15 de mayo de 2013

EL TÍTULO NO SE ME OCURRE


En la pasada Feria del Libro de Beniterra me pasé unas horitas curioseando entre  caseta  y  caseta, con la firme intención de no comprar ningún libro (no me cabe en casa ni una cartilla de Rubio) 



Estos son, finalmente, los libros que adquirí:





MACARRONES TRISTES,  de Álvaro Gracia
Historia autobiográfica de una pareja de okupas en un ático del centro de Madrid en los años 80. El libro está dedicado a Silvia Cruz, la otra protagonista, desaparecida en la capital desde 1989.

MAFALDA NO QUIERE SOPA,  de Cristina Puerro
A medio camino entre el ensayo y la novela,  es una historia amena sobre la rebeldía y el razonamiento en la edad infantil.

EL ÚLTIMO INQUILINO DEL INFIERNO, de Steven Herford
No contiene sinopsis,  por lo que desconozco la trama, pero no me podía resistir ante un título así.

MACARENA SERENADE , de Paul J. Glass
Novela de ficción sobre la  mafia, la corrupción,  el tráfico de influencias y el enchufismo.  El autor, australiano de origen, la escribió durante unas vacaciones en España.

LA  DESENFRENADA VIDA DE BETH ADINE, de Javier  Ubieda
Dividida en 16 “trozos” cuenta la macabra historia de Beth Adine,  una maníaca compulsiva que seducía, secuestraba y descuartizaba a sus amantes para poder luego escribirlo todo en su Querido Diario.

LUJURIA MAGNÉTICA, de Sharon W. Lex
Tampoco sé de qué trata pero la portada es fluorescente con letras doradas, sus hojas huelen a fresa  y costaba 50 céntimos.

CÓMO COMERSE EL MUNDO (Y NO ENGORDAR), de Magdalena Peiró y Xavier Gulá
“Este no es un libro de autoayuda”, comienza diciendo “pero al adquirirlo nos ayudas a nosotros, sus autores, y ese gesto  te lo hemos de  recompensar”
¿No es un buen comienzo?

QUÉ ABANDONADOS OS TENGO, de JuanRa Diablo
Un descargo de conciencia ante lo mal que se siente el autor por no visitar apenas a sus amigos blogueros, y su propósito de enmienda para el futuro.

Abro paréntesis.

Nota sotto voce que debería  aparecer con letra tamaño  0,2: 

No había una Feria del Libro en Beniterra, entre otras cosas porque no existe tal localidad, pues  me la acabo de inventar, y es una pena porque las vistas que tiene del mar son extraordinarias.

Lógicamente no compré ningún libro allí. Los títulos y  autores anteriores  los he ido inventando  sobre la marcha, y nada es cierto salvo la gran verdad que cuenta el último. Disculpad, no sé si vivo en las nubes o en los infiernos  pero ando muy disperso últimamente. 

Cierro paréntesis.

Por cierto, me pareció veros también en la Feria del Libro de Beniterra. 
¿Qué libros comprásteis?


8 de mayo de 2013

LA CIUDAD ME CUENTA HISTORIAS


Miguel mira por la ventana mientras la profesora escribe fórmulas en la pizarra. 

Hace tiempo que no la escucha, pues no entiende nada de lo que dice. Le entretiene mucho más observar el vuelo de las golondrinas que entran y salen a toda velocidad de esos pequeños nidos bajo el alero. 
El momento de abstracción es tan grande que no se percata de que lo están llamando. Sólo el giro de sus compañeros para mirarle le trae de vuelta a la realidad.

—Vamos a ver, Miguel, ¿tan interesante es lo que estás mirando por la ventana? —le increpa la profesora con los brazos cruzados.
—No, es que...
—No estás atendiendo nada, ¿verdad?

Al no saber qué responder, Miguel se encoge de hombros,  lo que la profesora  interpreta como un gesto de indiferencia.

