la carta devuelta,  la familia aguardaba  a Santiago en aquellos días.
Pero Santiago no aparecía.

Conforme transcurrían las semanas, las posibilidades de saberle vivo disminuían, y  como los meses continuaron pasando, todos terminaron por rendirse a la evidencia.
Todos excepto su madre.

Presentación  mantenía la fe por verle regresar, pues a veces  llegaban noticias sobre algún soldado que volvía a la comarca tras un largo periodo hospitalizado.
 También cabía la posibilidad de que Santiago estuviera desorientado,  falto de memoria, o quizás escondido. A cualquier  rayo de luz, por débil que fuera, se abrazaba con fuerza la madre, que no dejó morir nunca la esperanza de ver reaparecer a su hijo.

En ocasiones recordaba aquella petición a Dios, cuando le tuvo tan enfermo: “Señor, llévatelo en otro momento, pero no ahora” y se preguntaba si no hubiera sido mejor verle morir en aquel entonces, en su casa, a su lado.

Porque imagino lo duro que debió ser el tener tantas preguntas sin respuesta. ¿Dónde moriría? ¿Estaría enterrado? ¿En qué lugar? ¿Sería la suya una muerte rápida o quizás sufrió? ¿Estaría solo en sus últimos momentos? ¿Le daría tiempo a pensar en su familia? ¿Nombraría a su madre?

Pasó el tiempo de luto, y los duros años de la posguerra, y  Rosario recomenzaría su vida con otro hombre. Sus hijos Adolia y Santiago, ya adultos, poco sabían de su padre mas que desapareció en la guerra.

El hecho de que jamás  vieran muerto a Santiago hizo que en su familia  le tuvieran muy presente siempre, y de alguna forma se convirtió en una presencia viva.
Mi abuelo Conrado le evocaba constantemente y así, su hermano le acompañaba a menudo en sus pensamientos.

Y aquí viene por fin la singular anécdota que hace días quería contar, pero por aquello de querer presentar convenientemente a sus protagonistas, he terminado por hacer el retrato familiar de toda una época.

Debió ocurrir en los años 50, cuando ya hacía años que mis bisabuelos habían muerto. Mi abuelo Conrado se levantó temprano pues debía hacer  una larga caminata hacia La Pedrera para podar unos árboles.
Había amanecido un día nublo que en su avance iba humedeciendo el aire. Cuando mi abuelo llegó al lugar comenzó a llover con fuerza.

En aquel paraje tenían una pequeña casa de labranza y corrió a refugiarse en ella. Recordaba mi abuelo que en tiempos de guerra, su madre había propuesto en una carta a Santiago que escapara y volviera a Petrel, que le esconderían en La Pedrera. “Nada me gustaría más, madre, pero si hiciera eso correríamos todos un gran riesgo. Si ha de morir alguien, que sea solo yo”
Por eso, nada más entrar en aquel recinto en penumbra, recordó a su hermano, y mentalmente comenzó a hablar con él.

—Ya ves, Santiago, aquí estoy esperando a ver si deja de llover.

Recostado sobre el marco de la puerta, miraba hacia el exterior. Para un agricultor debe ser un gozo sin igual el ver caer la lluvia sobre los campos y percibir cómo se empapan, cómo emana el aroma de la tierra mojada y ese sonido líquido del agua tamborileando sobre las hojas de los frutales.

—¿Sabes lo que me apetece ahora mismo? Un cigarro. Pero no he traído ninguno.

Pero como ese antojo siguió rondando en su cabeza, entró en la casa a buscar. Sabía que era inútil, allí no habría tabaco, pero nada perdía comprobándolo.

Miró en todas partes, hasta en el último rincón, pero nada encontró.

"Y entonces  —me contó mi abuelo—,  no sé por qué, pensé que podría haber algo dentro de la chimenea. Sabía que había allí un saliente en la pared, por la parte de dentro, así que  metí el brazo por el hueco  y me puse a palpar".

Sus dedos encontraron pronto algo ligero y rugoso, y al cogerlo comprobó con gran sorpresa que era un cigarrillo.

—¡Santiago, lo he encontrado, había uno ahí adentro! Pero ahora… de qué me sirve, tampoco tengo nada para encenderlo.

Por si volvía a tener suerte, volvió a meter el brazo en el hueco  y recorrer el saliente con los dedos, pero allí ya no quedaba más que polvo y hollín.

Dándose por vencido, y resignado a no fumar, se sentó en una silla mirando hacia el exterior.

"Y en esas, resulta que al trasluz vi algo en el suelo que me pareció una cerilla. Me levanté, y al agacharme a ver... ¡era una cerilla! Total, que para rematar aquello solo me faltaba que no estuviera húmeda y se encendiera".

Conrado la acercó a la pared y tras esperar unos segundos de concentración, como para seguir atrayendo tan buena suerte, la raspó. Y el fósforo prendió enseguida.

Puedo imaginar a mi abuelo, tan satisfecho, fumando apaciblemente mientras veía caer la lluvia afuera. 

Entonces, en su meditación, no pudo dejar de pensar que aquello había sido obra de su hermano Santiago, que le había querido ayudar. ¿Por qué había mirado en la chimenea si nunca puso aquel cigarro allí? ¿Quién lo pondría? Y una cerilla, una sola cerilla allí en el suelo, como esperándole... Había sido todo tan increíble.

Y quizás por la paz del momento, envuelta en el sordo rumor del agua sobre el tejado, que mi abuelo sintió el deseo de ver a su hermano, y mentalmente exclamó:

—Santiago, ¿estás aquí? Si estás... hazme una señal.

Contaba  mi abuelo que sintió un escalofrío en el cuerpo, que se dio cuenta de que su recuerdo había sido tan intenso durante aquella mañana y especialmente en aquellos momentos, que esa señal podía surgir de un momento a otro.
Y sintió miedo. No de su hermano, claro, sino de poder percibir algo tan inexplicable que le asustara.
Entonces rectificó.

—No, Santiago, sé que estás aquí, pero no me digas nada. Todavía no.

Dio la última calada al cigarrillo, salió al exterior, cerró la puerta y encaminó sus pasos hacia el pueblo, justo cuando la lluvia empezaba a remitir y las nubes dejaban asomar algún tibio rayo de sol.

Y conforme se alejaba, la casa parecía empequeñecerse en la lejanía como un frágil barco en un vasto mar de tierra.

Más de medio siglo después, mi hijo vería en la distancia una casita parecida a aquella y exclamaría.

—¡Pero qué casa tan pequeña!  ¿Quién puede vivir ahí?

Ahora puedo decir que aquella fue la pregunta que me abrió la puerta a un lugar en el que vivían  muchos  recuerdos dormidos.