—Muy bonito, yo aquí esforzándome y tú en la inopia. ¡Parece que vivas en las nubes!
—Jeje, es que vivo en las nubes —responde divertido, aunque se arrepiente de inmediato.
—Ah, ¿encima  respondón? ¡Acompáñame a Dirección!
—Pero Doña Bárbara, ¡es que es verdad que vivo en las nubes...!

Foto tomada en Elda (Alicante)

—¡Qué horror, Andrés, acaba de marcharse el cliente de la semana pasada!
—Cuál, ¿ese que quiso que le atendiera yo, solo porque tú eras mujer?
—Ese, ese. ¡Qué tipo más estúpido! ¿Sabes lo que ha hecho? Entraba justo cuando se marchaba Fahim, el vecino marroquí, y se le queda mirando y va y me dice "Bien podían irse todos estos moros a su país"
—Pues esta mañana he atendido a una señora que no veas la prepotencia que traía. Un hombre muy mayor le ha pedido con mucha educación  si le dejaba colarse, que solo venía a comprar pan de centeno y tenía prisa por ir a recoger a su nieto al cole. Y le ha dicho que ni pensarlo, que ella también tenía prisa y que no se pasara de listo. ¡Me he quedado de piedra!
—Ay, qué apuro... Oye,  ¿tú te has dado cuenta de que tenemos muchos clientes con muy mala baba?
—Pues ahora que lo dices... recuerdo a bastantes desagradables, sí
—¿Estaremos haciendo algo mal? No entiendo qué pasa...

Foto tomada en Yecla (Murcia)

Tal vez el primero en entrar a los servicios exclamara:

—¡BAYA, HOMBRE!

El segundo:

—ESTARÁ EMVOZADO

Y un turista inglés:

—OH, IS IT VROKEN?

No sé cuántos se percatarían de que, además del urinario, había que arreglar otra cosa.

 Foto tomada en Villena (Alicante)

2 de mayo de 2013

MONEDICAS SUELTAS


Un café, en un momento dado, es vital.

De hecho yo lo convertiría en mi pócima de cabecera si no fuera porque soy demasiado sensible a la cafeína y mi sistema nervioso me juega en ocasiones muy malas pasadas.

Como me conozco y sé hasta dónde puedo arriesgar, por las mañanas me preparo cafés suaves, de pocas revoluciones, con la pólvora justa para que me dispare sin hacerme estallar.

Ya no suelo beber más en todo el día. Hacerlo sería arriesgarme a pasar la noche como un búho.

Pero hay veces en las que es el mismo cuerpo el que me pide urgentemente tomar uno con una predisposición mental que me asegura que me sentará de maravilla.

En el centro de mayores hay una máquina muy concurrida que hace un café delicioso. La mayoría de las tardes me alimento con tan solo el denso aroma que flota en el ambiente cuando la pandilla de cafeteros se va sirviendo sus dosis.

Cada café cuesta 40 céntimos y aunque devuelve el cambio, tanta moneda de euro termina por agotarlo y entonces aparece un letrero en el display que dice “NO DA RESTO”, que a mí siempre me ha parecido una información un poco rara y fría. 
Yo hubiera optado por poner  “SI NO TE IMPORTA, ÉCHAME EL IMPORTE EXACTO, QUE ME HE QUEDADO SIN CAMBIO, ¿SABES?”

Fue en una de esas ocasiones en las que la máquina no daba resto cuando me entró un imperioso antojo de café. Lo necesitaba urgentemente para vencer una modorra que me había acampado en el hipotálamo y me tenía amuermado perdido.

Pero cuando miré en el monedero solo tenía algunas monedas de euro que la máquina no aceptaba y otras monedas menores que sumaban exactamente 35 céntimos. Necesitaba tan solo 5 céntimos de nada  ¡¡Cinco centimicos  para volver a vivir!! 
Y me puse a pensar dónde los podría encontrar.

Retrocediendo en el tiempo recordé las muchas veces que mi hermano y yo, siendo niños, encontrábamos dinero en el coche de nuestra madre. Creo recordar que era un MG verde botella al que teníamos mucho cariño, entre otras cosas por el chollo que nos suponía entrar en él cuando nos urgía conseguir alguna moneda y, milagrosamente, encontrarla siempre. ¡Y la mayoría de las veces encontrábamos más de una!  

Debajo de las alfombrillas, en las juntas entre los sillones y los respaldos, debajo de los asientos… siempre aparecía algún duro, o incluso monedas de 25 pesetas. Encontrar una de 100, que también tuvimos el júbilo de descubrir, era como hallar un tesoro. 
Aquel coche (nunca un vehículo me ha caído tan bien)  nos permitía abastecernos de chucherías y tebeos.

La explicación que mi hermano y yo dábamos al hecho es que cuando mi madre conducía hacia el pueblo desde el campo, solíamos encontrar por el camino a un par de labriegos que volvían caminando tras sus quehaceres en la huerta. El tío Pepe y el tío Ángel se llamaban (¿recuerdas Tomás?) Con toda probabilidad estos hombres no usaban monedero y tenían bolsillos anchos en los que las monedas no tenían sujeción alguna y  cuando mi madre se ofrecía a llevarlos en el coche, se sentaban y las perdían. Ellos las perdían, nosotros las ganábamos.

También recordé cuando viviendo en Benidorm íbamos alguna vez con nuestros primos a El otro mundo de Jaime, un salón de juegos recreativos, donde pasábamos la tarde entera. Cuando habíamos agotado el poco dinero que nos habían dado nuestros padres,  yo recorría todos los cajetines de devolución por si alguien había olvidado recoger el cambio. Billares, máquinas de marcianitos, futbolines… había tanto donde mirar que, no siempre, pero a veces uno se encontraba con la sorpresa.

Pero volviendo al día del ansiado café, pensé que quizás debajo de la máquina se hubiera deslizado alguna moneda que nadie se hubiera molestado en recoger. Me agaché y entre el bosquecillo gris de pelusillas (las cagarrutas de fantasma que decían en una película) vi el perfil de algo que parecía una moneda. La saqué con un folio de papel y resultó ser ¡una moneda de cinco céntimos!
El café de ese día me supo a gloria.

 En otra ocasión posterior me llamaba por teléfono Montilla, uno de los habituales jugadores de dominó del centro. No encontraba el móvil por su casa y pensó que lo podría haber perdido por allí.

 —Hazme el favor de mirar si se me ha colao por el sofá.

Es este sofá otro lugar concurrido. 

Teniendo en cuenta que el centro de mayores está en la zona alta de Villena y que los que no viven cerca han de subir calles empinadas, cuando entran en el salón algunos necesitan reponer fuerzas en este mullido lugar.   

No es la primera vez que veo cómo se duerme alguno allí, que cuando vuelve a abrir los ojos diría que se sorprende de haber dado una cabezada a la vista de todos.

—Coño, Montilla, que te has echao la siesta —le dice alguien.
—¡Qué va,  estaba pensando! —niega Montilla, rotundo (¿por qué hay tantos que se niegan a admitir que se han quedado roque?)
—¿Pensando? ¡Pues pensabas roncando!

Total que levanté los asientos del sofá para ver si el móvil estaba por allí, pero no estaba. Lo que sí encontré fue varias monedas de 5 céntimos, un par de 10, otro par de 20 y una de 50. ¡Menudo arsenal! ¿Cómo no se me ocurrió  mirar aquí la otra vez?
Más adelante Bernardo se sacaba un café de la máquina y se acercaba a mí para decirme.

—¿No es a 40 el café?  Si
—¿Pues cómo es que le he echao 50 y me devuelve 70?
—No puede ser.
—Ah, pues será que alguien se ha olvidao de recoger el cambio, jeje. ¡Pues eso que me he ganao!

Y fue decirme eso y caer en la cuenta de yo mismo me acababa de servir un café con un euro y había olvidado recoger el cambio. Y, claro, ya no era cuestión de decirle a Bernardo que las monedas eran mías,  con la alegría que sé que producen estos descubrimientos. 
Me callé y me tomé el café, que esa vez  no me resultó tan bueno.

Y así rota por la vida, tan caprichosamente,  la economía de la calderilla. Unas veces  recoges los que otros pierden u olvidan  y  otras eres tú el que haces  afortunados a otros con tus pequeñas pérdidas.

Encontrar monedas siempre produce un secreto placer, y en ocasiones, por poco que sea el valor, pueden sacar de un apuro o conseguir alcanzar una necesidad.

Por cierto, tengo ahora exactamente 80 céntimos, ¿alguien quiere un café?  Hoy me lo pide el cuerpo.

25 de abril de 2013

INTERPRETACIONES

Veo en la foto a un señor muerto por un empacho de mostacho y a un chaval que le ha dado un jamacuco de la impresión.

O tal vez el joven se ha quitado un momento su careta de Pancho Villa porque se le ha metido un pelo del bigote en el ojo.

O a lo mejor es una escena de la película "Muerto poco y tuerto loco"

Pero lo cierto es que son  mi padre durmiendo la siesta y mi hermano comiendo uvas (y mirando a la lámpara, vaya usted a saber por qué) en una de las fotos con la que más me he reído (y me sigo riendo)

Y como siempre será mejor reír que llorar ( y más en estos tiempos de pesimismo generalizado por culpa de la política, la economía y el fútbol de la Champions) he pensado exponer unas cuantas fotos del álbum familiar y que vosotros hagáis las interpretaciones de lo que veis, porque intuyo que puede ser divertido. 
¿Hace?
Pues ahí van.





Nota: Además lanzo el reto de ver quién es capaz de decirme 
quiénes son todos los fotografiados.

20 de abril de 2013

FÍESE USTED DE POETISAS CON PRISAS


RECAPITULACIÓN DE LOS HECHOS  (por si usted no leyó el post anterior)

JuanRa Diablo es abordado en la calle por una señora. Ésta le pide un favor y él accede gustoso (a pesar de que por su condición de diablo podría negarse a prestar cualquier ayuda,  y a pesar también de que tenía más prisa que el conejo de Alicia) 
La señora, en pago a ese ofrecimiento, le asegura que le regalará un poema dedicado y que lo dejaría a su nombre en la farmacia de enfrente.

CRÓNICA DE LO SUCEDIDO DESDE ENTONCES HASTA HOY (dedicado ya a todos, viejos y nuevos lectores)

 JuanRa decide escribir acerca de... (un momento, esto de hablar de mí en tercera persona  suena demasiado pretencioso. Como diablo debería gustarme, pero mejor cambiamos)

Decía que me puse a escribir una entrada contando la anécdota. 
Entonces no pensaba en ir a la farmacia, o al menos no lo pensaba seriamente; me quedó cierta curiosidad, sí, pero no me veía entrando a comprobarlo. 

Digamos que me conformaba con contarlo detalladamente en el blog y nada más.

Pero vuestra respuesta fue abundante y unánime: ¡tenía que hacerlo!  Eso me dio coraje para decidirme a llevar a cabo lo que, en el fondo, me hacía ilusión. 
Además, si de verdad me había dejado allí un poema aquella buena señora, ¿no merecería compartir el hecho en una nueva entrada para el blog?

 Así que, ni corto ni perezoso,  en la soleada mañana de ayer jueves salí  de casa con algunos asuntos que resolver, entre ellos pasar por esa farmacia con urgencia.

Entré muy decidido, sabiendo lo que iba a decir. 
No había nadie (mejor para mí) excepto, claro está,  la farmacéutica en el mostrador.

 —Buenos días
 —Buenos días
 —¿No dejaría aquí una señora algo a nombre de Juan Cabrera?

Hubo unos breves segundos de incertidumbre en la mirada de la señora,  que finalmente respondió 

"Nnno... no",  seguramente preguntándose "Algo como qué". (De haberlo hecho, no hubiera tenido inconveniente en resumirle la historia)
 
—Es que me dijo que lo dejaría aquí.
—Yo creo que no, pero… un momento que lo pregunte —y se metió al interior.

Escuché rumores "¿bisss, biss, señora, biss biss algo, bisss, biss, Juan Cabrera?"
"Que diga que sí, que diga que sí", pensaba yo.

Pero la farmacéutica reapareció moviendo la cabeza en una negativa.
 
—Vale, muchas gracias. Adiós. 

Y salí a la calle.
Así que, amigos míos, el poema NO estaba.

En los primeros metros alejándome de la farmacia rondaba por mi cabeza un "Claro, si ya sabía yo que no iba a estar"  e incluso sonreía por haberme hecho la ilusión de recibir ese papel. 
Pero más adelante, recordando comentarios tanto del blog como de familia y amigos,  que daban por hecho que POR SUPUESTO estaría, empecé a pensar: ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no estaba?

La pregunta fundamental es: ¿aquella señora lo dijo de verdad, con la intención de escribirlo, o lo dijo solo por decir? Porque me creo el que realmente escriba poesía, que sea  su gran afición, y casi puedo ver su escritorio lleno de papeles,  sus pies llenos de gatos y una maceta con un geranio mustio en una esquina de la mesa.

Dando por hecho que aquella señora escribe poemas, ¿qué sucedió cuando volvió a su casa? ¿Ya me había olvidado? ¿Se sentó a llevar a cabo su promesa y de repente se percató de que había olvidado mi nombre? (o mi apellido, que al parecer, para ella era importante) ¿O quizás sí lo recordaba pero estaba muy cansada? Tal vez pensara: “Ay, el buen hombre de esta mañana… debería escribirle,  pero no me apetece… luego, luego…” 
O tal vez recordó que me había deseado que el Señor me premiara con muchos hijos. 
“Sí, con eso debió quedar contento. Es suficiente”

Pero no, ninguno de estos supuestos me llega a satisfacer. ¿Qué pudo ocurrir? Quiero decir, ocurrir de verdad-de verdad.

¿Y si la buena mujer se sentó a escribirme  y fue tal la inspiración recibida que le quedó un poema bellísimo? Quizás pensó “Uy, no, esto es demasiado bueno para regalarlo, me lo guardo para mi”

Podría ser que en un futuro sus nietos publiquen los poemas de la abuela y entre ellos haya uno titulado “A Juan Cabrera, ciudadano con solera”
 ¡Allí, en el libro estará mi poema! ¡Algún día verá la luz! 
Claro que luego está el que yo lo vea también. 

O tal vez la cosa vaya mucho más allá. 
Si partimos del hecho incuestionable de que la realidad supera con creces a la ficción, ¿quién no me dice a mí que la amable mujer FUE a la farmacia con mi poema? Sí, fue, y le dijo a la farmacéutica:

“Escucha, bonita, que tengo mucha prisa, mira traigo aquí un poema  para un tal Juan Cabrera, que pasará a recogerlo. ¿Me haces el favor de entregárselo? ¿Sí? Ay, que el Señor te lo pague con muchos hijos. Dime cómo te llamas, que te voy a escribir otro a ti. ¿Te lo dejo en la carnicería?”

¿Y entonces? ¿Por qué no me fue entregado? 

Vuelve a desplegarse aquí un amplio abanico de posibilidades:
 La farmacéutica lo tiró a la basura por error  y tras constatar su torpeza se juró silencio eterno.  

O bien pueda ser que la farmacéutica tenga un blog.  La señora le pareció divertidamente  loca y el poema algo digno de ser publicado. Y lo contó todo en su blog. Y ahora se pregunta si debe borrar esa entrada o no, porque ha descubierto que el tal Juan Cabrera existe de verdad. 
Mi aparición le debe haber proporcionado dolores de cabeza. 
Pero eso no importa mucho: es farmacéutica.

Pero si hay algo que de verdad me fastidia de todo esto es que nunca sabré si la poetisa tenía previsto que mi apellido apareciera en su obra. ¡Cómo me muerde esto la curiosidad! 
¿Y con qué rimaría Cabrera? ¿Con madera? ¿Con guaperas? ¿Con la pera?

Y A PARTIR DE AHORA, QUÉ

Pues me toca resignarme y lamentar el no haber podido publicar una bonita entrada con mi poema. 

Y lo malo es que la cara de esta señora se está desdibujando de mi memoria y no sé si sabría reconocerla para reprocharle nunca nada.

Mi Jefe tiene razón, no se puede ser bueno en la vida porque luego te engañan con falsas promesas de bonitos poemas.
Aprenderé la lección para que la próxima vez —porque la vida da muchas vueltas— no me sucedan  cosas como esta.
Con lo fácil que hubiera sido acercarme en un momento a la papelería, comprar una libreta y un boli y decirle:

 —No, señora, nada de pasar otro día por la farmacia. ¡Quiero mi poema aquí y ahora! Me llamo Juan Cabrera. ¡¡Empiece!!

16 de abril de 2013

UN POEMA EN LA FARMACIA


La semana pasada caminaba yo por la calle con prisa. 

Había salido a solucionar un par de asuntos   que había calculado que  me quitaría pronto de encima, pero se fue complicando la cosa y acabaron por ocuparme toda la mañana. 
Así que, a buen paso, iba pensando que tenía el tiempo justo de llegar a casa, coger el tupper de la comida y marchar al trabajo.

De repente, una señora mayor, bajita y  de  cara bonachona se me interpuso en el camino, dirigiéndose a mí con estas palabras:

—¡Este buen hombre me va a ayudar!

Con tan segura convicción  por su parte,  no podía excusarme sin más y romper su corazonada, así que le pregunté qué quería.

—Ay, es que tengo muchísima prisa, que me están esperando y no me puedo entretener —decía sin dejar de mirar en el monedero  de su cartera, que escarbaba con los dedos.

Como me quedé mirando lo que hacía, observé que  asomaban  varios billetes de 50 euros.
 “Grave error”, pensé. “Si esto fuera una calle menos transitada, algo más oscura y yo no fuera tan buen hombre,  podría   arrebatarle  la cartera de un manotazo y salir volando “

—Toma, hijo —dijo por fin entregándome una moneda de 50 céntimos—. No me da tiempo a volver al coche para poner el ticket de aparcamiento. ¿Me sacas el ticket y lo pones tú?
—Ah, claro que sí – le dije

E inmediatamente  se volcó en agradecimientos.

—Ay, muchísimas gracias. ¡Que el Señor te lo pague con muchos hijos!

Sentí un escalofrío al oír esto, algo que no es la primera vez que me han dicho y que jamás entenderé como frase de buenos deseos. ¿Cómo que el Señor me lo pague con muchos hijos? ¿Y quién tendría que alimentar a esos muchos hijos,  y vestirlos,  y darles estudios,  y sacarlos adelante en la vida? ¿No será mejor que me lo pague con una buena lotería y ya decido yo si invierto en hijos?

Caminamos juntos hacia el expendedor de tickets mientras ella volvía a remarcar   la mucha prisa que tenía.

—¿Cómo te llamas? - quiso saber de repente
—Me llamo Juan
—Juan… ¿qué más?

Y tras esas breves décimas de segundo en las que quedé callado, pensando para qué querría saber mi apellido,  se explicó.

—Es que yo soy poeta, ¿sabes?, y quiero agradecerte la ayuda escribiéndote un poema.  Juan qué más.
—Juan Cabrera
—Ah, muy bien, pues Juan, yo te escribo un poema para ti —afirmó rotunda sin darme tiempo a asimilar todo lo que estaba oyendo.

Y ya se giraba  la señora con la  intención de marcharse  cuando se detuvo para exclamar.

—¡Ay, Juan, espera! ¿y  dónde te dejo yo el poema?
—Pero si da igual… si no hace falta que…
—Ah, claro que sí, que yo quiero obsequiarte dedicándote uno, que yo escribo muchos —y mirando a su alrededor  detuvo la mirada en la farmacia  de la acera de enfrente—. Mira, lo dejaré en esa farmacia, que ahí me conocen.  Pásate en un par de días y lo recoges, ¿vale?

Pero aún tuve  que entretenerla unos segundos más. El  ticket ya asomaba por la ranura y no me había dicho en  qué coche lo tenía que poner.

—Ah, sí,  es un Renault Megane azul. Lo he dejado enfrente de la pollería.  Juan Cabrera me has dicho, ¿no?  ¡Adiós, chico, y gracias!

Esto es lo que más hizo reír a Apamen cuando se lo conté, el que me nombrara  marca y modelo del coche. Precisamente a mí.

  —¡Menos mal que te dijo que era azul!

Y es que me importan tan poco los coches y sus marcas que no sé reconocer ninguno. No exagero si digo que a veces tengo que pararme a pensar  qué marca es la de mi propio coche.  
Y es que, qué importancia tiene eso, digo yo ¿No tiene cuatro ruedas como los demás y me lleva a 
cualquier parte como todos? ¡Pues ya está!

Efectivamente fui deteniéndome en mirar el trasero de los coches azules,  buscando el que me mostrara “ Renault Megane”   Y pensando en que me había dicho que estaba enfrente de la pollería,  de repente caí en la cuenta de que en esa calle ¡no había ninguna pollería! Casi empezaba a sentirme como un tonto con un ticket  en la mano.
Pero sí, finalmente lo encontré.  Estaba aparcado delante de una óptica. Yo juraría que me dijo “pollería” ¿Lo entendí mal? ¿En qué se parecen  pollería y óptica? ¡Ni siquiera riman!

Dejé el ticket  en el limpiaparabrisas, no sin antes hacer el intento de abrir la puerta. La mujer me resultó tan peculiar que la vi muy capaz de haber dejado el coche abierto. Pero no, estaba cerrado.

Y por fin, con mi labor de buen samaritano cumplida (¡no me dejan ser diablo!), me marché para mi casa a toda prisa.
Por el camino me reía pensando en la situación vivida y sobre todo en eso del poema. 
¿De verdad se pondría la señora, cuando terminara sus quehaceres a escribir un poema para mí. ¿E incluiría hasta mi apellido? ¿Con qué rimaría  Cabrera? ¿Con carrera? ¿Con cartera? ¿Con  calavera?

Poco después le conté la anécdota a un amigo y me preguntaba si pasaré  ahora por la farmacia para reclamarlo.

—Pues no sé, ¿no quedará muy raro entrar y preguntar si dejaron un poema a nombre de Juan Cabrera?
—¿Raro solo? Da menos  vergüenza  pedir cuatro cajas de condones que pedir eso.
—Pero es que me pica la curiosidad. ¿Lo escribiría de verdad o lo diría solo por quedar bien? Yo la vi capaz de hacerlo, otra cosa es que se acuerde.

En fin, que no he pasado a comprobarlo, y a lo mejor está allí, esperándome entre aspirinas.

Y ahora que escribo sobre esto se me ocurre que…

Es algo que tiene  gracia,
que me sigue dando  risa
aquel día de la  prisa
y el  poema en la farmacia